Informativo La Verdad, domingo 21 de junio de 2026
Diócesis de Cúcuta
Jue 18 Jun 2026
La primera diócesis fundada en Colombia, Santa Marta, fue escogida para abrir el recorrido nacional de una reliquia de primer grado del santo de Asís enviada desde Italia. La iniciativa, promovida por la Orden de Frailes Menores en el marco del Jubileo Franciscano, busca llevar a distintas regiones de Colombia un mensaje de paz, reconciliación, cuidado de la creación y renovación espiritual.La peregrinación es protagonizada por un fragmento óseo de San Francisco de Asís, considerado una reliquia de primer grado. Se trata de un signo de profundo valor espiritual para la Iglesia, pues custodia la memoria viva de quien, hace ocho siglos, decidió seguir a Cristo con radicalidad evangélica, convirtiéndose en una de las figuras más influyentes de la historia del cristianismo.Una jornada de fe que reunió a la Iglesia en Santa MartaCientos de fieles, sacerdotes, religiosos y religiosas participaron en esta jornada que comenzó con actos de veneración en la Catedral Basílica de Santa Marta.Posteriormente, una procesión recorrió las calles del centro histórico de la ciudad, encabezada por sacerdotes diocesanos y miembros de la Orden de Frailes Menores, acompañando el traslado de las reliquias hasta la parroquia San Francisco de Asís, donde se celebró una solemne Eucaristía presidida por el obispo de Santa Marta, monseñor José Mario Bacci Trespalacios.Los participantes tuvieron, además, la oportunidad de recibir la indulgencia plenaria concedida en el marco de este Jubileo Franciscano.Santa Marta: una historia franciscana que vuelve a encontrarse con sus raícesLa elección de Santa Marta como punto de partida de esta peregrinación nacional tiene un profundo significado histórico y espiritual. Fue desde este territorio donde los frailes franciscanos comenzaron, hacia mediados del siglo XVI, una intensa labor evangelizadora que marcaría los orígenes de la Iglesia en Colombia.Durante la Eucaristía, monseñor José Mario recordó que la historia de la evangelización de Santa Marta está estrechamente ligada a la presencia de los hijos de San Francisco y destacó que esta herencia sigue viva en la identidad de la Iglesia local.“Santa Marta es franciscana desde su origen”, afirmó el prelado, al recordar la contribución que esta familia religiosa ha realizado durante siglos a la vida espiritual de la región mediante su predicación, cercanía a los pobres, vida fraterna y testimonio evangélico.Incluso, definió la llegada de las reliquias como un acontecimiento profundamente simbólico. “De algún modo, la llegada de estas reliquias constituye un regreso a casa”, expresó, al señalar que el legado espiritual de San Francisco no pertenece únicamente a la Orden Franciscana, sino que constituye un don para toda la Iglesia.La visita adquiere, además, una relevancia especial en el camino que recorre la diócesis hacia la celebración de los 500 años de su creación, prevista para el año 2033.San Francisco y la renovación que nace del EvangelioUno de los mensajes centrales de la celebración estuvo relacionado con la actualidad del testimonio de San Francisco para la Iglesia de hoy.Durante su homilía, monseñor Bacci invitó a contemplar al santo de Asís más allá de las imágenes que suelen asociarlo exclusivamente con la pobreza o el cuidado de la creación. Recordó que el núcleo de su experiencia espiritual fue su profunda configuración con Cristo y su decisión de dejar que el Evangelio transformara completamente su vida.“La grandeza de Francisco no consistió en criticar la Iglesia de su tiempo, sino en amarla. No pretendió reformarla desde fuera. Más bien, permitió primero que Cristo reformara su corazón”, afirmó.El obispo explicó que esa enseñanza conserva plena actualidad para los cristianos de hoy, pues las transformaciones verdaderamente fecundas nacen de la conversión personal y de una adhesión cada vez más profunda al Evangelio.“La historia demuestra que las reformas verdaderamente fecundas nunca comienzan con estructuras o estrategias. Comienzan con los santos. La Iglesia se renueva cuando hombres y mujeres vuelven a poner a Cristo en el centro de su vida”, señaló.A partir del ejemplo de San Francisco, también destacó el valor de la pobreza evangélica entendida no como miseria, sino como disponibilidad total ante Dios. Una actitud que permite descubrir la fraternidad universal, reconocerse hermano entre hermanos y asumir una relación de cuidado y responsabilidad con los demás y con la creación.Para el prelado, esta espiritualidad representa una inspiración para la Iglesia samaria en el camino hacia sus cinco siglos de historia. “También nosotros queremos para esta Iglesia, en camino hacia la celebración de sus 500 años, una transformación misionera que no es apenas de planes ni de proyectos, sino de testimonio renovado y creíble de Jesucristo y su Evangelio”, afirmó.Un mensaje vigente para ColombiaLa familia franciscana ha querido que esta peregrinación sea también una oportunidad para compartir con el país los valores que inspiraron la vida del santo de Asís: la fraternidad, la reconciliación, la paz, la sencillez y el cuidado de la casa común.En un contexto marcado por múltiples desafíos sociales, la figura de San Francisco vuelve a presentarse como un referente capaz de inspirar caminos de encuentro y convivencia.“Necesitamos renovar la esperanza y la fraternidad, sembrar la paz y la reconciliación, esos sentimientos que nos llevan a reconocernos como hermanos”, expresó fray Jorge Torregroza, secretario provincial de la Orden de Frailes Menores.Por su parte, fray Luis Alberto Toro, vicario provincial de OFM, afirmó que el santo de Asís continúa invitando a los creyentes a convertirse en “instrumentos de paz y de bien”, especialmente en tiempos que reclaman reconciliación y unidad.Una semilla de vida eterna para ColombiaBajo el lema “Francisco de Asís: una semilla de vida eterna”, la reliquia recorrerá durante los próximos meses diversas regiones del país como Barranquilla, Cartagena, Medellín, Pereira, Cali, Villavicencio, Bogotá y Bucaramanga. Visitará parroquias, comunidades religiosas y lugares significativos de la presencia franciscana en Colombia.La peregrinación se extenderá hasta enero de 2027 y constituye uno de los principales acontecimientos conmemorativos del Jubileo Franciscano en el país.Vea el informe audiovisual a continuación:
Jue 11 Jun 2026
La comunidad de los Misioneros Redentoristas, administradora de la Basílica del Señor de los Milagros de Buga, emitió un comunicado oficial en el que aclaró su posición frente a diversas informaciones difundidas en medios de comunicación y redes sociales sobre la visita de candidatos a cargos de elección popular a este Santuario Nacional.La Basílica no apoya candidaturas ni movimientos políticosEn el pronunciamiento, los Redentoristas reiteran de manera categórica que la Basílica del Señor de los Milagros de Buga “no hace parte de ninguna campaña política, no promueve candidaturas y no apoya a ningún candidato o movimiento político”. Asimismo, recuerdan que su misión está orientada exclusivamente al anuncio del Evangelio, la promoción de la fe, la evangelización y el acompañamiento espiritual de los peregrinos que diariamente llegan a este lugar sagrado.La visita de candidatos corresponde a actos de carácter personalLa aclaración se produce luego de evidenciar la circulación de publicaciones relacionadas con la visita que el candidato presidencial Abelardo de la Espriella ha manifestado su intención de realizar a la Basílica el próximo 14 de junio. Frente a ello, la comunidad religiosa precisó que dicha presencia corresponde exclusivamente a una visita de carácter personal y privado, “como la de cualquier otro peregrino o fiel que acude a encomendarse al Señor de los Milagros”.Los Misioneros Redentoristas explican que, como Iglesia, no pueden impedir el ingreso ni la participación en las celebraciones litúrgicas de ninguna persona que desee acercarse a Dios, independientemente de sus convicciones políticas, sociales o ideológicas. Por ello, subrayan que el Santuario permanece abierto a todos los fieles en igualdad de condiciones.Actividades proselitistas son ajenas a la misión del SantuarioDe igual manera, la administración de la Basílica precisó que no tiene ninguna relación con actividades proselitistas, reuniones, concentraciones o cierres de campaña que eventualmente puedan desarrollarse en otros lugares de la ciudad. Según indica el comunicado, este tipo de actividades son “completamente ajenas a la misión y a las responsabilidades pastorales” del Santuario.La comunidad redentorista recordó además que, a lo largo de los años, la Basílica ha recibido la visita de numerosos servidores públicos, gobernantes, dirigentes políticos y candidatos de distintas corrientes, siempre en calidad de peregrinos y sin que ello haya implicado respaldo, adhesión o compromiso institucional alguno.Un llamado a preservar el carácter espiritual de la BasílicaFinalmente, los religiosos reiteraron que todos los ciudadanos son bienvenidos a participar en las celebraciones religiosas y a visitar este lugar de peregrinación, respetando siempre el carácter sagrado del templo y el sentido espiritual de las celebraciones.Asimismo, hicieron un llamado a preservar un ambiente de respeto, fraternidad y comunión, evitando interpretaciones que puedan confundir la misión evangelizadora de la Iglesia con actividades de carácter político-partidista.
Mié 17 Jun 2026
Tras sostener una audiencia con el Papa León XIV en el Vaticano, los integrantes de la Presidencia de la Conferencia Episcopal de Colombia dirigen un mensaje al pueblo colombiano en el que invitan a vivir con esperanza, responsabilidad y serenidad la jornada electoral del próximo 21 de junio, y a seguir construyendo caminos de reconciliación, fraternidad y concordia.Durante el encuentro, el Santo Padre recibió a monseñor Francisco Javier Múnera Correa, presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia; monseñor Gabriel Ángel Villa Vahos, vicepresidente; y monseñor Germán Medina Acosta, secretario general. Los obispos le transmitieron el saludo y el afecto del pueblo colombiano, mientras que el Pontífice reiteró su amor y preocupación por Colombia, animando a la Iglesia y a la sociedad a perseverar en la búsqueda de la paz, la unidad y la reconciliación.En el mensaje difundido desde la Ciudad del Vaticano, los prelados afirman que, en vísperas de los comicios presidenciales, Colombia está llamada a confiar en sí misma, a reconocer el valor y la dignidad de cada persona y a manifestar la bondad de la que es capaz como nación.“Más allá de los problemas que nos afectan y de las diferencias que nos distinguen, es posible construir juntos el país que anhelamos”, expresan los obispos, invitando a fortalecer aquello que une a los colombianos por encima de las divisiones.Un clamor que no esperaLos integrantes de la Presidencia del Episcopado colombiano acogen también el clamor que, según señalaron, resuena en todos los rincones de la geografía nacional: “No más injusticias, no más violencias, no más odios, no más muertes”.A partir de este llamado, reiteran que el país tiene la capacidad de trabajar unido por el bien común y de seguir construyendo una nación reconciliada, fraterna y en paz, que pueda ser habitada y disfrutada por las actuales y futuras generaciones.Invitación a la oración y al discernimientoLos obispos renuevan, además, la invitación a participar en la jornada nacional de oración convocada para este viernes 19 de junio, que contempla dos momentos: la Vigilia de Oración por Colombia en parroquias, comunidades eclesiales y diócesis del país, y la oración en familia con el encendido de una luz en los hogares.Según expresan en su mensaje, esta jornada busca “serenar los espíritus” y favorecer el buen juicio de los ciudadanos para elegir “con responsabilidad, libertad y conciencia” a quien tendrá la misión de conducir los destinos del país durante los próximos cuatro años.En ese mismo sentido, exhortan a todos los colombianos a acudir a las urnas con “alegría, esperanza y serenidad”, así como a acoger con madurez y confianza los resultados que arroje el proceso electoral, reconociendo y validando la seriedad y consistencia de las instituciones democráticas del país.Al concluir su mensaje, los obispos encomendaron el país a la bendición de Dios con las palabras del salmista: “¡Que el Señor bendiga a su Pueblo con la Paz!” (Sal 28,11).Una misión de comunión y trabajo con la Santa SedeLa audiencia con el papa León XIV hace parte de una agenda de trabajo que la Presidencia de la Conferencia Episcopal de Colombia desarrolla esta semana en Roma con diversos organismos de la Curia Romana.El martes 16 de junio los obispos sostuvieron un encuentro en el Dicasterio para la Evangelización. Este miércoles, además de la audiencia con el Santo Padre, visitaron el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida.La agenda continuará hasta el viernes 19 de junio con encuentros en la Comisión Pontificia para la Protección de Menores, el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral y la Secretaría de Estado.Estos espacios permiten compartir con la Santa Sede los desafíos, esperanzas y realidades que vive la Iglesia en Colombia, así como recibir orientaciones que fortalezcan la misión evangelizadora y el servicio pastoral en favor de la reconciliación, la dignidad humana, la construcción de la paz y el desarrollo integral de las comunidades.A continuación, la lectura del mesaje por parte del Presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia:
Vie 12 Jun 2026
En el marco de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, el cardenal Luis José Rueda Aparicio, arzobispo de Bogotá y primado de Colombia, presidió este viernes 12 de junio en la Catedral Primada de Colombia la Eucaristía central de renovación de la consagración del país al Sagrado Corazón de Jesús, una tradición que se remonta a 1902 y que continúa siendo para la Iglesia Católica un signo de confianza en Dios, de reconciliación y de compromiso con el bien común.Durante la celebración, el cardenal invitó a los colombianos a reconocer que el amor de Dios sigue acompañando la historia nacional y constituye el fundamento para la construcción de una sociedad más fraterna, justa y en paz.“Hoy debemos anunciar que Dios ama a Colombia, con su historia, con sus aciertos y equivocaciones. Se trata de una fuerza de amor en la historia humana, capaz de levantar una sociedad, de iluminarla, de renovarla en la confianza y en la esperanza”, expresó en su homilía.Al reflexionar sobre el significado de la consagración al Corazón de Jesús, el Primado de Colombia afirmó que el amor de Dios ofrece una base sólida para promover el bien común, entendido como aquellas condiciones que permiten el desarrollo integral de todas las personas sin exclusiones.“El amor de Dios a todos es la roca firme sobre la cual los seres humanos estamos llamados a construir unas relaciones sociales, ambientales, políticas y económicas que se orienten al bien de todos”, señaló.Tres desarmes para una Colombia reconciliadaEn su mensaje, el cardenal Rueda propuso tres compromisos concretos para avanzar hacia una sociedad fundada en la justicia, la fraternidad y la paz: desarmar el corazón, desarmar las palabras y desarmar las manos.Al referirse al desarme del corazón, invitó a cultivar la escucha interior, la autocrítica y la humildad para reconocer los propios errores, superando actitudes marcadas por el orgullo, la autosuficiencia, el odio, la envidia y el resentimiento.“Tenemos que llegar a descubrir que el primer ámbito donde estamos llamados a lograr esta pacificación en las diferencias es la propia interioridad, es el corazón de cada uno”, afirmó.Sobre el desarme de las palabras, exhortó a recuperar el respeto en el trato cotidiano, en la vida familiar, en los espacios públicos y en las conversaciones digitales, evitando la agresividad, las descalificaciones y la humillación del otro.“Recuperemos la amabilidad en el modo de debatir y de confrontar ideas. Cultivemos la amistad social como capacidad de construir consensos entre opuestos”, expresó.En este contexto, retomó también una reciente enseñanza del papa León XIV, invitando a renunciar a las palabras hirientes, a los juicios precipitados, a las calumnias y a toda forma de lenguaje que profundice las divisiones.Finalmente, al hablar del desarme de las manos, el cardenal señaló que la verdadera transformación social comienza en el interior de las personas y se manifiesta en comportamientos concretos de no violencia y reconciliación.“En este tiempo en Colombia necesitamos ciudadanos y líderes convencidos y comprometidos con la sabiduría de la no violencia en la política”, subrayó.Asimismo, advirtió sobre los riesgos que representan la agresividad verbal y la confrontación permanente para la convivencia nacional.“Estamos a tiempo. No permitamos que la idolatría de la palabra agresiva e imprudente nos lleve al abismo de la autodestrucción de Colombia”, manifestó.Una invitación a trabajar juntos por el bien comúnA lo largo de su reflexión, el Primado de Colombia insistió en que el amor de Dios impulsa a trabajar por una sociedad que garantice la dignidad de cada persona, promueva el desarrollo integral de todos y fortalezca la paz sustentada en la justicia.Por ello, invitó a los colombianos a construir relaciones sociales, económicas, ambientales y políticas orientadas al bienestar colectivo, y formuló una pregunta que marcó el centro de su mensaje: “¿Estamos dispuestos a trabajar juntos por el bien común?”.El cardenal animó además a poner en el centro de las decisiones y acciones la dignidad humana, el respeto por quienes piensan diferente y la búsqueda de consensos que permitan afrontar los desafíos del país.“Caminemos juntos, escuchémonos con respeto, aportemos lo mejor de cada uno por el bien común de todos, todos los habitantes de Colombia”, exhortó.Colombia, nuevamente encomendada al Corazón de JesúsAl concluir la Eucaristía, el cardenal Luis José Rueda Aparicio presidió la oración de consagración de Colombia al Sagrado Corazón de Jesús, mediante la cual encomendó al Señor la riqueza humana, cultural y natural de la nación; pidió perdón por la violencia, el odio, la injusticia social y las economías ilegales; e invitó a asumir compromisos concretos en favor de la vida, el diálogo, la verdad, la solidaridad y el cuidado de la casa común.La celebración concluyó con una renovada invitación a los colombianos a depositar su confianza en Cristo y a convertirse, desde sus distintos ámbitos de responsabilidad, en constructores de reconciliación, esperanza y paz para el país.
Mié 24 Jun 2026
Por Mons. Félix Ramírez Barajas - La familia continúa siendo el lugar más seguro e importante para el crecimiento humano, afectivo, espiritual y social de la persona. Es la primera escuela donde aprendemos a amar, confiar, compartir, respetar y descubrir el valor infinito de los demás. En ella se forman los cimientos de nuestra personalidad y se siembran las actitudes que posteriormente orientarán nuestra manera de relacionarnos con el mundo.
Frente a esta realidad, la familia, que es un don de Dios y que incluso puede ser considerada un verdadero “lugar teológico”, está llamada a redescubrir su vocación como escuela de reconciliación, taller de humanidad y semillero de paz. La paz familiar no consiste en la ausencia de problemas o diferencias, sino en la capacidad de afrontarlos desde el diálogo, el respeto, la escucha mutua y el amor. Toda familia atraviesa momentos de tensión, pero cuando existe la disposición sincera para comprender, perdonar y comenzar de nuevo, las dificultades pueden transformarse en oportunidades de crecimiento y maduración.
La experiencia demuestra que muchas heridas familiares permanecen abiertas durante años porque faltan espacios auténticos de encuentro. Con frecuencia se acumulan resentimientos, silencios dolorosos, palabras no dichas y situaciones que terminan debilitando la convivencia. Por ello, la reconciliación exige valentía. Requiere la decisión de entrar en una verdadera pedagogía del encuentro, donde cada persona se atreve a reconocer sus errores, a escuchar el sufrimiento del otro y a reconstruir puentes allí donde antes existían muros. Lejos de ser una muestra de debilidad, el perdón constituye una de las expresiones más elevadas de madurez humana y espiritual.
La fe cristiana ofrece una luz particular para este proceso. El Evangelio nos presenta a Jesucristo acercándose constantemente a las personas heridas para devolverles la esperanza y restaurar su dignidad. Su vida nos enseña que ninguna situación humana está definitivamente perdida cuando se abre espacio al amor y a la misericordia. En este sentido, la reconciliación familiar no depende únicamente de los esfuerzos humanos; también es fruto de la gracia de Dios que transforma los corazones y renueva las relaciones.
La familia posee una misión insustituible en la construcción de la paz. Antes de que la paz se convierta en una realidad social, política o cultural, debe nacer en el corazón de las personas. Y es precisamente en la familia donde se siembran las primeras semillas de esa paz. Allí se aprende a respetar las diferencias, a compartir, a resolver conflictos sin violencia, a cuidar de los más vulnerables y a reconocer la dignidad de cada persona.Por esta razón, la construcción de una cultura de paz comienza en la vida cotidiana del hogar. Cada gesto de escucha, cada palabra amable, cada acto de servicio y cada experiencia de perdón son semillas que, aunque parezcan pequeñas, tienen la capacidad de producir frutos abundantes para toda la sociedad. Lo que se cultiva en el interior de la familia termina proyectándose hacia la comunidad, las instituciones y las relaciones sociales.
El Papa Francisco afirmaba que «el bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia» (Amoris Laetitia, 31). Esta afirmación pone de manifiesto la importancia de fortalecer los vínculos familiares, pues una familia reconciliada no solamente beneficia a sus miembros, sino que se convierte en una fuerza transformadora para la sociedad. Allí donde una familia vive el amor, el respeto y la solidaridad, se generan ciudadanos capaces de construir relaciones más justas, fraternas y pacíficas.
De igual manera la encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV insiste en la necesidad de custodiar la dignidad de toda persona y promover una auténtica cultura del encuentro. Esta invitación adquiere un significado especial dentro de la familia, donde cada miembro necesita sentirse escuchado, valorado y amado. La reconciliación comienza precisamente cuando dejamos de ver al otro como un adversario y volvemos a reconocerlo como un hermano, una hermana, un hijo o un padre que ha sido confiado por Dios a nuestro cuidado.
La familia es también una escuela de esperanza. En un mundo marcado por la polarización, la violencia, la indiferencia y la incertidumbre, los hogares están llamados a ser espacios donde se cultive la confianza, la fraternidad y la capacidad de creer en el bien. La esperanza se aprende cuando los hijos observan a sus padres superar las dificultades con fe; cuando los esposos perseveran en el amor a pesar de las pruebas; cuando las familias descubren que las crisis no tienen la última palabra y que siempre es posible comenzar de nuevo.
Por ello, resulta fundamental recuperar el valor del diálogo intergeneracional. Muchas tensiones familiares nacen de las diferencias de pensamiento, de las distintas experiencias de vida o de la influencia de factores externos que dificultan la comprensión mutua. Sin embargo, cuando las generaciones se escuchan con respeto, descubren que comparten los mismos anhelos fundamentales: amar, ser amados y construir una vida plena. El diálogo sincero abre caminos de reconciliación que antes parecían imposibles.
La familia sigue siendo una de las mayores esperanzas para la Iglesia y para la humanidad. A pesar de las dificultades que enfrenta, conserva una extraordinaria capacidad para educar en el amor, transmitir valores y generar ambientes de paz. Cada acto de reconciliación vivido en el hogar contribuye a la construcción de aquello que san Pablo VI llamó la “civilización del amor”: una sociedad fundada en la dignidad humana, la solidaridad, la justicia y la fraternidad.
Por ello, la reconciliación familiar debe entenderse como una tarea permanente. Es un camino que exige paciencia, humildad y perseverancia, pero cuyos frutos son inmensamente valiosos. Allí donde una familia logra sanar sus heridas y recuperar la comunión, nace una esperanza nueva para la Iglesia y para la sociedad. En medio de un mundo marcado por divisiones, conflictos y diversas formas de violencia, la familia está llamada a seguir siendo un signo concreto de que el amor es más fuerte que el odio, que el perdón puede vencer el resentimiento y que la paz es posible. La oración, la lectura y meditación de la Palabra de Dios, la vida sacramental y la práctica de la caridad son caminos privilegiados para fortalecer esta vocación. De este modo, las familias podrán convertirse verdaderamente en sembradoras de esperanza, constructoras de reconciliación y artesanas de paz para una auténtica civilización del amor.
Mons. Félix María Ramírez Barajas
Obispo de Málaga-Soatá
Miembro de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia
Mar 16 Jun 2026
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Vamos caminando juntos en este mes de junio que es consagrado a contemplar el Sagrado Corazón de Jesús, que centra nuestra vida y misión en el amor mismo de Dios, que en nuestro Señor Jesucristo, nos da fortaleza para seguir afrontando la misión confiada a cada uno de nosotros. La imagen del Sagrado Corazón de Jesús nos recuerda el núcleo central de nuestra fe, todo lo que Dios nos ama con su corazón y todo lo que nosotros debemos hacer para amarle. Jesús nos ha demostrado su amor entregándose en la cruz por nosotros, quedándose en la Eucaristía y enseñándonos que Él es el camino para la salvación eterna, “Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie puede llegar al Padre, sino por mí” (Jn 14, 6); un camino que recorremos con la esperanza puesta en el destino que es la gloria de Dios, conscientes que el camino es cargar la cruz cada día.
Estamos viviendo en la actualidad en el mundo, en Colombia, en nuestra región y en la ciudad momentos de incertidumbre y de división que causan violencia y muerte. Esto se debe a que en el corazón de muchas personas hay odio, resentimiento, rencor, venganza y muchos males que hacen que la sociedad esté enferma, porque el corazón de muchos está enfermo. El profeta Jeremías experimentó esta realidad cuando dijo: “nada más falso y enfermo que el corazón del hombre” (Jer 17, 9) y Jesús en el Evangelio nos previene de la enfermedad del corazón cuando dice: “sin embargo lo que sale de la boca viene del corazón, y eso es lo que mancha al hombre. Porque del corazón vienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las injurias. Eso es lo que mancha al hombre” (Mt 15, 18 - 20); quedando claro que al revisar nuestra vida podemos encontrar nuestro corazón lleno de muchos males que causan división y violencia en cada familia y en la sociedad.
Esta realidad interior por la que pasa el ser humano tiene purificación, alivio y descanso en Jesucristo. Poner nuestra vida en Él, es abandonarnos a la esperanza que no defrauda, porque nos ofrece su perdón y su misericordia que brotan de su corazón que está lleno de amor para con cada uno de nosotros. Él viene a sanar las dolencias internas y darnos paz y sosiego en medio de las tormentas por las que pasamos. Abramos el corazón a Jesús que con su gracia nos permite que descansemos en Él y en los momentos más difíciles de nuestra vida, tengamos la certeza que Él es nuestro alivio: “vengan a mí, los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su vida” (Mt 11, 28- 30).
El pecado que dejamos entrar en nuestra vida agobia el camino y la misión que recorremos, causa desastres, destruye la propia existencia y deteriora la relación con Dios y con los demás. Por eso, hay que descansar en las manos de Dios, recibiendo la gracia del perdón por nuestros pecados y el alivio que brota del Corazón amoroso de Jesús, que es rico en misericordia, que sigue teniendo compasión de nosotros y del mundo entero, para que ninguno se pierda, porque “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (Ez 33, 11), ya que Él no vino al mundo para juzgar y condenar, sino para salvar (Cf. Jn 12, 47) y ofrecer a todos una vida nueva que brota de su amor y misericordia, hasta llevarnos al Padre a participar de la morada que tiene preparada para nosotros.
La Revelación nos manifiesta que el Hijo único de Dios quiso asumir un corazón de carne, precisamente para convertirse en el mediador deseoso de la realización de nuestra reconciliación. Este Corazón quiso conocer y experimentar la desintegración de la muerte y el odio de la humanidad a fin de cumplir en nosotros su voluntad reconciliadora, reconciliándonos con nosotros mismos, con nuestros hermanos, con Él mismo y con su Padre. Aceptó, pues, detener, en la muerte, sus latidos amorosos para darnos, con la Sangre y el Agua de los sacramentos, el Espíritu, que es la reconciliación en forma de remisión de los pecados (Jn 19, 30, 34; 20, 22-23), el Espíritu de amor, que es el soplo vivificante de su corazón, que nos lleva a la verdadera paz.
Cristo no murió para dispensarnos de sufrir y morir, sino para que pudiésemos con Él, amar al Padre, incluso en nuestros sufrimientos, en nuestras dificultades y en los momentos de cruz, a pesar de nuestras debilidades y de nuestros pecados. De aquí, la institución del sacramento de la penitencia, reparadora de la gracia, que nos da la capacidad de amar con un corazón manso y humilde como el de Jesús. Cuando en los momentos difíciles no entenda-mos algo de lo que nos sucede, tengamos la certeza que Dios entiende y eso nos da paz y esperanza.
La gracia que Dios nos da gratuitamente en Jesucristo al ser perdonados de todos nuestros pecados, la recibimos como Palabra de Dios que nos libera de todas las esclavitudes, de los males que sufrimos en el corazón y nos da la capacidad de amar y transmitir a los demás la misericordia con el amor del Corazón de Jesús. Todo viene de Dios, que nos ha reconciliado consigo por el Corazón de Cristo. Alimentemos esta gracia con la Eucaristía, que es el Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo que nos transforma en Él y fortalezcámonos diariamente con la oración, para que recibamos del Señor las palabras: “dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, nos alcancen del Señor la misericordia y el perdón, para transmitir a nuestros hermanos esta gracia, como un acto de caridad, cumpliendo con el mandato del Señor, tal como lo vivimos este mes en nuestro trabajo misionero: vayan y hagan discípulos, viviendo la caridad.
En unión de oraciones, reciban mi bendición.
+José Libardo Garcés Monsalve
Obispo de la Diócesis de Cúcuta
Mar 9 Jun 2026
Por Mons. Luis Fernando Rodríguez Velásquez - Así como en el mes de mayo pusimos la mirada confiada en María la Virgen, en el mes de junio estamos siendo llamados a poner la mirada en Jesús. Ya el autor de la Carta a los Hebreos nos exhorta a que tengamos fijos los ojos en Jesús, que es el autor y consumador de nuestra fe (cf. Heb. 12,2).
La imagen del Corazón de Jesús es más que nunca providencial para este tiempo. La solemnidad del Sagrado Corazón la celebraremos el viernes 12 de junio. En muchas de nuestras ciudades, y así lo haremos en Cali, tendremos la consagración de nuestra ciudad y de todo el país al Sagrado Corazón de Jesús, como un especial momento espiritual y de fe para implorar el don de la paz que tanto necesitamos. En Cali la celebración será en el Templo Votivo del Corazón de Jesús, el viernes 12 de junio a las 6:00 p.m.
Un reiterado llamamiento a la paz
El tiempo que vivimos no es fácil. Retomo apartes del mensaje que, con ocasión de las jornadas electorales 2026 enviamos los obispos colombianos y que es importante tener siempre presentes.
“Nuestro país necesita del aporte de todos para construir un clima social distinto, centrado en propuestas y programas orientados al bien común, la justicia y la convivencia pacífica.
Al transmitir mensajes relacionados con el proceso electoral, actuemos siempre con imparcialidad, prudencia, sabiduría y auténtico sentido pastoral, evitando actitudes partidistas o expresiones que puedan profundizar la división.
Estamos llamados a promover el respeto mutuo, la unidad, la reflexión responsable y el compromiso ético de los fieles, contribuyendo así́ a la construcción de una sociedad reconciliada y esperanzada”.
Nuestros fieles necesitan un bálsamo de confianza en el presente y futuro de nuestro país. Por lo tanto, poniendo la mirada en quien es el Príncipe de la paz, los invito a elevar una oración eucarística con la mirada el corazón traspasado de Jesús, como un clamor por la reconciliación y la paz.
Llegan dos nuevos obispos auxiliares a la Arquidiócesis de Cali
No puedo dejar pasar de largo la alegre noticia del gran regalo que el Señor ha hecho a nuestra Iglesia particular de Cali, a través del nombramiento que realizó el Papa León XIV de dos nuevos obispos auxiliares, el presbítero Luis Fernando de Jesús Pérez Agudelo, que viene de la Arquidiócesis de Medellín, y el presbítero Arnulfo Moreno Quiñonez, del Vicariato Apostólico de Guapi.
El Señor ha estado grande con nosotros, y por eso estamos felices. Con estos hermanos obispos vamos a seguir consolidando los diferentes planes y proyectos evangelizadores en nuestra Iglesia particular. Ellos, según los dones y carismas que el Señor les ha dado, aportarán lo mejor de sí mismos para que el Reino de Dios siga consolidándose entre nosotros.
Oremos por ellos. La ordenación episcopal del Pbro. Arnulfo será en nuestra Iglesia Catedral san Pedro Apóstol, el sábado 25 de julio, y la ordenación el Pbro. Luis Fernando de Jesús será en la Catedral Metropolitana de Medellín, el sábado 1 de agosto.
Sean bienvenidos a Cali los nuevos obispos, que también enriquecerán el colegio episcopal colombiano.
Oración de Consagración al Corazón de Jesús
Como el 22 de junio de 1902, cuando se realizó la primera consagración de Colombia al Sagrado Corazón de Jesús, como súplica por el fin de la Guerra de los Mil Días, de nuevo, hoy, el pueblo de Dios peregrino en Colombia, es convocado a celebrar este acto de fe, con la urgente necesidad trabajar por la unidad, la paz y la reconciliación nacional.
En su visita a Colombia, el Papa Francisco, advertía que, “la reconciliación sólo es posible si llenamos de la luz del Evangelio nuestras historias de pecado, violencia y desencuentro”.
Oremos:
Señor Jesucristo, Redentor del género humano, nos dirigimos a tu Sacratísimo Corazón con humildad y confianza, con reverencia y esperanza, con profundo deseo de darte gloria, honor y alabanza.
Señor Jesucristo, Salvador del mundo, te damos las gracias por todo lo que Tú eres y todo lo que Tú haces por tu Iglesia y por la porción del Pueblo de Dios que peregrina en Colombia.
Señor Jesucristo, Hijo de Dios Vivo, te alabamos por el amor que has revelado a través de tu Sagrado Corazón, que fue traspasado por nosotros y ha llegado a ser fuente de nuestra alegría, manantial de nuestra vida eterna.
Reunidos juntos en tu Nombre, que está por encima de cualquier otro nombre, nos consagramos nosotros y consagramos a Colombia a tu Sacratísimo Corazón, en el cual habita la plenitud de la verdad y la caridad.
Al consagrarnos a Ti renovamos nuestro ferviente deseo de corresponder con amor a la rica efusión de tu misericordioso y pleno amor.
Señor Jesucristo, Rey de amor y Príncipe de la paz, reina en nuestros corazones, en nuestros hogares y en Colombia.
Vence todos los poderes del maligno y llévanos a participar en la victoria de tu Sagrado Corazón.
¡Que todos proclamemos y demos gloria a Ti, al Padre y al Espíritu Santo, único Dios que vive y reina por los siglos de los siglos! Amén .
V./ Jesús, manso y humilde de corazón,
R./ Haz mi corazón semejante al tuyo (tres veces).
+Luis Fernando Rodríguez Velásquez
Arzobispo de Cali
Lun 1 Jun 2026
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Concluimos hoy el mes de mayo venerando a María que en salida misionera visita a su prima Santa Isabel, para anunciarle al Salvador del mundo. Durante 70 años de historia diocesana, en el anuncio gozoso del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, tenemos la certeza que María ha caminado con nosotros y nos ha fortalecido en el Proceso Evangelizador, siendo modelo de fe, esperanza y caridad, a quien queremos seguir imitando, cumpliendo con nuestra misión; tal como lo expresa el lema pastoral para este mes: vayan y hagan discípulos, imitando a María.
Imitamos a María como mujer de fe, reconocida esta virtud en la visita que le hace a su prima Isabel. Tal como lo narra el Evangelio: “¡dichosa tú que has creído¡ Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1, 45), palabras que reconocen la fe de María, en el acto de entrega a la voluntad de Dios que pronunció cuando el Arcángel Gabriel le anunció que iba a ser la madre del Salvador; respondiendo ella con palabras que expresan su fe entregada a la voluntad de Dios: “he aquí la esclava del Señor, há¬gase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38), afirmando con ello el Evangelio la actitud de fe de María y que Isabel reconoce y lo exclama con entusiasmo cuando le dice: “¡dichosa tú que has creído” (Lc 1, 45).
Imitando la fe de María, es posible que se engendre en nuestro corazón la virtud de la esperanza. En los momentos más oscuros y tormentosos de su vida, María “brilla como signo de esperanza segura y de consuelo” (Lumen Gentium 68). Desde la Anunciación, María sabe que Cristo es la roca firme sobre la que se edifica la vida cristiana y la respuesta a Dios. María espera contra toda esperanza, incluso en el momento de la muerte de Jesús en la cruz, cuando continúa su camino por la oscuridad, pero con el corazón lleno de esperanza. María enseña a cada cristiano a estar junto a la cruz del Señor, con dolor, pero de pie y con esperanza, “alcanzó así a estar al pie de la cruz en una comunión profunda, para entrar plenamente en el misterio de la Alianza” (Documento de Aparecida 266).
María mujer de fe y de esperanza nos enseña a vivir la caridad, ella puso en práctica la cari-dad con todos los que se encontró en el camino. Reconocemos que el amor oblativo, de caridad sin límites de la Virgen, nace de la comunión que tenía con el corazón de Dios, que la llevó a aceptar ser la madre del Redentor para entregar¬le la salvación a toda la humanidad. La caridad y el amor de María por cada uno de nosotros, conduce de inmediato hasta Jesús, una caridad silenciosa, prudente, que de nuevo al pie de la Cruz de su Hijo, calla y ofrece por la humanidad el acto de amor más grande de entrega. “La Virgen de Nazaret tuvo una misión única en la historia de salvación, concibiendo, educando y acompañando a su Hijo hasta su sacrificio definitivo” (DA 267); siendo esta misión la caridad más silenciosa, pero la más efectiva para cada uno de nosotros.
María al entregarnos a Jesús, nos trae con Él todo el amor, el perdón, la reconciliación y la paz, “como madre de tantos, fortalece los vínculos fraternos entre todos, alienta a la reconciliación y el perdón, y ayuda a que los discípulos de Jesucristo se experimenten como una familia, la familia de Dios” (DA 267). Por eso, estamos llamados a imitarla en la virtud, que Ella misma vivió, acompañando a los discípulos y a la Iglesia como la madre de la fe, la esperanza y la cari¬dad.
Esta es la tarea de la Iglesia en su vocación de evangelizar y en este compromiso estamos en nuestra Diócesis de Cúcuta con el Proceso Evangelizador de la Iglesia Particular (PEIP); con la certeza que transmitir a Jesucristo a otros es la obra de caridad más grande que podemos hacer. Así nos lo enseñó el Papa Francisco: “la Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (Evangelii Gaudium 14), recordando que la primera obra de caridad que hemos de hacer a nuestros hermanos será mostrarles el camino de la fe, la esperanza y la caridad. Así lo indicó el Papa Francisco, retomando palabras de sus antecesores: “el anuncio de Jesucristo es el primer acto de caridad hacia el hombre, más allá de cualquier gesto de generosa solidaridad” (Mensaje para las mi-graciones 2021). En esto la Virgen María, como maestra de la fe, la esperanza y la caridad, nos da ejemplo de un amor total a todos nosotros, entregándonos a Jesús y llevándonos hasta Él.
La profunda vida interior y contemplativa de nuestra madre del cielo, nos exhorta a mirar fijamente a Jesucristo y a vivir con fe, esperanza y caridad, todo nuestro peregrinar humano y cristiano, con las incertidumbres y tormentas diarias, poniendo nuestra vida en las manos del Padre, con los ojos fijos en Jesucristo, hasta que lleguemos a participar de la Gloria de Dios. Los convoco a poner la vida personal y familiar bajo la protección y amparo de la Santísima Virgen María, en todas las circunstancias de la existencia. Que el Glorioso Patriarca San José, unido a la madre del cielo, nos alcancen de nuestro Señor Jesucristo la fortaleza en la fe, la espe¬ranza que no defrauda y la caridad sin límites, para que sigamos siendo discípulos misioneros del Señor.
En unión de oraciones,
reciban mi bendición.
+José Libardo Garcés Monsalve
Obispo de la Diócesis de Cúcuta
Mié 24 Jun 2026
Por P. Jairo de Jesús Ramírez Ramírez - A propósito de la cuarta edición colombiana del Misal Romano (2025)
Resumen
Este artículo examina el itinerario histórico-teológico que condujo a la cuarta edición colombiana del Misal Romano y propone, como clave de lectura del acontecimiento, dos categorías complementarias: la anámnesis eucarística y el ars celebrandi propuesto por el papa Francisco en la carta apostólica Desiderio desideravi . Se reconstruye, en primer lugar, el camino que va del Concilio Vaticano II a las tres ediciones típicas latinas del Missale Romanum; en segundo lugar, se describe el proceso editorial, las causas y las principales novedades de las cuatro ediciones colombianas del Misal, con especial desarrollo de la última; en tercer lugar, se profundiza en la categoría de la anámnesis desde su raíz bíblica (zikkaron) hasta su formulación en las Plegarias Eucarísticas y en la eucología del Misal; y, en cuarto lugar, se exponen las cinco claves formativas de Desiderio desideravi: encuentro, belleza, asombro, formación y ars celebrandi. El estudio concluye que la nueva edición del Misal no es un fin en sí misma, sino un instrumento al servicio del memorial que actualiza el Misterio de Cristo, llamado a vivirse con las disposiciones interiores que pide el magisterio reciente.
Palabras clave: Misal Romano; anámnesis; Desiderio desideravi; ars celebrandi; Conferencia Episcopal de Colombia; liturgia.
Introducción
La cuestión litúrgica no es un asunto periférico en la vida de la Iglesia. Como advirtió Joseph Ratzinger antes de su elección como Benedicto XVI, en la liturgia “se ventilan cuestiones tan importantes como nuestra comprensión de Dios y del mundo, nuestra relación con Cristo, con la Iglesia y con nosotros mismos: en la liturgia nos jugamos el destino de la fe y de la Iglesia” , de modo que la relevancia de esta cuestión, lejos de disminuir, “ha cobrado hoy una relevancia que antes no podíamos prever”. Esta convicción encuentra eco directo en la enseñanza conciliar, según la cual la liturgia es “la cumbre a la cual tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” , idea que el papa Francisco retoma explícitamente en Desiderio desideravi número 31, para subrayar lo que está en juego en la celebración cristiana.
La celebración litúrgica no está exenta de riesgos. De un lado, existe el peligro del esteticismo-rubricismo, es decir, un modo de celebrar obsesionado por seguir las rúbricas como un autómata, sin percatarse del sentido y la profundidad de los signos y los textos de la celebración . De otro lado, acecha el relativismo litúrgico, entendido como una forma de celebrar en la que predomina una libertad creativa tan amplia que la acción ritual pierde toda referencia fija y estable, derivando en creatividad salvaje, diversión o espectáculo . Ambas desviaciones —el formalismo vacío y la improvisación sin medida— comparten una misma raíz: la pérdida del sentido del símbolo. Por ello, el papa Francisco advierte que “todo símbolo es a la vez poderoso y frágil: si no se respeta, si no se trata como lo que es, se rompe, pierde su fuerza, se vuelve insignificante” .
En este horizonte se inscribe la promulgación de la cuarta edición colombiana del Misal Romano, acontecimiento eclesial que ofrece la ocasión propicia para una reflexión de conjunto. El presente artículo recoge y reordena, en clave académica, los contenidos de la Jornada de Formación Litúrgica del Clero de Armenia, desarrollada el 23 de junio de 2026 por el autor, en la que se expusieron, sucesivamente, (I) el camino histórico hacia la nueva edición del Misal, (II) las cuatro ediciones colombianas del mismo, con especial desarrollo de la última, (III) la categoría teológica de la anámnesis como clave para comprender por qué se celebra, y (IV) las claves de Desiderio desideravi sobre el modo de disponerse a vivir la liturgia. El argumento que se sostiene a lo largo del texto es que estas tres dimensiones —edición renovada del Misal, memorial anamnético y disposición interior ars celebrandi— no son piezas yuxtapuestas, sino momentos solidarios de una misma realidad: la manera exterior y ritual de celebrar puede ayudar o estorbar la sintonía con el misterio que se celebra, de modo que no es indiferente el modo de celebrar.
Objetivo general
Analizar el proceso histórico-teológico de recepción del Misal Romano en Colombia hasta su cuarta edición (2025), a la luz de la categoría teológica de la anámnesis y de las claves formativas propuestas por el papa Francisco en Desiderio desideravi, con el fin de ofrecer un marco interpretativo, útil para la formación litúrgica del clero, que articule la renovación textual del Misal con la disposición interior exigida por la celebración cristiana.
Objetivos específicos
1. Reconstruir el itinerario histórico que condujo de las directrices del Concilio Vaticano II a las tres ediciones típicas latinas del Missale Romanum y a sus correspondientes recepciones en la Iglesia colombiana.
2. Describir el proceso editorial, las causas teológico-pastorales y las principales novedades —en el Propio del Tiempo, en el Ordo Missae, en el santoral y en la iconografía— de la cuarta edición colombiana del Misal Romano (2025).
3. Profundizar en la categoría teológica de la anámnesis como clave hermenéutica del memorial eucarístico, desde su raíz bíblica en el zikkaron veterotestamentario hasta su formulación explícita en las Plegarias Eucarísticas y en la eucología del Misal Romano.
4. Exponer las cinco claves propuestas por el papa Francisco en Desiderio desideravi —encuentro, belleza, asombro, formación y ars celebrandi— como criterios pastorales para la formación litúrgica del clero y del Pueblo de Dios.
1. Camino hacia la nueva edición: del Concilio Vaticano II a las ediciones típicas latinas
1.1 El Misal Romano: valor teológico-litúrgico
Antes de narrar el proceso histórico de las sucesivas ediciones, conviene fijar el valor teológico que reviste el Misal en la vida de la Iglesia. El principio lex orandi, lex credendi —“la Iglesia reza lo que cree y cree lo que reza”, según la fórmula clásica de Próspero de Aquitania— expresa que la lex credendi se transforma en lex orandi: el Misal es expresión autorizada de la fe revelada. De ahí que los fieles accedan a contenidos dogmáticos tan decisivos como los definidos en Nicea, en Calcedonia, o las verdades de la Inmaculada Concepción y de la Asunción, a través de los textos eucológicos, muchas veces sin haber leído jamás los documentos magisteriales correspondientes.
El Misal es, además, testimonio de una tradición ininterrumpida de dos mil años. En el tiempo de Navidad se descubren los villancicos más antiguos en sus antífonas de entrada, con textos procedentes de la tradición bíblica del Antiguo Testamento, como ocurre en la antífona del 25 de diciembre. La segunda Plegaria Eucarística se basa en la Traditio apostolica (siglo III); las oraciones de Navidad se remontan a san León Magno (†461); el Canon Romano, a san Gregorio Magno (†604); la fiesta de Corpus Christi, al papa Urbano IV (1264); y el calendario de santos recorre todas las épocas hasta llegar a san Juan Pablo II. El Misal es, en este sentido, el “álbum de fotos” de la Iglesia.
1.2 El encargo del Concilio Vaticano II
La revisión del Misal encuentra su origen inmediato en Sacrosanctum Concilium (4 de diciembre de 1963), cuyo capítulo II estableció directrices concretas: “buscar una mayor claridad en los textos y en los ritos” ; “facilitar la participación activa de los fieles” ; “preparar para el pueblo cristiano la mesa de la Palabra de Dios con mayor abundancia” ; “simplificar algunos ritos evitando repeticiones” ; restablecer otros que se habían perdido en la historia —la oración universal , la concelebración y, en gran parte, la homilía dominical —; abrir la puerta al uso de las lenguas vivas, además del latín ; y permitir la comunión bajo las dos especies.
1.3 Tres ediciones típicas latinas del Missale Romanum
En cumplimiento de ese encargo conciliar, el Dicasterio competente publicó sucesivamente tres ediciones típicas en latín —referencia obligada para toda traducción vernácula, incluida la colombiana—. La primera edición típica vio la luz el 26 de marzo de 1970 , Jueves Santo, mediante el decreto Celebrationis Eucharisticae, preparada por el “Consilium” a través del grupo “Coetus X”, cuatrocientos años después del Misal de san Pío V (1570); fue reimpresa en 1971. La segunda edición típica se promulgó el 27 de marzo de 1975 , tras agotarse la primera edición —reimpresa en 1972—, e incorporó los ministerios de acólito y lector según Ministeria Quaedam y la supresión del subdiaconado. La tercera edición típica fue firmada en su Institutio el Jueves Santo del año 2000 e impresa como volumen en 2002, con un nuevo capítulo IX de la Ordenación General del Misal Romano (OGMR); esta tercera edición constituye la base de la edición colombiana vigente y fue objeto de una reimpresión corregida en 2008.
1.4 ¿Por qué una tercera edición típica?
La necesidad de una tercera edición típica respondió a la proliferación, desde 1975, de numerosos documentos eclesiales con repercusión directa en el Misal. Entre los libros litúrgicos cabe mencionar el Ritual de la Dedicación de iglesias , el Gradual de cantos , la nueva edición del Leccionario , el Código de Derecho Canónico y el Ceremonial de los Obispos . Entre los documentos magisteriales destacan Vicesimus Quintus Annus de Juan Pablo II, el Catecismo de la Iglesia Católica , Varietates legitimae sobre inculturación , Ecclesiae de mysterio sobre los ministerios laicos y Liturgiam authenticam sobre la traducción de los libros litúrgicos. A todo ello se sumó la necesidad de incorporar los santos recientemente incluidos en el calendario universal.
1.5 Dos libros para una sola celebración
Conviene precisar, por último, que la celebración eucarística se sirve de dos libros distintos y complementarios. El Misal contiene las oraciones que pronuncia quien preside —colecta, oración sobre las ofrendas y poscomunión—, los prefacios y las trece Plegarias Eucarísticas completas; en la historia ha sido llamado también “Sacramentario” u “Oracional”. El Leccionario, por su parte, contiene las lecturas bíblicas de todo el año, tanto del ciclo dominical (A, B, C) como del ciclo ferial (I, II), además de volúmenes propios para los sacramentos, los santos y las misas votivas, un Leccionario propio para niños, y el “Evangeliario” con los evangelios de las fiestas más solemnes. Durante siglos, oraciones y lecturas se unieron en un mismo volumen para el altar —son los “misalitos” que todavía usan muchos fieles—; hoy, para la celebración, el Misal y el Leccionario vuelven a distinguirse. Recibido así el texto típico latino, cada Conferencia Episcopal lo traduce, lo adapta y lo inculturiza fielmente para su pueblo, lo cual nos conduce a la recepción colombiana del Misal Romano.
2. Las cuatro ediciones del Misal Romano para Colombia
2.1 Primera, segunda y tercera ediciones colombianas (1972, 1982, 2007)
La Iglesia en Colombia ha recibido, hasta la fecha, cuatro ediciones del Misal Romano, todas aprobadas por el Dicasterio para el Culto Divino a partir del correspondiente texto típico latino. La primera edición colombiana fue promulgada el 29 de julio de 1972 por la Sagrada Congregación del Culto Divino ; mientras se publicaba el texto definitivo, fue difundida mediante el Boletín Actualidad Litúrgica, y se basó en la primera edición típica latina. La segunda edición colombiana data del 28 de octubre de 1982 e incorporó las modificaciones derivadas de la supresión del subdiaconado conforme a Ministeria Quaedam, sobre la base de la segunda edición típica latina (1975).
La tercera edición colombiana fue aprobada el 21 de marzo de 2007 por la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, y se enriqueció con la Ordenación General del Misal Romano —aprobada para Colombia el 17 de agosto de 2005 — y con la Instrucción Pastoral de los Obispos de Colombia sobre algunos aspectos importantes en la celebración eucarística. En el plano práctico, esta edición implementó el uso del “ustedes” en lugar del “vosotros” en los saludos litúrgicos, y tomó como base la tercera edición típica latina (2000/2002).
2.2 La cuarta edición colombiana (2025): proceso editorial
La cuarta edición colombiana , corazón de la presente exposición, es fruto de once años de trabajo ininterrumpido bajo la guía de obispos y liturgistas. El proceso se inició en 2016 bajo el liderazgo de monseñor Fabio Duque Jaramillo, entonces presidente de la Comisión Episcopal de Liturgia. En 2019 el texto fue presentado al Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, el cual, en 2021, lo devolvió con observaciones relativas a la eucología y al Calendario Particular. En 2022 falleció monseñor Duque, y el trabajo fue retomado mediante dos comisiones específicas, una dedicada al Calendario Particular y otra a los textos eucológicos. En 2023 las propuestas resultantes fueron aprobadas por el Episcopado colombiano con amplia mayoría. Finalmente, el 2 de febrero de 2025 el Dicasterio otorgó su aprobación, contando con el nihil obstat de la Doctrina de la Fe, la recognitio del papa Francisco para la fórmula sacramental, y el correspondiente decreto de confirmatio.
2.3 Causas de la cuarta edición colombiana
Diversas causas justificaron la elaboración de esta nueva edición: la dificultad de comprensión y proclamación de muchos textos eucológicos de la edición anterior; la necesidad de incorporar la traducción litúrgica oficial de la Biblia, aprobada en 2015 para Colombia; la nueva traducción de las palabras de la consagración, es decir, de la fórmula sacramental; la inclusión de formularios para los nuevos santos del Calendario General y del Calendario Propio; la inclusión del nombre de san José en las Plegarias Eucarísticas II, III y IV; la armonización de las rúbricas y de los criterios de traducción; la necesidad de evitar el uso de misales extranjeros, que generaba dispersión litúrgica; la actualización del capítulo IX de la IGMR conforme al decreto Postquam Summus Pontifex , en aplicación de Magnum Principium —que modificó el canon 838 del Código de Derecho Canónico—; y, por último, la incorporación del rito para la recepción de los santos óleos en las parroquias.
2.4 Novedades en el Propio del Tiempo y en el Ordo Missae
La cuarta edición colombiana presenta una traducción completamente nueva de los textos eucológicos, de cuño literal, conforme a los criterios de Liturgiam authenticam. En el Propio del Tiempo, se introduce para el Jueves Santo el rito de recepción de los santos óleos en cada parroquia, mediante una nueva rúbrica conexa al número 15 del Ordo Missae; en la Vigilia Pascual, las letanías bautismales se enriquecen con santa Laura Montoya y santa María Bernarda Bütler, al tiempo que se suprimen los nombres de santos no propios del calendario colombiano, como santa Rosa de Lima, san Martín de Porres y santa Mariana de Jesús; el título “Beata María Virgen” sustituye a “Nuestra Señora” en los títulos marianos, por mayor fidelidad al latín; y el texto bíblico litúrgico ha sido actualizado en su conjunto.
En el Ordo Missae propiamente dicho, las principales novedades son tres: la nueva traducción de la fórmula sacramental, aprobada por el Episcopado colombiano en 2017 y por el papa Francisco en febrero de 2025; la nueva traducción de la Oración por la Paz; y la inclusión del nombre de san José en las Plegarias Eucarísticas II, III y IV, en virtud del decreto Paternas vices (1 de mayo de 2013).
2.5 Santoral, Calendario propio e iconografía
La nueva edición incorpora catorce celebraciones del Calendario General añadidas después de 2007: san Gregorio de Narek (27 de febrero), san Juan de Ávila (10 de mayo), san Pablo VI (29 de mayo), Santa María Madre de la Iglesia (lunes después de Pentecostés), santa María Magdalena (22 de julio), los santos Marta, María y Lázaro (29 de julio), santa Teresa de Calcuta (5 de septiembre), santa Hildegarda de Bingen (17 de septiembre), santa Faustina Kowalska (5 de octubre), san Juan XXIII (11 de octubre), san Juan Pablo II (22 de octubre), san Juan Diego Cuauhtlatoatzin (9 de diciembre) y la Bienaventurada Virgen María de Loreto (10 de diciembre); a ello se suma para san Ireneo el nuevo título de obispo, mártir y doctor de la Iglesia. Asimismo, se unifican con el Calendario General las memorias de Nuestro Señor Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote (jueves después de Pentecostés), san Felipe Neri (26 de mayo), los santos Dionisio y compañeros mártires (9 de octubre) y san Juan Leonardi (9 de octubre).
En el Calendario Propio de Colombia se incluyen santa María Bernarda Bütler, virgen (19 de mayo), santa Laura Montoya y Upegui, virgen y fundadora (21 de octubre), y las fórmulas oficiales para la Bienaventurada Virgen María de Guadalupe, patrona de América. La edición se acompaña, además, de una iconografía inculturada compuesta por dieciocho ilustraciones: la cruz de portada, con frutos del trópico y agua; la Bienaventurada Virgen María del Signo de Yaroslavl para el tiempo de Adviento; un Belén con palmas de corozo y ave del paraíso para la Navidad; la Transfiguración acompañada de la orquídea Cattleya para la Cuaresma; Pentecostés para el Tiempo Ordinario; el Calvario en el Te igitur; y el Cordero del Apocalipsis en el Propio de los Santos. De este modo, la iconografía cristiana tradicional se combina con la fauna, la flora y los paisajes de Colombia.
2.6 El Misal como directorio espiritual y pastoral
Más allá de su función práctica, al Misal de la Iglesia debe interesarnos como “directorio espiritual y pastoral” de nuestra celebración. La fuente litúrgica escrita responde a la antiquísima fórmula lex credendi, lex orandi, lex supplicandi: aquello que la Iglesia cree es lo que celebra, y lo que cree y celebra se convierte en norma de lo que le suplica al Señor. Por eso el Misal es también una herramienta de sinodalidad: con las mismas palabras oramos todos juntos, somos una sola voz delante del Esposo de Cristo, y con Él nos presentamos ante el Padre en el poder del Espíritu que genera comunión y unidad.
Este orar juntos responde a lo que pidió el Concilio Vaticano II: textos claros que conduzcan a la asamblea a una participación activa, fructuosa, consciente e inteligentemente espiritual. El Misal es así instrumento para que fieles y pastores celebremos el misterio pascual de Jesucristo guiados por el Espíritu Santo.
Con este texto, el episcopado colombiano se pone al día con el magisterio pontificio que, desde Sacrosanctum Concilium hasta Desiderio desideravi, ha definido la liturgia como glorificación de Dios y santificación de los fieles: un espacio de encuentro real con el poder de Cristo resucitado, y no solo de formulismos vacíos.
Como recuerda una antigua oración de la misa de la Cena del Señor, al celebrar la Eucaristía y el sacrificio de Cristo vivimos la obra de nuestra redención. Es momento de vivir con seriedad, sencillez y belleza este milagro de comunión y santidad: la liturgia no es solo una fórmula que se lee, sino experiencia de novedad y vida en el Espíritu. Que esta nueva edición del Misal Romano nos ayude a celebrar con mayor reverencia, belleza y comprensión.
Ante cada nueva edición se distinguen tres tareas complementarias: el Dicasterio para el Culto Divino introduce las oportunas matizaciones y añadiduras que sugieren la experiencia y la consulta a la Iglesia universal; la Conferencia Episcopal de Colombia lleva a cabo una versión y una adaptación fieles, tanto a la liturgia misma como a la sensibilidad de nuestro pueblo; y cada comunidad parroquial relee los nuevos textos, revisando a su luz la propia actuación pastoral, para celebrar con mayor provecho espiritual. Esta triple tarea conduce naturalmente a preguntarse qué es, en su raíz teológica, lo que efectivamente se celebra cada vez que se proclaman estos textos: la respuesta remite a la categoría de la anámnesis.
3. La anámnesis: el memorial como actualización del Misterio de Cristo
3.1 La anámnesis como categoría clave de la liturgia
El mandato de Cristo en la Última Cena —“haced esto en conmemoración mía” (Lc 22, 19)— constituye la categoría clave para comprender la naturaleza de las celebraciones eclesiales: la anámnesis es la respuesta fiel y constante de la Iglesia a ese mandato. Se trata de un término de raíz bíblica —zikkaron (זִֻכָּרוֹן)—, empleado profusamente por los Padres de la Iglesia. Tras un cierto declive en su uso, la categoría fue recuperada por Odo Casel y la Schola Laciensis (Alemania), en una de las aportaciones más sobresalientes de la teología del siglo XX. El término “memorial” entró así al léxico teológico por la puerta grande del Concilio Vaticano II, y hoy todas las Plegarias Eucarísticas del Misal Romano incluyen explícitamente la palabra “memorial” inmediatamente después del relato de la institución.
3.2 Zikkaron: el memorial bíblico
El zikkaron puede definirse como un recordar que actualiza: haciendo memoria, el pueblo se abre a la actualidad de la acción salvífica de Yahvé. No se trata, por tanto, de recordar simplemente un hecho pasado, sino de revivir sacramentalmente la acción de Dios que salva y libera, según la fórmula del libro del Éxodo: “este será un día memorable (zikkaron) para vosotros; en él celebraréis fiesta en honor del Señor. De generación en generación, como ley perpetua lo festejaréis” (Ex 12, 14).
Tres fiestas del calendario judío ilustran esta lógica memorial. La Pascua (Pésaj), celebrada en Nisán (marzo-abril) conforme a Ex 12, 14, es memorial de la liberación de la esclavitud en Egipto, celebrada mediante una comida ritual con cordero, panes ázimos y hierbas amargas, en la que se recita el Hallel (Sal 113-118). Pentecostés (Shavuot), en Siván (mayo-junio), conforme a Lv 23, 15-21 y Dt 16, 9-12, fue originalmente ofrenda de los primeros frutos y, con el tiempo, se convirtió en memorial de la Alianza en el Sinaí y del don de la Torá. Los Tabernáculos (Sukkot), en Tishrí (septiembre-octubre), conforme a Lv 23, 33-43, son memorial de la peregrinación por el desierto, celebrado habitando en chozas en recuerdo de la providencia divina.
3.3 Del zikkaron judío a la anámnesis eucarística
El memorial, en cuanto categoría bíblica, es precisamente lo que da continuidad entre la pascua judía y la Eucaristía: ambas son un memorial. Lo que Jesús hizo en el Cenáculo fue mantener el molde y cambiarle el contenido: “esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19). Aquella palabra —memoria— debió evocar en los Doce la misma palabra contenida en el libro del Éxodo. En el contexto paulino —Lc 22, 19 y 1 Co 11, 24-25—, el mandato de Jesús cobra un carácter marcadamente memorial: una acción ya conocida y ritualmente establecida es plasmada de tal modo que se convierte en memorial de Cristo.
De esta raíz procede el llamado hodie —el “hoy” litúrgico—: la celebración memorial sitúa en contacto sacramental con el acontecimiento salvífico, de manera que la liturgia puede afirmar “hoy Cristo ha nacido”, “hoy se ha manifestado el Espíritu Santo”, “hoy ha sido llevada al cielo la Virgen” .
3.4 La anámnesis en las Plegarias Eucarísticas
Esta estructura memorial se verifica en cada Plegaria Eucarística siguiendo una secuencia constante: memores —haciendo memoria—, offerimus —te ofrecemos— y gratias agentes —dando gracias—. La fuente de la Plegaria Eucarística II, la Traditio Apostolica de san Hipólito (siglo III), lo formula así:
“Así pues, Padre, al celebrar el memorial (memores) de la Muerte y Resurrección de tu Hijo, te ofrecemos (offerimus) el Pan de vida y el Cáliz de salvación y te damos gracias (gratias agentes) porque nos haces dignos de servirte en tu presencia.” .
Esta misma estructura se repite, con variaciones propias, en las restantes Plegarias Eucarísticas del Misal. La Plegaria Eucarística I, o Canon Romano, reza:
“Por eso, Padre, nosotros, tus siervos, y todo tu pueblo santo, al celebrar este memorial (memores) de la Muerte gloriosa de Jesucristo, tu Hijo, Nuestro Señor, de su santa Resurrección del lugar de los muertos y de su admirable Ascensión a los cielos, te ofrecemos (offerimus), Dios de gloria y majestad, de los mismos bienes que nos has dado, el Sacrificio puro, inmaculado y santo, Pan de vida eterna y Cáliz de eterna salvación”
La Plegaria Eucarística III formula la misma anámnesis del siguiente modo:
“Así pues, Padre, al celebrar ahora el memorial (memores) de la Pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable Resurrección y Ascensión al Cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos (offerimus) en esta acción de gracias (gratias referentes), el Sacrificio vivo y santo” .
La Plegaria Eucarística IV, por su parte, precisa:
Por eso, Padre, al celebrar ahora el memorial (memoriale celebrantes) de nuestra Redención, recordamos la Muerte de Cristo y su descenso al lugar de los muertos, proclamamos su Resurrección y Ascensión a tu derecha; y, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos (offerimus) su Cuerpo y su Sangre, sacrificio agradable a ti y salvación para todo el mundo” .
Las Plegarias Eucarísticas de la Reconciliación recogen la misma lógica anamnética, aplicada al don de la paz y del perdón. La primera dice:
“Así pues, al celebrar el memorial (memores) de tu Hijo Jesucristo, nuestra Pascua y nuestra paz definitiva, celebramos su muerte y resurrección de entre los muertos, y, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos (offerimus), Dios fiel y misericordioso, la Víctima que reconcilia a los hombres contigo” .
La segunda Plegaria de la Reconciliación añade un matiz teológico de particular relieve:
“Así pues, al celebrar el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo, que nos dejó esta prenda de su amor, te ofrecemos (offerimus) lo que tú nos entregaste: el sacrificio de la reconciliación perfecta”.
Esta fórmula constituye una confesión explícita: la Iglesia ofrece al Padre aquello mismo que el Padre le entregó. Finalmente, la Plegaria Eucarística para las Misas por Diversas Necesidades cierra esta serie:
“Por eso nosotros, Padre santo, al celebrar el memorial (memores) de Cristo, tu Hijo, nuestro Salvador, al que condujiste, por su pasión y muerte en cruz, a la gloria de la resurrección, y lo sentaste a tu derecha, anunciamos la obra de tu amor hasta que él venga, y te ofrecemos (offerimus) el pan de vida y el cáliz de bendición” .
3.5 El memorial en la eucología del Misal Romano
La categoría del memorial no se limita a las Plegarias Eucarísticas, sino que impregna también la eucología ordinaria del Misal. La oración sobre las ofrendas que se proclama el Domingo II del Tiempo Ordinario y en la Misa In Cena Domini, cuya fuente es el Sacramentario Veronense (siglo vi), atribuido a León Magno, reza:
“Concédenos, Señor, participar dignamente en estos sacramentos, pues cada vez que se celebra el memorial del sacrificio de Cristo se realiza la obra de nuestra redención”.
En la misma línea, la oración colecta de la solemnidad de Corpus Christi —fiesta instituida en el siglo xiii por el papa Urbano IV (1264) para subrayar la centralidad de la Eucaristía—, atribuida a santo Tomás de Aquino, suplica:
“Oh, Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión; te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención” .
El fundamento conciliar de toda esta eucología se encuentra en Sacrosanctum Concilium: “Nuestro Salvador instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con lo cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el Sacrificio de la Cruz y a confiar a su Esposa, la Iglesia, el Memorial de su Muerte y Resurrección” .
3.6 El memorial: actualización, no solo recuerdo
El Catecismo de la Iglesia Católica resume con precisión el alcance teológico de cuanto se ha expuesto:
“La liturgia no solo recuerda los acontecimientos que nos salvaron, sino que los actualiza y los hace presentes. La celebración memorial nos sitúa en contacto sacramental con el acontecimiento salvífico. La anámnesis pone en acto la irrupción del misterio en el espacio y en el tiempo: provoca que lo que ocurrió, ocurra hoy, aquí y ahora” .
Este “hoy” litúrgico se funda en la singularidad absoluta del acontecimiento pascual, según lo describe el mismo Catecismo:
“Cuando llegó su hora, vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre ‘una vez por todas’. Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado” .
Esta lectura del n. 1085 del Catecismo recoge la intuición del teólogo Jean Corbón , para quien existe “un acontecimiento histórico que el tiempo no devora”. De ahí se sigue una consecuencia pastoral de primer orden: cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía —con este Misal renovado, en esta lengua, en esta tierra colombiana— no conmemora un pasado lejano, sino que hace presente, aquí y ahora, el único Misterio de Cristo. Queda entonces por precisar con qué disposiciones interiores conviene acercarse a esa actualización sacramental, cuestión que aborda directamente la carta apostólica Desiderio desideravi.
4. Desiderio desideravi: las claves del papa Francisco para celebrar y vivir la liturgia
4.0 Presentación del documento
“Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer” (Lc 22, 15): con esta cita evangélica, que da título a la carta, el papa Francisco introduce Desiderio desideravi, carta apostólica sobre la formación litúrgica del Pueblo de Dios, firmada el 29 de junio de 2022. No se trata de un documento disciplinar, sino de una invitación a la formación litúrgica, según sus propias palabras: “con esta carta quisiera simplemente invitar a toda la Iglesia a redescubrir, custodiar y vivir la verdad y la fuerza de la celebración cristiana” (DD, n. 16). Si la nueva edición del Misal —expuesta en la segunda parte de este artículo— ofrece el texto renovado, y la anámnesis —expuesta en la tercera parte— explica qué es lo que se celebra, Desiderio desideravi enseña cómo disponerse a vivirlo, mediante cinco claves: encuentro, belleza, asombro, formación y ars celebrandi.
El punto de partida de las cinco claves es, una vez más, la Última Cena. Toda la historia de la salvación es una preparación de esa Cena (DD, n. 3); Jesús sabe que es el Cordero pascual (n. 4), y esa misma Cena se hará presente en cada Eucaristía hasta su vuelta (n. 4 y n. 7). El contenido del Pan partido es la Cruz de Jesús, su sacrificio en obediencia amorosa al Padre, de modo que la Última Cena constituye una anticipación ritual de la muerte del Señor (n. 7): es precisamente el Cuerpo entregado y la Sangre derramada lo que se conmemora en cada Eucaristía (n. 7).
4.1 Encuentro
“Aquí está la poderosa belleza de la liturgia” (DD, n. 10): la primera clave que propone el papa Francisco es la del encuentro, pues la Encarnación, además de ser el único y novedoso acontecimiento que la historia conozca, es también el método que la Santísima Trinidad ha elegido para abrirnos el camino de la comunión (n. 10).
4.2 Belleza
La segunda clave es la belleza, que el papa describe en términos de identificación existencial con los personajes evangélicos:
“El poder salvífico del sacrificio de Jesús, de cada una de sus palabras, de cada uno de sus gestos, mirada, sentimiento, nos alcanza en la celebración de los Sacramentos. Yo soy Nicodemo y la Samaritana, el endemoniado de Cafarnaún y el paralítico en casa de Pedro, la pecadora perdonada y la hemorroísa, la hija de Jairo y el ciego de Jericó, Zaqueo y Lázaro; el ladrón y Pedro, perdonados”.
Esta belleza se hace experiencia concreta, en primer lugar, en el Bautismo, nuestro primer encuentro con la pascua de Cristo (n. 12). El modo en que esto acontece resulta especialmente conmovedor: la plegaria de bendición del agua bautismal revela que Dios creó el agua precisamente en vista del bautismo (n. 13), de manera que, sin esta incorporación sacramental, no hay posibilidad de experimentar la plenitud del culto a Dios.
4.3 Asombro
La tercera clave es el asombro, entendido como admiración ante el hecho de que el plan salvífico de Dios nos haya sido revelado en la pascua de Jesús, cuya eficacia sigue llegándonos en la celebración de los sacramentos (n. 25). Se trata de la actitud de quien sabe que está ante la peculiaridad de los gestos simbólicos, y de la maravilla de quien experimenta la fuerza del símbolo y lo que este significa (n. 26).
4.4 Formación
La cuarta clave, la formación, exige tanto un conocimiento teológico —el sentido teológico de la liturgia, descrito admirablemente en SC, n. 7— como el dinamismo de la celebración, los textos eucológicos y los dinamismos rituales. Esta formación se dirige a todos los fieles, pero en primer lugar a quienes presiden la asamblea, para que puedan guiar a sus hermanos. Conviene, sin embargo, precisar de qué tipo de formación se trata, pues el papa Francisco advierte:
“La liturgia no tiene que ver con el ‘conocimiento’, y su finalidad no es primordialmente pedagógica (aunque tiene un gran valor pedagógico) … sino que es la alabanza, la acción de gracias por la Pascua del Hijo, cuya fuerza salvadora llega a nuestra vida. La plenitud de nuestra formación es la conformación con Cristo. Repito: no se trata de un proceso mental y abstracto, sino de llegar a ser Él” .
Esta formación, por tanto, no es solo conocimiento intelectual, sino implicación existencial con la persona de Cristo (n. 41), una implicación que los Padres describieron en términos de deificación: nuestra participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo no tiende a otra cosa sino a convertirnos en lo que comemos, según la expresión de san León Magno. Esta implicación existencial tiene lugar precisamente por vía sacramental (n. 42).
De aquí se desprende la centralidad del lenguaje simbólico, camino que la Santísima Trinidad ha elegido para llegar a nosotros en la carne del Verbo (n. 44). Se delinea así la primera tarea de toda formación litúrgica: el hombre ha de ser capaz de símbolos (n. 44), lo cual plantea dos preguntas urgentes para la pastoral actual: ¿cómo volver a ser capaces de símbolos? ¿Cómo volver a saber leerlos para vivirlos? La respuesta remite a la naturaleza sacramental de la liturgia misma, según la fórmula conciliar: “en ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre” (SC, n. 7).
El símbolo litúrgico, en efecto, “no solo da una clave de lectura global de la realidad creada, sino que es una vía muy apta para conducirnos al misterio de Dios… el símbolo es receptivo de la realidad divina que él mismo señala, en su humildad y desbordamiento… habla de la reciprocidad divina”. El símbolo litúrgico es, en suma, el puente que une lo humano y lo divino, sin confundirlos, en el acontecer sacramental —el baño bautismal, la unción con aceite, el pan eucarístico, la vestidura blanca, entre otros—.
Esta capacidad simbólica encuentra su fundamento último en el principio per visibilia ad invisibilia: el símbolo es una vía privilegiada para percibir el mundo como transparencia del misterio de Dios, como lo reconoce la poesía: poetas y pensadores, tanto de Oriente como de Occidente, muestran que toda cosa encierra un misterio que remite a Dios, y que la metáfora y el símbolo permiten ascender de lo sensible a lo inteligible, preparando el espíritu para comprender la lógica sacramental de la fe. Esta comprensión simbólica constituye un hilo conductor que atraviesa la historia entera: desde la filosofía antigua y la patrística, pasando por la teología medieval y moderna, hasta el magisterio actual. Pseudo-Dionisio, Orígenes y Newman expresan que la Encarnación es el corazón del pensamiento sacramental, pues en Cristo lo visible se convierte en mediación de lo invisible; autores contemporáneos como Saussure, Rahner, Schillebeeckx y Chauvet, junto con el documento Orientale Lumen, prolongan esta misma línea al afirmar que la participación trinitaria se realiza a través de la liturgia.
Finalmente, esta formación encuentra su escuela privilegiada en los santos, conforme a la exhortación de Juan Pablo II a aprender la verdadera piedad eucarística en su ejemplo: “en ellos la teología de la Eucaristía adquiere todo el esplendor de una realidad vivida y, en cierto modo, calienta nuestros corazones” (Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 62).
4.5 Ars celebrandi
La quinta y última clave, ars celebrandi, corona y recapitula las cuatro anteriores. El arte de celebrar no es una habilidad técnica ni un refinamiento estético, sino el modo en que el misterio de Cristo se hace presente en la acción ritual; constituye, por ello, la expresión más alta de la formación litúrgica. Comprende, ante todo, la fidelidad a los ritos, es decir, celebrar como la Iglesia celebra, respetando la forma ritual aprobada, sin añadidos ni sustracciones arbitrarias —lo que excluiría tanto el rubricismo vacío como el relativismo creativo descritos al inicio de este artículo—. Comprende, además, una presencia interior: el celebrante no ejecuta un ceremonial, sino que actualiza el misterio de Cristo, y esta ars celebrandi exige, por tanto, una verdadera conversión personal.
Se confirma así, en el cierre de esta cuarta parte, la afirmación con la que se abrió este artículo: “en la liturgia nos jugamos el destino de la fe y de la Iglesia”, pues “la cuestión litúrgica ha cobrado hoy una relevancia que antes no podíamos prever” (Benedicto XVI). Si “la liturgia es la cumbre a la cual tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” (SC, n. 10), comprendemos bien lo que está en juego en la cuestión litúrgica (DD, n. 31).
Conclusiones
El recorrido propuesto en este artículo permite extraer varias conclusiones articuladas en torno al objetivo general enunciado. En primer lugar, la cuarta edición colombiana del Misal Romano (2025) no es un episodio aislado, sino el último eslabón de un proceso iniciado por el Concilio Vaticano II y desarrollado a través de tres ediciones típicas latinas (1970, 1975, 2000/2002) y de cuatro recepciones colombianas sucesivas (1972, 1982, 2007, 2025); cada una de estas ediciones ha respondido a causas teológicas y pastorales concretas, desde la supresión del subdiaconado hasta la incorporación de la traducción litúrgica oficial de la Biblia y de una iconografía propiamente inculturada.
En segundo lugar, la renovación textual y rubrical del Misal carecería de sentido pleno si no se la comprende desde la categoría teológica de la anámnesis: el memorial bíblico del zikkaron, recibido y transformado por Cristo en la Última Cena, explica por qué la Iglesia, al celebrar, no conmemora un pasado lejano, sino que actualiza sacramentalmente el único Misterio de Cristo, “un acontecimiento histórico que el tiempo no devora”. Esta verdad, confirmada por todas las Plegarias Eucarísticas y por la eucología tradicional del Misal, constituye el fundamento por el cual cada celebración “realiza la obra de nuestra redención”.
En tercer lugar, esta actualización sacramental exige, según Desiderio desideravi, una disposición interior específica, articulada en las cinco claves del encuentro, la belleza, el asombro, la formación y el ars celebrandi. Estas claves previenen tanto el esteticismo-rubricismo como el relativismo litúrgico señalados en la introducción, al recordar que la liturgia no es primordialmente pedagógica, sino salvífica, y que su finalidad última es la conformación del fiel con Cristo.
Se concluye, en consecuencia, que la nueva edición del Misal Romano para Colombia, el memorial eucarístico y el ars celebrandi no son tres asuntos independientes, sino tres momentos solidarios de una misma realidad eclesial: “no es indiferente el modo de celebrar”. La manera exterior y ritual de la celebración puede ayudar —o estorbar— la sintonía con el misterio que se celebra; de ahí que la nueva edición del Misal sea, en definitiva, un instrumento al servicio del memorial que actualiza el Misterio de Cristo, llamado a vivirse con las disposiciones que pide Desiderio desideravi. Queda como tarea pastoral inmediata, para el clero de Armenia y para toda la Iglesia en Colombia, releer los nuevos textos del Misal a la luz de estas tres claves, de modo que, también en esta tierra colombiana, “cada vez que se celebra el memorial del sacrificio de Cristo, se realiza la obra de nuestra redención”.
P. Jairo de Jesús Ramírez Ramírez
Director del Departamento de Liturgia
Conferencia Episcopal de Colombia
Vie 22 Mayo 2026
Por Pbro. Carlos Eduardo Contreras Grijalba - La Diócesis de Pasto, en comunión con la Iglesia universal y en fidelidad al camino sinodal promovido por el Documento de las Conclusiones de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos (2024), ha asumido la sinodalidad como expresión constitutiva de su ser y actuar, configurándola como estilo permanente de vida eclesial orientado a la comunión, la participación y la misión.
En este horizonte, la fase de implementación ha estado marcada por un proceso orgánico que integra la formación espiritual, la renovación de las relaciones, la estructuración pastoral y la dinamización misionera, con el propósito de pasar de una comprensión conceptual de la sinodalidad a su vivencia concreta en la vida diocesana y parroquial.
Acciones significativas de implementación
Una de las acciones más significativas ha sido la implementación progresiva de las Ejercitaciones de Espiritualidad Sinodal, concebidas como un itinerario pedagógico y espiritual que busca suscitar una auténtica conversión personal y comunitaria. Estas ejercitaciones, estructuradas en tres tiempos: espiritualidad de las relaciones, espiritualidad de los procesos y espiritualidad de los vínculos, han sido desarrolladas a nivel diocesano y replicadas en las parroquias mediante los equipos pastorales, llegando a aproximadamente 500 agentes de pastoral. Su metodología, centrada en los dinamismos de EscucharME, EscucharLO y EscucharNOS, y a través de la Conversación en el Espíritu, ha permitido generar espacios reales de escucha, diálogo y discernimiento, favoreciendo la transformación de actitudes, el crecimiento en la vida espiritual y la consolidación de una cultura eclesial marcada por la corresponsabilidad y la comunión. De este modo, la sinodalidad comienza a asumirse no solo como contenido formativo, sino como experiencia vivida que configura el corazón de los agentes pastorales.
En estrecha relación con este proceso formativo, se ha impulsado el fortalecimiento de los procesos pastorales participativos, especialmente en el ámbito parroquial, mediante la dinamización de los Equipos y organismos de animación Pastoral, entre ellos: Equipo de Animación Pastoral (EPAP), el Consejo Económico Parroquial (CEP), y los Equipos de Evangelización Parroquial (Betania – Emaús - Samaritano). Estos organismos han sido revitalizados desde una lógica sinodal, promoviendo la planificación participativa, el discernimiento comunitario y la evaluación constante de la acción pastoral. Este dinamismo ha permitido avanzar de una pastoral centrada en actividades aisladas hacia una pastoral basada en procesos sostenidos, en los que la comunidad discierne, decide y actúa en comunión, fortaleciendo así la corresponsabilidad de todos los bautizados y la integración de carismas y ministerios en la misión eclesial.
De esta manera, la Diócesis ha avanzado en la restructuración de su acción pastoral mediante la configuración de Centros de Pastoral, como mediaciones concretas que garantizan la continuidad y articulación de los procesos evangelizadores. Esta reorganización ha permitido integrar las distintas dimensiones de la acción pastoral, superando la fragmentación y promoviendo una visión orgánica de la vida eclesial. En este contexto, se han consolidado diversas estrategias pastorales sinodales que dinamizan la misión desde enfoques complementarios: el Centro Cafarnaúm dinamiza las ejercitaciones de espiritualidad sinodal como proceso formativo permanente; el Centro Betania, orientado al proyecto de vida, promueve la maduración de la identidad y vocación del discípulo misionero; el Centro Emaús impulsa los itinerarios catecumenales comunitarios, diferenciales y espirituales favoreciendo la iniciación cristiana y la corresponsabilidad en la organización eclesial; el Centro Samaritano promueve la cultura de la ecología integral, integrando la dimensión social, ambiental y espiritual de la evangelización; el Centro Galilea orienta los procesos formativos para la ministerialidad sinodal, preparando líderes y agentes pastorales para el ejercicio corresponsable del servicio, y el Centro Belén promueve la cultura de la administración pastoral. Esta articulación ha permitido consolidar una estructura pastoral sinodal caracterizada por la integración de carismas, la coordinación entre niveles diocesanos y parroquiales, y la continuidad de los procesos en clave misionera.
Finalmente, se destaca la experiencia “Familia en el Carisma”, desarrollada en comunión con la Congregación de las Hermanas Franciscanas de María Inmaculada, como un signo concreto de la sinodalidad vivida en el ámbito espiritual y comunitario de la vida consagrada. Esta iniciativa ha permitido integrar la espiritualidad eucarística y carismática en la vida pastoral, fortaleciendo la dimensión fraterna y la comunión entre diversos estados de vida. En el contexto de la preparación al centenario de la adoración perpetua, esta experiencia ha generado espacios de encuentro, formación espiritual y renovación misionera, consolidando vínculos eclesiales que expresan una Iglesia que camina unida en torno a la Eucaristía y se proyecta hacia la misión.
En conjunto, estas acciones evidencian un avance significativo en la implementación de la sinodalidad en la Diócesis de Pasto, al integrar procesos formativos, estructuras pastorales y experiencias de comunión que configuran progresivamente una Iglesia más participativa, orgánica y misionera. Este camino ha permitido iniciar una verdadera conversión relacional, estructural y pastoral, en la que la Iglesia aprende a escucharse, a discernir y a caminar junta bajo la guía del Espíritu Santo.
De este modo, la sinodalidad se consolida no como un proyecto transitorio, sino como un camino permanente de renovación eclesial, mediante el cual la Diócesis busca responder con fidelidad a los desafíos del tiempo presente y anunciar con mayor credibilidad el Evangelio, configurándose como comunidad de discípulos misioneros que viven la comunión como misión y la misión como expresión de la comunión.
Pbro. Carlos Eduardo Contreras Grijalba
Coordinador Centro Pastoral Emús
Diócesis de Pasto
Mié 22 Abr 2026
Por Pbro. Daniel Bustamante Goyeneche - En estas líneas deseo llamar la atención sobre una realidad que interpela profundamente nuestra vida cristiana y nuestro sentido de Iglesia: la situación de nuestros sacerdotes ancianos, particularmente aquellos que, a causa de la enfermedad o la fragilidad propia de la edad, viven en condiciones de soledad, abandono o insuficiente acompañamiento, incluso de olvido material.
Es justo reconocer que estos hermanos mayores han consagrado su vida al servicio del Pueblo de Dios. Con fidelidad y entrega, han administrado los sacramentos, anunciado la Palabra y acompañado a innumerables fieles en los momentos más significativos de su existencia. Su labor, muchas veces silenciosa y sacrificada, constituye un testimonio elocuente de amor y entrega pastoral.
Ante esta realidad, la Iglesia, como madre y maestra, está llamada a promover una cultura de la gratitud, cercanía y cuidado hacia quienes han sido servidores diligentes del Evangelio. El paso del tiempo y las limitaciones propias de la edad no disminuyen la dignidad de su ministerio ni el valor de su testimonio.
Es verdad que muchos sacerdotes ancianos, después de haber entregado absolutamente todo por la Iglesia, hoy viven en el olvido. No es una percepción exagerada ni un caso aislado; es una realidad que, aunque silenciosa, revela una profunda incoherencia dentro de nuestra propia Iglesia.
Lo dieron todo. No parcialmente, no a medias. Toda una vida marcada por la entrega: años de servicio constante, disponibilidad sin horarios, acompañamiento en los momentos más decisivos de la vida de los fieles. Estuvieron cuando hubo alegría, cuando hubo dolor, cuando hubo dudas. Fueron presencia firme cuando muchos no tenían a quién acudir. Y, sin embargo, hoy..¿Dónde están? ¿Quién los cuida?
Muchos han sido desplazados de la vida activa, confinados a espacios donde apenas reciben visitas, donde el paso del tiempo se vuelve más pesado por la ausencia de cercanía. Ya no son “necesarios”, ya no “producen”, ya no “lideran”. Y en una lógica silenciosa pero cruel, eso parece bastar para que dejen de ser visibles.
Este olvido no es neutro. Es una forma de abandono. Incluso muchos de ellos mueren en el silencio, en el olvido de sus fieles sin que sepan que han pasado a la casa del Padre. Como Iglesia —y aquí no se trata solo de estructuras, sino de todos nosotros— hemos fallado en algo esencial. Hemos recibido sin aprender a corresponder. Hemos sido acompañados sin comprometernos a acompañar. Hemos escuchado durante años palabras sobre amor, fidelidad y gratitud… pero no las estamos viviendo con quienes nos las enseñaron.
¿De qué sirve hablar de comunidad si dejamos solos a nuestros propios pastores cuando más necesitan compañía? ¿Qué credibilidad tiene nuestro discurso sobre el amor al prójimo si ignoramos a quienes nos lo enseñaron con su vida?
No basta con garantizarles lo mínimo. Un techo, comida o atención médica no reemplazan la cercanía humana, el reconocimiento, la memoria agradecida. Un sacerdote anciano no necesita solo asistencia: necesita saber que su vida no fue olvidada, que su entrega no quedó en el vacío.
Lo más preocupante es que este fenómeno se ha normalizado. Ya no escandaliza. Nos hemos acostumbrado a que sea así. Y esa normalización es, quizás, la señal más clara de que algo no está bien. Porque una Iglesia que olvida a quienes lo dieron todo corre el riesgo de vaciarse por dentro. Pierde memoria, pierde coherencia, pierde alma. Todavía estamos a tiempo de reaccionar. No con discursos, sino con gestos concretos: visitar, escuchar, acompañar, agradecer. Hacerlos parte, no del pasado, sino del presente. Porque ellos no fueron circunstanciales. Fueron pilares. Y a los pilares no se les abandona cuando el tiempo pasa. Se les honra.
Al encontrarse en la etapa de la ancianidad o en condición de retiro pastoral, no dejan de ser miembros vivos y valiosos del Cuerpo de Cristo. Su dignidad permanece intacta, y su testimonio continúa siendo fuente de edificación para toda la Iglesia. Sin embargo, existe el riesgo de que su entrega sea relegada al olvido o que su presencia pase desapercibida en medio del dinamismo cotidiano de nuestras comunidades.
La gratitud no es solo un deber moral, sino una expresión auténtica de la fe que profesamos. En el cuidado y reconocimiento de nuestros sacerdotes eméritos, manifestamos el rostro de una Iglesia que no olvida, que honra y que ama a quienes han dado su vida por ella. Que este llamado encuentre eco en sus corazones y se traduzca en gestos concretos de caridad y comunión.
Exhorto, por tanto, a todos los fieles laicos a manifestar, de manera concreta, su aprecio y reconocimiento hacia estos sacerdotes, mediante la oración constante, la visita fraterna y, en la medida de sus posibilidades, el apoyo material y humano que requieran.
De igual manera, invito a los presbíteros en ejercicio activo a fortalecer los vínculos de fraternidad sacerdotal, procurando que ninguno de sus hermanos mayores carezca de la cercanía, el respeto y la asistencia que merece.
Que este llamado sea acogido con espíritu de fe y caridad, recordando siempre que en el rostro del sacerdote anciano y enfermo reconocemos la presencia de Cristo, quien nos invita a servirle con amor y generosidad.
Encomendamos esta intención a la Santísima Virgen María, Madre de los sacerdotes, para que nos alcance la gracia de vivir con autenticidad el mandamiento del amor.
Pbro. Daniel Bustamante Goyeneche
Director Fundación Mutuo Auxilio Sacerdotal Colombiano (MASC)
Jue 16 Abr 2026
Por P. Carlos Alberto Jiménez cjm - Un Encuentro con las Semillas del Verbo presentes en los pueblos originarios - En función de la Inculturación del Evangelio en el seno de los pueblos originarios, se realizó del 23 al 27 de marzo del presente año 2026, en la Ciudad de México, el segundo “Encuentro sobre traducciones y adaptaciones litúrgicas indígenas”. Este encuentro estuvo liderado por el Cardenal Felipe Arizmendi, obispo emérito de San Cristóbal de las Casas (México) y quien ha sido coordinador del equipo asesor del CELAM en Teología India. Si bien convocó especialmente a agentes de pastoral indígena y liturgistas de la nación mexicana, también fueron invitados agentes de otras Iglesias nacionales a saber: Colombia, Guatemala y Bolivia. Por Colombia asistimos junto con Monseñor Medardo de Jesús Henao del Río, obispo del Vicariato apostólico de Mitú (Vaupés) y presidente del Instituto Misionero de Antropología (IMA).
El encuentro también contó con la participación de Monseñor Aurelio García Macías, Obispo de Rotdon (España) y subsecretario del “Dicasterio para el Culto divino y la disciplina de los sacramentos” en el Vaticano, además de diversos miembros de las comisiones de Pastoral litúrgica, Pastoral profética y de la Dimensión bíblica de la pastoral, de la Conferencia Episcopal Mexicana.
El encuentro tuvo por objetivo compartir criterios y experiencias de traducciones y adaptaciones litúrgicas en los pueblos originarios, para continuar el proceso de inculturación de la Iglesia y promover la plena participación de los Indígenas en la vida eclesial. En él se compartieron las experiencias de algunas diócesis en lo que concierne a la traducción de textos litúrgicos a las lenguas indígenas de los pueblos originarios presentes en el territorio y reconocimiento de estas lenguas como lenguas de la liturgia universal, en especial lenguas de pueblos mexicanos, como lo son Nahualt, Tseltal y Tsotsil. También se presentaron logros en materia de adaptaciones litúrgicas en la Diócesis de San Cristóbal de las Casas.
En el encuentro participaron decenas de miembros de pueblos indígenas interesados en poder escuchar y decir el mensaje del evangelio, en lengua propia. Para esto se recordó un hito de la evangelización en México y en el continente, relacionado con la revelación de la Virgen de Guadalupe al Indio San Juan Diego, pues dicha comunicación se dio en lengua indígena (Nahualt), razón por la cual la leyenda sagrada del “Nikan Mopohua”, que recoge dicha revelación dada en el cerro del Tepeyac al Indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin, se escribió en su lengua. Por motivos como éste, es que en varias diócesis se han constituido equipos de traductores integrados por los sabios de las comunidades indígenas, misioneros que identifican la lengua, lingüistas y liturgistas, de modo tal que en conjunto logren un cuidadoso trabajo de traducción, que atendiendo al pedido de los pueblos mantenga la fidelidad a la liturgia de la Iglesia.
Monseñor Aurelio García, en nombre del dicasterio recordó como el Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium permite el uso de la lengua vernácula siempre que sea “muy útil para el pueblo”. De allí que se permita la traducción de libros litúrgicos. Refiriéndose a los Criterios para la traducción litúrgica citó varios documentos que han guiado la actividad en esta materia: la instrucción “Comme la prévoit” (25 de enero de 1969), la Instrucción “Liturgiam Authenticam” (28 de marzo de 2001) y la carta apostólica en forma motu proprio de la Papa Francisco “Magnum principium” (3 de septiembre de 2017); todo a fin de cuidar el ejercicio de interpretaciones forzadas o de la obsesión en la literalidad. Recordó también que a lo largo del tiempo se han enviado cartas para orientar a las Conferencias Episcopales en la materia, como la dirigida por la Sede apostólica a los presidentes de éstas, sobre las lenguas habladas en la liturgia (Epistola ad praesides conferentiarum episcopalium de linguis vulgaribus in sacram liturgiam inducendis), el 5 de junio de 1976, donde se clarifica las competencias de los obispos, la documentación a presentar a la Sede Apostólica, la atención a las fórmulas sacramentales, así como el procedimiento para la aprobación y transmisión de actas a la Santa Sede. Vale la pena señalar que un requisito básico para emprender la tarea de traducción de los textos litúrgicos es la existencia de la versión de la Biblia en una determinada lengua aprobada por la Conferencia Episcopal.
Para efecto de adaptaciones litúrgicas el Subsecretario del Dicasterio señaló como en la Constitución Sacrosanctum Concilium se habló de “adaptación”, término que encontraría un desarrollo posterior en el concepto de “inculturación” usado por el Papa Juan Pablo II en la encíclica Salvorum Apostoli. Observó como el tema de las adaptaciones fue tratado y explicado detenidamente en la instrucción “Varietates Legitimae” (25 de enero de 1994), sobre La liturgia romana y la inculturación. Al final lo que debe quedar claro es que la adaptación está motivada por exigencias culturales y lo que busca “es expresar ritualmente, a través de gestos y símbolos, el mismo contenido expresado por gestos y símbolos del Rito Romano”.
Viniendo al caso colombiano se informó como los pueblos originarios y ancestrales, suman 117, según la información disponible en el Ministerio del Interior, el DANE y algunas organizaciones indígenas. Entre estos pueblos subsisten 66 lenguas nativas, que son vitales para la comunicación de estos y la conservación de su identidad cultural. Ahora bien, para miembros de estos pueblos, hacer una oración que salga del corazón implica hacerla en lengua materna, lo cual nos desafía a misioneros y pastores a aprender sobre sus lenguas y símbolos.
Vale la pena señalar que, en el caso del acompañamiento pastoral a las comunidades afrodescendientes de Colombia y de América Latina, se han ido presentando, en las celebraciones litúrgicas, gestos que ayudan a sus miembros a expresar la fe, como lo son: el sonido de tambores, la danza y ornamentos litúrgicos coloridos. Tal hecho ha sido reflexionado en el encuentro, llegando a la conclusión que se debe hacer un prudente seguimiento y acompañamiento pastoral, para poder establecer la medida en que estos gestos podrían gozar en algún momento del reconocimiento de adaptación litúrgica por parte de la Iglesia Universal.
Al final queda la convicción que la Iglesia debe y puede ofrecer “signos” de auténtica fraternidad y voluntad de acogida, en la evangelización de los pueblos originarios, siendo algunos de ellos: proclamar el evangelio en la lengua de quienes decimos son pueblos hermanos y reconocer los símbolos que emplean para expresar la fe en Dios, cuando estos están en comunión con la Iglesia.
Padre Carlos Alberto Jiménez Zapata, CJM
Director del Centro Misionero y del Área de Etnias
Conferencia Episcopal de Colombia
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