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“El sínodo derrotó los prejuicios y las ideologías, como lo había anticipado el Papa”: P. Raúl Ortiz Toro
Tags: XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos Informe de síntesis de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos conferencia episcopal de colombia iglesia católica colombiana Padre Raúl Ortiz Toro sínodo sobre la sinodalidad
Tras la celebración eucarística de clausura de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos desarrollada en Roma durante todo este mes de octubre, presidida por el papa Francisco el domingo 29 de octubre en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, los padres y madres sinodales iniciaron sus viajes de regreso a las comunidades eclesiales de pertenencia, llevando consigo grandes expectativas y tareas a realizar durante este periodo de preparación que culminará con la segunda sesión, en octubre de 2024.
El día anterior había sido presentado el informe de síntesis de la primera sesión, documento que en versión oficial por ahora solo está disponible en italiano, a partir del cual se han generado algunas inquietudes y en el que todos los miembros del Pueblo de Dios estamos llamados a profundizar.
Para iniciar esta camino de discernimiento y retroalimentación, el Departamento de Comunicaciones del Secretariado Permanente del Episcopado Colombiano entrevistó al padre Raúl Ortiz Toro, director del Departamento de Doctrina, sobre algunos aspectos que permiten comprender no solo las propuestas del documento final titulado “Una Iglesia sinodal en misión”, sino, en general, los principales temas tratados durante la XVI Asamblea General.
Padre Raúl, ¿Cree que ya finalizada esta primera sesión de la Asamblea Sinodal se han disipado los temores y tensiones que la antecedieron?
Efectivamente. Sin embargo, recuerdo aquel adagio: “calumniad, calumniad, que algo queda”; es decir, lamento mucho que los profetas de calamidades hayan logrado hacer mella en tantas personas inocentes que desconocen la teología o el derecho canónico al punto de sembrarles desazón y desconsuelo. El mismo Papa Francisco lo advirtió cuando contó que habiendo llamado a unas monjitas, estas le expresaron que tenían miedo del Sínodo porque habían escuchado que allí iban a “cambiar la doctrina”, lo cual no ha pasado para nada. Es lamentable que haya tantos prejuicios, pero a la vez es esperanzador, porque esto quiere decir que los temores eran infundados y que, en verdad, el Espíritu Santo fue el protagonista.
La prensa, que no es nada ingenua, gozó con los que prejuiciosamente anticipaban un cisma, e hizo uso de los detractores del Sínodo que se detuvieron en temas de tono disciplinar, que ahora vemos que no fueron centrales o ni siquiera fueron abordados, como la ordenación de mujeres, el levantamiento del celibato sacerdotal y la bendición de parejas homosexuales. Sabían, pero sin embargo lo callaron, que el Sínodo es un órgano de participación eclesial de carácter consultivo y no deliberativo; y sabían, además, que el sínodo alemán había sido un proceso con una metodología y resultados distinto a lo propuesto por Francisco en el Sínodo sobre la Sinodalidad, dos caminos diferentes, pero tendenciosamente los equipararon como si se tratara de una misma cosa. Esta experiencia debe enseñarnos que la altura de una discusión se basa en la sensatez de los argumentos y no en los prejuicios infundados. En conclusión, el sínodo derrotó los prejuicios y las ideologías como lo había anticipado el Papa.
¿Qué pasará ahora mientras llega la segunda sesión del Sínodo en octubre de 2024?
Hemos entrado a una nueva etapa de discernimiento en perspectiva de retroalimentación. De la consulta a las Iglesias locales entre 2021 y 2022 salieron grandes intuiciones que fueron recogidas en las síntesis nacionales y continentales, que se vieron a su vez reflejadas en el Documento de Trabajo del Sínodo. Durante la Asamblea, las madres y los padres sinodales escucharon la voz del Espíritu Santo, a través de la conversación espiritual, que es un método que no es nuevo en la Iglesia, pero que sí es novedoso en su aplicación durante un Sínodo. Sumado a esto, el silencio fue un protagonista especial que permitió hacer síntesis interior. La espiritualidad de la sinodalidad con base en la escucha en un doble pero único sentido, es decir, del Espíritu Santo y del santo pueblo fiel de Dios, es una riqueza grande que debemos explorar y profundizar en nuestras comunidades eclesiales locales. Para ello, la síntesis de esta primera sesión de la Asamblea Sinodal ha logrado identificar unos temas que en nuestras Iglesias Particulares seguramente se trabajarán con la metodología de conversación espiritual durante este año antes de la segunda sesión.
¿Cuáles son, entonces, esos temas nucleares para el discernimiento?
El documento está organizado de manera tripartita externa e internamente. Es decir, hay 20 temas agrupados en tres grandes bloques y luego cada uno de esos 20 capítulos está desarrollado en tres partes. Los tres grandes bloques son, el primero, el que se refiere a la teología y a la espiritualidad de la sinodalidad, como sentando unas bases argumentativas, pero vivenciales, de lo que se necesita para lograr ser “Una Iglesia sinodal en misión”, que es el nombre que le han dado a esta síntesis. El segundo, es un bloque que se detiene a pensar en las personas, en los sujetos del sentido de la fe (sensus fidei), es decir, todos los miembros del pueblo de Dios en la dinámica de sinodalidad-colegialidad episcopal-primado petrino, desde una perspectiva de comunión para la misión. Finalmente, el tercer bloque trata el tema de los procesos y de las instituciones, y la necesidad de que sean cada vez más sinodales, esto es, que promuevan y faciliten la corresponsabilidad, el liderazgo compartido en la Iglesia.
¿Y esto no es demasiado teórico y quizá reiterativo?
Es necesaria teología; es la sana doctrina según el principio de Tradición que nos legó san Vicente de Lérins en el siglo V: lo que se ha creído siempre, en todos los lugares y por todos. Estas bases iluminan entonces la distribución tripartita interna de cada uno de los 20 temas que han sido tratados así: convergencias, cuestiones que se deben afrontar y propuestas; podríamos decir que esta es la parte práctica; precisamente, aquí es donde se ve que el Sínodo es un órgano consultivo y no fue convocado para cambiar la doctrina. Entonces, por ejemplo, tomemos el tema tercero que es la iniciación cristiana: las convergencias son los principios basilares del tipo: “la celebración de la Eucaristía, sobre todo el domingo, es la primera y fundamental forma en la que el pueblo de Dios se reúne y encuentra” (3 e); en consecuencia, una cuestión que se debería afrontar es que “el sacramento del bautismo no puede ser entendido de manera aislada, al margen de la lógica de la iniciación cristiana, ni tampoco de manera individualista” (3 g); por ello, una propuesta es que “si la Eucaristía da forma a la sinodalidad, el primer paso es obrar en consecuencia con la gracia a través de un estilo celebrativo a la altura del don y con una auténtica fraternidad. La liturgia, celebrada con autenticidad, es la primera y fundamental escuela de discipulado y fraternidad” (3 k). Ningún buen católico podrá resistirse a este tipo de reflexión a la vez tan concreta como trascendente.
¿Cómo se aterriza cada convergencia, cuestión y propuesta del documento final al discernimiento comunitario?
Lo primero es que el documento debe ser leído en el contexto de una espiritualidad de la sinodalidad que tiene de base la conversión permanente, sincera y progresiva, en el ámbito personal y evangelizador. Los principales detractores del Sínodo sobre la Sinodalidad no son los que hablan prejuiciosamente de la metodología o el contenido de la Asamblea sinodal, sino aquellos que no están convencidos de que los tiempos nos desafían a ser una “Iglesia sinodal en misión”, en salida a las periferias. Son las resistencias más peligrosas, las de la inactividad. Se me viene a la cabeza una frase del papa Pío XII que habló en 1950 de “la herejía de la acción”, una acción que no se basa en la ayuda de la gracia y no busca la santidad. Pero ahora podríamos parafrasear al papa Pacelli porque el clericalismo que ha denunciado Francisco ha llevado, más bien, a una “herejía de la inacción”. En algunas comunidades eclesiales la fe dormita porque los agentes de evangelización están cansados, parece que llevaran un peso encima desde hace dos mil años. Por ejemplo, hace poco, en un encuentro ecuménico internacional, la cantidad de jóvenes saliendo a misión – que nosotros llamamos ad gentes – nos dejó atónitos a la vez que preocupados, no solo por la cantidad, sino porque ninguno era católico.
Padre, creo que aún no me ha respondido la pregunta…
Bueno, estaba haciendo un preámbulo, que hace parte de la respuesta: si no hay pasión por evangelizar, ni conciencia de la vocación misionera, la sinodalidad pasará a la historia como una buena idea más, sin mayor trascendencia. ¿Cómo se aterriza, entonces? En primer lugar, aparece el liderazgo de las Conferencias Episcopales; a ellas se les ha pedido que reflexionen sobre varios asuntos, por ejemplo, instituir comisiones de estudio sobre cuestiones discutidas, profundizar las relaciones con las conferencias de la vida religiosa, buscar caminos para la inculturación de la liturgia, usar un lenguaje más cercano en sus documentos, promover las pequeñas comunidades, establecer métodos para rendición de cuentas, recordar la obligatoriedad de los consejos episcopales y de pastoral, y una larga lista.
Creo que las Conferencias Episcopales estudiarán los 20 capítulos de la síntesis y decidirán qué es necesario discernir a nivel parroquial, diocesano, nacional o continental, por supuesto con apoyo de los organismos de participación y corresponsabilidad según cada nivel. Algo muy concreto es que las Iglesias Particulares deberían convertir en hábito el discernimiento a través de la metodología de conversación espiritual, con las herramientas de la escucha y el silencio, haciendo uso del documento síntesis del Sínodo y la experiencia de esta primera sesión que acaba de terminar. En ello, el liderazgo de nuestros obispos, presbíteros, religiosos, religiosas, laicos y laicas es fundamental.
¿Quizá el tema que va a ser más cuestionado sea el número 15 que trata del “Discernimiento eclesial y cuestiones abiertas”?
Como lo decía hace un momento algunas personas se van más por las ramas que por el tronco. Ese capítulo, seguramente, será tratado y discernido sinodalmente por el pueblo de Dios, colegialmente por los obispos y, en últimas, definido por el primado petrino. Los participantes en el Sínodo han asegurado que hablando de estas cuestiones se dieron cuenta de lo importante que es escuchar y hacer silencio para entender los argumentos de los demás (cf. 15 a) sobre todo en temas “controvertidos” como los efectos antropológicos de las tecnologías digitales y la inteligencia artificial, la tensión entre no violencia y legítima defensa, las problemáticas relativas a los ministerios en la Iglesia, los temas que se conectan con la corporeidad y la sexualidad, y otros (cf. 15 b) como la identidad de género y la orientación sexual, el final de la vida, y las situaciones matrimoniales difíciles (cf. 15 g). Algo interesante es que justo en este tema, la síntesis recuerda que la Iglesia ya se ha manifestado en su magisterio sobre tales cuestiones que aguardan a ser “traducidas a iniciativas pastorales apropiadas” (15 g). Esto me parece muy iluminador porque la tendencia que algunos grupos tienen a la reivindicación es suscitada por la marginación; pero si a la persona se le integra en la comunidad de fe, el afecto suscita la conciencia. Es la pedagogía de Jesús con Zaqueo: lo integra y esta acogida le abre los ojos, reconoce sus injusticias y se convierte.
¿Podría dar un ejemplo concreto respecto del ya cuestionado tema 15?
Voy a poner el ejemplo de las personas con orientación sexual diversa porque es uno de los temas por ahora más visibles y controvertidos: la Iglesia tiene sobre este asunto un magisterio muy claro, pero ha costado trabajo aterrizarlo en prácticas pastorales concretas. La diversidad sexual existe, está ahí, como la diversidad religiosa también, no podemos tapar el sol con las manos. Si el Catecismo desde 1992, en el numeral 2358, afirma que las personas con tendencias homosexuales cargan sobre sus hombros “una auténtica prueba” y que “deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza”, además de evitárseles “todo signo de discriminación”, ¿cuántas son las parroquias o comunidades que después de tres décadas han considerado al menos implementar una pastoral adecuada para ellas? Las hay, pero son poquísimas. Acoger, formar, exigir, no se trata de hacer lobby por un tema, eso no, sino de ser consecuentes.
El Catecismo es claro al enseñar que a las personas homosexuales se les debe ayudar a realizar en sus vidas la voluntad de Dios, a educar la libertad interior y a que descubran a Jesús como solidario en medio de las dificultades de su condición; solo así puede presentárseles la propuesta del llamado a la castidad que todos hemos recibido. Sin embargo, generalmente saltamos a lo segundo – “sean castos” –, sin haber hecho lo primero – una escuela de acogida y formación cristiana y humana. Volviendo al caso, la reivindicación de quienes solicitan, por ejemplo, la “bendición de una pareja homosexual”, es más bien una reacción de quien nunca ha recibido algo más que señalamientos: si a esa misma pareja se le acoge, se le brinda formación cristiana, se le integra en la comunidad, estoy casi seguro de que nunca exigirá una bendición de su unión, porque el solo hecho de ser acogido ya será asimilado como una bendición.
¿Qué novedades cree que puede haber en este año antes de la segunda sesión del Sínodo?
Me ha llamado la atención que la síntesis nos pide promover, antes de la segunda sesión, iniciativas que permitan un “discernimiento común sobre cuestiones doctrinales, pastorales y éticas controvertidas”, con base en la Palabra de Dios, en las enseñanzas de la Iglesia, en la reflexión teológica y en la experiencia sinodal (15 k). No por ser controvertidas son prohibidas; es mejor tratar estos temas y darles claridad, sobre todo en un contexto como el actual en que todo es cuestionado. Este es otro punto que debe dar tranquilidad a quienes ven con sospecha el Sínodo porque se deja en claro que las fuentes de la Revelación son la Palabra de Dios, escrita y transmitida, interpretada por el magisterio eclesial, con ayuda de los teólogos y el sensus fidei fidelium, es decir, el sentido de fe que tienen los fieles del pueblo de Dios, entre los que se encuentran aquellos estigmatizados por diversas razones: su pobreza, su condición sexual, su discapacidad, su estatus migratorio, etc.
Una gran novedad es que se pide conformar una comisión intercontinental de teólogos y canonistas para estudiar las implicaciones canónicas de la sinodalidad y, al mismo tiempo, se solicita un estudio preliminar para la revisión del Código de Derecho Canónico. Otra novedad es que se invita a que en las iglesias locales haya formación para algunos ministerios como la escucha, la resolución pacífica de conflictos, la misión digital, el acompañamiento a los matrimonios y la práctica del método de conversación espiritual. Además, se recuerda que las parejas que viven “situaciones afectivas y conyugales complejas” (sobre todo los casados por la Iglesia, divorciados por lo civil y vueltos a casar) pueden ser integradas en diversos servicios eclesiales como por ejemplo los organismos de participación, tales como un consejo pastoral parroquial (18 f). Muy seguramente también asistamos, en este año, a la confección de un martirologio ecuménico y quizá la convocación de un sínodo ecuménico, según las propuestas.
¿Y alguna novedad en la renovación de estructuras?
A propósito, una iniciativa que ya veíamos venir, particularmente después de la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe, realizada en 2021, es la de empezar a pensar, eso sí sin cuestionar la existencia y permanencia de las Conferencias Episcopales, en la creación de Asambleas Eclesiales de carácter permanente, en el orden continental y nacional, con participación de todos los miembros del Pueblo de Dios, que se reúnan bien sea antes o después de las asambleas episcopales (19 m). También la síntesis invita a que en este año se tenga en cuenta en los proyectos pastorales la rendición de cuentas como buena práctica de transparencia en la administración de los bienes (11 k), así como la vinculación serena y bien pensada de sacerdotes que dejaron el ministerio presbiteral para que asuman algunos oficios pastorales discretos (11 l). Especial mención merece la petición de inclusión de mujeres en los organismos de participación eclesial donde se toman decisiones (9 m), la equidad de salarios, que puedan ser jueces en todo tipo de procesos y la continuidad de la investigación teológica y pastoral sobre su acceso al ministerio del diaconado (9 n).
A propósito, ¿Qué dijo el Sínodo sobre el diaconado femenino? Quizá uno de los temas más álgidos…
Algo que debe quedar claro es que la propuesta sinodal versa sobre la ministerialidad en la Iglesia y no sobre la ordenación presbiteral de las mujeres. Son dos cosas distintas y la discusión sobre el diaconado femenino se enmarca en la primera y no en la segunda. Debemos partir de lo que dice el documento Lumen Gentium, a propósito de que existe una relación intrínseca y profunda, pero también una diferencia esencial y no solo de grado, entre los ministerios bautismales y el ministerio ordenado. Me parece importante lo que ha resaltado el Sínodo acerca de la urgente necesidad de desmontar el clericalismo tanto en los presbíteros como en los laicos. Esto explica un tanto el por qué un sector reclama el acceso de la mujer a la ordenación sacerdotal: piensan que en este mundo de luchas por la equidad de género sería inconcebible sostener que un hombre tenga un privilegio y una mujer no. Pero esta lectura es propiamente mundana, en el sentido que el Papa le ha dado a esta palabra. La solución no es que la mujer acceda al presbiterado como privilegio, pues este separa al ministro de la comunidad y perpetúa el clericalismo, sino que el hombre ejerza el presbiterado como un servicio, pues este sí permite la equidad. Solo el servicio nos permite a hombres y mujeres ser las manos y el corazón de Jesús, mientras el privilegio nos separa por géneros.
Ahora bien, las reflexiones sobre el diaconado femenino no van encaminadas al acceso de las mujeres al presbiterado sino al ejercicio del ministerio bautismal. El Sínodo ha expresado que el diaconado permanente fue restablecido a partir del Vaticano II como grado propio y permanente de la jerarquía, pero antes no era así. Hay que decir que, al menos en la historia de la teología, este no es un tema tabú, porque lo que sale de la investigación es que el diaconado femenino estuvo presente en la Iglesia primitiva en el contexto de la praxis bautismal, cuando se necesitaban servidoras de la comunidad para la inmersión de las mujeres adultas en el agua de regeneración; a eso puede referirse, por ejemplo, san Pablo (Rom 16, 1) a propósito de la diaconisa Febe.
Pero volviendo al asunto, podríamos decir que el Papa Francisco ya ha restituido este tipo de diaconado (servicio) como ministerio bautismal sin necesidad de ubicarlo en el orden jerárquico. Esto ha sido posible desde hace un par de años gracias al acceso de las mujeres a los ministerios instituidos, reconocidos públicamente, es decir, el lectorado y el acolitado, además del ministerio de catequista. Así, a medida que se incluye más a la mujer en los ministerios bautismales, en las instancias de gobierno – como pasa ahora en varios dicasterios vaticanos – y en los organismos de participación de las iglesias locales, va cediendo el ánimo reivindicativo como síntoma de exclusión y así nadie puede acusar a la Iglesia de discriminación. A propósito, el Sínodo ha pedido que los diáconos permanentes no se limiten al servicio litúrgico, sino que se enfoquen principalmente en el servicio de caridad. De aquí que resulte muy necesaria y urgente la formación en la sinodalidad, iniciando por nosotros, los que hacemos parte del ministerio ordenado.
Precisamente, no sé si está de acuerdo, en que es importante que las nuevas generaciones de presbíteros y diáconos permanentes sean más “empáticas” con el tema sinodal…
Totalmente de acuerdo; por ello considero que el tema más urgente en el contexto que estamos viviendo en la Iglesia es el número 14 que versa sobre la formación con énfasis sinodal, no solo para todos los bautizados sino, específicamente, para los que optan por el sacerdocio ministerial. Además, este tema no solo está en dicho capítulo sino que aparece transversal en todo el documento; al respecto, las cinco propuestas (14 k,l,m,n,o) son todo un desafío para los obispos, los rectores de seminarios y la pastoral vocacional y sacerdotal ya que se pide una revisión de la reciente Ratio Fundamentalis, que es como la carta constitucional o la bitácora que rige los procesos de formación hacia el presbiterado y el diaconado permanente. Además, se pide que para la segunda sesión se haga una evaluación de la recepción y asimilación del proceso sinodal en estos itinerarios de formación.
Esta propuesta me parece muy pertinente porque si los ministros ordenados no están permeados de la espiritualidad y la teología del Pueblo de Dios, que es la base de la sinodalidad, será difícil lograr esta renovación en la Iglesia. Esto supone seguir avanzando en la “desacademización” de la formación, es decir, que el camino hacia el presbiterado no sea simplemente matricularse en unas materias y vivir herméticamente en un recinto, lo que no pocas veces ha ocasionado ambientes artificiales y aislados de las comunidades cristianas que ocasionan inmadurez afectiva y relacional. Los llamados Seminarios Conciliares lo son porque fueron el magnífico resultado del Concilio de Trento; pero desde que San Carlos Borromeo fundó el primer seminario no han pasado más de 500 años, entonces, ¿cómo se formaron las generaciones de sacerdotes durante los anteriores 15 siglos? Debemos dirigir la mirada a las experiencias significativas y efectivas de esas épocas y a los actuales cambios socioculturales y pensar en Seminarios Sinodales que no se rijan por contenidos académicos sino por el encuentro personal con Jesucristo en las comunidades eclesiales, de tal modo que se permita una mayor inserción en el pueblo de Dios desde los inicios. Pero esto es un tema que no podemos agotar en una pregunta.
¿Algo más que agregar Padre Raúl?
Habría muchos otros temas por tratar, pero por ahora esto es suficiente. Pienso que este Sínodo nos confirma una vez más que la Iglesia está dirigida por el Espíritu Santo. Cuando estudiamos la historia de este misterio divino, no solo como institución humana, encontramos unos momentos especiales en los que se renueva Pentecostés, por ejemplo, la época apostólica y patrística con sus respectivos concilios, el surgimiento del monacato y de las órdenes mendicantes, la Reforma Católica de Trento y sus gloriosas consecuencias, ¡La pérdida de los Estados Pontificios! (que permitió la separación entre el poder político y el servicio eclesial), el Concilio Vaticano II y el actual Proceso Sinodal. No debemos tener la mirada y los oídos tan cerrados a la voz del Espíritu; la Iglesia tiene más de dos mil años, cuenta con la asistencia del Espíritu Santo y es de revelación divina que “el poder del infierno nunca prevalecerá contra ella”.
A continuación, compartimos la versión oficial del documento de síntesis:

Recibir la vida como un don de Dios (Mt 2, 1-12)
Jue 10 Sep 2026
“El Dios de la paz estará con ustedes” (Filp 4, 9)
Mar 8 Sep 2026
Lun 14 Sep 2026
Entre goles, fraternidad y misión: Medellín cerró la XI Copa de la Fe con cuatro equipos campeones
La XI Copa de la Fe reunió en Medellín a más de 900 sacerdotes de Colombia, Venezuela, Ecuador, México y Costa Rica en un encuentro que combinó competencia deportiva, fraternidad sacerdotal y una jornada pastoral en 29 parroquias de la Arquidiócesis de Medellín.La XI Copa de la Fe llegó a su final en Medellín dejando una particularidad en su historia: cuatro finales y cuatro campeones, en una edición que volvió a mostrar que el fútbol puede ser también un espacio para fortalecer la fraternidad sacerdotal, el encuentro con las comunidades y la misión evangelizadora.Durante cinco días, sacerdotes de diferentes regiones de Colombia y de Venezuela, Ecuador, México y Costa Rica compartieron alrededor del deporte, acompañados por sus comunidades y por varios obispos que estuvieron presentes junto a los equipos de sus jurisdicciones.Cuatro copas, cuatro campeonesLa competencia se desarrolló en cuatro categorías que pusieron en el centro valores asociados a la experiencia de la Copa de la Fe:La Copa de Juego Limpio fue para la Diócesis de San Cristóbal, Venezuela, que disputó la final frente a la Diócesis de Cúcuta. La Copa de la Paz y la Reconciliación quedó en manos de la Arquidiócesis de Guadalajara, México, luego de enfrentar en la final a la Diócesis de Sonsón-Rionegro. Por su parte, la Diócesis de Garzón se quedó con la Copa de la Fraternidad, tras disputar la final ante la Arquidiócesis de Cartagena, mientras que la Arquidiócesis de Nueva Pamplona conquistó la Copa de la Esperanza, frente a la Diócesis de Pasto.Las finales de Juego Limpio y Paz y Reconciliación tuvieron como escenario el Estadio Atanasio Girardot, uno de los espacios deportivos más representativos de Medellín.De las canchas a la misiónUno de los momentos centrales de esta edición tuvo lugar durante el segundo día del torneo, cuando los sacerdotes dejaron por unas horas las canchas para ponerse en modo misión y encontrarse con las comunidades de la Arquidiócesis de Medellín.En total, 29 parroquias de las cuatro vicarías episcopales de zona abrieron sus puertas para recibir a los sacerdotes participantes. Allí celebraron la Eucaristía, administraron el sacramento de la Reconciliación y compartieron con familias, grupos parroquiales y personas de las comunidades.También realizaron visitas a enfermos y conocieron de cerca distintas realidades de la vida parroquial. La jornada permitió vivir una dimensión del ministerio sacerdotal que va más allá de la competencia: estar cerca de las personas, escuchar, compartir y caminar junto a las comunidades.Agentes pastorales de la Arquidiócesis de Medellín acompañaron el desarrollo de esta jornada y apoyaron la organización y logística del torneo, haciendo posible el encuentro entre las delegaciones y las comunidades locales.Una experiencia de fraternidadLa Copa de la Fe también permitió fortalecer los vínculos entre sacerdotes de distintas jurisdicciones. En esta edición, algunas Iglesias particulares se unieron para conformar un solo equipo, como ocurrió con la Diócesis de Yopal y la Arquidiócesis de Florencia; la diócesis de Ocaña y El Banco; la Diócesis de Málaga y la Arquidiócesis de Bucaramanga; así como las diócesis de Girardota, Caldas y Quibdó.A las jornadas deportivas se sumó además el acompañamiento de los fieles, quienes llegaron desde diferentes regiones para respaldar a sus sacerdotes desde las tribunas. Su presencia se convirtió en otra expresión de comunión eclesial alrededor de un encuentro que buscó integrar a sacerdotes, comunidades y familias.La experiencia también quiso abrir una oportunidad para que los espectadores conocieran de una manera cercana la vida y el servicio de los sacerdotes y, a partir de ese encuentro, pudiera surgir en algunos jóvenes la inquietud por la vocación sacerdotal.Los obispos acompañaron a sus equiposAunque la participación de los sacerdotes fue el centro de la competencia, varios obispos acompañaron a las delegaciones de sus jurisdicciones durante el torneo.Entre ellos estuvieron los anfitriones, monseñor Ricardo Tobón Restrepo, arzobispo de Medellín, y monseñor José Mauricio Vélez García, obispo auxiliar de Medellín, quienes recibieron y acompañaron a las diferentes delegaciones.También estuvieron presentes monseñor Edgar Aristizábal Quintero, obispo de Duitama-Sogamoso; monseñor Rubén Darío Jaramillo Montoya, obispo de Montería; monseñor Dimas Antonio Acuña Jiménez, obispo de El Banco; monseñor José Alberto Ossa Soto, arzobispo de Nueva Pamplona; monseñor Hugo Torres Marín, arzobispo de Medellín; y monseñor Juan Manuel Toro Vallejo, obispo de Gigardota, entre otros pastores que acompañaron a sus sacerdotes.La XI Copa de la Fe cerró así una nueva edición en la que el resultado deportivo fue solo una parte de la experiencia. En Medellín, las canchas, las parroquias y las comunidades se convirtieron en escenarios de fraternidad, comunión y misión, mostrando que el deporte también puede abrir caminos para el encuentro y la evangelización.
Vie 11 Sep 2026
Del contenido a la conversación: nuevos desafíos para la comunicación de la Iglesia Católica en Colombia
Cerca de 80 comunicadores, periodistas, productores audiovisuales y delegados de las comunicaciones de diócesis, arquidiócesis, vicariatos apostólicos y equipos de Pastoral Social participaron en un encuentro nacional orientado a fortalecer una comunicación más articulada, estratégica y cercana a las realidades de los territorios. Obispos de la Comisión Episcopal de Comunicaciones acompañaron el espacio.La comunicación de la Iglesia Católica en Colombia enfrenta desafíos que va más allá de producir contenidos y ampliar su presencia en plataformas digitales: comprender mejor las conversaciones que ya están ocurriendo en la sociedad, escuchar las realidades de los territorios y encontrar maneras de participar en ellas desde su identidad y misión.Esta fue una de las principales reflexiones que dejó el Encuentro Nacional de Comunicadores de la Iglesia Católica colombiana 2026, realizado del 3 al 6 de agosto en La Ceja, Antioquia. Fue convocado por la Conferencia Episcopal de Colombia, a través de su Departamento de Comunicaciones y Tecnologías, y por el Secretariado Nacional de Pastoral Social-Cáritas Colombiana, lo que permitió, por primera vez, reunir en un mismo espacio a comunicadores de las jurisdicciones eclesiásticas y de las pastorales sociales, con el propósito de fortalecer la articulación, la unidad y la coherencia de la comunicación de la Iglesia en Colombia.La experiencia buscó, además, fortalecer diferentes dimensiones del servicio comunicativo: la comunicación pastoral e institucional, las estrategias digitales y el trabajo con enfoque comunitario, de desarrollo y de cambio social.El encuentro fue acompañado por los obispos que integran la Comisión Episcopal de Comunicaciones: monseñor Juan Carlos Cárdenas Toro, obispo de Pasto y presidente de la Comisión; monseñor Dimas Antonio Acuña Jiménez, obispo de El Banco; y monseñor Ovidio Giraldo Velásquez, obispo de Barrancabermeja. También contó con la participación de docentes de la Fundación Universitaria Católica del Norte, institución de la Diócesis de Santa Rosa de Osos, que apoyó los espacios de formación.Escuchar antes de comunicarUno de los ejes del encuentro fue la necesidad de comprender que el escenario actual de la comunicación está marcado por una "competencia" permanente por la atención.WhatsApp, Instagram, TikTok, las noticias, la inteligencia artificial, las conversaciones familiares y las múltiples plataformas digitales forman parte de un ecosistema en el que las personas reciben y comparten información de manera constante.Para Luis Fernando Sierra Escobar, docente de la Fundación Universitaria Católica del Norte, ponente del encuentro, el desafío no consiste simplemente en competir con otros actores, sino en reconocer que la Iglesia participa en un entorno en el que existen miles de conversaciones simultáneas.Desde esta perspectiva, planteó que una estrategia de comunicación no debería comenzar con una parrilla de contenidos, sino con una lectura del territorio y de las personas: ¿qué preocupa?, ¿qué esperan?, ¿qué duele? y ¿qué buscan?“Las personas ya están conversando. ¿Estamos entrando en esas conversaciones?”, fue uno de los interrogantes planteados durante su exposición.El docente destacó, además, la importancia de identificar los distintos públicos de las instituciones eclesiales y comprender qué temas les interesan, qué necesidades tienen y cuáles son los canales más pertinentes para establecer con ellos una comunicación bidireccional.“No es simplemente hablar por hablar, sino empezar a generar una conversación de acuerdo a los temas que nuestras comunidades están padeciendo, están sufriendo”, explicó Sierra.Su propuesta invitó a pasar de una comunicación centrada exclusivamente en la emisión de mensajes a otra que incorpore procesos de escucha, comprensión, respuesta, conexión y acción, poniendo a las personas en el centro.En este sentido, también subrayó que la opinión pública no se construye únicamente en los medios de comunicación. Los hechos son contados, compartidos en redes, comentados en espacios cotidianos y conversados en comunidades y grupos de mensajería, hasta adquirir una dimensión pública. Por eso, señaló, influir no significa controlar la conversación, sino participar en ella.De informar a generar encuentro e incidenciaEsta perspectiva estuvo directamente relacionada con una de las principales conclusiones del encuentro: la necesidad de pasar de una comunicación orientada únicamente a informar a una comunicación capaz de generar encuentro, diálogo e incidencia.El obispo de El Banco y miembro de la Comisión Episcopal de Comunicaciones, monseñor Dimas Antonio Acuña Jiménez, destacó precisamente este aprendizaje.“La comunicación no debe limitarse a transmitir información. Su verdadero propósito es crear relaciones, fomentar el diálogo y motivar acciones que transformen la realidad”.Para el prelado, esta mirada plantea una pregunta que debe interpelar a los equipos de comunicación de la Iglesia: si las narrativas que producen están realmente entrando en diálogo con la realidad del país y si, antes de comunicar, están escuchando lo que ocurre en los territorios.“Escuchando es cómo nosotros podemos entrar en la realidad para poder transformarla”, afirmó.En esa misma línea, monseñor Juan Carlos Cárdenas Toro, obispo de Pasto y presidente de la Comisión Episcopal de Comunicaciones, señaló que el encuentro permitió comprender la comunicación como una misión compartida y no como una tarea fragmentada entre diferentes áreas de la Iglesia.Para el obispo, reunir por primera vez a quienes trabajan en las comunicaciones de las diócesis con quienes desarrollan esta labor desde la Pastoral Social permitió mirar conjuntamente el desafío comunicativo de la Iglesia.La comunicación, afirmó, debe ayudar a construir narrativas humanas, capaces de conectar con los sentimientos, las angustias y las esperanzas de las personas, y permitir que sean ellas mismas quienes expresen su fe y su realidad.Comunicar la misión, más allá de las actividadesOtro de los planteamientos centrales estuvo relacionado con la manera en que la comunicación contribuye a representar públicamente la misión de la Iglesia.Durante el encuentro, Lida Astrid Losada Castro, coordinadora de Comunicaciones de la Conferencia Episcopal de Colombia, propuso cinco conversiones (transformaciones) institucionales para fortalecer los servicios de comunicaciones: pasar de documentar procesos a participar en su construcción; de comunicar actividades a representar la misión de la Iglesia; de informar a generar encuentro e incidencia; de tener estructuras de comunicación a consolidar verdaderos Servicios de Comunicaciones; y de trabajar como instituciones aisladas a construir una inteligencia comunicativa en red.Una de las preguntas planteadas fue: ¿qué Iglesia descubre una persona cuando conoce a la institución únicamente a través de sus canales de comunicación? La respuesta, explicó, no depende solamente de lo que se publica, sino también de lo que se decide no contar.Las celebraciones, fiestas patronales, ordenaciones, peregrinaciones y demás acontecimientos de la vida eclesial forman parte esencial de la comunicación. Sin embargo, la representación de la Iglesia puede ampliarse para evidenciar también su presencia junto a comunidades afectadas por la violencia, procesos de reconciliación, atención a migrantes y víctimas, formación de líderes, educación, cuidado de la casa común, participación ciudadana y otras expresiones de su misión.De ahí la invitación a pasar de comunicar acontecimientos a comunicar procesos, de cubrir eventos a narrar transformaciones y de publicar agendas a ayudar a comprender las realidades humanas que están detrás de esas acciones.En esta tarea adquiere especial relevancia el periodismo institucional y el fortalecimiento de las páginas web de las jurisdicciones eclesiásticas como espacios de profundidad, contexto, memoria y credibilidad.Historias con rostro y territorioLa necesidad de poner en el centro las historias y realidades de las personas fue compartida también por los participantes. Para Katia Carbal, delegada de Comunicaciones de la Arquidiócesis de Cartagena, el encuentro permitió reconocer el papel de los comunicadores como portavoces de las realidades que viven las comunidades en los territorios, pero también como actores llamados a contribuir a su transformación.“Nosotros también tenemos que ser esos puentes que acerquen”, señaló, al referirse a la necesidad de llevar la conversación hacia las comunidades rurales, los ríos, los mares y las montañas donde la Iglesia acompaña distintas realidades.La comunicadora insistió, además, en la importancia de contar historias que permitan conocer los procesos de acompañamiento de la Iglesia y ponerles nombre y rostro a quienes hacen parte de ellos. La comunicación, afirmó, no debería limitarse a responder a las dinámicas de los algoritmos, sino contribuir a acercar, evangelizar, acompañar, consolar, comprender y transformar.Para Gloria Londoño Monroy, docente de Comunicación Digital de la Fundación Universitaria Católica del Norte, esto implica que la comunicación estratégica debe partir de una lectura profunda de los contextos y de las necesidades de las comunidades. No basta, explicó, con conocer los canales que utiliza una población. Es necesario comprender sus condiciones sociales, psicológicas, culturales y tecnológicas, así como las causas y manifestaciones de las realidades que enfrenta.También llamó la atención sobre la necesidad de evaluar la comunicación por sus efectos transformadores y no únicamente por indicadores cuantitativos como el alcance o las interacciones digitales.En determinados contextos, añadió, la mejor estrategia de comunicación puede no ser una red social o una página web, sino un medio físico o analógico adaptado a las condiciones de una comunidad. La comunicación digital, en esta perspectiva, está al servicio de una comunicación integral, social y humana.Una comunicación que acompaña la construcción pastoralLas reflexiones también plantearon la necesidad de que los equipos de comunicación participen en los procesos institucionales y pastorales desde su origen, y no únicamente cuando llega el momento de producir una pieza, registrar una actividad o publicar una noticia.Monseñor Ovidio Giraldo Velásquez, obispo de Barrancabermeja y miembro de la Comisión Episcopal de Comunicaciones, destacó que la comunicación debe ser transversal y estar presente en los diferentes espacios de la vida eclesial.“Evangelizar es comunicar, es contar, es compartir experiencia, es hacer partícipes a otros del gozo y la alegría del Evangelio”, expresó.Para el obispo, los equipos de comunicación deben participar en la construcción de los procesos pastorales para aportar desde su experiencia a la comprensión, desarrollo y comunicación de esas iniciativas, y no limitarse a replicarlas una vez terminadas.Esta perspectiva fue también planteada durante la presentación de Lida Losada, quien señaló que cuando la comunicación participa desde el inicio puede aportar a la lectura del contexto, identificar riesgos y oportunidades, formular objetivos comunicativos y pensar qué conversaciones puede abrir una iniciativa.Hacia una inteligencia comunicativa en redLa articulación fue, precisamente, otro de los grandes desafíos identificados durante el encuentro. Para Luis Fernando Sierra, la información y las experiencias que se generan en las diferentes jurisdicciones no deberían permanecer aisladas. Una experiencia desarrollada en una diócesis puede ofrecer aprendizajes a otra y contribuir a responder desafíos similares en distintos territorios. De ahí su llamado a fortalecer la circulación de información entre las diócesis, arquidiócesis, pastorales y las instancias nacionales.“Las diferentes pastorales, las diferentes arquidiócesis, diócesis se quedan con la información y no llega para que se pueda repartir a nivel nacional”, señaló, destacando la necesidad de construir mecanismos permanentes de intercambio.Esta idea converge con la propuesta de construir una inteligencia comunicativa en red, planteada durante el encuentro como una de las transformaciones necesarias para fortalecer la comunicación de la Iglesia en Colombia.Más que compartir únicamente publicaciones, trabajar en red implica compartir aprendizajes, metodologías, fuentes, datos, narrativas, vocerías, experiencias y buenas prácticas. La finalidad es que las capacidades construidas en un territorio puedan fortalecer a otros.En palabras de monseñor Ovidio Giraldo, avanzar en esta dirección permitiría fortalecer las redes, competencias, capacidades y recursos de los equipos de comunicación, y contribuir a visibilizar de manera más amplia la obra misionera, pastoral y evangelizadora de la Iglesia en Colombia.“La riqueza de la Iglesia colombiana no está concentrada en Bogotá. Está distribuida por todo el país. Nuestra tarea debe ser ayudar a que esa riqueza circule”, se planteó durante el encuentro.Una comunicación al servicio de la misiónPara los participantes, el encuentro representó también una oportunidad para reconocer los avances que ya se vienen dando en los equipos de comunicación de las jurisdicciones eclesiásticas.El padre Jaime Marenco Martínez, delegado de Comunicaciones de la Arquidiócesis de Barranquilla, destacó el crecimiento de los equipos diocesanos, la incorporación de profesionales laicos y sacerdotes con formación en comunicación y una mayor integración de los planes de comunicaciones con los planes globales de las diócesis y arquidiócesis.A su juicio, estos avances han permitido desarrollar contenidos más estructurados sin perder la identidad y los criterios propios de la comunicación eclesial.Para Alejandra Campos Albarán, líder de Comunicaciones del Secretariado de Pastoral Social-Cáritas Barranquilla, uno de los aprendizajes más importantes fue la necesidad de no quedar atrapados únicamente en las exigencias del día a día.“Tenemos que enfocarnos realmente en lo estratégico y en aquellas historias que nos van a generar cambios reales en la comunicación”, afirmó.Por su parte, Jorge Enrique Muñoz Uceda, asesor de Comunicaciones de la Pastoral Social de la Diócesis de Socorro y San Gil, resaltó el valor de conocer experiencias y relatos de diferentes regiones del país y de reconocer el aporte que la Pastoral Social puede hacer a la comunicación de las diócesis.Andrés Flórez Guerra, delegado de Comunicaciones de la Diócesis de Duitama-Sogamoso, señaló como uno de los retos la necesidad de que la Iglesia vuelva a ocupar espacios de periodismo y conversación pública, participando en debates y conversaciones que contribuyan a construir paz, unidad y sinodalidad en Colombia.Más que una agenda de formación, el Encuentro Nacional de Comunicadores planteó así una perspectiva para el servicio de comunicaciones de la Iglesia en Colombia: una comunicación que no se limite a informar lo que la Iglesia hace, sino que ayude a comprender su misión, acerque las realidades de los territorios, genere diálogo con la sociedad y ponga en circulación las experiencias que pueden contribuir al bien común.Como síntesis de esta perspectiva, quedó una pregunta para los equipos de comunicación de las diferentes jurisdicciones: ¿qué mirada queremos ayudar a transformar, qué conversación queremos contribuir a construir y qué rostros e historias necesitamos hacer visibles?Vea a continuación los principales momentos y testimonios más relevantes del encuentro:
Jue 10 Sep 2026
Lo que el terremoto dejó al descubierto en Colombia: misiones de la Iglesia revelan riesgos y necesidades que persisten
Mientras Colombia habla de reconstrucción un mes después del terremoto, en distintos territorios del Chocó familias continúan habitando viviendas en riesgo de colapso, declaradas no habitables o de uso restringido. Algunas permanecen allí porque no cuentan con una alternativa de alojamiento; otras enfrentan condiciones precarias en espacios temporales. A esto se suman las dificultades para hacer llegar ayuda a comunidades apartadas y la incertidumbre sobre cómo recuperar las viviendas, los cultivos y otras fuentes de sustento afectadas por el terremoto.Esta realidad fue identificada durante el recorrido de la misión territorial “Con Colombia, hasta el último rincón” por las diócesis de Quibdó e Istmina-Tadó, pero también aparece, con características particulares, en otros de los territorios visitados.El terremoto de magnitud 7,4 ocurrido el 10 de agosto no solo dejó daños materiales. Al llegar a las comunidades, las misiones encontraron necesidades directamente relacionadas con el sismo y, al mismo tiempo, condiciones sociales, económicas, geográficas y de seguridad que ya estaban presentes y que ahora pueden dificultar aún más los procesos de recuperación.Cuando reconstruir significa mucho más que levantar una viviendaEl 19 de agosto, nueve días después del terremoto, equipos de la Conferencia Episcopal de Colombia y del Secretariado Nacional de Pastoral Social-Cáritas Colombiana se desplazaron a los territorios afectados. Las misiones, que se desarrollaron en diez jurisdicciones eclesiásticas del Valle del Cauca, Eje Cafetero y Chocó, permitieron recolectar información primaria sobre las condiciones de las comunidades y establecer prioridades para la respuesta inmediata, a mediano y a largo plazo.La sistematización identificó afectaciones en viviendas, infraestructura parroquial, medios de vida y servicios comunitarios, pero también riesgos y necesidades asociados a protección, salud mental, alojamiento, agua, saneamiento, seguridad alimentaria y recuperación económica.El trabajo territorial permitió constatar que, superados los primeros días de la emergencia, permanecen necesidades que requieren atención y acompañamiento sostenido. En varios de los territorios visitados, las familias enfrentan dificultades para recuperar sus viviendas, restablecer sus fuentes de ingreso y acceder de manera adecuada a servicios esenciales.La recuperación de las viviendas sigue siendo una prioridadEn las zonas visitadas, los daños en las viviendas constituyen una de las principales preocupaciones. En la Diócesis de Cartago, por ejemplo, entre el 70% y el 80% de los hogares de las dos comunidades priorizadas presentaban afectaciones. Allí se identificó la necesidad de materiales de construcción, orientación técnica para la reparación y reconstrucción, apoyo para el arrendamiento y kits para alojamiento de emergencia.En Buenaventura, la misión encontró 130 viviendas destruidas únicamente en las comunidades visitadas, mientras que a nivel de la diócesis se reportaban 954 viviendas destruidas y 9.194 afectadas. Entre las prioridades identificadas está la creación de un banco de materiales que contribuya a la recuperación habitacional y comunitaria, especialmente en zonas rurales y periféricas, así como soluciones frente al hacinamiento en alojamientos temporales.La recuperación, sin embargo, no se limita a reconstruir paredes y techos.Agua, alimentación y medios de vida: reconstruir las condiciones para volver a empezarEn distintos territorios, las misiones identificaron dificultades para garantizar el acceso a agua segura y restablecer sistemas afectados por el terremoto. En la Diócesis de Buenaventura, por ejemplo, se planteó la reparación y reposición de tanques de recolección de agua lluvia y el fortalecimiento de las condiciones de saneamiento e higiene en alojamientos temporales.La alimentación también continúa siendo una preocupación, especialmente en comunidades rurales y de difícil acceso. En varios municipios, las estructuras pastorales locales han servido como puntos de acopio y distribución de ayudas, mientras se realizan diagnósticos para identificar a las familias con mayores necesidades.A esto se suma la afectación de los medios de vida. La pérdida o deterioro de viviendas, cultivos, actividades productivas y otras fuentes de ingreso dificulta que las familias recuperen su autonomía económica. Por ello, las evaluaciones territoriales señalan la importancia de acompañar no solo la atención inmediata, sino también los procesos de recuperación de los medios de subsistencia.El impacto también es emocional y socialUno de los elementos que atraviesa los reportes de las misiones es el impacto psicológico y emocional provocado por el terremoto. La pérdida de viviendas, la separación familiar, la incertidumbre y las condiciones precarias de alojamiento han generado nuevas necesidades de acompañamiento psicosocial.En la Arquidiócesis de Ibagué, el reporte identifica la ausencia de atención psicosocial profesional en algunas comunidades pese a las manifestaciones de angustia de la población. También advierte sobre el desgaste físico y emocional de sacerdotes y agentes pastorales que permanecen acompañando a las comunidades afectadas.En territorios de diócesis como Quibdó y Buenaventura, las necesidades de protección adquieren además particular relevancia. Las evaluaciones identificaron riesgos para niños, niñas y adolescentes, dificultades de acceso a servicios y asistencia, así como situaciones relacionadas con violencia basada en género, separación familiar y riesgos de reclutamiento y utilización de menores por grupos armados.Una recuperación que requiere continuidadLas misiones permitieron recoger la voz de comunidades, párrocos, agentes pastorales, organizaciones sociales, autoridades locales y otros actores presentes en los territorios. En diferentes lugares, las pastorales sociales locales han contribuido a identificar familias afectadas, canalizar ayudas, habilitar centros de acopio y articular esfuerzos con instituciones y organizaciones.Este ejercicio de escucha y evaluación permite reconocer, un mes después del terremoto, que la emergencia no termina cuando disminuye la atención mediática. Para muchas familias comienza una etapa más prolongada: reconstruir sus viviendas, recuperar sus medios de vida, restablecer servicios esenciales y afrontar las consecuencias emocionales y sociales que dejó el sismo.Por eso, los hallazgos de estas misiones se convierten también en una hoja de ruta para mantener la atención sobre las comunidades y orientar los esfuerzos de acompañamiento y recuperación de acuerdo con las necesidades particulares de cada territorio.En el marco de la iniciativa “Con Colombia, hasta el último rincón”, la Conferencia Episcopal de Colombia y el Secretariado Nacional de Pastoral Social-Cáritas Colombiana mantienen su llamado a acompañar a las comunidades afectadas y a sumar esfuerzos para que la respuesta llegue también a quienes enfrentan mayores dificultades de acceso y requieren apoyo para reconstruir sus hogares, sus medios de vida y sus comunidades. En este sentido, se mantienen activos los siguientes canales nacionales de recaudo desde la Iglesia Católica:-Banco de Bogotá - cuenta de ahorros: 081789224 | Bre-B: 0092651552-Bancolombia - cuenta de ahorros: 82900024657 | Bre-B: 0092879108Titular: Secretariado Nacional de Pastoral Social - Cáritas ColombianaNIT: 860.039.273-3Donación en línea: donar.caritascolombiana.orgVea a continuación el informe audiovisual:
Mar 8 Sep 2026
Obispos de Colombia reflexionan sobre los retos y oportunidades de la inteligencia artificial en la misión de la Iglesia
Entre el 2 y el 4 de septiembre, 65 obispos de Colombia participaron en el curso anual de formación permanente para el episcopado, organizado por la Presidencia de la Conferencia Episcopal de Colombia. En esta oportunidad, el encuentro estuvo centrado en la inteligencia artificial, su uso y aplicación en la administración y en la gestión pastoral de la Iglesia.Tuvo como propósito favorecer un espacio de formación y discernimiento integral sobre esta tecnología, abordando sus fundamentos epistemológicos, sus alcances antropológicos y sus desafíos ético-teológicos, con miras a identificar posibilidades concretas para su utilización al servicio de la misión de la Iglesia.A través de ponencias, conversatorios, talleres y mesas temáticas, los obispos se acercaron a la historia y los aspectos generales de la inteligencia artificial, así como a sus implicaciones para la dignidad humana, las relaciones sociales, la ética, la comprensión de la inteligencia y la praxis pastoral.Entre los especialistas que acompañaron el proceso estuvieron Juan Manuel Vicaría Delgado, director del Centro de Inteligencia Artificial para la Alta Dirección de INALDE Business School de la Universidad de La Sabana; el padre Euclides de Jesús Eslava Gómez, director de la Maestría en Teología de la Universidad de La Sabana. También acompañó el curso el padre Fidel Oñoro Consuegra, CJM.En las mesas temáticas, Wilmar Roldán, Santiago Sierra, Reinaldo Bernal y Alfonso Flórez, profesores de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana, bajo la orientación de la decana Edith González Bernal, ofrecieron perspectivas sobre la dignidad humana y las relaciones sociales, la algorética, los fundamentos epistemológicos de la inteligencia y las posibilidades de la inteligencia artificial para la praxis pastoral y la creación de pensamiento.La agenda incluyó también la presentación de la encíclica Magnífica humanitas, una demostración del Asistente CEC 2026 GPT ante situaciones de responsabilidad episcopal, un conversatorio sobre inteligencia artificial y pastoral y un taller teórico-práctico sobre inteligencia artificial generativa para la pastoral, orientado por el Mg. Wilson Libardo Beltrán Chitiva.Una herramienta al servicio de la misiónPara los obispos participantes, uno de los principales aprendizajes de estas jornadas fue la necesidad de conocer y comprender una realidad tecnológica que ya hace parte de la vida cotidiana, pero que plantea nuevos desafíos para la Iglesia.El cardenal Luis José Rueda Aparicio, arzobispo de Bogotá y primado de Colombia, destacó que la formación permitió reconocer la necesidad de seguir incursionando en el conocimiento de la inteligencia artificial para poner sus posibilidades al servicio de la misión evangelizadora.“La inteligencia artificial hay que acogerla, hay que acompañarla, es decir, pastorear estos escenarios. Pero además hay que aprovecharla y ponerla al servicio de la misión”.Desde su perspectiva, estas herramientas pueden contribuir a optimizar el tiempo y el trabajo, organizar información y establecer vínculos entre diferentes procesos y entidades. Sin embargo, subrayó que su utilización debe mantener en el centro a la persona humana y su dignidad.En este sentido, señaló tres aspectos fundamentales: comprender al ser humano como camino y proceso permanente; recuperar la importancia del corazón y de la sabiduría, más allá de la simple acumulación de datos; y preservar la dimensión comunitaria de la vida humana.“Estamos hechos para vivir nuestro camino y nuestro corazón, nuestra conciencia en comunidad, en fraternidad”.Formarse para formarEl arzobispo de Barranquilla, monseñor Pablo Emiro Salas, resaltó que la inteligencia artificial constituye una realidad que la Iglesia está llamada a asumir y comprender, no solamente por su impacto en la sociedad, sino también por las posibilidades que ofrece para la evangelización. Señaló también el desafío de que los obispos no solo se formen personalmente, sino que puedan contribuir posteriormente a la formación de sacerdotes y fieles en el uso de estas nuevas tecnologías para el servicio pastoral.“Desde esa realidad de ser pastores, servidores de la comunidad, podemos entonces usar todas también las bondades que tiene la inteligencia artificial para poder servir mejor a las personas que se nos han confiado”.Al mismo tiempo, monseñor Salas subrayó la importancia de abordar las implicaciones éticas de estas tecnologías. Advirtió que, por importantes que sean, las herramientas de inteligencia artificial no pueden reemplazar la presencia del Espíritu Santo ni la relación personal y afectiva entre las personas.“Son ayudas y tenemos que aceptarlas, tenemos que acogerlas y tenemos que implementarlas sin que ellas terminen por deshumanizar nuestra relación de personas y nuestros vínculos”.Una oportunidad para la catequesis y la acción socialPara monseñor Omar de Jesús Mejía, arzobispo de Florencia, la formación permitió reconocer en la inteligencia artificial una herramienta que puede contribuir al cumplimiento de la misión evangelizadora de la Iglesia, siempre que sea acompañada por una adecuada formación y discernimiento.El prelado destacó la necesidad de formar a los presbiterios y a los fieles, al tiempo que planteó posibilidades concretas para aprovechar estas herramientas en la catequesis, la enseñanza y la acción social.“¿Cómo podemos ponerla en práctica? Primero, interesándonos por formarnos, formar nuestros presbiterio, formar nuestros fieles. Y segundo, tratar de, a través de la inteligencia artificial, hacer mucho más práctica nuestra catequesis, nuestras enseñanzas y nuestra acción social”.Una formación que continúaAdemás de los contenidos académicos y técnicos, las jornadas de formación permanente fueron también un espacio de encuentro entre los obispos. El cardenal Rueda Aparicio destacó que la oración y el diálogo fraterno hacen parte esencial de estos espacios y señaló que, durante el encuentro, los pastores también pudieron compartir sobre la situación del país, particularmente sobre el contexto posterior al terremoto y sus consecuencias en el ámbito social y comunitario.El desafío planteado al cierre de la formación es, por tanto, continuar profundizando y desarrollando procesos de autoformación que permitan a la Iglesia comprender los escenarios que abre la inteligencia artificial y discernir cómo incorporarla de manera responsable.La formación dejó así una perspectiva compartida: la inteligencia artificial puede ser una herramienta valiosa para la Iglesia, siempre que permanezca al servicio de la persona, de la comunidad y de la misión evangelizadora, sin sustituir aquello que es esencialmente humano.En palabras del Cardenal: “Bienvenida la inteligencia artificial y bienvenida la posibilidad de aprovecharla para la evangelización”.Vea a continuación las principales reflexiones: