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Opinión

Mié 14 Oct 2026

"Agua pasó por aquí, cate que no te vi"

Por Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar - El drama del agua en La Guajira: un desafío ético, social y humanitario.Hay expresiones populares o adivinanzas que, pese a su aparente sencillez, encierran preguntas profundas sobre nuestra realidad, capaces de interpelar la conciencia de toda una sociedad. “Agua pasó por aquí, cate que no te vi” es una de ellas. Lo que para los niños es una simple adivinanza, para los adultos puede convertirse en una metáfora del drama de La Guajira: el agua parece pasar cerca de algunas comunidades y barrios, pero no siempre llega a quienes más la necesitan. ¿Cómo es posible que, en pleno siglo XXI, el acceso al agua potable continúe siendo un problema tan grave para tantas familias guajiras?Al reflexionar sobre los ofrecimientos de los gobernantes colombianos, desde Álvaro Uribe, pasando por Juan Manuel Santos, Iván Duque, Gustavo Petro, hasta las propuestas del actual presidente Abelardo De La Espriella, encontramos proyectos, anuncios y compromisos encaminados a solucionar esta problemática. Sin desconocer las obras realizadas ni los esfuerzos institucionales, persiste una pregunta fundamental: ¿Por qué los resultados todavía no garantizan el acceso suficiente y seguro al agua para tantas comunidades?La realidad geográfica y climática de La Guajira plantea dificultades evidentes. La aridez de amplias zonas, la irregularidad de las lluvias, las distancias entre las comunidades y los centros de abastecimiento, así como las deficiencias de infraestructura y mantenimiento hacen compleja la prestación del servicio. Sin embargo, estas dificultades no pueden convertirse en una justificación permanente para que miles de personas continúen padeciendo sed o dependan de fuentes de agua cuya calidad no siempre está garantizada.El agua no es solamente un asunto de pozos, tuberías, plantas de tratamiento o carrotanques. Es una cuestión de dignidad humana, justicia social, salud pública y responsabilidad moral. Una fuente de abastecimiento no resuelve el problema si el agua no es potable, no llega en cantidad suficiente o no está disponible cuando las familias la necesitan. El derecho al agua exige disponibilidad, accesibilidad y calidad. La escasez y calidad del agua golpea con especial dureza a las comunidades indígenas y rurales, particularmente a la niñez Wayuu, cuyas derechos deben recibir una protección efectiva.En este contexto, el Auto 1019 de 2026 de la Corte Constitucional de Colombia, proferido el 31 de julio de 2026, por la Sala Especial de Seguimiento a la Sentencia T-302 de 2017, constituye un llamado de atención sobre la persistencia del problema y el cumplimiento insuficiente de las órdenes dirigidas a mejorar la disponibilidad, accesibilidad y calidad del agua para la niñez de Riohacha, Manaure, Uribia y Maicao.Frente a esta realidad, no basta con formular nuevos anuncios. Se necesitan compromisos concretos, metas verificables y responsables claramente identificados. Es indispensable conocer cuáles comunidades carecen de agua potable, escuchar sus necesidades y orientar las inversiones hacia soluciones adecuadas a las condiciones del territorio.También resulta fundamental garantizar la transparencia en el manejo de los recursos públicos, hacer seguimiento a los proyectos y evaluar sus resultados. Las autoridades deben informar qué obras se ejecutan, cuánto se invierte, cuántas familias se benefician y cuáles dificultades continúan pendientes. La ciudadanía tiene derecho a conocer si los compromisos adquiridos se traducen realmente en agua para los hogares.Las soluciones deben ser sostenibles. Llevar agua mediante vehículos cisternas o animales de carga puede ser necesario durante una emergencia, pero no debería convertirse en la respuesta permanente. Se requieren sistemas confiables de abastecimiento, mantenimiento continuo, protección de las fuentes hídricas, educación ambiental y coordinación entre las instituciones.La crisis del agua también nos interpela desde la fe cristiana. El agua es un regalo de Dios que debemos cuidar y compartir, especialmente con quienes enfrentan mayores dificultades para acceder a ella. No podemos permanecer indiferentes ante el sufrimiento de quienes carecen de este recurso indispensable.En el Evangelio de San Juan, Jesús le dice a la mujer samaritana: “Dame de beber” (Jn. 4, 7). Y en el Evangelio de San Mateo encontramos una invitación que compromete nuestra conciencia: “Tuve sed y me disteis de beber” (Mt. 25, 35). Estas palabras nos recuerdan que la fe debe traducirse en solidaridad concreta, servicio y reconocimiento de la dignidad de cada persona.Por eso, la solución del agua en La Guajira no depende únicamente de la ingeniería o de los recursos económicos. También exige voluntad política, responsabilidad institucional, transparencia administrativa, participación ciudadana y una profunda conciencia ética. Las buenas intenciones son importantes, pero deben convertirse en resultados que puedan comprobarse en la vida cotidiana de las comunidades.“Agua pasó por aquí, cate que no te vi”. ¿Será que el agua pasa, pero no llega? ¿Será que las soluciones se anuncian, pero no se sienten en los hogares? ¿Será que, en ocasiones, la atención pública se concentra más en los planes y los discursos que en los resultados concretos? Estas preguntas no buscan anticipar culpabilidades ni formular acusaciones sin pruebas. Pretenden despertar la conciencia colectiva y recordar que toda política pública debe evaluarse, ante todo, por su capacidad de mejorar la vida de las personas.Ha llegado el momento de que el agua deje de ser una promesa recurrente y se convierta en una realidad para todos los guajiros. Que el agua no pase de largo. Que los recursos no se pierdan en la indiferencia. Que los proyectos no se queden en discurso. Que las comunidades no tengan que acostumbrarse a vivir con sed. Y que desde la fe, la ética y la responsabilidad ciudadana, podamos construir una sociedad en la que ninguna familia sea invisible y ninguna comunidad quede condenada a vivir con sed. Porque allí donde llega el agua, se protege la vida; donde existe justicia en su distribución, se fortalece la fraternidad; y donde la solidaridad se convierte en compromiso, la esperanza comienza a hacerse realidad.Sí, ha llegado el momento de rescatar aquella antigua expresión popular y convertirla en una pregunta dirigida a nuestra conciencia colectiva: “Agua pasó por aquí, cate que no te vi”.+ Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar, C.Ss.R.Obispo de la Diócesis de Riohacha

Lun 5 Oct 2026

Con María en el mes de las misiones

Por Mons. Luis Fernando Rodríguez Velásquez - La Virgen María es tal vez uno de los personajes bíblicos, junto con San José y Juan el Bautista, que menos protagonismo tuvieron. Sus pocas apariciones, eso sí, fueron claves para que “el sol que viene de lo alto”, Cristo Jesús, pudiera resplandecer. Así mismo lo dijo el Bautista, al afirmar que era necesario que él disminuyera para que Él, Jesús, pudiera crecer. María nos dio ejemplo de humidad y de fe, y San José de confianza y obediencia al plan de Dios.Pero tanto María, como José, Juan el bautista, los apóstoles, los discípulos y las mujeres que acompañaban al Maestro, tenían algo en común: conocieron desde el corazón a Jesús, fueron sus discípulos, aprendieron de Él tantas cosas, para luego acompañarlo en la misión. Más aún, ellos mismos se hicieron misioneros, testigos, anunciadores de la buena nueva de salvación.Los Evangelios y prácticamente todo el Nuevo Testamento, son una muestra fehaciente de la fuerza que tenían los primeros cristianos, asumiendo cada uno responsablemente la misión de anunciar lo que habían visto y oído.Hago esta introducción, pues estamos en el mes de octubre tradicionalmente conocido como el mes de las misiones y el mes del rosario. Son unos días en los cuales estamos siendo invitados a tomar conciencia de que hacemos parte de una Iglesia que es ella misma misión. Ese es su nuevo nombre.Como bautizados –y en Cali hemos querido recordarlo de manera especial en este año que dedicamos al bautismo- fuimos constituidos sacerdotes, profetas y reyes. Es decir, nos hicimos hijos de Dios, participamos de su divinidad y de su misión. Estamos llamados a ser testigos de nuestra fe, la que en semilla recibimos en el bautismo, pero que en la adultez debe dar frutos de santidad a través del ejercicio misionero del testimonio de la fe que mueve nuestros corazones.Y ese anuncio misionero se hace de muchas maneras: con la oración, con la coherencia de vida, con el cumplimiento de los mandamientos, con la ayuda económica para la misión y poniendo en práctica las obras de misericordia.En estos tiempos que vivimos, marcados por las huellas de dolor que dejó el terremoto, muchos pudieron dar el testimonio de una fe que hizo posible la caridad eficaz ayudando a todos los afectados por el terremoto, conocidos o desconocidos, siendo solidarios con los rescatistas, las autoridades y los voluntarios y sobre todo, abrazando, en un gesto de caridad divina, a los damnificados, a las víctimas, y elevando también una oración ferviente por los que habían fallecido.Esto es hacer misión. Fueron muchas las personas que, viendo la acción premurosa de los sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, el Banco de Alimentos y las demás acciones sociales de la pastoral social, pudieron sentir el bálsamo de un Dios que a través nuestro les estaba extendiendo sus brazos para decirles lo mucho que los ama.La Iglesia en salida, la Iglesia misión, ha sido la característica de estos tiempos de terremoto. Ningún sacerdote se quedó encerrado. Los testimonios que he recibido de la forma como actuaron, especialmente el 10 de agosto, son bellísimos. Recorriendo las calles, visitando a los que estaban solos en sus casas, consolando, con una presencia silenciosa a veces, activa en otras. Como Jesús, nuestros sacerdotes y tantos laicos, recorrieron las calles, haciéndose los encontradizos ante quienes estaban con lágrimas enfrente del edificio caído o esperando el rescate de un familiar o amigo o fatigados por el trabajo.La Iglesia en misión actuó de la mano de María la Virgen. Ella fue la primera misionera cuando presurosa va a visitar a la anciana Isabel, pero también la que con los apóstoles en oración esperaba la llegada del Espíritu Santo.A la Madre de Dios encomendamos esta Iglesia, a nosotros que somos Iglesia, para que nunca desfallezcamos en la misión alegre de anunciar la paz de Cristo, su Hijo, y hacer cercano el consuelo de Aquél que nos amó hasta el extremo. La Iglesia es misión.+Luis Fernando Rodríguez VelásquezArzobispo de Cali

Lun 5 Oct 2026

Vayan y enséñenles a cumplir todo lo que les he mandado

Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Avanzamos en el Proceso Evangelizador de nuestra Diócesis de Cúcuta, celebrando 70 años de misión en esta región de frontera y 40 años del Seminario Mayor San José y lo vivimos en este mes misionero con el lema pastoral: “vayan y hagan discípulos anunciando el Evangelio”; cumpliendo con el mandato misionero del Señor: “vayan y hagan discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñeles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y estén seguros que yo estaré con ustedes día tras días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19 - 20). Tenemos la certeza que la vocación de la Iglesia es llevar el Evangelio a todos, porque “evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda” (EN 14), misión que está desde el principio y permanecerá hasta el final de los tiempos.En nuestra Diócesis de Cúcuta estamos en estado permanente de misión, dispuestos a proclamar por todas partes a Jesucristo nuestro salvador. La visita pastoral de los párrocos y agentes de pastoral a cada uno de los sectores, es el cumplimiento fiel del trabajo misionero en el que estamos todos comprometidos, porque “todos nosotros como discípulos de Jesús y misioneros, queremos y debemos proclamar el Evangelio, que es Cristo mismo. Anunciamos a nuestros pueblos que Dios nos ama, que su exis¬tencia no es una amenaza para el hombre, que está cerca con el poder salvador y liberador de su reino, que nos acompaña en la tribu¬lación, que alienta incesantemente nuestra esperanza en medio de todas las pruebas. Los cristianos somos portadores de buenas noticias para la humanidad y no profetas de desventuras” (DA 30).Vivimos en nuestra región y ciudad momentos de dificultad y confusión a causa de la violencia que nos agobia y amenaza con destruirnos, fruto de una sociedad que vive sin Dios. Sin embargo, frente a ese panorama desolador, el cristiano que es un discípulo misionero de Jesucristo, conserva la esperanza y la transmite a los demás. Es la esperanza en Jesucristo que no defrauda, “sabiendo que la tribulación engendra paciencia, la paciencia virtud probada; la virtud probada esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom 5, 3 - 5). Esa es nuestra certeza y por eso nos mantenemos en pie en medio de las dificultades, porque el amor de Dios permanece en nosotros.Para dar esperanza en momentos difíciles tenemos la presencia del Espíritu Santo que con sus dones nos ilumina para ir a todos y enseñar todo lo que Jesús nos ha mandado: “a partir de Pentecostés, la Iglesia experimenta de inmediato fecundas irrupciones del Espíritu, vitalidad divina que se expresa en diversos dones y carismas y variados oficios que edifican a la Iglesia y sirven a la evangelización. El Espíritu en la Iglesia forja misioneros decididos y valientes como Pedro (Cf. Hch 4, 13) y Pablo (Cf. Hch 13, 9), señala los lugares que deben ser evangelizados y elige a quienes deben hacerlo (Cf. Hch 13, 2)” (DA 150). Esto, para que se cumpla el mandato misionero de ir por todas partes a transmitir la persona de nuestro Señor Jesucris¬to, en medio de dificul¬tades, persecuciones y pruebas.El misionero del Señor es un enamorado del Evangelio, cuya vida está cimentada en Jesucristo, teniendo la certeza que nos da el mismo Jesús “sepan que yo estoy con ustedes día tras día hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Tenemos la seguridad puesta en Dios y por eso salimos a anunciar el Evangelio para decirle al mundo, a los violentos y a quienes hacen daño que nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios; tal como lo enseña San Pablo: “pero en todo esto salimos más que vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom 8, 37 - 39). Por lo tanto, nada podrá detener el fervor evangelizador que llevamos dentro, para ir por todas partes a transmitir el mensaje de Jesucristo.De esta manera entendemos que la evangelización no se hace con poderes humanos, sino con la sabiduría que viene de Dios, que es un don del Espíritu Santo, que hace que habite en nuestro corazón la gracia y que tengamos fervor interior para transmitirla porque “si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús” (EG 120), que es lo que enseñamos a otros, poniendo por obra todo lo que Jesús nos ha mandado.Para un mundo sin Dios la misión de todos nosotros los bautizados se hace más necesaria y urgente, porque la humanidad sin Dios, pierde toda esperanza, “el hombre necesita a Dios, de lo contrario queda sin esperanza” (Spe Salvi 23). Que este mes misionero que estamos viviendo, sea un momento especial de gracia para conocer y amar más a Jesucristo y darlo a conocer a nuestros hermanos, incluyendo a aquellos que no lo conocen o lo rechazan abiertamente. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, nos alcancen de nuestro Señor Jesucristo el fervor misionero para cumplir con el mandato de ir por todas partes a hacer discípulos misioneros del Señor.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta

Vie 25 Sep 2026

La migración, una realidad que nos sigue interpelando

Por Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar - El próximo 27 de septiembre la Iglesia nos invita a celebrar la 112 Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, con el lema “Incluso uno solo de estos pequeños”, enfocado en la protección de los niños, niñas y adolescentes migrantes. Con motivo de esta Jornada es pertinente recordar que el año pasado del 2 al 4 de septiembre, se realizó en Riohacha, la XV Cumbre del Foro Mundial sobre Migración y Desarrollo. Este foro dejó algunas conclusiones entre las que se destacan: la articulación multilateral y política como una herramienta fundamental e indispensable para enfrentar los desafíos de la movilidad humana. Se acordó que la voz de los territorios receptores, las organizaciones sociales y la diáspora debe estar estrictamente en el centro del diseño de las políticas públicas y la toma de decisiones globales.También, el foro reconoció formalmente a las poblaciones jóvenes y a quienes ejercen labores de cuidado como pilares esenciales para generar procesos de cambio, integración sostenible y dignificación humana. Pidió que la migración no se enfrente como una problemática o crisis, sino como una oportunidad para innovar, ampliar libertades y potenciar el bienestar de las sociedades bajo un marco irrestricto de derechos humanos. Adicionalmente, delegaciones de alto nivel como la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) enfatizaron la urgencia de fortalecer la regularización migratoria y la movilidad laboral como los mecanismos idóneos para garantizar una migración ordenada y segura que disminuyan las brechas de desigualdad global. Las directrices dadas por el Presidente de la República Abelardo De La Espriella, desde Barranquilla el 24 de agosto, en cuanto a migración, con el principio: “primeros los colombianos”, aparentemente marca un giro frente a las administraciones anteriores, de manera especial, en cuanto a la política de deportación inmediata de irregulares, priorizando a los vinculados en la comisión de delitos, crímenes o actividades económicas ilícitas.Estas disposiciones, referente al fenómeno migratorio, nos invitan a repasar la enseñanza de la Iglesia, en cuanto a la migración. Para los cristianos, llamados a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos del mundo, la migración es un “kairós”, un tiempo de gracia, y, por consiguiente, el migrante un “lugar teológico” donde acontece la acción de Dios; así, el fenómeno migratorio se convierte en un desafío y en una prioridad pastoral para la Iglesia, pues quien emigra no es sólo una mera estadística, ni un mero dato sociológico o político, sino que es una realidad que lleva a desentrañar el plan de Dios en la historia. Sin lugar a dudas, la actitud de la Iglesia debe ser la del buen samaritano que acoge, protege, consuela, acompaña, promueve, integra, anuncia. Si, los cristianos no podemos ser sordos y ciegos ante esta crisis humanitaria.Nos dijo el Papa Francisco: “No se trata sólo de migrantes… Los migrantes, y especialmente aquellos más vulnerables, nos ayudan a leer los signos de los tiempos. A través de ellos, el Señor nos llama a convertirnos, a liberarnos de los exclusivismos, de la indiferencia y de la cultura del descarte. A través de ellos, el Señor nos invita a reapropiarnos de nuestra vida cristiana en su totalidad y a contribuir, cada uno según su propia vocación, en la construcción de un mundo que responda al plan de Dios”.Si, no es una cuestión de cifras ni de estadísticas, afirma el Papa León XIV. El Evangelio nos invita a no hacer cálculos: incluso uno solo. Cada niño, cada ser humano, posee una dignidad infinita”.En consecuencia, frente al fenómeno migratorio, es importante que la legislación actual colombiana sobre migración y movilidad humana, como también la doctrina social de la Iglesia, con sus instituciones, proteja al migrante, promueva el respeto y el derecho a la movilidad humana; acoja al forastero superando todo nacionalismo cerrado y violento, frenando cualquier viso de xenofobia; acompañe a los migrantes para evitar la trata de personas, la violencia de género, la explotación laboral y sexual de niñas, niños y adolescentes; brinden oportunidades para integrar la persona y la familia a la sociedad de acogida; promuevan rutas seguras de tránsito, ordenadas, informadas, reguladas, y ofrezcan mecanismos para la regularización.Por supuesto, que quien venga con el propósito de delinquir, debe recibir el rigor de la ley.+Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar, C.Ss.R.Obispo de la Diócesis de Riohacha

Jue 24 Sep 2026

Por el cuidado del agua

Por Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar - El fenómeno de El Niño que estamos padeciendo, el acaparamiento ilegal del líquido precioso por parte de personas inescrupulosas, el despilfarro del mismo, la muerte de personas y animales por la sequía que se padece, la privatización de este recurso hídrico convertido en mercancía, y regulado a través de las leyes del mercado, me lleva a evocar las palabras del Papa Francisco en la Encíclica Laudato si: “El acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico fundamental y universal porque determina la sobrevivencia de las personas”.Según informes especializados de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), presentados en agosto de 2025, de los 8.000 millones de personas que habitamos el mundo, 2.100 millones todavía no disponen de acceso seguro al agua potable (un poco más de un cuarto de la población mundial). Según datos de la misma OMS y UNICEF, miles de millones de personas continúan sin servicios de saneamiento gestionados de forma segura o sin instalaciones adecuadas para la higiene. En cuanto respecta al departamento de La Guajira, no contamos con cifras fidedignas que muestren la realidad que padecemos. No obstante, estoy seguro, la mayoría de la población de la Península sufrimos por falta de agua y calidad de la misma. Una situación que va más allá de las cifras, afecta directamente a la dignidad y a la vida de millones de seres humanos. "Nadie puede vivir sin agua, y nadie debería morir por su falta”, expresó Cristóbal Fones, SJ, director internacional de la Red Mundial de Oración del Papa. Ante el fenómeno de El Niño algunas administraciones municipales y departamentales, según cuentan los noticieros, están urgiendo a los usuarios del agua mayor responsabilidad en su uso, so pena de tener que sufrir restricciones en el consumo, como racionamiento y apagones del fluido eléctrico, como los ya conocidos en los años 92 y 93. Amén del incremento de tarifas al sobrepasar el consumo básico. Sí, es que nos debemos responsabilizar a la hora de consumir el líquido que nos permite seguir viviendo. El agua no conoce fronteras. Su cuidado exige, por ello una responsabilidad compartida.Al respecto, el Papa León XIV, en continuidad con el magisterio de sus antecesores, llama a la conciencia para que se cuide este bien natural. Así en el contexto de la Jornada Mundial de Oración para el Cuidado de la Creación, instituida por el Papa Francisco en el 2015, nos invita, este año, del 1 de septiembre al 4 de octubre, al concluir la fiesta de los 800 años del tránsito de San Francisco, a orar y a custodiar este recurso esencial con gratitud, justicia y responsabilidad. Sí, además de orar, debemos adoptar gestos concretos que puedan contribuir al cuidado de este bien común: vivir con mayor sobriedad, evitar el derroche, reparar las fugas, no contaminar los ríos y las fuentes de agua y consumir de manera responsable.Según el Papa Francisco “este mundo tiene una gran deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable". + Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar, C.Ss.R.Obispo de la Diócesis de Riohacha

Jue 10 Sep 2026

Recibir la vida como un don de Dios (Mt 2, 1-12)

Por Mons. Ramón Alberto Rolón Güepsa - Vivimos en un tiempo en el que comprometerse puede dar miedo. Deseamos conservar nuestra libertad, organizar nuestros proyectos y mantener cierto control sobre el futuro. Todo ello es legítimo, pero la vida también nos invita a confiar, abrirnos al otro y descubrir que amar implica entrega.El evangelista Mateo presenta a los Magos, quienes ven una estrella, abandonan sus seguridades y emprenden un camino sin conocer todos sus detalles. Llegan hasta Jerusalén, encuentran al Niño con María, su madre, se postran ante Él y ofrecen sus dones. Después, regresan por otro camino.Su itinerario expresa una dinámica esencial de la vida cristiana: recibir, salir de nosotros mismos, buscar, encontrar, ofrecer y dejarnos transformar.La vida recibida se convierte en una llamadaNadie se ha dado la vida a sí mismo. Todos la hemos recibido y, desde la fe, reconocemos que es un don de Dios. Por eso, quien recibe amor aprende a amar; quien recibe cuidado aprende a cuidar; quien recibe oportunidades puede ofrecerlas a los demás.La existencia se vuelve fecunda cuando lo recibido no queda encerrado en nosotros, sino que se transforma en servicio. Esta fecundidad puede expresarse en la maternidad y la paternidad, pero también en el sacerdocio, la vida consagrada, la educación, la profesión, la solidaridad o el cuidado de quienes necesitan apoyo.Los Magos representan ese movimiento: ven una señal, salen de su tierra, buscan y se dejan conducir hacia un encuentro que transforma su vida.Perder el miedo al compromisoA veces queremos tenerlo todo asegurado antes de dar un paso: casa, trabajo estable, recursos suficientes y la certeza de que nada saldrá mal. Pero la vida nunca ofrece garantías absolutas.Quien se casa no conoce todos los detalles del futuro; quien recibe un hijo tampoco sabe qué camino recorrerá esa nueva persona. Los Magos tampoco conocían cada detalle, pero se pusieron en marcha.Comprometerse no significa tener todas las respuestas, sino estar dispuesto a caminar, discernir, aprender y confiar. La responsabilidad ayuda a avanzar; la confianza evita que el miedo tenga la última palabra.Un hijo: un don que transforma la vidaUn hijo no puede reducirse a una cifra económica. Es cierto que implica gastos, responsabilidades, cambios, tiempo y paciencia, pero ninguna de estas exigencias agota el significado de una nueva vida.Un hijo trae una historia que comienza, una dignidad propia y posibilidades que todavía no conocemos. La maternidad y la paternidad pueden convertirse en una profunda escuela de amor: enseñan a esperar, compartir, cuidar, perseverar y descubrir capacidades de entrega antes ocultas.Mateo nos muestra a los Magos ante el Niño con María, su madre: no ante una idea abstracta, sino ante una vida concreta, vulnerable y digna de ser acogida.Por eso, hablar de un hijo como una “inversión” solo puede entenderse en sentido humano y espiritual: invertir amor, tiempo, esperanza, educación y futuro. No significa esperar una devolución, porque el amor verdadero no funciona como una transacción.Responsabilidad y confianzaEs natural que una pareja considere sus condiciones económicas antes de recibir un hijo. La responsabilidad forma parte del amor: hay que pensar en vivienda, alimentación, educación y salud.Pero no deberíamos quedarnos únicamente con la pregunta: «¿Cuánto cuesta un hijo?» También podemos preguntarnos: «¿Qué valor tiene la vida que estamos llamados a recibir?»Ambas preguntas son importantes: una mira los recursos y la otra, a la persona. La fe no invita a actuar irresponsablemente, sino a discernir con prudencia, generosidad y confianza, reconociendo que la vida no puede reducirse a una operación matemática.Ofrecer nuestros donesCuando llegan ante Jesús, los Magos abren sus cofres y ofrecen sus dones. Esta escena nos lleva a preguntarnos: ¿qué tengo para ofrecer?Tal vez tiempo, experiencia y capacidad para escuchar, enseñar, acompañar, cuidar o transmitir esperanza.La vida se vuelve fecunda cuando nuestros dones se ponen al servicio de los demás. Así, “la mejor inversión” adquiere un sentido distinto: invertir en una vida significa amar, educar, acompañar y ayudar a crecer.Una familia construye futuro cuando transmite valores y fe, escucha, corrige, perdona y enseña a levantarse después de una caída.Una nueva generación es una esperanzaCada niño que nace representa una posibilidad nueva. Desde el comienzo posee una dignidad propia y puede abrir una historia diferente.Acoger una vida tiene también una dimensión social. En las familias, los niños aprenden a confiar, compartir, perdonar, respetar y amar. Por eso, si queremos una sociedad más humana, debemos cuidar a las familias mediante educación, vivienda, trabajo digno, atención sanitaria y redes de apoyo.Acoger la vida significa también crear las condiciones para que pueda crecer con dignidad.No se trata de juzgar, sino de acompañar. Hay parejas que desean tener hijos y no pueden; existen dificultades económicas, experiencias dolorosas y circunstancias que requieren un discernimiento atento. También hay personas que viven otras formas de entrega y fecundidad.No se trata de señalar, sino de preguntarnos: ¿Está mi vida abierta al amor? ¿Estoy dispuesto a entregar algo de mí para que otros puedan crecer? ¿Hay espacio para recibir el don que Dios quiera confiarme?La Iglesia está llamada a escuchar, acompañar y ayudar a discernir. La apertura al don no puede imponerse desde fuera: debe nacer de un discernimiento sincero, responsable y respetuoso con la historia de cada persona y familia, en actitud de fe.Abrir la puerta al futuroDespués de encontrarse con el Niño Jesús, los Magos regresaron por otro camino. Quien se encuentra verdaderamente con un don ya no vuelve igual.También nosotros estamos llamados a perder el miedo a amar, a comprometernos y a hacer espacio para los demás. Algunas de las cosas más hermosas de la vida no estaban en nuestros planes: una amistad, una vocación, una misión, un hijo, una oportunidad de servir o la decisión de optar por otro camino.Más que preguntarnos únicamente cuánto tendremos que dar o sacrificar, podemos preguntarnos cuánto podremos llegar a amar.Los Magos vieron la estrella, se pusieron en camino, encontraron al Niño, ofrecieron sus dones y regresaron transformados. También nosotros podemos recorrer ese camino: recibir con gratitud, discernir con responsabilidad, amar con generosidad y entregar la vida para que otros puedan crecer.La verdadera riqueza quizá no consista en conservarlo todo, sino en tener el valor de abrir el corazón para darlo todo.Padre Santo, dador de toda vida, enséñanos a recibirla como un don tuyoy a ofrecer nuestros talentos al servicio de los demás.Bendice a nuestras familias, acompaña a quienes sufren por no tener hijosy concede a cada hombre y mujer descubrir su vocación al amor fecundo.Haznos también fecundos en la fe, la esperanza y la caridad.Amén.+Ramón Alberto Rolón GüepsaObispo de Diócesis de ChiquinquiráMiembro de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia

Mar 8 Sep 2026

“El Dios de la paz estará con ustedes” (Filp 4, 9)

Mons. José Libardo Garcés Monsalve - El desarrollo del Proceso Evangelizador de nuestra Diócesis de Cúcuta para este mes de septiembre, en el marco de los 70 años de vida diocesana, tiene como lema: “vayan y hagan discípulos, trabajando por la paz”, con el momento significativo de la jornada de oración por la paz, que tiene como objetivo seguir fortaleciendo el trabajo pastoral en el perdón y la reconciliación que nos conducen a tener la paz como don de Dios y no solamente una paz como la quiere el mundo: “la paz les dejo, mi paz les doy. Una paz que el mundo no les puede dar” (Jn 14, 27). La paz que viene de Dios le ha costado a nuestro Señor Jesucristo la entrega de la propia vida en la cruz, hasta derramar la última gota de su sangre. Es una paz que tiene el costo del perdón entregado por Jesucristo en la cruz para toda la humanidad, es un regalo de Dios.Nuestra patria, nuestra región y ciudad atraviesan situaciones de violencia que producen división y muerte, ahogando las esperanzas de muchas personas. Frente a esta realidad dolorosa, cuando aceptamos a Jesucristo en la vida personal y familiar, brota del interior el deseo de trabajar y construir la paz. Confiemos en el Señor que es nuestra paz y nos devuelve la esperanza: “que nada los angustie; al contrario, en cualquier situación presenten sus deseos a Dios orando, suplicando y dando gracias. Y la paz de Dios que supera cualquier razonamiento, protegerá sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús” (Filp 4, 6 - 7).Trabajar por la paz es la certeza que en nuestra vida interior reina la virtud, la limpieza de corazón y que estamos dispuestos al perdón de las ofensas, cuando alguien nos maltrata y persigue. No hay que dejarse envenenar el corazón con odios, resentimientos, rencores, polarizaciones y venganzas, que matan el alma acaban con la unidad y comunión. Aún en el seno de las familias, mantengámonos firmes en la gracia de Dios: “hermanos, tengan en cuenta todo lo que hay de verdadero, de noble, de justo, de limpio, de amable, de elogiable, de virtuoso y de recomendable. Practiquen asimismo lo que han aprendido y recibido, lo que han oído y visto en mí. Y el Dios de la paz estará con ustedes” (Filp 4, 8 - 9).Cuando nos encontrábamos perdidos por el pecado y en el abismo de la muerte, Dios Padre ha enviado a Jesucristo, que ha puesto su morada entre nosotros para devolvernos la paz perdida por el mal cometido y conducirnos al lugar de la verdadera paz. Esta misión la ha cumplido Jesús desde la cruz, cuando nos otorgó el perdón misericordioso: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34), dejándonos en total limpieza de corazón, dispuestos desde el interior a ver a Dios en cada hermano, para un día contemplarlo cara a cara: “dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). Esto, será posible siendo en esta tierra artesanos de la paz, en cada encuentro con nuestro prójimo: “dichosos los que construyen la paz, porque Dios los llamará sus hijos” (Mt 5, 9).Somos llamados por el Señor bienaventurados al realizar en cada instante un trabajo incansable en la construcción de la paz; esto significa tener paz en el corazón, para transmitirla a nuestro entorno, sobre todo a quienes están en división y conflicto o están alejados de Dios. Un bautizado que tiene las cosas ordenadas en su vida, que está limpio en su corazón, es capaz de dejar entrar a su vida las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, que lo ponen en perfecta comunión con Dios, con limpieza de corazón, cosechando en su vida interior el perdón y la reconciliación que siembran paz en ambientes de odio. La limpieza de corazón permite el acercamiento al otro como el buen samaritano que limpia las heridas de odio, resentimiento, rencor y venganza que hay en el corazón del prójimo, para llevarlo hasta Dios a que cuide de Él y sane sus heridas.Este mes de septiembre dedicado a orar más intensamente por la paz, estamos invitados a sembrar en nuestro corazón la esperanza de hacerla realidad en nuestra vida personal y familiar, para transmitirla a nuestro entorno. Pongámonos en salida misionera a ser sembradores de paz. Paremos la violencia que se genera en nuestro corazón. No devolvamos mal por mal, ante un mal devolvamos un bien, amemos a nuestros enemigos. Tal como nos lo ha enseñado Jesús: “han oído que se dijo: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen. Así serán dignos hijos de su Padre del cielo, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5, 43-45).Al cumplir con el mandato misionero que nos ha dejado el Señor: “vayan y hagan discípulos, trabajando por la paz”, construyamos ambientes nuevos, transformados por Cristo, con la certeza que el Dios de la paz estará siempre con nosotros (Cf. Filp 4, 9), nunca nos abandona, siempre nos cuida y nos protege. Imploramos la protección y amparo de la Santísima Virgen María, Reina de la paz y del Glorioso Patriarca San José, para que nos alcancen del Señor el don de paz para cada uno de nosotros, nuestra familia y nuestro entorno. “La paz esté con ustedes” (Jn 20, 19).En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta

Mié 2 Sep 2026

Después del terremoto

Por Mons. Luis Fernando Rodríguez Velásquez - Son muchos los sentimientos encontrados cuando en una buena parte de Colombia padecimos las consecuencias del terremoto el pasado 10 de agosto.El departamento del Valle del Cauca en los distintos municipios, se vio gravemente afectado, y en nuestro caso, el Distrito de Cali se ha visto envuelto en una encrucijada de dolor, pero a la vez de esperanza.En Cali lamentamos la muerte de 158 personas y un número grande de heridos. Los damnificados se suman por miles, cuando en cifras todavía preliminares podemos contar las más de 12.000 residencias destruidas, y eso sin sumar plenamente, las casas de cientos de campesinos que en las zonas rurales se vieron afectadas.Numerosas son las familias que debieron desalojar sus hogares, otras que perdieron sus emprendimientos y otras que quedaron prácticamente con solo lo que tenían puesto el día del terremoto. La dimensión humana nos duele profundamente. Los efectos colaterales en los estados emocionales de muchos son graves y requieren especial atención.La Iglesia de Cali, así como de las diócesis de Buenaventura, Buga, Cartago y Palmira, hemos dado muestras de entrega y acompañamiento espiritual y social sin límites. Cada una de estas jurisdicciones hicimos, hacemos y haremos todo lo que esté al alcance de nuestras manos.Hemos acompañado las comunidades afectadas tanto desde lo espiritual, como también con el complemento psicológico. Desde nuestras instituciones, comenzando por las pastorales sociales diocesanas y los Bancos de alimentos, hemos tratado de llevar un poco de consuelo a las personas más vulnerables.Desde el Banco arquidiocesano de alimentos de Cali, hemos llevado víveres a sectores marginados de la ciudad, pero también a Buenaventura, Palmira, Cartago, Istmina, Pereira, para que los obispos locales los distribuyan en las parroquias más afectadas.La vida sacramental no podía estar ausente, y con la presencia de sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y algunos laicos, se asumió la hermosa tarea de acompañar los lugares de la tragedia a los damnificados. En los casos de los difuntos, y cuando se solicitaba, se pudieron realizar dignas celebraciones exequiales, y ofrecer a los familiares de los fallecidos, el consuelo de la fe.Resalto la iniciativa del cardenal Luis José Rueda Aparicio, arzobispo de Bogotá, la iniciativa de venir a nuestro departamento del Valle, y a Pereira, con 80 presbíteros acompañados por el cardenal y los obispos auxiliares. Fue una presencia misionera cargada de fe y sentido eclesial. Agradezco, en nombre de todos los obispos y fieles de toda la arquidiócesis de Cali y de Pereira, tan loable presencia que nos hermana mucho más.Después del terremoto que produjo la tierra con su movimiento tectónico surgió otro terremoto, el de la solidaridad. Cómo no reconocer los esfuerzos de los rescatistas y voluntarios, hombres y mujeres de todas las edades que pusieron lo mejor de cada uno para salvar vidas o rescatar victimas. Cómo no valorar al Estado Colombiano, a los bomberos, a la defensa civil, a los rescatistas de otros países y ciudades de Colombia, al personal de la salud, y a las autoridades de policía y ejército que, sin desfallecer, aun con el corazón roto, de día y de noche trabajaron en las acciones humanitarias. No hubo distinción ni de condición política, ni de credo ni de condición social, Hubo fraternidad y trabajo común con el firme propósito de salvar vidas lo más pronto posible. A las autoridades civiles de la Gobernación y las alcaldías municipales, va también nuestro reconocimiento, pues ellos no solo intervinieron en los momentos propios inmediatos al terremoto, sino que les corresponde la no fácil tarea de la reconstrucción integral de Cali y demás municipios del Valle del cauca.Por último, después del terremoto, en cuanto a la Iglesia se refiere, nos viene la tristeza que se acrisola con la fe en el Señor. Cerca de 100 templos y capillas de todo el Departamento se han visto seriamente afectados, muchos de ellos colapsaron o es necesario demoler. Muchas parroquias han debido ser cerradas como medida cautelar, lo que impide que los fieles tengan un lugar digno para sus celebraciones.En Cali fueron estos los templos y capillas con mayor afectación:1.La catedral San Pedro Apóstol, de la Plaza Caizedo, iglesia madre de Cali, referente histórico de muchos años. Bien patrimonial de interés nacional.2.La capilla de la Merced. Lugar donde hace 490 años nació Cali. Bien patrimonial de interés nacional.3.La parroquia central San José, de La Cumbre, con colapso total.4.La parroquia Principal y la capilla de Dagua5.La parroquia San Isidro Labrador, Km. 306.La parroquia El Sagrado Corazón, en Bitaco.7.La parroquia de Nuestro Señor del Buen Consuelo, Yumbo.8.La parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Colseguros.9.La parroquia San Ignacio de Loyola, Terrón Colorado.10.La casa de velación In memoriam, junto a la parroquia de San Fernando Rey.11.La Capilla de Jesús Nazareno, en el barrio Alameda.12.La parroquia Santa Teresa de Jesús, en Pampalinda, afectación total de techo.13.La parroquia el Santísimo Sacramento, el Templete.14.La capilla de La Milagrosa, en la avenida Roosevelt.Y otras 41 parroquias y capillas que sufrieron afectaciones de diverso nivel.Después del terremoto viene la esperanza, viene la recuperación integral de las comunidades, viene la reconstrucción o restauración de nuestros templos y capillas. Confío en que, con la ayuda de todos, vamos a lograr esta meta.+Luis Fernando Rodríguez VelásquezArzobispo de Cali