Dios nunca nos abandona, siempre está entre nosotros y nos alimenta

La Palabra que ilumina esta celebración nos habla del poder y de la acción de Dios a través de la historia. Dios nunca nos abandona, siempre está entre nosotros y alimenta a su pueblo para que tenga en abundancia la viva divina.

Lecturas

Primera lectura: Dt 8,2-3.14b-16ª
Salmo Sal 147,12-13.14-15.19-20 (R. cf. Lc 1,53)
Segunda lectura: 1Co 10,16-17
Evangelio: Jn 6,51-58

CONTEXTO BÍBLICO

1.1 ¿Qué dice la Sagrada Escritura?

El libro del Deuteronomio (8,2-3.14b-16ª) recuerda la necesidad que tuvo el pueblo de Israel del alimento en el desierto, esta necesidad es colectiva. Dios lo alimentó con el maná, este pan sustentó su marcha por el desierto. El maná que venia del cielo no daba la vida eterna, los que lo comían terminaban muriendo. El tema de la prueba en el desierto tiene un sentido formativo, pedagógico (vs. 2. 3.5.16b) humilla al hombre para ponerlo a prueba, para descubrir sus intenciones, sus verdaderos sentimientos. En la prueba, el pueblo aprenderá que depende de Dios, que él calma su sed y el hambre con agua y el maná, en el desierto, lugar de la prueba, Dios educa a su pueblo.

El salmo 147 es un himno de alabanza a Dios Señor de todo y cuya bondad se manifiesta en toda clase de beneficios: felicidad, paz, alimentos, seguridad. El Señor “ha puesto paz en tus fronteras y te sacia con flor de harina” (Sal.147,14) como si se tratara de las migajas de pan de su mesa, él es Señor de la historia, ha vencido la cautividad en Babilonia y ha reforzado los cerrojos de las puertas de Jerusalén, bendiciendo a los hijos (cfr.147,13) que en otro tiempo fueron deportados y ahora están dentro de la ciudad, rodeados de sus muros. El salmo deja ver con claridad el poder de Dios, poder que genera confianza, alegría, alabanza: “Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina. Él envía su mensaje a la tierra, y su palabra corre veloz”. (Sal.147,14-15).

La primera carta del Apóstol Pablo a los Corintios (10,16-17) presenta la “unidad” como una exigencia que brota de la Eucaristía, todos los que comulgan el cuerpo y la sangre de Cristo se hacen con él un solo cuerpo. De la participación en el banquete eucarístico se deriva la exigencia de unidad entre los miembros de la comunidad cristina. Esta unidad tiene como primera consecuencia el compartir los bienes espirituales y materiales en una verdadera y autentica caridad fraterna “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan” (1 Cor. 10,17). San Pablo hace estas indicaciones sobre la Eucaristía rechazando enfáticamente la idolatría y la participación de algunos cristianos en comidas de ídolos, cuestión que había suscitado divisiones y enfrentamientos en la comunidad de Corinto.

Luego del relato de la multiplicación de los panes, el evangelio de Juan presenta el discurso del pan de vida (Jn. 6, 22-71). En el texto de hoy (Jn. 6,51-58) El evangelista enfatiza tres afirmaciones centrales “Yo soy el pan vivo bajado del cielo” (v. 51ª). “El que coma de este pan vivirá para siempre” (v. 51b). “El pan que yo voy a dar es mi carne”. (v. 51c).

“Yo soy el pan vivo” (v.51ª). Jesús es el pan vivo porque es el enviado del Padre, el Señor es quien posee la vida y la da. “El que coma de este pan vivirá siempre” (v, 51b), comer de este pan da vida eterna, no es como el pan que comieron los israelitas en el desierto, que lo comieron y murieron, este nuevo pan trasciende la temporalidad, nos lanza a la eternidad. “El pan es mi carne” (v.51c,) esta es una comida real, concreta, es la carne y la sangre de Jesús, el hombre que come de esta carne y bebe de esta sangre hace suya la vida divina y forma una comunidad de hermanos con el Señor Jesús.

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Posted by Admin9834