Quien se acerca a Jesucristo, se salva definitivamente

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Introducción

En el contexto de los últimos domingos del año litúrgico, la Palabra de Dios nos pone en actitud de súplica al Señor para que no se quede lejos y no nos abandone, como bien lo expresa la antífona de entrada en el Misal Romano, pero de igual manera nos pone en camino para seguir esperando en los bienes que Dios nos promete.  La liturgia se ve iluminada por la Palabra de Dios y de la riqueza de contenido ofrecemos tres para la reflexión:

  • La fidelidad al Señor hace que el hombre se vea como un administrador de la heredad que Dios pone en sus manos y por eso reconoce que no puede buscar otras seguridades distintas al Señor, ya que es el único Señor.
  • En Jesucristo vemos un sacerdocio diferente, porque es eterno y no pasajero y, sobre todo, porque puede salvar definitivamente a los que se acercan a Él.
  • La parábola de los viñadores asesinos no sólo nos presenta al Jesús perseguido, sino que nos llama la atención sobre nuestra administración frente a los dones y carismas que el Padre nos ha concedido.

  • Primera lectura: Dt 6,2-6
  • Salmo Sal 18(17),2-3a. 3bc-4. 47+51ab (R. Dt 6,4)
  • Segunda lectura: Hb 7,23-28
  • Evangelio: Mc 12,28b-34

¿Qué dice la Sagrada Escritura?

El Evangelista Marcos nos pone en contexto de evaluación y al presentar la parábola de los viñadores homicidas, nos regala la posibilidad de iniciar el balance el año litúrgico.

Jesús ha entrado en Jerusalén y después de realizar el signo de la higuera y del templo, pronuncia esta parábola de los viñadores, que originalmente iba dirigida a los escribas y a los ancianos como autoridades del pueblo, pero leída en este contexto litúrgico debe ser interpretada para nuestra época.

Esta parábola llama la atención sobre la fidelidad en la administración, porque se han apropiado lo que no les pertenece y actúan como si no existiera dueño legítimo que reclame su posesión.

En todo su contexto, la liturgia de la Palabra de este domingo se podría identificar con el llamado a la fidelidad en medio de las circunstancias de la vida diaria y de la vida de discípulos.  Fidelidad implica saber elegir una posibilidad entre muchas y jugársela todo por esa elección; esto es en pocas palabras lo que ha hecho Dios con su pueblo en la elección, pero no siempre el pueblo ha sabido responder en la misma tónica y se ha entretenido poniendo otras prioridades al lado de Dios, por eso se recordará en la primera lectura que el Señor es el único Señor.

Un discípulo que ha hecho la opción de la cruz y ha decidido ponerse en camino, está llamado a ser fiel y perseverante, a producir frutos para no quedarse infecundo como la higuera, pero a producir esos frutos sabiendo que todo es para la mayor gloria de Dios y no el simple provecho personal o la vanagloria humana.

¿Qué me dice la Sagrada Escritura?

En una sociedad cada vez más marcada por el individualismo y por la búsqueda del bienestar personal, viene esta liturgia de este domingo a hablarnos de un Dios que no abandona y que socorre (antífona de entrada), que posibilita correr sin tropiezos (oración colecta) para poder ser fieles administradores en la viña del Señor.

La Iglesia está llamada a ser viña fecunda, que sabe producir a su tiempo y que genera miles de posibilidades en la sociedad, pero también está llamada a reconocer que la viña tiene dueño y que sólo el Señor es nuestro Dios y nuestro único Señor.

Si la parábola habla del respeto al Hijo, nuestras comunidades parroquiales deben crecer en torno a la identidad de discípulos y no como estructuras administrativas y funcionales que ofrecen servicios.

La parroquia es el lugar de experiencia de la salvación para una comunidad, es la pequeña porción de la viña que todos trabajamos y en la que todos somos trabajadores, para que nuestra existencia sea fructuosa y entregue a la sociedad resultados de buenas obras y de una elección acertada y coherente.

¿Qué me sugiere la Palabra que debo decirle a la comunidad?

El pueblo colombiano ha sufrido el flagelo de la corrupción como una característica que se ha ido generalizando en los funcionarios e instituciones, al menos como lo hemos sabido por los medios de comunicación y eso nos tiene que llamar la atención como cristianos que peregrinamos en esta porción del pueblo de Dios.

El Papa Francisco en una de sus respuestas en la rueda de prensa de regreso del viaje apostólico en Colombia, decía al periodista: “Todos somos pecadores siempre y nosotros sabemos que el Señor está cerca de nosotros, que Él no se cansa de perdonar. Pero la diferencia es: Dios no se cansa nunca de perdonar, pero el pecador a veces encuentra la valentía y pide perdón. El problema es que el corrupto se cansa de pedir perdón y olvida cómo se pide perdón: este es el problema grave. Es un estado de insensibilidad frente a los valores, frente a la destrucción, a la explotación de las personas. No es capaz de pedir perdón. Es como una condena, por la que es muy difícil ayudar a un corrupto, muy difícil. Pero Dios puede hacerlo. Yo rezo por esto.”

La parroquia, comunidad de comunidades, está hoy interpelada por estas palabras que nos iluminan la liturgia de este domingo, porque debe ser el lugar de la honestidad y de la fidelidad, cosas muy difíciles en una masa que se rige por los falsos valores que propugna la corrupción.  Hoy más que nunca, la realidad colombiana escucha esta voz de alerta y debe saber que somos administradores y no capataces, somos parte de un engranaje en el que Dios nos ha puesto misiones diversas para la edificación de esta casa común y del reino, pero no podemos sentirnos dictadores en búsqueda del poder que fortalece el “yo” y destruye el “nosotros”.

¿Cómo el encuentro con Jesucristo me anima y me fortalece para la misión?

Esta liturgia nos ha posibilitado un encuentro con el Señor, que nos ha hablado al corazón y nos ha recordado su alianza de amor, sin dejar de llamarnos la atención sobre aspectos no muy claros de nuestra respuesta discipular.

Hay cosas muy concretas a las que estamos llamados a partir del encuentro y de la escucha de la Palabra:

  • Reconocer que el primer paso lo ha dado Dios cuando ha preparado para nosotros este mundo inmenso y maravilloso.
  • Aceptar que no somos dueños absolutos, pero que tenemos que empoderarnos de la misión que nos ha sido confiada.
  • Siempre debemos estar listos a dar cuentas y razón de nuestra administración fiel y transparente de lo que Dios ha permitido administrar.
  • Tenemos que ser misioneros de la esperanza, para que el mundo siga creyendo y construyendo un futuro mejor.  No podemos quedarnos mudos frente a los gritos de la realidad que nos rodea.

Ser misioneros de la unidad y del amor, que saben reconocer el valor y la necesidad del otro, para que juntos construyamos y no para que nos apropiemos de lo que no nos pertenece.

Posted by Admin9834