SISTEMA INFORMATIVO
El Misal Romano para Colombia: Itinerario Histórico, anamnesis eucarística y ars celebrandi a la luz de Desiderio desideravi
Tags: misal romano para colombia Misal Romano conferencia episcopal de colombia iglesia en colombia Liturgia padre jairo ramírez
Por P. Jairo de Jesús Ramírez Ramírez - A propósito de la cuarta edición colombiana del Misal Romano (2025)
Resumen
Este artículo examina el itinerario histórico-teológico que condujo a la cuarta edición colombiana del Misal Romano y propone, como clave de lectura del acontecimiento, dos categorías complementarias: la anámnesis eucarística y el ars celebrandi propuesto por el papa Francisco en la carta apostólica Desiderio desideravi . Se reconstruye, en primer lugar, el camino que va del Concilio Vaticano II a las tres ediciones típicas latinas del Missale Romanum; en segundo lugar, se describe el proceso editorial, las causas y las principales novedades de las cuatro ediciones colombianas del Misal, con especial desarrollo de la última; en tercer lugar, se profundiza en la categoría de la anámnesis desde su raíz bíblica (zikkaron) hasta su formulación en las Plegarias Eucarísticas y en la eucología del Misal; y, en cuarto lugar, se exponen las cinco claves formativas de Desiderio desideravi: encuentro, belleza, asombro, formación y ars celebrandi. El estudio concluye que la nueva edición del Misal no es un fin en sí misma, sino un instrumento al servicio del memorial que actualiza el Misterio de Cristo, llamado a vivirse con las disposiciones interiores que pide el magisterio reciente.
Palabras clave: Misal Romano; anámnesis; Desiderio desideravi; ars celebrandi; Conferencia Episcopal de Colombia; liturgia.
Introducción
La cuestión litúrgica no es un asunto periférico en la vida de la Iglesia. Como advirtió Joseph Ratzinger antes de su elección como Benedicto XVI, en la liturgia “se ventilan cuestiones tan importantes como nuestra comprensión de Dios y del mundo, nuestra relación con Cristo, con la Iglesia y con nosotros mismos: en la liturgia nos jugamos el destino de la fe y de la Iglesia” , de modo que la relevancia de esta cuestión, lejos de disminuir, “ha cobrado hoy una relevancia que antes no podíamos prever”. Esta convicción encuentra eco directo en la enseñanza conciliar, según la cual la liturgia es “la cumbre a la cual tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” , idea que el papa Francisco retoma explícitamente en Desiderio desideravi número 31, para subrayar lo que está en juego en la celebración cristiana.
La celebración litúrgica no está exenta de riesgos. De un lado, existe el peligro del esteticismo-rubricismo, es decir, un modo de celebrar obsesionado por seguir las rúbricas como un autómata, sin percatarse del sentido y la profundidad de los signos y los textos de la celebración . De otro lado, acecha el relativismo litúrgico, entendido como una forma de celebrar en la que predomina una libertad creativa tan amplia que la acción ritual pierde toda referencia fija y estable, derivando en creatividad salvaje, diversión o espectáculo . Ambas desviaciones —el formalismo vacío y la improvisación sin medida— comparten una misma raíz: la pérdida del sentido del símbolo. Por ello, el papa Francisco advierte que “todo símbolo es a la vez poderoso y frágil: si no se respeta, si no se trata como lo que es, se rompe, pierde su fuerza, se vuelve insignificante” .
En este horizonte se inscribe la promulgación de la cuarta edición colombiana del Misal Romano, acontecimiento eclesial que ofrece la ocasión propicia para una reflexión de conjunto. El presente artículo recoge y reordena, en clave académica, los contenidos de la Jornada de Formación Litúrgica del Clero de Armenia, desarrollada el 23 de junio de 2026 por el autor, en la que se expusieron, sucesivamente, (I) el camino histórico hacia la nueva edición del Misal, (II) las cuatro ediciones colombianas del mismo, con especial desarrollo de la última, (III) la categoría teológica de la anámnesis como clave para comprender por qué se celebra, y (IV) las claves de Desiderio desideravi sobre el modo de disponerse a vivir la liturgia. El argumento que se sostiene a lo largo del texto es que estas tres dimensiones —edición renovada del Misal, memorial anamnético y disposición interior ars celebrandi— no son piezas yuxtapuestas, sino momentos solidarios de una misma realidad: la manera exterior y ritual de celebrar puede ayudar o estorbar la sintonía con el misterio que se celebra, de modo que no es indiferente el modo de celebrar.
Objetivo general
Analizar el proceso histórico-teológico de recepción del Misal Romano en Colombia hasta su cuarta edición (2025), a la luz de la categoría teológica de la anámnesis y de las claves formativas propuestas por el papa Francisco en Desiderio desideravi, con el fin de ofrecer un marco interpretativo, útil para la formación litúrgica del clero, que articule la renovación textual del Misal con la disposición interior exigida por la celebración cristiana.
Objetivos específicos
1. Reconstruir el itinerario histórico que condujo de las directrices del Concilio Vaticano II a las tres ediciones típicas latinas del Missale Romanum y a sus correspondientes recepciones en la Iglesia colombiana.
2. Describir el proceso editorial, las causas teológico-pastorales y las principales novedades —en el Propio del Tiempo, en el Ordo Missae, en el santoral y en la iconografía— de la cuarta edición colombiana del Misal Romano (2025).
3. Profundizar en la categoría teológica de la anámnesis como clave hermenéutica del memorial eucarístico, desde su raíz bíblica en el zikkaron veterotestamentario hasta su formulación explícita en las Plegarias Eucarísticas y en la eucología del Misal Romano.
4. Exponer las cinco claves propuestas por el papa Francisco en Desiderio desideravi —encuentro, belleza, asombro, formación y ars celebrandi— como criterios pastorales para la formación litúrgica del clero y del Pueblo de Dios.
1. Camino hacia la nueva edición: del Concilio Vaticano II a las ediciones típicas latinas
1.1 El Misal Romano: valor teológico-litúrgico
Antes de narrar el proceso histórico de las sucesivas ediciones, conviene fijar el valor teológico que reviste el Misal en la vida de la Iglesia. El principio lex orandi, lex credendi —“la Iglesia reza lo que cree y cree lo que reza”, según la fórmula clásica de Próspero de Aquitania— expresa que la lex credendi se transforma en lex orandi: el Misal es expresión autorizada de la fe revelada. De ahí que los fieles accedan a contenidos dogmáticos tan decisivos como los definidos en Nicea, en Calcedonia, o las verdades de la Inmaculada Concepción y de la Asunción, a través de los textos eucológicos, muchas veces sin haber leído jamás los documentos magisteriales correspondientes.
El Misal es, además, testimonio de una tradición ininterrumpida de dos mil años. En el tiempo de Navidad se descubren los villancicos más antiguos en sus antífonas de entrada, con textos procedentes de la tradición bíblica del Antiguo Testamento, como ocurre en la antífona del 25 de diciembre. La segunda Plegaria Eucarística se basa en la Traditio apostolica (siglo III); las oraciones de Navidad se remontan a san León Magno (†461); el Canon Romano, a san Gregorio Magno (†604); la fiesta de Corpus Christi, al papa Urbano IV (1264); y el calendario de santos recorre todas las épocas hasta llegar a san Juan Pablo II. El Misal es, en este sentido, el “álbum de fotos” de la Iglesia.
1.2 El encargo del Concilio Vaticano II
La revisión del Misal encuentra su origen inmediato en Sacrosanctum Concilium (4 de diciembre de 1963), cuyo capítulo II estableció directrices concretas: “buscar una mayor claridad en los textos y en los ritos” ; “facilitar la participación activa de los fieles” ; “preparar para el pueblo cristiano la mesa de la Palabra de Dios con mayor abundancia” ; “simplificar algunos ritos evitando repeticiones” ; restablecer otros que se habían perdido en la historia —la oración universal , la concelebración y, en gran parte, la homilía dominical —; abrir la puerta al uso de las lenguas vivas, además del latín ; y permitir la comunión bajo las dos especies.
1.3 Tres ediciones típicas latinas del Missale Romanum
En cumplimiento de ese encargo conciliar, el Dicasterio competente publicó sucesivamente tres ediciones típicas en latín —referencia obligada para toda traducción vernácula, incluida la colombiana—. La primera edición típica vio la luz el 26 de marzo de 1970 , Jueves Santo, mediante el decreto Celebrationis Eucharisticae, preparada por el “Consilium” a través del grupo “Coetus X”, cuatrocientos años después del Misal de san Pío V (1570); fue reimpresa en 1971. La segunda edición típica se promulgó el 27 de marzo de 1975 , tras agotarse la primera edición —reimpresa en 1972—, e incorporó los ministerios de acólito y lector según Ministeria Quaedam y la supresión del subdiaconado. La tercera edición típica fue firmada en su Institutio el Jueves Santo del año 2000 e impresa como volumen en 2002, con un nuevo capítulo IX de la Ordenación General del Misal Romano (OGMR); esta tercera edición constituye la base de la edición colombiana vigente y fue objeto de una reimpresión corregida en 2008.
1.4 ¿Por qué una tercera edición típica?
La necesidad de una tercera edición típica respondió a la proliferación, desde 1975, de numerosos documentos eclesiales con repercusión directa en el Misal. Entre los libros litúrgicos cabe mencionar el Ritual de la Dedicación de iglesias , el Gradual de cantos , la nueva edición del Leccionario , el Código de Derecho Canónico y el Ceremonial de los Obispos . Entre los documentos magisteriales destacan Vicesimus Quintus Annus de Juan Pablo II, el Catecismo de la Iglesia Católica , Varietates legitimae sobre inculturación , Ecclesiae de mysterio sobre los ministerios laicos y Liturgiam authenticam sobre la traducción de los libros litúrgicos. A todo ello se sumó la necesidad de incorporar los santos recientemente incluidos en el calendario universal.
1.5 Dos libros para una sola celebración
Conviene precisar, por último, que la celebración eucarística se sirve de dos libros distintos y complementarios. El Misal contiene las oraciones que pronuncia quien preside —colecta, oración sobre las ofrendas y poscomunión—, los prefacios y las trece Plegarias Eucarísticas completas; en la historia ha sido llamado también “Sacramentario” u “Oracional”. El Leccionario, por su parte, contiene las lecturas bíblicas de todo el año, tanto del ciclo dominical (A, B, C) como del ciclo ferial (I, II), además de volúmenes propios para los sacramentos, los santos y las misas votivas, un Leccionario propio para niños, y el “Evangeliario” con los evangelios de las fiestas más solemnes. Durante siglos, oraciones y lecturas se unieron en un mismo volumen para el altar —son los “misalitos” que todavía usan muchos fieles—; hoy, para la celebración, el Misal y el Leccionario vuelven a distinguirse. Recibido así el texto típico latino, cada Conferencia Episcopal lo traduce, lo adapta y lo inculturiza fielmente para su pueblo, lo cual nos conduce a la recepción colombiana del Misal Romano.
2. Las cuatro ediciones del Misal Romano para Colombia
2.1 Primera, segunda y tercera ediciones colombianas (1972, 1982, 2007)
La Iglesia en Colombia ha recibido, hasta la fecha, cuatro ediciones del Misal Romano, todas aprobadas por el Dicasterio para el Culto Divino a partir del correspondiente texto típico latino. La primera edición colombiana fue promulgada el 29 de julio de 1972 por la Sagrada Congregación del Culto Divino ; mientras se publicaba el texto definitivo, fue difundida mediante el Boletín Actualidad Litúrgica, y se basó en la primera edición típica latina. La segunda edición colombiana data del 28 de octubre de 1982 e incorporó las modificaciones derivadas de la supresión del subdiaconado conforme a Ministeria Quaedam, sobre la base de la segunda edición típica latina (1975).
La tercera edición colombiana fue aprobada el 21 de marzo de 2007 por la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, y se enriqueció con la Ordenación General del Misal Romano —aprobada para Colombia el 17 de agosto de 2005 — y con la Instrucción Pastoral de los Obispos de Colombia sobre algunos aspectos importantes en la celebración eucarística. En el plano práctico, esta edición implementó el uso del “ustedes” en lugar del “vosotros” en los saludos litúrgicos, y tomó como base la tercera edición típica latina (2000/2002).
2.2 La cuarta edición colombiana (2025): proceso editorial
La cuarta edición colombiana , corazón de la presente exposición, es fruto de once años de trabajo ininterrumpido bajo la guía de obispos y liturgistas. El proceso se inició en 2016 bajo el liderazgo de monseñor Fabio Duque Jaramillo, entonces presidente de la Comisión Episcopal de Liturgia. En 2019 el texto fue presentado al Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, el cual, en 2021, lo devolvió con observaciones relativas a la eucología y al Calendario Particular. En 2022 falleció monseñor Duque, y el trabajo fue retomado mediante dos comisiones específicas, una dedicada al Calendario Particular y otra a los textos eucológicos. En 2023 las propuestas resultantes fueron aprobadas por el Episcopado colombiano con amplia mayoría. Finalmente, el 2 de febrero de 2025 el Dicasterio otorgó su aprobación, contando con el nihil obstat de la Doctrina de la Fe, la recognitio del papa Francisco para la fórmula sacramental, y el correspondiente decreto de confirmatio.
2.3 Causas de la cuarta edición colombiana
Diversas causas justificaron la elaboración de esta nueva edición: la dificultad de comprensión y proclamación de muchos textos eucológicos de la edición anterior; la necesidad de incorporar la traducción litúrgica oficial de la Biblia, aprobada en 2015 para Colombia; la nueva traducción de las palabras de la consagración, es decir, de la fórmula sacramental; la inclusión de formularios para los nuevos santos del Calendario General y del Calendario Propio; la inclusión del nombre de san José en las Plegarias Eucarísticas II, III y IV; la armonización de las rúbricas y de los criterios de traducción; la necesidad de evitar el uso de misales extranjeros, que generaba dispersión litúrgica; la actualización del capítulo IX de la IGMR conforme al decreto Postquam Summus Pontifex , en aplicación de Magnum Principium —que modificó el canon 838 del Código de Derecho Canónico—; y, por último, la incorporación del rito para la recepción de los santos óleos en las parroquias.
2.4 Novedades en el Propio del Tiempo y en el Ordo Missae
La cuarta edición colombiana presenta una traducción completamente nueva de los textos eucológicos, de cuño literal, conforme a los criterios de Liturgiam authenticam. En el Propio del Tiempo, se introduce para el Jueves Santo el rito de recepción de los santos óleos en cada parroquia, mediante una nueva rúbrica conexa al número 15 del Ordo Missae; en la Vigilia Pascual, las letanías bautismales se enriquecen con santa Laura Montoya y santa María Bernarda Bütler, al tiempo que se suprimen los nombres de santos no propios del calendario colombiano, como santa Rosa de Lima, san Martín de Porres y santa Mariana de Jesús; el título “Beata María Virgen” sustituye a “Nuestra Señora” en los títulos marianos, por mayor fidelidad al latín; y el texto bíblico litúrgico ha sido actualizado en su conjunto.
En el Ordo Missae propiamente dicho, las principales novedades son tres: la nueva traducción de la fórmula sacramental, aprobada por el Episcopado colombiano en 2017 y por el papa Francisco en febrero de 2025; la nueva traducción de la Oración por la Paz; y la inclusión del nombre de san José en las Plegarias Eucarísticas II, III y IV, en virtud del decreto Paternas vices (1 de mayo de 2013).
2.5 Santoral, Calendario propio e iconografía
La nueva edición incorpora catorce celebraciones del Calendario General añadidas después de 2007: san Gregorio de Narek (27 de febrero), san Juan de Ávila (10 de mayo), san Pablo VI (29 de mayo), Santa María Madre de la Iglesia (lunes después de Pentecostés), santa María Magdalena (22 de julio), los santos Marta, María y Lázaro (29 de julio), santa Teresa de Calcuta (5 de septiembre), santa Hildegarda de Bingen (17 de septiembre), santa Faustina Kowalska (5 de octubre), san Juan XXIII (11 de octubre), san Juan Pablo II (22 de octubre), san Juan Diego Cuauhtlatoatzin (9 de diciembre) y la Bienaventurada Virgen María de Loreto (10 de diciembre); a ello se suma para san Ireneo el nuevo título de obispo, mártir y doctor de la Iglesia. Asimismo, se unifican con el Calendario General las memorias de Nuestro Señor Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote (jueves después de Pentecostés), san Felipe Neri (26 de mayo), los santos Dionisio y compañeros mártires (9 de octubre) y san Juan Leonardi (9 de octubre).
En el Calendario Propio de Colombia se incluyen santa María Bernarda Bütler, virgen (19 de mayo), santa Laura Montoya y Upegui, virgen y fundadora (21 de octubre), y las fórmulas oficiales para la Bienaventurada Virgen María de Guadalupe, patrona de América. La edición se acompaña, además, de una iconografía inculturada compuesta por dieciocho ilustraciones: la cruz de portada, con frutos del trópico y agua; la Bienaventurada Virgen María del Signo de Yaroslavl para el tiempo de Adviento; un Belén con palmas de corozo y ave del paraíso para la Navidad; la Transfiguración acompañada de la orquídea Cattleya para la Cuaresma; Pentecostés para el Tiempo Ordinario; el Calvario en el Te igitur; y el Cordero del Apocalipsis en el Propio de los Santos. De este modo, la iconografía cristiana tradicional se combina con la fauna, la flora y los paisajes de Colombia.
2.6 El Misal como directorio espiritual y pastoral
Más allá de su función práctica, al Misal de la Iglesia debe interesarnos como “directorio espiritual y pastoral” de nuestra celebración. La fuente litúrgica escrita responde a la antiquísima fórmula lex credendi, lex orandi, lex supplicandi: aquello que la Iglesia cree es lo que celebra, y lo que cree y celebra se convierte en norma de lo que le suplica al Señor. Por eso el Misal es también una herramienta de sinodalidad: con las mismas palabras oramos todos juntos, somos una sola voz delante del Esposo de Cristo, y con Él nos presentamos ante el Padre en el poder del Espíritu que genera comunión y unidad.
Este orar juntos responde a lo que pidió el Concilio Vaticano II: textos claros que conduzcan a la asamblea a una participación activa, fructuosa, consciente e inteligentemente espiritual. El Misal es así instrumento para que fieles y pastores celebremos el misterio pascual de Jesucristo guiados por el Espíritu Santo.
Con este texto, el episcopado colombiano se pone al día con el magisterio pontificio que, desde Sacrosanctum Concilium hasta Desiderio desideravi, ha definido la liturgia como glorificación de Dios y santificación de los fieles: un espacio de encuentro real con el poder de Cristo resucitado, y no solo de formulismos vacíos.
Como recuerda una antigua oración de la misa de la Cena del Señor, al celebrar la Eucaristía y el sacrificio de Cristo vivimos la obra de nuestra redención. Es momento de vivir con seriedad, sencillez y belleza este milagro de comunión y santidad: la liturgia no es solo una fórmula que se lee, sino experiencia de novedad y vida en el Espíritu. Que esta nueva edición del Misal Romano nos ayude a celebrar con mayor reverencia, belleza y comprensión.
Ante cada nueva edición se distinguen tres tareas complementarias: el Dicasterio para el Culto Divino introduce las oportunas matizaciones y añadiduras que sugieren la experiencia y la consulta a la Iglesia universal; la Conferencia Episcopal de Colombia lleva a cabo una versión y una adaptación fieles, tanto a la liturgia misma como a la sensibilidad de nuestro pueblo; y cada comunidad parroquial relee los nuevos textos, revisando a su luz la propia actuación pastoral, para celebrar con mayor provecho espiritual. Esta triple tarea conduce naturalmente a preguntarse qué es, en su raíz teológica, lo que efectivamente se celebra cada vez que se proclaman estos textos: la respuesta remite a la categoría de la anámnesis.
3. La anámnesis: el memorial como actualización del Misterio de Cristo
3.1 La anámnesis como categoría clave de la liturgia
El mandato de Cristo en la Última Cena —“haced esto en conmemoración mía” (Lc 22, 19)— constituye la categoría clave para comprender la naturaleza de las celebraciones eclesiales: la anámnesis es la respuesta fiel y constante de la Iglesia a ese mandato. Se trata de un término de raíz bíblica —zikkaron (זִֻכָּרוֹן)—, empleado profusamente por los Padres de la Iglesia. Tras un cierto declive en su uso, la categoría fue recuperada por Odo Casel y la Schola Laciensis (Alemania), en una de las aportaciones más sobresalientes de la teología del siglo XX. El término “memorial” entró así al léxico teológico por la puerta grande del Concilio Vaticano II, y hoy todas las Plegarias Eucarísticas del Misal Romano incluyen explícitamente la palabra “memorial” inmediatamente después del relato de la institución.
3.2 Zikkaron: el memorial bíblico
El zikkaron puede definirse como un recordar que actualiza: haciendo memoria, el pueblo se abre a la actualidad de la acción salvífica de Yahvé. No se trata, por tanto, de recordar simplemente un hecho pasado, sino de revivir sacramentalmente la acción de Dios que salva y libera, según la fórmula del libro del Éxodo: “este será un día memorable (zikkaron) para vosotros; en él celebraréis fiesta en honor del Señor. De generación en generación, como ley perpetua lo festejaréis” (Ex 12, 14).
Tres fiestas del calendario judío ilustran esta lógica memorial. La Pascua (Pésaj), celebrada en Nisán (marzo-abril) conforme a Ex 12, 14, es memorial de la liberación de la esclavitud en Egipto, celebrada mediante una comida ritual con cordero, panes ázimos y hierbas amargas, en la que se recita el Hallel (Sal 113-118). Pentecostés (Shavuot), en Siván (mayo-junio), conforme a Lv 23, 15-21 y Dt 16, 9-12, fue originalmente ofrenda de los primeros frutos y, con el tiempo, se convirtió en memorial de la Alianza en el Sinaí y del don de la Torá. Los Tabernáculos (Sukkot), en Tishrí (septiembre-octubre), conforme a Lv 23, 33-43, son memorial de la peregrinación por el desierto, celebrado habitando en chozas en recuerdo de la providencia divina.
3.3 Del zikkaron judío a la anámnesis eucarística
El memorial, en cuanto categoría bíblica, es precisamente lo que da continuidad entre la pascua judía y la Eucaristía: ambas son un memorial. Lo que Jesús hizo en el Cenáculo fue mantener el molde y cambiarle el contenido: “esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19). Aquella palabra —memoria— debió evocar en los Doce la misma palabra contenida en el libro del Éxodo. En el contexto paulino —Lc 22, 19 y 1 Co 11, 24-25—, el mandato de Jesús cobra un carácter marcadamente memorial: una acción ya conocida y ritualmente establecida es plasmada de tal modo que se convierte en memorial de Cristo.
De esta raíz procede el llamado hodie —el “hoy” litúrgico—: la celebración memorial sitúa en contacto sacramental con el acontecimiento salvífico, de manera que la liturgia puede afirmar “hoy Cristo ha nacido”, “hoy se ha manifestado el Espíritu Santo”, “hoy ha sido llevada al cielo la Virgen” .
3.4 La anámnesis en las Plegarias Eucarísticas
Esta estructura memorial se verifica en cada Plegaria Eucarística siguiendo una secuencia constante: memores —haciendo memoria—, offerimus —te ofrecemos— y gratias agentes —dando gracias—. La fuente de la Plegaria Eucarística II, la Traditio Apostolica de san Hipólito (siglo III), lo formula así:
“Así pues, Padre, al celebrar el memorial (memores) de la Muerte y Resurrección de tu Hijo, te ofrecemos (offerimus) el Pan de vida y el Cáliz de salvación y te damos gracias (gratias agentes) porque nos haces dignos de servirte en tu presencia.” .
Esta misma estructura se repite, con variaciones propias, en las restantes Plegarias Eucarísticas del Misal. La Plegaria Eucarística I, o Canon Romano, reza:
“Por eso, Padre, nosotros, tus siervos, y todo tu pueblo santo, al celebrar este memorial (memores) de la Muerte gloriosa de Jesucristo, tu Hijo, Nuestro Señor, de su santa Resurrección del lugar de los muertos y de su admirable Ascensión a los cielos, te ofrecemos (offerimus), Dios de gloria y majestad, de los mismos bienes que nos has dado, el Sacrificio puro, inmaculado y santo, Pan de vida eterna y Cáliz de eterna salvación”
La Plegaria Eucarística III formula la misma anámnesis del siguiente modo:
“Así pues, Padre, al celebrar ahora el memorial (memores) de la Pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable Resurrección y Ascensión al Cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos (offerimus) en esta acción de gracias (gratias referentes), el Sacrificio vivo y santo” .
La Plegaria Eucarística IV, por su parte, precisa:
Por eso, Padre, al celebrar ahora el memorial (memoriale celebrantes) de nuestra Redención, recordamos la Muerte de Cristo y su descenso al lugar de los muertos, proclamamos su Resurrección y Ascensión a tu derecha; y, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos (offerimus) su Cuerpo y su Sangre, sacrificio agradable a ti y salvación para todo el mundo” .
Las Plegarias Eucarísticas de la Reconciliación recogen la misma lógica anamnética, aplicada al don de la paz y del perdón. La primera dice:
“Así pues, al celebrar el memorial (memores) de tu Hijo Jesucristo, nuestra Pascua y nuestra paz definitiva, celebramos su muerte y resurrección de entre los muertos, y, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos (offerimus), Dios fiel y misericordioso, la Víctima que reconcilia a los hombres contigo” .
La segunda Plegaria de la Reconciliación añade un matiz teológico de particular relieve:
“Así pues, al celebrar el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo, que nos dejó esta prenda de su amor, te ofrecemos (offerimus) lo que tú nos entregaste: el sacrificio de la reconciliación perfecta”.
Esta fórmula constituye una confesión explícita: la Iglesia ofrece al Padre aquello mismo que el Padre le entregó. Finalmente, la Plegaria Eucarística para las Misas por Diversas Necesidades cierra esta serie:
“Por eso nosotros, Padre santo, al celebrar el memorial (memores) de Cristo, tu Hijo, nuestro Salvador, al que condujiste, por su pasión y muerte en cruz, a la gloria de la resurrección, y lo sentaste a tu derecha, anunciamos la obra de tu amor hasta que él venga, y te ofrecemos (offerimus) el pan de vida y el cáliz de bendición” .
3.5 El memorial en la eucología del Misal Romano
La categoría del memorial no se limita a las Plegarias Eucarísticas, sino que impregna también la eucología ordinaria del Misal. La oración sobre las ofrendas que se proclama el Domingo II del Tiempo Ordinario y en la Misa In Cena Domini, cuya fuente es el Sacramentario Veronense (siglo vi), atribuido a León Magno, reza:
“Concédenos, Señor, participar dignamente en estos sacramentos, pues cada vez que se celebra el memorial del sacrificio de Cristo se realiza la obra de nuestra redención”.
En la misma línea, la oración colecta de la solemnidad de Corpus Christi —fiesta instituida en el siglo xiii por el papa Urbano IV (1264) para subrayar la centralidad de la Eucaristía—, atribuida a santo Tomás de Aquino, suplica:
“Oh, Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión; te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención” .
El fundamento conciliar de toda esta eucología se encuentra en Sacrosanctum Concilium: “Nuestro Salvador instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con lo cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el Sacrificio de la Cruz y a confiar a su Esposa, la Iglesia, el Memorial de su Muerte y Resurrección” .
3.6 El memorial: actualización, no solo recuerdo
El Catecismo de la Iglesia Católica resume con precisión el alcance teológico de cuanto se ha expuesto:
“La liturgia no solo recuerda los acontecimientos que nos salvaron, sino que los actualiza y los hace presentes. La celebración memorial nos sitúa en contacto sacramental con el acontecimiento salvífico. La anámnesis pone en acto la irrupción del misterio en el espacio y en el tiempo: provoca que lo que ocurrió, ocurra hoy, aquí y ahora” .
Este “hoy” litúrgico se funda en la singularidad absoluta del acontecimiento pascual, según lo describe el mismo Catecismo:
“Cuando llegó su hora, vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre ‘una vez por todas’. Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado” .
Esta lectura del n. 1085 del Catecismo recoge la intuición del teólogo Jean Corbón , para quien existe “un acontecimiento histórico que el tiempo no devora”. De ahí se sigue una consecuencia pastoral de primer orden: cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía —con este Misal renovado, en esta lengua, en esta tierra colombiana— no conmemora un pasado lejano, sino que hace presente, aquí y ahora, el único Misterio de Cristo. Queda entonces por precisar con qué disposiciones interiores conviene acercarse a esa actualización sacramental, cuestión que aborda directamente la carta apostólica Desiderio desideravi.
4. Desiderio desideravi: las claves del papa Francisco para celebrar y vivir la liturgia
4.0 Presentación del documento
“Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer” (Lc 22, 15): con esta cita evangélica, que da título a la carta, el papa Francisco introduce Desiderio desideravi, carta apostólica sobre la formación litúrgica del Pueblo de Dios, firmada el 29 de junio de 2022. No se trata de un documento disciplinar, sino de una invitación a la formación litúrgica, según sus propias palabras: “con esta carta quisiera simplemente invitar a toda la Iglesia a redescubrir, custodiar y vivir la verdad y la fuerza de la celebración cristiana” (DD, n. 16). Si la nueva edición del Misal —expuesta en la segunda parte de este artículo— ofrece el texto renovado, y la anámnesis —expuesta en la tercera parte— explica qué es lo que se celebra, Desiderio desideravi enseña cómo disponerse a vivirlo, mediante cinco claves: encuentro, belleza, asombro, formación y ars celebrandi.
El punto de partida de las cinco claves es, una vez más, la Última Cena. Toda la historia de la salvación es una preparación de esa Cena (DD, n. 3); Jesús sabe que es el Cordero pascual (n. 4), y esa misma Cena se hará presente en cada Eucaristía hasta su vuelta (n. 4 y n. 7). El contenido del Pan partido es la Cruz de Jesús, su sacrificio en obediencia amorosa al Padre, de modo que la Última Cena constituye una anticipación ritual de la muerte del Señor (n. 7): es precisamente el Cuerpo entregado y la Sangre derramada lo que se conmemora en cada Eucaristía (n. 7).
4.1 Encuentro
“Aquí está la poderosa belleza de la liturgia” (DD, n. 10): la primera clave que propone el papa Francisco es la del encuentro, pues la Encarnación, además de ser el único y novedoso acontecimiento que la historia conozca, es también el método que la Santísima Trinidad ha elegido para abrirnos el camino de la comunión (n. 10).
4.2 Belleza
La segunda clave es la belleza, que el papa describe en términos de identificación existencial con los personajes evangélicos:
“El poder salvífico del sacrificio de Jesús, de cada una de sus palabras, de cada uno de sus gestos, mirada, sentimiento, nos alcanza en la celebración de los Sacramentos. Yo soy Nicodemo y la Samaritana, el endemoniado de Cafarnaún y el paralítico en casa de Pedro, la pecadora perdonada y la hemorroísa, la hija de Jairo y el ciego de Jericó, Zaqueo y Lázaro; el ladrón y Pedro, perdonados”.
Esta belleza se hace experiencia concreta, en primer lugar, en el Bautismo, nuestro primer encuentro con la pascua de Cristo (n. 12). El modo en que esto acontece resulta especialmente conmovedor: la plegaria de bendición del agua bautismal revela que Dios creó el agua precisamente en vista del bautismo (n. 13), de manera que, sin esta incorporación sacramental, no hay posibilidad de experimentar la plenitud del culto a Dios.
4.3 Asombro
La tercera clave es el asombro, entendido como admiración ante el hecho de que el plan salvífico de Dios nos haya sido revelado en la pascua de Jesús, cuya eficacia sigue llegándonos en la celebración de los sacramentos (n. 25). Se trata de la actitud de quien sabe que está ante la peculiaridad de los gestos simbólicos, y de la maravilla de quien experimenta la fuerza del símbolo y lo que este significa (n. 26).
4.4 Formación
La cuarta clave, la formación, exige tanto un conocimiento teológico —el sentido teológico de la liturgia, descrito admirablemente en SC, n. 7— como el dinamismo de la celebración, los textos eucológicos y los dinamismos rituales. Esta formación se dirige a todos los fieles, pero en primer lugar a quienes presiden la asamblea, para que puedan guiar a sus hermanos. Conviene, sin embargo, precisar de qué tipo de formación se trata, pues el papa Francisco advierte:
“La liturgia no tiene que ver con el ‘conocimiento’, y su finalidad no es primordialmente pedagógica (aunque tiene un gran valor pedagógico) … sino que es la alabanza, la acción de gracias por la Pascua del Hijo, cuya fuerza salvadora llega a nuestra vida. La plenitud de nuestra formación es la conformación con Cristo. Repito: no se trata de un proceso mental y abstracto, sino de llegar a ser Él” .
Esta formación, por tanto, no es solo conocimiento intelectual, sino implicación existencial con la persona de Cristo (n. 41), una implicación que los Padres describieron en términos de deificación: nuestra participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo no tiende a otra cosa sino a convertirnos en lo que comemos, según la expresión de san León Magno. Esta implicación existencial tiene lugar precisamente por vía sacramental (n. 42).
De aquí se desprende la centralidad del lenguaje simbólico, camino que la Santísima Trinidad ha elegido para llegar a nosotros en la carne del Verbo (n. 44). Se delinea así la primera tarea de toda formación litúrgica: el hombre ha de ser capaz de símbolos (n. 44), lo cual plantea dos preguntas urgentes para la pastoral actual: ¿cómo volver a ser capaces de símbolos? ¿Cómo volver a saber leerlos para vivirlos? La respuesta remite a la naturaleza sacramental de la liturgia misma, según la fórmula conciliar: “en ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre” (SC, n. 7).
El símbolo litúrgico, en efecto, “no solo da una clave de lectura global de la realidad creada, sino que es una vía muy apta para conducirnos al misterio de Dios… el símbolo es receptivo de la realidad divina que él mismo señala, en su humildad y desbordamiento… habla de la reciprocidad divina”. El símbolo litúrgico es, en suma, el puente que une lo humano y lo divino, sin confundirlos, en el acontecer sacramental —el baño bautismal, la unción con aceite, el pan eucarístico, la vestidura blanca, entre otros—.
Esta capacidad simbólica encuentra su fundamento último en el principio per visibilia ad invisibilia: el símbolo es una vía privilegiada para percibir el mundo como transparencia del misterio de Dios, como lo reconoce la poesía: poetas y pensadores, tanto de Oriente como de Occidente, muestran que toda cosa encierra un misterio que remite a Dios, y que la metáfora y el símbolo permiten ascender de lo sensible a lo inteligible, preparando el espíritu para comprender la lógica sacramental de la fe. Esta comprensión simbólica constituye un hilo conductor que atraviesa la historia entera: desde la filosofía antigua y la patrística, pasando por la teología medieval y moderna, hasta el magisterio actual. Pseudo-Dionisio, Orígenes y Newman expresan que la Encarnación es el corazón del pensamiento sacramental, pues en Cristo lo visible se convierte en mediación de lo invisible; autores contemporáneos como Saussure, Rahner, Schillebeeckx y Chauvet, junto con el documento Orientale Lumen, prolongan esta misma línea al afirmar que la participación trinitaria se realiza a través de la liturgia.
Finalmente, esta formación encuentra su escuela privilegiada en los santos, conforme a la exhortación de Juan Pablo II a aprender la verdadera piedad eucarística en su ejemplo: “en ellos la teología de la Eucaristía adquiere todo el esplendor de una realidad vivida y, en cierto modo, calienta nuestros corazones” (Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 62).
4.5 Ars celebrandi
La quinta y última clave, ars celebrandi, corona y recapitula las cuatro anteriores. El arte de celebrar no es una habilidad técnica ni un refinamiento estético, sino el modo en que el misterio de Cristo se hace presente en la acción ritual; constituye, por ello, la expresión más alta de la formación litúrgica. Comprende, ante todo, la fidelidad a los ritos, es decir, celebrar como la Iglesia celebra, respetando la forma ritual aprobada, sin añadidos ni sustracciones arbitrarias —lo que excluiría tanto el rubricismo vacío como el relativismo creativo descritos al inicio de este artículo—. Comprende, además, una presencia interior: el celebrante no ejecuta un ceremonial, sino que actualiza el misterio de Cristo, y esta ars celebrandi exige, por tanto, una verdadera conversión personal.
Se confirma así, en el cierre de esta cuarta parte, la afirmación con la que se abrió este artículo: “en la liturgia nos jugamos el destino de la fe y de la Iglesia”, pues “la cuestión litúrgica ha cobrado hoy una relevancia que antes no podíamos prever” (Benedicto XVI). Si “la liturgia es la cumbre a la cual tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” (SC, n. 10), comprendemos bien lo que está en juego en la cuestión litúrgica (DD, n. 31).
Conclusiones
El recorrido propuesto en este artículo permite extraer varias conclusiones articuladas en torno al objetivo general enunciado. En primer lugar, la cuarta edición colombiana del Misal Romano (2025) no es un episodio aislado, sino el último eslabón de un proceso iniciado por el Concilio Vaticano II y desarrollado a través de tres ediciones típicas latinas (1970, 1975, 2000/2002) y de cuatro recepciones colombianas sucesivas (1972, 1982, 2007, 2025); cada una de estas ediciones ha respondido a causas teológicas y pastorales concretas, desde la supresión del subdiaconado hasta la incorporación de la traducción litúrgica oficial de la Biblia y de una iconografía propiamente inculturada.
En segundo lugar, la renovación textual y rubrical del Misal carecería de sentido pleno si no se la comprende desde la categoría teológica de la anámnesis: el memorial bíblico del zikkaron, recibido y transformado por Cristo en la Última Cena, explica por qué la Iglesia, al celebrar, no conmemora un pasado lejano, sino que actualiza sacramentalmente el único Misterio de Cristo, “un acontecimiento histórico que el tiempo no devora”. Esta verdad, confirmada por todas las Plegarias Eucarísticas y por la eucología tradicional del Misal, constituye el fundamento por el cual cada celebración “realiza la obra de nuestra redención”.
En tercer lugar, esta actualización sacramental exige, según Desiderio desideravi, una disposición interior específica, articulada en las cinco claves del encuentro, la belleza, el asombro, la formación y el ars celebrandi. Estas claves previenen tanto el esteticismo-rubricismo como el relativismo litúrgico señalados en la introducción, al recordar que la liturgia no es primordialmente pedagógica, sino salvífica, y que su finalidad última es la conformación del fiel con Cristo.
Se concluye, en consecuencia, que la nueva edición del Misal Romano para Colombia, el memorial eucarístico y el ars celebrandi no son tres asuntos independientes, sino tres momentos solidarios de una misma realidad eclesial: “no es indiferente el modo de celebrar”. La manera exterior y ritual de la celebración puede ayudar —o estorbar— la sintonía con el misterio que se celebra; de ahí que la nueva edición del Misal sea, en definitiva, un instrumento al servicio del memorial que actualiza el Misterio de Cristo, llamado a vivirse con las disposiciones que pide Desiderio desideravi. Queda como tarea pastoral inmediata, para el clero de Armenia y para toda la Iglesia en Colombia, releer los nuevos textos del Misal a la luz de estas tres claves, de modo que, también en esta tierra colombiana, “cada vez que se celebra el memorial del sacrificio de Cristo, se realiza la obra de nuestra redención”.
P. Jairo de Jesús Ramírez Ramírez
Director del Departamento de Liturgia
Conferencia Episcopal de Colombia
La familia, camino de reconciliación y constructora de paz
Mié 24 Jun 2026
Vengan a mí que yo los aliviaré
Mar 16 Jun 2026
Mié 22 Abr 2026
Una deuda silenciosa: los sacerdotes olvidados…
Por Pbro. Daniel Bustamante Goyeneche - En estas líneas deseo llamar la atención sobre una realidad que interpela profundamente nuestra vida cristiana y nuestro sentido de Iglesia: la situación de nuestros sacerdotes ancianos, particularmente aquellos que, a causa de la enfermedad o la fragilidad propia de la edad, viven en condiciones de soledad, abandono o insuficiente acompañamiento, incluso de olvido material.Es justo reconocer que estos hermanos mayores han consagrado su vida al servicio del Pueblo de Dios. Con fidelidad y entrega, han administrado los sacramentos, anunciado la Palabra y acompañado a innumerables fieles en los momentos más significativos de su existencia. Su labor, muchas veces silenciosa y sacrificada, constituye un testimonio elocuente de amor y entrega pastoral.Ante esta realidad, la Iglesia, como madre y maestra, está llamada a promover una cultura de la gratitud, cercanía y cuidado hacia quienes han sido servidores diligentes del Evangelio. El paso del tiempo y las limitaciones propias de la edad no disminuyen la dignidad de su ministerio ni el valor de su testimonio.Es verdad que muchos sacerdotes ancianos, después de haber entregado absolutamente todo por la Iglesia, hoy viven en el olvido. No es una percepción exagerada ni un caso aislado; es una realidad que, aunque silenciosa, revela una profunda incoherencia dentro de nuestra propia Iglesia.Lo dieron todo. No parcialmente, no a medias. Toda una vida marcada por la entrega: años de servicio constante, disponibilidad sin horarios, acompañamiento en los momentos más decisivos de la vida de los fieles. Estuvieron cuando hubo alegría, cuando hubo dolor, cuando hubo dudas. Fueron presencia firme cuando muchos no tenían a quién acudir. Y, sin embargo, hoy..¿Dónde están? ¿Quién los cuida?Muchos han sido desplazados de la vida activa, confinados a espacios donde apenas reciben visitas, donde el paso del tiempo se vuelve más pesado por la ausencia de cercanía. Ya no son “necesarios”, ya no “producen”, ya no “lideran”. Y en una lógica silenciosa pero cruel, eso parece bastar para que dejen de ser visibles.Este olvido no es neutro. Es una forma de abandono. Incluso muchos de ellos mueren en el silencio, en el olvido de sus fieles sin que sepan que han pasado a la casa del Padre. Como Iglesia —y aquí no se trata solo de estructuras, sino de todos nosotros— hemos fallado en algo esencial. Hemos recibido sin aprender a corresponder. Hemos sido acompañados sin comprometernos a acompañar. Hemos escuchado durante años palabras sobre amor, fidelidad y gratitud… pero no las estamos viviendo con quienes nos las enseñaron.¿De qué sirve hablar de comunidad si dejamos solos a nuestros propios pastores cuando más necesitan compañía? ¿Qué credibilidad tiene nuestro discurso sobre el amor al prójimo si ignoramos a quienes nos lo enseñaron con su vida?No basta con garantizarles lo mínimo. Un techo, comida o atención médica no reemplazan la cercanía humana, el reconocimiento, la memoria agradecida. Un sacerdote anciano no necesita solo asistencia: necesita saber que su vida no fue olvidada, que su entrega no quedó en el vacío.Lo más preocupante es que este fenómeno se ha normalizado. Ya no escandaliza. Nos hemos acostumbrado a que sea así. Y esa normalización es, quizás, la señal más clara de que algo no está bien. Porque una Iglesia que olvida a quienes lo dieron todo corre el riesgo de vaciarse por dentro. Pierde memoria, pierde coherencia, pierde alma. Todavía estamos a tiempo de reaccionar. No con discursos, sino con gestos concretos: visitar, escuchar, acompañar, agradecer. Hacerlos parte, no del pasado, sino del presente. Porque ellos no fueron circunstanciales. Fueron pilares. Y a los pilares no se les abandona cuando el tiempo pasa. Se les honra.Al encontrarse en la etapa de la ancianidad o en condición de retiro pastoral, no dejan de ser miembros vivos y valiosos del Cuerpo de Cristo. Su dignidad permanece intacta, y su testimonio continúa siendo fuente de edificación para toda la Iglesia. Sin embargo, existe el riesgo de que su entrega sea relegada al olvido o que su presencia pase desapercibida en medio del dinamismo cotidiano de nuestras comunidades.La gratitud no es solo un deber moral, sino una expresión auténtica de la fe que profesamos. En el cuidado y reconocimiento de nuestros sacerdotes eméritos, manifestamos el rostro de una Iglesia que no olvida, que honra y que ama a quienes han dado su vida por ella. Que este llamado encuentre eco en sus corazones y se traduzca en gestos concretos de caridad y comunión.Exhorto, por tanto, a todos los fieles laicos a manifestar, de manera concreta, su aprecio y reconocimiento hacia estos sacerdotes, mediante la oración constante, la visita fraterna y, en la medida de sus posibilidades, el apoyo material y humano que requieran.De igual manera, invito a los presbíteros en ejercicio activo a fortalecer los vínculos de fraternidad sacerdotal, procurando que ninguno de sus hermanos mayores carezca de la cercanía, el respeto y la asistencia que merece.Que este llamado sea acogido con espíritu de fe y caridad, recordando siempre que en el rostro del sacerdote anciano y enfermo reconocemos la presencia de Cristo, quien nos invita a servirle con amor y generosidad.Encomendamos esta intención a la Santísima Virgen María, Madre de los sacerdotes, para que nos alcance la gracia de vivir con autenticidad el mandamiento del amor.Pbro. Daniel Bustamante GoyenecheDirector Fundación Mutuo Auxilio Sacerdotal Colombiano (MASC)
Jue 16 Abr 2026
Traducciones y adaptaciones litúrgicas indígenas
Por P. Carlos Alberto Jiménez cjm - Un Encuentro con las Semillas del Verbo presentes en los pueblos originarios - En función de la Inculturación del Evangelio en el seno de los pueblos originarios, se realizó del 23 al 27 de marzo del presente año 2026, en la Ciudad de México, el segundo “Encuentro sobre traducciones y adaptaciones litúrgicas indígenas”. Este encuentro estuvo liderado por el Cardenal Felipe Arizmendi, obispo emérito de San Cristóbal de las Casas (México) y quien ha sido coordinador del equipo asesor del CELAM en Teología India. Si bien convocó especialmente a agentes de pastoral indígena y liturgistas de la nación mexicana, también fueron invitados agentes de otras Iglesias nacionales a saber: Colombia, Guatemala y Bolivia. Por Colombia asistimos junto con Monseñor Medardo de Jesús Henao del Río, obispo del Vicariato apostólico de Mitú (Vaupés) y presidente del Instituto Misionero de Antropología (IMA).El encuentro también contó con la participación de Monseñor Aurelio García Macías, Obispo de Rotdon (España) y subsecretario del “Dicasterio para el Culto divino y la disciplina de los sacramentos” en el Vaticano, además de diversos miembros de las comisiones de Pastoral litúrgica, Pastoral profética y de la Dimensión bíblica de la pastoral, de la Conferencia Episcopal Mexicana.El encuentro tuvo por objetivo compartir criterios y experiencias de traducciones y adaptaciones litúrgicas en los pueblos originarios, para continuar el proceso de inculturación de la Iglesia y promover la plena participación de los Indígenas en la vida eclesial. En él se compartieron las experiencias de algunas diócesis en lo que concierne a la traducción de textos litúrgicos a las lenguas indígenas de los pueblos originarios presentes en el territorio y reconocimiento de estas lenguas como lenguas de la liturgia universal, en especial lenguas de pueblos mexicanos, como lo son Nahualt, Tseltal y Tsotsil. También se presentaron logros en materia de adaptaciones litúrgicas en la Diócesis de San Cristóbal de las Casas. En el encuentro participaron decenas de miembros de pueblos indígenas interesados en poder escuchar y decir el mensaje del evangelio, en lengua propia. Para esto se recordó un hito de la evangelización en México y en el continente, relacionado con la revelación de la Virgen de Guadalupe al Indio San Juan Diego, pues dicha comunicación se dio en lengua indígena (Nahualt), razón por la cual la leyenda sagrada del “Nikan Mopohua”, que recoge dicha revelación dada en el cerro del Tepeyac al Indio Juan Diego Cuauhtlatoatzin, se escribió en su lengua. Por motivos como éste, es que en varias diócesis se han constituido equipos de traductores integrados por los sabios de las comunidades indígenas, misioneros que identifican la lengua, lingüistas y liturgistas, de modo tal que en conjunto logren un cuidadoso trabajo de traducción, que atendiendo al pedido de los pueblos mantenga la fidelidad a la liturgia de la Iglesia.Monseñor Aurelio García, en nombre del dicasterio recordó como el Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium permite el uso de la lengua vernácula siempre que sea “muy útil para el pueblo”. De allí que se permita la traducción de libros litúrgicos. Refiriéndose a los Criterios para la traducción litúrgica citó varios documentos que han guiado la actividad en esta materia: la instrucción “Comme la prévoit” (25 de enero de 1969), la Instrucción “Liturgiam Authenticam” (28 de marzo de 2001) y la carta apostólica en forma motu proprio de la Papa Francisco “Magnum principium” (3 de septiembre de 2017); todo a fin de cuidar el ejercicio de interpretaciones forzadas o de la obsesión en la literalidad. Recordó también que a lo largo del tiempo se han enviado cartas para orientar a las Conferencias Episcopales en la materia, como la dirigida por la Sede apostólica a los presidentes de éstas, sobre las lenguas habladas en la liturgia (Epistola ad praesides conferentiarum episcopalium de linguis vulgaribus in sacram liturgiam inducendis), el 5 de junio de 1976, donde se clarifica las competencias de los obispos, la documentación a presentar a la Sede Apostólica, la atención a las fórmulas sacramentales, así como el procedimiento para la aprobación y transmisión de actas a la Santa Sede. Vale la pena señalar que un requisito básico para emprender la tarea de traducción de los textos litúrgicos es la existencia de la versión de la Biblia en una determinada lengua aprobada por la Conferencia Episcopal.Para efecto de adaptaciones litúrgicas el Subsecretario del Dicasterio señaló como en la Constitución Sacrosanctum Concilium se habló de “adaptación”, término que encontraría un desarrollo posterior en el concepto de “inculturación” usado por el Papa Juan Pablo II en la encíclica Salvorum Apostoli. Observó como el tema de las adaptaciones fue tratado y explicado detenidamente en la instrucción “Varietates Legitimae” (25 de enero de 1994), sobre La liturgia romana y la inculturación. Al final lo que debe quedar claro es que la adaptación está motivada por exigencias culturales y lo que busca “es expresar ritualmente, a través de gestos y símbolos, el mismo contenido expresado por gestos y símbolos del Rito Romano”.Viniendo al caso colombiano se informó como los pueblos originarios y ancestrales, suman 117, según la información disponible en el Ministerio del Interior, el DANE y algunas organizaciones indígenas. Entre estos pueblos subsisten 66 lenguas nativas, que son vitales para la comunicación de estos y la conservación de su identidad cultural. Ahora bien, para miembros de estos pueblos, hacer una oración que salga del corazón implica hacerla en lengua materna, lo cual nos desafía a misioneros y pastores a aprender sobre sus lenguas y símbolos.Vale la pena señalar que, en el caso del acompañamiento pastoral a las comunidades afrodescendientes de Colombia y de América Latina, se han ido presentando, en las celebraciones litúrgicas, gestos que ayudan a sus miembros a expresar la fe, como lo son: el sonido de tambores, la danza y ornamentos litúrgicos coloridos. Tal hecho ha sido reflexionado en el encuentro, llegando a la conclusión que se debe hacer un prudente seguimiento y acompañamiento pastoral, para poder establecer la medida en que estos gestos podrían gozar en algún momento del reconocimiento de adaptación litúrgica por parte de la Iglesia Universal.Al final queda la convicción que la Iglesia debe y puede ofrecer “signos” de auténtica fraternidad y voluntad de acogida, en la evangelización de los pueblos originarios, siendo algunos de ellos: proclamar el evangelio en la lengua de quienes decimos son pueblos hermanos y reconocer los símbolos que emplean para expresar la fe en Dios, cuando estos están en comunión con la Iglesia.Padre Carlos Alberto Jiménez Zapata, CJMDirector del Centro Misionero y del Área de EtniasConferencia Episcopal de Colombia
Lun 13 Abr 2026
En memoria del Padre Adriano Tarrarán
Por P. Luis Eduardo Pérez Villegas, M.I - El padre Adriano Tarrarán, religioso de la Orden de los Ministros de los Enfermos (Camilos), fue ordenado sacerdote en 1964 en Rossano Veneto (Italia). Inspirado por el carisma de San Camilo de Lelis, consagró su vida al servicio de los enfermos, reconociendo en ellos el rostro vivo de Cristo sufriente.En septiembre de 1966 se ofreció como misionero para Colombia, llegando a Bogotá el 4 de enero de 1967. Desde entonces, inició una entrega generosa que se prolongó por más de cinco décadas de servicio sacerdotal y misionero en el país, convirtiéndose en una figura clave en la renovación de la pastoral de la salud en Colombia y América Latina.Su primer destino fue el Hospital Universitario San Juan de Dios, donde ejerció como capellán. Allí, el contacto directo con el dolor, la exclusión y las carencias del sistema de salud lo interpeló profundamente. Esta experiencia marcó el rumbo de su misión: trabajar por la humanización del cuidado, la dignificación del enfermo y la promoción de una atención integral que atendiera tanto las dimensiones físicas como humanas, sociales y espirituales de la persona.Fiel al espíritu camiliano, el padre Adriano impulsó una verdadera transformación en el modo de comprender y vivir la pastoral de la salud. Promovió la formación ética y humana de los profesionales sanitarios, así como la creación de redes de voluntariado capaces de acompañar con compasión y cercanía a quienes sufren.Para ello, desarrolló un amplio programa de sensibilización a través de cursos, seminarios y jornadas de humanización de los servicios de salud. Durante varios años recorrió incansablemente el país, llegando a hospitales, clínicas y comunidades, sembrando una nueva conciencia sobre el valor de la vida y la dignidad del enfermo.En 1981 dio un paso decisivo al fundar el Centro Camiliano de Humanización y Pastoral de la Salud en Bogotá, que con el tiempo se consolidó como un referente nacional e internacional. Este espacio se convirtió en una verdadera escuela de formación en el arte de cuidar, por la que han pasado miles de personas: agentes pastorales, profesionales de la salud, voluntarios y familiares de enfermos.En 1986 fue nombrado responsable de la pastoral de la salud de la Arquidiócesis de Bogotá, y en 1994 la Conferencia Episcopal de Colombia le confió la animación de esta pastoral a nivel nacional. Ese mismo año, el CELAM le encomendó la coordinación continental, impulsando un cambio significativo: pasar de una pastoral centrada únicamente en el enfermo a una pastoral de la salud con enfoque integral, preventivo y comunitario.Su aporte no se limitó a la acción pastoral directa. El padre Adriano también realizó una importante labor formativa y académica, elaborando materiales, manuales y reflexiones sobre el acompañamiento al sufrimiento, el duelo, la espiritualidad en la enfermedad y la humanización de los servicios de salud. Sus escritos y procesos formativos han orientado a generaciones de agentes pastorales en Colombia y América Latina.Fiel a su espíritu visionario, promovió la creación de nuevos espacios al servicio de la vida. En 2009 se inauguraron la Casa de Espiritualidad Camiliana y el Centro de Escucha San Camilo, dedicados al acompañamiento de personas en situaciones de dolor, pérdida y duelo, fortaleciendo así una atención más cercana y profundamente humana.Hoy, el Centro Camiliano de Bogotá es reconocido como un oasis de paz, formación y esperanza, símbolo vivo de una Iglesia comprometida con el cuidado de la vida y la dignidad humana.Celebrar la vida y misión del padre Adriano es reconocer en él a un auténtico testigo de la caridad. Su legado permanece en cada persona formada, en cada enfermo acompañado con dignidad y en cada corazón sensibilizado frente al sufrimiento humano.Gracias, padre Adriano, por tu entrega generosa, por tu fidelidad al Señor y por encarnar con radicalidad el carisma de la Orden Camiliana. Gracias por enseñarnos que cuidar es amar, y que en el servicio a los más frágiles se revela el sentido más profundo de la vida.Tu vida ha sido, y seguirá siendo, una semilla de esperanza para Colombia y para toda la Iglesia.P. Luis Eduardo Pérez Villegas M.IDirector Centro Camiliano de Humanización y Pastoral de la SaludCoordinador de la pastoral salud a nivel Colombia desde la Conferencia Episcopal
Mié 8 Abr 2026
Libertad religiosa y convivencia democrática: una tarea de todos
Por Pbro. Carlos Guillermo Arias - Con preocupación, los católicos hemos sido testigos de que, durante los días de Semana Santa, especialmente en el centro de Bogotá, algunos grupos de personas, que se autodenominan o aparentan ser militantes de corrientes satánicas, han intentado interrumpir celebraciones religiosas propias de estos días. Tales acciones no solo hieren la sensibilidad religiosa de los fieles presentes, sino que afectan gravemente el clima de respeto y convivencia que debe caracterizar a una sociedad plural, democrática y reconciliada.Resulta aún más preocupante que este tipo de intervenciones pretendan ampararse en el ejercicio de la libertad religiosa, cuando el artículo 5º de la Ley 133 de 1994 establece de manera expresa que no se encuentran cobijadas por esta protección las actividades relacionadas con el satanismo, las prácticas mágicas, supersticiosas, espiritistas u otras análogas ajenas a la religión. En consecuencia, estas expresiones no solo carecen de respaldo jurídico como manifestaciones legítimas del derecho fundamental a la libertad religiosa, sino que, cuando se realizan de forma provocadora o violenta, constituyen una vulneración de los derechos de las comunidades de fe y del orden social basado en el respeto mutuo.La Iglesia Católica, fiel a su misión evangelizadora, promueve el diálogo, la paz, la reconciliación y el respeto entre todas las personas, independientemente de sus convicciones religiosas, culturales o ideológicas. Sin embargo, el respeto debe ser siempre recíproco. Ninguna diferencia puede justificar la profanación de lugares sagrados, la interrupción violenta de celebraciones religiosas ni la burla sistemática de símbolos y creencias que dan sentido a la vida de millones de ciudadanos. Estas prácticas revelan formas de fanatismo que, al perder los límites éticos, terminan atentando contra la dignidad y la integridad del otro.En la misma línea, resulta legítima la preocupación por la normalización de la burla de lo religioso en algunos programas de humor en la televisión, la radio y otros espacios mediáticos, donde, bajo el pretexto de la sátira o el entretenimiento, se ridiculizan creencias, ritos y expresiones de fe. La crítica y el humor no pueden convertirse en herramientas de desprecio ni en formas de violencia simbólica. Una sociedad verdaderamente libre no se construye desde la humillación del otro, sino desde el reconocimiento de su dignidad y de sus convicciones más profundas.Un llamado a la no violencia y a la sana convivenciaEn Colombia se ha insistido de manera constante en la necesidad de no responder al mal con el mal. En un país profundamente marcado por el odio y la violencia, estamos llamados a desarmar el lenguaje, a armonizar la palabra y a rechazar toda forma de agresión.Nuestro país necesita con urgencia un nuevo clima relacional. No será posible avanzar en la construcción de un proyecto común de nación sin un respeto sincero por el otro. Las intervenciones agresivas y provocadoras no contribuyen a la convivencia democrática ni fortalecen el tejido social.Resulta fundamental recordar a las autoridades competentes su deber de garantizar la protección de los lugares de culto y el ejercicio pacífico de la libertad religiosa, así como de hacer cumplir los códigos de convivencia ciudadana, velando por la integridad de las personas y la protección de los bienes públicos y privados. Al mismo tiempo, hacer un llamado a todos los ciudadanos para que, juntos, construyamos una cultura del respeto, donde la diferencia no se exprese mediante la agresión, la burla o la imposición.La diversidad de creencias presente en el país no debe ser motivo de confrontación, sino una oportunidad para fortalecer la convivencia, el diálogo y el cuidado mutuo. La libertad religiosa, bien entendida, implica no solo el derecho a creer y a expresar la fe, sino también el deber de respetar las convicciones de los demás, sus celebraciones, símbolos y espacios sagrados.En tiempos marcados por la polarización y la descalificación, se hace urgente recuperar el valor del respeto, de la palabra serena y del encuentro. La oración, el silencio interior y la reflexión profunda pueden convertirse en auténticas fuentes de renovación personal y social.Ojalá el tiempo vivido en la Semana Santa y la celebración de la Pascua sean una invitación para comprometernos con la paz, rechazar toda forma de agresión y trabajar juntos por un país donde la dignidad humana, la libertad de conciencia y la convivencia respetuosa sean pilares reales de nuestra vida en común, permitiéndonos así construir un futuro verdaderamente compartido.Pbro. Carlos Guillermo Arias JiménezDirector del Departamento de Promoción de la Unidad y el DiálogoConferencia Episcopal de Colombia