La Jornada Mundial de los Pobres

Por: Mons. Víctor Manuel Ochoa Cadavid- Ha querido el Papa Francisco que uno de los domingos del año se dedique a pensar y actuar en favor de los pobres, ha establecido esta jornada que hoy celebramos, para que miremos a los pobres, a los vulnerables, a los que en medio de esta sociedad tienen ingen­tes necesidades, fruto de la inequidad de nuestro contexto social.

Este domingo, 15 de noviembre, se tendrá esta oportunidad de pensar en esta rea­lidad dramática e iluminarla desde la fe. Pero, sobre todo, nos tiene que ani­mar a tener gestos y acciones que toquen las necesidades de los pobres.

“La hermana pobreza”, la llamaba san Francisco de Asís, debe ser acogida y recibida en un espíritu de libertad, de gozosa generosidad, de aprecio por lo que se posee descartando la obsesión de convertirnos en acaparadores de bienes, trabajando para tener lo que se posee con sentido fraterno, con visión generosa, con esa luz de esperanza que recibe la vida cuando hay mucho más gozo en dar que en recibir.

El mundo en el cual vivimos, es un mun­do que ha resaltado el bienestar, el consu­mo, el derroche, hemos vuelto absolutos los bienes materiales, casi como objeto de nuestra vida, la razón última del trabajo y de la acción humana. La situación con­creta de la COVID-19 ha desnudado aún más la pobreza.

En el Evangelio de Jesucristo, la pobreza es un don, no una limitación. Es don por­que nos da la oportunidad de encontrar en el necesitado, el rostro mismo de Dios, porque nos permite descubrir que en el hermano que sufre no hay, como lo pre­tenden tantos sistemas económicos, una deplorable situación, sino que en el cora­zón del pobre encontraremos siempre la oportunidad de escuchar el reclamo divi­no que nos pide que nos olvidemos de esa conquista desaforada de bienes y riquezas que esclavizan y nos dediquemos, mejor, a encontrar el modo más efectivo de ca­nalizar todas las oportunidades para que el que experimenta esta realidad, pueda ser restituido a la dignidad propia del ser humano. En el Antiguo Testamento en­contramos grandes enseñanzas sobre los pobres (Cf. Ex 21, 16; 22, 20s.25s; Lev 19, 13s). Sería objeto de una gran profun­dización de nuestra parte para un creci­miento espiritual, el ser “pobres”, según el corazón y la voluntad de Dios.

¿Cómo se ha desfigurado el concepto de pobreza?
A veces se la instrumentaliza para ha­cer del necesitado “el caldo de cultivo” de tantas doctrinas que buscan generar el caos y transforman el justísimo recla­mo de solidaridad con el necesitado en una manipulación del que debería ser asistido con amor, para convertirlo en un feroz perseguidor de sus hermanos, para seguir­lo humillando en vez de socorrerlo, para seguirlo explotando y hundiendo en la miseria. En nuestro contexto ha sido usada la pobreza para fortalecer la confrontación social y, no en cambio, la oportunidad de trabajar para sacar a muchos de esta situación de dolor y necesidad.

La auténtica pobreza es discreta, no se disfraza, no humilla al otro recordándole a cada instante su miseria y su dolor, por­que solo se acerca al que necesita para dar con amor, para expresar el gozo de la vida en la sobriedad digna con la que no repar­timos, sino que compartimos, en la que no entregamos, sino que nos damos con el alma al que el mismo Dios nos pone en el camino para que lo colmemos primero de amor y de bondad y luego saciemos su necesidad.

La pobreza es una gran realidad en la Diócesis de Cúcuta, una ciudad con grandes retos de pobreza y necesidad, co­menzando por el desempleo y la falta de recursos para muchos.

La pobreza que Dios quiere que socorra­mos y asistamos con amor, es aquella rea­lidad de una humanidad en la que muchí­simos hermanos nada tienen, porque otros tantos han acaparado las posibi­lidades y las oportunidades. Tenemos delante de nosotros a los emigrantes, a los retornados colombianos, a los que no tie­nen empleo, a los que ancianos no tienen una pensión, a los niños que no tienen lo necesario para vivir.

Hay un constante crecimiento de este cua­dro doloroso entre nosotros, mientras que la indiferencia culpable de los poderosos de este mundo, se alejan del deber de compartir con amor y de dar con genero­sidad, sobre todo teniendo como certeza que, al final nada podremos llevarnos a la eternidad y que el tesoro que guardamos en el cielo no son los bienes de este mundo sino la generosidad con la que hayamos salido al encuentro del hermano que sufre y del que tantas veces se ha olvidado el mundo. Los pobres son el gran tesoro de la Iglesia, nos enseñó San Lorenzo, diácono, al inicio de la predica­ción del Evangelio.

La Iglesia ha sido siempre maestra en el servicio a los pobres. No en vano es la única institución humana en la que la so­lidaridad deja de ser un acto filantrópico para convertirse en un acto de amor pro­fundo y cercano que ilumina la vida, que alimenta física y espiritualmente a quien asistimos con sentimientos convencidos y claros que nos hacen ver en el que sufre al mismo Cristo. Es la caridad de Cristo que nos urge, enseña San Pablo (Cf. 2 Cor 5, 14).

Cuánto nos convendría aplicar constan­temente el criterio con el que seremos juzgados: “tuve hambre y me diste de co­mer, tuve sed y me diste de beber” (Mateo 25.35 ss.), porque nuestra caridad no es­pera otra cosa que llenar las manos vacías con la doble ración amorosa del pan que calma el hambre y del amor con el que se ofrece al necesitado el mismo corazón. Hemos tratado en nuestra Iglesia Particu­lar de servir a los pobres, con tantas ini­ciativas: la primera, la Casa de Paso ‘Di­vina Providencia’; el Banco Diocesano de Alimentos (BDA), que ha entregado desde hace más de 20 años alimentos a los pobres. Las parroquias han servido a los pobres y necesitados; la Fundación Asilo Andresen que atiende a niños ne­cesitados; la obra de tantas religiosas que con amor acuden a los ancianos en el asilo de los ancianos regentados por las Hermanitas de los Ancianos Desam­parados y las misioneras de la Santa Madre Teresa de Calcuta, y tantas otras comunidades de religiosos y religiosas dedicados a la educación.

Injusto será negar la acción de la Igle­sia. Somos, gracias a Dios, maestros en caridad, porque sabemos dar, sabemos ofrecer amor, sentimos que, en un miste­rio admirable, el mismo Cristo al que so­corremos con amor en tantísimas obras, de las que Cúcuta y su Iglesia pudiera ofrecer la muestra más viva, es que nun­ca dejará que se vacíen los graneros del corazón para seguir dando amor y nunca se vacíe la despensa con la que calmamos el hambre material mientras anunciamos que es Dios el que nos hizo ministros de amor y de su misericordia.

Cada uno de nosotros puede tener algún gesto concreto con los pobres, en esta Jornada, pensemos en nuestros vecinos ancianos, enfermos, pobres, excluidos, los presos, que les ayudemos siempre, inspirados en el amor de Cristo.

+ Víctor Manuel Ochoa Cadavid
Obispo de la Diócesis de Cúcuta

Posted by editorCEC1

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