#InformativoLaVerdad | 4 de octubre de 2026 |
Diócesis de Cúcuta
Mié 30 Sep 2026
Cerca de 1.300 personas participaron en la tradicional Peregrinación Mariana de la Arquidiócesis de Medellín. La jornada fue encabezada por el arzobispo de Medellín, monseñor Ricardo Tobón Restrepo, y el obispo auxiliar, monseñor José Mauricio Vélez García. Familias, jóvenes, sacerdotes, religiosas y fieles se unieron en esta jornada que cada año prepara a la Iglesia particular para vivir octubre, Mes Misionero.El 26 de septiembre, acompañados por la Virgen del Seminario, los peregrinos caminaron unidos en oración hasta el Seminario Mayor de Medellín. Durante el recorrido, los participantes encomendaron sus intenciones, la vida pastoral de la Iglesia particular y los frutos de este mes de las misiones que celebra la Iglesia Universal.La jornada concluyó con la celebración de la Eucaristía, presidida por el arzobispo de Medellín, monseñor Ricardo Tobón Restrepo. En su homilía, el prelado centró su reflexión en la bienaventuranza proclamada en el Evangelio y destacó que escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica permite descubrir el sentido de la fe y avanzar hacia una vida transformada por ella.“La Palabra de Dios no es una teoría, es una persona a la que nos unimos para que se haga carne en nosotros”, afirmó el arzobispo, subrayando así la relación entre la escucha de la Palabra y la vida concreta de los creyentes.Monseñor Tobón también presentó a la Virgen María como modelo de quien escucha la voluntad de Dios y responde con toda su vida. En este sentido, vinculó la peregrinación con el camino misionero que la Iglesia está llamada a recorrer:“Qué hermosa esta jornada: estar reunidos en torno a la Madre y con ella reconocer quiénes somos, a dónde vamos y qué tenemos que hacer”.
Vie 25 Sep 2026
La Vigilia familiar podrá realizarse entre este sábado 26 de septiembre y el domingo 4 de octubre. La iniciativa busca que hogares, parroquias y comunidades de fe se unan en oración ante la situación de violencia que afecta al Magdalena y, al mismo tiempo, invita a traducir la fe en gestos concretos de reconciliación, cuidado y fraternidad.En medio de la situación de violencia, temor y alteración del orden público que ha afectado a distintas comunidades del Magdalena, la Diócesis de Santa Marta convocó a una Vigilia familiar de oración por la paz y la reconciliación, con la invitación a que los hogares se unan durante los próximos días para orar por la paz y presentar ante Dios las necesidades de sus municipios, veredas, barrios y familias.La iniciativa, liderada por monseñor José Mario Bacci Trespalacios, obispo de Santa Marta, podrá realizarse este sábado 26 de septiembre o en cualquier día de la semana siguiente, hasta el domingo 4 de octubre, con el propósito de que toda la Diócesis pueda orar “con un mismo corazón”. Los párrocos también podrán adaptarla para celebraciones comunitarias.La iniciativa lleva por lema «Él es nuestra paz» (Ef 2,14) y está pensada para que padres, madres, abuelos, jóvenes y niños puedan participar juntos en un momento de oración. El subsidio litúrgico (documento orientador) preparado por la Diócesis propone hacer de cada hogar un espacio de encuentro con Dios, escucha de la Palabra y reflexión sobre la realidad que viven las comunidades.Una convocatoria que nace de una preocupación más ampliaLa Vigilia se inscribe en la respuesta que la Iglesia en Santa Marta ha venido ofreciendo ante la situación que atraviesa el territorio.El pasado 22 de septiembre, en medio del paro armado anunciado por las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada, monseñor José Mario Bacci hizo un llamado al respeto de la población civil y pidió el cese de las medidas que estaban restringiendo la movilidad y el sustento de miles de familias.En ese mismo comunicado, la Diócesis expresó su disposición para acompañar mecanismos humanitarios orientados a proteger la vida y aliviar el sufrimiento de las comunidades de la Sierra.Dos días después, el obispo volvió a referirse públicamente a la situación y señaló que, además de las acciones encaminadas a recuperar el control territorial, es necesario avanzar en procesos de recuperación social, intervenciones humanitarias y acercamiento que permitan abrir nuevas oportunidades. En este contexto, habló de la necesidad de construir una “paz desarmada y desarmante”. La Diócesis ha presentado estos planteamientos como parte de su preocupación por la población civil y su disposición a acompañar iniciativas humanitarias.Es en esta perspectiva más amplia donde se ubica la Vigilia: no como una respuesta únicamente a una coyuntura de orden público, sino como una invitación a mirar las raíces de una realidad que viene dejando heridas en las comunidades y a fortalecer, desde la fe, los vínculos que permiten reconstruir la vida social.“Este templo empieza en cada hogar”En la circular mediante la cual presentó la Vigilia este 24 de septiembre, monseñor Bacci reconoce las heridas que la violencia, las amenazas y la extorsión han dejado en los campos, la Sierra Nevada, las riberas del río Magdalena y los barrios de las ciudades. Frente a ello, plantea que la reconstrucción del tejido social necesita también una transformación desde la fe, la reconciliación y la fraternidad.“Este templo empieza en cada hogar”, afirma el obispo al referirse a la familia como Iglesia doméstica y como primer lugar donde se aprende a orar, perdonar y reconocer al otro como hermano. Por eso, invita a que en cada casa de la ciudad y de la Diócesis se encienda una luz, se abra la Palabra y se levante la Cruz de la Paz como signos de una comunidad que busca reconstruirse desde Dios.La propuesta parte de una convicción expresada también en el subsidio: la oración permite interpretar la realidad desde la mirada de Dios y actuar en consecuencia para transformarla. Por eso, la Diócesis invita a vivir este momento de oración sin prisa y con el corazón abierto, pero también pide que lo que se rece se convierta en acciones concretas de cuidado, cercanía y reconciliación.Una vigilia para toda la familiaEl subsidio propone preparar en cada hogar un pequeño altar con una Biblia abierta y una vela o cirio. También contempla una “Cruz de la Paz” y siluetas de manos o palomas de papel, en las que cada integrante de la familia puede escribir o dibujar una palabra o intención relacionada con la paz.La celebración incluye la escucha de la Palabra, una meditación, un espacio de diálogo familiar, una oración universal y un gesto de reconciliación. Uno de los momentos centrales es el signo “Derribando muros, construyendo paz”, mediante el cual cada miembro de la familia presenta ante la Cruz de la Paz una intención por su barrio, municipio, colegio o familia.La propuesta también busca que niños y jóvenes tengan una participación activa. Las preguntas para el diálogo familiar los invitan a identificar situaciones de burla, rechazo, indiferencia o miedo que puedan estar presentes en sus entornos y a pensar cómo contribuir a derribar esos “muros”. A los adultos se les propone reflexionar sobre cómo evitar que el temor frente a las noticias de violencia termine convirtiéndose en indiferencia o parálisis.Orar por quienes sufren y por quienes tienen responsabilidadesLas intenciones de la Vigilia ponen rostro a las distintas realidades que preocupan a la Iglesia en el territorio. Se ora por los niños y jóvenes de Santa Marta, Ciénaga, Zona Bananera, Aracataca, Fundación y los pueblos del río; por las familias que enfrentan desplazamiento, extorsión, desempleo o la pérdida de seres queridos; y por las comunidades afectadas por la violencia.También se eleva una oración por quienes tienen en sus manos decisiones políticas, de seguridad y de justicia en el departamento, pidiendo que actúen con honestidad y rectitud y que protejan la vida humana. Asimismo, se pide por quienes siembran violencia y discordia, para que puedan abandonar las armas y emprender caminos de justicia, reconciliación y respeto por la vida.La Vigilia concluye con una oración por el Magdalena que pide que la fe no sea un refugio para huir de la realidad, sino una fuerza para permanecer y transformar; una fuerza capaz de generar redes de solidaridad, perdón, justicia y fraternidad y de hacer de las familias, barrios, veredas y comunidades espacios donde se proteja la vida y se siembre esperanza.Una invitación a toda la DiócesisMonseñor José Mario Bacci pidió a los párrocos y a los Equipos Parroquiales de Animación Misionera hacer llegar el subsidio a las familias y difundirlo en las celebraciones dominicales, grupos apostólicos, instituciones educativas y medios digitales de las parroquias, con el propósito de que ningún hogar quede sin la posibilidad de unirse a esta cadena de oración.Así, mientras el territorio avanza en la recuperación de sus actividades cotidianas tras los hechos recientes de orden público, la Iglesia en Santa Marta propone mirar también hacia una tarea de más largo aliento: reconstruir los vínculos sociales que la violencia deteriora y cultivar, desde los hogares, una cultura de fraternidad, reconciliación y cuidado de la vida.
Jue 1 Oct 2026
A través de un comunicado conjunto, la Conferencia Episcopal de Colombia (CEC) y el Secretariado Nacional de Pastoral Social-Cáritas Colombiana (SNPS-CC) expresan su profunda preocupación por los hechos de violencia que afectan a las comunidades del sur del Chocó, particularmente en Río Iró, Condoto y Nóvita (Diócesis de Istmina-Tadó). Advierten que la extensión de las hostilidades hacia zonas pobladas y el uso de artefactos explosivos ponen en riesgo la vida e integridad de la población y afectan gravemente su cotidianidad.El pronunciamiento, firmado por monseñor Germán Medina Acosta, secretario general de la Conferencia Episcopal de Colombia, y el padre Diego Meza Gavilanes, director del Secretariado Nacional de Pastoral Social-Cáritas Colombiana, se produce en el contexto de los recientes hechos de violencia que se registran en esta región del departamento del Chocó.La vida de la población civil debe ser protegidaAnte esta situación, la Iglesia colombiana reafirma que la dignidad de toda persona humana debe ser respetada incluso en medio de la confrontación armada. En ese sentido, señala que ningún propósito político, militar o estratégico puede justificar acciones que expongan a la población civil o desconozcan sus derechos fundamentales.“¿Dónde está tu hermano?” (Gn 4,9), recuerda el comunicado, retomando la pregunta de Dios a Caín, para subrayar que ninguna confrontación puede conducir a la indiferencia frente al sufrimiento de las comunidades ni convertir la vida humana en un medio para alcanzar otros fines.La CEC y Cáritas Colombiana llaman a todos los actores armados a respetar estrictamente el Derecho Internacional Humanitario, en particular los principios de distinción, precaución y proporcionalidad, y a abstenerse de realizar acciones que pongan en riesgo a la población civil o los bienes indispensables para su vida.Protección y asistencia para las comunidadesEl pronunciamiento también solicita al Estado colombiano fortalecer las medidas necesarias para proteger a las comunidades afectadas y garantizar sus derechos, especialmente en territorios donde las hostilidades producen confinamiento, desplazamiento o restricciones a la movilidad.A la vez, la Iglesia urge garantizar el acceso seguro y oportuno de la acción humanitaria. La Misión Médica, las organizaciones humanitarias y la Iglesia, señala el comunicado, deben poder desarrollar su labor sin obstáculos ni instrumentalización. La asistencia médica, alimentaria, psicosocial y de protección —subraya la Iglesia— tiene como finalidad proteger la vida y aliviar el sufrimiento humano.La Iglesia mantiene su acompañamiento en los territoriosDesde las diócesis, parroquias y equipos de Pastoral Social, la Iglesia continúa acompañando a las comunidades afectadas y contribuyendo a la respuesta humanitaria en los territorios.El mensaje recuerda, además, las palabras del Papa León XIV, quien el 14 de mayo de 2025 afirmó: “¡la guerra nunca es inevitable! Las armas pueden y deben ser silenciadas, porque no resuelven los problemas, sino que los aumentan”.Ante una violencia que amenaza con convertirse en parte de la cotidianidad de las comunidades, la Conferencia Episcopal de Colombia y Cáritas Colombiana reiteran su llamado a detener toda acción que ponga en peligro a la población y abrir caminos de diálogo que permitan superar la violencia.“La vida humana debe estar siempre por encima de las armas y de cualquier interés en disputa”, concluye el pronunciamiento.
Jue 1 Oct 2026
Ante los recientes ataques contra estaciones de Policía en Nóvita y Santa Rita de Iró, la Iglesia expresa su preocupación por el impacto de la violencia en la población civil y pide buscar caminos de paz, diálogo y respeto por la dignidad humana.La Diócesis de Istmina-Tadó hizo un llamado urgente a detener la escalada de violencia que en los últimos días ha afectado a distintos municipios de la subregión del San Juan, en el sur del departamento del Chocó, y que nuevamente tiene a las comunidades sufriendo.La situación se agudizó el miércoles 30 de septiembre en Nóvita, donde, alrededor de las 10:00 de la mañana, mientras la comunidad se disponía a iniciar la celebración de la Eucaristía con motivo de la fiesta patronal de San Jerónimo, se registró un ataque contra la estación de Policía mediante drones y armas de largo alcance. De acuerdo con información de las autoridades, el hecho incluyó el lanzamiento de seis granadas desde drones y también afectó instalaciones militares. No se reportaron personas heridas.Para la Diócesis, la situación adquiere una especial gravedad por haber ocurrido en medio de una celebración religiosa y en el casco urbano, donde la población quedó expuesta al riesgo.Desde Nóvita, monseñor Mario de Jesús Álvarez Gómez, obispo de Istmina-Tadó, expresó su preocupación por lo que está ocurriendo en la región y pidió a los grupos armados detener las acciones que están afectando directamente a las comunidades. También pidió al al Gobierno Nacional priorizar la protección de las comunidades.“Todo debemos pararlo inmediatamente, dada la angustia y la zozobra que esto provoca”, manifestó el obispo, quien insistió en que la salida debe buscarse por “los caminos del Evangelio y los caminos de la paz”.El prelado señaló que durante los últimos días se han registrado graves hechos de violencia en municipios como Tadó, Río Iró, Sipí, Condoto y Nóvita. En declaraciones entregadas este 1 de octubre, explicó que, a su juicio, las comunidades están experimentando miedo e impotencia y que muchas personas prefieren guardar silencio ante el riesgo que perciben en sus territorios.Sobre las dinámicas del conflicto, monseñor Álvarez se refirió a la confrontación entre el ELN y las AGC, así como a los ataques contra integrantes de la Fuerza Pública. Sus apreciaciones corresponden a su lectura de la situación que viven las comunidades que acompaña pastoralmente la Diócesis.La violencia continúa en Santa Rita de IróLa preocupación se extendió este jueves 1 de octubre a Santa Rita de Iró, cabecera municipal de Río Iró. Según informó el padre Ernesto Zapata, vicario general de la Diócesis de Istmina-Tadó, durante la mañana se habían registrado múltiples explosiones de artefactos lanzados mediante drones contra la estación de Policía.“Lo que sabemos hasta el momento es que se han producido al menos seis ataques desde aeronaves no tripuladas...aún no se tiene información confirmada sobre posibles personas heridas", explicó el sacerdote. Recordó, además, que esta población, de aproximadamente 4.000 habitantes, ya había vivido numerosos ataques con estos artefactos dos meses atrás.“Que todos vivamos en dignidad y en respeto”Ante este panorama, la Diócesis de Istmina-Tadó insiste en que las comunidades no pueden continuar soportando las consecuencias de la confrontación armada. Su llamado se dirige a quienes tienen responsabilidades en las decisiones de seguridad y, de manera particular, a los actores armados que desarrollan acciones violentas en los territorios.“Únicamente es dejándonos iluminar por el Dios del amor, de la misericordia y del perdón como podemos hallar caminos para que todos vivamos en dignidad y en respeto”, expresó monseñor Álvarez.La preocupación de la Iglesia por la situación de las comunidades del San Juan no es nueva. En anteriores momentos de confinamiento y confrontación armada, la Diócesis de Istmina-Tadó ha pedido que se garantice la libertad de movilidad de la población civil y el acceso de la Iglesia y de las organizaciones humanitarias a las comunidades afectadas.Precisamente estas localidades del sur del Chocó resultaron gravemente impactadas por el terremoto del 10 de agosto en Colombia. La mayor parte de sus viviendas sufrieron graves daños estructurales y las comunidades aún están a la espera del proceso de recuperación y reconstrucción.Vea el mensaje del Obispo de Istmina-Tadó a continuación:
Lun 5 Oct 2026
Por Mons. Luis Fernando Rodríguez Velásquez - La Virgen María es tal vez uno de los personajes bíblicos, junto con San José y Juan el Bautista, que menos protagonismo tuvieron. Sus pocas apariciones, eso sí, fueron claves para que “el sol que viene de lo alto”, Cristo Jesús, pudiera resplandecer. Así mismo lo dijo el Bautista, al afirmar que era necesario que él disminuyera para que Él, Jesús, pudiera crecer. María nos dio ejemplo de humidad y de fe, y San José de confianza y obediencia al plan de Dios.
Pero tanto María, como José, Juan el bautista, los apóstoles, los discípulos y las mujeres que acompañaban al Maestro, tenían algo en común: conocieron desde el corazón a Jesús, fueron sus discípulos, aprendieron de Él tantas cosas, para luego acompañarlo en la misión. Más aún, ellos mismos se hicieron misioneros, testigos, anunciadores de la buena nueva de salvación.
Los Evangelios y prácticamente todo el Nuevo Testamento, son una muestra fehaciente de la fuerza que tenían los primeros cristianos, asumiendo cada uno responsablemente la misión de anunciar lo que habían visto y oído.
Hago esta introducción, pues estamos en el mes de octubre tradicionalmente conocido como el mes de las misiones y el mes del rosario. Son unos días en los cuales estamos siendo invitados a tomar conciencia de que hacemos parte de una Iglesia que es ella misma misión. Ese es su nuevo nombre.
Como bautizados –y en Cali hemos querido recordarlo de manera especial en este año que dedicamos al bautismo- fuimos constituidos sacerdotes, profetas y reyes. Es decir, nos hicimos hijos de Dios, participamos de su divinidad y de su misión. Estamos llamados a ser testigos de nuestra fe, la que en semilla recibimos en el bautismo, pero que en la adultez debe dar frutos de santidad a través del ejercicio misionero del testimonio de la fe que mueve nuestros corazones.
Y ese anuncio misionero se hace de muchas maneras: con la oración, con la coherencia de vida, con el cumplimiento de los mandamientos, con la ayuda económica para la misión y poniendo en práctica las obras de misericordia.
En estos tiempos que vivimos, marcados por las huellas de dolor que dejó el terremoto, muchos pudieron dar el testimonio de una fe que hizo posible la caridad eficaz ayudando a todos los afectados por el terremoto, conocidos o desconocidos, siendo solidarios con los rescatistas, las autoridades y los voluntarios y sobre todo, abrazando, en un gesto de caridad divina, a los damnificados, a las víctimas, y elevando también una oración ferviente por los que habían fallecido.
Esto es hacer misión. Fueron muchas las personas que, viendo la acción premurosa de los sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, el Banco de Alimentos y las demás acciones sociales de la pastoral social, pudieron sentir el bálsamo de un Dios que a través nuestro les estaba extendiendo sus brazos para decirles lo mucho que los ama.
La Iglesia en salida, la Iglesia misión, ha sido la característica de estos tiempos de terremoto. Ningún sacerdote se quedó encerrado. Los testimonios que he recibido de la forma como actuaron, especialmente el 10 de agosto, son bellísimos. Recorriendo las calles, visitando a los que estaban solos en sus casas, consolando, con una presencia silenciosa a veces, activa en otras. Como Jesús, nuestros sacerdotes y tantos laicos, recorrieron las calles, haciéndose los encontradizos ante quienes estaban con lágrimas enfrente del edificio caído o esperando el rescate de un familiar o amigo o fatigados por el trabajo.
La Iglesia en misión actuó de la mano de María la Virgen. Ella fue la primera misionera cuando presurosa va a visitar a la anciana Isabel, pero también la que con los apóstoles en oración esperaba la llegada del Espíritu Santo.
A la Madre de Dios encomendamos esta Iglesia, a nosotros que somos Iglesia, para que nunca desfallezcamos en la misión alegre de anunciar la paz de Cristo, su Hijo, y hacer cercano el consuelo de Aquél que nos amó hasta el extremo. La Iglesia es misión.
+Luis Fernando Rodríguez Velásquez
Arzobispo de Cali
Lun 5 Oct 2026
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Avanzamos en el Proceso Evangelizador de nuestra Diócesis de Cúcuta, celebrando 70 años de misión en esta región de frontera y 40 años del Seminario Mayor San José y lo vivimos en este mes misionero con el lema pastoral: “vayan y hagan discípulos anunciando el Evangelio”; cumpliendo con el mandato misionero del Señor: “vayan y hagan discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñeles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y estén seguros que yo estaré con ustedes día tras días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19 - 20). Tenemos la certeza que la vocación de la Iglesia es llevar el Evangelio a todos, porque “evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda” (EN 14), misión que está desde el principio y permanecerá hasta el final de los tiempos.
En nuestra Diócesis de Cúcuta estamos en estado permanente de misión, dispuestos a proclamar por todas partes a Jesucristo nuestro salvador. La visita pastoral de los párrocos y agentes de pastoral a cada uno de los sectores, es el cumplimiento fiel del trabajo misionero en el que estamos todos comprometidos, porque “todos nosotros como discípulos de Jesús y misioneros, queremos y debemos proclamar el Evangelio, que es Cristo mismo. Anunciamos a nuestros pueblos que Dios nos ama, que su exis¬tencia no es una amenaza para el hombre, que está cerca con el poder salvador y liberador de su reino, que nos acompaña en la tribu¬lación, que alienta incesantemente nuestra esperanza en medio de todas las pruebas. Los cristianos somos portadores de buenas noticias para la humanidad y no profetas de desventuras” (DA 30).
Vivimos en nuestra región y ciudad momentos de dificultad y confusión a causa de la violencia que nos agobia y amenaza con destruirnos, fruto de una sociedad que vive sin Dios. Sin embargo, frente a ese panorama desolador, el cristiano que es un discípulo misionero de Jesucristo, conserva la esperanza y la transmite a los demás. Es la esperanza en Jesucristo que no defrauda, “sabiendo que la tribulación engendra paciencia, la paciencia virtud probada; la virtud probada esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom 5, 3 - 5). Esa es nuestra certeza y por eso nos mantenemos en pie en medio de las dificultades, porque el amor de Dios permanece en nosotros.
Para dar esperanza en momentos difíciles tenemos la presencia del Espíritu Santo que con sus dones nos ilumina para ir a todos y enseñar todo lo que Jesús nos ha mandado: “a partir de Pentecostés, la Iglesia experimenta de inmediato fecundas irrupciones del Espíritu, vitalidad divina que se expresa en diversos dones y carismas y variados oficios que edifican a la Iglesia y sirven a la evangelización. El Espíritu en la Iglesia forja misioneros decididos y valientes como Pedro (Cf. Hch 4, 13) y Pablo (Cf. Hch 13, 9), señala los lugares que deben ser evangelizados y elige a quienes deben hacerlo (Cf. Hch 13, 2)” (DA 150). Esto, para que se cumpla el mandato misionero de ir por todas partes a transmitir la persona de nuestro Señor Jesucris¬to, en medio de dificul¬tades, persecuciones y pruebas.
El misionero del Señor es un enamorado del Evangelio, cuya vida está cimentada en Jesucristo, teniendo la certeza que nos da el mismo Jesús “sepan que yo estoy con ustedes día tras día hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Tenemos la seguridad puesta en Dios y por eso salimos a anunciar el Evangelio para decirle al mundo, a los violentos y a quienes hacen daño que nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios; tal como lo enseña San Pablo: “pero en todo esto salimos más que vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom 8, 37 - 39). Por lo tanto, nada podrá detener el fervor evangelizador que llevamos dentro, para ir por todas partes a transmitir el mensaje de Jesucristo.
De esta manera entendemos que la evangelización no se hace con poderes humanos, sino con la sabiduría que viene de Dios, que es un don del Espíritu Santo, que hace que habite en nuestro corazón la gracia y que tengamos fervor interior para transmitirla porque “si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús” (EG 120), que es lo que enseñamos a otros, poniendo por obra todo lo que Jesús nos ha mandado.
Para un mundo sin Dios la misión de todos nosotros los bautizados se hace más necesaria y urgente, porque la humanidad sin Dios, pierde toda esperanza, “el hombre necesita a Dios, de lo contrario queda sin esperanza” (Spe Salvi 23). Que este mes misionero que estamos viviendo, sea un momento especial de gracia para conocer y amar más a Jesucristo y darlo a conocer a nuestros hermanos, incluyendo a aquellos que no lo conocen o lo rechazan abiertamente. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, nos alcancen de nuestro Señor Jesucristo el fervor misionero para cumplir con el mandato de ir por todas partes a hacer discípulos misioneros del Señor.
En unión de oraciones,
reciban mi bendición.
+José Libardo Garcés Monsalve
Obispo de la Diócesis de Cúcuta
Vie 25 Sep 2026
Por Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar - El próximo 27 de septiembre la Iglesia nos invita a celebrar la 112 Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, con el lema “Incluso uno solo de estos pequeños”, enfocado en la protección de los niños, niñas y adolescentes migrantes. Con motivo de esta Jornada es pertinente recordar que el año pasado del 2 al 4 de septiembre, se realizó en Riohacha, la XV Cumbre del Foro Mundial sobre Migración y Desarrollo. Este foro dejó algunas conclusiones entre las que se destacan: la articulación multilateral y política como una herramienta fundamental e indispensable para enfrentar los desafíos de la movilidad humana. Se acordó que la voz de los territorios receptores, las organizaciones sociales y la diáspora debe estar estrictamente en el centro del diseño de las políticas públicas y la toma de decisiones globales.
También, el foro reconoció formalmente a las poblaciones jóvenes y a quienes ejercen labores de cuidado como pilares esenciales para generar procesos de cambio, integración sostenible y dignificación humana. Pidió que la migración no se enfrente como una problemática o crisis, sino como una oportunidad para innovar, ampliar libertades y potenciar el bienestar de las sociedades bajo un marco irrestricto de derechos humanos. Adicionalmente, delegaciones de alto nivel como la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) enfatizaron la urgencia de fortalecer la regularización migratoria y la movilidad laboral como los mecanismos idóneos para garantizar una migración ordenada y segura que disminuyan las brechas de desigualdad global.
Las directrices dadas por el Presidente de la República Abelardo De La Espriella, desde Barranquilla el 24 de agosto, en cuanto a migración, con el principio: “primeros los colombianos”, aparentemente marca un giro frente a las administraciones anteriores, de manera especial, en cuanto a la política de deportación inmediata de irregulares, priorizando a los vinculados en la comisión de delitos, crímenes o actividades económicas ilícitas.
Estas disposiciones, referente al fenómeno migratorio, nos invitan a repasar la enseñanza de la Iglesia, en cuanto a la migración.
Para los cristianos, llamados a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos del mundo, la migración es un “kairós”, un tiempo de gracia, y, por consiguiente, el migrante un “lugar teológico” donde acontece la acción de Dios; así, el fenómeno migratorio se convierte en un desafío y en una prioridad pastoral para la Iglesia, pues quien emigra no es sólo una mera estadística, ni un mero dato sociológico o político, sino que es una realidad que lleva a desentrañar el plan de Dios en la historia. Sin lugar a dudas, la actitud de la Iglesia debe ser la del buen samaritano que acoge, protege, consuela, acompaña, promueve, integra, anuncia. Si, los cristianos no podemos ser sordos y ciegos ante esta crisis humanitaria.
Nos dijo el Papa Francisco: “No se trata sólo de migrantes… Los migrantes, y especialmente aquellos más vulnerables, nos ayudan a leer los signos de los tiempos. A través de ellos, el Señor nos llama a convertirnos, a liberarnos de los exclusivismos, de la indiferencia y de la cultura del descarte. A través de ellos, el Señor nos invita a reapropiarnos de nuestra vida cristiana en su totalidad y a contribuir, cada uno según su propia vocación, en la construcción de un mundo que responda al plan de Dios”.
Si, no es una cuestión de cifras ni de estadísticas, afirma el Papa León XIV. El Evangelio nos invita a no hacer cálculos: incluso uno solo. Cada niño, cada ser humano, posee una dignidad infinita”.
En consecuencia, frente al fenómeno migratorio, es importante que la legislación actual colombiana sobre migración y movilidad humana, como también la doctrina social de la Iglesia, con sus instituciones, proteja al migrante, promueva el respeto y el derecho a la movilidad humana; acoja al forastero superando todo nacionalismo cerrado y violento, frenando cualquier viso de xenofobia; acompañe a los migrantes para evitar la trata de personas, la violencia de género, la explotación laboral y sexual de niñas, niños y adolescentes; brinden oportunidades para integrar la persona y la familia a la sociedad de acogida; promuevan rutas seguras de tránsito, ordenadas, informadas, reguladas, y ofrezcan mecanismos para la regularización.
Por supuesto, que quien venga con el propósito de delinquir, debe recibir el rigor de la ley.
+Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar, C.Ss.R.
Obispo de la Diócesis de Riohacha
Jue 24 Sep 2026
Por Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar - El fenómeno de El Niño que estamos padeciendo, el acaparamiento ilegal del líquido precioso por parte de personas inescrupulosas, el despilfarro del mismo, la muerte de personas y animales por la sequía que se padece, la privatización de este recurso hídrico convertido en mercancía, y regulado a través de las leyes del mercado, me lleva a evocar las palabras del Papa Francisco en la Encíclica Laudato si: “El acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico fundamental y universal porque determina la sobrevivencia de las personas”.
Según informes especializados de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), presentados en agosto de 2025, de los 8.000 millones de personas que habitamos el mundo, 2.100 millones todavía no disponen de acceso seguro al agua potable (un poco más de un cuarto de la población mundial). Según datos de la misma OMS y UNICEF, miles de millones de personas continúan sin servicios de saneamiento gestionados de forma segura o sin instalaciones adecuadas para la higiene. En cuanto respecta al departamento de La Guajira, no contamos con cifras fidedignas que muestren la realidad que padecemos. No obstante, estoy seguro, la mayoría de la población de la Península sufrimos por falta de agua y calidad de la misma. Una situación que va más allá de las cifras, afecta directamente a la dignidad y a la vida de millones de seres humanos. "Nadie puede vivir sin agua, y nadie debería morir por su falta”, expresó Cristóbal Fones, SJ, director internacional de la Red Mundial de Oración del Papa.
Ante el fenómeno de El Niño algunas administraciones municipales y departamentales, según cuentan los noticieros, están urgiendo a los usuarios del agua mayor responsabilidad en su uso, so pena de tener que sufrir restricciones en el consumo, como racionamiento y apagones del fluido eléctrico, como los ya conocidos en los años 92 y 93. Amén del incremento de tarifas al sobrepasar el consumo básico. Sí, es que nos debemos responsabilizar a la hora de consumir el líquido que nos permite seguir viviendo. El agua no conoce fronteras. Su cuidado exige, por ello una responsabilidad compartida.
Al respecto, el Papa León XIV, en continuidad con el magisterio de sus antecesores, llama a la conciencia para que se cuide este bien natural. Así en el contexto de la Jornada Mundial de Oración para el Cuidado de la Creación, instituida por el Papa Francisco en el 2015, nos invita, este año, del 1 de septiembre al 4 de octubre, al concluir la fiesta de los 800 años del tránsito de San Francisco, a orar y a custodiar este recurso esencial con gratitud, justicia y responsabilidad. Sí, además de orar, debemos adoptar gestos concretos que puedan contribuir al cuidado de este bien común: vivir con mayor sobriedad, evitar el derroche, reparar las fugas, no contaminar los ríos y las fuentes de agua y consumir de manera responsable.
Según el Papa Francisco “este mundo tiene una gran deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable".
+ Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar, C.Ss.R.
Obispo de la Diócesis de Riohacha
Vie 2 Oct 2026
Por Carlos Ignacio Agudelo Betancur - El Papa Emérito Benedicto XVI en su retiro como Papa emérito, en las entrevistas con Peter Seewald en el 2016, volvió la vista atrás y definió su trilogía sobre Jesús de Nazareth como el eje de su vida: «Mi gran tarea, mi propósito fundamental, fue sacar de nuevo a la luz la figura de Jesús, que corría el riesgo de quedar sepultada bajo los tecnicismos teológicos. Tenía que mostrar que el Jesús de los Evangelios es el verdadero Jesús».
Jesús de Nazaret fue publicada en tres tomos editados, respectivamente, en el original alemán, en los años 2007, 2011 y 2012. Esta trilogía: Los relatos de la infancia; Desde el bautismo en el Jordán hasta la transfiguración; Desde la entrada en Jerusalén hasta la resurrección, nace de la relación personal del autor con Jesús, a ella responde y a ella quiere introducir al lector. Su lectura nos hace encontrar más profundamente a Jesús si lo conocemos ya, nos lo descubre si no lo conocemos o tenemos de él una idea imperfecta, y nos hace entender que en Jesús tenemos a Dios con nosotros”.
Desde la pandemia, mi madre y yo decidimos leer libros; comencé a leérselos por teléfono, en nuestros coloquios diarios que en ocasiones se tomaban más de una hora; ya al 2025 habíamos leído seis libros, alguno voluminoso de más de 500 páginas. No ha sido sólo lectura, ha sido meditación, diálogo, acompañamiento, esparcimiento y, sobre todo, crecimiento mutuo.
Desde el año 2025 venimos leyendo y meditando con mi madre el libro “Jesús de Nazaret, segunda parte: Desde la entrada en Jerusalén hasta la resurrección”. El libro me lo había regalado mi madre hacía años y lo tenía guardado como un tesoro, pero sin leerlo. Debido a que este volumen es un poco denso teológicamente hablando, decidimos leerlo en persona, meditándolo profundamente, degustándolo.
El pasado jueves 17 de septiembre, día en que mi hermana me solicitó que acompañara a nuestra madre, estuve leyendo con ella la primera parte del capítulo titulado LA RESURRECCIÓN DE JESÚS DE ENTRE LOS MUERTOS. A continuación, transcribo el último párrafo de esa parte, que nos llevó a hacer cuentas de a quiénes se apareció Jesús Resucitado, quiénes tuvieron ese privilegio inimaginable.
“Desde el punto de vista de la historia del mundo, la resurrección de Jesús es poco llamativa, es la semilla más pequeña de la historia. Esta inversión de las proporciones es uno de los misterios de Dios. A fin de cuentas, lo grande, lo poderoso, es lo pequeño. Y la semilla pequeña es lo verdaderamente grande. Así es como la resurrección ha entrado en el mundo: sólo a través de algunas apariciones misteriosas a unos elegidos. Y, sin embargo, fue el comienzo realmente nuevo; aquello que, en secreto, todos estaba esperando. Y para los pocos testigos —precisamente porque ellos mismos no lograban hacerse una idea— era un acontecimiento tan impresionante y real, y se manifestaba con tanta fuerza ante ellos, que desvanecía cualquier duda, llevándolos al fin, con un valor absolutamente nuevo, a presentarse ante el mundo para dar testimonio: Cristo ha resucitado verdaderamente”.
Luego de esta lectura, mi madre y yo meditamos en cómo habrán sido de especiales esos encuentros con el Resucitado, quien se apareció seguramente primero a su Madre María, luego a María Magdalena y a otras mujeres, luego a los apóstoles en varias ocasiones (sin Tomás y con Tomás), luego a los discípulos de Emaús, y seguramente a muchos en el momento de la Ascensión, donde se estiman 120 personas; además, San Pablo afirma que Cristo resucitado «se apareció a más de quinientos hermanos a la vez».
Nos quedó en el alma que la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo es algo tan grande para nuestra fe, para la vida de la Iglesia, que tendríamos qué tenerla más presente todos los días y especialmente en la celebración de la Santa Misa, donde celebramos su pasión y muerte, pero también su Resurrección.
Como una manifestación misteriosa de este acontecimiento de Su Resurrección, que se muestra en lo pequeño y a los más pequeños, descubrimos que precisamente ese día, 17 de septiembre de 2026, se leyó en todo el mundo como primera lectura, la tomada de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios:
“… yo les transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; después se apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí…” (1 Cor 15, 1-11).
A primera vista podríamos decir que fue una coincidencia; mi madre dijo que realmente fue una Dioscidencia. Para nosotros realmente fue como si El Resucitado nos hubiera regalado un rayo de su Luz, un guiño amoroso de sus ojos. Y desde ese día, y pidiéndole que nos mantenga en su Gracia, venimos agradeciéndole diariamente Su Resurrección, y hemos incluido en nuestras oraciones diarias la Secuencia de Resurrección que la Iglesia Católica proclama todos los días en la octava de Pascua de Resurrección y que dice:
Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.
Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.
Lucharon vida y muerte
en singular batalla
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.
—¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?
—A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,
los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!
Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.
Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.
Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.
Lun 21 Sep 2026
Por D.P. Bernardo Vanegas Luque - Detenerse, mirar lo vivido, reconocer los frutos y las dificultades y preguntarse juntos qué nos está mostrando el Espíritu. León XIV ofrece algunas claves que ayudan a comprender qué significa evaluar pastoralmente en una Iglesia sinodal.
Durante la Asamblea Diocesana de Roma, celebrada el 18 de septiembre, el papa León XIV invitó a la comunidad diocesana a comenzar su nuevo camino pastoral haciendo un ejercicio que puede parecer sencillo, pero que tiene una profunda dimensión sinodal: detenerse para releer juntos lo vivido.
La propuesta del Papa no consiste en añadir nuevas actividades. Por el contrario, invitó a “hacer menos y hacerlo mejor”, comenzando por una evaluación compartida de la vida pastoral.
Evaluar, desde esta perspectiva, no significa simplemente contar actividades, elaborar estadísticas o presentar informes. Significa preguntarse juntos qué ha dado fruto, qué dificultades se han encontrado, qué necesita ser revisado y qué caminos puede estar mostrando el Espíritu a la comunidad.
Releer juntos lo vivido
León XIV propuso que esta evaluación no sea realizada solamente por quienes tienen responsabilidades pastorales. Toda la comunidad está llamada a participar y, cuando sea posible, también conviene escuchar a quienes habitualmente permanecen alejados de la vida eclesial.
El Papa sugirió mirar la acción pastoral desde preguntas muy concretas: ¿ayuda a las personas a encontrarse con Cristo?, ¿genera comunidad, acogida y corresponsabilidad?, ¿permite a la Iglesia estar realmente presente y servir en la realidad concreta en la que vive?
Son preguntas que cambian la manera de evaluar. El centro deja de estar únicamente en cuánto hicimos y pasa a estar en qué frutos está produciendo aquello que hacemos.
Escuchar antes de responder, discernir antes de decidir
Esta manera de proceder requiere también una forma diferente de relacionarnos.
León XIV invitó especialmente a los pastores a escuchar antes de responder y a discernir antes de decidir, reconociendo los dones y responsabilidades de los distintos miembros del Pueblo de Dios.
La sinodalidad aparece así no como una actividad adicional en la agenda pastoral, sino como una manera de vivir la misión: escuchando, discerniendo y caminando juntos.
Una clave para nuestro camino hacia 2027
Estas palabras pueden ayudarnos a comprender el sentido de una de las próximas etapas del camino sinodal que recorrerán las Iglesias locales en Colombia: Hacer memoria.
Hacer memoria no consiste simplemente en reconstruir cronológicamente lo realizado ni en preparar un informe sobre las actividades desarrolladas.
Significa volver sobre el camino recorrido para reconocer, a la luz del Espíritu, dónde hemos experimentado frutos de comunión, participación y misión; qué dificultades hemos encontrado; qué hemos aprendido y qué llamadas descubrimos para continuar caminando.
Por eso, cuando una comunidad hace memoria en clave sinodal no pregunta solamente: “¿Qué hicimos?”.
También se atreve a preguntar:“¿Qué hemos aprendido caminando juntos y hacia dónde sentimos que el Espíritu nos invita ahora a caminar?”
Esa diferencia puede transformar un informe sobre el pasado en un verdadero ejercicio de discernimiento para el futuro.
Fuente: Vatican News, «León XIV invita a la diócesis de Roma “a hacer menos y mejor”», 18 de septiembre de 2026. Intervención del papa León XIV durante la Asamblea Diocesana de Roma. (Leer la publicación click aquí)
Vie 18 Sep 2026
La Sagrada Escritura habla de la amistad con una profundidad sorprendente. El libro del Eclesiástico es, sin duda, su gran tratado. Es el primero de una serie de textos dedicados al tema (cf. Eclo 6,5-17; 12,8-12; 22,19-26; 37,1-6). Ningún otro autor bíblico trata tan ampliamente sobre ella como Ben Sira:
"Un amigo fiel es un refugio seguro, y quien lo encuentra ha encontrado un tesoro. Un amigo fiel no tiene precio y su valor es incalculable" (Eclo 6,14-15).
¿Por qué tanto valor? Porque el verdadero "amigo ama en toda ocasión" (Prov 17,17). La Biblia nos da el paradigma en David y Jonatán: una amistad nacida de un brote espontáneo (1 Sam 18,1-4), probada en la adversidad (1 Sam 19-20), fiel hasta la muerte (2 Sam 1,25-26) y custodiada en la memoria del corazón (2 Sam 9,1; 21,7).
La verdadera amistad, nos recuerda el mismo Sirácida, se alimenta del temor de Dios (cf. Sir 6,16-17). Y es que el modelo y la fuente de toda amistad es la que Dios mismo ha querido sellar con el hombre: con Abrahán, llamado "amigo de Dios" (Is 41,8; cf. Gn 18,17; St 2,23), con Moisés, con quien hablaba "cara a cara, como habla un hombre con su amigo" (Ex 33,11), y con los profetas, sus confidentes (cf. Am 3,7).
Al enviar a su Hijo al mundo, Dios se mostró definitivamente "amigo de los hombres" (cf. Tit 3,4). En los Evangelios, el vocablo griego filía y el verbo agapaô expresan ese querer profundo. Pero es en el Evangelio de Juan donde la amistad alcanza su plenitud teológica (Jn 15,12-17). Insertado en la alegoría de la vid y los sarmientos, Jesús revela el paso decisivo: "Ya no os llamo siervos... a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15,15).
Para Juan, la amistad tiene una medida: el amor que entrega la vida. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13). Cristo ha superado esta prueba por nosotros, y su amistad se hace salvación. De ahí nace el mandamiento nuevo: "que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros" (Jn 13,34).
LA AMISTAD EN LA VIDA DEL SACERDOTE
Si esto es verdad para todo cristiano, lo es de modo particular para el sacerdote. El presbítero ha sido configurado con Cristo Amigo. El sacerdote no puede vivir su ministerio en la soledad afectiva o en el aislamiento. Sin amigos, el presbiterio se vuelve funcional y el corazón se enfría. Necesitamos tres círculos de amistad:
1. La amistad con Cristo, que es la primera y fundamental. Es la que se cultiva en la oración y en la Eucaristía diaria. Sin esta amistad, las demás se vuelven dependencia.
2. La amistad sacerdotal, la fraternidad sacramental. El Concilio Vaticano II nos recuerda que formamos un verdadero presbiterio, una fraternidad (cf. Presbyterorum Ordinis, 8). La amistad entre sacerdotes no es opcional, es custodia del ministerio. Un hermano sacerdote que corrige, que anima, que reza por el otro, es un verdadero refugio seguro. ¡Cuántos peligros, cuántas tentaciones contra el celibato, contra la tristeza, contra el activismo, se evitan con un buen amigo sacerdote!
3. La amistad con el Pueblo de Dios, vivida con madurez y caridad pastoral. El sacerdote es padre y pastor, pero también puede y debe tener amigos laicos que le enseñen a ser humano, a ser hijo, a ser hermano. Una amistad que no es clericalismo ni confusión de roles, sino testimonio de que la caridad pastoral también es amistad ofrecida.
En tiempos de crisis vocacional y de tantas heridas por la soledad, redescubrir la amistad como virtud sacerdotal es urgente. Un sacerdote sin amigos es un sacerdote en peligro. Un sacerdote con amigos fieles, en cambio, tiene un tesoro que sostiene su fidelidad y hace creíble su predicación, porque demuestra que el Evangelio sí es capaz de generar hermanos y amigos hasta dar la vida.
P. JOSÉ ANTONIO DÍAZ HERNÉNDEZ
Diócesis de Santa Marta
Jue 10 Sep 2026
Por D.P. Bernardo Vanegas Luque - La sinodalidad no termina cuando acaba una reunión. El verdadero desafío comienza cuando lo escuchado transforma nuestra manera de participar, decidir y vivir como Iglesia.
La Secretaría General del Sínodo dio a conocer nuevos informes de los Grupos de Estudio 6 y 7, que profundizan en dos ámbitos concretos de la vida de la Iglesia: las relaciones entre obispos, vida consagrada, asociaciones y movimientos eclesiales, y la manera de vivir las visitas ad limina de los obispos a Roma.
Aunque se trata de propuestas que continúan su proceso de estudio y discernimiento y no de nuevas normas para la Iglesia, los documentos permiten observar una cuestión fundamental de la actual fase de implementación del Sínodo: ¿cómo llevar la experiencia de escucha, participación y discernimiento vivida durante el proceso sinodal a las relaciones, estructuras y prácticas habituales de la Iglesia?
Una sinodalidad que llega a la vida cotidiana
Durante los últimos años, millones de personas participaron en encuentros, consultas, asambleas y espacios de conversación en el Espíritu. Sin embargo, el camino sinodal no termina con la realización de estos encuentros.
La fase de implementación invita a preguntarnos qué está cambiando en nuestra manera de ser Iglesia.
Uno de los informes propone avanzar hacia una verdadera “conversión relacional”: una transformación de las relaciones entre obispos, vida consagrada, asociaciones, movimientos y nuevas comunidades basada en la confianza, la escucha recíproca y el intercambio de dones.
Esta conversión no se refiere únicamente a las actitudes personales. También puede encontrar expresión en los lenguajes que utilizamos, los espacios de encuentro, los procesos de formación y las estructuras mediante las cuales participamos en la vida y misión de la Iglesia.
Entre las propuestas estudiadas aparecen encuentros periódicos, procesos de formación compartidos, protocolos de colaboración, una participación más significativa de los distintos sujetos eclesiales en organismos de discernimiento y decisión, y mecanismos que favorezcan la transparencia y la rendición de cuentas.
Corresponsables, pero no todos de la misma manera
Una expresión ayuda especialmente a comprender este horizonte: “corresponsabilidad diferenciada”.
La sinodalidad no significa que todos deban realizar las mismas funciones ni que desaparezcan las diferencias entre vocaciones, carismas, ministerios y responsabilidades.
Obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y fieles laicos participan de maneras diferentes en la vida de la Iglesia, pero todos están llamados, desde su propia vocación, a contribuir a una misma misión.
Por eso, corresponsabilidad no significa simplemente distribuir tareas. Significa reconocernos mutuamente como miembros del Pueblo de Dios que han recibido dones distintos y que están llamados a ponerlos al servicio de la misión.
También las estructuras pueden aprender a escuchar
El segundo informe, dedicado a las visitas ad limina, ofrece otro ejemplo significativo. Estas visitas son realizadas periódicamente por los obispos a Roma y expresan de manera particular la comunión de las Iglesias locales con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia universal.
Entre las propuestas estudiadas aparece la posibilidad de que su preparación involucre más ampliamente a la Iglesia local, de manera que no se limite a la elaboración de informes, sino que pueda convertirse también en una oportunidad para escuchar, evaluar y discernir el camino recorrido.
La propuesta invita incluso a observar qué transformaciones se están produciendo en las estructuras diocesanas, en los procesos de toma de decisiones y en las relaciones entre los distintos miembros del Pueblo de Dios.
De esta manera aparece una idea sencilla pero profunda: la sinodalidad no consiste solamente en crear nuevos espacios de escucha. También invita a que nuestras estructuras habituales aprendan a escuchar, discernir y favorecer la participación.
¿Qué significa esto para los laicos?
Para los fieles laicos, estas reflexiones tienen consecuencias muy concretas. Una Iglesia más sinodal no significa simplemente tener más oportunidades para expresar una opinión. Desde el Bautismo, cada fiel participa de la vida y misión de la Iglesia y está llamado a poner sus capacidades, experiencia, conocimiento y dones al servicio de la comunidad.
Esto supone poder escuchar y ser escuchado, participar en los procesos de discernimiento que correspondan, colaborar responsablemente en la misión y contribuir, según la propia vocación y responsabilidad, a la vida de la comunidad.
Consejos pastorales y económicos, equipos parroquiales y diocesanos, movimientos, pequeñas comunidades, procesos de evangelización y otras instancias de participación pueden convertirse en verdaderas escuelas de sinodalidad cuando no funcionan solamente para distribuir tareas, sino también para escuchar, discernir y caminar juntos.
Pero la corresponsabilidad tiene dos direcciones. Una Iglesia sinodal necesita pastores dispuestos a escuchar y favorecer una participación auténtica. Al mismo tiempo, necesita laicos dispuestos a formarse, escuchar a los demás, asumir responsabilidades, discernir en comunidad y poner sus propios dones al servicio de la misión.
La participación sinodal, por tanto, no consiste únicamente en preguntar: “¿me escuchan?”, sino también: “¿cómo estoy contribuyendo a la misión que compartimos?”.
Una pregunta para nuestras comunidades
La fase de implementación del Sínodo ofrece una oportunidad para mirar con sencillez nuestra propia realidad. En nuestras parroquias, comunidades y jurisdicciones eclesiásticas podemos preguntarnos:
¿Los diferentes miembros de la comunidad son solamente destinatarios de las actividades pastorales o encuentran también espacios adecuados para participar, según su vocación y responsabilidad, en el discernimiento, realización y evaluación de la misión?
No existe una única respuesta ni un modelo idéntico para todas las Iglesias locales. Cada comunidad deberá discernir sus propios caminos.
Lo importante es comprender que la sinodalidad no termina cuando finaliza una asamblea o una conversación en el Espíritu. Poco a poco está llamada a convertirse en una manera habitual de relacionarnos, discernir, participar y asumir juntos la misión.
Ese es uno de los grandes desafíos de la etapa que ahora recorre la Iglesia: pasar de haber vivido experiencias sinodales a aprender, cada vez más, a ser una Iglesia sinodal.
Fuentes:
Secretaría General del Sínodo: propuestas de los Grupos 6 y 7: https://www.synod.va/es/news/acuerdos-obligatorios-con-los-institutos-religiosos-delegaciones.html
Vatican News en español:
https://www.vaticannews.va/es/vaticano/news/2026-09/sinodo-publicados-informes-relaciones-obispos-vida-consagrada.html
Bernardo Vanegas Luque
Diácono Permanente
Director Dpto. Animación de la Comunión y la Sinodalidad
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