El derecho a envejecer dignamente

Por: Mons. Carlos Arturo Quintero Gómez - En Colombia y el mundo la vejez se convirtió en un problema complejo. Es verdad que, en diversas culturas, la vejez se interpretaba como una desgracia, implicaba un dolor que se llevaba a cuestas por la fatalidad de no ser observado. Es más, el concepto viejo o anciano pasó a ser un concepto peyorativo al que se le unieron otros términos degradantes que fácilmente se han ido introduciendo en la llamada ‘cultura del descarte’: decrepitud, senectud, vetestuz. En la literatura griega, por ejemplo, se hablaba de una vejez ridícula y repulsiva de las comedias y en tiempos de Homero, los consejos de ancianos eran órganos consultivos, pues las decisiones estaban en manos de los jóvenes.

Sin embargo, para otras culturas antiguas, como la cultura hebreo cristiana, los ancianos estaban investidos de una misión sagrada, la vejez era sinónimo de sabiduría, la historia comprimida en un corazón que ardía de amor por la humanidad y, llegar a la ancianidad, era un privilegio como debería serlo hoy; la longevidad se leía como una recompensa por la vida digna y recta; de hecho, en el decálogo de la ley, Dios nos ofrece un mandamiento con una promesa: “honra a tu padre y a tu madre y tendrás larga vida” (Dt 5, 16) y el filósofo, Tales de Mileto, enseñaba: “espera de tus hijos lo que has hecho con tus padres”. La ancianidad o la vejez se vivía como una bendición.

A mí me gusta la frase del Papa San Juan Pablo II hablando sobre la vejez, la llamaba “el otoño de la vida”, -citando a Ciceron- en su carta a los ancianos del 1 de octubre de 1999. Y el salmo 90 nos enseña: “Aunque uno viva setenta años, el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil porque pasan aprisa y vuelan”.

No hay duda que las brechas generacionales tan evidentes en la sociedad de hoy ha llevado a subvalorar a los ancianos y esta pandemia nos ha dejado ver el pensamiento indolente de algunos gobernantes que se atreven a expresar públicamente que, si mueren los viejos, ya han vivido lo suficiente, como si esta fuera una sociedad solo para los jóvenes.  Hoy más que nunca es importante transformar nuestro pensamiento y entender lo que significa envejecer; cuando las personas se detienen en su historia personal y se bloquean en su vida es cuando empiezan a envejecer. Baste darnos cuenta que hay muchos jóvenes con el corazón arrugado y muchos ancianos con el corazón rejuvenecido, capaces de hacer fiesta en medio del dolor y de sembrar esperanza en medio de la desdicha. El confinamiento de los adultos mayores, encerrados en sus casas, es una evidencia social que nos debe hacer pensar si realmente los estamos encerando para cuidarlos y custodiarlos porque son un tesoro para nuestra sociedad o simplemente, los encerramos por considerarlos un peligro de contagio para la sociedad.

Nuestros ancianos son un patrimonio cultural, social, familiar; ellos, llevan en su corazón los trazos y las huellas de una historia vivida entre luces y sombras; ellos, con su sonrisa, su rostro lleno de arrugas y sus manos encallecidas, nos revelan la verdad de una historia tejida entre violencias y senderos de paz. Ellos, con su fe, tenacidad y arrojo nos muestran que la vida no ha llegado a su fin y el valor de la confianza en Dios. Los ancianos, con su amor a Dios y a la vida, enseñan a las jóvenes generaciones que, superando las brechas generacionales y trabajando unidos por la paz, se construye una sociedad en armonía, más humana y justa. Así, podríamos entender que la vejez es un tesoro y que todos tenemos el derecho a envejecer dignamente.

+ Carlos Arturo Quintero Gómez
Obispo de la diócesis de Armenia

Posted by editorCEC1

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