La corrupción

Por: Mons. Ismael Rueda Sierra - No cabe duda que el tema de la corrupción está al orden del día, no sólo porque en todo círculo social o tertulia de amigos o vecinos es necesario tener algo de qué hablar, sino porque lo que se siente se comenta. Se siente, porque cada vez vemos más en los periódicos y medios de información las sorprendentes cifras que contabilizan en sumas astronómicas, las defraudaciones que se producen por estas conductas, que casi siempre afectan, al final de cuentas, a las clases o sectores menos favorecidos de la población, como por ejemplo en salud, en planes de vivienda, la educación, obras públicas, en general, etc. Podemos recordar que en la última contienda electoral, quien no planteara el tema, y ofreciera medidas para corregirla, corría el riesgo de no ser escuchado con atención o juzgado como cómplice de la misma: con razón se convirtió en tema político y social de primera línea, como en efecto lo es, no sólo en Colombia sino en la mayor parte del mundo.

Se intentan y se proponen soluciones que pasan por la búsqueda, enjuiciamiento y castigo de los comprometidos y culpables; medidas y normas preventivas para salirle al paso a estas situaciones; revisión de los modos de contratación especialmente, entre otras, pero no siempre se asume a profundidad las raíces de la corrupción, que por tener que ver casi siempre,  con modos de pensar, malos ejemplos o costumbres aprendidas en el entorno social, que pasan como “normales”, no se afrontan con suficiencia desde los procesos educativos y de construcción cultural cimentados en valores, llamados no sólo a generar comportamientos éticos ajustados a ellos y al bien común sino a construir como forma de ser, la honestidad personal y social.

En el campo específico de lo político, la corrupción política es una de las más serias deformaciones del sistema democrático, pues “compromete el correcto funcionamiento del Estado, influyendo negativamente en la relación entre gobernantes y gobernados… La corrupción distorsiona de raíz el papel de las instituciones representativas, porque las usa como intercambio político entre peticiones clientelistas y prestaciones de los gobernantes… e impiden la realización del bien común de todos los ciudadanos”, como lo expresa el pensamiento social de la Iglesia (Cfr. Compendio, #411).

Pero se da también una explicación “sistémica” de la corrupción. En efecto, no se puede ignorar la existencia de la inclinación al pecado propio de la naturaleza humana, cuyo reconocimiento debe llevar, no a evadir la responsabilidad para remitirla a otros, sino a buscar la salvación y redención ofrecida por Jesucristo. En efecto vemos como San Pablo, por ejemplo, nos presenta este camino al afirmar que “ésta humanidad… tiene la esperanza de que será liberada de la esclavitud de la corrupción para obtener la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Cfr. Rm 8,20-22). Y estamos hablando, por tanto, de la raíz más profunda que explica la corrupción, pero también el remedio más grande para su superación, que necesariamente debe incidir en las estructuras sociales, políticas y culturales. De modo que, para concluir, recordamos nuevamente del mensaje último de los obispos de Colombia en la pasada Asamblea Plenaria aquella recomendación: “Debemos conocer y acoger las iniciativas que se juzguen válidas en el país para combatir este flagelo, rechazar este tipo de prácticas corruptas y cultivar una cultura de la honestidad y la transparencia”.

+ Ismael Rueda Sierra
Arzobispo de Bucaramanga

Posted by editorCEC1

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