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iglesia en colombia

Lun 29 Jun 2026

El Papa León XIV nombra a monseñor Jaime Uriel Sanabria Arias como nuevo obispo de Yopal

La Santa Sede ha dado a conocer el nombramiento realizado por el Papa León XIV de monseñor Jaime Uriel Sanabria Arias como nuevo obispo de la Diócesis de Yopal.Monseñor Sanabria Arias se desempeñaba como vicario apostólico de San Andrés y Providencia. Con esta designación, se convierte en el tercer obispo de la Iglesia particular de Yopal.Monseñor Sanabria Arias sucede a monseñor Edgar Aristizábal Quintero, quien fue nombrado obispo de Duitama-Sogamoso en mayo de 2024. Desde entonces, la Diócesis de Yopal permanecía en sede vacante y estaba bajo la administración pastoral del presbítero Jeison Andrey Salguero Roa, elegido Administrador Diocesano por el Colegio de Consultores el 25 de julio de 2024.De la Isla a los LlanosDesde 2016, monseñor Jaime Uriel Sanabria Arias ha estado al frente del Vicariato Apostólico de San Andrés y Providencia, circunscripción eclesiástica directamente sujeta a la Santa Sede que comprende el territorio del departamento Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina. Su sede se encuentra en la ciudad de San Andrés.Fue nombrado vicario apostólico de esta jurisdicción por el Papa Francisco el 16 de abril de 2016. Recibió la ordenación episcopal el 22 de mayo del mismo año y tomó posesión canónica del Vicariato el 25 de junio de 2016.Con el nombramiento realizado por el Papa León XIV, concluye una década de servicio episcopal en el archipiélago y asume ahora la conducción pastoral de la Iglesia particular de Yopal, en el departamento de Casanare.Trayectoria pastoral del nuevo Obispo de YopalMonseñor Jaime Uriel Sanabria Arias nació el 17 de abril de 1970 en el municipio de Ciénega, Boyacá, perteneciente a la Arquidiócesis de Tunja. Es hijo de José del Carmen Sanabria y Rosalbina Arias Soler.Realizó sus estudios básicos en el Colegio José Cayetano Vásquez de su municipio natal. Posteriormente ingresó al Seminario Mayor de la Arquidiócesis de Tunja, donde cursó los estudios de Filosofía y Teología.Recibió la ordenación sacerdotal el 19 de noviembre de 1994 para la Arquidiócesis de Tunja. Además, realizó estudios de Pastoral con el Movimiento para un Mundo Mejor y el Plan de Renovación y Evangelización Diocesana.Durante su ministerio sacerdotal desempeñó, entre otros, los siguientes servicios pastorales:-Vicario parroquial en Ciénega, Boyacá (1994-1999).-Párroco de San Antonio de Ventaquemada (1999-2007).-Vicario Episcopal para la Acción Pastoral de la Arquidiócesis de Tunja (2008-2016).La Diócesis de YopalLa Diócesis de Yopal tiene sus orígenes en el antiguo Vicariato Apostólico del Casanare, territorio de misión que acompañó durante décadas la evangelización de esta región de los Llanos Orientales. Comprende los municipios de Sácama, Pore, Nunchía, Yopal, Pajarito, Recetor, Aguazul, Chámeza, Monterrey, Sabanalarga y Villanueva, así como parte de los municipios de Hato Corozal, Paz de Ariporo, Tauramena y el corregimiento de Morcote.Fue erigida en 2001 por san Juan Pablo II, quien nombró ese mismo año como su primer obispo a monseñor Misael Vacca Ramírez. Posteriormente, entre 2017 y 2024, la jurisdicción fue pastoreada por monseñor Edgar Aristizábal Quintero.La patrona de esta Iglesia particular es Nuestra Señora de los Dolores de Manare, cuya devoción ha acompañado históricamente la vida de fe de ese pueblo casanareño, que ahora iniciará una nueva etapa pastoral con el nombramiento de monseñor Jaime Uriel Sanabria Arias.

Vie 26 Jun 2026

La Voz del Pastor | 28 de Junio del 2026

Reflexión del señor Cardenal Luis José Rueda Aparicio, Arzobispo de Bogotá: Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 10, 37-42

Vie 26 Jun 2026

Cardenal Luis José Rueda moderó la primera sesión del Consistorio extraordinario convocado por el Papa León XIV

Con la participación de 178 cardenales provenientes de distintos continentes, inició este viernes 26 de junio el Consistorio extraordinario convocado por el papa León XIV, un encuentro que reúne durante dos días al Colegio Cardenalicio para reflexionar sobre algunos de los principales desafíos que enfrenta la Iglesia en el contexto actual y sobre los caminos para fortalecer su misión evangelizadora.Entre los participantes se encuentra el cardenal Luis José Rueda Aparicio, arzobispo de Bogotá y Primado de Colombia, quien tuvo una participación destacada en la apertura de los trabajos de esta asamblea eclesial.El Consistorio, que se desarrolla los días 26 y 27 de junio en el Vaticano, aborda cuatro grandes temas: el anuncio del Evangelio en el mundo contemporáneo; la cultura del poder y la civilización del amor; la construcción del bien común; y la implementación del camino sinodal de la Iglesia.Un espacio de discernimiento para la misión de la IglesiaLa jornada comenzó con la celebración de la Eucaristía en la Basílica de San Pedro, presidida por el Santo Padre. Durante su homilía, el papa León XIV invitó a los cardenales a vivir estos días de reflexión permaneciendo unidos a Cristo y orientando su discernimiento desde la fe, la unidad y la escucha del Evangelio.El Papa propuso tres claves para el trabajo del Consistorio: compartir en la fe la verdadera libertad, pedir el don de la paz en la unidad y vivir la concordia en la obediencia a la Palabra de Dios.En ese contexto, reiteró su llamado a la construcción de la paz y afirmó que “la guerra nunca es digna del hombre y nunca será bendecida por Dios”, recordando que la humanidad está llamada a resolver sus conflictos mediante caminos de diálogo y reconciliación.Posteriormente, durante la sesión inaugural en el Aula Pablo VI, el Pontífice pidió a los cardenales acompañarlo con un apoyo “firme, explícito y público”, subrayando que la misión evangelizadora constituye la razón de ser de la Iglesia y el criterio fundamental para todo discernimiento eclesial.“Necesito su experiencia, su sabiduría pastoral y su conocimiento de las Iglesias y de los pueblos que les han sido confiados”, expresó el Santo Padre.El cardenal Luis José Rueda moderó la primera sesión de trabajoEl cardenal Luis José Rueda Aparicio tuvo la responsabilidad de moderar la primera sesión del Consistorio extraordinario.Tras el canto del Veni Creator Spiritus, el purpurado colombiano dio inicio a los trabajos de la asamblea y cedió la palabra al cardenal Giovanni Battista Re, decano del Colegio Cardenalicio, para su saludo de apertura. Posteriormente intervino el papa León XIV con su discurso introductorio.Al concluir la intervención del Santo Padre, el cardenal Rueda destacó la petición de apoyo formulada por el Papa al Colegio Cardenalicio y manifestó su respaldo con fe, alegría y disponibilidad. Posteriormente, presentó el tema de reflexión de la primera sesión: “¿En qué mundo estamos llamados a anunciar el Evangelio?”Su participación en la conducción de esta sesión refleja la presencia activa de la Iglesia colombiana en uno de los espacios de reflexión y discernimiento más significativos de la Iglesia universal.Las preocupaciones y esperanzas que compartieron los cardenalesDurante la primera sesión, los cardenales reflexionaron sobre las realidades que hoy afectan a los pueblos y a las comunidades eclesiales en distintos lugares del mundo.Entre los principales desafíos identificados se mencionaron las crecientes polarizaciones sociales y políticas, los conflictos armados, la violencia, la falta de respeto hacia las minorías, la crisis de la familia, el individualismo, la soledad de jóvenes y adultos mayores, las migraciones, la corrupción, el narcotráfico y la pérdida de referentes espirituales y trascendentes.También se abordaron la desconfianza hacia las instituciones, las dificultades para la convivencia social y los efectos de la desinformación en la construcción del tejido comunitario.Frente a estas realidades, los grupos de trabajo coincidieron en la necesidad de que la Iglesia se manifieste cada vez más como una madre cercana y acogedora, capaz de acompañar el sufrimiento humano, promover la reconciliación, fortalecer la esperanza y contribuir a la construcción de la paz y del bien común.Los cardenales destacaron además la responsabilidad de la Iglesia de seguir defendiendo la dignidad humana, promoviendo la solidaridad y ofreciendo espacios de encuentro en medio de un mundo marcado por múltiples fracturas sociales y culturales.Un camino de reflexión que continúaLas sesiones previstas para este sábado 27 de junio profundizarán en la reflexión sobre la cultura del poder y la civilización del amor, la construcción del bien común y los desafíos relacionados con la implementación del proceso sinodal que vive actualmente la Iglesia.El encuentro concluirá con un diálogo entre los cardenales y el papa León XIV, quien ha insistido en que la sinodalidad constituye una actitud de escucha, discernimiento y corresponsabilidad para afrontar los desafíos de la misión evangelizadora.La participación del cardenal Luis José Rueda Aparicio en este Consistorio pone de manifiesto la contribución de la Iglesia en Colombia a la reflexión común de la Iglesia universal sobre los desafíos pastorales, sociales y culturales del tiempo presente.Los trabajos del Consistorio se enmarcan además en la preparación de la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, que será celebrada el próximo 29 de junio en la Basílica de San Pedro.

Vie 26 Jun 2026

Iglesias hermanas en el corazón del Vaupés

Por P. Renzo Martínez Ramírez - La Iglesia en Colombia vive desde hace varios años una experiencia significativa de comunión misionera a través del programa de Hermanamiento Misionero entre las distintas jurisdicciones eclesiásticas del país. Esta iniciativa busca fortalecer los vínculos entre las Iglesias particulares, compartir recursos humanos y pastorales, y expresar de manera concreta la corresponsabilidad en la misión evangelizadora.El origen de este proceso se encuentra en las reflexiones y conclusiones del XII Congreso Nacional Misionero celebrado en Bucaramanga. En las memorias publicadas por las Obras Misionales Pontificias en octubre de 2016 se propuso la creación de una estructura permanente de cooperación misionera entre las jurisdicciones eclesiásticas colombianas mediante el intercambio de agentes pastorales y la solidaridad económica, promoviendo el hermanamiento entre los vicariatos apostólicos, las diócesis de misión y las provincias eclesiásticas del país.Sin embargo, la cooperación misionera entre Iglesias no es una realidad nueva. Ya en la década de los años ochenta la Iglesia colombiana impulsaba experiencias de hermanamiento con proyección internacional. Documentos de trabajo presentados a la Asamblea Plenaria del Episcopado Colombiano y diversos intercambios con Iglesias de Bangladesh y Etiopía muestran que la misión siempre ha sido entendida como una responsabilidad compartida entre todas las comunidades eclesiales.En este contexto se sitúa la relación entre la Diócesis de Sonsón Rionegro y el Vicariato Apostólico de Mitú, una experiencia que se ha convertido en un verdadero laboratorio de sinodalidad y misión.El Vicariato Apostólico de Mitú está ubicado en el departamento del Vaupés, en el corazón de la Amazonía colombiana. Se trata de un territorio marcado por enormes desafíos geográficos, grandes distancias, escasas vías de comunicación y una notable riqueza cultural representada en numerosos pueblos indígenas que conservan tradiciones, lenguas y formas de organización propias.Una tierra marcada por la misiónLa historia evangelizadora del actual Vicariato Apostólico de Mitú hunde sus raíces en las primeras expediciones misioneras realizadas por los Misioneros Montfortianos a comienzos del siglo XX. El 15 de agosto de 1914 llegaron los primeros misioneros, atravesando el océano Atlántico y remontando el río Amazonas, el río Negro y el río Papurí, iniciando una extraordinaria labor evangelizadora que se abrió camino entre selvas, caños y ríos hasta alcanzar los lugares más apartados de esta vasta región amazónica.Su misión estuvo orientada al anuncio del Evangelio entre los pueblos indígenas del Vaupés, sembrando las primeras semillas de una Iglesia que, con el paso de los años, se identificaría profundamente con la realidad cultural y espiritual de la Amazonía colombiana.Posteriormente, la Santa Sede confió este territorio a los Misioneros Javerianos de Yarumal, quienes asumieron oficialmente la responsabilidad pastoral en 1949 con la creación de la Prefectura Apostólica de Mitú. Junto con ellos llegó Monseñor Gerardo Valencia Cano, figura emblemática de la Iglesia misionera en Colombia, quien impulsó con entusiasmo el espíritu evangelizador y el compromiso con las comunidades indígenas hasta finales de 1953.Ese mismo año asumió la conducción pastoral Monseñor Heriberto Correa, quien fortaleció la organización eclesial y la acción evangelizadora hasta 1964. Más adelante, en 1967, fue nombrado Monseñor Belarmino Correa Yepes, recordado por su decisivo aporte al desarrollo humano y pastoral del Vaupés. Durante su ministerio se fortalecieron las escuelas, la formación de catequistas, la educación contratada y los medios de transporte aéreo y fluvial, herramientas fundamentales para acercar la presencia de la Iglesia a las comunidades más alejadas.En 1989 se produjo una importante reorganización eclesiástica con la creación del Vicariato Apostólico de San José del Guaviare y del Vicariato Apostólico de Mitú–Puerto Inírida, lo que permitió una atención pastoral más cercana a los diversos territorios amazónicos. Posteriormente, la Iglesia local continuó su camino bajo el liderazgo de Monseñor José Gustavo Ángel Ramírez, consolidando los procesos evangelizadores y pastorales desarrollados durante décadas.A lo largo de más de un siglo, generaciones de misioneros han recorrido ríos, selvas y comunidades apartadas, entregando su vida al servicio del Evangelio. Su labor ha contribuido no solo al crecimiento de la fe cristiana, sino también a la promoción humana, la educación, la defensa de las culturas indígenas y el acompañamiento integral de los pueblos amazónicos.Actualmente, el Vicariato Apostólico de Mitú es pastoreado por Mons. Medardo de Jesús Henao del Río, misionero javeriano nacido en Antioquia y profundo conocedor de la realidad amazónica. Su ministerio episcopal está orientado a fortalecer una Iglesia cercana a los pueblos indígenas, comprometida con la evangelización, la promoción humana, el diálogo intercultural y el cuidado de la casa común, siguiendo el legado de quienes, a lo largo de la historia, han hecho de la misión el corazón de esta Iglesia particular.Una Iglesia con rostro indígena y corazón amazónicoEl Vaupés es uno de los territorios con mayor riqueza cultural de Colombia. En él habitan 27 pueblos indígenas que conservan sus lenguas, tradiciones, estructuras familiares y formas ancestrales de organización comunitaria. Allí, la palabra tiene un profundo significado y el silencio también comunica respeto, escucha y sabiduría.La presencia de la Iglesia en esta región es fruto de más de un siglo de labor misionera. Generaciones de evangelizadores han navegado ríos y atravesado selvas llevando el anuncio del Evangelio, promoviendo la educación y acompañando los procesos de desarrollo humano de las comunidades.Sin embargo, la realidad actual plantea importantes desafíos pastorales. La desaparición de la educación contratada, que durante décadas permitió una presencia permanente de agentes evangelizadores en los territorios, ha reducido significativamente la frecuencia de las visitas pastorales. Algunas comunidades reciben la visita de un sacerdote apenas una o dos veces al año, mientras que otras deben esperar períodos aún más prolongados debido a las limitaciones de personal y recursos.En medio de este contexto, los misioneros encontraron comunidades acogedoras, familias deseosas de acompañamiento espiritual, niños y jóvenes abiertos al diálogo y mayores que conservan la memoria viva de sus pueblos. También pudieron conocer de cerca situaciones de vulnerabilidad relacionadas con el abandono estatal, las dificultades económicas, las limitaciones en salud, la escasez de agentes pastorales y problemáticas que afectan especialmente a la juventud.La fuerza evangelizadora de la cercaníaUno de los mensajes más insistentes compartidos durante la experiencia misionera fue la importancia de la cercanía como primer anuncio del Evangelio. En las comunidades amazónicas, las personas valoran profundamente la presencia sincera de quienes llegan a compartir la vida cotidiana.Más allá de las actividades pastorales programadas, los misioneros fueron invitados a escuchar con atención, visitar las familias, compartir los alimentos, aprender los nombres de las personas y dejarse interpelar por las realidades que encontraron. En este contexto, la evangelización se expresa especialmente a través de los gestos sencillos, la escucha respetuosa y la capacidad de caminar al ritmo de las comunidades.Aprender de los pueblos amazónicosLa misión también fue una oportunidad para reconocer la riqueza espiritual presente en los pueblos indígenas. Desde su relación armónica con la naturaleza, su sentido comunitario y el respeto por la memoria de los mayores, las comunidades amazónicas ofrecen valiosas enseñanzas para toda la Iglesia.Los responsables pastorales insistieron en la necesidad de vivir una auténtica actitud de inculturación, evitando juicios apresurados y favoreciendo el diálogo respetuoso entre el Evangelio y las culturas locales. La experiencia misionera invitó a los participantes a cultivar la humildad, valorar el silencio, fortalecer la fraternidad entre los equipos y convertirse en signos de esperanza para quienes atraviesan situaciones difíciles.Una escuela de vida misioneraLas condiciones propias del territorio amazónico también hicieron parte del aprendizaje. Los desplazamientos por río, las lluvias frecuentes, las limitaciones en conectividad y la sencillez de las condiciones de vida permitieron a los participantes experimentar una forma diferente de acercarse a la misión.En muchos lugares la atención ofrecida por las comunidades consistió únicamente en un desayuno o un almuerzo sencillo, expresión generosa de hospitalidad en medio de recursos limitados. Esta realidad motivó a los misioneros a compartir con gratitud y a valorar profundamente cada gesto de acogida.Al finalizar la experiencia, muchos coincidieron en que la Amazonía no solo recibe misioneros, sino que también los forma. La selva enseña humildad, el río enseña paciencia y las comunidades enseñan fraternidad. En el corazón del Vaupés, la misión continúa siendo una escuela privilegiada de encuentro con Dios, con los pueblos indígenas y con las periferias que siguen esperando una Iglesia cercana, samaritana y profundamente misionera.La Diócesis de Sonsón-Rionegro: una Iglesia con casi siete décadas de historia misioneraLa Diócesis de Sonsón-Rionegro es una Iglesia particular de la Iglesia Católica ubicada en el Oriente Antioqueño, una de las regiones más dinámicas y profundamente creyentes de Colombia. Fue creada por el Papa Pío XII el 18 de marzo de 1957 mediante la bula In Apostolici Muneris, por lo que en el año 2026 cuenta con 69 años de vida diocesana. Desde entonces ha acompañado el crecimiento espiritual, social y humano de las comunidades del Oriente antioqueño, convirtiéndose en un referente de evangelización y compromiso pastoral en el país.A lo largo de su historia, la diócesis ha desarrollado una intensa acción evangelizadora mediante sus parroquias, instituciones educativas, obras sociales, movimientos apostólicos y procesos misioneros. Su identidad se caracteriza por una profunda espiritualidad eclesial, una fuerte participación de los laicos y una permanente apertura a la misión, tanto dentro de su territorio como en otras regiones de Colombia.Un camino pastoral orientado a la renovación misioneraDurante los últimos años, la diócesis ha venido desarrollando un amplio proceso de planificación pastoral impulsado por Mons. Fidel León Cadavid Marín. Este itinerario pastoral, construido con la participación de sacerdotes, religiosos y laicos, surgió de un profundo análisis de la realidad social y eclesial del territorio y se concretó en este último proyecto pastoral denominado "Por una Diócesis Sinondal: Comunión, Participación, Misión", que orienta la acción evangelizadora diocesana entre 2026 y 2030.El objetivo fundamental de este proceso ha sido renovar la vida cristiana de las comunidades: La Parroquia, fortalecer la identidad de los discípulos misioneros y promover una Iglesia cada vez más evangelizada y evangelizadora. Inspirado por el llamado del Papa Francisco a una conversión pastoral permanente, el plan ha buscado consolidar comunidades participativas, abiertas, misericordiosas y comprometidas con la transformación de la sociedad desde el Evangelio.Actualmente, la diócesis continúa proyectando su acción pastoral hacia una Iglesia en salida, fortaleciendo los procesos de evangelización, la formación de agentes pastorales, la pastoral social, las vocaciones y la misión ad gentes, expresión concreta de su compromiso con la Iglesia universal.Su pastor: Mons. Fidel León Cadavid MarínDesde el año 2011 la diócesis es guiada por Mons. Fidel León Cadavid Marín, quien fue nombrado por el Papa Benedicto XVI el 2 de febrero de ese año y tomó posesión de la diócesis en marzo de 2011. Nacido en Bello, Antioquia, el 3 de julio de 1951, es sacerdote, teólogo y pastor de amplia experiencia en la Iglesia colombiana. Antes de llegar a Sonsón-Rionegro se desempeñó como obispo de Quibdó, donde desarrolló una destacada labor pastoral en favor de las comunidades más vulnerables del Chocó.Su ministerio episcopal se ha caracterizado por el impulso de la evangelización, la formación permanente del clero, el fortalecimiento de la pastoral diocesana y la promoción de una Iglesia cercana a las comunidades. Bajo su liderazgo, la diócesis ha consolidado importantes procesos de renovación pastoral y ha fortalecido su compromiso misionero dentro y fuera del territorio diocesano.Misión diocesana Sinodal: Iglesias hermanas que se visitanLa misión realizada en el Vicariato Apostólico de Mitú constituye una expresión concreta de este espíritu evangelizador que anima a la Diócesis de Sonsón-Rionegro: una Iglesia que, fiel al mandato de Cristo, continúa saliendo al encuentro de las periferias geográficas y humanas para anunciar el Evangelio y servir a los más necesitados.La relación entre Mitú y las Iglesias de Antioquia tiene además una dimensión histórica y afectiva. Muchos de los misioneros que han servido en la Amazonía colombiana provienen de esta región del país. Por ello, el hermanamiento entre la Provincia Eclesiástica de Medellín y el Vicariato Apostólico de Mitú representa la continuidad de una larga tradición misionera que ha buscado construir puentes entre distintas realidades eclesiales.Como fruto de este proceso nació la Misión Diocesana Sinodal de la Diócesis de Sonsón Rionegro. Esta iniciativa surge en el marco del actual Plan Diocesano de Pastoral, cuyo horizonte está expresado en cinco grandes ejes: Cultivar y practicar la espiritualidad sinodal, formar discípulos misioneros, contribuir al desarrollo humano integral, salir al encuentro de la infancia, adolescencia, juventud y familia, y por último la gratitud. Dando respuesta a lo que la Iglesia Universal esta caminado: comunión, participación y misión.La Misión Diocesana Sinodal no es una actividad aislada. Constituye una opción pastoral permanente que busca formar una Iglesia en salida, donde sacerdotes, religiosos y laicos asuman conjuntamente la responsabilidad evangelizadora. Su objetivo es fortalecer la identidad misionera de toda la diócesis, promover la participación de los bautizados, favorecer la escucha mutua y llegar a las periferias geográficas y existenciales donde el Evangelio necesita ser anunciado y testimoniado.Esta visión encuentra una profunda sintonía con el proceso sinodal promovido por la Iglesia universal. La escucha, el discernimiento comunitario, la corresponsabilidad, la valoración de los diversos carismas y la participación activa del Pueblo de Dios constituyen elementos centrales tanto de la sinodalidad como de la experiencia misionera vivida por la diócesis.La vocación misionera de la Diócesis de Sonsón-Rionegro encuentra una de sus expresiones más significativas en la misión ad gentes, fruto del compromiso evangelizador de sacerdotes, religiosos y laicos. Esta riqueza eclesial se manifiesta a través de numerosos grupos, movimientos y comunidades que animan la acción pastoral de la diócesis, entre ellos el grupo misionero Pálpitos, conformado principalmente por jóvenes comprometidos con el anuncio del Evangelio; los Laicos de San Pablo, que aportan su experiencia evangelizadora y formativa; y diversas comunidades religiosas como las Hermanas Franciscanas de María Auxiliadora, las Dominicas de la Doctrina Cristiana y las Misioneras Siervas del Espíritu Santo. Junto a muchas otras expresiones eclesiales, todos ellos fortalecen el dinamismo misionero de una Iglesia en salida, cercana a las comunidades y comprometida con la construcción del Reino de Dios.La expresión más visible de este espíritu misionero se vivió entre el 6 y el 13 de junio de 2026, cuando 54 misioneros de la Diócesis de Sonsón-Rionegro se desplazaron hasta el Vicariato Apostólico de Mitú para compartir una semana de encuentro, evangelización y servicio fraterno con las comunidades indígenas y amazónicas del Vaupés.Participaron sacerdotes, religiosas y laicos provenientes de diversas parroquias, movimientos apostólicos y comunidades eclesiales. Los equipos fueron distribuidos en distintos centros misionales (doce comunidades) de las parroquias a misionar ( Parroquia Catedral María Inmaculada; Parroquia Nuestra Señora de Fátima, Parroquia de San Pablo Apóstol, Cuasi Parroquia Santa Laura Montoya) y desarrollaron múltiples actividades pastorales: visitas casa a casa, encuentros con familias, acompañamiento a enfermos y adultos mayores, celebraciones litúrgicas, catequesis, espacios de escucha, encuentros con niños y jóvenes, formación de agentes pastorales y actividades de animación misionera.Sin embargo, la riqueza de esta experiencia no puede medirse únicamente por el número de actividades realizadas. Lo más significativo fue el encuentro entre dos Iglesias que decidieron compartir sus dones y caminar juntas.Los misioneros llegaron para anunciar el Evangelio, pero también para escuchar. Llegaron para servir, pero también para aprender. Las comunidades amazónicas compartieron con ellos su experiencia de fe, su capacidad de resiliencia, su profundo sentido comunitario y su estrecha relación con la creación. De esta manera se produjo un auténtico intercambio de dones que enriqueció a todos los participantes.La espiritualidad que animó la misiónToda experiencia misionera necesita una profunda raíz espiritual. En la Misión Diocesana Sinodal 2026, vivida en el Vicariato Apostólico de Mitú, esa espiritualidad estuvo acompañada de manera especial por el himno "Eucaristizar" y por la Oración por la Misión, signos visibles de la comunión entre las Iglesias hermanas que caminaron juntas en el corazón del Vaupés.El himno Eucaristizar acompañó los momentos de oración, envío y encuentro comunitario, recordando a cada misionero que su vocación consiste en hacer de la propia vida una ofrenda de amor, servicio y entrega, al estilo de Jesucristo, Pan partido para la vida del mundo. Su mensaje se convirtió en una verdadera síntesis de lo vivido durante la misión: compartir, escuchar, servir y caminar juntos hacia la vida plena.De igual manera, la Oración por la Misión fue un instrumento permanente de comunión espiritual. Rezada antes, durante y después de cada jornada, ayudó a los participantes a mantener viva la conciencia de que la misión es ante todo obra de Dios y respuesta al mandato de Cristo de anunciar el Evangelio a todos los pueblos. A través de ella, las comunidades de la Diócesis de Sonsón-Rionegro, el Vicariato Apostólico de Mitú y muchas personas que acompañaron desde la distancia se unieron espiritualmente a esta experiencia evangelizadora.El himno y la oración se convirtieron así en dos expresiones complementarias de una misma convicción: que la misión nace de la Eucaristía, se fortalece en la oración y se realiza en el encuentro fraterno con los hermanos. Desde esta certeza, los misioneros pudieron experimentar que, más allá de las distancias geográficas, las Iglesias hermanas están llamadas a remar juntas con Jesús hacia la vida plena.Esta experiencia ofrece enseñanzas importantes para la Iglesia en Colombia y para muchas Iglesias particulares del mundo.En primer lugar, demuestra que la misión sigue siendo el camino privilegiado para construir comunión. La unidad eclesial no nace únicamente de las estructuras o de los documentos, sino del encuentro concreto entre personas que comparten la misma fe y la misma misión.En segundo lugar, pone de manifiesto el protagonismo de los laicos. Una gran parte de los participantes fueron fieles laicos que respondieron generosamente al llamado misionero (una gran gama de edades: entre los más jóvenes hasta los más adultos). Esto confirma que la misión pertenece a todo el Pueblo de Dios y no exclusivamente a un grupo particular dentro de la Iglesia.En tercer lugar, muestra que las periferias tienen mucho que enseñar. La Amazonía no es únicamente destinataria de la evangelización. También es sujeto evangelizador. Las comunidades indígenas y amazónicas ofrecen a la Iglesia universal valiosas lecciones sobre fraternidad, cuidado de la creación, solidaridad y sentido de pertenencia comunitaria.Finalmente, esta experiencia confirma que la sinodalidad alcanza su máxima expresión cuando se convierte en misión compartida. Caminar juntos encuentra su sentido más profundo cuando se hace para anunciar juntos el Evangelio.Las recientes palabras del Papa León XIV iluminan especialmente esta experiencia. El Santo Padre ha manifestado su deseo de una Iglesia auténticamente misionera, capaz de salir al encuentro de las heridas de la humanidad para llevar consuelo, esperanza y reconciliación. Ha insistido en la necesidad de una Iglesia cercana, que acompañe, escuche y contribuya a sanar las fracturas que afectan a las personas, las comunidades y los pueblos.La experiencia vivida entre la Diócesis de Sonsón Rionegro y el Vicariato Apostólico de Mitú constituye una respuesta concreta a este llamado. Durante esos días, la misión buscó sanar la distancia mediante la cercanía, el aislamiento mediante la fraternidad y la indiferencia mediante el encuentro. Fue una Iglesia que salió de sí misma para caminar con otros, compartir sus dones y dejarse transformar por ellos.Lo sucedido en Mitú muestra que la sinodalidad no es una teoría ni un concepto abstracto. Es una forma concreta de vivir el Evangelio. Cuando dos Iglesias particulares deciden encontrarse, escucharse, ayudarse mutuamente y anunciar juntas a Jesucristo, la misión se convierte en escuela de comunión, participación y esperanza.En un tiempo en que la Iglesia busca renovar su impulso evangelizador, la experiencia de hermanamiento entre la Diócesis de Sonsón Rionegro y el Vicariato Apostólico de Mitú aparece como un signo profético. Es una muestra de que la misión sigue siendo el corazón de la Iglesia y de que el futuro de la evangelización pasa por una comunión cada vez más profunda entre las Iglesias hermanas que comparten la alegría de anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra.La experiencia vivida en el Vicariato Apostólico de Mitú constituye también una invitación para toda la Provincia Eclesiástica de Medellín y en general de toda la Iglesia Colombiana a fortalecer los vínculos de comunión y cooperación misionera con las Iglesias que peregrinan en los territorios de misión. Ojalá este camino recorrido motive a los señores obispos, sacerdotes, religiosos y laicos a volver la mirada hacia los vicariatos apostólicos de Colombia, reconociendo en ellos no únicamente destinatarios de ayuda solidaria, que es necesaria siempre, pero de también la pastoral: verdaderas Iglesias hermanas que enriquecen a todo el Pueblo de Dios con su testimonio de fe, entrega y esperanza.La Amazonía, el Pacífico y las demás periferias misioneras siguen recordando a la Iglesia colombiana que la misión es una responsabilidad compartida y que la comunión eclesial se fortalece cuando caminamos juntos, compartimos nuestros dones y nos comprometemos con quienes afrontan mayores desafíos evangelizadores.P. Renzo B. Martínez RamírezDelegado Episcopal de Pastoral Misionera y OMP de la Diócesis de Sonsón Rionegro

Vie 26 Jun 2026

54 misioneros de la Diócesis de Sonsón-Rionegro compartieron fe, servicio y escucha con comunidades del Vaupés

La Misión Diocesana Sinodal 2026 reunió a sacerdotes, religiosas y laicos de la Diócesis de Sonsón-Rionegro con comunidades amazónicas del Vicariato Apostólico de Mitú, en una experiencia que fortaleció la comunión entre Iglesias hermanas y renovó el compromiso misionero de la Iglesia en Colombia.Entre el 6 y el 13 de junio de 2026, cincuenta y cuatro misioneros de la Diócesis de Sonsón-Rionegro viajaron hasta el Vicariato Apostólico de Mitú, en el departamento del Vaupés, para vivir una intensa experiencia de evangelización, encuentro y servicio junto a las comunidades indígenas y amazónicas de esta región del país.La iniciativa hizo parte de la Misión Diocesana Sinodal, una de las expresiones concretas del actual Plan Diocesano de Pastoral de la diócesis antioqueña, y se desarrolló en el marco del proceso de hermanamiento misionero que la Iglesia en Colombia viene promoviendo entre distintas jurisdicciones eclesiásticas para fortalecer la comunión, la corresponsabilidad y la cooperación evangelizadora.Los participantes —sacerdotes, religiosas y laicos provenientes de parroquias, movimientos apostólicos y comunidades eclesiales— fueron distribuidos en doce comunidades pertenecientes a la Parroquia Catedral María Inmaculada, la Parroquia Nuestra Señora de Fátima, la Parroquia San Pablo Apóstol y la Cuasiparroquia Santa Laura Montoya.Durante una semana realizaron visitas casa a casa, encuentros con familias, acompañamiento a enfermos y adultos mayores, celebraciones litúrgicas, catequesis, espacios de escucha, encuentros con niños y jóvenes, formación de agentes pastorales y diversas actividades de animación misionera.Sin embargo, para quienes participaron, el principal fruto de la experiencia fue mucho más allá de las acciones pastorales desarrolladas.Un encuentro que transformó a todosLa misión permitió el encuentro entre dos Iglesias particulares con realidades distintas, pero unidas por una misma fe y una misma vocación evangelizadora.Los misioneros llegaron al Vaupés con el propósito de anunciar el Evangelio, pero también con la disposición de escuchar, aprender y compartir la vida de las comunidades. A su vez, los pueblos amazónicos abrieron las puertas de sus hogares y de sus tradiciones, ofreciendo el testimonio de una fe vivida en medio de grandes desafíos geográficos, sociales y pastorales.Las comunidades compartieron con los visitantes su profundo sentido comunitario, su capacidad de resiliencia, el respeto por la memoria de los mayores y una relación armónica con la creación que forma parte esencial de su identidad cultural y espiritual.Este intercambio de experiencias se convirtió en una auténtica vivencia de sinodalidad, donde el caminar juntos se expresó en la escucha mutua, el respeto por la diversidad y el reconocimiento de los dones presentes en cada comunidad.El Vicariato Apostólico de Mitú: una Iglesia con rostro indígena y corazón amazónicoLa experiencia permitió a los misioneros acercarse a una de las realidades eclesiales más singulares del país.El Vicariato Apostólico de Mitú está ubicado en el corazón de la Amazonía colombiana y acompaña pastoralmente a comunidades distribuidas a lo largo de extensos territorios atravesados por selvas, ríos y grandes distancias. En esta región habitan 27 pueblos indígenas que conservan sus lenguas, tradiciones y formas ancestrales de organización comunitaria.La presencia de la Iglesia en el territorio es fruto de más de un siglo de labor misionera iniciada por los Misioneros Montfortianos en 1914 y continuada posteriormente por los Misioneros Javerianos de Yarumal, quienes han contribuido al anuncio del Evangelio, la promoción humana, la educación y el acompañamiento de los pueblos amazónicos.Actualmente, el vicariato es pastoreado por monseñor Medardo de Jesús Henao del Río, quien impulsa una Iglesia cercana a las comunidades indígenas, comprometida con el diálogo intercultural, la evangelización y el cuidado de la casa común.A pesar de la riqueza humana y espiritual de este territorio, persisten importantes desafíos relacionados con las grandes distancias, las limitaciones de conectividad, la escasez de agentes pastorales y diversas situaciones de vulnerabilidad que afectan especialmente a las comunidades más apartadas.Una misión nacida del hermanamiento entre IglesiasLa presencia de los misioneros de Sonsón-Rionegro es fruto de un proceso más amplio de cooperación eclesial que la Iglesia colombiana ha venido fortaleciendo durante los últimos años.El programa de hermanamiento misionero entre jurisdicciones eclesiásticas busca compartir recursos humanos, experiencias pastorales y apoyo solidario entre diócesis, vicariatos apostólicos y otras circunscripciones eclesiásticas del país.En este contexto, la relación entre la Diócesis de Sonsón-Rionegro y el Vicariato Apostólico de Mitú se ha consolidado como una experiencia significativa de comunión y corresponsabilidad evangelizadora.La misión de este año también refleja el espíritu del actual plan pastoral de la diócesis antioqueña, orientado por el lema “Por una Diócesis Sinodal: Comunión, Participación y Misión”, que promueve una Iglesia en salida, donde sacerdotes, religiosos y laicos asumen conjuntamente la tarea de anunciar el Evangelio.Una escuela de sinodalidad y esperanzaLas condiciones propias del territorio amazónico se convirtieron también en parte del aprendizaje. Los desplazamientos por río, las lluvias frecuentes, las limitaciones logísticas y la sencillez de la vida cotidiana permitieron a los participantes descubrir nuevas formas de vivir la misión desde la cercanía y la fraternidad.Muchos de los misioneros coincidieron en señalar que la Amazonía no solo recibe evangelizadores, sino que también los forma. Allí aprendieron que la misión comienza escuchando, que la presencia vale tanto como las palabras y que las periferias tienen mucho que aportar a toda la Iglesia.La experiencia confirmó además el protagonismo de los laicos en la tarea evangelizadora. Personas de distintas edades, procedentes de movimientos, comunidades y parroquias, asumieron con generosidad el llamado misionero, evidenciando que la misión es responsabilidad de todo el Pueblo de Dios.Un signo para la Iglesia en ColombiaLa Misión Diocesana Sinodal 2026 representa un testimonio concreto de la Iglesia que promueve hoy el magisterio eclesial: una Iglesia cercana, misionera, participativa y capaz de construir puentes entre comunidades diversas.Más que una actividad concreta, la experiencia vivida entre la Diócesis de Sonsón-Rionegro y el Vicariato Apostólico de Mitú se presenta como un signo de esperanza para la Iglesia colombiana, mostrando que la comunión se fortalece cuando las Iglesias particulares comparten sus dones, caminan juntas y se comprometen con quienes enfrentan mayores desafíos evangelizadores.

Jue 25 Jun 2026

Episcopado colombiano expresa su cercanía espiritual y solidaridad con Venezuela tras los devastadores terremotos

La Iglesia en Colombia manifiesta su cercanía espiritual y solidaridad con el pueblo venezolano luego de los devastadores terremotos registrados el 24 de junio, una tragedia que ha dejado más de 160 personas fallecidas, cientos de heridos y graves afectaciones materiales en distintas regiones del país.El mensaje fue enviado por la Presidencia de la Conferencia Episcopal de Colombia (CEC) a monseñor Jesús González de Zárate Salas, arzobispo de Valencia y presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana, como expresión de comunión eclesial ante una emergencia que enluta a toda la nación.Una Iglesia que acompaña en medio del dolorEn su comunicación, los obispos colombianos reafirmaron la cercanía de la Iglesia con quienes hoy sufren las consecuencias de esta tragedia y aseguraron su oración por las víctimas, sus familias y las comunidades afectadas.“Conocedores de la emergencia en la que se encuentra el pueblo venezolano, a causa de los terremotos del día de ayer, la Iglesia Católica en Colombia se solidariza con el pueblo venezolano, en primer lugar, a través de la oración, y con sentimientos de profundo dolor y espíritu de comunión eclesial”.Condolencias para las familias y comunidades afectadasEl Episcopado Colombiano expresó también su pesar por la pérdida de vidas humanas y su cercanía con quienes enfrentan el impacto de la emergencia, especialmente las familias que han perdido seres queridos, viviendas o medios de sustento.“Expresamos a Su Excelencia y, a través suyo, a todos los afectados, nuestras más sinceras condolencias por la irreparable pérdida de los fallecidos, a quienes encomendamos a Dios Misericordioso para que les conceda el descanso eterno; así como acompañamos, con respeto y solidaridad, a las comunidades y familias que perdieron a sus seres queridos, sus viviendas y medios de sustento”.Reconocimiento a quienes sirven en la emergenciaLos obispos dirigieron también una oración y una palabra de aliento a los equipos de rescate y a las numerosas personas e instituciones que participan en la atención de los damnificados, destacando que este momento exige una respuesta solidaria que trascienda fronteras.“Enviamos nuestra bendición a los equipos de rescate y a todos los que se unen desde Colombia y otros países a las iniciativas para responder a esta situación que pone a prueba la solidaridad”.Confiados a la protección de Nuestra Señora de CoromotoEl mensaje concluye con una invocación a Nuestra Señora de Coromoto, patrona de Venezuela, para que acompañe al pueblo venezolano en esta hora de sufrimiento y fortalezca los esfuerzos de recuperación y esperanza.

Mié 24 Jun 2026

El Misal Romano para Colombia: Itinerario histórico, anamnesis eucarística y ars celebrandi a la luz de Desiderio desideravi

Por P. Jairo de Jesús Ramírez Ramírez - A propósito de la cuarta edición colombiana del Misal Romano (2025)ResumenEste artículo examina el itinerario histórico-teológico que condujo a la cuarta edición colombiana del Misal Romano y propone, como clave de lectura del acontecimiento, dos categorías complementarias: la anámnesis eucarística y el ars celebrandi propuesto por el papa Francisco en la carta apostólica Desiderio desideravi . Se reconstruye, en primer lugar, el camino que va del Concilio Vaticano II a las tres ediciones típicas latinas del Missale Romanum; en segundo lugar, se describe el proceso editorial, las causas y las principales novedades de las cuatro ediciones colombianas del Misal, con especial desarrollo de la última; en tercer lugar, se profundiza en la categoría de la anámnesis desde su raíz bíblica (zikkaron) hasta su formulación en las Plegarias Eucarísticas y en la eucología del Misal; y, en cuarto lugar, se exponen las cinco claves formativas de Desiderio desideravi: encuentro, belleza, asombro, formación y ars celebrandi. El estudio concluye que la nueva edición del Misal no es un fin en sí misma, sino un instrumento al servicio del memorial que actualiza el Misterio de Cristo, llamado a vivirse con las disposiciones interiores que pide el magisterio reciente.Palabras clave: Misal Romano; anámnesis; Desiderio desideravi; ars celebrandi; Conferencia Episcopal de Colombia; liturgia.IntroducciónLa cuestión litúrgica no es un asunto periférico en la vida de la Iglesia. Como advirtió Joseph Ratzinger antes de su elección como Benedicto XVI, en la liturgia “se ventilan cuestiones tan importantes como nuestra comprensión de Dios y del mundo, nuestra relación con Cristo, con la Iglesia y con nosotros mismos: en la liturgia nos jugamos el destino de la fe y de la Iglesia” , de modo que la relevancia de esta cuestión, lejos de disminuir, “ha cobrado hoy una relevancia que antes no podíamos prever”. Esta convicción encuentra eco directo en la enseñanza conciliar, según la cual la liturgia es “la cumbre a la cual tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” , idea que el papa Francisco retoma explícitamente en Desiderio desideravi número 31, para subrayar lo que está en juego en la celebración cristiana.La celebración litúrgica no está exenta de riesgos. De un lado, existe el peligro del esteticismo-rubricismo, es decir, un modo de celebrar obsesionado por seguir las rúbricas como un autómata, sin percatarse del sentido y la profundidad de los signos y los textos de la celebración . De otro lado, acecha el relativismo litúrgico, entendido como una forma de celebrar en la que predomina una libertad creativa tan amplia que la acción ritual pierde toda referencia fija y estable, derivando en creatividad salvaje, diversión o espectáculo . Ambas desviaciones —el formalismo vacío y la improvisación sin medida— comparten una misma raíz: la pérdida del sentido del símbolo. Por ello, el papa Francisco advierte que “todo símbolo es a la vez poderoso y frágil: si no se respeta, si no se trata como lo que es, se rompe, pierde su fuerza, se vuelve insignificante” .En este horizonte se inscribe la promulgación de la cuarta edición colombiana del Misal Romano, acontecimiento eclesial que ofrece la ocasión propicia para una reflexión de conjunto. El presente artículo recoge y reordena, en clave académica, los contenidos de la Jornada de Formación Litúrgica del Clero de Armenia, desarrollada el 23 de junio de 2026 por el autor, en la que se expusieron, sucesivamente, (I) el camino histórico hacia la nueva edición del Misal, (II) las cuatro ediciones colombianas del mismo, con especial desarrollo de la última, (III) la categoría teológica de la anámnesis como clave para comprender por qué se celebra, y (IV) las claves de Desiderio desideravi sobre el modo de disponerse a vivir la liturgia. El argumento que se sostiene a lo largo del texto es que estas tres dimensiones —edición renovada del Misal, memorial anamnético y disposición interior ars celebrandi— no son piezas yuxtapuestas, sino momentos solidarios de una misma realidad: la manera exterior y ritual de celebrar puede ayudar o estorbar la sintonía con el misterio que se celebra, de modo que no es indiferente el modo de celebrar.Objetivo generalAnalizar el proceso histórico-teológico de recepción del Misal Romano en Colombia hasta su cuarta edición (2025), a la luz de la categoría teológica de la anámnesis y de las claves formativas propuestas por el papa Francisco en Desiderio desideravi, con el fin de ofrecer un marco interpretativo, útil para la formación litúrgica del clero, que articule la renovación textual del Misal con la disposición interior exigida por la celebración cristiana.Objetivos específicos1. Reconstruir el itinerario histórico que condujo de las directrices del Concilio Vaticano II a las tres ediciones típicas latinas del Missale Romanum y a sus correspondientes recepciones en la Iglesia colombiana.2. Describir el proceso editorial, las causas teológico-pastorales y las principales novedades —en el Propio del Tiempo, en el Ordo Missae, en el santoral y en la iconografía— de la cuarta edición colombiana del Misal Romano (2025).3. Profundizar en la categoría teológica de la anámnesis como clave hermenéutica del memorial eucarístico, desde su raíz bíblica en el zikkaron veterotestamentario hasta su formulación explícita en las Plegarias Eucarísticas y en la eucología del Misal Romano.4. Exponer las cinco claves propuestas por el papa Francisco en Desiderio desideravi —encuentro, belleza, asombro, formación y ars celebrandi— como criterios pastorales para la formación litúrgica del clero y del Pueblo de Dios.1. Camino hacia la nueva edición: del Concilio Vaticano II a las ediciones típicas latinas1.1 El Misal Romano: valor teológico-litúrgicoAntes de narrar el proceso histórico de las sucesivas ediciones, conviene fijar el valor teológico que reviste el Misal en la vida de la Iglesia. El principio lex orandi, lex credendi —“la Iglesia reza lo que cree y cree lo que reza”, según la fórmula clásica de Próspero de Aquitania— expresa que la lex credendi se transforma en lex orandi: el Misal es expresión autorizada de la fe revelada. De ahí que los fieles accedan a contenidos dogmáticos tan decisivos como los definidos en Nicea, en Calcedonia, o las verdades de la Inmaculada Concepción y de la Asunción, a través de los textos eucológicos, muchas veces sin haber leído jamás los documentos magisteriales correspondientes.El Misal es, además, testimonio de una tradición ininterrumpida de dos mil años. En el tiempo de Navidad se descubren los villancicos más antiguos en sus antífonas de entrada, con textos procedentes de la tradición bíblica del Antiguo Testamento, como ocurre en la antífona del 25 de diciembre. La segunda Plegaria Eucarística se basa en la Traditio apostolica (siglo III); las oraciones de Navidad se remontan a san León Magno (†461); el Canon Romano, a san Gregorio Magno (†604); la fiesta de Corpus Christi, al papa Urbano IV (1264); y el calendario de santos recorre todas las épocas hasta llegar a san Juan Pablo II. El Misal es, en este sentido, el “álbum de fotos” de la Iglesia.1.2 El encargo del Concilio Vaticano IILa revisión del Misal encuentra su origen inmediato en Sacrosanctum Concilium (4 de diciembre de 1963), cuyo capítulo II estableció directrices concretas: “buscar una mayor claridad en los textos y en los ritos” ; “facilitar la participación activa de los fieles” ; “preparar para el pueblo cristiano la mesa de la Palabra de Dios con mayor abundancia” ; “simplificar algunos ritos evitando repeticiones” ; restablecer otros que se habían perdido en la historia —la oración universal , la concelebración y, en gran parte, la homilía dominical —; abrir la puerta al uso de las lenguas vivas, además del latín ; y permitir la comunión bajo las dos especies.1.3 Tres ediciones típicas latinas del Missale RomanumEn cumplimiento de ese encargo conciliar, el Dicasterio competente publicó sucesivamente tres ediciones típicas en latín —referencia obligada para toda traducción vernácula, incluida la colombiana—. La primera edición típica vio la luz el 26 de marzo de 1970 , Jueves Santo, mediante el decreto Celebrationis Eucharisticae, preparada por el “Consilium” a través del grupo “Coetus X”, cuatrocientos años después del Misal de san Pío V (1570); fue reimpresa en 1971. La segunda edición típica se promulgó el 27 de marzo de 1975 , tras agotarse la primera edición —reimpresa en 1972—, e incorporó los ministerios de acólito y lector según Ministeria Quaedam y la supresión del subdiaconado. La tercera edición típica fue firmada en su Institutio el Jueves Santo del año 2000 e impresa como volumen en 2002, con un nuevo capítulo IX de la Ordenación General del Misal Romano (OGMR); esta tercera edición constituye la base de la edición colombiana vigente y fue objeto de una reimpresión corregida en 2008.1.4 ¿Por qué una tercera edición típica?La necesidad de una tercera edición típica respondió a la proliferación, desde 1975, de numerosos documentos eclesiales con repercusión directa en el Misal. Entre los libros litúrgicos cabe mencionar el Ritual de la Dedicación de iglesias , el Gradual de cantos , la nueva edición del Leccionario , el Código de Derecho Canónico y el Ceremonial de los Obispos . Entre los documentos magisteriales destacan Vicesimus Quintus Annus de Juan Pablo II, el Catecismo de la Iglesia Católica , Varietates legitimae sobre inculturación , Ecclesiae de mysterio sobre los ministerios laicos y Liturgiam authenticam sobre la traducción de los libros litúrgicos. A todo ello se sumó la necesidad de incorporar los santos recientemente incluidos en el calendario universal.1.5 Dos libros para una sola celebraciónConviene precisar, por último, que la celebración eucarística se sirve de dos libros distintos y complementarios. El Misal contiene las oraciones que pronuncia quien preside —colecta, oración sobre las ofrendas y poscomunión—, los prefacios y las trece Plegarias Eucarísticas completas; en la historia ha sido llamado también “Sacramentario” u “Oracional”. El Leccionario, por su parte, contiene las lecturas bíblicas de todo el año, tanto del ciclo dominical (A, B, C) como del ciclo ferial (I, II), además de volúmenes propios para los sacramentos, los santos y las misas votivas, un Leccionario propio para niños, y el “Evangeliario” con los evangelios de las fiestas más solemnes. Durante siglos, oraciones y lecturas se unieron en un mismo volumen para el altar —son los “misalitos” que todavía usan muchos fieles—; hoy, para la celebración, el Misal y el Leccionario vuelven a distinguirse. Recibido así el texto típico latino, cada Conferencia Episcopal lo traduce, lo adapta y lo inculturiza fielmente para su pueblo, lo cual nos conduce a la recepción colombiana del Misal Romano.2. Las cuatro ediciones del Misal Romano para Colombia2.1 Primera, segunda y tercera ediciones colombianas (1972, 1982, 2007)La Iglesia en Colombia ha recibido, hasta la fecha, cuatro ediciones del Misal Romano, todas aprobadas por el Dicasterio para el Culto Divino a partir del correspondiente texto típico latino. La primera edición colombiana fue promulgada el 29 de julio de 1972 por la Sagrada Congregación del Culto Divino ; mientras se publicaba el texto definitivo, fue difundida mediante el Boletín Actualidad Litúrgica, y se basó en la primera edición típica latina. La segunda edición colombiana data del 28 de octubre de 1982 e incorporó las modificaciones derivadas de la supresión del subdiaconado conforme a Ministeria Quaedam, sobre la base de la segunda edición típica latina (1975).La tercera edición colombiana fue aprobada el 21 de marzo de 2007 por la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, y se enriqueció con la Ordenación General del Misal Romano —aprobada para Colombia el 17 de agosto de 2005 — y con la Instrucción Pastoral de los Obispos de Colombia sobre algunos aspectos importantes en la celebración eucarística. En el plano práctico, esta edición implementó el uso del “ustedes” en lugar del “vosotros” en los saludos litúrgicos, y tomó como base la tercera edición típica latina (2000/2002).2.2 La cuarta edición colombiana (2025): proceso editorialLa cuarta edición colombiana , corazón de la presente exposición, es fruto de once años de trabajo ininterrumpido bajo la guía de obispos y liturgistas. El proceso se inició en 2016 bajo el liderazgo de monseñor Fabio Duque Jaramillo, entonces presidente de la Comisión Episcopal de Liturgia. En 2019 el texto fue presentado al Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, el cual, en 2021, lo devolvió con observaciones relativas a la eucología y al Calendario Particular. En 2022 falleció monseñor Duque, y el trabajo fue retomado mediante dos comisiones específicas, una dedicada al Calendario Particular y otra a los textos eucológicos. En 2023 las propuestas resultantes fueron aprobadas por el Episcopado colombiano con amplia mayoría. Finalmente, el 2 de febrero de 2025 el Dicasterio otorgó su aprobación, contando con el nihil obstat de la Doctrina de la Fe, la recognitio del papa Francisco para la fórmula sacramental, y el correspondiente decreto de confirmatio.2.3 Causas de la cuarta edición colombianaDiversas causas justificaron la elaboración de esta nueva edición: la dificultad de comprensión y proclamación de muchos textos eucológicos de la edición anterior; la necesidad de incorporar la traducción litúrgica oficial de la Biblia, aprobada en 2015 para Colombia; la nueva traducción de las palabras de la consagración, es decir, de la fórmula sacramental; la inclusión de formularios para los nuevos santos del Calendario General y del Calendario Propio; la inclusión del nombre de san José en las Plegarias Eucarísticas II, III y IV; la armonización de las rúbricas y de los criterios de traducción; la necesidad de evitar el uso de misales extranjeros, que generaba dispersión litúrgica; la actualización del capítulo IX de la IGMR conforme al decreto Postquam Summus Pontifex , en aplicación de Magnum Principium —que modificó el canon 838 del Código de Derecho Canónico—; y, por último, la incorporación del rito para la recepción de los santos óleos en las parroquias.2.4 Novedades en el Propio del Tiempo y en el Ordo MissaeLa cuarta edición colombiana presenta una traducción completamente nueva de los textos eucológicos, de cuño literal, conforme a los criterios de Liturgiam authenticam. En el Propio del Tiempo, se introduce para el Jueves Santo el rito de recepción de los santos óleos en cada parroquia, mediante una nueva rúbrica conexa al número 15 del Ordo Missae; en la Vigilia Pascual, las letanías bautismales se enriquecen con santa Laura Montoya y santa María Bernarda Bütler, al tiempo que se suprimen los nombres de santos no propios del calendario colombiano, como santa Rosa de Lima, san Martín de Porres y santa Mariana de Jesús; el título “Beata María Virgen” sustituye a “Nuestra Señora” en los títulos marianos, por mayor fidelidad al latín; y el texto bíblico litúrgico ha sido actualizado en su conjunto.En el Ordo Missae propiamente dicho, las principales novedades son tres: la nueva traducción de la fórmula sacramental, aprobada por el Episcopado colombiano en 2017 y por el papa Francisco en febrero de 2025; la nueva traducción de la Oración por la Paz; y la inclusión del nombre de san José en las Plegarias Eucarísticas II, III y IV, en virtud del decreto Paternas vices (1 de mayo de 2013).2.5 Santoral, Calendario propio e iconografíaLa nueva edición incorpora catorce celebraciones del Calendario General añadidas después de 2007: san Gregorio de Narek (27 de febrero), san Juan de Ávila (10 de mayo), san Pablo VI (29 de mayo), Santa María Madre de la Iglesia (lunes después de Pentecostés), santa María Magdalena (22 de julio), los santos Marta, María y Lázaro (29 de julio), santa Teresa de Calcuta (5 de septiembre), santa Hildegarda de Bingen (17 de septiembre), santa Faustina Kowalska (5 de octubre), san Juan XXIII (11 de octubre), san Juan Pablo II (22 de octubre), san Juan Diego Cuauhtlatoatzin (9 de diciembre) y la Bienaventurada Virgen María de Loreto (10 de diciembre); a ello se suma para san Ireneo el nuevo título de obispo, mártir y doctor de la Iglesia. Asimismo, se unifican con el Calendario General las memorias de Nuestro Señor Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote (jueves después de Pentecostés), san Felipe Neri (26 de mayo), los santos Dionisio y compañeros mártires (9 de octubre) y san Juan Leonardi (9 de octubre).En el Calendario Propio de Colombia se incluyen santa María Bernarda Bütler, virgen (19 de mayo), santa Laura Montoya y Upegui, virgen y fundadora (21 de octubre), y las fórmulas oficiales para la Bienaventurada Virgen María de Guadalupe, patrona de América. La edición se acompaña, además, de una iconografía inculturada compuesta por dieciocho ilustraciones: la cruz de portada, con frutos del trópico y agua; la Bienaventurada Virgen María del Signo de Yaroslavl para el tiempo de Adviento; un Belén con palmas de corozo y ave del paraíso para la Navidad; la Transfiguración acompañada de la orquídea Cattleya para la Cuaresma; Pentecostés para el Tiempo Ordinario; el Calvario en el Te igitur; y el Cordero del Apocalipsis en el Propio de los Santos. De este modo, la iconografía cristiana tradicional se combina con la fauna, la flora y los paisajes de Colombia.2.6 El Misal como directorio espiritual y pastoralMás allá de su función práctica, al Misal de la Iglesia debe interesarnos como “directorio espiritual y pastoral” de nuestra celebración. La fuente litúrgica escrita responde a la antiquísima fórmula lex credendi, lex orandi, lex supplicandi: aquello que la Iglesia cree es lo que celebra, y lo que cree y celebra se convierte en norma de lo que le suplica al Señor. Por eso el Misal es también una herramienta de sinodalidad: con las mismas palabras oramos todos juntos, somos una sola voz delante del Esposo de Cristo, y con Él nos presentamos ante el Padre en el poder del Espíritu que genera comunión y unidad.Este orar juntos responde a lo que pidió el Concilio Vaticano II: textos claros que conduzcan a la asamblea a una participación activa, fructuosa, consciente e inteligentemente espiritual. El Misal es así instrumento para que fieles y pastores celebremos el misterio pascual de Jesucristo guiados por el Espíritu Santo.Con este texto, el episcopado colombiano se pone al día con el magisterio pontificio que, desde Sacrosanctum Concilium hasta Desiderio desideravi, ha definido la liturgia como glorificación de Dios y santificación de los fieles: un espacio de encuentro real con el poder de Cristo resucitado, y no solo de formulismos vacíos.Como recuerda una antigua oración de la misa de la Cena del Señor, al celebrar la Eucaristía y el sacrificio de Cristo vivimos la obra de nuestra redención. Es momento de vivir con seriedad, sencillez y belleza este milagro de comunión y santidad: la liturgia no es solo una fórmula que se lee, sino experiencia de novedad y vida en el Espíritu. Que esta nueva edición del Misal Romano nos ayude a celebrar con mayor reverencia, belleza y comprensión.Ante cada nueva edición se distinguen tres tareas complementarias: el Dicasterio para el Culto Divino introduce las oportunas matizaciones y añadiduras que sugieren la experiencia y la consulta a la Iglesia universal; la Conferencia Episcopal de Colombia lleva a cabo una versión y una adaptación fieles, tanto a la liturgia misma como a la sensibilidad de nuestro pueblo; y cada comunidad parroquial relee los nuevos textos, revisando a su luz la propia actuación pastoral, para celebrar con mayor provecho espiritual. Esta triple tarea conduce naturalmente a preguntarse qué es, en su raíz teológica, lo que efectivamente se celebra cada vez que se proclaman estos textos: la respuesta remite a la categoría de la anámnesis.3. La anámnesis: el memorial como actualización del Misterio de Cristo3.1 La anámnesis como categoría clave de la liturgiaEl mandato de Cristo en la Última Cena —“haced esto en conmemoración mía” (Lc 22, 19)— constituye la categoría clave para comprender la naturaleza de las celebraciones eclesiales: la anámnesis es la respuesta fiel y constante de la Iglesia a ese mandato. Se trata de un término de raíz bíblica —zikkaron (זִֻכָּרוֹן)—, empleado profusamente por los Padres de la Iglesia. Tras un cierto declive en su uso, la categoría fue recuperada por Odo Casel y la Schola Laciensis (Alemania), en una de las aportaciones más sobresalientes de la teología del siglo XX. El término “memorial” entró así al léxico teológico por la puerta grande del Concilio Vaticano II, y hoy todas las Plegarias Eucarísticas del Misal Romano incluyen explícitamente la palabra “memorial” inmediatamente después del relato de la institución.3.2 Zikkaron: el memorial bíblicoEl zikkaron puede definirse como un recordar que actualiza: haciendo memoria, el pueblo se abre a la actualidad de la acción salvífica de Yahvé. No se trata, por tanto, de recordar simplemente un hecho pasado, sino de revivir sacramentalmente la acción de Dios que salva y libera, según la fórmula del libro del Éxodo: “este será un día memorable (zikkaron) para vosotros; en él celebraréis fiesta en honor del Señor. De generación en generación, como ley perpetua lo festejaréis” (Ex 12, 14).Tres fiestas del calendario judío ilustran esta lógica memorial. La Pascua (Pésaj), celebrada en Nisán (marzo-abril) conforme a Ex 12, 14, es memorial de la liberación de la esclavitud en Egipto, celebrada mediante una comida ritual con cordero, panes ázimos y hierbas amargas, en la que se recita el Hallel (Sal 113-118). Pentecostés (Shavuot), en Siván (mayo-junio), conforme a Lv 23, 15-21 y Dt 16, 9-12, fue originalmente ofrenda de los primeros frutos y, con el tiempo, se convirtió en memorial de la Alianza en el Sinaí y del don de la Torá. Los Tabernáculos (Sukkot), en Tishrí (septiembre-octubre), conforme a Lv 23, 33-43, son memorial de la peregrinación por el desierto, celebrado habitando en chozas en recuerdo de la providencia divina.3.3 Del zikkaron judío a la anámnesis eucarísticaEl memorial, en cuanto categoría bíblica, es precisamente lo que da continuidad entre la pascua judía y la Eucaristía: ambas son un memorial. Lo que Jesús hizo en el Cenáculo fue mantener el molde y cambiarle el contenido: “esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros. Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19). Aquella palabra —memoria— debió evocar en los Doce la misma palabra contenida en el libro del Éxodo. En el contexto paulino —Lc 22, 19 y 1 Co 11, 24-25—, el mandato de Jesús cobra un carácter marcadamente memorial: una acción ya conocida y ritualmente establecida es plasmada de tal modo que se convierte en memorial de Cristo.De esta raíz procede el llamado hodie —el “hoy” litúrgico—: la celebración memorial sitúa en contacto sacramental con el acontecimiento salvífico, de manera que la liturgia puede afirmar “hoy Cristo ha nacido”, “hoy se ha manifestado el Espíritu Santo”, “hoy ha sido llevada al cielo la Virgen” .3.4 La anámnesis en las Plegarias EucarísticasEsta estructura memorial se verifica en cada Plegaria Eucarística siguiendo una secuencia constante: memores —haciendo memoria—, offerimus —te ofrecemos— y gratias agentes —dando gracias—. La fuente de la Plegaria Eucarística II, la Traditio Apostolica de san Hipólito (siglo III), lo formula así:“Así pues, Padre, al celebrar el memorial (memores) de la Muerte y Resurrección de tu Hijo, te ofrecemos (offerimus) el Pan de vida y el Cáliz de salvación y te damos gracias (gratias agentes) porque nos haces dignos de servirte en tu presencia.” .Esta misma estructura se repite, con variaciones propias, en las restantes Plegarias Eucarísticas del Misal. La Plegaria Eucarística I, o Canon Romano, reza:“Por eso, Padre, nosotros, tus siervos, y todo tu pueblo santo, al celebrar este memorial (memores) de la Muerte gloriosa de Jesucristo, tu Hijo, Nuestro Señor, de su santa Resurrección del lugar de los muertos y de su admirable Ascensión a los cielos, te ofrecemos (offerimus), Dios de gloria y majestad, de los mismos bienes que nos has dado, el Sacrificio puro, inmaculado y santo, Pan de vida eterna y Cáliz de eterna salvación”La Plegaria Eucarística III formula la misma anámnesis del siguiente modo:“Así pues, Padre, al celebrar ahora el memorial (memores) de la Pasión salvadora de tu Hijo, de su admirable Resurrección y Ascensión al Cielo, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos (offerimus) en esta acción de gracias (gratias referentes), el Sacrificio vivo y santo” .La Plegaria Eucarística IV, por su parte, precisa:Por eso, Padre, al celebrar ahora el memorial (memoriale celebrantes) de nuestra Redención, recordamos la Muerte de Cristo y su descenso al lugar de los muertos, proclamamos su Resurrección y Ascensión a tu derecha; y, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos (offerimus) su Cuerpo y su Sangre, sacrificio agradable a ti y salvación para todo el mundo” .Las Plegarias Eucarísticas de la Reconciliación recogen la misma lógica anamnética, aplicada al don de la paz y del perdón. La primera dice:“Así pues, al celebrar el memorial (memores) de tu Hijo Jesucristo, nuestra Pascua y nuestra paz definitiva, celebramos su muerte y resurrección de entre los muertos, y, mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos (offerimus), Dios fiel y misericordioso, la Víctima que reconcilia a los hombres contigo” .La segunda Plegaria de la Reconciliación añade un matiz teológico de particular relieve:“Así pues, al celebrar el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo, que nos dejó esta prenda de su amor, te ofrecemos (offerimus) lo que tú nos entregaste: el sacrificio de la reconciliación perfecta”.Esta fórmula constituye una confesión explícita: la Iglesia ofrece al Padre aquello mismo que el Padre le entregó. Finalmente, la Plegaria Eucarística para las Misas por Diversas Necesidades cierra esta serie:“Por eso nosotros, Padre santo, al celebrar el memorial (memores) de Cristo, tu Hijo, nuestro Salvador, al que condujiste, por su pasión y muerte en cruz, a la gloria de la resurrección, y lo sentaste a tu derecha, anunciamos la obra de tu amor hasta que él venga, y te ofrecemos (offerimus) el pan de vida y el cáliz de bendición” .3.5 El memorial en la eucología del Misal RomanoLa categoría del memorial no se limita a las Plegarias Eucarísticas, sino que impregna también la eucología ordinaria del Misal. La oración sobre las ofrendas que se proclama el Domingo II del Tiempo Ordinario y en la Misa In Cena Domini, cuya fuente es el Sacramentario Veronense (siglo vi), atribuido a León Magno, reza:“Concédenos, Señor, participar dignamente en estos sacramentos, pues cada vez que se celebra el memorial del sacrificio de Cristo se realiza la obra de nuestra redención”.En la misma línea, la oración colecta de la solemnidad de Corpus Christi —fiesta instituida en el siglo xiii por el papa Urbano IV (1264) para subrayar la centralidad de la Eucaristía—, atribuida a santo Tomás de Aquino, suplica:“Oh, Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión; te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención” .El fundamento conciliar de toda esta eucología se encuentra en Sacrosanctum Concilium: “Nuestro Salvador instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con lo cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el Sacrificio de la Cruz y a confiar a su Esposa, la Iglesia, el Memorial de su Muerte y Resurrección” .3.6 El memorial: actualización, no solo recuerdoEl Catecismo de la Iglesia Católica resume con precisión el alcance teológico de cuanto se ha expuesto:“La liturgia no solo recuerda los acontecimientos que nos salvaron, sino que los actualiza y los hace presentes. La celebración memorial nos sitúa en contacto sacramental con el acontecimiento salvífico. La anámnesis pone en acto la irrupción del misterio en el espacio y en el tiempo: provoca que lo que ocurrió, ocurra hoy, aquí y ahora” .Este “hoy” litúrgico se funda en la singularidad absoluta del acontecimiento pascual, según lo describe el mismo Catecismo:“Cuando llegó su hora, vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita de entre los muertos y se sienta a la derecha del Padre ‘una vez por todas’. Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado” .Esta lectura del n. 1085 del Catecismo recoge la intuición del teólogo Jean Corbón , para quien existe “un acontecimiento histórico que el tiempo no devora”. De ahí se sigue una consecuencia pastoral de primer orden: cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía —con este Misal renovado, en esta lengua, en esta tierra colombiana— no conmemora un pasado lejano, sino que hace presente, aquí y ahora, el único Misterio de Cristo. Queda entonces por precisar con qué disposiciones interiores conviene acercarse a esa actualización sacramental, cuestión que aborda directamente la carta apostólica Desiderio desideravi.4. Desiderio desideravi: las claves del papa Francisco para celebrar y vivir la liturgia4.0 Presentación del documento“Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer” (Lc 22, 15): con esta cita evangélica, que da título a la carta, el papa Francisco introduce Desiderio desideravi, carta apostólica sobre la formación litúrgica del Pueblo de Dios, firmada el 29 de junio de 2022. No se trata de un documento disciplinar, sino de una invitación a la formación litúrgica, según sus propias palabras: “con esta carta quisiera simplemente invitar a toda la Iglesia a redescubrir, custodiar y vivir la verdad y la fuerza de la celebración cristiana” (DD, n. 16). Si la nueva edición del Misal —expuesta en la segunda parte de este artículo— ofrece el texto renovado, y la anámnesis —expuesta en la tercera parte— explica qué es lo que se celebra, Desiderio desideravi enseña cómo disponerse a vivirlo, mediante cinco claves: encuentro, belleza, asombro, formación y ars celebrandi.El punto de partida de las cinco claves es, una vez más, la Última Cena. Toda la historia de la salvación es una preparación de esa Cena (DD, n. 3); Jesús sabe que es el Cordero pascual (n. 4), y esa misma Cena se hará presente en cada Eucaristía hasta su vuelta (n. 4 y n. 7). El contenido del Pan partido es la Cruz de Jesús, su sacrificio en obediencia amorosa al Padre, de modo que la Última Cena constituye una anticipación ritual de la muerte del Señor (n. 7): es precisamente el Cuerpo entregado y la Sangre derramada lo que se conmemora en cada Eucaristía (n. 7).4.1 Encuentro“Aquí está la poderosa belleza de la liturgia” (DD, n. 10): la primera clave que propone el papa Francisco es la del encuentro, pues la Encarnación, además de ser el único y novedoso acontecimiento que la historia conozca, es también el método que la Santísima Trinidad ha elegido para abrirnos el camino de la comunión (n. 10).4.2 BellezaLa segunda clave es la belleza, que el papa describe en términos de identificación existencial con los personajes evangélicos: “El poder salvífico del sacrificio de Jesús, de cada una de sus palabras, de cada uno de sus gestos, mirada, sentimiento, nos alcanza en la celebración de los Sacramentos. Yo soy Nicodemo y la Samaritana, el endemoniado de Cafarnaún y el paralítico en casa de Pedro, la pecadora perdonada y la hemorroísa, la hija de Jairo y el ciego de Jericó, Zaqueo y Lázaro; el ladrón y Pedro, perdonados”.Esta belleza se hace experiencia concreta, en primer lugar, en el Bautismo, nuestro primer encuentro con la pascua de Cristo (n. 12). El modo en que esto acontece resulta especialmente conmovedor: la plegaria de bendición del agua bautismal revela que Dios creó el agua precisamente en vista del bautismo (n. 13), de manera que, sin esta incorporación sacramental, no hay posibilidad de experimentar la plenitud del culto a Dios.4.3 AsombroLa tercera clave es el asombro, entendido como admiración ante el hecho de que el plan salvífico de Dios nos haya sido revelado en la pascua de Jesús, cuya eficacia sigue llegándonos en la celebración de los sacramentos (n. 25). Se trata de la actitud de quien sabe que está ante la peculiaridad de los gestos simbólicos, y de la maravilla de quien experimenta la fuerza del símbolo y lo que este significa (n. 26).4.4 FormaciónLa cuarta clave, la formación, exige tanto un conocimiento teológico —el sentido teológico de la liturgia, descrito admirablemente en SC, n. 7— como el dinamismo de la celebración, los textos eucológicos y los dinamismos rituales. Esta formación se dirige a todos los fieles, pero en primer lugar a quienes presiden la asamblea, para que puedan guiar a sus hermanos. Conviene, sin embargo, precisar de qué tipo de formación se trata, pues el papa Francisco advierte:“La liturgia no tiene que ver con el ‘conocimiento’, y su finalidad no es primordialmente pedagógica (aunque tiene un gran valor pedagógico) … sino que es la alabanza, la acción de gracias por la Pascua del Hijo, cuya fuerza salvadora llega a nuestra vida. La plenitud de nuestra formación es la conformación con Cristo. Repito: no se trata de un proceso mental y abstracto, sino de llegar a ser Él” .Esta formación, por tanto, no es solo conocimiento intelectual, sino implicación existencial con la persona de Cristo (n. 41), una implicación que los Padres describieron en términos de deificación: nuestra participación en el Cuerpo y la Sangre de Cristo no tiende a otra cosa sino a convertirnos en lo que comemos, según la expresión de san León Magno. Esta implicación existencial tiene lugar precisamente por vía sacramental (n. 42).De aquí se desprende la centralidad del lenguaje simbólico, camino que la Santísima Trinidad ha elegido para llegar a nosotros en la carne del Verbo (n. 44). Se delinea así la primera tarea de toda formación litúrgica: el hombre ha de ser capaz de símbolos (n. 44), lo cual plantea dos preguntas urgentes para la pastoral actual: ¿cómo volver a ser capaces de símbolos? ¿Cómo volver a saber leerlos para vivirlos? La respuesta remite a la naturaleza sacramental de la liturgia misma, según la fórmula conciliar: “en ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre” (SC, n. 7).El símbolo litúrgico, en efecto, “no solo da una clave de lectura global de la realidad creada, sino que es una vía muy apta para conducirnos al misterio de Dios… el símbolo es receptivo de la realidad divina que él mismo señala, en su humildad y desbordamiento… habla de la reciprocidad divina”. El símbolo litúrgico es, en suma, el puente que une lo humano y lo divino, sin confundirlos, en el acontecer sacramental —el baño bautismal, la unción con aceite, el pan eucarístico, la vestidura blanca, entre otros—.Esta capacidad simbólica encuentra su fundamento último en el principio per visibilia ad invisibilia: el símbolo es una vía privilegiada para percibir el mundo como transparencia del misterio de Dios, como lo reconoce la poesía: poetas y pensadores, tanto de Oriente como de Occidente, muestran que toda cosa encierra un misterio que remite a Dios, y que la metáfora y el símbolo permiten ascender de lo sensible a lo inteligible, preparando el espíritu para comprender la lógica sacramental de la fe. Esta comprensión simbólica constituye un hilo conductor que atraviesa la historia entera: desde la filosofía antigua y la patrística, pasando por la teología medieval y moderna, hasta el magisterio actual. Pseudo-Dionisio, Orígenes y Newman expresan que la Encarnación es el corazón del pensamiento sacramental, pues en Cristo lo visible se convierte en mediación de lo invisible; autores contemporáneos como Saussure, Rahner, Schillebeeckx y Chauvet, junto con el documento Orientale Lumen, prolongan esta misma línea al afirmar que la participación trinitaria se realiza a través de la liturgia.Finalmente, esta formación encuentra su escuela privilegiada en los santos, conforme a la exhortación de Juan Pablo II a aprender la verdadera piedad eucarística en su ejemplo: “en ellos la teología de la Eucaristía adquiere todo el esplendor de una realidad vivida y, en cierto modo, calienta nuestros corazones” (Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 62).4.5 Ars celebrandiLa quinta y última clave, ars celebrandi, corona y recapitula las cuatro anteriores. El arte de celebrar no es una habilidad técnica ni un refinamiento estético, sino el modo en que el misterio de Cristo se hace presente en la acción ritual; constituye, por ello, la expresión más alta de la formación litúrgica. Comprende, ante todo, la fidelidad a los ritos, es decir, celebrar como la Iglesia celebra, respetando la forma ritual aprobada, sin añadidos ni sustracciones arbitrarias —lo que excluiría tanto el rubricismo vacío como el relativismo creativo descritos al inicio de este artículo—. Comprende, además, una presencia interior: el celebrante no ejecuta un ceremonial, sino que actualiza el misterio de Cristo, y esta ars celebrandi exige, por tanto, una verdadera conversión personal.Se confirma así, en el cierre de esta cuarta parte, la afirmación con la que se abrió este artículo: “en la liturgia nos jugamos el destino de la fe y de la Iglesia”, pues “la cuestión litúrgica ha cobrado hoy una relevancia que antes no podíamos prever” (Benedicto XVI). Si “la liturgia es la cumbre a la cual tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” (SC, n. 10), comprendemos bien lo que está en juego en la cuestión litúrgica (DD, n. 31).ConclusionesEl recorrido propuesto en este artículo permite extraer varias conclusiones articuladas en torno al objetivo general enunciado. En primer lugar, la cuarta edición colombiana del Misal Romano (2025) no es un episodio aislado, sino el último eslabón de un proceso iniciado por el Concilio Vaticano II y desarrollado a través de tres ediciones típicas latinas (1970, 1975, 2000/2002) y de cuatro recepciones colombianas sucesivas (1972, 1982, 2007, 2025); cada una de estas ediciones ha respondido a causas teológicas y pastorales concretas, desde la supresión del subdiaconado hasta la incorporación de la traducción litúrgica oficial de la Biblia y de una iconografía propiamente inculturada.En segundo lugar, la renovación textual y rubrical del Misal carecería de sentido pleno si no se la comprende desde la categoría teológica de la anámnesis: el memorial bíblico del zikkaron, recibido y transformado por Cristo en la Última Cena, explica por qué la Iglesia, al celebrar, no conmemora un pasado lejano, sino que actualiza sacramentalmente el único Misterio de Cristo, “un acontecimiento histórico que el tiempo no devora”. Esta verdad, confirmada por todas las Plegarias Eucarísticas y por la eucología tradicional del Misal, constituye el fundamento por el cual cada celebración “realiza la obra de nuestra redención”.En tercer lugar, esta actualización sacramental exige, según Desiderio desideravi, una disposición interior específica, articulada en las cinco claves del encuentro, la belleza, el asombro, la formación y el ars celebrandi. Estas claves previenen tanto el esteticismo-rubricismo como el relativismo litúrgico señalados en la introducción, al recordar que la liturgia no es primordialmente pedagógica, sino salvífica, y que su finalidad última es la conformación del fiel con Cristo.Se concluye, en consecuencia, que la nueva edición del Misal Romano para Colombia, el memorial eucarístico y el ars celebrandi no son tres asuntos independientes, sino tres momentos solidarios de una misma realidad eclesial: “no es indiferente el modo de celebrar”. La manera exterior y ritual de la celebración puede ayudar —o estorbar— la sintonía con el misterio que se celebra; de ahí que la nueva edición del Misal sea, en definitiva, un instrumento al servicio del memorial que actualiza el Misterio de Cristo, llamado a vivirse con las disposiciones que pide Desiderio desideravi. Queda como tarea pastoral inmediata, para el clero de Armenia y para toda la Iglesia en Colombia, releer los nuevos textos del Misal a la luz de estas tres claves, de modo que, también en esta tierra colombiana, “cada vez que se celebra el memorial del sacrificio de Cristo, se realiza la obra de nuestra redención”.P. Jairo de Jesús Ramírez RamírezDirector del Departamento de LiturgiaConferencia Episcopal de Colombia

Mié 24 Jun 2026

La familia, camino de reconciliación y constructora de paz

Por Mons. Félix Ramírez Barajas - La familia continúa siendo el lugar más seguro e importante para el crecimiento humano, afectivo, espiritual y social de la persona. Es la primera escuela donde aprendemos a amar, confiar, compartir, respetar y descubrir el valor infinito de los demás. En ella se forman los cimientos de nuestra personalidad y se siembran las actitudes que posteriormente orientarán nuestra manera de relacionarnos con el mundo.Frente a esta realidad, la familia, que es un don de Dios y que incluso puede ser considerada un verdadero “lugar teológico”, está llamada a redescubrir su vocación como escuela de reconciliación, taller de humanidad y semillero de paz. La paz familiar no consiste en la ausencia de problemas o diferencias, sino en la capacidad de afrontarlos desde el diálogo, el respeto, la escucha mutua y el amor. Toda familia atraviesa momentos de tensión, pero cuando existe la disposición sincera para comprender, perdonar y comenzar de nuevo, las dificultades pueden transformarse en oportunidades de crecimiento y maduración.La experiencia demuestra que muchas heridas familiares permanecen abiertas durante años porque faltan espacios auténticos de encuentro. Con frecuencia se acumulan resentimientos, silencios dolorosos, palabras no dichas y situaciones que terminan debilitando la convivencia. Por ello, la reconciliación exige valentía. Requiere la decisión de entrar en una verdadera pedagogía del encuentro, donde cada persona se atreve a reconocer sus errores, a escuchar el sufrimiento del otro y a reconstruir puentes allí donde antes existían muros. Lejos de ser una muestra de debilidad, el perdón constituye una de las expresiones más elevadas de madurez humana y espiritual.La fe cristiana ofrece una luz particular para este proceso. El Evangelio nos presenta a Jesucristo acercándose constantemente a las personas heridas para devolverles la esperanza y restaurar su dignidad. Su vida nos enseña que ninguna situación humana está definitivamente perdida cuando se abre espacio al amor y a la misericordia. En este sentido, la reconciliación familiar no depende únicamente de los esfuerzos humanos; también es fruto de la gracia de Dios que transforma los corazones y renueva las relaciones.La familia posee una misión insustituible en la construcción de la paz. Antes de que la paz se convierta en una realidad social, política o cultural, debe nacer en el corazón de las personas. Y es precisamente en la familia donde se siembran las primeras semillas de esa paz. Allí se aprende a respetar las diferencias, a compartir, a resolver conflictos sin violencia, a cuidar de los más vulnerables y a reconocer la dignidad de cada persona.Por esta razón, la construcción de una cultura de paz comienza en la vida cotidiana del hogar. Cada gesto de escucha, cada palabra amable, cada acto de servicio y cada experiencia de perdón son semillas que, aunque parezcan pequeñas, tienen la capacidad de producir frutos abundantes para toda la sociedad. Lo que se cultiva en el interior de la familia termina proyectándose hacia la comunidad, las instituciones y las relaciones sociales.El Papa Francisco afirmaba que «el bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia» (Amoris Laetitia, 31). Esta afirmación pone de manifiesto la importancia de fortalecer los vínculos familiares, pues una familia reconciliada no solamente beneficia a sus miembros, sino que se convierte en una fuerza transformadora para la sociedad. Allí donde una familia vive el amor, el respeto y la solidaridad, se generan ciudadanos capaces de construir relaciones más justas, fraternas y pacíficas.De igual manera la encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV insiste en la necesidad de custodiar la dignidad de toda persona y promover una auténtica cultura del encuentro. Esta invitación adquiere un significado especial dentro de la familia, donde cada miembro necesita sentirse escuchado, valorado y amado. La reconciliación comienza precisamente cuando dejamos de ver al otro como un adversario y volvemos a reconocerlo como un hermano, una hermana, un hijo o un padre que ha sido confiado por Dios a nuestro cuidado.La familia es también una escuela de esperanza. En un mundo marcado por la polarización, la violencia, la indiferencia y la incertidumbre, los hogares están llamados a ser espacios donde se cultive la confianza, la fraternidad y la capacidad de creer en el bien. La esperanza se aprende cuando los hijos observan a sus padres superar las dificultades con fe; cuando los esposos perseveran en el amor a pesar de las pruebas; cuando las familias descubren que las crisis no tienen la última palabra y que siempre es posible comenzar de nuevo.Por ello, resulta fundamental recuperar el valor del diálogo intergeneracional. Muchas tensiones familiares nacen de las diferencias de pensamiento, de las distintas experiencias de vida o de la influencia de factores externos que dificultan la comprensión mutua. Sin embargo, cuando las generaciones se escuchan con respeto, descubren que comparten los mismos anhelos fundamentales: amar, ser amados y construir una vida plena. El diálogo sincero abre caminos de reconciliación que antes parecían imposibles.La familia sigue siendo una de las mayores esperanzas para la Iglesia y para la humanidad. A pesar de las dificultades que enfrenta, conserva una extraordinaria capacidad para educar en el amor, transmitir valores y generar ambientes de paz. Cada acto de reconciliación vivido en el hogar contribuye a la construcción de aquello que san Pablo VI llamó la “civilización del amor”: una sociedad fundada en la dignidad humana, la solidaridad, la justicia y la fraternidad.Por ello, la reconciliación familiar debe entenderse como una tarea permanente. Es un camino que exige paciencia, humildad y perseverancia, pero cuyos frutos son inmensamente valiosos. Allí donde una familia logra sanar sus heridas y recuperar la comunión, nace una esperanza nueva para la Iglesia y para la sociedad. En medio de un mundo marcado por divisiones, conflictos y diversas formas de violencia, la familia está llamada a seguir siendo un signo concreto de que el amor es más fuerte que el odio, que el perdón puede vencer el resentimiento y que la paz es posible. La oración, la lectura y meditación de la Palabra de Dios, la vida sacramental y la práctica de la caridad son caminos privilegiados para fortalecer esta vocación. De este modo, las familias podrán convertirse verdaderamente en sembradoras de esperanza, constructoras de reconciliación y artesanas de paz para una auténtica civilización del amor.Mons. Félix Ramírez BarajasObispo de Málaga-SoatáMiembro de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia