Pasar al contenido principal

protección de Menores

Vie 15 Jul 2022

Arquidiócesis de Bogotá: Diplomado sobre ‘Entornos Protectores en la Iglesia’

Tras cuatro años de formación en cultura de prevención, fundamentada en la ética del cuidado y la correcta atención de casos de violencia sexual en ambientes eclesiales, la Arquidiócesis de Bogotá, a través de la Oficina para el Buen Trato, presenta el segundo nivel del curso ‘Entornos Protectores en la Iglesia’ El programa formativo, adelantado con el apoyo de la Fundación Alemana Kindermissionswerk, tiene como propósito implementar metodologías participativas que le permitan a los agentes protectores consolidar la estrategia preventiva en su ambiente eclesial. Tendrá una intensidad académica de 70 horas. La Fundación Universitaria Monserrate, otorgará la certificación en grado de diplomado a quienes registren aprobación de los dos cursos. Se realizará de manera virtual a través de la plataforma virtual de Unimonserrate. Información: El costo del Diplomado es de $ 50.000 y podrán participar quienes: - Hayan realizado el primer nivel del curso ‘Entornos Protectores en la Iglesia’. - Cuente con el aval del párroco o representante legal del ambiente eclesial para consolidar la estrategia preventiva. - Tenga disponibilidad horaria para propiciar encuentros grupales en el ambiente eclesial. Se espera que estos agentes protectores promuevan su capacidad de liderazgo, creatividad y habilidades. Inscripciones Las personas interesadas en el programa formativo podrán inscribirse hasta el día 05 de agosto, o antes si se completan los 150 cupos disponibles, a través del correo electrónico: oficinabuentrato.arquibogota.org.co Mayores informes: [email protected]/ Tel: 350 55 11 Ext. 1435/ Cel: 3176231619 ¿Cuándo inicia la formación? El proceso de formación iniciará el lunes 29 de agosto de 2022.

Vie 17 Sep 2021

Monseñor Ali: "Necesitamos crear redes para ayudar a las víctimas de abusos"

En el marco de la celebración de la Conferencia Internacional sobre la Protección de Menores, que se realizará en Varsovia del 19 al 22 de septiembre, monseñor Luis Manuel Ali Herrera, Obispo Auxiliar de Bogotá, y miembro de la Comisión Pontificia de Protección de Menores, concedió una entrevista a Vatican News, donde se refirió a este tema, resaltando la importancia de crear redes para poder ayudar y acompañar a las víctimas de abusos. Lea completa la entrevista “Este va a ser un evento muy importante para crear lazos, para saber que en este trabajo de prevención y de acompañamiento a las víctimas, es necesario que todos nos unamos, que formemos redes de ayuda y para eso vamos como Comisión Pontificia, para hacernos presentes en Polonia para este Encuentro tan significativo para todas las Iglesias que están en la Europa Oriental”, lo dijo Monseñor Luis Manuel Ali Herrera, Obispo Auxiliar de Bogotá, Secretario de la Conferencia Episcopal de Colombia y miembro de la Comisión Pontificia de Protección de Menores, en el marco de la Conferencia de las Iglesias del Centro y del Este de Europa, sobre el tema: "Nuestra misión común es proteger a los hijos de Dios", evento organizado por la Comisión Pontificia de Protección de Menores y la Conferencia Episcopal de Polonia, del 19 al 22 de septiembre en Varsovia, Polonia. Crear lazos para ayudar a las víctimas El Obispo Auxiliar de Bogotá, dialogando con nuestro colega, el Padre Manuel Cubías, explicó que se han generado muchas expectativas sobre esta Conferencia, sobre todo, por el esfuerzo que esta realizando la Iglesia para crear ambientes donde se protejan a los menores y personas vulnerables. “Este va a ser un evento muy importante para crear lazos – afirmó Monseñor Ali Herrera – para saber que en este trabajo de prevención y de acompañamiento a las víctimas, es necesario que todos nosotros nos unamos, que creamos unas redes de ayuda y para eso vamos como Comisión Pontificia, para hacernos presentes en Polonia para este Encuentro tan significativo para todas las Iglesias que están en la Europa Oriental. Además, para aprender de ellos, saber que hay iniciativas interesantes que debemos conocerlas, exteriorizarlas y también enriquecernos de todo el trabajo que se está haciendo en estos países y en todas estas Iglesias”. ¿Qué redes y practicas existen ya en la Iglesia Latinoamericana que permitan ser un espacio donde se cuide a los menores y personas vulnerables? R.- En estos últimos años, sobre todo, las Conferencias Episcopales Nacionales en todo el territorio de Latinoamérica y El Caribe han implementado sus líneas guías. También, las Conferencias Episcopales han implementado Comisiones Nacionales y Regionales con profesionales, sacerdotes, digamos con personas que trabajan en este campo del acompañamiento de menores de edad y personas vulnerables y ellos han realizado equipos en cada una las Iglesias locales. Además, es importante señalar todo el trabajo que se está realizando desde el CELAM. Por ejemplo, hace 2 meses tuvimos un Curso de formación de Obispos de Latinoamérica y El Caribe. De igual manera tengo que reconocer el liderazgo que tiene la CLAR, es decir, el Consejo de Religiosos Latinoamericanos que, con el liderazgo de la Hermana Liliana Franco, ha motivado en todas estas provincias regionales en Latinoamérica un trabajo para la protección de los menores y las personas vulnerables. Por último, desearía resaltar todo el trabajo que está realizando SEPROME, de la Universidad Pontificia de México, que ha realizado cursos de formación en toda Latinoamérica y ha creado redes en Argentina, en Chile, Colombia, en Venezuela junto con las Conferencias Episcopales y las Conferencias de Religiosos en todas las Naciones para ir formando nuestros líderes y a nuestros laicos y religiosos y sacerdotes en la prevención y también en el acompañamiento de las víctimas. ¿En América Latina, cómo se va dando el proceso de escucha y de atención a las víctimas? ¿La Iglesia se ha convertido en un espacio donde poder sanar las heridas? R.- Sin duda alguna, sobre todo, el liderazgo lo tienen las Iglesias locales y también las Comunidades Religiosas locales. Se ha implementado varias oficinas que, en algunas Naciones tiene nombre de “Protección de menores”, en otras “Para la implementación de la cultura del buen trato”, otras tienen el nombre de “Entornos protectores” y desde esas oficinas en las Iglesias locales, pero también como le dije en las Comunidades Religiosas Regionales, allí se ha implementado un acompañamiento a las víctimas, no sólo escucha, sino también de ir acompañando a ellas a las denuncias, tanto civiles como canónicas y después a todo el proceso de justicia y de reparación. Ciertamente falta mucho camino, pero creo que hemos iniciado y sobre todo, hay iniciativas muy interesantes en cada una de las Regiones. ¿Cuál es la realidad de los casos de abusos en América Latina, no solo en el ámbito eclesial, sino también en el seno de la familia y el ámbito civil? R.- Nosotros somos una cultura, y lo digo hablando de toda la cultura Latinoamericana y El Caribe, que quiere y ama a los niños, a las niñas, y a los adolescentes, y respeta a las personas vulnerables. Pero, sin duda alguna, también hay elementos de esa misma cultura que motiva al irrespeto, a la falta de delicadeza con los menores de edad, por ejemplo, hay ciertas actitudes permisivas en la música, en los bailes, en el lenguaje musical de los jóvenes que no son tan delicados y prudentes cuando se tiene que presentar estas cosas a los niños. Se ve una cierta tolerancia a un lenguaje muy hipersexualizado y todo esto pues genera una falta de respeto a los menores de edad. También se percibe en nuestra cultura Latinoamericana situaciones en las cuales se va tolerando ese abuso desde la familia, de la escuela, desde los contextos sociales y es la razón por la cual la Iglesia Católica tiene que unirse no solamente entre el las diócesis y las Comunidades Religiosas, sino también con las ONGs de la región y con los Estados para que juntos podamos reconocer que la violencia sexual, en abuso sexual, es un problema social. Fuente: Vatican News Entrevista a Monseñor Manuel Ali Herrera

Lun 21 Jun 2021

El llamado para cuidar de las personas y para prevenir la violencia sexual

Oficina para el Buen Trato de la Arquidiócesis de Bogotá. Nuestra Iglesia, un hogar seguro. Lineamientos para la prevención de la violencia sexual contra niños, niñas, adolescentes y personas vulnerables en ambientes eclesiales, 2021. PPC, pp. 106. Monseñor Luis Manuel Alí Herrera, Obispo Auxiliar de Bogotá y Director de la Oficina de Buen Trato de la Arquidiócesis de esta ciudad, comienza la Presentación de esta novísima obra recordando las palabras del Papa Francisco en la Carta dirigida a los presidentes de las conferencias episcopales y a los superiores de los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica acerca de la Comisión Pontificia para la Protección de Menores (2 de febrero de 2015): “Cada padre de familia que encomienda a la Iglesia sus hijos para iniciarse en su vida de fe o recibir una formación integral debe tener la plena seguridad de que el ambiente eclesial en que se encuentre es un ‘hogar seguro’” (p. 3). Esa convicción y ese llamado se ha convertido en prioridad pastoral para la Iglesia de Bogotá, que desde 2013, determinó como uno de los ejes transversales de toda acción evangélica la protección de los menores de edad. Y, en 2018, al servicio de esa prioridad, implementó la Oficina del Buen Trato (OBT), que, en febrero de 2019, dio a conocer la Ruta de acompañamiento en presuntos casos de violencia sexual contra niñas, niños, adolescentes y adultos en estado de vulnerabilidad. Ahora, en esa misma vía, da a conocer estos Lineamientos, que son una herramienta para hacer de Nuestra Iglesia, un hogar seguro. De ahí que, cuando en esta reseña, remita a los Lineamientos es porque entiendo que su formulación y puesta en marcha es una vía para que Nuestra Iglesia sea un hogar seguro. Se trata de un libro de ciento seis páginas, estructurado en una Introducción, cinco capítulos, unas conclusiones, así como unas muy amplias referencias bibliográficas. El objetivo de estos Lineamientos es, precisamente, presentar las estrategias principales para prevenir la violencia sexual contra niños, adolescentes y personas vulnerables en los ambientes eclesiales de la Arquidiócesis de Bogotá. La obra da cuenta, en la Introducción, de la amplia actividad evangelizadora que se realiza en esta ciudad a través de 288 parroquias, 19 colegios que juntamente con la Fundación Universitaria Monserrate integran el Sistema Educativo de la Iglesia en la capital de Colombia (SEAB), así como en diversas fundaciones, en los seminarios mayores y en las instituciones católicas que prestan su servicio para el bien de la dignidad humana. Del mismo modo, resalta que “todo el cuerpo eclesial es responsable de todo tipo de daño” (p. 5) contra los niños, las niñas y los adolescentes. Para los Lineamientos, la prevención es “una tarea planeada y sistemática orientada a la detección de los factores de riesgo de violencia sexual en los ambientes eclesiales y a la implementación de las medidas necesarias para evitar su aparición” (pp. 5-6). Ahora bien, esa prevención exige un trabajo permanente para alcanzar una cultura de la prevención, que exige tiempo y esfuerzo. En igual forma, el libro precisa que prevenir es decidir cómo se configuran los ambientes eclesiales donde los niños y las personas vulnerables desarrollan gran parte de su proyecto de vida. La prevención, así se afirma, “es una empresa de vidas: las conocidas y las que están por llegar; una empresa que encuentra su impulso motivacional en aquella caridad que añora respetar la dignidad de toda persona humana y promover su bienestar; una empresa que, por esta razón de bien, puede encontrar en la ética del cuidado sus orientaciones principales” (p. 6). En este sentido, Lineamientos comprende tanto una dimensión conceptual como metodológica; pero, en igual forma, un marco ético especialmente significativo. El primer capítulo, bajo el título “La Iglesia y la violencia sexual”, el más corto de toda la obra, con seis páginas, presenta los principales aprendizajes de la herida abierta, dolorosa y compleja de los abusos sexuales cometidos por clérigos, que no ha dejado de sangrar, según palabras del Papa Francisco, y que ha llevado a la pérdida de credibilidad y de confianza en la Iglesia. Nueve son los principales aprendizajes que se resaltan a partir del más reciente magisterio Pontificio: (i) el reconocimiento del dolor de las víctimas y la cercanía solidaria con ellas; (ii) la petición de perdón por el comportamiento de los ministros y consagrados; (iii) la necesidad de conocer mejor la naturaleza y gravedad del problema; (iv) el reconocimiento de los daños causados a la misión de la Iglesia en el mundo; (v) la reafirmación del rechazo total ante cualquier tipo de violencia; (vi) la necesidad de constatar el bien que se sigue haciendo; (vii) el discernimiento sobre los caminos de curación, conversión, reparación y prevención; (viii) el reconocimiento de la necesidad de una conversión en la forma de comprender y ejercer el poder y (ix) la necesaria renovación de los procedimientos canónicos y de acompañamiento. El enunciado de cada uno de estos aprendizajes daría para la publicación de nuevas obras y para resaltar la novedad del magisterio pontificio sobre la dolorosa situación de la violencia sexual en ambientes eclesiales. Es de esperar que la Oficina de Buen Trato continúe su labor de dar a conocer ese magisterio. El segundo capítulo, “Generalidades sobre la violencia sexual para el abordaje preventivo”, con diecisiete páginas, adopta la definición que el Comité de los Derechos del Niño, interpretando el artículo 19.1 de la Convención sobre los Derechos del Niño (1989), da sobre la violencia: “toda forma de perjuicio o abuso físico o mental, descuido o trato negligente, malos tratos o explotación, incluido el abuso sexual” (Observación General N° 13 de 2011, relativa al derecho del niño de no ser objeto de ninguna forma de violencia). Por su parte, para la Organización Mundial de la Salud (OMS), también se cita, la violencia es el resultado de la acción recíproca y compleja de factores individuales, relacionales, sociales, culturales y ambientales. Posteriormente, el libro intenta una aproximación a la magnitud del problema en Colombia, con base en documentos oficiales, tales como la Encuesta de violencia contra niños, niñas y adolescentes (2019) y la Encuesta nacional de demografía y salud (2015). La pretensión de este capítulo es más bien de carácter descriptivo, porque su finalidad no es analizar ni detenerse en las preocupantes estadísticas y cifras, sino explicar porque razón resulta más técnico hablar de la violencia sexual que del abuso sexual, ya que éste, el abuso, es una forma de aquélla, la violencia. El estudio de la violencia se hace a partir de llamado “modelo ecológico”, que se desarrolla en el capítulo cuarto del mismo libro, y adopta la siguiente estructura: (i) los factores de riesgo: sociales, familiares y personales de los niños; (ii) las consecuencias de la violencia sexual: a corto plazo y a largo plazo, que son presentadas a través de unas muy completas tablas que incluyen la sintomatología física, emocional y conductual, así como los problemas emocionales, de relación de conducta, de adaptación social, funcionales, sexuales, de revictimización y de transmisión intergeneracional; (iii) la revictimización en distintos escenarios; (iv) las características del agresor sexual: fijadas en niños, niñas o adolescentes, regresivas o situacionales y (v) hacia la prevención de la violencia sexual. El capítulo tercero, “Marco jurídico y canónico”, aborda en doce páginas y a manera de síntesis esta compleja temática. Merece resaltarse el acápite relativo a la vulnerabilidad como condición presente en todas las personas, pero que se incrementa en algunas poblaciones o grupos de personas como los niños. Se trata de sujetos de especial protección constitucional, también habría que decir convencional, que se encuentran expuestos a riesgos que pueden lesionar sus derechos fundamentales o demandan un esfuerzo adicional para su preferente protección, justificada, entre otras razones, en la exclusión, la pobreza, la iniquidad y la violencia. En este sentido, la vulnerabilidad guarda estrecha relación con el principio-derecho de igualdad. Las normas del ordenamiento colombiano que se mencionan son, ante todo, la Ley 1098 de 2006 (Código de la Infancia y la Adolescencia), que, en su artículo 18, define el “maltrato infantil” como “toda forma de perjuicio, castigo, humillación o abuso físico o psicológico, descuido, omisión o trato negligente, malos tratos o explotación sexual, incluidos los actos sexuales abusivos y la violación y en general toda forma de violencia o agresión sobre el niño, la niña o el adolescente por parte de sus padres, representantes legales o cualquier otra persona”. En igual forma, cita la Ley 1146 de 2007, sobre prevención de la violencia sexual, que define esta clase de violencia, en su artículo 2°, como “todo acto o comportamiento de tipo sexual ejercido sobre un niño, niña o adolescente, utilizando la fuerza o cualquier forma de coerción física, psicológica o emocional, aprovechando las condiciones de indefensión, de desigualdad y las relaciones de poder existentes entre víctima y agresor”. Del mismo modo, incluye una gráfica sobre la tipificación de los delitos contra la libertad, la integridad y la formación sexuales, según la Ley 599 de 2000 o Código Penal. Describe las normas sobre la obligatoriedad de la denuncia contra los delitos sexuales, la edad del consentimiento sexual, establecida en la legislación colombiana a partir de los catorce años de edad, así como los derechos de las víctimas, que son presentados con base en la normativa vigente: Ley 360 de 1997 (modifica algunas normas del Código Penal de 1980), Ley 1146 de 2007 (prevención de la violencia sexual), Ley 1257 de 2008 (sensibilización, prevención y sanción de la violencia contra las mujeres) y Ley 1719 de 2014 (acceso a a la justicia de las víctimas de la violencia sexual en el marco del conflicto armado en Colombia). También da cuenta de la Ley 1620 de 2012 (sobre el bullying en los ambientes educativos), del Acto Legislativo de 2020 (modifica el artículo 34 constitucional que permite condenar a cadena perpetua a violadores y homicidas de niños) y de la Ley 2081 de 2021 (imprescriptibilidad de la acción penal en delitos sexuales cometidos contra menores de edad). En relación con las normas canónicas, Lineamientos parte de la tesis de que la Iglesia, fiel a los preceptos evangélicos, ha cuidado con especial solicitud a sus miembros más débiles. Menciona de manera muy sucinta la manera como el Código de Derecho Canónico (1983) tipifica los delitos contra el sexto mandamiento del Decálogo cometidos por clérigos, así como el Motu proprio Sacramentorum sanctitatis tutela (30 de abril de 2001) y las modificaciones que, el 21 de mayo de 2010, la Santa Sede aprobó a esta legislación especial en materia de abusos sexuales cometidos por clérigos. Del mismo modo, da cuenta de los documentos más recientes de la Iglesia en esta temática: Como una madre amorosa (4 de junio de 2016), Vos estis lux mundi (7 de mayo de 2019), las Rescripta ex Audientia sobre el levantamiento del secreto pontificio y el aumento de la edad para el delito de pedopornografía a los 18 años (3 y 6 de diciembre de 2019), así como el Vademécum de la Congregación para la Doctrina de la Fe (16 de julio de 2020). A mi juicio, este capítulo podría haber sido desarrollado más ampliamente, no sólo desde una perspectiva normativa, sino sobre todo desde la perspectiva del Derecho Internacional de los Derechos Humanos. Soy consciente de que la finalidad del libro no es la de detenerse en cuestiones jurídicas, sino de brindar un panorama de la legislación existente en Colombia. Sin embargo, estimo que bien habría valido la pena hacer un mayor énfasis en un enfoque de derechos humanos, que, según los Lineamientos, es un criterio para el análisis, el diseño, la implementación y la evaluación de las acciones preventivas de la violencia sexual. El capítulo cuarto, bajo el título “La prevención de la violencia sexual en la Arquidiócesis de Bogotá”, también con doce páginas, está dividido en cinco ítems. El primero, describe el marco teórico, a partir de la perspectiva ecológico-sistémica, propuesta por Urie Bronfenbrenner, llamada también teoría de los sistemas ecológicos o teoría del desarrollo, en el entendido de que el desarrollo cognitivo, moral y relacional de una persona está en continua interacción con los sistemas o ambientes donde transcurre su ciclo vital. Estos sistemas son: (i) el microsistema, configurado por las relaciones al interior de las instituciones o grupos que impactan de manera más directa en el desarrollo de la persona; (ii) el mesosistema o interacción entre dos o más ambientes en los que la persona participa activamente; (iii) el exosistema o entornos o fuerzas que influyen en los subsistemas; (iv) el macrosistema o condiciones sociales, estructurales y culturales que determinan los rasgos de las instituciones. Además de estos sistemas, destaca uno transversal, el cronosistema, porque los eventos internos o externos se suceden en un determinado ambiente y constituyen un factor de transformación de los dinamismos relacionales. La segunda temática es la de la teoría ecológica y los sistemas de pretensión, en la que se afirma que, desde ese marco teórico, el fenómeno social se entiende holísticamente y así “los ambientes, ya sea[n] personales, institucionales o culturales, lejos de estar limitados por un statu quo invariable, son susceptibles de transiciones ecológicas en las que se modifican los elementos o variables que los componen” (p. 50). La prevención de la violencia sexual encuentra en ese marco teórico su fundamento, porque la erradicación de una situación dañina al interior de un ambiente pasa por impedir o contener los factores de riesgos. Elemento importante de la prevención es, precisamente, la de identificar esos factores de riesgo y determinar cuáles son las modificaciones necesarias para que ese factor o factores puedan ser eliminados o transformados. Pues bien, a partir de ese marco teórico y de esa perspectiva ecológica, Lineamientos adopta la tipificación que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha hecho de la prevención como (i) primaria, dirigida a evitar la violencia sexual y a reducir su incidencia, es decir, “antes de que suceda” (ii) secundaria, mitigar los efectos de la violencia sexual e impedir que la situación se agrave, esto es, “antes de que empeore” y (iii) terciaria, orientada a mitigar la violencia sexual y a evitar su repetición, o sea, “antes de que sea demasiado tarde”. Estas dos últimas formas de prevención son responsabilidad de todos. La tercera temática, más novedosa que las dos anteriores, es la prevención en los ambientes eclesiales de la Arquidiócesis de Bogotá. Para Lineamientos, ambiente eclesial es “el conjunto de relaciones que surgen de la interacción entre los miembros de una determinada comunidad de personas que profesan su fe religiosa. Estos conforman un entorno físico, social y cultural que favorece el desarrollo humano integral, la vivencia personal de la fe y el sentido de pertenencia a una comunidad cristiana y a la Iglesia universal” (p. 53). La prevención de la violencia sexual compromete y responsabiliza, en primer término, “a quienes sostienen, colaboran y detentan responsabilidad en los distintos ambientes eclesiales de la Arquidiócesis de Bogotá” (ibídem); pero, en igual forma, reclama la actuación de todos los fieles de esta Iglesia particular, en especial, para que tengan en cuenta: (i) que la violencia sexual es un problema que afecta a todos; (ii) que la violencia sexual se puede combatir; (iii) que la prevención es el mejor medio para combatir la violencia sexual; (iv) que la generación de entornos seguros es la mejor forma de combatir la violencia sexual y (v) que la creación de ambientes y entornos eclesiales es una obra mancomunada. El marco ético: la ética del cuidado es la cuarta temática del también capítulo cuarto, porque no basta, esa es la tesis central, una fundamentación teórica, sino que es necesario “delinear una opción ética que permita conocer el espíritu y horizonte actitudinal en el que habrá de tomar forma y realizarse cualquier estrategia de tipo preventivo” (p. 55). Un primer componente, pero no el único, es adecuar el comportamiento a la normatividad, pero se requiere algo más. En efecto, Lineamientos afirma, con razón, que la fidelidad a la norma resulta poco eficaz si no se sustenta en convicciones sólidas sobre el significado de la vida humana y la dignidad de la persona. Una y otra, la norma y la convicción, han de examinarse en el tipo y en la calidad de las relaciones de las personas involucradas en los diversos sistemas. Pues bien, la exigencia ética nace de la preocupación recíproca de los unos por los otros que caracteriza la ética del cuidado, basada en una concepción antropológica que privilegia la fragilidad y la vulnerabilidad como condición humana que contrasta con una concepción del hombre, centrada en un ser autosuficiente, autónomo y con la que se pretende defender un individualismo a ultranza. También recuerda que el Papa Francisco, desde una perspectiva, de “ecología integral”, ha exhortado, en su Carta encíclica, Laudato si (2015), para que se alimente “una cultura del cuidado”, porque “siempre es posible volver a desarrollar la capacidad de salir de sí hacia el otro, no interesa cuidar algo para los demás, no hay capacidad de ponerse límites para evitar el sufrimiento o el deterioro de lo que nos rodea. La actitud básica de autotrascenderse, rompiendo la conciencia aislada y la autorreferencialidad, es la raíz que hace posible todo cuidado de los demás y del medio ambiente, y que hace brotar la reacción moral de considerar el impacto que provoca cada acción y cada decisión personal fuera de uno mismo. Cuando somos capaces de superar el individualismo, realmente se puede desarrollar un estilo de vida alternativo y se vuelve posible un cambio importante en la sociedad” (p. 56). La quinta temática es, precisamente, la “Ética del cuidado y prevención”. Para Lineamientos, la prevención es una de las tareas específicas de esta Ética del cuidado y a partir de ella delinea unas actitudes que deberían forman parte del estilo de vida de las personas y de las comunidades que se preocupan por cuidar los entornos eclesiales. Esas actitudes son: (i) el cuidado de sí: cada quién, es decir, cada persona, debe reconocer y aceptar su propia fragilidad, pero aceptar, en igual forma, que cuidándose puede ayudar a cuidar a los demás. Lo dice Pablo: “¡Mire cada cuál como construye!” (1 Cor 3, 10); (ii) la hospitalidad: acoger al otro, a la persona vulnerable, es decir, al necesitado. En palabras de Jesús: “Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños” (Mt 18, 10); (iii) la atención y la responsabilidad: estar atento a las necesidades del entorno y dar respuesta a ellas. También dice Jesús: “¿teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís?” (Mc 8, 18); (iv) la benevolencia: tener genuino interés por la vida del frágil. Proteger y promover el bien integral del necesitado. De nuevo dice Jesús: “tomó nuestras flaquezas y cargó nuestras enfermedades” (Mt 8, 17); (v) la competencia: capacitarse, preparase, delegar el cuidado, si es el caso, a personas capacitadas. El Evangelio, en la parábola del buen samaritano (Lc 10, 30-35), llama la atención sobre ese hombre compasivo que supo delegar el cuidado de la víctima, conservando la preocupación por ella y, finalmente, (vi) la receptividad: retroalimentarse del cuidado brindado. También el Evangelio narra cómo un centurión fue capaz de cambiar el modo como Jesús quería asistir a su criado enfermo (Mt 8, 5-13). La actitud preventiva es, por tanto, medio fundamental para no sólo reducir los casos de violencia sexual, sino para consolidar una cultura del buen trato. Es de esperar que la Oficina del Buen Trato de la Arquidiócesis de Bogotá desarrolle más ampliamente esta ética del cuidado como presupuesto de la acción preventiva. El acápite que sobre esta temática ha incluido en la obra reseñada es sugestivo e invita a una reflexión no meramente técnica ni instrumental, porque va más allá de las herramientas, los Lineamientos, al estar centrados en la persona, hacen un llamado, a la vez, a una ética de la responsabilidad. La prevención requiere de la ética. El último capítulo de Lineamientos, bajo el título “Estrategias preventivas”, el más extenso de la obra, con veintinueve páginas, es el más novedoso y el que, a mi juicio, está llamado a servir de inspiración para la labor de prevención de la violencia sexual en otras diócesis no sólo de Colombia, sino también de otros países de América Latina. El capítulo inicia definiendo las estrategias preventivas como “el conjunto de acciones correctamente planificadas que serán asumidas por todos los estamentos de la Arquidiócesis de Bogotá con el fin de prevenir cualquier forma de violencia y en particular la violencia sexual en los ambientes eclesiales” (p. 62). Posteriormente, se detiene en los enfoques, que entiende como “una guía para el análisis, el diseño, la implementación y evaluación de las acciones preventivas” (ibídem). Esos enfoques son: (i) el enfoque de derechos humanos: deben ser promovidos y respetados, manteniendo un diálogo razonable con las formulaciones que de ellos haga el derecho internacional y el derecho colombiano; (ii) el enfoque de género: supone un discernimiento en relación con las interpretaciones sobre la atribución de roles relativos a la diferencia sexual entre el varón y la mujer; (iii) el enfoque de resiliencia: crecer como persona, incluso ante las dificultades y superar las situaciones adversas y negativas en las que pueda encontrarse; (iv) el enfoque diferencial: distinguir, sin que ello implique una discriminación negativa, las diversas poblaciones o grupos humanos, identificados, entre otros, por factores de edad, raza, etnia, género, ciclo vital, condiciones socioeconómicas, territoriales, de salud, rol social o político; (v) el enfoque espiritual: comprender y configurar la vida desde valores superiores, que trascienden el terreno de lo meramente fáctico o material; (vi) el enfoque de familia: la persona se desarrolla en el microsistema familiar, lugar de la socialización primaria, del aprendizaje moral y de la conformación de la identidad personal y (vi) el enfoque de las nuevas tecnologías: los desarrollos y las transformaciones tecnológicas son especialmente significativos en todos los niveles del sistema social. Lineamientos adopta como principios de la prevención los siguientes: (i) la corresponsabilidad: la prevención es un deber legal y moral; (ii) la participación: todos los actores de los ambientes eclesiales han de tener abiertos espacios para hacer parte del diseño, la implementación y la evaluación de la acción preventiva; (iii) la transversalidad: incorporar distintas ópticas en la prevención de la violencia sexual; (iv) la gestión responsable y transparente: las acciones preventivas deben hacerse en el marco del ordenamiento jurídico estatal y canónico; y (v) la flexibilidad y el dinamismo: flexible porque la prevención debe ser acogida atendiendo las condiciones de cada uno de los fieles de la Iglesia particular y dinámica porque el estilo de vida ha de ser no ocasional, sino habitual. En síntesis, en los entornos eclesiales, “todos puedan sentirse acogidos, seguros y profundamente libres; que ellos estén liberados de cualquier tipo de amenaza, discriminación o violencia; que en ellos y sus miembros pueda ser depositada la plena confianza. El mejor signo de la asunción de este dinamismo orientado al cuidado del otro será que, en nuestros ambientes eclesiales, los más pequeños, indefensos y frágiles encuentran protección, amor y promoción de su dignidad” (p. 66). A continuación, Lineamientos se detiene en algunas definiciones de términos, tales como: animadores de evangelización, ambientes eclesiales, cultura del buen trato, instituciones eclesiales, ministros ordenados, organismos eclesiales, prevención primaria, prevención secundaria y prevención terciaria. Prosigue el capítulo resaltando como actores de la prevención de la violencia en ambientes eclesiales, a los siguientes destinatarios: (i) los ministros ordenados, (ii) los animadores de la evangelización, (iii) los fieles, entre, ellos los padres de familia y (iv) los niños, las niñas, los adolescentes, así como las personas vulnerables. Quizás, habría sido necesaria la inclusión de otros destinatarios: religiosas, religiosos y laicos. A renglón seguido, Lineamientos da cuenta de la Oficina para el Buen Trato (OBT) y de su misión primordial: “dinamizar las políticas de cultura del buen trato a través de líneas de acción de prevención y de atención psicosocial[,] fundamentadas en la ética del cuidado a fin de evitar la violencia sexual contra niñas, niños, adolescentes y personas vulnerables en ambientes eclesiales de la Arquidiócesis de Bogotá” (p. 68). Objetivos de esta Oficina son, entre otros, los siguientes: (i) animar y acompañar la implementación y la evaluación de las estrategias preventivas; (ii) proponer protocolos y guías de buenas prácticas para la prevención de la violencia sexual; (iii) apoyar programas en materia de educación afectivo-sexual; (iv) asesorar la implementación de acciones preventivas y protocolos en los distintos niveles de la estructura organizativa de la Arquidiócesis; (v) evaluar el impacto y proponer ajustes a los lineamientos de prevención y (vi) brindar la atención psicosocial en los casos de violencia sexual contra los menores de edad. Uno de los más importantes aportes de Lineamientos es el relativo a las acciones preventivas con la finalidad de promover prácticas culturales y relaciones ecuánimes para prevenir toda forma de violencia. Dentro de las líneas de acción preventiva, la obra reseñada distingue tres clases de estrategias: (i) la informativa, encaminada a visibilizar el fenómeno y a dimensionar su gravedad; (ii) la formativa, ordenada a la aprehensión y a la aplicación de un conjunto de conocimientos soportados sobre unos principios, que direccionan la vida de las personas en sus relaciones consigo mismos y con las demás y (iii) la normativa, orientada a la aplicación de la normativa estatal y canónica de prevención de la violencia sexual y de la promoción de los derechos fundamentales. En la estrategia informativa, la acción principal es sensibilizar sobre el fenómeno de la violencia sexual, los destinatarios principales son los responsables de los ambientes eclesiales, los animadores de esos ambientes, los fieles y los beneficiarios de las obras, así como la sociedad civil. Excluye, a mi juicio sin razón, a los niños y a las personas vulnerables, que también deben ser destinatarios de esta acción. En la estrategia formativa las acciones son: educar para el amor, formar en prevención de la violencia sexual y de los entornos protectores, formar en primeros auxilios psicológicos y en la autoprotección. En la estrategia normativa, las acciones son implementar las buenas prácticas y los protocolos específicos. En todas estas estrategias y acciones se requiere un seguimiento y control. Lineamientos se detiene en cada una de estas acciones y a través de tablas, muy bien logradas, específicas las temáticas y los destinatarios de cada una de ellas. La obra prosigue con la inclusión de una Guía de prácticas seguras, estructurada en siete ítems: (i) los límites relacionales sanos y flexibles; (ii) el compromiso institucional; (iii) el cuidado personal; (iv) asegurar el consentimiento de los padres de familia y de los representantes legales de los menores de edad; (v) garantizar la seguridad durante viajes o actividades que impliquen estadía de las personas sujetas a especial protección; (vi) el uso responsable de las Tecnologías de la Información (TIC’s) y las (vii) conductas prohibidas en general y en relación con esas nuevas tecnologías. Es de resaltar la importancia de estas prácticas y el sentido propositivo con el que han sido redactadas. Para adoptar y proponer esas estrategias y acciones, Lineamientos propone una metodología y unos criterios que tengan en cuenta la “anamnesis” como un ejercicio de memoria para evaluar el “estado de salud” general del ambiente en cuestión, los escenarios, los actores y las interacciones entre los diversos sistemas. El capítulo quinto concluye con la necesidad del seguimiento y de la evaluación, entendido como un proceso transversal que se diseña simultáneamente con las estrategias de prevención. El diseño de esa evaluación debe incluir, al menos: (i) indicadores de gestión y de resultados e instrumentos de acuerdo con los objetivos propuestos y (ii) metodologías e instrumentos de recolección y sistematización de información, de instrumentos de evaluación y de cronogramas para presentar informes de gestión y resultados. Lineamientos finaliza con unas conclusiones generales, en las que la Oficina de Buen Trato reitera que “el fomento de una actitud preventiva constituye un medio fundamental, tanto para reducir significativamente los casos de violencia sexual contra los niños, niñas, adolescentes y personas vulnerables, como para consolidar entre nosotros una cultura del buen trato que nos permita a todos sentirnos hermanos y avanzar juntos en la construcción del Reino instaurado por Cristo Jesús” (p. 91). En definitiva, estamos en presencia de una obra bien pensada y estructurada, que invita a ser leída pausada y reflexivamente, no porque su contenido sea denso, sino porque su misma pretensión es que todos, como fieles de la Iglesia, contribuyamos a implementar la cultura del buen trato, cimentada en la ética del cuidado. Se trata de un libro que aúna la reflexión teórica con la práctica y eso se agradece cuando hay tanto por hacer para prevenir la violencia sexual. Precisamente por esto, Lineamientos es un texto no sólo para ser leído, sino, ante todo, para servir como un instrumento eficaz en el llamado al compromiso de cada fiel y de las autoridades eclesiales en el cuidado de los niños y de las personas vulnerables y en la prevención de la violencia sexual. En este sentido, es medio para asumir la responsabilidad de prevenir esa o cualquier clase de violencia en todos los ambientes sociales, no solo en los ambientes eclesiales, sino en todos aquellos en los que se encuentren niños, niñas, adolescentes y personas en situación de vulnerabilidad. Aconsejo de manera especial, la lectura de los apartados correspondientes a la Ética del cuidado, incluidos en el capítulo cuarto, que brindan el marco ético de la prevención, así como el último capítulo, es decir del quinto. No está por demás reconocer que es un libro bien escrito y con unas muy útiles gráficas que sintetizan las ideas presentadas en algunos de los capítulos. Es de destacar que la edición de la obra se encuentra muy bien cuidada, eso siempre es de agradecer. Finalmente, hay que reconocer a la Oficina de Buen Trato de la Arquidiócesis de Bogotá y a su director, monseñor Luis Manuel Alí Herrera, la significativa referencia a esos rostros concretos, que han generado experiencias de fe, entre otros, los rostros de las víctimas de la violencia sexual en ambientes eclesiales y que, en más de una oportunidad, han arrancado lágrimas y han propiciado sentimientos de dolor, que no han dejado, sin embargo, de propiciar la fraternidad, la solidaridad, la justicia y la reconciliación. Hago mías las palabras de las conclusiones de esta obra e invito al lector que tenga presentes a las víctimas de tanto dolor y que, al leer y aplicar estos Lineamientos, también pueda decir: “Sus sufrimientos nos han conmovido, pero también nos han hecho comprender la necesidad de comprometernos con mayor empeño, como verdaderos instrumentos de prevención y promotores de una cultura del buen trato, de tal manera que la vida de nuestra Iglesia sea más coherente con el evangelio que anunciamos” (p. 92). Éste es el llamado: ser coherentes como personas, como ciudadanos, pero también como fieles de la Iglesia Católica para prevenir la violencia sexual contra niños y personas vulnerables en ambientes eclesiales y hacer de Nuestra Iglesia, un hogar seguro. Es hora de responder a ese llamado, porque todos, sin distingo alguno, tenemos alguna responsabilidad para que Nuestra Iglesia, sea, en verdad, un hogar seguro. Bogotá, D.C., junio 12 de 2021. Ilva Myriam Hoyos Castañeda Presidenta del Consejo Nacional de Protección de Menores y Personas Vulnerables Conferencia Episcopal de Colombia [icon class='fa fa-download fa-2x'] Descargar ESCRITO[/icon]

Mar 11 Ago 2020

La prevención de abusos en nuestra Iglesia: una mirada desde América Latina

Por: Consejo Nacional de Protección de Menores. “No podemos permitir que en un recinto sagrado se arrebate la inocencia y la esperanza”. Esta frase de Josefina Martínez, chilena, laica y psicóloga de profesión, evidencia el tono de las reflexiones presentadas en el Webinar “La prevención del abuso en la Iglesia latinoamericana”, realizado el pasado 31 de julio, evento organizado por el Consejo de Protección de Menores (CEPROME) y el Vatican Safeguarding Taskforce, con la colaboración del Centre for Child Protection de la Pontificia Universidad Gregoriana, el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), la Confederación Latinoamericana de Religiosos (CLAR) y diferentes Conferencias Episcopales, y en donde varios miembros del Consejo Nacional de Protección de Menores de la Conferencia Episcopal de Colombia participaron. En ese conversatorio virtual, que congregó a más de quince mil personas, también se puso de presente que la prevención del abuso sexual de niños y de personas vulnerables es un trabajo todavía pendiente en América Latina. Para recuperar la confianza perdida, la Iglesia debe emprender el camino de reconocer sus errores y ser fiel a su misión evangélica de acoger a las víctimas/sobrevivientes de las violencias y los abusos cometidos por miembros de la Iglesia, sean clérigos, religiosos o laicos. El rostro de Cristo sufriente se descubrirá en la persona herida y sólo desde Él se podrá restablecer la dignidad del hijo de Dios violentada. La primera intervención ante el auditorio virtual fue la del Arzobispo de Malta y miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Mons. Charles Scicluna. Para el alto jerarca, su experiencia con víctimas le ha dejado una señal profunda en el alma, como pastor, sacerdote y hombre: “Debemos escuchar a la víctima” para entender “cuán grande es el trauma y cuán grande es el flagelo del abuso sexual”. Además, invitó a escuchar, porque “la escucha sana al herido y nos sana a nosotros mismos”. Por su parte, el Padre Hans Zollner, Presidente del Centre for Child Protection de la Universidad Pontificia Gregoriana, hizo un llamado para emprender la lucha contra el abuso a través de los textos básicos del Evangelio en donde destacó la frase de Jesús: “Dejad que los niños vengan a mí”. En esa línea, afirmó que, si no hemos escuchado a las víctimas, no hemos escuchado a nuestro Señor Jesucristo e invitó a vencer el miedo, a no negar el dolor ni las heridas de los abusos. Si la divinidad se esconde en las víctimas, debemos escucharlas para cambiar una espiritualidad fría, distante e intelectual y así transformar nuestra actitud hacia ellas. Dirigiéndose a los participantes del conversatorio dijo a cada uno de ellos: “Tú tienes que buscar que se llegue a recuperar la confianza en la Iglesia”. Para el laico Andrew Azzopardi, coordinador del Vatican Safeguarding Taskforce, existe una necesidad de crear una cultura de la protección y de la prevención positiva. “No hay que olvidar la centralidad de la persona en los abusos (…) y crear esa cultura requiere de una estrategia y de un sistema de prevención, fundados en la verdad y en la curación”. Jordi Bertomeu Farnós, Oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe, centró su intervención en hacer unas glosas al Vademécum, dado a conocer el 16 de julio de 2020, a partir de la coherencia del novísimo documento con el ordenamiento jurídico canónico, la fidelidad en la acción que lo motiva y la homogeneidad en el texto. A su juicio, el Manual es una buena herramienta, aunque perfectible. Además, hizo énfasis en la atención sobre la provisionalidad del texto, al estar llamado a actualizarse, así como la compleja redacción de algunos de sus 164 numerales. La novedad del Vademécum no radica en su contenido, sino en ser expresión del cambio de mentalidad impulsado por el Papa Francisco en la Iglesia, orientado a hacer posible “un lugar justo para las víctimas”. En la siguiente intervención la psicóloga Josefina Martínez afirmó que la experiencia con las víctimas de los abusos sexuales le ha permitido advertir el sentido de encarar el horror de ese flagelo. Una y otra vez, así lo puso de presente, ha escuchado el clamor doliente de la expresión “nunca más”. Es una necesidad de verdad conmovedora y desafiante: anima a un trabajo coordinado para que “no vuelvan a repetirse episodios de tanta angustia y oscuridad”. El Director de CEPROME, padre Daniel Portillo Trevizo, enfatizó que la prevención tendrá futuro si es eclesial. Invitó a saber conjugar nuestros tiempos, a no caer en la tentación de una “mirada retrotópica”, a asumir con humildad la “osteoporosis eclesial” y a conjugar nuestras acciones en gerundio: “Los católicos de hoy somos llamados a pertenencer a esta Iglesia herida y lastimada por los abusos cometidos al interno de ella; comprometiéndonos para que el pasado no represente una añoranza enfermiza, sino que el futuro de la Iglesia se presente cada vez más rico de promesas y de esperanzas. Una Iglesia viva, presente y consciente de su historia, formada por los creyentes que aman la verdad y buscan incansablemente la justicia”. Finalmente, se dirigieron al auditorio virtual, Monseñor Sergio Buenanueva, Coordinador del Consejo Pastoral para la Protección de Menores de la Conferencia Episcopal Argentina, y la hermana María Rosaura de González Casas, del Centre for Child de la Pontificia Universidad Gregoriana, para quienes la prevención ha sido el aspecto más olvidado en la Iglesia y requiere de una nueva “cultura relacional” ordenada a generar una “cultura de buen trato” en la Iglesia. El marco allí presentado allana el camino para erradicar el flagelo de los abusos sexuales dentro de la Iglesia, así como la enorme necesidad de escuchar, poner cara y atender a las víctimas, siendo compresivos y misericordiosos, sabiendo que sufren mucho para así hacer todo lo necesario para aliviarlos y evitar que otros lo sufran.

Mié 18 Dic 2019

Iglesia colombiana sobre instrucción orientada a la protección de menores

Publicada la Instrucción ‘sobre la confidencialidad de las causas’, en la que se establece la eliminación del secreto pontificio de las denuncias, los procesos y las decisiones que afectan a los casos de abusos sexuales de menores, monseñor Elkin Álvarez Botero, Secretario General de la Conferencia Episcopal, señaló que la Iglesia colombiana “recibe con un corazón dispuesto estas medidas que nos ayudan al tratamiento de estos casos, sintiendo que estos delitos no pueden seguir sucediendo en la Iglesia, ni en ningún ámbito". En entrevista con medios de comunicación, el prelado se refirió a las medidas que contempla esta Instrucción. Primero. Se considerará delito “la adquisición, posesión o divulgación, con un fin libidinoso, de imágenes pornográficas de menores de 18 años”. Hasta ahora, se consideraba delito de pornografía infantil la posesión de material pornográfico de menores de 14 años. Segundo. Se elimina la obligación de que el abogado o procurador en los procesos canónicos sea un sacerdote. “No solo los sacerdotes con título en Derecho Canónico pueden acompañar los procesos contra sacerdotes que hayan abusado o que sean eventuales abusadores de menores, ahora también lo pueden hacer fieles laicos con título en Derecho Canónico”. Tercero. Se levanta la obligación del ‘secreto pontificio’ para los procesos canónicos de abuso de menores de parte de sacerdotes o religiosos. “La Santa Sede ha adoptado esta decisión explicando que permite ampliar la perspectiva de colaboración con las autoridades civiles, entregando copias de la documentación, bajo las determinaciones de los organismos competentes del Estado”. Además, se puede informar a las víctimas del curso del proceso y de las sentencias. Esto no significa que la documentación sea absolutamente pública, pues “se debe garantizar la seguridad, integridad y confidencialidad de las personas involucradas en el proceso”. Al respecto, Monseñor Juan Ignacio Arrieta, Secretario del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, explicó, en una contribución distribuida por la Oficina de Prensa del Vaticano, que la eliminación del ‘secreto pontificio’ en los casos de delitos de abusos sexuales no supone un menoscabo al secreto de confesión. “La Instrucción no tiene ningún tipo de colisión con el deber absoluto de observar el sello sacramental, que es una obligación impuesta al sacerdote en razón de la posición que ocupa en la administración del sacramento de la confesión, y de la cual ni siquiera el penitente podría liberarse. Ni siquiera la Instrucción tiene el deber de estricta reserva adquirida posiblemente fuera de la confesión, dentro de todo el fuero ‘extra sacramental’”, señaló. Protección de menores en la Iglesia colombiana Para favorecer un ambiente eclesial seguro para los menores de edad, monseñor Elkin Álvarez recordó que se ha venido estableciendo en las jurisdicciones eclesiásticas (arquidiócesis, diócesis y vicariatos apostólicos), unas medidas eficaces de prevención de eventuales casos de delito sexual. Además, “las jurisdicciones eclesiásticas colombianas tienen un mecanismo estable para la recepción de denuncias de abusos de menores”. La Conferencia Episcopal ha venido actualizando las directrices para el trato de los casos de eventuales abusos contra menores de parte de clérigos. Se han hecho avances en la misma línea de los recientes decretos presentados por el Papa Francisco. También se ha propiciado la cooperación con la Fiscalía General de la Nación a este respecto.

Vie 5 Jul 2019

Obispos abordan realidades de la Iglesia y el país

Tras una semana de reflexión y trabajo para la proyección pastoral y evangelizadora de la Iglesia Católica en el país, los obispos, en rueda de prensa, el 5 de julio, en la sede del Conferencia Episcopal de Colombia (CEC), presentaron su aporte y visión ante distintas realidades socio – económicas que impactan la dinámica de la nación. Centrando su intervención en el tema que les congregó: ‘la economía al servicio de la dignidad humana y del bien común’, explicaron que este componente hace parte de los énfasis de trabajo del trienio 2017 – 2020 orientado a la evangelización de lo social. “Para un cristiano es muy importante su compromiso político, el uso de los bienes y su relación con la creación. Por eso, en la asamblea pasada trabajamos el tema de la política; en esta, nos hemos detenido en una reflexión sobre la economía; y en febrero de 2020, después del Sínodo de la Amazonía, trabajaremos nuestra relación con la creación”, afirmó monseñor Óscar Urbina Ortega, arzobispo de Villavicencio y presidente de la CEC. Sobre la dinámica de trabajo que siguieron durante la asamblea, monseñor Elkin Fernando Álvarez Botero, obispo auxiliar de Medellín y secretario general de la CEC, explicó que “como acostumbramos en la vida de la Iglesia, nosotros trabajamos en tres líneas cada vez que nos enfrentamos a un tema, al discernimiento de una realidad: El Ver: quiere mostrarnos lo que hay, la fenomenología de las situaciones, el panorama que se nos presenta. El juzgar: aquí no quiere decir emitir juicios sino el confrontar o el ver la iluminación que nos da la enseñanza de la Iglesia, la Palabra de Dios para ponerle una contraluz a esa realidad. El actuar: es proponernos caminos de práctica, de acción, de llevar a la realidad concreta el camino que hemos hecho. La centésima octava Asamblea Plenaria del Episcopado dedicó especial atención al análisis de la realidad. “La mirada estuvo centrada, especialmente, en la diferencia que existe entre nosotros, lo que llamamos la brecha social o la distancia entre ricos y pobres. (…) Analizamos la problemática del trabajo, todas las vertientes, los modelos económicos, es decir, todo lo que puede aportarnos a la visión de realidad”. PRINCIPALES REALIDADES ANALIZADAS: Fenómeno migratorio Monseñor Víctor Ochoa Cadavid, obispo de Cúcuta informó que la problemática de migración venezolana inició desde 2015, agudizándose a partir de 2017. Al respecto dijo que Colombia entera debe responder con caridad y fraternidad a esta crisis que viven los venezolanos. “Hoy, la Iglesia quiere ser caridad, una mano que acoge, alimenta, guía y acompaña a estas personas en sus dificultades y creo que esta es la intención de la mayoría de los colombianos (…) La Iglesia lo está haciendo, es necesario que otras instituciones se sumen a esta necesidad y apoyen este drama”. Con la ola de migración de ciudadanos venezolanos a Colombia por causa de la crisis política, económica y social del vecino país, comenzó a ser cada vez más notorio el fenómeno de la apatridia: miles de niños que nacen sin una nacionalidad definida. Al respecto, el obispo de Cúcuta dijo que se deben respetar los derechos de estos menores. “La Iglesia ha estado atenta a esta problemática. No olvidemos que muchos son colombianos retornados y se tienen que garantizar sus derechos. La institución multilateral internacional tiene normas que permiten dar una salida a estos niños. Si nacen en Colombia, ellos tendrían derecho a ser acogidos”. El prelado informó que, a través de la Fundación Asilo Andresen, se han atendido a más de 211 niños, entre 2 y 7 años de edad, garantizándoles, en unión con otras instituciones, los principales derechos. Se refirió, además, al plan de activación que se está desarrollando en las diferentes arquidiócesis, diócesis y vicariatos apostólicos del país, para apoyar a la población venezolana. Manifestó que las jurisdicciones de Pamplona, Arauca, Riohacha, Tibú, entre otras, están ofreciendo asistencia médica, alimentaria y camino de acompañamiento a los que transitan por estos territorios. Otro tema que entró en la reflexión fue la xenofobia contra los inmigrantes, a lo que señaló que es importante la inserción de estas personas en el contexto social y “apoyarlos para que tengan trabajo digno, acompañarlos mientras esta crisis se mejora, es decir, una atención inmediata e integral (...) Invitamos a los colombianos a acoger, acompañar, ayudar e insertar, a estos hermanos nuestros”. El corazón de toda actividad económica es la persona humana Al referirse a la dinámica económica del país, monseñor Óscar Urbina señaló que la Iglesia ve con preocupación que, en un país dotado de gran riqueza natural y potencial humano, existan tan altos niveles de inequidad. “Los bienes no están proyectados hacia el bien de todos, sino al disfrute de quien los puede adquirir de una u otra forma. No estamos condenando a nadie, pero sí llamando a la conciencia de los empresarios, quienes son ante todo administradores que han recibido la posibilidad de hacer mucho bien. Además de lo que puedan recibir como beneficio propio, deben pensar más en las fuentes de trabajo que pueden ofrecer”, afirmó el prelado. Reforma Agraria Al respecto, monseñor Urbina, precisó que la Iglesia está en mora de trabajar el tema de tierras. “Sabemos que el conflicto desplazó a muchas personas que les tocó irse hacia territorios que eran de nadie y allí han trabajado; ahora corren el riesgo de ser expulsados porque no tienen los títulos de propiedad.” Ante esta situación, agregó, “es necesario que los gobiernos hagan un trabajo especial que favorezca a las comunidades”. Finalmente, hizo un llamado especial a los candidatos a gobernación y alcaldía, para que incluyan en sus planes de gobierno este tema, que sin duda aportará al desarrollo integral de las personas. Implementación de los acuerdos de paz “La Iglesia quiere la paz y está al servicio de ella”, insistió monseñor Ricardo Tobón, arzobispo de Medellín y vicepresidente de la CEC. “La paz no es fácil, porque implica llegar a una concordancia de voluntades por parte de todos. Mientras el egoísmo de la persona esté a flor de piel y cada uno quiera buscar sus propios beneficios, lograr sus propios proyectos, todos estaremos contra todos y nos estaremos destruyendo”, enfatizó. Refiriéndose al ‘Bicentenario de la República’, manifestó el arzobispo Tobón que esta es una oportunidad para repensar el país. “Hace 200 años hubo un proyecto: construir una patria nueva y mucha gente entregó no solo sus bienes y esfuerzos, sino que donó su vida, para que existiera lo que hoy llamamos Colombia”. Y puntualizó: “En estos 200 años nos hemos dispersado, olvidando que sin un proyecto común no hay paz, desarrollo, ni futuro. Por eso, el llamado de la Iglesia es a una cultura de paz, a una unión nacional, a un diálogo sincero, a un trabajo de todos, para que aprovechando los enormes recursos naturales y humanos que tenemos, construyamos una sociedad justa, equitativa, en la que la verdad y la solidaridad marque un futuro bueno para todos”. Protección de menores Durante la asamblea se abordó también el tema de la implementación de la Carta Apostólica en forma Motu proprio “Vos estis lux mundi” (Ustedes son la luz del mundo), que tiene que ver con la puesta en marcha de organismos diocesanos estables para la atención de denuncias sobre abuso a menores. En este sentido, explicó monseñor Elkin Álvarez que “casi la totalidad de las jurisdicciones tiene organismos estables para recibir denuncias” y, además, “en varias diócesis se está avanzando en comisiones interdisciplinarias (psicólogos, canonistas, psiquiatras), para que no se trate solo de canalizar denuncias y activar la ruta, sino también se brinde un acompañamiento y manejo integral de estas situaciones.

Vie 15 Feb 2019

Oficina para el Buen Trato presentó los entornos protectores de la Iglesia

Monseñor Luis Manuel Alí, obispo auxiliar de Bogotá y miembro de la Comisión Pontificia de Protección de Menores, presentó ante los medios de comunicación la ruta de acompañamiento en presuntos casos de violencia sexual y los detalles de su funcionamiento. La arquidiócesis de Bogotá, y su Oficina del Buen Trato, trabajó en la elaboración de una ruta de acompañamiento en presuntos casos de violencia sexual contra menores en ambientes eclesiales, para establecer cómo se debe realizar un proceso preventivo y de atención, con la asesoría de expertos en derecho civil y canónico, para la formulación de un protocolo y poder establecer el camino a seguir, cuando se presente un caso de abuso y maltrato. Esta ruta de atención plantea tres situaciones: Situación A: Presunto caso de violencia sexual contra niña, niño, adolescente o adulto en estado de vulnerabilidad, ocurrido fuera del ambiente eclesial. Situación B: Presunto caso de violencia sexual contra niña, niño, adolescente o adulto en estado de vulnerabilidad, conocido en el SEAB (Sistema educativo de la arquidiócesis de Bogotá). Es decir cualquier situación ocurrida en alguno de los colegios de la Arquidiócesis o la Unimonserrate. Situación C: Presunto caso de violencia sexual contra niña, niño, adolescente o adulto en estado de vulnerabilidad, conocido y realizado en el ambiente eclesial. De esta manera, si acontece algún caso se activará la ruta adecuada dependiendo en donde se presentó la situación se informará a las respectivas autoridades competentes, en este caso la Fiscalía. También, se realizará un acompañamiento psicosocial y espiritual a las víctimas y a sus familias por parte de la Oficina del Buen Trato, orientándolos sobre cómo realizar la respectiva denuncia. Fuente: Oficina de comunicaciones Arquidiócesis de Bogotá

Jue 26 Ene 2017

Consultor del Vaticano destaca labor de la Iglesia en protección de menores

Por estos días está en Colombia monseñor Stephen Rossetti, sacerdote de la diócesis de Syracuse (EEUU), psicólogo, consultor de la Comisión Pontificia para la protección de menores del Vaticano y profesor titular de la Universidad Gregoriana de Roma.Su visita está enmarcada en conocer el trabajo que viene adelantando la Iglesia Católica en nuestro país con respecto a la protección de menores. “Queremos ayudar a las iglesias locales a implementar líneas guías para la protección de los menores”, aseguró monseñor Rossetti. La Iglesia Católica en Colombia ha diseñado unas guías para la protección de los menores. Para Rossetti las jurisdicciones eclesiásticas en Colombia, con base a estas pautas, están realizando una labor muy importante. En este marco sugiere que se implementen programas específicos de educación y de forma amplia a todos los sacerdotes que trabajan con menores. Destacó que cada vez que se implementan políticas educativas en la protección de menores, los casos disminuyen. Monseñor Rosseti es autor de decenas de artículos y varios libros. Entre ellos se destacan: “ …y cuando el león ruge”. "Nacidos de la Eucaristía: una espiritualidad para sacerdotes", "La alegría del sacerdocio": un estudio de la salud psicológica y espiritual de los sacerdotes" que recibió el premio de la Asociación Católica de Prensa. Con ese bagaje espiritual, pastoral e intelectual sugiere encontrar unas claves muy valiosas de acompañamiento a los sacerdotes a través de la Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, donde hay líneas sobre el acompañamiento y formación del clero. Además, anima a los obispos para que no sean solo pastores, sino también hermanos que acompañen más de cerca a sus sacerdotes. Monseñor Stephen Rossetti fue invitado por la Iglesia Católica colombiana, a través de monseñor Luis Manuel Alí Herrera, quien es miembro de la Pontificia Comisión para la Protección de los Menores en Roma. Estará 11 días en Colombia y visitará las arquidiócesis de Bogotá, Cali y Villavicencio. Dictará talleres y realizará algunas entrevistas a sacerdotes.