La comunicación de la incomunicación

Cada quien llega a la casa a seguir hablando con el exterior.

 

Por Mons. Froilán Casas - Hoy las relaciones personales son un desastre. Las buenas maneras de otrora en ciertos ambientes sociales, son cosas del pasado. Nos hemos acostumbrado tanto a las groserías que nos da miedo pedir, cuando se debiera exigir, respeto por el otro. Hoy se atropella al vecino de la manera más olímpica. Lo más grave de todo es que ignoramos al otro. 
Vives comunicándote con los de afuera  e ignoras a los cercanos. Aparecen nuevas drogas alucinógenas y adictivas. Vives en el “ciberespacio” y te apartas de la tierra por “conversar” con aquellos que no comparten tus sentimientos. 

Estás labrando tu más cruel soledad. ¿De qué te sirven tener tantos “amigos”, si al final te quedas con ninguno? Los espacios de diálogo en casa se han perdido, cada uno vive su mundo. El colmo de la mala educación se da a las horas de las comidas -si es que están reunidos-, en donde cada uno empieza a “dialogar” con el exterior. 

Tu cónyuge, tus padres, tus hermanos, tu familia, te importan un pepino. ¡Qué mal educado eres! Después te quejas que a ti nadie te comprende. Pero si tú eres un grosero al negarte a encontrarte con los tuyos. En mi oficina no tengo el teléfono móvil, lo tiene la secretaria; para mí, el más importante eres tú que vienes a hablar conmigo. Tú eres el centro de mi atención. Yo quisiera que hubiese una norma que prohíba el uso del teléfono en los ambientes de trabajo, sobre todo cuando se trata de atender al público. Quien llega debe ser el centro de mi atención no el equipo de comunicación. Hay un prurito de “tecnología” y de arribismo, por mostrar el celular de última generación. 

¡Qué dependencia!  ¡Qué adicción! La gente tiene el síndrome de la comunicación ignorando al que está al lado. Hay personas tan descaradas que se ponen audífonos estando junto al otro, para no estar con el otro. ¡Qué grosería! El nombre Carreño es ignorado totalmente y su famosa urbanidad, menos. El hombre de hoy vive aislado en medio de tantos artefactos. Cada quien llega a la casa a seguir hablando con el exterior. El abrazo, el beso, la expresividad afectuosa se ha cambiado por los impersonales: ¡Hola! ¡Qué hay! De esta manera vivimos en el peor aislamiento. 

En cierto sentido me encanta cuando no hay señal para el internet, por fin podemos hablar sin interrupción. ¿Por qué tenemos que llevar el trabajo del taller, del negocio, de la empresa, de la oficina a la casa? Acaso, ¿no es el hogar el nido para compartir con la  familia? Sigue con los de afuera y estés seguro que ellos no estarán al lado tuyo cuando estés viejo, enfermo o sin trabajo. De qué te quejas de la vida si eres huraño y narciso, no has tenido tiempo para compartir con los tuyos. 

Por favor, apaga tu teléfono celular a las horas de las comidas y a la hora de tu descanso. Si no tienes tiempo para los tuyos, menos tendrás tiempo para hablar con Dios. Sigue construyendo tu propio búnker y al final estarás sólo y abandonado viviendo lleno de aparatos de comunicación. 

Monseñor Froilán Casas
Obispo de Neiva

Posted by editorCEC2

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