Pasar al contenido principal

templo

Mié 16 Feb 2022

Sigamos adelante con Jesucristo que ilumina nuestra vida

Por: Monseñor José Libardo Garcés Monsalve - Hemos celebrado la fiesta de la Presentación de Jesús en el templo el pasado 2 de fe­brero, en este inicio de nuestro año pastoral que tiene como lema: “Des­de el punto a donde hemos llegado, sigamos adelante” (Flp 3, 16). Esta es la fiesta de la ofrenda, la fiesta de la luz y la fiesta del encuentro, que nos ha permitido recordar y orar por el carisma de la vida consagra­da en la Iglesia y en nuestra Dió­cesis, como signo de la donación total de la propia vida al Señor. Es la fiesta de la ofrenda porque María y José presentan a Jesús en el tem­plo, atendiendo a la Ley de Moisés que ordenaba el ofrecimiento del primogénito a Dios (Ex 13,2.12). Esta fiesta anticipa y anuncia el sa­crificio redentor del Señor Jesús. El niño que ahora es ofrecido por sus padres, Él mismo se ofrecerá más tarde en la Cruz para aniquilar al diablo, autor de la división y des­trucción del ser humano. Esta ofrenda se convierte en un misterio de amor destinado a ser luz para los pueblos, la luz que guiará a los hombres a ser fieles a Dios, amándolo sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo, que nos permite tener la luz de la vida. Así lo expresa Jesús mismo en el Evangelio cuando afirma: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12), indicando con ello que Jesús es la luz que nos acompaña, porque quien está con Él es capaz de reci­bir la sabiduría que viene de lo alto para iluminar toda su vida, su com­portamiento y su caminar ilumina­do por su Palabra, como lo expresa el salmista: “Tu Palabra es antorcha para mis pasos, y luz para mis ca­minos” (Sal 119 (118), 105), de tal manera que quien deja iluminar sus pasos por Jesucristo, es capaz de se­guir adelante fortalecido por la fe, la esperanza y la caridad, para ser también luz para los hermanos. Dejémonos iluminar por la luz ver­dadera que introduce en nuestro co­razón el gran acontecimiento del en­cuentro con Jesús que nos purifica y nos hace dignos para participar de la Eucaristía. En cada Eucaristía Je­sús nos encuentra para alimentarnos con su cuerpo y con su sangre, para darnos la luz y que a la vez noso­tros nos convirtamos en luz para el mundo, con un corazón humil­de y sencillo, como el de Jesús, para acercar­nos a quienes sufren y sobre todo a los que están en la oscuridad del pecado. Sin Jesús que es la luz del mundo, todos vi­viríamos en la oscuridad espiritual. No conseguiríamos ver el camino que nos conduce al Padre. Jesús vino para iluminar nuestra vida. Él vino para mostrar que en Él te­nemos la salvación eterna. Cuando Jesús murió en la cruz, pagó la pena que merecíamos por nuestros peca­dos. Así iluminó todas las personas con la luz del perdón. Por eso abra­mos el corazón a la gracia para que Cristo ilumine nuestros pasos hoy y siempre y con nosotros ilumine el mundo que camina en tinieblas y está necesitado de la luz que ilumi­na y transforma la vida de cada ser humano que se abre a su gracia. Fortalecidos por la luz de Cristo que ilumina nuestras vidas, tenemos el reto de seguir adelante, valoran­do lo que hemos recibido hasta el momento como gracia y bendición de Dios y compartir con los otros este tesoro y riqueza de tener a Je­sús como luz que ilumina nuestros corazones, que nos alimenta con la Eucaristía y desde allí nos com­promete a todos a vivir en la cari­dad, como una manera de iluminar muchas vidas con la luz de Cristo en esta región de frontera que nos pertenece como cristianos. Así lo expresa Aparecida cuando afirma: “El encuentro con Cristo en la Eu­caristía suscita el compromiso de la evangelización y el impulso a la so­lidaridad; despierta en el cristiano el fuerte deseo de anunciar el Evan­gelio y testimoniarlo en la sociedad para que sea más justa y huma­na. De la Eucaristía ha brotado a lo largo de los siglos un inmenso caudal de caridad, de participación en las ne­cesidades de los demás, de amor y de justicia. ¡Solo de la Eucaristía brotará la civilización del amor, que transformará todos los pueblos” (DA Pág. 262). La Diócesis de Cúcuta ha tenido vocación para la caridad, por todo el compromiso solidario de los cris­tianos, sacerdotes, familias y tra­bajadores que sienten el llamado a mirar la necesidad ajena, como fruto maduro del Proceso Evange­lizador de la Iglesia Particular y de la vivencia fervorosa de la Euca­ristía. Es el momento para renovar nuestro compromiso cristiano sien­do luz para los demás no dejando apagar el cirio de la caridad que ejercitamos en bien de los más po­bres y necesitados, como expresión del encuentro con Jesucristo vivo a quien seguimos como camino, ver­dad vida. Así lo enseña Aparecida cuando nos pide la configuración con Cristo desde la caridad: “Para configurarse verdaderamente con el Maestro, es necesario asumir la centralidad del mandamiento del amor, que Él quiso llamar suyo y nuevo: ‘ámense los unos a los otros, como yo los he amado’ (Jn 15, 12). Este amor con la medida de Jesús, de total don de sí, además de ser el distintivo de cada cristiano, no pue­de dejar de ser la característica de la Iglesia, comunidad discípula de Cristo, cuyo testimonio de caridad fraterna será el primero y principal anuncio, ‘reconocerán todos que son discípulos míos’ (Jn 13, 35), (DA 138). Al comenzar este nuevo año pasto­ral, los convoco para que sigamos adelante, dejándonos orientar por la luz de Cristo que ilumina nuestros pasos y nos saca de la oscuridad que deja el mal y como fruto de su se­guimiento, alimentados por la Eu­caristía, brote un caudal de caridad en nuestra Diócesis, que nos permi­ta hacer presente el mandamiento del amor, que sea luz para muchos que viven en las tinieblas del peca­do. Que nuestra caridad sea la voz de Dios para que muchas personas amen a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismos. El camino para crecer y salvarse es vivir plenamente la caridad en la fa­milia y en la parroquia, abriendo el corazón a la necesidad ajena. Haga­mos de nuestras familias y ambien­tes parroquiales lugares de caridad que nos lleven a la salvación y que oriente la vida de muchas personas con la luz de Cristo que ilumina nuestros pasos. En unión de oracio­nes, sigamos adelante. Para todos, mi oración y mi bendición. + José Libardo Garcés Monsalve Obispo de la Diócesis de Cúcuta