Lo que se cultiva, crece

Mons Froilan Casas Ortiz-SPQEl título del artículo es una verdad de Perogrullo. Quiero aplicarlo a la personalidad y a la sicología social. Si en una familia los temas de conversación versan sobre el odio a una persona, se va formando un colectivo familiar de rechazo a esa persona e incluso hasta el deseo de darle muerte. Cuántas veces el odio alimentado causa tantos desastres. La sabiduría popular nos dice: "De las palabras ociosas, ¡líbranos Señor!". Hay gente que vive alimentando animadversión contra un equipo deportivo, contra un partido político, contra un grupo religioso y termina con un acto de barbarie.

Un fenómeno que se da en todas las culturas y en todas las épocas, es el de creer en fuerzas malignas que invaden el corazón de las personas. En medio de su inseguridad y timidez, se sienten víctimas de espíritus y demonios de todas las denominaciones. Son reacias a consultar un sicólogo o un siquiatra. Hay personas -y con vergüenza lo digo, en la misma religión católica-, que ven demonios por todas partes. Acuden a ciertos "curanderos" y estos alimentan esas inseguridades, haciéndolos dependientes de su rezos y aceites. El efecto placebo da buenos resultados. Sus pacientes se vuelven adictos a sus ritos y el culto a la personalidad es "bien" manejado. En ese ambiente, el "paciente" se vuelve fármaco-dependiente. Bajo símbolos y frases tomadas de los ritos cristianos, fundamentan sus "curaciones".

A la luz de la fe cristiana, debo decir que el poder del demonio es limitado. San Pablo nos dice en la carta a los Romanos: "Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?". El 99% de las mal llamadas posesiones diabólicas, son problemas de índole síquico. La persona antes que ser exorcizada debe ir al siquiatra o al sicólogo. La persona que padece alguna patología síquica, es el facultativo del área quien la debe atender. Respetemos las disciplinas académicas. El "éxito" del demonio consiste en su imperceptibilidad. El demonio no va a ser "tan bruto" de presentarnos el mal como un mal; siempre nos presenta el mal como un bien. Tampoco el demonio se nos presenta como un gato negro o una mosca grande. Eso se llama infantilismo cultural. La carta de presentación del demonio es el engaño. La tentación consiste en hacer creer que lo que hacemos es un bien.

El criminal ve en la venganza una satisfacción a lo que él cree haber perdido. El mal es como una droga alucinógena: al aspirar la cocaína, por ejemplo, nos "sentimos bien", pero ese fármaco nos va alterar y matar las células cerebrales (neuronas); cada vez nos exige más dosis hasta llevarnos a la adicción del producto, perdiendo nuestro libre albedrío. Así es el pecado; el demonio nos hace creer que al pecar estamos haciendo el bien. De modo que el demonio no posee a las personas y las hace malas. El poder de la oración sobrepasa la fuerza de Satanás. El que pone su seguridad en Jesucristo vive feliz en medio de las dificultades, sorteándolas con entereza de carácter y reciedumbre de espíritu. En caso de una posesión diabólica, sólo el Señor obispo es el único que autoriza a un sacerdote, para realizar el rito del exorcismo. Un sacerdote que "haga exorcismos" sin autorización del Señor obispo está en desobediencia. Donde hay desobediencia hay soberbia, allí no está el Espíritu de Dios.

+ Mons. Froilán Tiberio Casas
Obispo de Neiva