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Mar adentro - blog

Vie 30 Oct 2026

EL ARS CELEBRANDI COMO PRINCIPIO RENOVADOR DE LA CELEBRACIÓN LITÚRGICA. DIAGNÓSTICO Y PROPUESTA FORMATIVA PARA LA DIÓCESIS DE SONSÓN–RIONEGRO (COLOMBIA)

Por: Jairo de Jesús Ramírez Ramírez -ResumenEl artículo presenta los resultados de una investigación teológico-pastoral que se pregunta cómo puede el ars celebrandi convertirse en principio renovador de la celebración litúrgica en una Iglesia particular. Siguiendo el método ver–juzgar–actuar, asumido como contemplar y escuchar, iluminar y discernir, y orientar e impulsar, el estudio articula tres momentos. Primero, un diagnóstico de la práctica celebrativa de la Diócesis de Sonsón–Rionegro (Colombia), basado en la memoria documental diocesana, en un ejercicio de escucha eclesial con cerca de setecientos agentes de pastoral y en la observación directa de celebraciones parroquiales; de él se derivan ocho desafíos pastorales. Segundo, una fundamentación teológica del ars celebrandi a partir de Sacrosanctum Concilium, el magisterio posconciliar y la teología litúrgica contemporánea, que permite comprenderlo como principio teológico-pastoral y no como técnica celebrativa. Tercero, la propuesta de una Escuela Diocesana de Pastoral Litúrgica como mediación formativa. El artículo sostiene que el ars celebrandi se convierte en principio renovador cuando deja de ser una noción implícita y se transforma en objeto de formación sistemática.Palabras clave: ars celebrandi; formación litúrgica; actuosa participatio; Sacrosanctum Concilium; pastoral litúrgica; Iglesia particular.1. IntroducciónLa reforma litúrgica del Concilio Vaticano II puso en el centro de la vida eclesial la participación «plena, consciente y activa» de los fieles en la celebración (SC 14). Más de sesenta años después de la promulgación de Sacrosanctum Concilium, el magisterio no ha dejado de señalar que la recepción de ese ideal depende, en buena medida, de la formación litúrgica del Pueblo de Dios. La Iglesia dispone hoy de una riqueza extraordinaria de documentos, estudios y propuestas formativas; sin embargo, ese conocimiento no siempre alcanza la vida concreta de las comunidades.En ese contexto, la noción de ars celebrandi ha adquirido un relieve particular. Presente de modo implícito en la tradición litúrgica de la Iglesia, recibe una formulación explícita en la exhortación apostólica Sacramentum Caritatis de Benedicto XVI, según la cual el ars celebrandi «proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud» (SCa 38), y es retomada por el papa Francisco en la carta apostólica Desiderio desideravi, que lo sitúa más allá tanto de la mera observancia de las rúbricas como de la creatividad arbitraria (Dd 48–49). Recientemente, León XIV ha acentuado estas orientaciones, insistiendo en la dimensión mistagógica de la liturgia y en la responsabilidad de las instancias diocesanas de pastoral litúrgica (León XIV 2025).Desde antes de su incorporación al magisterio, el concepto ha suscitado una amplia reflexión teológica. La XXXI Jornada de la Asociación Española de Profesores de Liturgia (Pamplona, 2006) le dedicó sus trabajos (AEPL 2008). En ese marco, Pedro Farnés Scherer lo leyó desde la teología de las rúbricas (Farnés Scherer 2008), Juan Javier Flores como creatividad en la fidelidad (Flores 2008), y Carlos Martínez de Tejada y Ángel Fontcuberta Díaz desde la belleza como elemento constitutivo de la celebración (Martínez de Tejada 2008; Fontcuberta Díaz 2008). Félix María Arocena lo describe como la «llave maestra» para la participación plena en el misterio de la liturgia (Arocena 2006, 89). Maurizio Barba lo vincula a la presidencia litúrgica (Barba 2016), mientras Juan José Silvestre y Aurelio García Macías subrayan su carácter mistagógico (Silvestre 2016; García Macías s. f.). Albert Malcolm Ranjith y Robert Sarah ofrecen una lectura centrada en la hermenéutica de la continuidad y en la sacralidad del rito (Ranjith 2008; Sarah 2016). En el contexto latinoamericano y colombiano, Leonardo J. Rodríguez Jiménez, Juan David Muriel Mejía y Ferney Alonso Castañeda Marín lo proponen como proceso formativo sensible a las realidades de las Iglesias locales (Rodríguez Jiménez 2011; Muriel Mejía 2018; Castañeda Marín 2022).Esa reflexión, sin embargo, se ha desarrollado sobre todo en un plano general. No se encuentran propuestas que presenten el ars celebrandi como principio de renovación de la celebración litúrgica en una Iglesia particular, con su historia, sus fortalezas, sus fragilidades y su propia manera de celebrar. Este artículo quiere contribuir a llenar ese vacío. Presenta los resultados de una investigación doctoral situada en la Diócesis de Sonsón–Rionegro, en el oriente antioqueño (Colombia), y responde a la siguiente pregunta: ¿cómo se convierte el ars celebrandi en principio renovador de la celebración litúrgica en una Iglesia particular?La investigación parte de una convicción: la liturgia no se renueva solamente mediante documentos, normas o cambios estructurales, sino cuando una comunidad aprende a celebrar el Misterio de Cristo con verdad, dignidad, participación y belleza. La hipótesis que se sostiene es que el ars celebrandi se convierte en principio renovador precisamente cuando deja de ser una noción implícita y se transforma en objeto de formación sistemática.El artículo se organiza en cinco partes. Tras exponer la metodología (apartado 2), presenta el diagnóstico de la práctica celebrativa diocesana y los ocho desafíos pastorales que de él se derivan (apartado 3). Luego ofrece la fundamentación teológica del ars celebrandi y su relación con la presidencia litúrgica (apartado 4). A continuación, describe la propuesta formativa de una Escuela Diocesana de Pastoral Litúrgica (apartado 5). Finalmente, discute la correspondencia entre diagnóstico y propuesta, los límites del estudio y sus proyecciones (apartados 6 y 7).2. MetodologíaSe trata de una investigación cualitativa, teológico-pastoral y hermenéutica, que integra análisis documental, observación de la praxis y discernimiento eclesial. Sigue el método ver–juzgar–actuar, de amplia tradición en la teología pastoral latinoamericana desde Medellín (CELAM 1968), reformulado como contemplar y escuchar, iluminar y discernir, y orientar e impulsar. Esta reformulación encuentra fundamento en el documento conclusivo de la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe, que reconoce cómo las acciones del método, relacionadas circularmente, han recibido nuevos acentos: la escucha de las voces del Espíritu, el discernimiento a la luz del Evangelio y el «desborde creativo» que abre nuevos caminos pastorales (CELAM 2021, 28).2.1. Delimitación del contextoEl horizonte inicial de la investigación era el ars celebrandi en general. Las observaciones de los evaluadores del proyecto llevaron a delimitar el contexto eclesial y a incorporar un trabajo de campo. Esta delimitación resultó decisiva: permitió pasar de una reflexión general a la pregunta por lo que significa este principio en una Iglesia concreta.La Diócesis de Sonsón fue erigida por Pío XII mediante la bula In Apostolici Muneris, el 18 de marzo de 1957 (Pío XII 1957). En 1968, Pablo VI concedió al templo de San Nicolás el Magno, en Rionegro, el título de concatedral mediante la bula Quamquam Apostoli, de donde procede la denominación conjunta de Sonsón–Rionegro (Pablo VI 1968). Según el Plan Pastoral 2026–2030, la diócesis está conformada por 75 parroquias en 21 municipios del oriente antioqueño, con una población aproximada de 728.580 habitantes; cuenta con 495 presbíteros incardinados —371 en el territorio diocesano y 124 en otras Iglesias particulares y territorios de misión—, 97 seminaristas en formación inicial, 16 diáconos permanentes y 406 religiosos y religiosas pertenecientes a 63 comunidades (Diócesis de Sonsón–Rionegro 2025, 27, 33).2.2. Fuentes documentalesPara reconstruir la memoria celebrativa de la diócesis se analizaron cinco conjuntos de fuentes:1.el Boletín Diocesano, publicado desde 1957 y que en 1971 pasó a llamarse Vida Diocesana, testigo de la preocupación constante de los obispos por la celebración litúrgica;2.dos publicaciones conmemorativas: Diócesis de Sonsón–Rionegro. 40 años de historia (Toro Rodríguez 1997) y Huellas de una Iglesia (Aristizábal 2007), escritas con ocasión de los cuarenta y cincuenta años de la diócesis;3.los Planes Diocesanos de Pastoral, sistemáticos desde 1995, junto con el Informe Pastoral 2011–2016, hasta el Plan Pastoral 2026–2030;4.el Directorio de Pastoral Sacramental, promulgado en 2022 (Diócesis de Sonsón–Rionegro 2022);5.la producción pastoral de los obispos, en particular la de Alfonso Uribe Jaramillo sobre el sacerdocio y la renovación carismática (Córdoba 2018) y los dos volúmenes del magisterio episcopal de Ricardo Tobón Restrepo (Tobón Restrepo 2010).2.3. Trabajo de campoA la memoria documental se sumaron dos instrumentos de campo, aplicados a lo largo de 2025 y sistematizados en un documento de uso interno.El ejercicio de escucha eclesial consultó a cerca de setecientas personas —sacerdotes, diáconos permanentes, seminaristas, religiosos y religiosas, ministros extraordinarios de la comunión, sacristanes y otros laicos— en diversos encuentros del calendario diocesano. El instrumento retomó selectivamente tres categorías del análisis FODA (fortalezas, debilidades y desafíos), sin aplicar la herramienta en su forma completa, y se dinamizó mediante dos preguntas orientadoras: ¿qué significa para usted celebrar la liturgia? y ¿cómo percibe la celebración litúrgica en su parroquia? Las respuestas se sistematizaron y categorizaron según los componentes de la celebración —asamblea, ministros, Palabra de Dios, acciones y símbolos, canto, espacio y tiempo—, con un enfoque orientado al discernimiento más que a la medición estadística.La observación directa se realizó en el marco de las visitas pastorales del obispo a las parroquias —en particular mediante la estrategia diocesana «Vamos a visitar a los hermanos»— y de jornadas pastorales con acólitos, ministros extraordinarios de la comunión, proclamadores de la Palabra, coros y comunidades eclesiales. Incluyó celebraciones eucarísticas dominicales, sacramentos de iniciación cristiana, matrimonios, exequias y celebraciones del año litúrgico. Fue intencionalmente cualitativa y no exhaustiva, y se guio por seis criterios: la asamblea celebrante, los ministros y su modo de presidir, la proclamación de la Palabra, las acciones y los signos rituales, el canto litúrgico y el espacio celebrativo. Estos criterios no se aplicaron como lista de control técnico, sino como claves hermenéuticas para leer la celebración en su conjunto.2.4. Fundamentación teológicaEl segundo momento es de carácter hermenéutico-teológico. Se apoya en la Constitución Sacrosanctum Concilium como fuente primera y fundante, en el Catecismo de la Iglesia Católica, en el magisterio de Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y León XIV, en documentos de la Santa Sede y del episcopado latinoamericano, y en la teología litúrgica contemporánea sobre la celebración y el ars celebrandi.3. Resultados: una celebración viva que necesita ser formada3.1. Una tradición celebrativaLa historia de la diócesis muestra una preocupación constante por la celebración litúrgica. Alberto Uribe Urdaneta impulsó la predicación y el cuidado de la celebración mediante guiones homiléticos y jornadas de estudio. Alfredo Rubio Díaz introdujo con prudencia las reformas conciliares, creó las comisiones de Liturgia, Arte Sacro y Música Sacra y promovió el estudio de Sacrosanctum Concilium. Alfonso Uribe Jaramillo impregnó la acción litúrgica de su amor por el sacerdocio de Cristo y de la renovación en el Espíritu. Flavio Calle Zapata impulsó la pastoral planificada y creó la Delegación de Liturgia. Ricardo Tobón Restrepo insistió en una celebración seria, sencilla y hermosa, en el canto conforme al espíritu de la liturgia y en la calidad homilética. Fidel León Cadavid Marín promulgó el Directorio de Pastoral Sacramental.3.2. FortalezasLa celebración litúrgica constituye un rasgo identitario profundo de la diócesis. La escucha eclesial muestra una valoración profundamente positiva de la liturgia como lugar de encuentro con Cristo: aun sin un lenguaje teológico elaborado, los fieles la experimentan como momento fontal que renueva la vida y como centro irrenunciable de la vida cristiana dominical, expresión del sensus fidei del Pueblo de Dios (Comisión Teológica Internacional 2014). La observación directa confirma una alta frecuencia celebrativa y una participación significativa, especialmente en la Eucaristía dominical, las solemnidades y las celebraciones sacramentales, así como experiencias celebrativas preparadas, solemnes y bellas, con uso fiel de los libros litúrgicos. La liturgia ha sido, para muchas generaciones de esta Iglesia particular, una verdadera hoguera encendida en medio de la casa de Dios: un fuego en el que se han calentado familias y comunidades enteras. A ello se suma una notable fecundidad vocacional.Por eso, el problema de investigación no parte de una ausencia de vida litúrgica, sino de la necesidad de cuidar, profundizar y formar la vida litúrgica que ya existe.3.3. FragilidadesLos planes pastorales registran, de manera reiterada, tensiones en la vida litúrgica. El Plan 1995–2000 reconocía la necesidad de «dar un mayor sentido litúrgico y unidad a las celebraciones» (Diócesis de Sonsón–Rionegro 1994, 71). El de 2001–2005 señalaba «una deficiente educación en la fe» (Diócesis de Sonsón–Rionegro 2000, 54). El de 2006–2010 diagnosticaba «una liturgia rutinizada, con participación muy pasiva» (Diócesis de Sonsón–Rionegro 2005, 5). El de 2011–2015 afirmaba que «nuestras celebraciones se tornan, en ocasiones, rutinarias; la gente no participa como debiera y muchos no comprenden el valor y significado de los ritos» (Diócesis de Sonsón–Rionegro 2010, 78). Y el Informe Pastoral 2011–2016 reconocía que «la pastoral litúrgica no alcanzó las metas» (Diócesis de Sonsón–Rionegro 2016, 253). Resulta además revelador que el Plan Pastoral 2026–2030, pese a su riqueza sinodal, mencione la liturgia una sola vez, para fundamentar la centralidad de la Eucaristía (Diócesis de Sonsón–Rionegro 2025, 81).El trabajo de campo confirma y precisa estas percepciones. La escucha señala la falta de formación litúrgica de ministros y fieles, la improvisación, celebraciones poco expresivas, homilías moralizantes o normativas más que formativas, cantos inapropiados —sobre todo en matrimonios y exequias—, el afán de protagonismo de algunos ministros laicos, la escasez de silencio y de servidores, y la diversidad de criterios entre parroquias. La observación directa constata la introducción de textos ajenos a los libros litúrgicos, modificaciones arbitrarias de la estructura celebrativa, presidencias con exceso de intervenciones verbales que fragmentan el ritmo, homilías poco preparadas, cantos que no corresponden al tiempo litúrgico ni al rito, un ritmo acelerado con escasos espacios de silencio, gestos poco expresivos, libros litúrgicos desactualizados y ornamentos que no favorecen la dignidad del signo.Entre ambos instrumentos se da una convergencia sustancial: los mismos ámbitos críticos señalados en la escucha —presidencia, uso de los libros, homilía, música y coherencia simbólica— aparecen descritos en la observación. Las dificultades del ars celebrandi no son, por tanto, meramente perceptivas, sino constatables en la práctica. Y no proceden, en general, de una voluntad de transgresión, sino de una formación litúrgica insuficiente y fragmentaria.La diócesis cuenta con un marco normativo valioso en su Directorio de Pastoral Sacramental, que reclama «seriedad, unidad y fidelidad ritual» (Diócesis de Sonsón–Rionegro 2022, 30). Pero el diagnóstico muestra que la norma, por sí sola, no forma sujetos capaces de celebrar. Es necesario que la norma se convierta en conocimiento, el conocimiento en criterio, el criterio en hábito y el hábito en una verdadera cultura celebrativa. La lectura transversal de los datos pone de manifiesto un problema estructural: la diócesis no dispone de un proceso formativo orgánico y permanente que permita comprender, vivir e implementar el ars celebrandi.3.4. Ocho desafíos pastoralesDel análisis se desprenden ocho desafíos pastorales:1.profundizar la comprensión teológica de la liturgia, frente a su reducción a un acto funcional, devocional o social;2.reconocer y educar al sujeto celebrante como asamblea eclesial, frente a la pasividad y la delegación excesiva en el ministro ordenado;3.reafirmar la sacramentalidad de la celebración litúrgica, debilitada por la improvisación y la alteración arbitraria del rito;4.impulsar una formación para la liturgia y desde la liturgia, frente a una formación fragmentaria u ocasional;5.reintegrar el año litúrgico como eje estructurante de la acción evangelizadora;6.cuidar el dinamismo celebrativo y el lenguaje simbólico;7.promover la actuosa participatio desde el ars celebrandi;8.formar el sentido eclesial de la celebración, frente a la diversidad de criterios y los protagonismos indebidos.Estos desafíos constituyen el puente entre el diagnóstico y la propuesta: se convierten en criterio para el diseño de la mediación formativa que se presenta en el apartado 5.4. Fundamentación teológica del ars celebrandi4.1. La liturgia en la historia de la salvaciónLa liturgia se sitúa en la historia de la salvación y tiene su centro en el misterio pascual de Cristo. Sacrosanctum Concilium presenta la obra redentora de Cristo como cumplimiento del designio divino preparado en la Antigua Alianza y realizado plenamente en el misterio pascual (SC 5). El Catecismo profundiza esta misma verdad: Cristo continúa haciendo presente su misterio pascual en la liturgia (CCE 1085).Por eso, celebrar no significa simplemente realizar correctamente una serie de acciones religiosas, sino entrar sacramentalmente en el Misterio.4.2. La celebración como acción ritual de la IglesiaJean Corbón describe la celebración como «un momento fontal en que el Río de la Vida renueva, hace crecer y vivifica los árboles de Vida» (Corbón 2009, 120). Félix María Arocena la comprende como «la acción ritual que realiza la Iglesia cuando conmemora el Sacrificio pascual de Cristo, en su de una vez por todas histórico (éphapax), para hacerlo sacramentalmente presente en el cada vez litúrgico (hosákis), en el cada vez de una celebración en provecho de la asamblea» (Arocena 2006, 67).Desde esta perspectiva, la celebración es obediencia al mandato del Señor: «Hagan esto en conmemoración mía» (Lc 22,19). Para que el Misterio acontezca sacramentalmente concurren tres dimensiones inseparables: anámnesis, epíclesis y doxología. La anámnesis —categoría de raíz bíblica (zikkaron), recuperada por Odo Casel (Casel 2001)— no es un recuerdo psicológico, sino la actualización sacramental del acontecimiento pascual de Cristo en el hoy de la celebración (CCE 1104), en la que el éphapax histórico se hace presente en el hosákis de cada celebración (Arocena 2006, 70). Esta categoría fue una de las aportaciones más sobresalientes de la teología del siglo XX y hoy está presente en todas las Plegarias Eucarísticas del Misal Romano.4.3. Rito, símbolo, asamblea y tiempoLa celebración posee además una matriz simbólica. Si la celebración es la acción que pone en acto la liturgia, el rito es la acción que pone en acto la celebración. Para Arocena, el rito hace relación a regla, orden y ritmo, y se despliega mediante una gama de códigos comunicativos —la palabra, el gesto, el canto, el silencio, las vestiduras, la luz, los aromas— que involucran todos los sentidos (Arocena 2006, 112). El rito no es un obstáculo para la participación, sino la forma concreta mediante la cual la Iglesia custodia y comunica el Misterio. En palabras de Francisco, «el rito es en sí mismo una norma, y la norma nunca es un fin en sí misma, sino que siempre está al servicio de la realidad superior que quiere custodiar» (Dd 48).Por medio de los ritos y las oraciones —per ritus et preces— los fieles pueden leer por dentro el misterio de la fe (SC 48). Aquí aparece la sacramentalidad de la liturgia: lo visible remite a lo invisible sin confundirse con él. El símbolo, observa Arocena, no solo ofrece una clave de lectura de la realidad creada, sino que es una vía muy apta para conducirnos al misterio de Dios (Arocena 2008, 9–21).También aparece el sujeto de la celebración: la asamblea litúrgica. La asamblea no es una suma de individuos reunidos para asistir a un acto religioso, sino la Iglesia que celebra: un cuerpo diferenciado y jerarquizado, una comunidad sacerdotalmente constituida. El sacerdote que preside actúa in persona Christi et in nomine Ecclesiae, pero no sustituye a la asamblea. Como enseña el Catecismo, toda la asamblea es liturgo, cada cual según su función, en la unidad del Espíritu que actúa en todos (CCE 1144). Por eso la actuosa participatio no puede reducirse a hacer cosas: es una condición teológica del Pueblo de Dios bautizado.El tiempo participa de esta misma dinámica. El año litúrgico constituye una verdadera mediación sacramental del misterio pascual y permite recorrer, celebración tras celebración, el itinerario entero de la salvación (SC 102). Al mismo tiempo, la celebración tiene una dimensión escatológica: anticipa la liturgia celestial y orienta la existencia cristiana hacia su cumplimiento último (SC 8).Finalmente, la celebración no termina cuando concluye el rito: configura la vida. Es lo que llamamos espiritualidad litúrgica, la existencia cristiana que bebe de la liturgia como de su fuente y se deja modelar por ella. La recuperación de la unidad entre liturgia y vida fue una de las grandes aportaciones del Movimiento Litúrgico y encuentra su expresión magisterial en la afirmación conciliar según la cual la liturgia es «la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC 10).4.4. La naturaleza del ars celebrandiEl ars celebrandi no se agota en una definición. Benedicto XVI lo presenta como fruto de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud (SCa 38). Francisco lo vincula a la comprensión del misterio que se celebra, capaz de conjugar fidelidad a la forma ritual con la expresión del significado simbólico y de la belleza de los ritos (Dd 48–49). Los autores estudiados acentúan la presidencia, la participación, la estética, la fidelidad ritual o la sabiduría litúrgica de la Iglesia. Para Arocena es «la llave maestra para la participación plena en el misterio de la liturgia» (Arocena 2006, 89); para Flores, la liturgia es el ars artium, en el que confluyen todas las artes al servicio de la glorificación de Dios (Flores 2008, 74); Castañeda Marín lo relaciona con la fidelidad a la sabiduría litúrgica de la Iglesia (Castañeda Marín 2022). En la formación del clero en Colombia, el autor de este artículo lo ha presentado como la «forma seria, sencilla y hermosa de realizar la celebración litúrgica».Etimológicamente, ars —en griego téchne— remite a la virtud y la habilidad para hacer algo bien; santo Tomás lo define como recta ratio factibilium (Summa Theologiae I-II, q. 57). Ello confiere al ars celebrandi una orientación antropológica, sin desvincularlo de su referencia esencial al misterio. Ranjith advierte precisamente del riesgo de interpretarlo en un sentido puramente humanista, que minimice la dimensión de lo divino en favor de lo meramente funcional o expresivo (Ranjith 2008). En este diálogo conviene escuchar la lectura de Ranjith, secretario de la Congregación para el Culto Divino durante el pontificado de Benedicto XVI, y de Robert Sarah, prefecto de la misma Congregación entre 2014 y 2021, centrada en la hermenéutica de la continuidad y en la sacralidad del rito (Ranjith 2008; Sarah 2016). La investigación privilegia la lectura pastoral-participativa de la reforma del Vaticano II, pero lo hace en diálogo con esa otra lectura y no en oposición automática a ella.partir de este diálogo entre las fuentes, se propone comprender el ars celebrandi como un principio teológico-pastoral que expresa la verdad del misterio celebrado y orienta la praxis celebrativa de la Iglesia hacia una participación consciente, activa y fructuosa de los fieles. No es una técnica celebrativa ni un conjunto de habilidades externas; tampoco es creatividad arbitraria ni mera observancia formal de las rúbricas. Es una actitud que compromete al conjunto de los bautizados (Dd 51) y que integra misterio, rito, asamblea, participación, espiritualidad, formación y vida. En este sentido, se revela como clave hermenéutica de la reforma litúrgica: permite leerla no en clave de ruptura ni de mera adaptación funcional, sino como profundización en la naturaleza misma de la liturgia.4.5. Nueve dimensiones del ars celebrandiLa investigación explicita nueve dimensiones del ars celebrandi, cada una de las cuales responde a alguno de los desafíos diagnosticados:1.Teológica: el ars celebrandi se funda en el misterio pascual y restituye a la celebración su espesor doctrinal frente a su reducción funcional.2.Eclesial: la liturgia es acción pública de la Iglesia y no un acto privado; esta dimensión restituye la centralidad de la asamblea frente a la diversidad de criterios y los protagonismos.3.Sacramental: la liturgia actúa mediante signos eficaces; el cuidado de la forma ritual custodia la transparencia del signo frente a gestos rutinarios y poco expresivos.4.Pastoral: busca la participación activa, consciente y fructuosa y sitúa la celebración como fuente que alimenta la pastoral de conjunto.5.Espiritual: celebrar bien exige fe, escucha y adoración en ministros y asamblea, de modo que la liturgia configure la vida del creyente.6.Sinodal: la celebración convoca carismas y ministerios en un único acto ordenado y exige preparación compartida y corresponsabilidad.7.Formativa y académica: requiere comprender la teología, la historia, los libros y el lenguaje de la liturgia; fundamenta directamente la propuesta formativa.8.Estética: la belleza no es un adorno, sino manifestación de la gloria de Dios, frente a la pobreza simbólica y la banalización de los signos.9.Normativa: la fidelidad a las normas custodia la autenticidad de la celebración y la comunión eclesial frente a la improvisación.Estas dimensiones muestran que el ars celebrandi no pertenece exclusivamente al sacerdote que preside: compromete a toda la comunidad celebrante. León XIV, al concluir su ciclo de catequesis sobre Sacrosanctum Concilium, sintetizó este equilibrio al distinguir entre lo inmutable y lo variable en la liturgia, al afirmar que la participación de los fieles no puede ser pasiva y al pedir una liturgia fiel a las normas y de noble sencillez (León XIV 2026).4.6. Ars celebrandi y presidencia litúrgicaAunque el arte de celebrar concierne a toda la asamblea, el modo de presidir del ministro ordenado resulta decisivo para custodiar la integridad teológica del rito. La investigación lo articula en siete claves. La presidencia es, ante todo, servicio al misterio y a la asamblea, no protagonismo del ministro. Exige humildad y conciencia penitencial. Supone comprender y respetar el dinamismo propio de la celebración. Reclama el cuidado de los distintos elementos rituales. Pide vivir y expresar un estilo sinodal. Se sostiene en la vida espiritual del ministro. Y exige conocimiento y respeto de los libros litúrgicos. La presidencia, en definitiva, no consiste en ocupar el centro de la celebración, sino en hacer posible que Cristo permanezca en el centro.5. Propuesta: la Escuela Diocesana de Pastoral Litúrgica5.1. Una mediación formativaEl tercer momento de la investigación debía responder a una pregunta práctica: ¿cómo puede todo lo anterior convertirse en un principio efectivamente renovador? La respuesta es la propuesta de una Escuela Diocesana de Pastoral Litúrgica (EDPL). No se trata de añadir una nueva estructura pastoral por sí misma, sino de crear una mediación formativa capaz de hacer que el ars celebrandi pase de ser una noción conocida por algunos especialistas a convertirse en un criterio incorporado a la vida celebrativa de la comunidad.5.2. La formación litúrgica en el magisterioEsta conclusión se encuentra en continuidad con una preocupación constante del magisterio. Ya Mediator Dei, de Pío XII (1947), reclamaba la formación del clero en la inteligencia de los ritos sagrados, y el Concilio Vaticano II vinculó la formación litúrgica con la participación plena de los fieles (SC 14–19Juan Pablo II, en Vicesimus Quintus Annus (1988), la señaló como la tarea más urgente y de largo alcance.El papa Francisco ha vuelto sobre ello en dos momentos. En febrero de 2014, en el mensaje enviado al cardenal Antonio Cañizares con ocasión del simposio por los cincuenta años de Sacrosanctum Concilium, afirmó que «aún queda mucho por hacer» para una correcta y completa asimilación de la Constitución, y precisó que se refería a una iniciación y formación litúrgica sólida y orgánica de los fieles laicos, del clero y de las personas consagradas (Francisco 2014). Ocho años más tarde dedicó a este asunto la carta apostólica Desiderio desideravi, sobre la formación litúrgica del Pueblo de Dios, donde afirma: «necesitamos una formación litúrgica seria y vital» (Dd 31). El propio Directorio diocesano recoge esta afirmación y pide articular «la formación para la liturgia y la formación desde la liturgia» (Diócesis de Sonsón–Rionegro 2022, 14).La carencia identificada en la diócesis no constituye, por tanto, un fenómeno aislado: es la expresión local de una tarea que la Iglesia universal reconoce desde hace décadas.5.3. Identidad y estructuraLa Escuela se propone como una institución de la diócesis, vinculada orgánicamente a la Vicaría de Pastoral y abierta a otras jurisdicciones eclesiásticas de la región. Se concibe como mediación de la responsabilidad del obispo, principal dispensador de los misterios de Dios en la Iglesia particular (SC 41), y como instancia sinodal, con procesos de escucha, discernimiento comunitario y rendición de cuentas.Se erigiría mediante decreto episcopal, en ejercicio de la potestad que el Código de Derecho Canónico reconoce al obispo diocesano para regir la Iglesia particular (CIC c. 391 § 1). El decreto determinaría su naturaleza pastoral y formativa, su dependencia orgánica, su finalidad, sus competencias y su régimen económico básico. Esta formalización le daría estabilidad jurídica, aseguraría su continuidad más allá de los cambios circunstanciales y evitaría que dependa del entusiasmo inicial.La dirección sería confiada por el obispo, mediante decreto, a una persona con formación sólida en teología litúrgica —preferentemente con doctorado en Sagrada Liturgia— y con competencias comprobadas en el ars celebrandi. La acompañarían un Consejo Académico de tres a cinco miembros, con funciones consultivas y programáticas, y un secretario académico. La formación se organizaría en cinco áreas: fundamentos teológicos de la liturgia; la celebración litúrgica; el universo simbólico de la liturgia; el ars celebrandi; y la ministerialidad laical.5.4. Itinerario formativoEl itinerario responde a tres principios —integralidad, progresividad y unidad teológico-pastoral— y se desarrolla en cuatro niveles semestrales, equivalentes a dos años académicos:1.Nivel I. Fundamentos teológicos de la liturgia, centrado en el Misterio Pascual, la sacramentalidad y la naturaleza eclesial de la liturgia.2.Nivel II. Ars celebrandi y praxis ritual, que estudia la naturaleza y los rasgos de la celebración —su estructura teológica, el rito, el sujeto, el espacio y el tiempo— y desarrolla competencias de presidencia, proclamación de la Palabra, lenguaje simbólico y uso de los libros litúrgicos.3.Nivel III. Mistagogía y proyección pastoral, que articula la matriz simbólica, la espiritualidad litúrgica y la evangelización.4.Nivel IV. Ministerios bautismales, orientado al discernimiento vocacional y a la maduración comunitaria.Para los presbíteros en ejercicio se prevé una modalidad de actualización, distinta en ritmo y exigencia, que reconoce su experiencia pastoral, se concentra en los contenidos del Nivel II por su incidencia directa en la presidencia y se integra en espacios ya existentes del calendario diocesano. Cada nivel integra formación teológica, espiritual, ritual y mistagógica, con competencias específicas, estrategias pedagógicas mistagógicas y una evaluación que no se reduce a lo académico, sino que discierne la maduración celebrativa. La modalidad puede ser presencial, semipresencial o virtual complementaria; la certificación sería diocesana, con la posibilidad de convalidar créditos en la Universidad Católica de Oriente o en la Universidad Pontificia Bolivariana. La implementación se prevé en cuatro fases —preparatoria, fundacional, piloto y de consolidación— y contempla los recursos humanos, económicos y logísticos necesarios.6. Discusión6.1. Correspondencia entre diagnóstico y propuestaLa hipótesis de la investigación se verifica en la correspondencia entre el diagnóstico y el diseño curricular:1.Ante la falta de comprensión teológica de la liturgia, el Nivel I ofrece una fundamentación centrada en el Misterio Pascual, la sacramentalidad y la eclesiología litúrgica.2.Frente a la débil conciencia de la asamblea como sujeto celebrante, la participación pasiva y la improvisación que rompe la unidad sacramental, el Nivel II desarrolla competencias celebrativas y la fidelidad a la forma ritual de la Iglesia.3.Ante la pobre integración del año litúrgico y la fragmentación de los procesos formativos, el Nivel III articula liturgia, espiritualidad y evangelización mediante una pedagogía mistagógica.4.Frente a la débil conciencia eclesial de la liturgia y la insuficiente estructuración de la ministerialidad, el Nivel IV configura un espacio de discernimiento vocacional y maduración comunitaria.5.La pobreza del lenguaje simbólico se atiende de modo transversal, mediante la formación en signos, símbolos, espacio litúrgico y música sacra, y la necesidad de una formación para la liturgia y desde la liturgia se responde con el carácter orgánico y progresivo de todo el itinerario.La propuesta pastoral, por tanto, no está yuxtapuesta al diagnóstico: nace de él y responde a él. Ese vínculo entre realidad, teología y propuesta es el que permite sostener la tesis central del estudio.6.2. AporteEl aporte de la investigación es doble. En el plano teológico, ofrece una comprensión del ars celebrandi como principio teológico-pastoral articulado en nueve dimensiones, que supera su reducción a técnica de presidencia o a cumplimiento de rúbricas. En el plano pastoral, ofrece una propuesta original —no la aplicación mecánica de un modelo existente— nacida del diagnóstico de una Iglesia particular y fundamentada en la teología del ars celebrandi. La revisión bibliográfica no ha encontrado propuestas anteriores que presenten el ars celebrandi como principio de renovación de la celebración en una Iglesia particular mediante una estructura formativa estable.6.3. Límites y proyeccionesEl estudio tiene límites que conviene reconocer. Es una investigación situada en la realidad concreta de la Diócesis de Sonsón–Rionegro y no pretende formular una teoría general del ars celebrandi válida para toda la Iglesia. El trabajo de campo, recogido en 2025, es de carácter cualitativo y no estadístico. La propuesta de la Escuela está formulada y fundamentada, pero todavía no ha sido implementada ni evaluada empíricamente. Su continuidad dependerá, además, de contar con personas debidamente capacitadas y de superar las resistencias iniciales que puede encontrar toda estructura formativa nueva; por ello se propone una implementación progresiva y mecanismos explícitos de rendición de cuentas, como el informe semestral del director al obispo.Quedan abiertas dos cuestiones para investigaciones posteriores: cómo evaluar, a mediano plazo, el impacto formativo de la Escuela en la calidad celebrativa parroquial, y cómo articular esta propuesta diocesana con procesos de formación litúrgica en el ámbito provincial, regional o nacional.7. ConclusionesLa liturgia no es una actividad más de la Iglesia: es el lugar en el que Cristo reúne a su Iglesia, hace presente sacramentalmente su Pascua y comunica la gracia de la salvación. Por eso, formar para la liturgia no es una tarea secundaria; formar para la liturgia es formar para entrar en el Misterio.La investigación muestra que el ars celebrandi puede renovar la celebración litúrgica de una Iglesia particular cuando se convierte en una cultura aprendida, asumida y vivida por la comunidad eclesial. Para ello no basta la norma: se requiere una mediación formativa sistemática que traduzca la norma en conocimiento, el conocimiento en criterio, el criterio en hábito y el hábito en cultura celebrativa.Hacer del ars celebrandi un principio renovador significa ayudar a las comunidades a pasar de una participación simplemente habitual a una participación consciente, activa y fructuosa; de una celebración improvisada a una celebración comprendida; de una ejecución ritual a una verdadera experiencia del Misterio. La Escuela Diocesana de Pastoral Litúrgica quiere ser esa mediación: un espacio donde la Iglesia aprenda a comprender lo que celebra, a celebrar lo que cree y a vivir aquello que celebra.SiglasCCE: Catecismo de la Iglesia Católica.CIC: Código de Derecho Canónico.Dd: Francisco, carta apostólica Desiderio desideravi (2022).SC: Concilio Vaticano II, constitución Sacrosanctum Concilium (1963).SCa: Benedicto XVI, exhortación apostólica postsinodal Sacramentum Caritatis (2007).VQA: Juan Pablo II, carta apostólica Vicesimus Quintus Annus (1988).ReferenciasFuentes magisterialesBenedicto XVI. 2007. Sacramentum Caritatis. Exhortación apostólica postsinodal. Bogotá: Paulinas.CELAM. 1968. Documentos de Medellín. II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano.CELAM. 2021. Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe. Documento conclusivo. Bogotá: CELAM.Comisión Teológica Internacional. 2014. El sensus fidei en la vida de la Iglesia. Madrid: BAC.Concilio Vaticano II. 1979. Sacrosanctum Concilium. Constitución sobre la sagrada liturgia. Madrid: BAC.Francisco. 2014. «Mensaje al cardenal Antonio Cañizares Llovera, prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos». L’Osservatore Romano (ed. en lengua española) 9: 11.Francisco. 2022. Desiderio desideravi. Carta apostólica sobre la formación litúrgica del Pueblo de Dios. Bogotá: San Pablo.Juan Pablo II. 1988. Vicesimus Quintus Annus. Carta apostólica, 4 de diciembre.León XIV. 2025. «Audiencia a los participantes en el curso de actualización para los agentes diocesanos de pastoral litúrgica promovido por el Instituto Pontificio Litúrgico Sant’Anselmo», 17 de noviembre. https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2025/11/17/171125f.html.León XIV. 2026. «Los documentos del Concilio Vaticano II. III. Constitución Sacrosanctum Concilium. Las motivaciones de la reforma litúrgica». Audiencia general, 26 de agosto. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2026/documents/20260826-udienza-generale.html.Pablo VI. 1968. «Bula Quamquam Apostoli». Acta Apostolicae Sedis 60: 561–562.Pío XII. 1957. «Bula In Apostolici Muneris». Acta Apostolicae Sedis 49: 715.Fuentes diocesanasAristizábal, Jorge Aldemar. 2007. Huellas de una Iglesia. Historia de la Diócesis de Sonsón–Rionegro. Rionegro: Litodosmil.Córdoba, John Fredy. 2018. Enseñanzas. Monseñor Alfonso Uribe Jaramillo I–II. La Ceja: Slogan Litografía.Diócesis de Sonsón–Rionegro. 1994. Plan Pastoral 1995–2000. Por una Iglesia viva, organizada y misionera. Rionegro: Publicaciones San Antonio.Diócesis de Sonsón–Rionegro. 2000. Plan de Pastoral 2001–2005. De camino con Jesús. Rionegro: Litodosmil.Diócesis de Sonsón–Rionegro. 2005. Plan Pastoral 2006–2010. Rionegro: Publicaciones San Antonio.Diócesis de Sonsón–Rionegro. 2010. Plan Pastoral 2011–2015. Rionegro: Litodosmil.Diócesis de Sonsón–Rionegro. 2016. Nuestra Diócesis. Informe pastoral 2011–2016. Rionegro: Centro Digital Oriente.Diócesis de Sonsón–Rionegro. 2022. Directorio de Pastoral Sacramental. Rionegro: Publicaciones San Antonio.Diócesis de Sonsón–Rionegro. 2025. Plan Pastoral. Por una Diócesis sinodal. Comunión – Participación – Misión 2026–2030. Rionegro: DEI Impresión.Tobón Restrepo, Ricardo. 2010. Magisterio episcopal I–II. Rionegro: Litodosmil.Toro Rodríguez, Mario. 1997. Diócesis de Sonsón–Rionegro. 40 años de historia I–II. Rionegro: Litodosmil.EstudiosArocena, Félix María. 2006. Teología litúrgica. Una introducción. Madrid: BAC.Arocena, Félix María. 2008. «Per visibilia ad invisibilia. Teología del signo». En AEPL 2008, 9–21.Asociación Española de Profesores de Liturgia (AEPL). 2008. Ars celebrandi. El arte de celebrar el misterio de Cristo. XXXI Jornada de la Asociación Española de Profesores de Liturgia. Madrid: Sekotia.Barba, Maurizio. 2016. «Ars celebrandi y presidencia litúrgica». 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Medellín: Universidad Pontificia Bolivariana.Ranjith, Albert Malcolm. 2008. «El arte de celebrar bien la liturgia». Ponencia de apertura de la Conferencia Litúrgica Gateway, Saint Louis, noviembre.Rodríguez Jiménez, Leonardo J. 2011. «El sacerdote presidente y el ars celebrandi». Medellín 37 (145): 7–29.Sarah, Robert. 2016. «Hacia una auténtica implementación de Sacrosanctum Concilium». Discurso en la III Conferencia Internacional Sacra Liturgia, Londres, 5 de julio. http://www.sacraliturgia.org/2016/12/el-cardenal-robert-sarahhacia-una.html.Silvestre, Juan José. 2016. «El ars celebrandi para estar con el Señor en la liturgia». Almudi, 18 de diciembre. https://www.almudi.org/articulos/11034-el-ars-celebrandi-para-estar-con-el-senor-en-la-liturgia.

Vie 2 Oct 2026

Mi gran tarea, la trilogía Jesús de Nazaret del Papa Benedicto XVI

Por Carlos Ignacio Agudelo Betancur - El Papa Emérito Benedicto XVI en su retiro como Papa emérito, en las entrevistas con Peter Seewald en el 2016, volvió la vista atrás y definió su trilogía sobre Jesús de Nazareth como el eje de su vida: «Mi gran tarea, mi propósito fundamental, fue sacar de nuevo a la luz la figura de Jesús, que corría el riesgo de quedar sepultada bajo los tecnicismos teológicos. Tenía que mostrar que el Jesús de los Evangelios es el verdadero Jesús».Jesús de Nazaret fue publicada en tres tomos editados, respectivamente, en el original alemán, en los años 2007, 2011 y 2012. Esta trilogía: Los relatos de la infancia; Desde el bautismo en el Jordán hasta la transfiguración; Desde la entrada en Jerusalén hasta la resurrección, nace de la relación personal del autor con Jesús, a ella responde y a ella quiere introducir al lector. Su lectura nos hace encontrar más profundamente a Jesús si lo conocemos ya, nos lo descubre si no lo conocemos o tenemos de él una idea imperfecta, y nos hace entender que en Jesús tenemos a Dios con nosotros”.Desde la pandemia, mi madre y yo decidimos leer libros; comencé a leérselos por teléfono, en nuestros coloquios diarios que en ocasiones se tomaban más de una hora; ya al 2025 habíamos leído seis libros, alguno voluminoso de más de 500 páginas. No ha sido sólo lectura, ha sido meditación, diálogo, acompañamiento, esparcimiento y, sobre todo, crecimiento mutuo.Desde el año 2025 venimos leyendo y meditando con mi madre el libro “Jesús de Nazaret, segunda parte: Desde la entrada en Jerusalén hasta la resurrección”. El libro me lo había regalado mi madre hacía años y lo tenía guardado como un tesoro, pero sin leerlo. Debido a que este volumen es un poco denso teológicamente hablando, decidimos leerlo en persona, meditándolo profundamente, degustándolo.El pasado jueves 17 de septiembre, día en que mi hermana me solicitó que acompañara a nuestra madre, estuve leyendo con ella la primera parte del capítulo titulado LA RESURRECCIÓN DE JESÚS DE ENTRE LOS MUERTOS. A continuación, transcribo el último párrafo de esa parte, que nos llevó a hacer cuentas de a quiénes se apareció Jesús Resucitado, quiénes tuvieron ese privilegio inimaginable.“Desde el punto de vista de la historia del mundo, la resurrección de Jesús es poco llamativa, es la semilla más pequeña de la historia. Esta inversión de las proporciones es uno de los misterios de Dios. A fin de cuentas, lo grande, lo poderoso, es lo pequeño. Y la semilla pequeña es lo verdaderamente grande. Así es como la resurrección ha entrado en el mundo: sólo a través de algunas apariciones misteriosas a unos elegidos. Y, sin embargo, fue el comienzo realmente nuevo; aquello que, en secreto, todos estaba esperando. Y para los pocos testigos —precisamente porque ellos mismos no lograban hacerse una idea— era un acontecimiento tan impresionante y real, y se manifestaba con tanta fuerza ante ellos, que desvanecía cualquier duda, llevándolos al fin, con un valor absolutamente nuevo, a presentarse ante el mundo para dar testimonio: Cristo ha resucitado verdaderamente”.Luego de esta lectura, mi madre y yo meditamos en cómo habrán sido de especiales esos encuentros con el Resucitado, quien se apareció seguramente primero a su Madre María, luego a María Magdalena y a otras mujeres, luego a los apóstoles en varias ocasiones (sin Tomás y con Tomás), luego a los discípulos de Emaús, y seguramente a muchos en el momento de la Ascensión, donde se estiman 120 personas; además, San Pablo afirma que Cristo resucitado «se apareció a más de quinientos hermanos a la vez».Nos quedó en el alma que la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo es algo tan grande para nuestra fe, para la vida de la Iglesia, que tendríamos qué tenerla más presente todos los días y especialmente en la celebración de la Santa Misa, donde celebramos su pasión y muerte, pero también su Resurrección.Como una manifestación misteriosa de este acontecimiento de Su Resurrección, que se muestra en lo pequeño y a los más pequeños, descubrimos que precisamente ese día, 17 de septiembre de 2026, se leyó en todo el mundo como primera lectura, la tomada de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios:“… yo les transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; después se apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí…” (1 Cor 15, 1-11). A primera vista podríamos decir que fue una coincidencia; mi madre dijo que realmente fue una Dioscidencia. Para nosotros realmente fue como si El Resucitado nos hubiera regalado un rayo de su Luz, un guiño amoroso de sus ojos. Y desde ese día, y pidiéndole que nos mantenga en su Gracia, venimos agradeciéndole diariamente Su Resurrección, y hemos incluido en nuestras oraciones diarias la Secuencia de Resurrección que la Iglesia Católica proclama todos los días en la octava de Pascua de Resurrección y que dice:Ofrezcan los cristianosofrendas de alabanzaa gloria de la Víctimapropicia de la Pascua.Cordero sin pecadoque a las ovejas salva,a Dios y a los culpablesunió con nueva alianza.Lucharon vida y muerteen singular batallay, muerto el que es la Vida,triunfante se levanta.—¿Qué has visto de camino,María, en la mañana?—A mi Señor glorioso,la tumba abandonada,los ángeles testigos,sudarios y mortaja.¡Resucitó de verasmi amor y mi esperanza!Venid a Galilea,allí el Señor aguarda;allí veréis los suyosla gloria de la Pascua.Primicia de los muertos,sabemos por tu graciaque estás resucitado;la muerte en ti no manda.Rey vencedor, apiádatede la miseria humanay da a tus fieles parteen tu victoria santa.

Lun 21 Sep 2026

Hacer memoria no es hacer un informe: León XIV propone releer, escuchar y discernir juntos

Por D.P. Bernardo Vanegas Luque - Detenerse, mirar lo vivido, reconocer los frutos y las dificultades y preguntarse juntos qué nos está mostrando el Espíritu. León XIV ofrece algunas claves que ayudan a comprender qué significa evaluar pastoralmente en una Iglesia sinodal.Durante la Asamblea Diocesana de Roma, celebrada el 18 de septiembre, el papa León XIV invitó a la comunidad diocesana a comenzar su nuevo camino pastoral haciendo un ejercicio que puede parecer sencillo, pero que tiene una profunda dimensión sinodal: detenerse para releer juntos lo vivido.La propuesta del Papa no consiste en añadir nuevas actividades. Por el contrario, invitó a “hacer menos y hacerlo mejor”, comenzando por una evaluación compartida de la vida pastoral.Evaluar, desde esta perspectiva, no significa simplemente contar actividades, elaborar estadísticas o presentar informes. Significa preguntarse juntos qué ha dado fruto, qué dificultades se han encontrado, qué necesita ser revisado y qué caminos puede estar mostrando el Espíritu a la comunidad.Releer juntos lo vividoLeón XIV propuso que esta evaluación no sea realizada solamente por quienes tienen responsabilidades pastorales. Toda la comunidad está llamada a participar y, cuando sea posible, también conviene escuchar a quienes habitualmente permanecen alejados de la vida eclesial.El Papa sugirió mirar la acción pastoral desde preguntas muy concretas: ¿ayuda a las personas a encontrarse con Cristo?, ¿genera comunidad, acogida y corresponsabilidad?, ¿permite a la Iglesia estar realmente presente y servir en la realidad concreta en la que vive?Son preguntas que cambian la manera de evaluar. El centro deja de estar únicamente en cuánto hicimos y pasa a estar en qué frutos está produciendo aquello que hacemos.Escuchar antes de responder, discernir antes de decidirEsta manera de proceder requiere también una forma diferente de relacionarnos.León XIV invitó especialmente a los pastores a escuchar antes de responder y a discernir antes de decidir, reconociendo los dones y responsabilidades de los distintos miembros del Pueblo de Dios.La sinodalidad aparece así no como una actividad adicional en la agenda pastoral, sino como una manera de vivir la misión: escuchando, discerniendo y caminando juntos.Una clave para nuestro camino hacia 2027Estas palabras pueden ayudarnos a comprender el sentido de una de las próximas etapas del camino sinodal que recorrerán las Iglesias locales en Colombia: Hacer memoria.Hacer memoria no consiste simplemente en reconstruir cronológicamente lo realizado ni en preparar un informe sobre las actividades desarrolladas.Significa volver sobre el camino recorrido para reconocer, a la luz del Espíritu, dónde hemos experimentado frutos de comunión, participación y misión; qué dificultades hemos encontrado; qué hemos aprendido y qué llamadas descubrimos para continuar caminando.Por eso, cuando una comunidad hace memoria en clave sinodal no pregunta solamente: “¿Qué hicimos?”.También se atreve a preguntar:“¿Qué hemos aprendido caminando juntos y hacia dónde sentimos que el Espíritu nos invita ahora a caminar?”Esa diferencia puede transformar un informe sobre el pasado en un verdadero ejercicio de discernimiento para el futuro.Fuente: Vatican News, «León XIV invita a la diócesis de Roma “a hacer menos y mejor”», 18 de septiembre de 2026. Intervención del papa León XIV durante la Asamblea Diocesana de Roma. (Leer la publicación click aquí)

Vie 18 Sep 2026

La amistad, tesoro evangélico y sostén del Ministerio Sacerdotal

La Sagrada Escritura habla de la amistad con una profundidad sorprendente. El libro del Eclesiástico es, sin duda, su gran tratado. Es el primero de una serie de textos dedicados al tema (cf. Eclo 6,5-17; 12,8-12; 22,19-26; 37,1-6). Ningún otro autor bíblico trata tan ampliamente sobre ella como Ben Sira:"Un amigo fiel es un refugio seguro, y quien lo encuentra ha encontrado un tesoro. Un amigo fiel no tiene precio y su valor es incalculable"(Eclo 6,14-15).¿Por qué tanto valor? Porque el verdadero "amigo ama en toda ocasión" (Prov 17,17). La Biblia nos da el paradigma en David y Jonatán: una amistad nacida de un brote espontáneo (1 Sam 18,1-4), probada en la adversidad (1 Sam 19-20), fiel hasta la muerte (2 Sam 1,25-26) y custodiada en la memoria del corazón (2 Sam 9,1; 21,7).La verdadera amistad, nos recuerda el mismo Sirácida, se alimenta del temor de Dios (cf. Sir 6,16-17). Y es que el modelo y la fuente de toda amistad es la que Dios mismo ha querido sellar con el hombre: con Abrahán, llamado "amigo de Dios" (Is 41,8; cf. Gn 18,17; St 2,23), con Moisés, con quien hablaba "cara a cara, como habla un hombre con su amigo" (Ex 33,11), y con los profetas, sus confidentes (cf. Am 3,7).Al enviar a su Hijo al mundo, Dios se mostró definitivamente "amigo de los hombres" (cf. Tit 3,4). En los Evangelios, el vocablo griego filía y el verbo agapaô expresan ese querer profundo. Pero es en el Evangelio de Juan donde la amistad alcanza su plenitud teológica (Jn 15,12-17). Insertado en la alegoría de la vid y los sarmientos, Jesús revela el paso decisivo: "Ya no os llamo siervos... a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15,15).Para Juan, la amistad tiene una medida: el amor que entrega la vida. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13). Cristo ha superado esta prueba por nosotros, y su amistad se hace salvación. De ahí nace el mandamiento nuevo: "que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros" (Jn 13,34).LA AMISTAD EN LA VIDA DEL SACERDOTESi esto es verdad para todo cristiano, lo es de modo particular para el sacerdote. El presbítero ha sido configurado con Cristo Amigo. El sacerdote no puede vivir su ministerio en la soledad afectiva o en el aislamiento. Sin amigos, el presbiterio se vuelve funcional y el corazón se enfría. Necesitamos tres círculos de amistad:1. La amistad con Cristo, que es la primera y fundamental. Es la que se cultiva en la oración y en la Eucaristía diaria. Sin esta amistad, las demás se vuelven dependencia.2. La amistad sacerdotal, la fraternidad sacramental. El Concilio Vaticano II nos recuerda que formamos un verdadero presbiterio, una fraternidad (cf. Presbyterorum Ordinis, 8). La amistad entre sacerdotes no es opcional, es custodia del ministerio. Un hermano sacerdote que corrige, que anima, que reza por el otro, es un verdadero refugio seguro. ¡Cuántos peligros, cuántas tentaciones contra el celibato, contra la tristeza, contra el activismo, se evitan con un buen amigo sacerdote!3. La amistad con el Pueblo de Dios, vivida con madurez y caridad pastoral. El sacerdote es padre y pastor, pero también puede y debe tener amigos laicos que le enseñen a ser humano, a ser hijo, a ser hermano. Una amistad que no es clericalismo ni confusión de roles, sino testimonio de que la caridad pastoral también es amistad ofrecida.En tiempos de crisis vocacional y de tantas heridas por la soledad, redescubrir la amistad como virtud sacerdotal es urgente. Un sacerdote sin amigos es un sacerdote en peligro. Un sacerdote con amigos fieles, en cambio, tiene un tesoro que sostiene su fidelidad y hace creíble su predicación, porque demuestra que el Evangelio sí es capaz de generar hermanos y amigos hasta dar la vida.P. JOSÉ ANTONIO DÍAZ HERNÉNDEZDiócesis de Santa Marta

Jue 10 Sep 2026

De la escucha a las estructuras: nuevas propuestas para una Iglesia sinodal

Por D.P. Bernardo Vanegas Luque - La sinodalidad no termina cuando acaba una reunión. El verdadero desafío comienza cuando lo escuchado transforma nuestra manera de participar, decidir y vivir como Iglesia.La Secretaría General del Sínodo dio a conocer nuevos informes de los Grupos de Estudio 6 y 7, que profundizan en dos ámbitos concretos de la vida de la Iglesia: las relaciones entre obispos, vida consagrada, asociaciones y movimientos eclesiales, y la manera de vivir las visitas ad limina de los obispos a Roma.Aunque se trata de propuestas que continúan su proceso de estudio y discernimiento y no de nuevas normas para la Iglesia, los documentos permiten observar una cuestión fundamental de la actual fase de implementación del Sínodo: ¿cómo llevar la experiencia de escucha, participación y discernimiento vivida durante el proceso sinodal a las relaciones, estructuras y prácticas habituales de la Iglesia?Una sinodalidad que llega a la vida cotidianaDurante los últimos años, millones de personas participaron en encuentros, consultas, asambleas y espacios de conversación en el Espíritu. Sin embargo, el camino sinodal no termina con la realización de estos encuentros.La fase de implementación invita a preguntarnos qué está cambiando en nuestra manera de ser Iglesia.Uno de los informes propone avanzar hacia una verdadera “conversión relacional”: una transformación de las relaciones entre obispos, vida consagrada, asociaciones, movimientos y nuevas comunidades basada en la confianza, la escucha recíproca y el intercambio de dones.Esta conversión no se refiere únicamente a las actitudes personales. También puede encontrar expresión en los lenguajes que utilizamos, los espacios de encuentro, los procesos de formación y las estructuras mediante las cuales participamos en la vida y misión de la Iglesia.Entre las propuestas estudiadas aparecen encuentros periódicos, procesos de formación compartidos, protocolos de colaboración, una participación más significativa de los distintos sujetos eclesiales en organismos de discernimiento y decisión, y mecanismos que favorezcan la transparencia y la rendición de cuentas.Corresponsables, pero no todos de la misma maneraUna expresión ayuda especialmente a comprender este horizonte: “corresponsabilidad diferenciada”.La sinodalidad no significa que todos deban realizar las mismas funciones ni que desaparezcan las diferencias entre vocaciones, carismas, ministerios y responsabilidades.Obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y fieles laicos participan de maneras diferentes en la vida de la Iglesia, pero todos están llamados, desde su propia vocación, a contribuir a una misma misión.Por eso, corresponsabilidad no significa simplemente distribuir tareas. Significa reconocernos mutuamente como miembros del Pueblo de Dios que han recibido dones distintos y que están llamados a ponerlos al servicio de la misión.También las estructuras pueden aprender a escucharEl segundo informe, dedicado a las visitas ad limina, ofrece otro ejemplo significativo. Estas visitas son realizadas periódicamente por los obispos a Roma y expresan de manera particular la comunión de las Iglesias locales con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia universal.Entre las propuestas estudiadas aparece la posibilidad de que su preparación involucre más ampliamente a la Iglesia local, de manera que no se limite a la elaboración de informes, sino que pueda convertirse también en una oportunidad para escuchar, evaluar y discernir el camino recorrido.La propuesta invita incluso a observar qué transformaciones se están produciendo en las estructuras diocesanas, en los procesos de toma de decisiones y en las relaciones entre los distintos miembros del Pueblo de Dios.De esta manera aparece una idea sencilla pero profunda: la sinodalidad no consiste solamente en crear nuevos espacios de escucha. También invita a que nuestras estructuras habituales aprendan a escuchar, discernir y favorecer la participación.¿Qué significa esto para los laicos?Para los fieles laicos, estas reflexiones tienen consecuencias muy concretas. Una Iglesia más sinodal no significa simplemente tener más oportunidades para expresar una opinión. Desde el Bautismo, cada fiel participa de la vida y misión de la Iglesia y está llamado a poner sus capacidades, experiencia, conocimiento y dones al servicio de la comunidad.Esto supone poder escuchar y ser escuchado, participar en los procesos de discernimiento que correspondan, colaborar responsablemente en la misión y contribuir, según la propia vocación y responsabilidad, a la vida de la comunidad.Consejos pastorales y económicos, equipos parroquiales y diocesanos, movimientos, pequeñas comunidades, procesos de evangelización y otras instancias de participación pueden convertirse en verdaderas escuelas de sinodalidad cuando no funcionan solamente para distribuir tareas, sino también para escuchar, discernir y caminar juntos.Pero la corresponsabilidad tiene dos direcciones. Una Iglesia sinodal necesita pastores dispuestos a escuchar y favorecer una participación auténtica. Al mismo tiempo, necesita laicos dispuestos a formarse, escuchar a los demás, asumir responsabilidades, discernir en comunidad y poner sus propios dones al servicio de la misión.La participación sinodal, por tanto, no consiste únicamente en preguntar: “¿me escuchan?”, sino también: “¿cómo estoy contribuyendo a la misión que compartimos?”.Una pregunta para nuestras comunidadesLa fase de implementación del Sínodo ofrece una oportunidad para mirar con sencillez nuestra propia realidad. En nuestras parroquias, comunidades y jurisdicciones eclesiásticas podemos preguntarnos:¿Los diferentes miembros de la comunidad son solamente destinatarios de las actividades pastorales o encuentran también espacios adecuados para participar, según su vocación y responsabilidad, en el discernimiento, realización y evaluación de la misión?No existe una única respuesta ni un modelo idéntico para todas las Iglesias locales. Cada comunidad deberá discernir sus propios caminos.Lo importante es comprender que la sinodalidad no termina cuando finaliza una asamblea o una conversación en el Espíritu. Poco a poco está llamada a convertirse en una manera habitual de relacionarnos, discernir, participar y asumir juntos la misión.Ese es uno de los grandes desafíos de la etapa que ahora recorre la Iglesia: pasar de haber vivido experiencias sinodales a aprender, cada vez más, a ser una Iglesia sinodal.Fuentes:Secretaría General del Sínodo: propuestas de los Grupos 6 y 7: https://www.synod.va/es/news/acuerdos-obligatorios-con-los-institutos-religiosos-delegaciones.htmlVatican News en español:https://www.vaticannews.va/es/vaticano/news/2026-09/sinodo-publicados-informes-relaciones-obispos-vida-consagrada.htmlBernardo Vanegas LuqueDiácono PermanenteDirector Dpto. Animación de la Comunión y la Sinodalidad

Mar 1 Sep 2026

Nos llama, nos mueve y nos une: caminar con las familias para sembrar la paz

P. Nelson Ortiz Rozo - En un entorno social marcado por las heridas de la violencia, la polarización y los desastres naturales, muchas familias experimentan cansancio, incertidumbre y frustración. Frente a esta realidad, la acción evangelizadora que la Iglesia realiza con la familia emerge como una fuerza indispensable, capaz de abrazar la fragilidad de los hogares y animarlos a ser sembradores de paz. Por lo tanto, reconocer a la familia como un lugar privilegiado donde se cultivan valores, hábitos y patrones de convivencia permite entender su profunda y decisiva influencia en el desarrollo de la sociedad. La familia no es solo el primer espacio de socialización, sino también la primera escuela donde se aprende a amar, a dialogar, a respetar la diferencia y a resolver los conflictos. Esta labor eclesial nace del corazón de una Iglesia que desea caminar al ritmo de la historia humana mostrando que el tejido social sana en la medida que fortalecemos los vínculos familiares.Esta llamada se hace aún más viva y urgente al sintonizarnos con la iniciativa de la Semana por la Paz que este año nos convoca bajo el lema: ¡la paz nos llama, nos mueve y nos une! Es especialmente en el seno del hogar donde este lema se convierte en vida, pues la familia es el primer escenario donde esa fuerza que nos mueve y nos une debe ser cultivada y custodiada.En primer lugar, la acción evangelizadora de la Iglesia cuida y sirve a la paz respondiendo a la voz de “la paz nos llama”, ofreciendo espacios de acogida, escucha y sanación para el fortalecimiento del vinculo conyugal, filial y fraternal. Sabemos bien que el clima de agresión exterior con frecuencia se filtra al interior de las casas, lastimando las relaciones entre los esposos, el trato de los padres hacia los hijos e instalando la rivalidad en indiferencia entre los hermanos. Por eso la Iglesia sale al encuentro con la pedagogía del cuidado para caminar al lado de cada hogar en su realidad concreta, compartiendo sus alegrías y aliviando sus dolores. Como nos enseñaba san Juan Pablo II: “La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y comunidad de personas, encuentra en el amor la fuente y el estímulo incesante para acoger, respetar y promover a cada uno de sus miembros en la altísima dignidad de personas, esto es, de imágenes vivientes de Dios” (F. C., 22). Así cuando los miembros de una familia aprenden a acoger y promover la dignidad del otro en su vida diaria, sanando los conflictos internos mediante la caridad cristiana, ese hogar se convierte de manera natural en una sembradora de paz.En segundo lugar, este caminar compartido “nos mueve” a actuar, en el que la Iglesia acompaña con la pedagogía del perdón y la reconciliación cotidiana en la convivencia familiar. Frente a una sociedad que propone el descarte de los que piensan diferente, el Evangelio vivido en el hogar nos mueve a descubrir que el diálogo sincero y el discernimiento comunitario son los verdaderos caminos del Espíritu. El papa Francisco no alienta en este aprendizaje: “Cuando hemos sido ofendidos o desilusionados, el perdón es posible y deseable, pero nadie dice que sea fácil” (A.L., 106). La acción evangelizadora acompaña con paciencia estos procesos del corazón, mostrando a los padres y a los hermanos que las diferencias no se destruyen con la violencia, sino que se abrazan en la comunión. Con este propósito, la pastoral familiar de la Iglesia en Colombia impulsa múltiples iniciativas, tales como talleres de perdón y reconciliación, retiros espirituales y asesoría personalizada en los centros de escucha y orientación familiar. A esto se suman los encuentros de la Semana de la Familia que esté año, los cuales ofrecen herramientas de resolución pacífica de conflictos orientadas a “desarmar el corazón” y consolidar entornos de convivencia fraterna.Finalmente, el dinamismo de este caminar juntos es el lazo que “nos une” en corresponsabilidad, impulsando a la familia a salir de sí misma para ofrecerse generosamente a la comunidad. De este modo, “ensancha la tienda” del corazón y derriba los muros del egoísmo para vivir una fraternidad más allá del hogar. Al respecto, el papa León XIV, en su encíclica Magnifica Humanistas, recuerda que la familia, fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer, es un bien social primario y la célula fundamental e insustituible de la sociedad (nn. 165-167). Así al tejer redes de comunión donde caminan juntas y viven el servicio pastoral, las familias dejan atrás la soledad y el desamparo para descubrirse unidas en una misión común: ser testimonio de fraternidad, hospitalidad, solidaridad y servicio comunitario.La acción evangelizadora que la Iglesia realiza con la familia nos demuestra que la paz social es inseparable de la paz familiar; la primera no es posible sin la segunda, pues brota y se nutre directamente de ella. Al sanar los vínculos internos, educar en el perdón y motivar a los hogares hacia el servicio comunitario, la Iglesia recuerda al mundo que la reconciliación de la sociedad se realiza desde la vivencia cotidiana del amor en el hogar. Por eso, ¡la paz familiar nos llama, nos mueve y nos une!P. Nelson Ortiz RozoDepartamento de Matrimonio y FamiliaConferencia Episcopal de Colombia

Mar 1 Sep 2026

Cuando la sinodalidad transforma también las estructuras de la Iglesia

Por DP. Bernardo Vanegas Luque - El papa León XIV publicó el 29 de agosto la Carta Apostólica en forma de Motu Proprio Mutua Concordia, mediante la cual modifica dos cánones del Código de Cánones de las Iglesias Orientales. Más allá de su alcance jurídico específico, la decisión ofrece una expresión concreta de una Iglesia que busca vivir la comunión, la corresponsabilidad y la sinodalidad también en sus estructuras y en el ejercicio de la autoridad.La nueva normativa se refiere a las Iglesias católicas orientales patriarcales y, por su naturaleza, también a las Iglesias arzobispales mayores. Su propósito es fortalecer la comunión entre el Patriarca —Padre y Cabeza de la Iglesia sui iuris— y los obispos que, junto con él, conforman el Sínodo de los Obispos.Una autoridad que se ejerce en comuniónMutua Concordia parte de una afirmación especialmente significativa: la concordia entre quien preside una Iglesia oriental y los demás obispos que integran su Sínodo constituye el alma de la comunión de su jerarquía.Desde esta perspectiva, el ministerio de quien preside no aparece aislado del cuerpo episcopal. Por el contrario, el documento recuerda la vocación a la colegialidad propia de este ministerio y señala que la sinodalidad debe ser buscada y cultivada constantemente en un contexto de responsabilidad común.Esta orientación adquiere una expresión jurídica concreta. Entre otros aspectos, la reforma establece procedimientos mediante los cuales el Sínodo puede actuar cuando se presentan dificultades graves en el ejercicio del ministerio del Patriarca, garantizando también su derecho a la defensa y conservando el papel propio del Romano Pontífice.No se trata simplemente de modificar un procedimiento. Detrás de las nuevas disposiciones aparece una comprensión eclesial: la comunión también necesita formas, responsabilidades y estructuras que permitan vivirla.De la experiencia sinodal a las formas concretas de vida eclesialUno de los grandes desafíos de la fase de implementación del Sínodo es precisamente este: evitar que la sinodalidad sea entendida solamente como la realización de encuentros, consultas o métodos de escucha.La escucha, el diálogo, el discernimiento comunitario y la conversación en el Espíritu son fundamentales, pero están llamados a transformar progresivamente nuestra manera de relacionarnos, participar, discernir, tomar decisiones y ejercer los distintos ministerios y responsabilidades en la Iglesia.Mutua Concordia permite observar este dinamismo en un ámbito muy concreto. En este caso, la sinodalidad encuentra una expresión jurídica en la tradición y organización propias de las Iglesias católicas orientales.Esto no significa trasladar estas disposiciones particulares a las diócesis de tradición latina. Su valor para el conjunto de la Iglesia está, más bien, en el principio que dejan entrever: la sinodalidad está llamada a encarnarse en prácticas y estructuras que favorezcan una verdadera comunión y corresponsabilidad.Una pista para nuestro camino en ColombiaLas Iglesias locales en Colombia se encuentran recorriendo la fase de implementación del Sínodo 2025-2028. En este camino, una pregunta resulta cada vez más importante: ¿cómo hacer que la experiencia sinodal pase de los encuentros y espacios de escucha a la vida ordinaria de nuestras comunidades?La respuesta no consiste solamente en crear nuevas estructuras. También supone revisar cómo funcionan las que ya existen: consejos pastorales y económicos, equipos de animación, organismos de participación, comunidades parroquiales y otras instancias de discernimiento y corresponsabilidad.La sinodalidad comienza a hacerse visible cuando escuchar, discernir y participar juntos deja de ser una experiencia ocasional y se convierte progresivamente en una manera habitual de ser Iglesia.La publicación de Mutua Concordia puede leerse, por ello, como una señal concreta de este horizonte: una Iglesia en la que comunión, autoridad, participación y corresponsabilidad no recorren caminos separados, sino que se necesitan mutuamente para el cumplimiento de una misma misión.Para profundizarEl Motu Proprio Mutua Concordia fue publicado el 29 de agosto de 2026 y modifica los cánones 106 y 126 del Código de Cánones de las Iglesias Orientales.Fuente: Santa Sede y Vatican News.Bernardo Vanegas LuqueDiácono PermanenteDirector Dpto. Animación de la Comunión y la Sinodalidad

Mar 11 Ago 2026

Los ministerios de los laicos: un recorrido histórico

Por P. Jairo de Jesús Ramírez Ramírez - Del 30 al 31 de julio de 2026, la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín fue sede del VIII Congreso Internacional de Liturgia, convocado bajo el lema «Liturgia, escuela de espiritualidad y compromiso laical». En ese marco el Director del Departamento de Liturgia del Secretariado Permanente del Episcopado Colombiano (SPEC) ofreció la ponencia que da origen a este artículo, con un objetivo doble: histórico y litúrgico. Histórico, porque se trataba de recorrer cómo ha caminado la Iglesia, a lo largo de sus veinte siglos, en su comprensión y ejercicio de los ministerios confiados a los laicos. Litúrgico, porque en cada etapa de ese recorrido interesa preguntar qué rito —qué gesto concreto— expresó la relación entre el ministerio ordenado y los servicios confiados a los laicos.La historia del laicado, como advierten quienes la han estudiado, está hecha de luces y de sombras: no es una línea recta de progreso continuo, ni tampoco una novedad reciente inventada por el Concilio Vaticano II o por el Papa Francisco. Es, más bien, el relato de tres grandes movimientos que se entrelazan y a veces se contraponen: una riqueza carismática originaria en las primeras comunidades; una progresiva concentración de esa riqueza en los ministerios ordenados; y, finalmente, un redescubrimiento que encuentra en el Concilio su formulación decisiva y llega hasta las Orientaciones recién aprobadas por el Episcopado colombiano.1. La Iglesia de los primeros siglos: una comunidad ministerial en su totalidadEn el Nuevo Testamento se distingue ya entre el don fontal del Espíritu, dado a todos para la santificación en Cristo, y los dones particulares que ese mismo Espíritu confiere a algunos fieles para la edificación del Cuerpo. San Pablo lo expresa con una fórmula programática: existen diversos carismas, pero el Espíritu es el mismo; existen diversos servicios, pero el Señor es el mismo (cf. 1 Co 12,1-7). Ese servicio traduce, en griego, diakonía, y remite ante todo a la actitud de Cristo mismo, que se vació y se entregó por la humanidad (cf. Flp 2,5-11): el ministerio, antes que un poder, es un servicio que lo prolonga (Lodi 1987, 1275).La palabra «laico»: quién la usó primeroLa palabra griega laikós aparece por primera vez hacia el año 95, en la Primera Carta de Clemente de Roma a los Corintios (1Clem 40,5), donde Clemente contrapone la tríada sacerdotes-levitas-laicos para hablar del orden que Dios quiere en su pueblo (Sanvito 2026, 31-66). Un siglo después, hacia el 200, Clemente de Alejandría emplea el mismo término en sus Stromata (III, 12, 90, 1), esta vez con la tríada sacerdotes-diáconos-laicos; y Tertuliano, en Cartago, lo usa en su De exhortatione castitatis (7, 3), dando ya por conocido su significado. Los tres no inventan una categoría nueva: fijan, cada uno en su contexto, un vocabulario que la comunidad ya usaba para distinguir, sin romper la unidad del pueblo bautizado, entre quienes ejercían un ministerio jerárquico y quienes no.Buena parte de los grandes apologistas, maestros, mártires y ascetas de estos siglos fueron, precisamente, laicos: Justino, filósofo convertido que abrió en Roma una escuela sin mandato eclesiástico y selló su testimonio con el martirio hacia el año 165; Lactancio, retórico africano que escribió las Divinas instituciones sin dejar nunca su condición laical; Orígenes, que siendo aún laico llegó a dirigir la escuela catequética de Alejandría. Los mártires tienen también nombre propio: tras el edicto de Septimio Severo del año 202, murieron en Cartago Perpetua y Felicidad —hoy presentes en el Canón Romano y en las letanías de la Vigilia Pascual (Misal Romano, 312, 667)—, y en Alejandría, Leónidas, padre de Orígenes. Entre los ascetas, san Antonio Abad (251-356), nunca ordenado, es reconocido como padre del monacato cristiano.Los ministerios menores: qué hacía cada unoSan Ignacio de Antioquía, a comienzos del siglo II, es quien primero distingue con nitidez las funciones episcopales de las presbiterales (Lodi 1987, 1279); y la Tradición apostólica de Hipólito de Roma describe ya, en el siglo III, los ritos de ordenación de obispo, presbítero y diácono (Lodi 1987, 1282). Junto a estos tres grados mayores, las fuentes documentan toda una constelación de ministerios laicales estables: el subdiácono leía la epístola y preparaba los vasos sagrados; el lector proclamaba las Escrituras; el cantor entonaba los salmos; el exorcista imponía las manos sobre los catecúmenos; el ostiario custodiaba la puerta del templo; el acólito llevaba las luces y presentaba el vino y el agua. Entre las mujeres, las diaconisas de la tradición siríaca eran ordenadas por imposición de manos —caso documentado es el de santa Olimpia de Constantinopla (360-408)—; las vírgenes consagradas recibían el velo de manos del obispo, como santa Marcelina, hermana de san Ambrosio; y las viudas formaban un orden dedicado a la oración y la caridad, como el círculo reunido por santa Marcela de Roma en el Aventino.Este dato tiene una lectura litúrgica precisa: cada uno de estos ministerios se recibía mediante un gesto ritual distinto, más o menos solemne según el grado, como consta en el Sacramentario Gelasiano, el primer libro litúrgico que recoge los ritos de ordenación de las órdenes menores. Ya en el siglo III, la Iglesia sabía distinguir con el rito la diversidad de vocaciones dentro de un único Pueblo de Dios.2. La concentración clericalA partir de la alianza entre la Iglesia y el Imperio en el siglo IV, el clero se consolidó como un grupo claramente definido y concentró funciones que antes se distribuían de manera más amplia. Desapareció el catecumenado, se debilitó el impulso misionero, y los ministerios y carismas laicales se redujeron hasta el punto de que el diaconado mismo entró en riesgo de extinción práctica (Lodi 1987, 1283). Los privilegios concedidos a los obispos —convertidos en dignatarios del Estado— introdujeron en la liturgia el ceremonial de la corte imperial y una terminología tomada del cursus honorum romano, que llevó a concebir los grados ministeriales como peldaños de una carrera jerárquica y no ya como servicios complementarios. El canon 10 del Concilio de Sárdica (343) es elocuente: nadie podía acceder al episcopado sin haber ejercido antes el lectorado, el diaconado o el presbiterado.La cristiandad organizó así la Iglesia al modo del Imperio, marcando una diferencia cada vez más nítida entre clero y laicado. Desde el siglo VIII la liturgia se celebró en latín, lengua que el pueblo ya no comprendía, lo que convirtió con frecuencia a los fieles en simples espectadores. Litúrgicamente, es la época en que el gesto ritual deja de multiplicarse: donde antes había un rito propio para cada servicio, ahora casi todo converge en la ordenación, y el laico va perdiendo el gesto que antes lo vinculaba visiblemente a un ministerio reconocido.3. El despertar del laicado: cofradías, terceras órdenes y catequistas doctrinerosA partir del siglo X surgieron las cofradías —asociaciones de fieles laicos organizadas en torno a una devoción o una obra de caridad, sin votos ni vida en común— y, en el siglo XIII, las órdenes mendicantes extendieron su espiritualidad a los laicos mediante las terceras órdenes. Santa Isabel de Hungría (1207-1231), reina viuda que renunció a su rango para servir a los pobres, es considerada la primera terciaria franciscana; santa Catalina de Siena (1347-1380) vivió como terciaria dominica e influyó en la vida de la Iglesia de su tiempo, incluida su intervención ante Gregorio XI para el regreso de la Sede de Aviñón a Roma. En este contexto se sentaron las bases del reconocimiento de una misión propia del laicado: la relación específica con las realidades temporales.En la Edad Moderna, el laico Ettore Vernazza fundó en Génova, en 1497, la Compañía del Divino Amor, bajo inspiración de santa Catalina de Génova; el jesuita Jean Leunis fundó en 1563 la primera Congregación Mariana; y, todavía laico, san Felipe Neri fundó en 1548 la Congregación del Oratorio. En el siglo XIX, dos universitarios italianos, Mario Fani y Giovanni Acquaderni, lanzaron en 1867 la iniciativa que Pío IX aprobaría como Sociedad de la Juventud Católica Italiana —antecedente directo de la Acción Católica que Pío XI organizaría formalmente en la Encíclica Ubi Arcano Dei Consilio (1922)—. En las letras, Blaise Pascal (1623-1662) dejó, en sus Pensamientos, la célebre frase «el corazón tiene razones que la razón desconoce»; y Alphonse de Lamartine (1790-1869) cantó a Dios en sus Méditations poétiques (1820).Es precisamente en este mismo período de máxima concentración clerical cuando, en los territorios de misión de América, resurge con fuerza la figura del catequista laico. Ante la escasez de clero, catequistas indígenas y mestizos —muchas veces llamados «fiscales» o «doctrineros»— asumieron durante siglos la enseñanza catequética entre visita y visita del sacerdote. De aquella época perviven hoy varias capillas doctrineras en diócesis colombianas —Zipaquirá, Sutatausa, Suesca, Chiquinquirá, Sáchica, Villa de Leyva, Tierradentro, Tópaga, Monguí—, varias de ellas declaradas bienes de interés cultural. Es la misma semilla ministerial que llegará, sin solución de continuidad, hasta el ministerio de catequista que hoy conocemos: la bendición o el mandato que el párroco daba al doctrinero, sin ordenarlo, era ya un germen del rito de institución que Pablo VI formalizaría siglos después.4. El siglo XX: la teología del laicadoA comienzos del siglo XX comenzó a abrirse paso la conciencia de que el clero no podía representar la única presencia de la Iglesia en el mundo. El papa Pío XI impulsó la Acción Católica, entendida como la participación de los seglares en el apostolado jerárquico de la Iglesia; Pío XII dio un paso más audaz al afirmar que «los laicos no solo pertenecen a la Iglesia, sino que son Iglesia» (Pío XII 1946). Surgieron movimientos como la Juventud Obrera Cristiana, y se celebraron dos Congresos Mundiales del Apostolado de los Laicos (1951 y 1957), que prepararon el nacimiento de una verdadera teología del laicado entre 1950 y 1960.El P. Yves Congar, dominico francés, silenciado por sospecha de heterodoxia entre 1946 y 1956 y rehabilitado en 1960 por Juan XXIII —quien lo incorporó como perito al Concilio—, representa el primer intento sistemático de pensar al laico no por delegación de la jerarquía, sino desde su propia relación constitutiva con el mundo, fundada en la vocación bautismal. Suya es la frase que resume la condición del laicado de su tiempo: hay laicos que ya son apóstoles en una Iglesia todavía clerical, que se defiende en un mundo en vías de secularización.5. El Concilio Vaticano II: el giro eclesiológicoEl Concilio, convocado por san Juan XXIII, significa un verdadero punto de inflexión, y lo hace desde una decisión de método: en la constitución Lumen Gentium, el capítulo sobre el Pueblo de Dios precede al capítulo sobre la jerarquía. Antes de hablar de cómo los obispos participan de los tres oficios de Cristo, el Concilio afirma que todo el Pueblo de Dios es ya, por el bautismo, un pueblo sacerdotal, profético y real (Concilio Vaticano II 1964, LG 10, 31). Con todo, Lumen Gentium 10 mantiene con claridad la distinción esencial entre ambos sacerdocios —«diferentes esencialmente y no solamente en grado», aunque «ordenados el uno al otro»—.El decreto Apostolicam Actuositatem aplica a los laicos ese mismo esquema de la triple función de Cristo, con una secuencia propia: sacerdote-profeta-rey, en clave de dominio de sí y de servicio a la sociedad (Concilio Vaticano II 1965a, AA 2). Y el decreto Ad Gentes elogia explícitamente a los catequistas, calificándolos de «legión benemérita» de la obra misionera (Concilio Vaticano II 1965b, AG 17). Antes del Concilio, el laico solía definirse de manera negativa: «el que no es sacerdote ni religioso» (CELAM 2007, DA 209). El Concilio superó esa visión y afirmó que los fieles laicos son, en fórmula feliz, hombres y mujeres de Iglesia en el corazón del mundo, y hombres y mujeres del mundo en el corazón de la Iglesia. Con todo, es honesto reconocer una ambivalencia en el texto conciliar: la colaboración de los laicos aparece todavía, en varios pasajes, ligada a la penuria de sacerdotes, como si se tratara ante todo de una suplencia, y no plenamente como ejercicio propio del sacerdocio bautismal.6. El desarrollo posconciliar y la recepción colombianaPablo VI, en el motu proprio Ministeria quaedam de 1972, reforma la antigua disciplina de las órdenes menores, reserva el Orden sagrado a la tríada episcopado-presbiterado-diaconado y confía el lectorado y el acolitado a los laicos mediante un rito de institución, no de ordenación —la primera vez que la Iglesia distingue con tanta claridad ambos gestos litúrgicos—. El mismo documento abre la puerta a que las Conferencias Episcopales pidan otros ministerios, mencionando expresamente el oficio de catequista.En 1988, san Juan Pablo II precisa en Christifideles laici que «no es la tarea lo que constituye el ministerio, sino la ordenación sacramental» (Juan Pablo II 1988, ChL 23); la instrucción Ecclesiae de mysterio (1997) lo resumirá con una fórmula memorable: «colaborar no significa sustituir» (Congregación para el Clero 1997). En 2021, Spiritus Domini abre a las mujeres el lectorado y el acolitado instituidos, modificando el canon 230 §1 del CIC, y Antiquum ministerium instituye el ministerio de catequista, descrito como «testigo de la fe, maestro y mistagogo, acompañante y pedagogo que enseña en nombre de la Iglesia» (Francisco 2021, AM 6). En 2022, el Papa Francisco resume todo el recorrido: «no existe comunidad cristiana que no genere ministerios» (Francisco 2022, 3).El Documento Final del Sínodo sobre la Sinodalidad (2024) confirma y proyecta este camino, pidiendo «la promoción de más formas de ministerios laicales... no solo en el ámbito litúrgico» (Sínodo de los Obispos 2024, 36). El Episcopado colombiano ha respondido con decisión: tras Antiquum ministerium, y a partir del encuentro del 23 al 25 de mayo de 2023 liderado por el Departamento de Liturgia, se publicaron el 24 de junio de 2026 las «Orientaciones para el Fomento y la Renovación de los Servicios y Ministerios Bautismales» (Conferencia Episcopal de Colombia 2026), que tipifican los ministerios ordenados, los tres ministerios instituidos de alcance universal —lectorado, acolitado y catequista—, los ministerios extraordinarios y los servicios de facto. Y determina la figura del Catequista para la Iglesia en Colombia:«Se dedicará de manera especial a la promoción y realización de acciones y procesos específicamente misioneros y al acompañamiento de las comunidades que surjan de la acción misionera. En este sentido, será líder de comunidades misioneras en contextos rurales o urbanos y podría, si las necesidades locales así lo aconsejan, presidir celebraciones dominicales de la Palabra, en la ausencia del presbítero» (Orientaciones 2026, 117).Se trata de la culminación institucional, dos siglos después, de la figura del catequista doctrinero. Y las Orientaciones añaden un principio que cierra el círculo: cuanto más avanza una Iglesia particular en la pluralidad de los ministerios laicales, más debe insistir en la importancia decisiva de los ministerios ordenados; lo uno nunca es alternativa de lo otro.ConclusiónEste recorrido histórico permite algunas conclusiones pastorales. La Iglesia primitiva nació ministerial en su totalidad: la distinción entre laicos y clérigos, atestiguada desde el año 95, no impidió una vitalidad carismática notable —maestros, mártires y ascetas laicos, y una constelación de ministerios menores con función y rito propios— que rara vez se recuerda hoy con el detalle que merece. El proceso de concentración clerical entre los siglos IV y XIX no fue lineal ni exento de resistencias: coexistió, en distintos momentos, con auténticos despertares laicales, hasta llegar, en el contexto americano, a la figura del catequista doctrinero, germen histórico directo del ministerio que hoy reconoce el magisterio universal.El giro eclesiológico del Concilio Vaticano II confirma que la revalorización del laicado no fue una concesión coyuntural, sino una decisión de método teológico —anteponer el Pueblo de Dios a la jerarquía—, aunque el texto conciliar conserva una ambivalencia no resuelta entre la colaboración laical como suplencia y como ejercicio propio del sacerdocio bautismal. La recepción de este desarrollo en las Orientaciones de la Conferencia Episcopal de Colombia (2026) muestra una Iglesia particular que asume el itinerario magisterial universal y lo articula con su propia historia. Y en la dimensión ritual que ha atravesado todo el recorrido, se advierte que cada etapa tuvo su correspondiente expresión litúrgica: la multiplicidad de ritos de los primeros siglos, su concentración en la sola ordenación durante la cristiandad, el mandato eclesial sin rito propio de la Acción Católica preconciliar, y, finalmente, la distinción magisterial explícita entre el rito de ordenación y el rito de institución que Pablo VI formuló en 1972.En síntesis, lo que hoy se denomina «nuevos ministerios» no es una novedad, sino una recuperación: la tensión entre concentración clerical y despliegue carismático no es nueva, y la Iglesia ha sabido, en distintos momentos de su historia, corregir sus propios desequilibrios sin romper la unidad esencial entre sacerdocio común y sacerdocio ministerial. El camino sinodal actual no busca clericalizar al laico ni debilitar al ministerio ordenado, sino permitir que toda la comunidad cristiana sea ministerial, para construir juntos el único cuerpo eclesial (Francisco 2022, 9).Referencias-CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano). 2007. Documento de Aparecida: Texto conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. Bogotá: CELAM.-Concilio Vaticano II. 1964. Lumen Gentium: Constitución dogmática sobre la Iglesia. Roma: Librería Editrice Vaticana.-Concilio Vaticano II. 1965a. Apostolicam Actuositatem: Decreto sobre el apostolado de los laicos. Roma: Librería Editrice Vaticana.-Concilio Vaticano II. 1965b. Ad Gentes: Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia. Roma: Librería Editrice Vaticana.-Conferencia Episcopal de Colombia. 2026. Orientaciones para el Fomento y la Renovación de los Servicios y Ministerios Bautismales. Bogotá: Carvajal Soluciones.-Congregación para el Clero. 1997. Ecclesiae de Mysterio: Instrucción sobre algunas cuestiones acerca de la colaboración de los fieles laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes. Acta Apostolicae Sedis 89: 852–877.-Francisco. 2021a. Spiritus Domini: Carta apostólica en forma de "motu proprio" sobre el acceso de las personas de sexo femenino al ministerio instituido del lectorado y del acolitado. Acta Apostolicae Sedis 113: 169–171.-Francisco. 2021b. Antiquum Ministerium: Carta apostólica en forma de "motu proprio" con la que se instituye el ministerio de catequista. Acta Apostolicae Sedis 113: 641–647.-Francisco. 2022. Mensaje del Santo Padre en el 50.º aniversario de la carta apostólica Ministeria quaedam de san Pablo VI. Acta Apostolicae Sedis 114: 1168–1175.-Juan Pablo II. 1988. Christifideles Laici: Exhortación apostólica postsinodal sobre vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo. Acta Apostolicae Sedis 81 (1989): 393–521.-Lodi, Enzo. 1987. "Ministerio/Ministerios." En Nuevo Diccionario de Liturgia, dirigido por D. Sartore y A. M. Triacca, edición española de J. M. Canals, 1275–1286. Madrid: Ediciones Paulinas.-Pablo VI. 1972. Ministeria Quaedam: Carta apostólica en forma de "motu proprio" por la que se reforma en la Iglesia latina la disciplina relativa a la primera tonsura, a las órdenes menores y al subdiaconado. Acta Apostolicae Sedis 64: 529–534.-Pío XII. 1946. "Discurso a los nuevos cardenales." Consistorio del 20 de febrero de 1946. Ciudad del Vaticano.-Sanvito, Clara. 2026. "El laico en relación con la jerarquía: un recorrido en los primeros testimonios cristianos." Estudios Eclesiásticos 101, núm. 396: 31–66.-Sínodo de los Obispos, XVI Asamblea General Ordinaria. 2024. Documento Final: Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión. Ciudad del Vaticano, 26 de octubre.P. Jairo de Jesús Ramírez RamírezDirector del Departamento de LiturgiaConferencia Episcopal de Colombia