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monseñor Víctor Manuel Ochoa

Lun 1 Feb 2021

“Quiero ponerme como obispo al servicio de esta tarea con humildad y sencillez”

Este fue el mensaje contundente que expresó el nuevo obispo castrense, monseñor Víctor Manuel Ochoa Cadavid, durante su homilía en la celebración eucarística de posesión canónica realizada el pasado 30 de enero, en la Catedral Castrense Jesucristo Redentor, en Bogotá. Al dirigirse a los miembros de las fuerzas militares y de policía, así como a representantes de todas las instituciones del Ministerio de Defensa, les aseguró que desde el obispado castrense pueden sentirse “arropados, cuidados, apoyados y estimulados en los momentos de dificultad o tristeza que puedan estar pasando”. “Quisiera que hoy nos centráramos en Jesucristo. La acción, la tarea, el servicio del obispado castrense, ese es nuestro principio y fin, anunciar a Jesucristo. Es hacer que cada uno de los miembros de las fuerzas militares ponga su mirada en Jesús. ¡Desde hoy los llamo queridos hijos! (…) Las fuerzas militares y de policía de Colombia no deben tener miedo, porque tienen la certeza de la fe y la certeza de los altos ideales y de las altas tareas a las que están llamados, las más altas tareas en medio de una comunidad constituida como lo es la patria”, agregó. El prelado aseguró que es importante que en el ámbito militar y de policía se viva una experiencia de Dios y de pertenencia a la Iglesia, esto da la seguridad de construir sobre grandes valores. “Allí tienen que vivirse los valores espirituales con una profunda vivencia de Dios. Allí donde están nuestros soldados, oficiales, suboficiales y personal militar y también el personal civil qué sirve al Ministerio de Defensa y a los que han prestado su obra a estas grandes instituciones, encontrarán la presencia de la Iglesia en los párrocos y capellanes, que transmiten y contribuyen a que la vida militar sea un proyecto de vida, animado por altos valores espirituales y humanos”. Monseñor Ochoa Cadavid resaltó seis líneas que considera marcarán el caminar pastoral de servicio en el obispado castrense. Primero: Estado de misión permanente. Observó que el anunciar a Jesucristo será una misión que continuará la Iglesia diocesana del obispado castrense. “Esto no cambia, tenemos que anunciar a Jesucristo, tenemos que hacer que los soldados de tierra, mar, aire y agua y los miembros de la Policía Nacional, vivan a Jesucristo celebrando los sacramentos, orando, encontrando la certeza de la presencia de Dios”. Segundo: Al servicio del sufrimiento. Al afirmar que el sacrificio de las fuerzas armadas y de policía, en ocasiones, es incomprendido y atacado en su oficio, también destacó que la absoluta mayoría de sus miembros están ofreciendo su servicio para cuidar y ayudar a los colombianos. Tercero: Solidaridad y caridad cristiana. Al resaltar la labor de tantos héroes de la patria, que en cumplimiento de su deber han quedado inválidos o con secuelas psicológicas, advirtió que es importante ayudar desde el obispado a estos hombres y mujeres que quizás necesitan de una palabra de aliento. Cuarto: Cuidado de las familias. También puso de presente a los familiares de militares y policías. “Es urgente hoy trabajar en las fuerzas armadas y de policía en favor de las familias de oficiales, suboficiales, soldados, policías, para que brille la luz de Cristo en cada hogar, para que brille una gran riqueza espiritual y humana”. Quinto: Trabajar en la construcción de una Colombia digna, justa, respetuosa de la persona humana. Frente a este aspecto, el prelado trajo a la memoria algunas palabras del Papa Francisco durante su última visita a Colombia y dijo que en este camino hacia la paz “es necesario evangelizar, es necesario tener opciones éticas y es necesario reencontrarse en la dignidad humana”. Sexto: “Tenemos que defender a la persona humana”. “La Iglesia, en su misión, está comprometida con la paz, la justicia y el bien común; es consciente que los principios evangélicos constituyen una dimensión significativa del tejido social colombiano y, por eso, puede aportar mucho al crecimiento del país”, a este respecto el prelado dijo que se trabajará para fortalecer la santidad y la práctica religiosa dentro de los estamentos militares y de policía. Al acto de posesión canónica le acompañaron el nuncio apostólico de Colombia, monseñor Luis Mariano Montemayor; el obispo castrense saliente, monseñor Fabio Suescún Mutis; monseñor Víctor Manuel López, primer obispo castrense de Colombia, y el arzobispo de Bogotá, monseñor Luis José Rueda Aparicio; los obispos auxiliares de Bogotá, monseñor Luis Manuel Alí Herrera y monseñor Pedro Manuel Salamanca Mantilla; y monseñor Timoteo Archimandrita, máxima autoridad de la Iglesia Ortodoxa Griega en Colombia. Igualmente hizo presencia una pequeña delegación de la Diócesis de Cúcuta.

Vie 29 Ene 2021

Obispo castrense tomará posesión de su sede

Este sábado 30 de enero estará tomando posesión de su sede, como obispo castrense de Colombia, monseñor Víctor Manuel Ochoa Cadavid, en ceremonia que tendrá lugar a las 11:00 a.m. en la Catedral Castrense Jesucristo Redentor de la ciudad de Bogotá. Siguiendo las normas de bioseguridad que impone la pandemia, el ingreso a la eucaristía será restringido, pero la ceremonia podrá ser seguida a través del canal Cristovisión, por la web de la Conferencia Episcopal (cec.org.co) o por las páginas en Facebook /episcopadocol o del Obispado Castrense. Monseñor Ochoa Cadavid fue nombrado por el Papa Francisco como obispo castrense el pasado 11 de diciembre de 2020. Nació en Bello (Antioquia), el 18 de octubre de 1962. Su Santidad Benedicto XVI lo nombró obispo auxiliar de Medellín, el 24 de enero de 2006. El 24 de enero de 2011, este mismo Pontífice lo nombró obispo de la diócesis de Málaga – Soatá y el 24 de julio de 2015, el Papa Francisco lo nombró obispo de la Diócesis de Cúcuta. La Diócesis Castrense de Colombia, también conocida como Obispado Castrense de Colombia y Ordinariato Militar de Colombia, siendo esta última su denominación oficial,​ es una iglesia particular católica encargada de atender el servicio religioso de las Fuerzas Militares y de la Policía Nacional, e, igualmente a sus familias en cualquier parte del país.

Jue 17 Dic 2020

No ceso de dar gracias por ustedes, mencionándolos en mis oraciones”: Efesios 1, 16

Por: Monseñor Víctor Manuel Ochoa Cadavid - El día 7 de diciembre de 2020, en la fiesta del gran Obispo San Ambrosio, se ha publicado el nombramiento que el Papa FRANCISCO ha tenido a bien hacer, al nombrarme como Obispo Castrense de Colombia, quien atiende pastoralmente en nombre de la Iglesia a las Fuerzas Militares y de Policía, que sirven a la Patria. Con este nombramiento concluye mi servicio pastoral como Obispo de la Diócesis de Cúcuta, para la cual fui designado en el mes de julio del año 2015. Quiero manifestarles mi agradecimiento y mi gratitud por todas las bondades que han tenido los sacerdotes, religiosas y religiosos, laicos de esta Iglesia particular durante estos años de servicio en las distintas comunidades en la animación de la evangelización. He procurado ponerme al servicio de la Evangelización, buscando anunciar con fuerza el nombre de Jesucristo, su Evangelio, su mensaje y llamada a la vida según la voluntad de Dios para cada uno de ustedes. Desde el primer momento, en la noche del 14 de agosto 2015, vi cómo Dios quería que se anunciara a Cristo como el CAMINO, para ir al Padre, para vivir según la voluntad de Dios. Estos años han sido años de evangelización en los distintos frentes de la acción pastoral: el Sínodo Diocesano, los distintos programas de formación y Asambleas Diocesanas que nos han permitido encontrarnos y caminar juntos para encontrar el camino de Dios en nuestras vidas. Tengo que dar gracias a Dios por la riqueza y todos los dones espirituales que se dan como frutos maduros en la Diócesis de Cúcuta. Son muchos los laicos, hombres y mujeres que están insertos en programas de evangelización promovidos desde nuestro plan diocesano de evangelización. Son muchos los jóvenes y niños, los adultos, familias, ancianos, que de una u otra manera están vinculados a la Iglesia en sus distintos frentes. Tengo que reconocer la gran riqueza de estas comunidades y su proceso maduro y ordenado que ha llevado a fortalecer el anuncio de la Iglesia, presentando a Jesucristo como Redentor y Salvador. He encontrado grandes riquezas en esta Iglesia particular, una de ellas el gran compromiso con la catequesis, con la formación constante de niños, jóvenes, adultos en la fe, para conocer más y amar a Jesús. Procesos liderados por sacerdotes y, especialmente por los párrocos que, con gran celo apostólico y pastoral, se dan a la tarea de formar a los católicos. Es necesario agradecer profundamente a Dios por el don de los sacerdotes, empeñados, trabajadores y comprometidos con los distintos frentes de la pastoral, para dar razón de Cristo en el mundo. Es una gran riqueza ver la abnegación y el celo de un presbiterio que se esfuerza por evangelizar y vivir los sacramentos, especialmente con la celebración digna del Sacramento de la Eucaristía, el Santo Sacrificio de Cristo en el altar que es vivido por todos con profunda veneración y cuidado. Tengo que dar gracias a Dios por el don de la vida religiosa, que entre nosotros florece en muchas comunidades, con carismas y llamados muy concretos, que sirven estos religiosos y religiosas en medio de nosotros, para ser fermento en la masa, para dar testimonio de Cristo en el mundo. También es necesario agradecer a Dios por el compromiso y empeño de tantos laicos, que, en cada parroquia, en las distintas comisiones, en los frentes de trabajo pastoral, se empeñan en los grupos pastorales, en los movimientos, en la acción misionera de la Diócesis. No puedo dejar de lado la vida y el empeño de tantos jóvenes y niños que con generosidad anuncian al Señor en los grupos parroquiales, en los grupos de animación misionera; y que con fuerza viven su fe y su entrega al Señor. Tengo un particular sentimiento de gratitud hacia el Seminario Mayor Diocesano San José de Cúcuta, a sus formadores sacerdotes de la Compañía de San Sulpicio y de los sacerdotes diocesanos que allí trabajan, a los seminaristas que, con empeño, en el silencio, con generosidad se aplican en la “Escuela de Jesús” para configurarse con Él para ser un día como el Buen Pastor. Años de intensa compañía, mutuo conocimiento, trabajo para vivir en profundidad a experiencia de encuentro con Jesucristo vivo en su Palabra y en la Eucaristía. Gran esfuerzo formativo para cuidar las vides que deben dar mucho fruto, y así lo harán con la ayuda de Dios. Me alegra mucho, al final de mis servicios, ver una Iglesia consolidada y serena, que camina siguiendo a Jesús, fortalecida y decidida a dar lo mejor de sí, en el camino, cada uno según el carisma y la llamada que el señor le ha regalado. Profunda gratitud a los colaboradores, empezando por el Vicario General Monseñor Israel Bravo Cortés, y todos los colaboradores de la Curia Diocesana, a los Vicarios Territoriales y a los Decanos, a los párrocos, a todos que Dios les ayude. Gracias a los que han sido responsables de los medios de comunicación de la Diócesis, de la Emisora VOX DEI, el Periódico LA VERDAD, a todos sus colaboradores gracias por ayudarme al anuncio de Jesucristo en estos medios de comunicación social. Durante estos años el Señor nos ha hecho el regalo de la caridad y del servicio de los pobres en Colombia y con los emigrantes. Hemos todos, especialmente sacerdotes y laicos, vivido el don de ser la mano que cuida, acoge, ayuda y protege a los que sufren. Nuestra Iglesia se ha consolidado en la vivencia de la caridad. Que no se pierda esta dimensión de la caridad y del servicio a los hermanos. Un gran sentimiento de gratitud a la Santísima Virgen María, Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, a su esposo San José. Ellos con su manto y su protección nos han mantenido firmes en el trabajo y en la acción evangelizadora. A todos, mis sentimientos de gratitud y reconocimiento por su generosa ayuda y paciencia, les aseguro mi oración y pido que oren por mí. Me pongo al servicio de todos ustedes en mis nuevas responsabilidades que la Iglesia me entrega. + Víctor Manuel Ochoa Cadavid Obispo de la Diócesis de Cúcuta

Mar 3 Nov 2020

“Hermanos todos”, un camino para reconstruir las relaciones entre los hombres, desde la fe (II)

Por: Monseñor Víctor Manuel Ochoa Cadavid - Deseo ofrecerles una segunda re­flexión sobre la Encíclica “Fra­telli tutti”, Hermanos todos, del Papa Francisco y, concretamente de sus enseñanzas en este impor­tante documento Pontificio. Estos elementos que nos regala el Santo Padre, nos permiten hacer una gran síntesis de la doctrina de la Iglesia sobre las relaciones que se establecen entre las personas humanas, en­tre los hombres de la tierra. La enseñanza del Papa, nos presen­tan algunos elementos que son centrales en toda la enseñanza del Evangelio y de la Iglesia a lo largo de los siglos. Estos elemen­tos nos tienen que animar para fortalecer las relaciones entre los hombres, entre las diversas condiciones sociales e incluso entre las diversas religiones de la tierra. Es importante resaltar la realidad del amor que Cristo nos propo­ne, que nos regala en el Evan­gelio y que nos permite entrar en la centralidad de su mensaje y de su doctrina. El amor es la clave para la relación entre to­dos los hombres, para todos los pueblos de la humanidad. Todo el capítulo segundo de la Encíclica, que presenta al hombre herido y puesto en la sombra. Esta reali­dad del hombre herido es pre­sentada en varias oportunidades, permitiéndonos hacer una lectura de la realidad social desde la fe y desde el texto del Buen Samarita­no, expresamente. Es muy bello el uso del lenguaje en este aparta­do de la Encíclica, que nos lleva a la actitud de amor que debe dis­tinguirnos, donde vivamos “com­pasión y dignidad” Número 62. Partiendo de la reflexión sobre este texto bíblico nos hace mirar y reflexionar sobre la indiferencia y las actitudes que en el mundo de hoy nos tocan. Es importan­te resaltar como muestra, en su reflexión el Santo Padre, que el hombre tiene su origen en Dios como creador y que esta es la base de su dignidad, al ser ima­gen de Dios (n. 57). En su propuesta nos hace re­flexionar sobre la necesidad de acoger al extranjero, en una gran llama­da al amor fraterno (n. 61) y a acoger al “hermano herido”, donde se resalte la compasión y la dig­nidad de la persona humana (n. 62). De frente a las distintas realidades del mundo, y concretamente de cuanto vive el hombre de nuestro tiempo es necesaria la cercanía, el empeño, la propia capacidad de poner el “dinero del bolsillo” y ocuparse de las necesidades del otro para atenderlo (n. 63). Es uno de los pasajes más bellos de la Encíclica: El abandonado 63. Jesús cuenta que había un hombre herido, tirado en el cami­no, que había sido asaltado. Pasa­ron varios a su lado, pero huyeron, no se detuvieron. Eran personas con funciones importantes en la sociedad, que no tenían en el co­razón el amor por el bien común. No fueron capaces de perder unos minutos para atender al herido o al menos para buscar ayuda. Uno se detuvo, le regaló cercanía, lo curó con sus propias manos, puso también dinero de su bolsillo y se ocupó de él. Sobre todo, le dio algo que en este mundo an­sioso retaceamos tanto: le dio su tiempo. Seguramente él tenía sus planes para aprovechar aquel día según sus necesidades, compro­misos o deseos. Pero fue capaz de dejar todo a un lado ante el he­rido, y sin conocerlo lo consideró digno de dedicarle su tiempo. 64. ¿Con quién te identificas? Esta pregunta es cruda, directa y determinante. ¿A cuál de ellos te pare­ces? Nos hace falta reconocer la tenta­ción que nos circun­da de desentendernos de los demás; espe­cialmente de los más débiles. Digámoslo, hemos crecido en muchos aspectos, aunque somos anal­fabetos en acompa­ñar, cuidar y sostener a los más frágiles y débiles de nuestras sociedades desarrolladas. Nos acostumbra­mos a mirar para el costado, a pa­sar de lado, a ignorar las situacio­nes hasta que estas nos golpean directamente. El Papa nos hace una llamada para atender al abandonado, para detenernos y saber que tenemos que cuidar de los demás, de aque­llos que sufren y, especialmente del que disturba, del que molesta o nos presenta problemas particu­lares. No podemos dar la espalda al dolor humano y las necesida­des de los otros (n. 65). La propuesta es novedosa, la creación de nuevas relaciones en­tre los hombres, como ciudadanos del mundo entero. Las relaciones entre los hombres nos hacen de­pender unos de otros, fortalecien­do las relaciones que Él llama, las relaciones del encuentro (n. 66). Hay una renovada expresión de lo mejor de la Doctrina social de la Iglesia, en la invitación a forta­lecer caminos de modelos econó­micos, políticos, sociales e inclu­so de tipo religioso para unir a los hombres (n. 69). Repasemos un apartado de la En­cíclica, que nos puede ser bien iluminador para entender el sen­tido de las enseñanzas de FRAN­CISCO. 67. Esta parábola es un ícono ilu­minador, capaz de poner de ma­nifiesto la opción de fondo que necesitamos tomar para recons­truir este mundo que nos duele. Ante tanto dolor, ante tanta heri­da, la única salida es ser como el buen samaritano. Otra opción ter­mina al lado de los salteadores, o bien, al lado de los que pasan de largo, sin compadecerse del dolor del hombre herido en el camino. La parábola nos muestra con qué iniciativas se puede rehacer una comunidad a partir de hombres y mujeres que hacen propia la fragilidad de los demás, que no dejan que se erija una sociedad de exclusión, sino que se hacen prójimos y levantan y rehabili­tan al caído, para que el bien sea común. Al mismo tiempo, la pa­rábola nos advierte sobre ciertas actitudes de personas que sólo se miran a sí mismas y no se hacen cargo de las exigencias ineludi­bles de la realidad humana. 68. El relato, digámoslo claramente, no desliza una enseñanza de ideales abstractos, ni se cir­cunscribe a la funcionalidad de una moraleja ético-social. Nos revela una característica esencial del ser humano, tantas veces ol­vidada: hemos sido hechos para la plenitud que sólo se alcanza en el amor. No es una opción po­sible vivir indiferentes ante el do­lor, no podemos dejar que nadie quede “a un costado de la vida”. Esto nos debe indignar, hasta ha­cernos bajar de nuestra serenidad para alterarnos por el sufrimiento humano. Eso es dignidad. El mundo en el cual vivimos ha creado exclusiones, de muchas formas y modalidades, que exclu­yen al hombre. Estas reflexiones, que continuaremos en nuestra si­guiente edición, nos permitirán entrar con atención en las ense­ñanzas muy actuales del Obispo de Roma. + Víctor Manuel Ochoa Cadavid Obispo Diócesis de Cúcuta Lea “Hermanos todos”, un camino para reconstruir las relaciones entre los hombres, desde la fe (I) [icon class='fa fa-download fa-2x'] AQUÍ[/icon]

Mar 25 Ago 2020

Diócesis de Cúcuta, con la caridad del Papa Francisco ayuda a migrantes venezolanos

La Diócesis de Cúcuta, atenta al fenómeno migratorio que se presenta en la frontera colombo-venezolana, con la ayuda de la caridad del Papa Francisco, este lunes 24 de agosto, ha entregado dos toneladas y media de alimento (panela, arroz, pastas, jugos, harina de maíz, sal y granos), para que sea distribuido entre los migrantes, con la colaboración y ayuda de la Policía Nacional, en los refugios que acompaña esta institución. Las consecuencias de la pandemia de la COVID-19, han obligado a que miles de migrantes venezolanos deseen retornar a su país de origen y se vean ahora sometidos a esperar en improvisados refugios, donde atraviesan diversas dificultades, como la falta de alimentación y hospedaje. Monseñor Víctor Manuel Ochoa Cadavid, Obispo de la Diócesis de Cúcuta, ha manifestado que “a pesar de la difícil situación económica que se vive hoy en día, también en nuestra Diócesis, no dejaremos de seguir ejerciendo la caridad con nuestros hermanos migrantes, porque la caridad de Cristo nos urge”. De esta manera, el prelado hizo un llamado a todos los habitantes de esta zona de frontera a elevar una oración al Todopoderoso para que guarde y proteja a las familias nortesantandereanas de la peste y la enfermedad que acecha, e ilumine a los gobernantes para que puedan encontrar la respuesta apropiada a la necesidad que hoy tienen los hermanos migrantes venezolanos. Fuente: Centro de Comunicaciones de la Diócesis de Cúcuta

Jue 11 Jun 2020

En tres años, Casa de Paso en Cúcuta entregó más de 3 millones de raciones

La Diócesis de Cúcuta celebra por estos días los tres años de apertura de la Casa de Paso ‘Divina Providencia’, que ha entregado más 3.530.520 raciones de alimentos. Este un lugar inició como una olla de caridad, por iniciativa del obispo de esta Iglesia Particular, monseñor Víctor Manuel Ochoa Cadavid, y se convirtió en la vivencia profunda del Evangelio y los valores que inspira la Palabra. En este sitio se demostró que “la caridad de Cristo nos urge” (2 Cor 5, 14), siendo una obra que se edificó con el anhelo de ayudar a los hermanos migrantes venezolanos y colombianos retornados, gravemente afectados por una crisis social, económica y política, proveniente del vecino país de Venezuela. En la Casa de Paso ‘Divina Providencia’ durante casi tres años, miles de personas necesitadas a diario recibieron permanente acompañamiento espiritual; una alimentación balanceada; atención médica, así como la entrega de medicina; atención psicosocial y jurídica gratuita, con el apoyo de profesionales voluntarios. Para cumplir con estos servicios, la Iglesia Católica de Cúcuta estuvo permanentemente apoyada por el Papa Francisco, los cucuteños, empresas, organizaciones internacionales como: Programa Mundial de Alimentos (PMA); Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR); Cáritas Internationalis; Adveniat; Cáritas Colombia; Cáritas Española; la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos; Conferencia Episcopal Española; y la cadena radial española COPE. Gracias a la generosidad de estas personas de buena voluntad y organizaciones, en el primer año de funcionamiento se entregaron 421.400 almuerzos, atendiendo diariamente a 1.500 migrantes. Para el segundo aniversario, se llegó a la cifra de 1.500.000 raciones entre almuerzos, desayunos y “repeles”, para entonces, ya llegaban 5.000 personas cada día, donde se les daba prioridad a los niños, mujeres embarazadas y adultos mayores. A sus casi tres años de servicio, el 13 de marzo de 2020, la Casa de Paso sumaba 3.530.520 raciones de alimentos, en esta fecha tuvo que cerrar sus puertas, cumpliendo con las normas dadas por el gobierno nacional, debido a la pandemia del coronavirus (COVID-19). El padre José David Caña Pérez, coordinador de la ‘Divina Providencia’, manifiesta que desde el cierre, “en la medida de lo posible se ayuda en las parroquias, con caridad, con mercados que llegan a través del Banco Diocesano de Alimentos”. En Cúcuta, la Iglesia ha sembrado caridad, esperanza y fraternidad, el padre David explica que estas virtudes y valores se continúan evidenciando con acompañamiento espiritual y material en las diferentes comunidades parroquiales, ya que en medio de la dificultad “en que estamos todos”, no se ha desamparado al más necesitado. En este día especial, recordando el 5 de junio de 2017, Monseñor Víctor Manuel Ochoa, saluda con gratitud a los colaboradores, voluntarios, “personas que con gran corazón nos han ayudado”, expresa el señor Obispo y asegura que aunque no se está trabajando directamente en la Casa de Paso, “la caridad sigue viva y esperamos poder nuevamente buscar las formas de ayudar a los hermanos migrantes de Venezuela”. Como un signo de esperanza, el padre David Caña, gracias a la contribución de benefactores, se prepararon 300 almuerzos, que con el apoyo de voluntarios, fueron llevados a distintos sectores, donde se presenta mayor cantidad de personas en condición de calle o con limitados recursos para cocinar en sus viviendas. De esta manera, se celebró el tercer aniversario de la Casa de Paso ‘Divina Providencia’ en la mañana de este viernes 5 junio, brindando un almuerzo completo a hermanos necesitados. La entrega se realizó en los siguientes lugares: Vía Pamplona (60 almuerzos); Anillo vial, vía La Parada (60); semáforos del centro de Cúcuta (60); parque Lineal (60); redoma de la cárcel Modelo (60). La Diócesis de Cúcuta, continúa siendo testigo de la caridad de Cristo en la frontera. Fuente y fotos: Centro de Comunicaciones Diócesis de Cúcuta

Dom 7 Jun 2020

La fuerza de Dios

Por: Mons. Víctor Manuel Ochoa Cadavid - La fiesta solemne de Pentecostés, es la fiesta de la Iglesia, por excelencia, en ella hemos recibido el don del Espíritu Santo, que nos anima y nos fortalece para dar testimonio de Jesucristo resucitado, hasta los confines extremos de la tierra. El bellísimo relato de Pentecostés que encontramos en el libro de los Hechos de los Apóstoles pone a la Santísima Virgen María y a los Apóstoles recibiendo esa fuerza, ese ardor que los lleva a salir, de un lugar encerrado a predicar con alegría al Señor en todos los lugares y a todas las personas. Celebrar Pentecostés, hoy en nuestra Iglesia particular, es vivir en la Iglesia la experiencia profunda del Espíritu Santo, que “hace nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5). Pidiendo el Espíritu Santo, tenemos que descubrirlo como fuerza creadora. La primera frase de la Sagrada Escritura se refiere a esa presencia creadora: “…la tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas” (Gen 1, 2). La última expresión de la Escritura también nos habla del Espíritu Santo: “El Espíritu y la Esposa dicen: «¡Ven!», y el que escucha debe decir: «¡Ven!». Que venga el que tiene sed, y el que quiera, que beba gratuitamente del agua de la vida” (Ap 22, 17). El Espíritu Santo es Persona Divina, es alguien y no algo, por ello puede ser enviado, regalado, dado con amor a quienes le saben pedir, esperar y acoger. Su acción fecunda ilumina los caminos de los Patriarcas, impulsa a Moisés por el desierto, acompaña las gestas gloriosas del Pueblo de Dios, se hace presente en el clamor de los Salmos, llena la vida de los Profetas, es la Sabiduría revelada, es la fuerza de los que aman a Dios. Esta persona de la Trinidad, anima, alienta, inspira la Palabra con la cual Dios habló a los hombres. El Espíritu Santo actúa en el misterio de la Encarnación, desciende sobre Jesús en el Jordán, mantiene un diálogo permanente con Jesús, lo sostiene y lo acompaña. Por eso en la sinagoga de Nazaret Jesús expresa como se cumple en él la profecía de Isaías (Isaías 61, 1ss) «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la buena nueva…» (Lucas 4,18). Somos la Iglesia del Espíritu Santo por excelencia, por vocación, por presencia amorosa de Dios que nos regala este don admirable para que tenga principio, sentido y fin nuestra vida pastoral, nuestra vida de fe, nuestra vida de caridad. Es el Espíritu quien nos anima y nos fortalece en la tarea de anunciar a Jesucristo resucitado, como lo hicieron en su momento los Apóstoles, llevando su Evangelio a todos los confines de la tierra y, como hoy, con gran fuerza continuamos haciéndolo. Con razón el Espíritu Santo es llamado alma de la Iglesia (León XIII en la Encíclica Divinum illud munus, 1897: Denzinger-Schönmetzer, n. 3.328) arquitecto del reino, maestro y pedagogo de la fe, aliento y camino, compañía y defensa, luz y esperanza de la comunidad creyente, sobre todo en estos tiempos de crisis, de soledad, de desaliento. Estos días que van transcurriendo en la experiencia del confinamiento, cuando se ha revelado de modo más evidente nuestra fragilidad y nuestra vulnerabilidad, hemos de aprender la lección de silencio que nos pide abrirnos a la gracia del Espíritu Santo, dejarlo actuar sin que lo impidan nuestras desesperaciones, dejar que nos mueva y acompañe, dejar que despierte, como ya lo ha hecho, iniciativas gozosas de evangelización, recursos ingeniosos para llegar a nuestros hermanos con una catequesis viva, con una palabra de aliento, con una motivación para trabajar decididamente por una promoción de la humanidad que no se quede en un simple proceso horizontal de solidaridad, sino que se motive porque aquel a quien busco, sirvo, acompaño y sostengo, es alguien que como yo posee el Espíritu Santo por la gracia de los sacramentos o porque en todo ser humano hay semillas del mismo Espíritu para despertar y alentar a que crezcan y den fruto. Es el Espíritu Santo el que anima y realiza la caridad de Jesucristo. El Espíritu es dado a la Iglesia de diversos modos. Es bello constatar que, siendo uno, se manifiesta de diversos modos: Gobierna en quien gobierna, predica en quien predica, sirve en quien sirve, porque sin Él todo sería estéril, todo sería mera acción humana. Con su fuerza la autoridad ilumina, la predicación enseña, la caridad llena de amor de Dios las obras de misericordia que, precisamente, son inspiradas por el Espíritu Santo y son bendecidas cuando se realizan en nombre del amor de Dios. Con Pentecostés no acaba la Pascua, en Pentecostés se sueltan las amarras de la nave de la Iglesia, para que “al impulso del amor confiado” del Espíritu Santo (Prefacio Eucarístico, Pentecostés), pase por este mar atormentado de la historia llenando de luz y de alegría cada acción humana, cada servicio, cada apostolado. Pidamos todos con mucha fe el don del Espíritu Santo, que nos avive a todos en nuestra vida cristiana y en nuestra tarea eclesial, a cada uno en su camino y misión, en su ministerio para aquellos que tenemos responsabilidades de Iglesia. El día de Pentecostés la Santa Virgen, María de Nazareth, estaba llena de alegría y esperanza, pidamos a ella que proteja y bendiga a nuestras comunidades en estos tiempos complejos y de prueba. Ven Espíritu Divino, fuerza, vida y esperanza de la Iglesia y de la humanidad. + Víctor Manuel Ochoa Cadavid Obispo Diócesis de Cúcuta

Mié 26 Feb 2020

Cúcuta ya cuenta oficialmente con la primera Basílica Menor

Como Sacrosanta Basílica, saludó Monseñor Víctor Manuel Ochoa Cadavid, Obispo de la Diócesis de Cúcuta, a esta nueva casa real, que llena de dones y privilegios a Norte de Santander. Este 22 de febrero de 2020 con una Eucaristía, presidida por Monseñor Víctor Manuel Ochoa Cadavid, fue oficialmente elevada la parroquia San Luis Gonzaga a Basílica Menor, dignidad que fue otorgada el pasado 30 de octubre de 2019 por Su Santidad, el Papa Francisco. A la ceremonia de concesión del título de Basílica Menor de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, asistieron el Secretario de la Nunciatura Apostólica en Colombia, el padre italiano Giovanni Bicchierri; Monseñor Héctor Epalza Quintero, Obispo Emérito de Buenaventura; Monseñor Omar Alberto Sánchez Cubillos, Obispo de la Diócesis de Tibú; el presbiterio diocesano; seminaristas; autoridades civiles; miembros de la Policía Nacional y fieles laicos. La gran romería que se congrega en la parroquia San Luis Gonzaga, fue uno de los méritos por los que el Papa Francisco concedió el título de Basílica Menor, lo cual se apreció en esta ceremonia, donde el Templo recibió gran aglomeración de feligreses tanto adentro, como afuera, por lo que fue necesaria la instalación de dos pantallas gigantes, para que los fieles y personas de buena voluntad no perdieran detalle de este momento santo e histórico. En su homilía, el Obispo de esta Iglesia Particular expresó su agradecimiento al Papa Francisco: “Al Santo Padre va nuestro recuerdo agradecido, nuestra devoción filial, la intención de escucharlo y amarlo, como "Centro de la Unidad de la Iglesia", orando por su ministerio como sucesor de Pedro en su Cátedra de Roma”. Recordando que por ser Basílica, las intenciones de la Eucaristía serán a diario también por el Papa. Monseñor manifiesta que este título del que ahora goza no sólo una comunidad, sino una región entera, es la “infinita bondad de Dios”, quien “nos revela su amor con la prueba más grande: la Encarnación del Verbo”. Gracias a la Santísima Virgen María, en este pueblo de Dios que peregrina en la zona de frontera, “miramos con amor y devoción hoy más que nunca el rostro de Cristo, el Hijo bendito en los brazos de una Madre que también nos mira y acoge a nosotros”. Desde esta Basílica, Monseñor Víctor afirma que “seguiremos pidiendo por el don de la paz, para que se viva la reconciliación y la justicia social, para que reine entre nosotros el diálogo”. De igual forma, a los pies de la Reina del cielo, añade el señor Obispo: “imploramos por tus hijos que vienen de Venezuela, pedimos por ellos, por sus necesidades, acógelos dentro de tu manto”. Finalmente, Monseñor en nombre de la Diócesis de Cúcuta, se compromete con ‘La Chinita’, como le dicen a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, a agradecerle a diario por su protección, a ratificar la fe y devoción, vivir como hermanos, mantener la esperanza, ser fieles al Evangelio y expresar el afecto agradecido por el Papa Francisco que “nos conoce y nos ama, porque sabe que en esta tierra bendita amamos lo que es el amor de su corazón de padre: el pobre, el migrante, el que lleva sobre su corazón el dolor de Cristo aumentado en tantas dolorosas experiencias de humillación de desplazamiento y de marginación”.