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reflexión del día

Sáb 20 Ago 2016

Señor, ¿serán pocos los que se salven?

Por Monseñor Omar de Jesús Mejía - Estamos ahora en el corazón del camino que ha emprendido Jesús con sus discípulos hacía Jerusalén. Jesús, Maestro y Señor, va formando a sus seguidores y a su paso a todos aquellos con los cuales entra en contacto. Alguien, “uno le preguntó”: Señor, ¿serán pocos los que se salven? La pregunta es espontanea, sin embargo, es necesario resaltar que era una pregunta muy normal en la época de Jesús, porque igual que hoy había en Israel muchos predicadores y profetas que ofrecían salvación, haciendo pensar que cuando se habla de salvación sólo es necesario enfocarla desde el bienestar y el confort, lo que hoy llamaríamos “calidad de vida” y no es así. Salvación en clave bíblica es comunión con Dios, lo que significa comunión con su querer, con su pensar, con su ser… Una persona que rechaza el querer de Dios, no es rechazada por Él (Dios no rechaza a nadie), se trata más bien de un rechazo personal, con el cual se excluye así misma de la salvación. La salvación consiste en la comunión eterna con Dios que es la fuente y la plenitud de la vida. “He venido para que tengan Vida y Vida en abundancia”. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. “Quien me sigue no camina en tinieblas sino que tendrá la luz de la Vida”. Señor, ¿serán pocos los que se salven? Jesús le dice al personaje y hoy a nosotros: Esfuércense en entrar por la puerta estrecha. La pregunta nuestra sería: Señor, ¿Nos salvaremos? Como lo muestra la enseñanza de Jesús, Dios no hace más que confirmar la opción (decisión) de cada persona. Cada uno de nosotros, mis queridos hermanos, tiene que preguntarse por la salvación, la cuestión clave está en la manera cómo cada uno enfoca la cuestión. Es necesario que la pregunta por la salvación, por la Vida Eterna, por la trascendencia, vuelva a ser central en nuestra vida cristiana. El mundo de hoy nos ha hecho perder éste horizonte. Hoy nos hemos quedado muy anclados en el mundo terrenal y se nos ha perdido el horizonte de la eternidad. El evangelio de hoy es central y es necesario asumirlo como tal. La Palabra de Dios no puede dulcificar nuestra relación con Dios y nuestra relaciones entre nosotros. La Palabra de Dios nos tiene que confrontar de cara a la eternidad. No somos plantas, nos somos simplemente animales, somos “imagen y semejanza de Dios”, poseemos por lo tanto semillas de eternidad, semillas de divinidad. Dios nos ha creado con capacidad de ir hacía Él. dice San Agustín: “Nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón vive inquieto hasta que descansa en Ti”. Hermanos queridos, la salvación es “don de Dios”, es un regalo, un ofrecimiento, es atracción divina; por lo tanto, es también, necesario explícitamente aceptarla y asumirla con responsabilidad y compromiso. Dios no obliga absolutamente a nadie, siempre ofrece, pero da libertad. También San Agustín insiste: “Dios que te creo sin ti, no te salvara sin ti”. ¿Qué es entonces entrar por la puerta estrecha? Es entrar en comunión de vida con Jesús, es aceptar su enseñanza sin matices, porque con Jesús no hay media tinta; a la Palabra de Jesús, se le cree o no se le cree. Con el evangelio no se puede ser claro oscuro, con Jesús, se es o no se es y basta. Recordemos: Jesús no es un maestro, es el Maestro. Jesús no es un señor, es el Señor. Lo peor que nos puede ocurrir es acomodar la Palabra de Dios a nuestros gustos y necesidades y creer que la salvación se compra, no hermanos queridos. La salvación consiste en entrar en Jesús, Maestro y Señor y permanecer en Él. La salvación es entonces vivir según los cánones de la Palabra de Dios. Hermanos, es una mala decisión dejar para la vejez la preocupación por la salvación. Puede ser que se nos haga demasiado tarde, no permitamos que se nos cierre la puerta. Cuanto más nos alejemos del camino del Señor, más y más, tendremos que desandar cuando queramos volver a sus brazos misericordiosos. San Agustín insiste: “Temo a Dios que pasa y no se si volverá a pasar”. Hermanos, entendamos otra cosa: La plenitud y la riqueza de nuestra vida humana consiste también en la plenitud y la profundidad de nuestras relaciones con las demás personas. Por eso, entremos ya por el camino estrecho del perdón, de la verdad, de la justicia, de la fe, de la esperanza…, y dejemos atrás el camino amplio y aparentemente cómodo del odio, la venganza, la incredulidad, el adulterio, la fornicación, la corrupción, el chisme… El evangelio de hoy es una invitación a ser discípulos del Señor, de verdad, verdad. Jesús quiere ganar nuestro corazón, pero él no acomoda el mensaje para agradarnos sin más. Porque nos ama nos dice la verdad, no importa que haya verdades incómodas. El evangelio de hoy nos deja bien claro que la salvación no es cuestión de números, no es una realidad cuantitativa, sino cualitativa. El evangelio nos deja clarísimo que todo el que quiera puede ser salvado, siempre y cuando oriente su vida hacía la dirección correcta. La preocupación por la salvación debe concentrarnos en un obrar según la justicia (Lc 11,42; 13,27), que no es otra cosa que configurar la vida con la vida de Jesús. Por lo tanto, los buenos propósitos no son suficientes, hay que “hacer” cosas concretas para entrar. Es verdad la salvación es un don de Dios, es decir, es Dios quien salva, pero también es verdad que Dios nos toma en serio como personas libres y voluntarias. La salvación es un don de Dios que tenemos que conquistar con la “fidelidad a nuestro sí constante” (todos los días debo decirle sí al Señor). No basta con conocer muchas cosas del Señor, no basta con ser bautizados, no basta con practicar actos de piedad. Es necesario vivir insertos en Él, es necesario permanecer en Él y desde Él permanecer en el amor al hermano. Finalmente hay que decir que el evangelio de éste domingo es una nueva invitación a la conversión. Siempre será posible para todos, óigase bien para todos: “El cielo”, como plenitud eterna; el cielo es Dios mismo, dado y aceptado en su plenitud, tal y como es, con sus bondades y sus exigencias. El cielo es plenitud de Dios. Siempre será posible el infierno, que es Dios mismo como ausencia, el infierno es ausencia de Dios. Siempre será posible el purgatorio como estado de purificación. “El purgatorio es en definitiva, el gran medio escogido por la infinita misericordia de Dios para llenar el cielo de antiguos pecadores, sin mengua ni menoscabo de su infinita justicia. !Pobres de nosotros si no hubiera purgatorio¡” (Antonio Royo Marín). En el purgatorio no todo es dolor y pena, allí también hay consuelo. El padre Royo Marín nos habla de los consuelos del purgatorio: La certeza de la salvación eterna; la plena conformidad con la voluntad de Dios; el gozo de la purificación; el alivio continuo; la asistencia espiritual de la Virgen María y del ángel de la guarda. “El purgatorio es una misteriosa mezcla de sufrimientos indecibles y de alegrías inmensas e inefables consolaciones”. (Royo Marín). Tarea: Leer meditar y orar el “Cantar de los cantares”. Por Monseñor Omar de Jesús Mejía Giraldo Obispo de la diócesis de Florencia

Sáb 13 Ago 2016

“He venido a prender fuego en el mundo”

Por Monseñor Omar de Jesús Mejía Giraldo - No podemos olvidar que continuamos en la escuela de Lucas, donde el evangelista nos ha venido presentando las características propias de los discípulos de Jesús el Señor. Hoy en una lección más, Jesús le enseña a sus discípulos no una teoría o un discurso alejado de la realidad. Él enseña con su vida, Jesús, el Señor, el enviado del Padre, ha venido a traernos el Reino de Dios, a instaurar la Verdad, la Justicia, la Paz; pero el mundo aún no lo ha recibido en toda su plenitud. Su misión ha ido avanzando y la cercanía a Jerusalén es ahora más próxima. Por eso, exhorta a sus discípulos y hoy a nosotros: 1.He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Lucas en su evangelio quiere hacer entender a su comunidad que ese fuego devorador que impulsa a la misión es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es quien produce realmente la conversión en las personas y en las comunidades. El Espíritu Santo es Dios, por lo tanto, su acción es una acción salvífica y transformante. El Espíritu Santo transforma desde dentro. No se trata por lo tanto de una mera transformación externa, es un cambio de corazón. Hermanos, la conversión no se puede dar de afuera hacía adentro, lo contrario, la conversión parte de la transformación mental y de corazón. No se nos olvide “donde está tu tesoro allí está tu corazón”. La conversión real, real…, inicia en la mente; porque se inicia por transformar lo que se piensa. Las acciones externas del ser humano nacen de lo que se piensa en la mente y se medita en el corazón. Por eso, la importancia de la educación. Padres de familia, por favor, por favor, ustedes son los primeros y principales educadores de sus hijos. Padres de familia, no permitan que el proyecto educativo, según la ley, se les meta en la intimidad de sus hijos. Padres, padres, son ustedes los primeros responsables de la educación de sus hijos. Son ustedes los que tienen que salir a decirle al gobierno que clase de educación quieren para sus hijos. Ustedes no pueden permitir que se impongan criterios foráneos, simplemente porque así son los intereses internacionales; ¿dónde está entonces la educación de contexto de la cual tanto se habla y se pregona? “He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!” Es ahora, mis queridos hermanos cuando en nuestra Colombia, tan amada por todos, tenemos que salir a manifestar nuestra fe, nuestra identidad. Tenemos que ser respetuosos, dialogantes, tenemos que estar abiertos a las transformaciones del mundo. Pero también es necesarísimo que ardan nuestros corazones para defender la ética y la moralidad de nuestros niños y jóvenes… Tenemos que decir con el salmista: “El celo por tu casa nos devora”. Hermanos queridos, por encima de todo, que nos impulse desde dentro el amor a Dios y el amor a los hermanos, especialmente a los más necesitados. ¡Que nos impulse desde dentro el amor por una vida recta y honesta!. El evangelio no puede ser para nosotros una noticia tranquilizante, ni mucho menos una droga que produce uniformidad, no. Diversidad sí, pero no uniformidad. Diversidad, con respeto por las tradiciones, por la herencia ética y cristiana que hemos recibido de nuestros mayores. 2.Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! Recordemos que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre y si algo le interesa resaltar a Lucas es precisamente la humanidad del Señor. Según el evangelio el recorrido que Jesús el Señor ha realizado le ha llevado a comprobar que la instauración del Reino de Dios Padre, no es una tarea fácil, Él sabe que su camino a Jerusalén es un camino riesgoso, pero por encima de todo está su identidad, su misión. Él tiene claro que no puede renunciar a su tarea por más dificultades que puedan existir. Siente angustia, porque experimenta que su misión es desafiante y así se lo hace saber a sus discípulos. La angustia es un sentimiento que se experimenta desde dentro, desde lo profundo del alma. La angustia no es ni buena ni mala. Es una situación que se puede presentar en cualquier momento de la vida y que se puede generar por múltiples situaciones. Por más desafínate que sea cada situación. Por más dificultades que se tengan en el camino de la vida, en el desarrollo de la misión – vocación, se debe permanecer y se debe pedir la ayuda del Espíritu Santo. Hermanos, ¿quién no ha sentido angustia? ¿qué nos genera angustia? ¿nos angustiamos por cosas realmente trascendentales o por realidades meramente pasajeras? ¿por qué nuestras relaciones son tan angustiosas? Vamos a pedirle al Señor que nos sane de la angustia. Si por alguna circunstancia “yo” siento que le genero angustia a alguien, recapacitemos y cambiemos de actitud. Cuidado, una angustia mal asumida nos puede llevar a la depresión y al suicidio. Una angustia bien asumida nos permite madurar y crecer humana y espiritualmente. 3. ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. ¿Qué nos está planteando el evangelio de hoy? Al parecer se trata de algo contradictorio, porque precisamente, la Palabra nos ha dicho muchas veces que Jesús es el príncipe de la Paz. En su nacimiento se anuncia la paz (Lc 2,14), a muchos que ha curado Jesús les dice “vaya en paz” (Lc 8,48), Jesús envía a sus discípulos como mensajeros de la paz, ¿porque dice ahora que ha venido a traer divisiones? Jesús le deja bien claro a sus discípulos que la paz que Él pregona es la paz mesiánica que no coincide con la paz romana o pacificación en sentido político. La actuación de Jesús no puede ser la pacificación exterior. Su venida conlleva para los hombres decidirse frente a él y su mensaje. La posibilidad de libertad de elección trae la escisión y la división. La figura de Jesús es el centro. La actitud de cada cual es la que divide. Se ejemplifica esta división desde la comunidad familiar. La actitud frente a Jesús crea nuevos lazos y relaciones que relativizan los lazos de la sangre. Era una experiencia vivida en muchas familias. Dentro de la misma familia unos se convertían y seguían a Cristo y otros se oponían y perseguían a los seguidores. Igual que ayer es hoy. La paz que la iglesia anuncia, es la paz del evangelio, es la paz de Jesús, es la paz de la fraternidad. La paz verdadera se construye desde la conversión real en función del bien común y de la justicia social y esta paz crea división interior, porque muchas veces tenemos que violentarnos desde dentro para obrar según la recta razón, según la ley natural y la ley sobrenatural y no según nuestros caprichos o lo más grave según nuestros intereses meramente individuales o egoístas. Nuestra tarea, hermanos es construir paz, reconociendo lo que somos: humanos y por gracia de Dios divinos. Es indispensable, que aunque hayan conflictos, construyamos paz desde la libertad, la justicia, la solidaridad y el diálogo. Esta paz, mis hermanos, no es política, ni politiquera. La paz verdadera es un don de Dios que nosotros con humildad y con fe debemos pedir al Espíritu Santo y debemos esforzarnos por construir entre todos como buenos artesanos de la paz, dispuestos al perdón y la reconciliación. Monseñor Omar de Jesús Mejía Giraldo Obispo de Florencia