No es solo una cuestión de latín

Por: P. Raúl Ortiz Toro – Hace 51 años el papa San Pablo VI, inspirado en el Concilio Vaticano II, “primavera de la Iglesia”, aprobaba para la Iglesia latina los libros litúrgicos reformados que traían, entre muchas otras, dos novedades muy patentes: la celebración del rito incluyendo la proclamación de la Palabra de Dios en lengua vernácula, es decir, en el idioma de los fieles participantes y, segundo, la posición del sacerdote versus populum, es decir, de cara al Pueblo fiel. Aquí hago un paréntesis: aunque muchos – incluso expertos – aún usan la expresión “de espaldas al Pueblo” para describir la posición del sacerdote en el antiguo rito romano, sin embargo, la Iglesia nunca ha celebrado de espaldas al Pueblo sino coram Deo (en presencia de Dios) o ad orientem (dirigidos hacia el oriente) y no se trata simplemente de una interpretación “topológica” sino semántica.

Cerrando la digresión, la reforma de 1970 llevada a cabo por San Pablo VI significó una aplicación magnífica del Concilio Vaticano II (1962-1965); entre los deseos de los obispos de aquella reunión conciliar estaba “la participación plena, consciente y activa de todo el Pueblo de Dios en la liturgia” según lo recuerda ahora el papa Francisco en su carta de explicación del motu proprio “Traditionis custodes” (Custodios de la Tradición), dirigida a los obispos de todo el mundo y firmada el pasado 16 de julio. Precisamente, esta Carta Apostólica salida en forma de motu proprio, ha desatado en los últimos días una tormenta mediática por cuanto va en crecimiento el número de sacerdotes y fieles laicos que prefieren la celebración de la liturgia con el antiguo rito romano. Pero no se trata solamente de celebrar o no en latín, o celebrar o no dirigidos hacia el oriente sino que, de por medio, subyace una cuestión delicada que el mismo pontífice también ha resaltado en la carta predicha: el riesgo de que haya «un rechazo creciente no sólo de la reforma litúrgica, sino del Concilio Vaticano II, con la afirmación infundada e insostenible de que ha traicionado la Tradición y la "verdadera Iglesia"».

La cuestión se ahonda si consideramos que durante el Concilio y después de él, el obispo Marcel Lefebvre se resistió a seguir la reforma creando la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y ordenando válida pero ilegítimamente como obispos, sin mandato pontificio, a cuatro sacerdotes; los cinco fueron excomulgados y Lefebvre murió en dicho estado en 1991. A los cuatro restantes el papa Benedicto XVI les remitió la excomunión en enero de 2009 cuando el año anterior había promulgado un motu proprio que favorecía la unidad con estos: el famoso Summorum Pontificum  que permitió la celebración de la Eucaristía con el Misal de San Pío V considerando este una “expresión extraordinaria” de la “lex orandi” (la liturgia) de la Iglesia sin que por ello hubiera una división en la “lex credendi” (el dogma). La remisión de la pena canónica a los cuatro excomulgados le valió a Benedicto XVI un mea culpa que expresó humildemente en una carta a los obispos del mundo en la que reconocía algunos desaciertos, entre ellos, la falta de explicación de aquella decisión mediante la cual la Iglesia no legitimaba la Fraternidad sino que le quitaba un peso a las personas excomulgadas. Escribía Benedicto XVI: “Hasta que la Fraternidad no tenga una posición canónica en la Iglesia, tampoco sus ministros ejercen ministerios legítimos en la Iglesia”.

Ahora, la decisión del papa Francisco, después de un estudio de la cuestión durante diez años, viendo que las concesiones dadas por los antiguos pontífices con respecto a la celebración de la liturgia con el Rito Romano preconciliar, que tendían a lograr la unidad en la Iglesia y evitar un cisma definitivo, en lugar de lograr la unidad ha ahondado las diferencias y la distancia con el Romano Pontífice al punto de que muchos tradicionalistas simpatizan con el “sedevacantismo” (¡la idea absurda de que el papa Francisco no es sucesor legítimo de San Pedro!), ha considerado que la única expresión de la lex orandi del Rito Romano son los libros litúrgicos promulgados después del Concilio Vaticano II por los Santos Pablo VI y Juan Pablo II. Sin embargo, ha permitido que los fieles que quieran seguir celebrando con el Misal de San Pío V lo hagan bajo la supervisión del obispo diocesano que deberá atenerse a las disposiciones de la Sede Apostólica.

Otra disposición papal contundente es que los grupos que celebran con el misal preconciliar deben ser visitados por el obispo para comprobar su doctrina y su fidelidad al Magisterio pontificio y los prelados no deben permitir que se creen nuevos grupos de este corte. Los ya existentes podrán celebrar el rito con el Misal de San Pío V – con la edición de 1962 del papa San Juan XXIII – pero no en la iglesia parroquial sino en otros “lugares”, y deberán proclamar las lecturas en lengua vernácula y con la versión aprobada por la respectiva Conferencia Episcopal. El papa, además, determina que estos grupos tengan un sacerdote, delegado del obispo, que los acompañe y tenga “sentido de comunión eclesial”; por otra parte, limita la creación de “parroquias personales”, es decir, comunidades parroquiales que se han constituido no en razón del territorio sino del rito y manda que los obispos estudien si las que existen en su jurisdicción son útiles para el crecimiento espiritual y de la unidad en la Iglesia. En cuanto a la formación sacerdotal los nuevos presbíteros, ordenados después del 16 de julio de 2021, que quieran celebrar según el antiguo rito deberán pedir permiso a su obispo diocesano quien consultará a la Sede Apostólica antes de conceder la autorización.

En Colombia, sobre todo en Bogotá, existen grupos que se congregan en torno al uso de la liturgia romana preconciliar; para ellos y para la Iglesia en Colombia, particularmente, este motu proprio reviste un desafío de escucha atenta a la voluntad de Dios a través de las disposiciones pontificias. Oremos en concordia de sentimientos para que la unidad de la Iglesia se sostenga alrededor de Cristo, Buen Pastor.

P. Raúl Ortiz Toro
Director electo del Departamento de Doctrina y Promoción de la Unidad de los Cristianos
Conferencia Episcopal de Colombia

Posted by editorCEC1

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