Jesús es el Buen Pastor que tiene conocimiento de cada una de sus ovejas

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 14,21b-27 
Salmo: 145(144),8-9.10.11-12.13ab (R. cf. 1b)
Segunda lectura: Apocalipsis 21,1-5a 
Evangelio: Juan 13,31-33a.34-35


Introducción
En este Quinto Domingo de Pascua, la Palabra de Dios nos presenta la meta para la cual ha sido creado al ser humano y motivo por el cual Cristo murió y resucitó: participar de la vida eterna en la plena comunión con Dios, de su amor perfecto y eterno, de vivir en la Nueva Jerusalén, en el cielo. Nuestra meta es Dios.

De ahí que la liturgia nos propone 3 temas conexos entre sí:

•  El mandamiento nuevo del Señor Jesús, Jn 13,34.
•  El cielo, Ap. 21,2.
•  El anuncio el Evangelio a todos los pueblos, Hch 14,27.

Los tres temas tienen como hilo conector el amor de Cristo vivido por los creyentes, pues ese amor llega por la predicación realizada de quienes, a su vez, han experimentado el amor de Cristo en sus vidas; esto es lo que nos comunica el libro de los Hechos de los Apóstoles. Jesús mismo, en la Última Cena, ama  a sus discípulos hasta el extremo y les da su mandamiento nuevo de amarse fraternalmente siguiendo su ejemplo, es decir, amar como Jesús amó, dándose a sí mismo por el bien de sus hermanos. El cielo nuevo, la tierra nueva, la Nueva Jerusalén, bajada del cielo, son figuras del Cielo, de la vida eterna, en donde sólo hay amor de Dios, ausencia de muerte y de todo mal, todo es belleza en plenitud, la experiencia de la dicha sin fin que sobrepasa nuestra mente y desborda nuestra capacidad, la vida del amor perfecto y eterno con Dios y con nuestros hermanos en Cristo.
 
1.  ¿Qué dice la Sagrada Escritura?
En la primera lectura, tomada del libro misionero de los Hechos de los Apóstoles, se nos narra cómo los diversos pueblos paganos, es decir no judíos, al escuchar la predicación de los misioneros, se convierten a Cristo y se introducen en la vida nueva del Evangelio. Es de resaltar la admiración de los apóstoles y de las comunidades cristianas al enterarse de la conversión de los pueblos que antes vivían en las tinieblas del pecado. Es la alegría misionera de la cual habla el Papa Francisco, una alegría que brota del amor de Cristo que quiere que todos se salven; este gozo por la conversión de los demás es un signo auténtico de que el amor de Cristo habita en nosotros, pues no hay envidia, sino gozo por el bien de los demás, y el mayor bien es conocer a Cristo, vivir en Cristo.

En esta línea del amor, se nos revela en el salmo cómo es Dios, es bueno con todos y por eso pide, por boca del salmista, que se anuncie a todos la gloria de su reinado, es decir, que evangelicemos, que compartamos su Buena Noticia que es Jesucristo para que en Él tengamos la vida verdadera, la vida nueva y eterna, es decir, la vida del Amor.

En la segunda lectura del libro del Apocalipsis, se nos muestra claramente cuál es nuestra meta: el Cielo. Allí no habrá muerte, ni llanto, ni dolor, ni mal alguno, todo es belleza, felicidad, alegría si fin porque todas las personas vivirán unidas a Dios de un modo nuevo, pleno y para siempre. Una característica especial es que se habla del cielo nuevo y de la tierra nueva, es decir que la creación entera también se transformará y participará de la restauración definitiva de los hijos de Dios, esto lo afirma san Pablo: “en efecto, toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios” (Rm 8,19).

Para ir al Cielo necesitamos vivir y morir en unión con Cristo, de allí que el distintivo de los cristianos sea precisamente el amor fraterno, como lo dice hoy Jesús mismo al final del Evangelio: “en esto conocerán que son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn 13,35). Se trata de acoger el amor de Cristo y de amar a los demás con ese mismo amor de Cristo, es decir, amar como Jesús amó. Si así vivimos y morimos entonces viviremos para siempre  en la dicha sin fin del Cielo como lo dice de un modo hermoso el Catecismo de la Iglesia Católica: “Los que estén unidos a Cristo formarán la comunidad de  los rescatados, la Ciudad Santa de Dios (Ap 21,2), “la Esposa del Cordero” (Ap 21,9). Ya no será herida por el pecado, por las manchas, el amor propio, que destruyen o hieren la comunidad terrena de los hombres. La visión beatífica,   en la que Dios se manifestará de modo inagotable a los elegidos, será la fuente inmensa de felicidad, de paz y de comunión mutua” (1045).
 
2.  ¿Qué me dice la Sagrada Escritura?
Ante todo hoy la Escritura nos habla fuerte y claro por medio de nuestro Señor Jesucristo, que en el contexto de la Última Cena, un poco antes de su entrega en la muerte de cruz, nos da su testamento espiritual sintetizado en su mandamiento nuevo de amarnos unos a otros así como él nos ha amado.

El cristianismo es la religión del amor, un amor que tiene forma de cruz, es decir, un amor de donación total de la persona, un morir a sí mismo, un morir al pecado, un morir a todo egoísmo, para que viva Jesús en nosotros y para que Él ame  en nosotros a los demás. Se trata de la vida nueva que es Cristo viviendo en nuestros corazones. Sólo así se comprende y se vive lo que san Pablo vivió y expresó cuando dijo: “ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20).

Nadie puede amar como Cristo ama si no está unido al mismo Cristo, entonces, amar así es un don que viene de lo alto. Por lo tanto, lo más propio para alcanzar ese don del amor de Dios es pedirlo y procurarlo, esta es la parte que nos corresponde a cada uno: orar y procurar. Las dos cosas, orar y procurar, hay que hacerlas con sinceridad, con deseo de vivir la amistad de Jesús y de seguir sus mandatos. Todos los mandatos del Señor y toda la biblia se resumen en el mandamiento nuevo del amor.

Así como un vaso limpio contiene el agua limpia que se vierte en él, así también debemos dejarnos limpiar por el Señor, dejarnos reconciliar por él, confesarle sinceramente todos nuestros pecados sin excusarnos. Luego, como vasos limpios, dejarnos llenar de su amor, surge entonces por gracia de Dios, un manantial, el vaso se convierte en fuente de agua viva que vivifica todo lo que toca. Sólo el amor llena y desborda el corazón del hombre, sólo el amor sana, resucita y vivifica, solo el amor es eterno. Quien ama ha conocido a Dios, dice san Juan, “porque Dios es amor” (1Jn 4,8).

Sólo existe un amor verdadero, el de Dios, Cristo mismo es el Amor. Todo lo demás son falsificaciones del amor, fácilmente se llama amor a lo que en verdad es egoísmo, Cristo desenmascara los ídolos y toda mentira y pecado.

3.  ¿Qué me sugiere la Palabra, que debo decirle a la comunidad?
Para amarnos los unos a los otros con el amor de Cristo es siempre indispensable estar unidos a Cristo, ya que él es la fuente del amor de Dios. ¿Qué hacer para amar como Cristo?
 
Lo primero es cuidar todo lo que nos une y propicia nuestro encuentro con Cristo: la oración sincera y diaria, la lectura de la Palabra de Dios, la participación en los sacramentos y la realización de los propios deberes por amor a Cristo y a las personas que Él nos ha confiado, ejercitando, de este modo, la caridad en la búsqueda del bien de los demás.

El Papa Francisco en Villavicencio dijo que “basta una persona buena para   que haya esperanza. No lo olviden: ¡basta una persona buena para que haya esperanza! ¡Y cada uno de nosotros puede ser esa persona buena!” (Homilía en la Misa de beatificación de los mártires Monseñor Jesús Emilio Jaramillo Monsalve y del Padre Pedro María Ramírez Ramos. Villavicencio, 8 de septiembre de 2017).

Recordemos que Jesús dijo que sólo Dios es bueno, pues sólo Dios es el Amor verdadero. Quien ama hace todo por el bien de los que ama, hasta dar su propia vida por el bien de los demás, un ejemplo de ello es que Cristo murió en la cruz por amor a nosotros; otro ejemplo es el de san Maximiliano María Kolbe que,  en la prisión durante la segunda guerra mundial, dio su vida por otro prisionero que era padre de familia; un ejemplo más, el de la joven madre Chiara Corbella que, en estado de embarazo riesgoso, dio su vida con fe y amor para que su hijo naciera vivo y sano, y así tantos ejemplos de padres de familia que se sacrifican por el bien de sus hijos, de personas que con fe se interesan y buscan el bien de los demás, permitiéndoles vivir el amor de Cristo.

Para vivir el amor de Cristo es necesario dejarnos reconciliar por Cristo continuamente, vivir en estado de conversión permanente y de misión permanente, no solo recibir la misericordia de Dios, sino también compartirla con los de casa y con los demás.

4.  ¿Cómo el encuentro con Jesucristo me anima y me fortalece para la misión?
Todo encuentro real con Jesucristo me sana de mi egoísmo y me impulsa a amar, de modo que el amor no es egoísta, pues “el amor no obra con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1Cor 13,5-7).

La misión es el fruto del amor a Cristo, es la respuesta natural que surge de encontrarse con el Señor, un ejemplo de ello es lo que le pasó al apóstol Andrés, que una vez que se encontró con Jesús, fue a buscar a su hermano Pedro y lo llevó a Jesús (cf Jn 1,41-42). Nadie puede amar con el amor de Cristo si primero no ha experimentado el amor de Cristo en su propia vida.
 
Muchas veces queremos ser misioneros sin habernos encontrado realmente con el Señor, esto es un gravísimo error. De allí que san Juan Pablo II dijera con claridad que “el verdadero misionero es el santo” (RM 90). Y el santo es el que se deja sanar y guiar por el Señor.

Como también es cierto que el amor cubre multitud de pecados, entonces, es necesario obrar con misericordia, viviendo con fe lo que el Jesús mismo dijo que cuando practicamos la misericordia especialmente con los pobres, los enfermos, los encarcelados y los más necesitados: “les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 24,40).

RECOMENDACIONES PRÁCTICAS
1.  Motivar la creación o fortalecimiento de la pastoral parroquial de la salud que busca atender a los necesitados por medio de la vivencia del domingo, día de la caridad.
2.  Resaltar con algún signo la apertura del mensaje de Jesús a otros pueblos, colocando en lugar apropiado algunos elementos que nos identifiquen y recuerden a los hermanos indígenas, afros, campesinos, habitantes urbanos de las periferias… Y colocar en un cartel la frase: “El AMOR es el distintivo de los discípulos del Señor”
3.  Sería oportuno hacer hoy el Rito para la bendición y la aspersión del agua en memoria del Bautismo, que ocuparía el lugar del acto penitencial al comienzo de la Misa, siguiendo lo indicado en el Apéndice I, propio para la cincuentena pascual, Misal, p. 1058.
4.  Podría emplearse el Prefacio de Pascuas III, “Cristo vive e intercede por nosotros”, Misal, pág. 377.

Posted by editorCEC1