Pastores para servir

Indudablemente las familias cristianas comprometidas han sido semilleros de vocaciones sacerdotales en nuestro continente

Por Mons. Edgar de Jesús García Gil. Quiero escribir sobre los pastores de la Iglesia (obispos, presbíteros, diáconos) pero desde una orilla que hoy en día es un poco desconocida. Estamos cansados con todos los medios amarillistas que solo se recrean en los malos ejemplos de las diferentes profesiones del mundo, y por supuesto a la Iglesia, con mucha o poca razón, se la aplican hasta el fondo.

Mi vocación al sacerdocio se forjó por el respeto profundo que en mi familia y en mi pueblo les tenían a los representantes de Cristo en la tierra. Cuando el padre rector del seminario menor de Cali me pregunto por qué quería entrar al seminario le respondí que yo quería ser sacerdote para servir como veía que hacían los sacerdotes que rodearon mi infancia sobre todo en mi parroquia de Roldanillo.

En el seminario menor y mayor San Pedro apóstol de Cali, dirigido por los padres Eudistas, la alegría, la entrega, la tenacidad, la preparación intelectual, la dirección espiritual y la vida de oración que los padres formadores nos mostraban fueron apoyo incondicional para madurar en un sano equilibrio nuestra vocación a la vida cristiana y sacerdotal. Aprendimos a discernir con respetuosa inteligencia que las fallas humanas no tenían que acaparar todo el valor de la persona sino que eran oportunidades para revisar y mejorar.

El concilio vaticano segundo (1962-1965), nuevo pentecostés en la Iglesia, indudablemente abrió nuevos horizontes para comprender una Iglesia con sus presbíteros más abierta al mundo y a las necesidades de las personas más pobres. Muchos presbíteros en sus comunidades comenzaron abrir brechas novedosas para que el evangelio incidiera con mayor profundidad en la realidad social. Aunque algunos se quemaron en estos intentos por seguir líneas políticas equivocadas, la mayoría ha sobrevivido aportando desde su experiencia y madurez los logros que ahora estamos cosechando.

En América Latina se fue gestando una nueva esperanza para el continente. El consejo episcopal latinoamericano (CELAM) compuesto por un puñado de obispos que entendieron desde el comienzo lo que significaba la comunión y la participación en la tarea de sembrar el Reino de Dios en el mundo ha servido para aplicar la revolución del Concilio en la realidad de nuestro continente. El Papa Francisco es un ejemplo de lo que estoy comentando.

Al terminar el concilio muchos presbíteros de varios países de Europa salieron en misión ad gentes para diferentes partes del mundo con el fin de colaborar en una evangelización más inculturada en nuestras propias realidades. Ellos gastaron su vida en la evangelización sin protagonismos políticos o sociales que los halagaran con aplausos y reconocimientos mundanos. Algunos fueron martirizados por el evangelio.

Solo la misión comprometida con sus cuotas de sangre es la que suscita vocaciones entre los niños, adolescentes y jóvenes para apostarle a la vida sacerdotal en lo que llamamos la aventura de la fe y del evangelio por instaurar el Reino de Dios entre los hombres.

Indudablemente las familias cristianas comprometidas han sido semilleros de vocaciones sacerdotales en nuestro continente. Y es en este espacio de comunión familiar donde ahora tenemos que seguir cultivando más vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. La belleza de la familia se hace visible en los hijos y en sus diferentes opciones de vida que van asumiendo.

Los 5200 obispos y los 415.348 presbíteros católicos que vivimos en estos tiempos tratamos de responder a una llamada que es de Dios, en una Iglesia que está guiada por el Espíritu Santo. El pueblo santo de Dios que acompañamos en nuestras diócesis y parroquias es la razón de ser de nuestra entrega porque todos caminamos juntos para vivir la propuesta salvadora de Jesús resucitado que hoy nos vuelve a repetir: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas mi siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno” Juan 10, 27-30.

Felicitaciones a todos los pastores que a ejemplo de Jesús el Buen Pastor trabajan en el campo de Dios por la salvación de la humanidad.

+ Monseñor Edgar de Jesús García Gil.
Obispo de la diócesis de Palmira

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