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SISTEMA INFORMATIVO

Reflexiones éticas sobre la enfermedad (I)

Mar, 18/08/2020 - 08:30 editorCEC1

Tags: pandemia alfarero Iglesia obispo de cúcuta monseñor víctor ochoa dolor

Por: Mons. Víctor Manuel Ochoa Cadavid - En estos días donde continuamente hacemos referencia a la enfermedad y al dolor, por la pandemia que nos afecta, desearía dedicar una pequeña reflexión a la condición del hombre, a su realidad corporal, a la dimensión espiritual y también a algunos elementos morales y éticos que esta situación nos presenta.

Entonces el SEÑOR Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de vida; y fue el hombre un ser viviente” (Génesis 2, 7).  Este texto de la Sagrada Escritura nos relata la creación del hombre, que salió de las manos de Dios, que le dio “forma” del polvo de la tierra y le dio el “soplo de la vida”, y por tanto se constituyó en un ser viviente.

Esta bella figura, pone a Dios como un alfarero, que, con el polvo de la tierra, con una bellísima forma del lenguaje, explica la creación del hombre y su ser mismo. Los dedos del Creador moldearon al hombre y le dieron su ser, pero especialmente, le entregó su “Espíritu”, su alma que da vida y lo constituye en imagen de Dios.

El Supremo Creador, “le insufló” vida, (Gen 2, 7). El alma está unida al cuerpo, haciendo al hombre “imagen de Dios”. Esta forma de comprensión del hombre, que con un nombre técnico en la filosofía cristiana es llamado el “hilemorfismo” es fundamental para entender qué es el hombre, cuál es su misión, su futuro, la razón de su ser. El hombre, en el bello relato del Génesis, se separa de la voluntad de Dios por el pecado, ello lo llevó a vivir las limitaciones propias del cuerpo, de su condición humana y corporal (Cf. Gen 3, 1-24).

Si bien el hombre es parte de la creación, recibió un particular interés y condición, que le hace diverso a las demás realidades creadas (materiales y animales). Fue Dios mismo quien le dio su forma y su ser, y unió inexorablemente el alma y el cuerpo. Si queremos comprender al hombre, tenemos que entenderlo como una creatura de Dios y que tiene en Dios su fin, que Él, como Creador le dio una misión particular en el jardín del Edén, en la Tierra.

Son muchos los tipos y formas de comprender la vida humana, muchas las lecturas que desde las ciencias humanas se hacen del hombre. Son distintos los acentos, las formas de subrayar, una u otra dimensión. Hay muchas formas para entender al hombre, pero hoy especialmente tenemos muchas antropologías (estudio sobre el hombre) que dejan de lado su dimensión espiritual, lo leen sin hacer referencia al alma.

El hombre, como creatura de Dios, posee unas capacidades intelectuales, de comportamiento, de lenguaje, de relación y de interacción con otros seres como él; pero también tiene las limitaciones biológicas propias del cuerpo que ha recibido. En él hay una unidad fundamental, establecida de forma particular por Dios (de este tema da una explicación hermosísima Santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica en la Primera parte, cuestión 42 y siguientes. S. Th. I, q.42, q. 44).

Hoy tenemos en nuestra cultura, en pleno siglo XXI, grandes tentaciones para leer al hombre desde la sola dimensión de su cuerpo, como realidad biológica, reduciéndolo a la mera expresión de sus sentidos o de su corporalidad. Es claro que en nuestro tiempo hay también grandes retos, pues se quiere separar al hombre de su condición espiritual y trascendente, en la comprensión de la vida del hombre.

Aquello que aparece delante de nuestros ojos, es la sola corporalidad, las sensaciones y la expresión sensorial de los sentidos.  Esta dimensión ha sido resaltada por el fortalecimiento de una lectura meramente “erótica” y de bienestar del hombre, que nuestra sociedad defiende al realizar casi un “culto al cuerpo y a su belleza”. Son muchas las formas de expresar el bien del hombre, pero muchos lo limitan a las condiciones meramente corporales.

En las antropologías de nuestro tiempo, en las formas de comprender al hombre, se ha marcado y subrayado la condición corporal, muchos otros han marcado también la condición social del hombre, el aspecto social de relaciones y de interacción entre los hombres (antropología social y cultural). Algunos marcan las relaciones o conciencia del hombre sobre sí mismo, reduciendo la antropología al estudio de la realidad de su mente, de su sicología.

Precisamente, las situaciones que nos trae la historia de la humanidad en estos días, con la enfermedad causada por el COVID-19, nos ha mostrado en toda su fuerza la condición frágil de la persona humana, pero, sobre todo, la lectura limitada que se hace de su condición y de su realidad, donde los pacientes son contados como números: contagiados, fallecidos, recuperados. Las graves consecuencias de la enfermedad que ataca la raza humana, ha recordado a los hombres todos de mundo, sin distinción de sexo, raza, edad, condición social, religión, lengua, procedencia, las limitaciones de la corporalidad del hombre. Es la clara afirmación de nuestra limitación corporal. Esto fue notorio en otras épocas de la humanidad, pero a historia reciente, los avances de la ciencia nos habían dado mucha seguridad y confianza en las capacidades científicas y tecnológicas de las cuales disponíamos.

Los antiguos, en la escuela griega de COS, donde enseñó Hipócrates, aleccionaban que la naturaleza del cuerpo es el inicio de su ser. Al afrontar el dolor, la enfermedad, el sufrimiento, la muerte de personas queridas, tenemos que enfrentar con mucha claridad las tentaciones que podemos tener, al reducir al hombre a esta mera lectura de tipo corporal. El hombre no es sólo parámetros biológicos, olvidándonos de su dimensión espiritual y de la integralidad de su ser.

Somos seres espirituales, trascendentes, tenemos que mirar a Dios y fortalecer elementos espirituales en nosotros. Tenemos sed del Dios vivo (cf. Salmo 42, 2). De esta manera el hombre trasciende la mera dimensión humana y busca a su Creador, a través de valores y metas espirituales.

Nuestra condición corporal, nuestros sentidos y realidad biológica son la puerta para entrar en relación con el mundo (Gabriel Marcel, Homo viator, 1944), pero no podemos olvidar la dimensión espiritual.

Cuando en estos momentos trágicos de la humanidad, tenemos más de 600 mil muertos, 16 millones de contagiados y muchos enfermos graves, todos queremos conservar la salud. No podemos reducir la vida a la condición óptima del cuerpo. No es sólo el bienestar físico del hombre, es también su bienestar espiritual, también mental y social. 

Tampoco podemos pensar que el único elemento de lectura de esta realidad es el económico, donde se hace primar el bien de la economía y de los negocios, al bien del hombre, de la comunidad humana. Esta triste realidad tiene que traer una nueva y responsable lectura de la vida del hombre.

Estos son momentos para una profunda vida espiritual, dando un gran valor y respeto a la vida humana, al valor infinito que posee. A cualquier costo, incluso económico, debe sostenerse la vida de todos y cada uno de los enfermos y no puede ahorrarse en este campo. Son muchos los esfuerzos que se hacen en este momento, pero no podemos dejar a nadie sin asistencia y ayuda.

Son fundamentales los valores morales y religiosos en nuestra realidad. Para comprender los retos de esta enfermedad, tenemos que mirar los altos valores espirituales del hombre. Tenemos que agradecer a quienes están entregando su vida en esta emergencia, los que han muerto por acompañar y cuidar a los enfermos (me refiero al personal médico y sanitario, a los que responsables de esta crisis, en primera persona han pagado con su vida).

Acompañemos espiritualmente a los enfermos con nuestra oración y vida espiritual. Ojalá Dios nos conceda rápidamente poder volver a tener al pueblo de Dios en las celebraciones de la Eucaristía. Oremos a la Santa Madre de Dios, Salud de los enfermos, por todos los que padecen enfermedad y por los que sufren.

+ Víctor Manuel Ochoa Cadavid
Obispo de la Diócesis de Cúcuta

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Lun 8 Ago 2022

Gobernar a Colombia

Finalmente llegó Gustavo Petro a la presidencia de Colombia. Ahora está al frente del Estado y del gobierno de la nación. Todos los ojos están puestos en él. Su vida ha sido esencialmente una lucha contra el sistema imperante en el país y, para ello, se ha valido de cuanta acción le ha sido posible. Logrado su objetivo, tiene ante sí la inmensa y dificilísima tarea de llevar a cabo aquello con lo cual ha soñado y con lo cual obtuvo el apoyo de una mayoría limitada de los colombianos. Podrá comprobar el nuevo mandatario, desde el 7 de agosto, lo fácil que es criticar y lo difícil que es gobernar. En su discurso de posesión el contenido puede calificarse de equilibrado en términos generales y con los ojos puestos en los grandes problemas nacionales. Estos abarcan desde la pobreza muy extendida, pasando por la marginación de comunidades enteras en la historia de la República, la violencia interminable, la aplastante realidad del narcotráfico, la tributación no suficiente de los pudientes, la búsqueda de la paz como prioridad absoluta y otros más, conocidos de sobra por él y por todos los ciudadanos. Enmarcó su discurso de posesión en un ambiente festivo y en el propósito de gobernar dentro de la Constitución y la ley. No podría decirse que en sus palabras hubiese afirmaciones como para anunciar la llegada del apocalipsis. En cuanto a la conformación de su gabinete ministerial parecería que también ha querido llevar una línea de izquierda, mas no radical, sino con tendencia al centro.Salvo un par de nombramientos que parecen será más ideológicos que otra cosa, los demás ministerios han quedado en manos de hombres y mujeres capaces y preparados para hacer la tarea que les corresponde. Todavía no se conoce cómo manejará la cúpula militar y de la Policía Nacional, pero estos han estado atentos a sus orientaciones y han escuchado que los quiere más en el papel de ser agentes del cambio que hombres y mujeres que disparan y bombardean. En fin, en cuanto a los principales nombramientos, se podría pensar que el nuevo presidente ha ensamblado un equipo que podría hacer las cosas bien. Pese a todo lo anterior, Gustavo Petro experimentará en el término de pocas horas lo difícil que es gobernar a Colombia y a sus ciudadanos. Esta es la experiencia de todos los que han tenido en sus manos el primer cargo de la nación. Es un país de regiones, culturas, geografías variadas, riquezas diferentes, desarrollos desiguales. Los colombianos no tienen tanto apego a la ley como se quisiera para que todos vivieran en condiciones iguales y esto hace todo complejo y de doble esfuerzo para lograr cualquier propósito. Se encontrará, quiéralo o no, con la feroz burocracia que tiene su máxima expresión en el Congreso y luego en todas las instituciones del Estado. Vencerla no será fácil. Y más temprano que tarde se encontrará con la guerrilla, las disidencias, los narcotraficantes, las bandas criminales y las mafias a las cuales él se refiere con tanta frecuencia. Muy difícil enfrentar todo esto. No queda más que esperar que el nuevo presidente de Colombia obre con certeza en lo que beneficie a toda la población y que sus colaboradores y la misma ciudadanía le ayuden en los buenos propósitos. Su primer y muy constante vigilante, seguramente crítico, será el pueblo mismo que él ha llevado tantas veces a las calles y plazas a pedir gobiernos justos y eficientes. Hoy en día es un pueblo muy impaciente. Las demás instituciones del país, incluida la Iglesia, están listas a colaborar en todo lo que realmente apunte al bien común y a seguir construyendo sobre lo ya construido por otros y al fin de cuenta por todos. Ojalá podamos, de una vez por todas, vivir totalmente en paz. Fuente: Oficina Arquidiocesana de Comunicaciones de Bogotá

Jue 4 Ago 2022

La urgencia de ser luz y levadura

La sociedad, agobiada por múltiples fenómenos y situaciones, pide que se dé un cambio, tal vez sin perspectivas muy claras ni de lo que quiere ni de lo que puede venir. Se pone en cuestión la estructura misma de la persona humana, la identidad de las instituciones, la explotación de recursos naturales, el uso eficiente del dinero público y privado, la organización y funcionalidad de la realidad política. Hay como una desesperación al no encontrar el sentido profundo de la vida, al ver la eterna inequidad social que no se logra superar y al tener que enfrentar los efectos perversos de salidas falaces como el narcotráfico y la violencia. La situación de la población, empobrecida desde varios aspectos, contrasta con el mundo ficticio del lujo en ciertos ambientes, del espectáculo y la diversión ajenos a la realidad, de las maniobras políticas y económicas que no resuelven las necesidades básicas de la gente. No hay una verdadera conciencia sobre la dignidad de cada persona, no se da el profundo respeto que se debe a la vida humana, no hay autoridad que proteja a las personas indefensas frente a la violencia y la extorsión, no tenemos la calidad educativa que requieren las nuevas generaciones, no puede admitirse que una ciudad cifre su importancia en ser un burdel, no es aceptable que jóvenes y adultos no puedan más y se lancen a vivir en la calle o atenten contra su propia vida. No podemos acostumbrarnos con indolencia a que tantas personas vivan en la pobreza, que carezcan de lo indispensable en materia de vivienda, alimentación y salud. Esa indiferencia es la que va aceptando que la vida no tiene valor y que, para mantener la comodidad, se puede interrumpir la gestación de los niños en el vientre de la madre y se puede acudir a la eutanasia mirando como una carga a los enfermos y a los ancianos. Ante esta realidad, a todos nos urge ser positivos y propositivos. No podemos quedarnos lamentando el mal, sino que debemos actuar contra él; no se puede cancelar el futuro, nuestra sociedad merece una oportunidad para salir adelante. Pero. es inútil esperar cambios y reformas sociales, si no se transforma lo esencial: el corazón de cada ser humano. No nos engañemos; las reformas necesarias para adecuar el presente a un futuro mejor, que supere la mentira, el egoísmo y la injusticia, no vendrán si no se educa la conciencia, que genera una escala de auténticos valores y nos hace capaces del encuentro, de la solidaridad y de la fraternidad. Todo el que no logre este cambio será un depredador de los demás y de la sociedad, un generador de corrupción y de crímenes, un enemigo del estado de derecho y del bien común. Debemos hacernos conscientes que nos falta, primero que todo, una verdadera reforma interior. Ahí está la misión de la Iglesia, que debe ser capaz de mostrar, ante una realidad que no responde al proyecto de Dios y ante los espejismosque vislumbran soluciones falsas, la verdad sobre la dignidad humana, sobre la responsabilidad social que pesa sobre cada ciudadano, sobre los valores indispensables y constitutivos de una nación, sobre el compromiso personal que debe superar el mundo de las apariencias y de las posiciones cómodas, sobre la esperanza que va más allá de lo terreno. Como Jesús, debemos seguir llamando a la conversión, a la reforma de la mente, a la transformación del corazón para construir el nuevo mundo que necesitamos. Ojalá veamos y actuemos antes de que sea tarde. Por tanto, nosotros, de modo personal y comunitario, debemos buscar hacer el bien, trabajar para que cada familia transmita valores y enseñe a amar, influir para que los diversos grupos e instituciones procuren mejorar la vida laboral, social, educativa y política del país. Sabemos que debemos entregar la vida en el servicio y la misión venciendo el mal, como Jesús, con el poder de la verdad, del bien y del amor. No podemos sentirnos agobiados ni derrotados, sino convocados con urgencia a trabajar por la construcción de un mundo nuevo con la fuerza del Espíritu del Señor Resucitado. Es muy honroso y urgente el llamamiento a ser luz y levadura del mundo. + Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín

Lun 1 Ago 2022

¿Qué tenemos qué hacer?

Por: Mons. Darío de Jesús Monsalve Mejía - Esta es la gran pregunta que brota espontánea de quienes escuchan al Bautista (Lc 3,10-14), o a Pedro y a los demás Apóstoles, que les anuncian la Buena Noticia de Jesucristo (Hch 2,37. Es también la pregunta que, ante la urgencia de gestionar el riesgo colectivo mundial y nacional, requiere hacerse la humanidad, para poder resolver los problemas que afrontamos. La alternativa de continuidad, desconociendo las graves grietas en el desarrollo de la propia vida, o en las estructuras y modelos vigentes en una sociedad, se enfrenta con la de una “conversión interior”, el bautismo y la acogida del Espíritu Santo por “cada uno” (Hch 2,38); pero también a la del cambio de toda sociedad o gremio, llamados a compartir, a ser justos, honestos, veraces y no violentos, como indican las respuestas del Precursor. Conversión interior de las personas y cambio social e institucional, deben andar unidos. Recuperar el sentido de la historia común conlleva la tarea del “cambio de mentalidad” y siembra de un auténtico sentido de la vida en las consciencias. De ahí el empeño necesario en lo que llamo las “e” del cambio, derivadas de la “e” de educación: espiritualidad, equidad, ecología, ética y estética. Para nosotros los creyentes cristianos, esas “e” derivan de la “E” del Evangelio de la Vida, la Gran Noticia que transforma la existencia humana, el universo y la historia. Bastan las cifras de degradación y muerte, que amenazan con arruinar la sostenibilidad de un país como el nuestro, para entender la elección popular de una alternativa de cambio. En buena hora Colombia eligió en las urnas esta voluntad mayoritaria. Una “voluntad” que puede ser aún más grande entre los más de 17 millones de abstencionistas y de 11 millones de no aptos para votar. Ante esta realidad y el cuatrienio del gobierno que se inicia en este 7 de agosto, es probable que muchos colombianos, angustiados o temerosos de lo que puede sobrevenir, se estén preguntando también: “¿Qué tenemos que hacer?”. O, aún de modo más personal, como aquel carcelero que se arrojó a los pies de Pablo y Silas y les dijo: “Señores, ¿qué tengo qué hacer para salvarme?”. A lo que recibe una clara respuesta: “Ten fe en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu casa” (Hch 17,29-31). A esta pregunta de consciencia honrada y de disponibilidad para el cambio ante realidades y verdades incontrovertibles, corresponden también hoy respuestas necesarias, precisas, hacia el compromiso de toda persona, de toda familia, de todo gremio y sociedad. Como respondía el Bautista o Precursor de Jesús, lo que tiene qué hacer todo colombiano hoy, creyente o no, ateo o agnóstico, es: 1. “El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene”. “Me vieron desnudo y me vistieron”, dijo después Jesus, identificándose con el despojado de su dignidad y bienes, el destechado, el desplazado forzoso, el indigente, el habitante de calle. 2. “El que tenga para comer que haga lo mismo”. “Tuve hambre y me dieron ustedes de comer”. “Dénles ustedes de comer”. “Comieron todos y se saciaron. Y recogieron 12 cestos de lo que sobró”, son respuestas inmediatas al hambre que no da espera. Afrontar en Colombia esta realidad es tarea de tierras productivas para alimentación, de cultivadores con garantía de almacenamiento, mercado y seguros de precio y ante contingencias. Es tarea de examinar inversiones y construir autoabastecimiento. De apoyo a Bancos de Alimentos y de semillas, de huertas y agricultura urbana, doméstica, amigable con la convivencia y buen ambiente. Da vergüenza, es imperdonable que Colombia no aproveche sus climas, ciclos dobles o triples de cosechas, tierras que no deben crecer en contra de la naturaleza y las selvas, sino en intensidad, tecnología y hacia lo alto. 3. Viene también la DIAN de esos tiempos y El Bautista les responde: “No exijan más de lo que está fijado”. Un delicado asunto de corrupción instituida e injusticia estructural, que requiere cuidadoso manejo. Estos tiempos de “reformas tributarias” exigen lupa y pies descalzos para saber dónde se esconde el diablo y dónde están sus víctimas. 4. Y llegan también los de la fuerza pública, unos soldados, y hacen la misma pregunta: ¿Que debemos hacer? Respuesta: “No hagan extorsión a nadie. No hagan denuncias falsas. Conténtense con su soldada”. (Lc 3,10-14). De este tema doloroso con nuestras fuerzas armadas y policiales, ni hablar. El horror por lo que han hecho de ellos los gobiernos y las ideologías de poder; el dolor por lo que a ellos ponen a hacer contra su propio pueblo; el necesario repudio a lo que hacen contra ellos, contra nuestros jóvenes policías y soldados, asesinándolos a diario. Hay qué rehacer y transformar su misión de ejemplo, disuasión, cuidado de las poblaciones, garantías de desarme social y monopolio de armas, garantes de convivencia pacífica, democracia, orden y soberanía nacional. Y para todos, no para clases hegemónicas y poderes de búnker y para meter miedo. Si esto lo decía un predicador andrajoso en el desierto, a más de 2022 años atrás, hoy nosotros debemos enumerar y elaborar entre todos el catálogo de respuestas colombianas a cada realidad enferma y dañada en nuestro país. Quede como indicativo y tarea a la que invito a toda persona, comunidad, familia, gremio, etnia, organización, institución, a hacer. En mi [email protected] quisiera recibirlos si los quieren compartir. Catálogos de respuesta al ¿Qué tengo què hacer yo? ¿ Qué tenemos que hacer nosotros? La Iglesia y las iglesias, los que se llaman y nos llamamos cristianos, hagamos el catálogo de respuestas, compartámoslo con otros en casa y territorios, y sumémonos al futuro. La respuesta de María, la mujer Madre de Jesús, a unos confundidos servidores y anfitriones de un banquete de bodas, donde se había acabado el vino, es contundente e inequívoca: “HAGAN LO QUE JESÚS LES DIGA”. Y llegó el vino más bueno y ¡se salvó la fiesta! ( Juan 2, 1-12). ¡Como para leerlo y colombianizarlo, invitándolos a Jesús, María y sus discípulos a esta fiesta de lograr juntos un auténtico cambio! + Darío de Jesús Monsalve Mejía Arzobispo de Cali

Mié 27 Jul 2022

La Eucaristía nos educa para la misión

Por: Mons. José Libardo Garcés Monsalve - En este momento de la vida de la Iglesia, el Papa Francisco nos ha hecho un llamado reiterativo a la misión y plantea la evangelización como el cumplimiento del mandato del Señor de ir por todas partes a anunciar el mensaje de la salvación: “vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a poner por obra todo lo que les he mandado”(Mt 28, 19-20), esta es la misión que asumimos en nuestra Diócesis de Cúcuta, cuando todos estamos en salida misionera cumpliendo el desafío siempre nuevo de la misión evangelizadora de la Iglesia en esta porción del pueblo de Dios que se nos ha confiado, para dar a conocer la persona, el mensaje y la Palabra de Nuestro Señor Jesucristo. Este mandato es para todos los bautizados y de manera especial, para los ministros que tenemos esta tarea por elección de Dios y llamado y envío de la Iglesia, con el gozo de predicar el Evangelio, tal como lo afirma Papa Francisco:“La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera”(Evangelii Gaudium #21), que se expresa mediante el fervor pastoral que cada discípulo misionero siente en su corazón y que lo realiza haciendo renuncias y sacrificios en la alegría de la gra­cia de Dios que lo mueve, aceptan­do el llamado del Señor a“salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (EG 20). El fervor misionero tiene que bro­tar de la Eucaristía bien celebrada y vivida con intensidad, donde transformamos la vida en Jesu­cristo, para salir a dar testimonio con la vida y con las palabras de lo que celebramos en la Santa Misa. Cuando se termina la celebración de la Eucaristía en el templo, co­mienza otra celebración que com­promete toda la existencia. La asamblea reunida en comunión sale a cumplir el mandato del Se­ñor, por eso los participantes del sacrificio eucarístico se dispersan por los caminos del mundo, en calidad de testigos de la Muerte y Resurrec­ción de Cristo entre los hermanos. La gran noticia del Evangelio cuando llega a nuestro co­razón, no es posible guardarla, sino que se experimenta la urgencia de comu­nicarla. Tener la gracia de gozar en la Eucaristía de un amor que va hasta el extremo, invita al com­promiso misionero, porque tanto amor no se puede esconder deján­dolo para sí, sino que hay que salir a proclamarlo. Esta es la misión de la Iglesia, salir a comunicar el don recibido en la Eucaristía y ha­cerlo con el poder del Espíritu que la Eucaristía entrega a cada uno cuando recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Así lo enseña el Documento de Aparecida cuando afirma:“La Eucaristía, fuente in­agotable de la vocación cristiana es, al mismo tiempo, fuente inextinguible del impulso misionero. Allí, el Espíritu Santo fortalece la identidad del discípulo y des­pierta en él la decidida voluntad de anunciar con audacia a los demás lo que ha escuchado y vi­vido”(DA 251). Se trata de salir a hacer el anuncio de lo que hemos vivido en la ce­lebración eucarística, dando testi­monio de nuestro Señor Jesucristo y convirtiéndonos en auténticos discípulos misioneros del Señor. No es el anuncio de cualquier re­lato, es la gran noticia del Evan­gelio que nos da la vida eterna. Así lo enseña Aparecida cuando afirma:“La fuerza de este anuncio de vida será fecundo si lo hacemos con el estilo adecuado, con las actitudes del Maestro, te­niendo siempre a la Eucaristía como fuente y cumbre de toda actividad mi­sionera”(DA 363), de tal manera que la Eucaristía educa al creyente para la misión. De ahí se desprende la importancia de la Eu­caristía dominical, pues la familia cristiana vive y se cultiva para la misión en la mesa eucarística, ya que “sin una participación acti­va en la celebración eucarística dominical, no habrá un discípu­lo misionero maduro”(DA 251). Por el bautismo comenzamos el proceso de vida cristiana para ser discípulos misioneros del Señor, que se va fortaleciendo con los de­más sacramentos, encontrando en“la Eucaristía la fuente y culmen de la vida cristiana”(LG 11), esto quiere decir su más alta ex­presión y el alimento que fortalece la comunión, para comunicarlo a los demás como buena nueva de Jesucristo, que nos convoca como hijos de un mismo Padre y herma­nos entre sí, llamados a participar de la misión evangelizadora de la Iglesia, ya que,“en la Eucaristía, se nutren las nuevas relaciones evangélicas que surgen de ser hijos del Padre y hermanos en Cristo. La Iglesia que la celebra es ‘casa y escuela de comunión’, donde los discípulos comparten la misma fe, esperanza y amor al servicio de la misión evangeliza­dora”(DA 158). Como creyentes en Cristo, segui­mos comprometidos con la misión, cumpliendo con alegría el manda­to del Señor, de ir por todas partes a anunciar la Palabra, el mensa­je y la persona de Nuestro Señor Jesucristo, siendo cristianos en salida misionera, ya que“en vir­tud del bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo mi­sionero”(EG 120), que recibe la fuerza y el impulso evangelizador de la Eucaristía que celebramos y del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo que recibimos. Que la Santísima Virgen María, Estrella de la Evangelización y el glorioso Patriarca San José, alcan­cen del Señor todas las gracias y bendiciones necesarias, para cola­borar en la misión evangelizadora de la Iglesia, con la certeza que laEucaristía nos educa para la mi­sión. Sigamos adelante. Reciban mi bendición. + José Libardo Garcés Monsalve Obispo de la Diócesis de Cúcuta