Más consumo

Por: Mons. Ismael Rueda Sierra - Con sobrada razón la Presidencia de la Conferencia Episcopal en su comunicado al respecto, como muchos otros sectores de opinión, hemos manifestado nuestra “preocupación y desconcierto” por la decisión de la Corte Constitucional de eliminar dos incisos del Código de Policía que impedían el consumo de alcohol y sustancias psicoactivas en lugares públicos.

La realidad cotidiana, que parece en “crescendo”, en relación con la producción, distribución, comercialización y consumo de estupefacientes en nuestro país, que desafortunadamente permea los diferentes ambientes de nuestras ciudades y del campo, generando dolorosa situaciones de adicción, inseguridad, homicidios por retaliaciones entre grupos y otros males, serían una primera razón para pensar en lo desafortunado de tal decisión. Un país que quiere con esforzado sacrificios, construir una paz duradera, a la postre va a encontrar además en este campo, serios impedimentos cuando el problema fundamental de las drogas, que tanto daño nos ha hecho, tenga más mecanismos de retroalimentación.

En las visitas pastorales que realizamos a parroquias y sectores especialmente de la ciudad, hemos encontrado un problema común, reconocido por los párrocos, padres de familia, instituciones educativas, autoridades, así como por los mismos jóvenes que habitan estos ambientes, como es la paulatina colonización de espacios públicos (parques, canchas de deporte y calles), normalmente destinados para el ejercicio de actividades que miran al bien común, sana convivencia y construcción social, invadidos ahora por parte de personas y grupos dedicados a la distribución y al consumo, generando entre los habitantes del lugar, miedo y mucha inseguridad para utilizarlos.

Por otra parte y en segundo lugar, cabe preguntarse una vez más, si el libre desarrollo de la personalidad no tiene por objeto entonces y principalmente, el crecimiento integral de la persona humana teniendo en cuenta su dignidad, derechos y deberes, talentos y valores que miran al bien de su proyecto de vida que no, por el contrario, aquello que a la postre resulta nocivo para su auténtico crecimiento y plenitud. La dolorosa experiencia cotidiana de ver tantas situaciones lamentables de jóvenes y aun niños farmacodependientes, no puede evitar que pensemos que existe una contradicción en el modo de interpretar la libertad, cuyo ejercicio ha de buscar siempre el bien de la persona, unida a la comunidad. Y es justamente este segundo aspecto de la responsabilidad social de la conducta personal, la que permite argumentar también que los derechos y libertades individuales llegan hasta dónde empiezan los derechos de los demás. Es principio necesario por considerar, a la hora de tomar decisiones como la que comentamos, en la búsqueda del bien común. Por lo menos en la antropología cristiana, es claro que hay un nexo indisoluble y corresponsable entre persona-comunidad.

El pacífico discernimiento que todos debemos hacer sobre la materia, buscando el mayor bien especialmente de las nuevas generaciones con sus familias, afectadas de modo particular, presupone la acción de todos los sectores sociales para trabajar en la prevención mediante procesos educativos conducentes a tomar conciencia del mal que entraña el consumo de drogas y el bien que supone el sano crecimiento de las personas, además de las acciones constructivas que miran al buen uso del tiempo libre de niños, jóvenes y ciudadanos en general a través de  la utilización adecuada de espacios públicos y aún privados destinados al deporte, la sana recreación y la integración social, entre otros medios y lograr así su “descolonización”.

+ Ismael Rueda Sierra
Arzobispo de Bucaramanga

Posted by editorCEC1

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