Posteriormente millones
de africanos fueron deportados de sus tierras y obligados a trabajar
como esclavos, separados de sus familias y vendidos como mercancía.
Esta esclavitud y el genocidio de los indígenas fueron
el mayor pecado de la expansión colonial de occidente (SD.
246).
La obra evangelizadora,
del Continente americano, inspirada por el Espíritu Santo,
que al comienzo tuvo como generosos protagonistas sobre todo a
miembros de Ordenes religiosas, fue una obra conjunta de todo
el pueblo de Dios, de obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas,
fieles laicos. Entre éstos últimos hay que señalar
también la colaboración de los propios indígenas
y afrodescendientes bautizados.
Aquella primera evangelización,
con sus luces, sombras y desafíos, tuvo sus instrumentos
privilegiados en hombres y mujeres de vida santa. Los medios pastorales
fueron una incansable predicación de la Palabra, la celebración
de los sacramentos, la catequesis, el culto mariano, la practica
de las obras de misericordia, la denuncia de las injusticias,
la defensa de los pobres y la especial solicitud por la educación
y la promoción humana.
Consciente de su responsabilidad
histórica, la Iglesia de hoy, conocedora del problema de
la marginación y racismo quiere participar de sus sufrimientos
y acompañarlos en la búsqueda de una vida más
digna y justa, como también busca garantizara estos pueblos
la plena libertad y la igualdad con todos los de la tierra.