¿Quién nos separará del amor de Cristo?

Primera Lectura: Hch 8,5-8.14-17
Salmo: Sal 66(65),1-3a.4-5.6-7a.16+20 (R. 1)
Segunda Lectura: 1P 3,15-18 
Evangelio: Jn 14,15-21

Introducción
Estamos llegando al final del tiempo pascual y se nos atisba la partida del Señor Jesús, que resucitado, subirá glorioso a la derecha del Padre. La liturgia de este día está marcada por despedidas y, a la vez, de tareas por hacer.

•  La fuerza del resucitado irrumpe los límites humanos. Recordemos que la primera alianza hecha con Abraham estaba abierta para todos, pero con el pasar del tiempo, el pueblo de Israel se fue retrayendo en su fe monoteísta, evitando que muchos participaran de la promesa del Señor.
•  La fe en cristo Jesús nos lleva a dar testimonio con nuestra vida. La renovación que la Pascua logra en el hombre, lo capacita para actuar de manera coherente con su fe.
•  La presencia de Dios en el creyente la logra el Espíritu Santo. Desde el principio, Dios ha capacitado al hombre, para que su presencia more de manera real y misteriosa en su interior.

1.  Lectio: ¿Qué dice la Sagrada Escritura?
El texto que nos propone la liturgia de este Domingo como primera lectura, se centra en la figura y el ministerio del diácono Felipe; teniendo como preámbulo la dispersión de los cristianos tras la muerte del diácono Esteban (ver Hch. 8, 4-40). Muchos pensaban que la persecución iba a terminar con la evangelización, pero sucedió todo lo contrario, la potencializó.  Los que fueron esparcidos por la persecución, se ocuparon de predicar el evangelio por donde iban; tanto es así que algunos iban a sitios tan distantes como Chipre, Fenicia y Antioquía.

Este fue el caso del diácono Felipe, que elegido como uno de los hombres espirituales para el arte de servir (diakonein), el Espíritu Santo lo dotó de dones especiales para evangelizar, inaugurando su tarea apostólica por Samaría.

¿Por qué Samaria? Los samaritanos eran descendientes de los judíos, los cuales se habían mezclado con paganos (asirios), y al sentirse excluidos por los judíos, construyen un templo paralelo al de Jerusalén, por esta razón eran considerados como herejes. Los samaritanos compartían con los judíos la esperanza mesiánica (Cfr. Jn. 4,25), es por eso que cuando Felipe les anuncia a Cristo, su persona y su obra, acogieron el mensaje con mucho interés y tenían un deseo íntimo de comprender todo aquello que les anunciaba. Es interesante ver cómo la predicación iba acompañada por signos (milagros) conforme a la promesa del Señor (Cfr. Mc. 16,17- 18), por ese motivo, al producirse tales signos, la gente se llenó de gozo (la alegría es fruto del Espíritu).

Para unificar lo que el egoísmo y el pecado había dividido, era necesario que el Espíritu Santo obrara de la misma manera que en Pentecostés: “Pedro y Juan, bajaron y rezaron para que recibieran el Espíritu Santo”, para que se derribasen las paredes de separación y así concluyesen todas las diferencias raciales, sociales y religiosas. La unidad de la Iglesia debía ser preservada; no podía haber una iglesia en Jerusalén y otra rival en Samaría. La Iglesia es una, y las distintas iglesias son manifestaciones locales de la única Iglesia de Cristo.

El Salmo 65, es un himno de alabanza por las obras que Dios realiza en beneficio de todos los pueblos, porque inclusive, los que no pertenecen  a la comunidad escogida por Dios, reciben de Él una vocación: están llamados a conocer el “camino” revelado a Israel, el cual, abarca un inmenso horizonte hasta alcanzar a todos los pueblos de la tierra.

Seguimos con la lectura de la primera carta del Apóstol Pedro, pero no olvidemos que el texto es mucho más práctico que doctrinal, de forma que las exhortaciones y las directrices de la vida cristiana ocupan un lugar mucho más central que las fundamentaciones  doctrinales  que  les acompañan. Incluso los verbos que acompañan marcan el carácter exhortativo, con imperativos: Glorifiquen, estén siempre prontos, etc. Hay que notar también que, entre las razones aducidas para fundamentar las exhortaciones, la referencia a Cristo como autor y modelo de la salvación, tiene una clara preeminencia.  Además,  el  texto  nos  presenta,  cómo el apóstol, impera a llevar una vida ejemplar en un ambiente pagano, desarrollando a su vez, una serie de actitudes frente a las adversidades y contrariedades.

El texto evangélico es una continuación del capítulo de 14, que venimos leyendo desde el domingo pasado. A partir del versículo 15, cambia la perspectiva del diálogo que Jesús traía con sus discípulos, ahora el tema de conversación, ya no es sobre su ida inminente, sino sobre una nueva venida. La ida clave en el texto es “Venir”. Según parece, se trata de varios tipos de venida, por un lado, habla de la venida de “otro paráclito”, de una venida junto con el Padre para hacer morada en sus discípulos y de una venida que sucederá “prontamente”-tras la Pascua (Resucitado).

El Señor pone por otro lado una condición, invita a los discípulos a amarlo y a guardar sus mandamientos (vs. 15 y 21). Esto rememora un aspecto que es la raíz de la espiritualidad veterotestamentaria: la alianza (ver Ex.20,6 y Dt. 5,10), donde YHWH promete su fidelidad y su bendición a aquellos que lo aman y cumplen sus mandamientos. Por tanto, los versículos 16 y 17, se unen directamente al v.15, y contienen una promesa para los discípulos si aman a Jesús y guardan sus mandamientos; pedirá el Espíritu-Paráclito (Don divino que asistirá a los discípulos en lugar de Jesús) desde el Padre para ellos (ver Ez.36, 26). Por último, en los vs. 19-21, el Señor introduce una diferencia entre el “mundo” y los discípulos, el mundo no lo verá más, y los discípulos sí que lo verán; por tanto, tiene que tratarse de una forma de percepción por la fe, a lo que hace referencia a la promesa de “seguir viviendo”; esto es, que los discípulos en el futuro “vivirán” después de Pascua, para tener parte en la “vida” con Jesús.

2.  Meditatio: ¿Qué me dice la Sagrada Escritura y que me sugiere para decirle a la comunidad?
Después de compartir con Cristo Resucitado durante estos domingos   de Pascua, llega el momento de las despedidas, y para entender el sentido de estos discursos no olvidemos que las palabras de Cristo son “verdaderas”, por tanto, no se trata solo de tranquilizar las inquietudes  de los discípulos con palabras “vacías”, sino de animarlos con promesas ciertas. Tales promesas expresan su fidelidad, Él seguirá “al lado” o “junto a”, como expresa el término “paráclito”, pero, aunque se pueda tratar de un elemento externo, por eso precisa que enviará “otro paráclito”, que hará posible la continuación de la obra mesiánica. Recordemos las palabras del apóstol Pedro, que señala de cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. (Hch.10, 38) Así como en Cristo obraba con fuerza el Espíritu Santo, de la misma manera obrará en la persona del discípulo-misionero. Por eso se trata de una promesa que lleva al compromiso, a la tarea, porque la intimidad de la Iglesia con Jesús, se configura como comunión misionera.

En la actualidad, el papa Francisco, nos impulsa con sus palabras y escritos, a vivir en esta dinámica de comunión-misión. Estar unidos a Cristo hace posible la pasión en la misión: “allí está el manantial de la acción evangelizadora. Porque si alguien ha acogido ese amor que le devuelve el sentido de la vida ¿cómo puede contener el deseo de comunicarlo a otros? (E.G 8).

No podemos permitir que ni las dificultades o los malos momentos, frustren este dinamismo renovador, recordemos las palabras del apóstol Pablo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, angustia, persecución hambre, desnudez, peligro, espada? Como dice el texto: Por tu causa somos entregados continuamente a la muerte, nos tratan como a ovejas destinadas al matadero. En todas esas circunstancias salimos más vencedores gracias al que nos amó” (Rom. 8, 35-37).

En eso la primitiva comunidad cristiana es modelo paradigmático para una Iglesia que corre el riesgo de ensimismarse, de quejarse, de vivir   de añoranzas, en definitiva, de caer en pastorales de conservación o simple solipsismos; veamos que el Evangelio y las adversidades, deben impulsarnos a discernir cuál será el camino que el Señor nos pide, porque todos estamos capacitados por el bautismo y llamados a aceptar esta llamada: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio.

Finalmente, enfaticemos, en un par de ideas, qué nos ayudaran a examinar nuestra “consciencia pastoral”. El Evangelio que anunciamos, tiene una potencialidad y una liberalidad propias, que rompen nuestros horizontes y planes pastorales, porque al dejarnos impulsar por el Espíritu Santo, nos puede llevar a sorprendernos de cómo nuestra gente acepta el mensaje con docilidad, ya que es un mensaje que libera, sana y reconforta, provocando alegría en sus corazones: “la alegría del evangelio es para todos, y no puede excluir a nadie” (EG. 23). La otra idea es, evitar cualquier sentimiento de inferioridad, porque al no valorar el contenido del mensaje salvador, podemos pensar que es inapropiado o anticuado: “Estén siempre dispuestos a defenderse si alguien les pide explicaciones de su esperanza”. El Evangelio es siempre nuevo y joven.
 
3.  Oratio y Contemplatio: ¿Qué suplicamos al Señor para vivir con mayor compromiso la misión? ¿Cómo reflejo en la vida este encuentro con Cristo?
Reconocer a través de la experiencia de los primeros cristianos, cómo estamos reaccionando cuando hemos encontrado dificultades u obstáculos en nuestras pastorales: ¿con desánimo, frustración, decepción? Si los horizontes que dilucidamos con nuestra tarea pastoral, estamos incluyendo a los que en la sociedad son llamados excluidos, es decir, en palabras del papa Francisco, las periferias geográficas o existenciales: ¿Existirá alguna zona en nuestras parroquias o diócesis que se equivaldría a los samaritanos? ¿Somos cómo el diácono Felipe?

RECOMENDACIONES PRÁCTICAS:
1.  Se puede resaltar y colocar en cartelera la frase: “Yo rogaré al Padre, y él les dará otro defensor”.
2.  Es muy recomendable que, desde antes de la celebración litúrgica, se guarde silencio en el templo, en la sacristía y en los lugares anexos. De modo que todo se disponga devota y debidamente para la acción sagrada (Cfr. OGMR 45).
3.  Para que favorezca la meditación de la Palabra de Dios, conviene que haya breves momentos de silencio, antes de que inicie la Liturgia de   la Palabra, después de la primera y, si hay, segunda lectura, y una vez terminada la homilía. La finalidad de estos silencios es que, con la ayuda del Espíritu Santo, la asamblea medite brevemente lo que escuchó, saboree la Palabra de Dios y se prepare la respuesta más conveniente (Cfr. OGMR 45 y 56).
4.  Se puede emplear el Prefacio de Pascua III: “Cristo vive e intercede siempre por nosotros”, Misal, p. 377.
5.  Tener presente que en esta semana de mayo:
•  El viernes 22, inicia la novena de preparación a Pentecostés
•  El domingo 24, es la solemnidad de la Ascensión del Señor y tiene Misa de Vigilia y del día.

Posted by editorCEC1