Oremos por Santiago de Cali

Por: Mons. Darío de Jesús Monsalve Mejía - El próximo 25 de julio será la fiesta de Santiago Apóstol y la celebración de los 485 años de la fundación de Santiago de Cali, nombrada así por el conquistador Sebastián de Belalcázar, en honor al Santo Patrono de España. Por caer en día Domingo, se iniciará un nuevo año jubilar del Camino de Santiago de Compostela, centro espiritual de peregrinos llegados de todo el mundo.

En el marco de nuestras realidades, que unen la tragedia histórica de una violencia armada y sangrienta con una espantosa pandemia, que sobrepasó los más de cien mil muertos en Colombia y que pasa por los más altos y peligrosos picos de contagio, convoco a orar, durante este mes, por Santiago de Cali y por nuestra sufrida patria, especialmente en las jornadas conmemorativas del 20 y del 25 de julio.

La Arquidiócesis de Cali ha estado muy presente y activa en el acompañamiento a los más débiles desde el inicio de la pandemia. Igualmente, nos hemos prodigado en el acompañamiento a la ciudad, a nuestras poblaciones y a la región durante este tiempo de protesta y paro.

Hemos y nos han contactado sectores sociales de manifestantes, especialmente en todos los mas de 40 “puntos de resistencia” en Cali, Jamundí y Yumbo; de los empresarios, de las universidades, de la institucionalidad estatal en cada nivel; de la policía y fuerza pública, de la comunidad internacional y de algunos medios de comunicación. Han sido múltiples las reuniones presenciales y virtuales, durante esta tremenda crisis sanitaria, social, urbana, económica y política.

Hemos vivido con el corazón pegado a los acontecimientos de cada día y con la plegaria, silenciosa pero constante, en el marco del confinamiento pandémico, por toques de queda y por movilizaciones que han sacudido a la sociedad local y nacional.

Hemos llorado por las tragedias del covid, incluso con la muerte también de nuestros obispos, sacerdotes, diáconos, familiares y allegados que no lograron superar el contagio. Y ni qué decir por la apabullante sensación de impotencia y de fracaso en la que nos sumen los asesinatos, los miles de heridos, los desaparecidos, los encarcelados, los que han tenido que huir y refugiarse, incluso en el extranjero.

Con inmensa tristeza y enorme preocupación vemos una Cali semidestruida, dañada gravemente en su humanidad e imagen mundial como ciudad, afectada en su coexistencia diversa y en su débil convivencia social; irreconciliable, hasta ahora, en sus extremos clasistas, en sus diversidades y diferencias étnicas y culturales, ideológicas y partidistas. Hay demasiado atrincheramiento y subsisten intransigencias de intereses y de poder, espíritus de revancha y de revocatorias, desinformación y descalificación al peor estilo.

Duele de veras que sea así y empiezo por cuestionarme a fondo yo mismo, nosotros como Iglesia, sobre nuestro testimonio y labor, sobre nuestra transmisión del Evangelio y de religiosidades, como mero barniz, en no pocas consciencias, familias, escuelas, seminarios, universidades, medios masivos y grupos humanos.

Todos los sectores deberíamos entrar en un sincero examen de consciencia ante este panorama. Por fortuna, algunos ya lo han iniciado, así sea aún muy débil su cambio de actitud. Una revalidación a fondo de la vida y dignidad de todo ser humano, empezando por el que uno mismo es, del ejercicio de la libertad y el freno a los abusos de las libertades y derechos, a los excesos y defectos; del recurso a la fuerza y al siempre amenazante porte y tenencia de armas.

Hay que tomar decisiones, renovar renuncias claras, contundentes, de un no de por vida, y compromisos aún más firmes y profundos con un desde el alma y el corazón. Necesitamos un nuevo bautismo, no de agua ni de sangre, sino de Espíritu Santo y de lágrimas, de reencuentros y perdón, de esperanza y mañanas mejores. Necesitamos incluirnos todos en esa religión del prójimo que es la de Jesús y de Dios.

Muchas cosas necesitamos lograr juntos: una sostenibilidad económica colectiva, de hogares, personas e instituciones. Una restauración de la vida de parejas, esposos y familias, base del ordenamiento afectivo, sexual, social, productivo y económico de toda sociedad. Una inclusión, con coberturas cada vez más completas, de niños, adolescentes y jóvenes, en educación, salud, recreación, capacitación laboral y empleo o trabajo garantizado.

Junto a esto, es urgente, apremiante, rehacer la movilidad, superando la “guerra del transporte” que se evidencia con el rechazo a la actual forma del masivo y la proliferación espantosa de informalidad y de modalidades inhumanas para transportar niñez, mujeres, ancianos, familias enteras, hasta con sus mascotas y mobiliarios sobre una moto. Esta podría ser la oportunidad para transformar algo tan vital, tan de la entraña de la escucha y la participación comunitaria, territorial. ¡Es urgente!

Tenemos que superar la “guerra de superficies comerciales” que está viviendo Cali, en desmedro de lo propio, de la tienda de cuadra y el supermercado de barrio. La competencia no se puede convertir en un desequilibrio entre el monopolio y el débil, entre el derecho residencial y el empuje al mercadeo total, informal y con guerra de precios, máxime cuando no hay garantía de ingresos y de dinero limpio para un grueso inmenso de gentes.

La “necesidad” absoluta del dinero corrompe a la fuerza a las sociedades que han destruido sus fuentes primarias de subsistencia humana. La protesta social esconde un reclamo moral contra el abuso del poder económico concentrado y monopolizado. Un diálogo sobre estos asuntos urge a Gobiernos, Cámaras de Comercio y Superintendencias, con conocedores de lo social y exponentes comunitarios.

No pretendo ser exhaustivo. Y suspendo aquí para renovar la invitación a vivir el mes de julio como una “misión de paz urbana”, con encuentros comunitarios en los territorios y puntos, en los barrios y estratos afectados más directamente en esta crisis, en el manejo social de la misma. Haremos programaciones a aire abierto, en los cuatro puntos cardinales de Cali y en los lugares céntricos de Yumbo y Jamundí.

Hagamos del 20 de julio, día de la Patria, y del 25, día de Cali, jornadas de espiritualidad ciudadana y de sanación de afectos familiares y de vecindarios, como nos lo pide el Papa Francisco.

Si se empezó el paro del 28 de abril con el derribamiento de la estatua de Belalcázar, no se haga cosa igual con lo del símbolo de la “resistencia”. Con tolerancia sobre memorias diversas y opuestas, dejemos también las simbologías que reflejan aún los signos de nuestras tragedias de violencias y decapitaciones, tan horrendas, y quizás sean las palabras y los textos, no las imágenes inertes y polémicas, los que expresen nuestras divergencias y nuestra voluntad de cambiar la vida, antes que el mero paisaje.

“Apóstol Santiago, patrono de Cali: Ruega por nosotros, habitantes y ciudadanos de esta urbe. Muévenos a superar diferencias y a reconstruir juntos una mejor y más fraterna ciudad. Amén”.

+Darío de Jesús Monsalve Mejía
Arzobispo de Cali

Posted by editorCEC1

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