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catolicismo

Mar 27 Oct 2026

¿Cómo seguir transmitiendo la fe en este cambio de época? Claves del documento “Venite ad Me”, del Dicasterio para la Doctrina de la Fe

El 22 de octubre de 2026, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, con la aprobación del Santo Padre, dio a conocer el documento Venite ad Me, que ofrece algunas consideraciones para seguir transmitiendo la fe en una sociedad cada vez más secularizada.La reflexión parte de una pregunta fundamental para la misión evangelizadora de la Iglesia: ¿cómo anunciar a Jesucristo y favorecer la transmisión de la fe cuando esta ya no puede darse por supuesta como parte de la herencia cultural y de la vida familiar?¿Se ha debilitado la transmisión de la fe en la familia?En alguna ocasión, el papa Benedicto XVI afirmó: “Cuando, en la percepción de muchos, la fe católica ya no es patrimonio común de la sociedad (…), difícilmente podrá llegar al corazón mediante simples discursos o exhortaciones morales, y menos aún a través de referencias genéricas a los valores cristianos. La apelación valiente e íntegra a los principios es esencial e indispensable; sin embargo, la simple enunciación del mensaje no llega hasta lo más profundo del corazón de la persona, no toca su libertad ni transforma su vida. Lo que fascina es, sobre todo, el encuentro con personas creyentes que, mediante su fe, atraen hacia la gracia de Cristo y dan testimonio de Él”.Estas palabras, pronunciadas por Benedicto XVI el 13 de mayo de 2010, en Fátima, ofrecen una clave para comprender la preocupación que atraviesa el documento Venite ad Me: la necesidad de renovar la evangelización y recuperar la centralidad del encuentro personal con Jesucristo.En efecto, el documento constata una crisis en la transmisión generacional de la fe, especialmente en las sociedades de antigua tradición cristiana. En muchos contextos, ya no es posible dar por supuesta la transmisión de la fe en el ámbito familiar. Esta realidad invita a fortalecer el acompañamiento pastoral y a buscar nuevas formas de anunciar a Jesucristo, sin dejar de reconocer la importancia insustituible de la familia en la educación cristiana.Como recuerda la exhortación apostólica Evangelii gaudium, del papa Francisco, “Tampoco podemos ignorar que en las últimas décadas se ha producido una ruptura en la transmisión generacional de la fe cristiana en el pueblo católico”. El documento señala, además, que muchas personas se sienten desencantadas y dejan de identificarse con la tradición católica, mientras aumenta el número de padres que no bautizan a sus hijos ni les enseñan a rezar.No se trata, por tanto, de afirmar que la familia haya dejado de ser un lugar de transmisión de la fe, sino de reconocer que esta tarea ya no puede darse por descontada y que necesita ser acompañada, fortalecida y renovada.Al centro está de nuevo el primer anuncio: el kerigmaLa preocupación por renovar la transmisión de la fe ya estaba presente en el magisterio del papa Francisco, quien solicitó al Dicasterio para la Doctrina de la Fe una reflexión sobre esta cuestión. Posteriormente, el papa León XIV retomó esta urgencia en su discurso a los obispos italianos, en junio de 2025, al insistir en la necesidad de poner a Jesucristo en el centro del anuncio y de la existencia cristiana.En aquella ocasión, el Santo Padre señaló la importancia de ayudar a las personas a vivir una relación personal con Cristo para descubrir la alegría del Evangelio. En un contexto de gran fragmentación, insistió en la necesidad de volver a los fundamentos de la fe, al kerigma, como primer compromiso que impulsa todos los demás.En esta misma perspectiva, Venite ad Me propone volver al kerigma, es decir, al anuncio de lo esencial de la fe. Se trata de reconocer que las referencias a los valores morales y las exhortaciones a los principios cristianos, aun siendo importantes, no pueden dar por supuesto aquello que es previo y fundamental: el encuentro con Cristo.Para transmitir la fe hoy no basta con enseñar un conjunto de contenidos doctrinales o de informaciones religiosas, como podía suceder hace varias décadas, cuando el Evangelio se “respiraba” cotidianamente en la familia y en la sociedad.Volver al kerigma significa poner en el centro el anuncio de que Dios nos ama, que Jesucristo entregó su vida por nuestra salvación, resucitó y permanece vivo y presente en medio de nosotros. No se trata de restar importancia a la formación doctrinal, sino de reconocer que esta debe estar vinculada con el encuentro personal con Cristo y con una experiencia de fe capaz de transformar la vida.¿Cuáles son las consideraciones para seguir transmitiendo la fe?El documento invita a reconocer los espacios y las experiencias que hacen posible el encuentro con Cristo y favorecen una transmisión viva de la fe.En primer lugar, destaca la importancia de la familia y de la comunidad eclesial. Como señala el número 30, mientras la Iglesia está llamada a comunicar y hacer resplandecer la luz de Cristo, “la familia constituye el primer y más esencial lugar de transmisión de la fe”.Este desafío exige acompañar a las familias y ayudarles a descubrir que la transmisión de la fe no se reduce a comunicar conocimientos religiosos. También supone enseñar a orar, compartir la vida cristiana, celebrar la fe y dar testimonio de ella mediante las decisiones cotidianas y el servicio a los demás.De igual manera, resulta fundamental el testimonio de las personas que han experimentado el encuentro con Cristo o han redescubierto una relación viva con Él. Sus experiencias pueden convertirse en una invitación para que otros se acerquen a la fe y descubran la presencia de Dios en sus propias vidas.Por eso, la transmisión de la fe no puede depender únicamente de discursos, actividades formativas o estrategias de comunicación. Necesita comunidades acogedoras en las que el anuncio del Evangelio se haga visible mediante relaciones fraternas, el acompañamiento personal, la celebración de los sacramentos y el compromiso con quienes más sufren.La tarea evangelizadora implica, en definitiva, crear condiciones para que las personas puedan encontrarse con Jesucristo, profundizar en su relación con Él y descubrir cómo la fe ilumina sus decisiones, sus relaciones y su compromiso con los demás.El aporte de la Conferencia Episcopal de ColombiaEl documento recoge testimonios personales y eclesiales que permiten comprender los desafíos de la transmisión de la fe en distintos contextos culturales. Para su elaboración, numerosas conferencias episcopales enviaron materiales y experiencias que contribuyen a enriquecer la reflexión.En Colombia, como en otros lugares, los abuelos desempeñan un papel significativo al suplir, en algunos casos, las carencias de la catequesis en el hogar, junto con el acompañamiento de las parroquias. En otros contextos, las condiciones culturales pueden influir incluso en el momento en que las familias solicitan el Bautismo para sus hijos, como se señala en el caso de algunas comunidades de la Amazonía peruana.Estas experiencias muestran que la transmisión de la fe ya no puede considerarse un proceso automático. La realidad de cada comunidad exige discernir cómo anunciar el Evangelio, acompañar a las familias y favorecer experiencias significativas de encuentro con Cristo.Entre los testimonios recogidos en el documento también se encuentra una experiencia procedente de Colombia que ilustra la fuerza transformadora del anuncio cristiano. Se trata de una persona que, después de atravesar situaciones de drogadicción, delincuencia y desamparo, encontró un camino de conversión gracias al acompañamiento de una fundación cristiana. La oración del rosario, la lectio divina y la Eucaristía fueron elementos importantes en su proceso de transformación. Posteriormente, esta persona llegó a convertirse en misionera y comenzó a acompañar a otros jóvenes.Este testimonio permite reconocer que la transmisión de la fe no se limita a la infancia ni termina con la catequesis sacramental. El encuentro con Cristo puede abrir nuevos horizontes en distintas etapas de la vida, especialmente cuando está acompañado por una comunidad que acoge, escucha y ayuda a reconstruir la esperanza.La experiencia colombiana pone así de relieve dos desafíos complementarios: fortalecer la transmisión de la fe en el ámbito familiar y comunitario, y promover procesos de evangelización capaces de acompañar a quienes buscan un sentido para su vida, atraviesan situaciones difíciles o desean reencontrarse con Dios.Signos de esperanza para una nueva etapa evangelizadoraLa situación actual de la Iglesia no debe conducir a la desesperanza. Por el contrario, el cambio de época puede convertirse en una oportunidad para una adhesión a la fe más consciente, libre y convencida.Los obispos de Bélgica destacan que esta situación permite a las personas elegir conscientemente profundizar en su fe. En una perspectiva semejante, los obispos de Chile señalan que la fe ya no puede presuponerse como una herencia cultural estable ni como una adhesión espontánea a un universo simbólico compartido. Se presenta, más bien, como una propuesta que debe ser acogida libremente y acompañada mediante procesos que tengan sentido para la vida.En este contexto, resulta especialmente esperanzador el aumento de conversiones y retornos a la Iglesia, particularmente entre jóvenes y adultos jóvenes. Francia constituye un ejemplo notable: en 2026, el número de adultos bautizados creció un 28 % respecto al año anterior y superó en más de tres veces la cifra registrada en 2016. La mayoría de quienes solicitan el Bautismo tiene menos de 40 años, y aproximadamente la mitad está entre los 18 y los 25 años.Entre las motivaciones para acercarse a la fe se encuentran las crisis personales, como el duelo o la enfermedad; las experiencias espirituales y de belleza, y el encuentro con otros creyentes, tanto presencialmente como a través de las redes sociales.Estos signos invitan a reconocer que, incluso en sociedades marcadas por la secularización, siguen existiendo búsquedas espirituales y oportunidades para anunciar el Evangelio. La respuesta de la Iglesia está llamada a integrar el anuncio explícito de Jesucristo, el testimonio de vida, el acompañamiento y el compromiso con los demás, sin reducir la misión a una estrategia de conservación institucional.Volver a Cristo para renovar la transmisión de la feEl documento Venite ad Me invita, en definitiva, a iniciar una nueva etapa evangelizadora, como ya lo había pedido el papa Francisco en Evangelii gaudium y ha reiterado el papa León XIV.La misión de la Iglesia no puede reducirse a conservar lo recibido ni a transmitir contenidos de manera aislada: está llamada a anunciar a Jesucristo, propiciar el encuentro con Él y dar testimonio de una fe que transforma la vida.En este cambio de época, el desafío no consiste solamente en encontrar nuevas formas de comunicar el Evangelio, sino en hacer visible, mediante familias acompañadas y comunidades acogedoras y misioneras, la alegría de haber encontrado a Cristo.Volver al kerigma es, por tanto, volver al corazón de la fe y de la misión de la Iglesia: anunciar a Jesucristo para que cada persona pueda encontrarse con Él, acoger libremente su amor y descubrir la esperanza que nace del Evangelio.

Vie 6 Oct 2017

Tips pastorales católicos

Por: Mons. Luis Fernando Rodríguez Velásquez - No deja de ser significativo constatar cómo la semilla de la religión católica salió a flote cuando recibimos al papa Francisco en Colombia. Hay una serie de elementos constitutivos del catolicismo que, consciente o inconscientemente, aparecen en momentos fuertes de la vida del creyente. Una misma profesión de fe, la acogida y vivencia de todos los sacramentos y el respeto y seguimiento del régimen eclesiástico, hacen que el creyente esté en comunión con la Iglesia católica. Son evidentes y necesarios también, el amor a la Eucaristía, la devoción mariana, el respeto y sentimientos de filiación y afecto al Papa, sea quien sea, en este caso, el Papa Francisco. Fue muy difícil que alguien en Colombia, por convicción o por simple curiosidad, no hubiera seguido algún momento de la visita del Romano Pontífice. Cómo no agradecer aquí a todos los medios de comunicación que lograron finalmente entender el sentimiento religioso de un pueblo, que sin temor alguno, salió a las calles, colmó escenarios y elevó incesantes plegarias a Dios por el buen éxito de la visita del Papa. Lo que viene es más complejo. La emoción de la visita no se puede quedar en un sentimiento que puede resultar pasajero. La visita del Papa tiene que ayudarnos a iniciar algo nuevo. Un antes y un después de la visita, tiene que ser la consecuencia de un esfuerzo tan grande en favor nuestro, como el que hizo Papa, anciano en años (81), pero joven en espíritu y vitalidad. Los católicos, que experimentamos el amor que Dios tiene a su Iglesia, es decir a nosotros, no podemos seguir siendo los mismos. Ser católicos de verdad, animados por el mensaje del Papa, significa que asumamos el reto de vivir con coherencia nuestra fe, que no nos de miedo salir a callejear esa misma fe y que con la fuerza que viene de lo alto, seamos los artesanos de la paz y de la reconciliación en un país que requiere de grandes dosis de esperanza. Si en Cali acogimos al Papa en nuestros corazones, su palabra deberá ser la guía de nuestro caminar. Con orgullo, pero a la vez con humildad, nos sentimos de verdad católicos. Al Papa agradecemos sus orientaciones, sus enseñanzas, sus reclamos, sus signos de cercanía y de amor. Sentimos que el Papa cumplió radicalmente el objetivo de su viaje: “He venido hasta aquí justamente para confirmarlos en la fe y en la esperanza del Evangelio: manténganse firmes y libres en Cristo, firmes y libres en Cristo, porque toda firmeza en Cristo nos da libertad, de modo que lo reflejen en todo lo que hagan. Asuman con todas sus fuerzas el seguimiento de Jesús, conózcanlo, déjense convocar e instruir por Él, búsquenlo en la oración y déjense buscar por él en la oración, anúncienlo con la mayor alegría posible” (Homilía en Medellín). +Luis Fernando Rodríguez Velásquez Obispo Auxiliar de Cali

Vie 14 Jul 2017

Es urgente formar e integrar a los laicos

Por: Mons. Ricardo Tobón Restrepo - El mundo en que vivimos sufre grandes y profundas transformaciones. En él, la Iglesia de Cristo debe anunciar la propuesta de plena realización humana y social que contiene el Evangelio. Esto implica renovar el compromiso apostólico, expresar adecuadamente el mensaje, encontrar nuevas formas para llegar a los distintos sectores; más aún, encarnar fecundamente la vida cristiana en la sociedad. Pero esto no es posible hacerlo sino en y a través de personas concretas. Por eso, uno de los más grandes y urgentes desafíos hoy es la formación integral y la participación de los fieles laicos. El catolicismo sociológico se cae a pedazos; de esa estructura viven cada vez menos personas. Es preciso entonces construir desde la base, antes de que sea tarde, una comunidad de discípulos de Cristo que viva a plenitud la fe y que con ella impregne la realidad de la familia, de la educación, del trabajo, de la política, de la economía, con la naturalidad de una lámpara que una vez encendida va poniendo mansamente su luz en todo lo que la rodea. Esto implica un proceso orgánico, progresivo, personal y comunitario de formación del laicado. A partir del Concilio Vaticano II se han abierto enormes posibilidades y perspectivas para que los laicos se integren y participen en la vida y misión de la Iglesia con la condición profética, sacerdotal y pastoral que les ha dado el Bautismo. Todos tenemos que contemplar con agradecimiento y alegría lo que el Señor ha venido haciendo en nuestra Arquidiócesis con muchos laicos: crece su empeño en formarse, despiertan su sentido de pertenencia a la Iglesia, se vinculan fructuosamente a diversos servicios en las parroquias, influyen de diversas maneras en la transformación de la sociedad, buscan la santidad. Sin embargo, a la vez, debemos constatar con honda preocupación la realidad de tantos bautizados que no salen de una gran ignorancia con relación a lo esencial de la vida cristiana, que mantienen una incomprensible pasividad y que encerrados en su aislamiento no se afanan por integrarse a un proceso de evangelización, por aprovechar la ayuda de sus hermanos y por testimoniar la alegría del Evangelio. Esto no puede seguir así. Una tarea urgente en la Iglesia es ayudar a todos los fieles a crecer en el sentido de responsabilidad frente al seguimiento de Cristo y frente a la misión que de él hemos recibido. En la historia de la Iglesia hay momento es que hay penumbras y son más difíciles las pruebas. Ante esas situaciones la reacción justa no es huir ni tampoco echarnos a dormir. Por el contrario, es la hora de despertar, de crear, de apurar el paso, de asumir el futuro con más pasión. Este momento de la Iglesia necesita un acertado protagonismo y un decidido compromiso de los laicos. Ellos, como nunca, deben ser testigos de Cristo, apoyo decidido de la vida parroquial, fermento de alegría y de esperanza en sus familias y en sus barrios, constructores de un mundo nuevo. Esto implica una formación humana y cristiana recia y adecuada a los tiempos que corren. Tienen que aprender a escuchar a Dios en su Palabra, a vivir el misterio de Cristo en la liturgia, a conocer profundamente el contenido de la fe, a construir comunidad en diversos niveles, a ser competentes para anunciar el Evangelio en múltiples ambientes y campos pastorales. Esta tarea de formar sólidamente a los laicos es prioritaria para los sacerdotes pero corresponde también a los mismos laicos que deben asumir con madurez su identidad y su tarea en la Iglesia. Saludo con gozo y esperanza el número grande de laicos formados y comprometidos que tenemos; los procesos de formación que están impulsando los sacerdotes en las parroquias, los delegados de pastoral y varias instituciones arquidiocesanas; los buenos resultados de las pequeñas comunidades y de los grupos apostólicos. Pero espero que avancemos mucho más con decisión y eficacia. No podemos perder tiempo. La Iglesia necesita en este momento una participación más activa y responsable del laicado. Permitamos que en los bautizados, mujeres y hombres, se renueven hoy las maravillas de Pentecostés. + Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de Medellín