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Monseñor Rueda: “Que paren las guerras, las masacres y homicidios”
Al concluir la CXII la Asamblea Plenaria, el presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, monseñor Luis José Rueda Aparicio, concedió una entrevista a Radio Vaticano-Vatican News, donde compartió acerca de las conclusiones del trabajo que los obispos realizaron durante los cinco días de sesión.
AQUÍ la entrevista completa ⬇️
La Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Colombiana concluyó con un llamado a acabar con la espiral de violencia y muerte en el país, pero también a vivir este momento con esperanza y responsabilidad, sobre todo ante las elecciones que se aproximan. Vatican News en conversación con el presidente del episcopado, monseñor Luis José Rueda Aparicio.
“Las alternativas militaristas no son las únicas y deben ir acompañadas por un compromiso de desarrollo humano integral real”. “Hay un contexto de violencia creciente fruto del narcotráfico”. “Hay mucho derramamiento de sangre, muchos muertos, muchos civiles que han perdido la vida”. “Nosotros creemos en el duro camino del diálogo, que es un arte difícil”. Estas son solo algunas ideas tomadas de la entrevista con monseñor Luis José Rueda Aparicio, arzobispo de Bogotá y presidente de la Conferencia episcopal colombiana (CEC) al término de la Asamblea Plenaria, la número 112, en un país sometido por la violencia, la insurgencia, el narcotráfico, la corrupción y la pobreza.
El camino sinodal emprendido por la Iglesia fue el tema central de la plenaria, que tuvo lugar del 14 al 18 de febrero, de forma presencial, pero también lo fueron la realidad del país, que se aproxima a una serie de elecciones legislativas y presidenciales, mientras los grupos insurgentes y la criminalidad organizada no dan tregua a una población sometida por la violencia. También se habló del trabajo que lleva adelante la Red Eclesial Panamazónica (REPAM) en Colombia y se anunció la campaña Dona Nobis, que busca reunir fondos para la obra evangelizadora de la Iglesia en el país.
Entrevista con monseñor Luis Rueda Aparicio, presidente del episcopado colombiano. [icon class='fa fa-download fa-2x'] AQUÍ[/icon]
Escucha: Palabra clave
El presidente de la CEC, ante los micrófonos de Radio Vaticano-Vatican News, nos ofrece un panorama sobre la plenaria del episcopado y los desafíos de la Iglesia y la sociedad. Comenzando por la sinodalidad, abordada por los obispos bajo el tema: “Por una iglesia sinodal, comunión, participación y misión”. ¿Cuáles han sido los puntos resaltantes en esta reflexión de los obispos?
Primero, hemos hecho un puente de comunión total y plena con el Sucesor de Pedro, con el Papa Francisco. Segundo, hemos hecho todo el esfuerzo de implementar en las diócesis y vicariatos apostólicos de nuestro país, la consulta, la escucha, sinodal en el primer momento. Pero también, teníamos que hacerla entre nosotros, como obispos, como servidores de la evangelización en Colombia. Juntarnos para poder asumir este espíritu sinodal desde nuestra propia misión y desde nuestra propia condición de servidores de la pastoral como obispos.
Elecciones: Participación y fin de la violencia
P:/ Se sabe que la Iglesia no puede estar apartada de la realidad en la que vive. Los obispos han hablado de la situación del país y han dirigido un mensaje a propósito de las próximas elecciones legislativas ¿En qué contexto se enmarcan estos comicios y cuáles son los desafíos?
R:/ Los comicios electorales que se aproximan, tanto los legislativos como las dos vueltas presidenciales, marcan un año democrático de mucha importancia para Colombia. También tenemos grandes desafíos. Hay un contexto de violencia creciente que se ha venido incrementando fruto del narcotráfico, fruto de grupos armados que han hecho presencia en Colombia y en la región. Entonces, hay mucho derramamiento de sangre, hay muchos muertos, muchos civiles que han perdido la vida y hay muchos atentados contra la vida.
Por eso, en ese contexto, nosotros hemos hecho un llamado, primero a todos los colombianos a asumir con responsabilidad este momento crucial de la democracia de Colombia. Segundo, hemos hecho un llamado a los candidatos para que asuman la responsabilidad del servicio al bien común, para que no se dejen corromper y para que no generen odios que van a generar también, como consecuencia, más guerra y más violencia entre los colombianos. Y tercero, hemos hecho un llamado a la esperanza, un llamado a sentir que este es un momento para vivirlo con responsabilidad y con esperanza.
Cese al fuego
P:/ La iglesia colombiana en más de una oportunidad se ha propuesto como mediadora, en diversos momentos críticos, convocando a un diálogo, sobre todo, con el gobierno y las partes en conflicto. Este viernes, instituciones católicas y organizaciones internacionales han pedido un alto al fuego y la protección de la población civil. Como obispos también han solicitado un encuentro con el presidente de la república, Iván Duque. ¿ Cómo se podría abrir un diálogo que mejore la situación de conflicto que existe en el país?
R:/ Los obispos de Colombia hemos hecho un llamado al cese al fuego. Hemos dicho a todos los grupos armados que están en conflicto en nuestro país que paren la guerra, que paren las masacres, que paren los homicidios, que permitan que vivamos un proceso democrático en reconciliación y paz. Pero, además, los obispos de distintas regiones del país como la zona limítrofe con Venezuela, el Catatumbo Ocaña y Arauca.
Igualmente, los de la zona del Pacífico, donde está el Departamento del Chocó, hemos llamado al gobierno nacional para que permita que entablemos diálogos. Le hemos dicho al gobierno también que no escatimen ninguna posibilidad de diálogo para que esta situación dolorosa en nuestro país, tenga una salida racional, pronta y estable.
No a la ideología de guerra
P:/ Precisamente, usted ha dicho una frase enérgica en la rueda de prensa: “No aceptamos la ideología de guerra”. Hablando también de la situación del Chocó o del Arauca, por ejemplo, hay asesinatos, narcotráfico, guerrilla, criminalidad, ocupaciones, desplazamientos y, también, una situación de militarización muy grande. En este sentido, ¿en qué consiste esa “ideología de guerra” de la que usted habla? ¿Es solamente por parte de la insurgencia o también la fuerte militarización que hay actualmente?
R:/ Hay una cadena de muerte en Colombia que lleva muchas décadas. Por un lado, el narcotráfico, que ha hecho de Colombia un lugar de producción, de consumo, de procesamiento y, también, de exportación a Europa y a Estados Unidos de la coca. Con eso, el narcotráfico compra armas y, con esas armas, se trabaja a través de los grupos, ya sea de paramilitares o guerrilleros que están haciendo mucho daño y que ponen a la población civil en medio de los fuegos, todo por adueñarse del producto del narcotráfico, pero también por adueñarse de los territorios, dónde viven los campesinos, los indígenas, los afroamericanos, los más pobres.
Por eso, nuestro llamado contundente es a parar la guerra, a respetar el derecho internacional humanitario y a quitar toda forma de conflicto para que podamos encontrarnos, reconciliarnos, soñar y trabajar por una Colombia posible, viable, reconciliada que respete la vida y en paz.
Azotados por el conflicto
P:/ ¿Usted cree que la manera de solucionar estos problemas sea solo un gran desplazamiento de fuerzas del orden, fuerzas de seguridad y de militares para detener el conflicto o existen también otras alternativas?
R:/ Sin duda que existen muchas alternativas. Lo primero es atender, escuchar a la población civil que está en estos territorios azotados por un conflicto recio, profundo, que les quita las tierras y les quita la vida. Pero, además, es necesario que haya un protagonismo de todas las comunidades. Finalmente, es muy importante que sepan que nosotros como Iglesia, los sacerdotes, la vida consagrada, los laicos, ese Pueblo de Dios que peregrina en Colombia, creemos y esperamos una posibilidad mayor de reconciliación, de encuentro. Sin duda que hay muchos caminos.
Nosotros creemos en el duro camino del diálogo, que es un arte difícil, para sentarnos a dialogar como se ha hecho en otras ocasiones, es la única posibilidad racional. Lo ha dicho el Papa Francisco: O todos somos hermanos o todos nos hundimos. Y nosotros queremos optar por un camino de fraternidad que le dé horizontes de esperanza y de vida nueva a todos colombianos, porque aquí no sobra nadie. Entonces, las alternativas militaristas no son las únicas y deben ir acompañadas por un compromiso de desarrollo humano integral real y concreto en todas las regiones.
Periodistas: servidores de la verdad
P:/ Monseñor Rueda, por último, durante la Asamblea Plenaria se celebró el Día Nacional del Periodista, el miércoles 16 de febrero. ¿Cuál es, a su juicio, la importancia de los medios de comunicación y de los periodistas en la construcción de la paz en Colombia?
R:/ Felicito a todos los periodistas, de Colombia y del mundo. Tienen una gran responsabilidad. Nos encontramos con ellos aquí en la sede de la conferencia episcopal y pudimos dialogar, como seres humanos, y a la luz del mensaje del Santo Padre, los invitamos de la verdad, a ser misioneros de la esperanza, a ser servidores de una vida posible en Colombia. Ellos saben de esa gran responsabilidad que tienen, y por eso los estamos invitando a que sean servidores para evitar toda polarización, evitar todo odio, todo rencor, para que estos comicios electorales transcurran en la verdad y que sepan que, con la comunicación en todos los medios, nos pueden ayudar a buscar el bien común de todos los colombianos.
Fuente: Radio Vaticano-Vatican News
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Mar 21 Jul 2026
La cercanía a los mayores, eje de la VI Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores
La Conferencia Episcopal de Colombia, a través de su Departamento Estado Laical, pone a disposición de las diversas diócesis, parroquias y comunidades del país, los materiales oficiales preparados por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida para animar la celebración de la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores 2026.El próximo domingo 26 de julio, la Iglesia católica celebrará la VI Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores, instituida por el Papa Francisco en 2021 y conmemorada cada año en el cuarto domingo de julio, en cercanía a la memoria litúrgica de san Joaquín y santa Ana, los abuelos de Jesús.Para este 2026, el Papa León XIV ha elegido como lema de la Jornada "Yo no te olvidaré" (Is 49,15), una expresión inspirada en el libro del profeta Isaías que recuerda la fidelidad del amor de Dios hacia cada persona, especialmente hacia quienes experimentan la fragilidad, la soledad o el olvido.Un llamado a reconocer el valor de los mayoresA través de su mensaje para esta Jornada, el Santo Padre invita a toda la Iglesia a redescubrir el lugar que ocupan los adultos mayores en la vida de las familias, de las comunidades y de la sociedad.El Pontífice recuerda que muchas personas mayores viven hoy la experiencia del abandono o la invisibilidad, pero afirma que el amor de Dios nunca deja de acompañarlas. En este contexto, anima especialmente a las nuevas generaciones a recuperar la cercanía con sus abuelos y con quienes viven la vejez en soledad.Asimismo, señala que esta Jornada constituye una oportunidad concreta para que las comunidades cristianas hagan visible la ternura de Dios mediante gestos de encuentro, escucha y acompañamiento hacia los mayores.Más adelante, el papa León XIV dirige un mensaje de esperanza a las personas mayores, invitándolas a vivir esta etapa de la vida como un tiempo de fe, reconciliación y servicio desde la oración, recordando además el valor de su testimonio para las nuevas generaciones y su aporte en la construcción de la paz.Material oficial para animar la celebración en ColombiaCon el propósito de favorecer la participación de las comunidades eclesiales del país, el Departamento Estado Laical de la Conferencia Episcopal de Colombia comparte el material oficial elaborado por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, invitando a las diócesis, parroquias, movimientos y demás expresiones eclesiales a promover las iniciativas pastorales propuestas para esta Jornada.El subsidio ofrece orientaciones para preparar y celebrar este día, insistiendo en que el cuidado y la cercanía hacia los mayores deben formar parte de la vida ordinaria de las comunidades cristianas durante todo el año.Entre las principales propuestas pastorales se destacan:-Celebrar una Eucaristía dedicada especialmente a los abuelos y las personas mayores, promoviendo su participación activa en la comunidad.-Visitar a los mayores que viven solos, en hospitales, hogares geriátricos o en sus propias viviendas, llevando el mensaje del Papa y compartiendo un tiempo de escucha y cercanía.-Involucrar a los jóvenes en la organización de encuentros intergeneracionales, campañas de sensibilización y visitas a los adultos mayores, fortaleciendo los vínculos entre generaciones.-Promover espacios de reflexión sobre el mensaje del Santo Padre y favorecer que los mayores continúen siendo protagonistas de la vida pastoral de las comunidades.El documento también incluye la oración oficial de la Jornada, sugerencias para la liturgia, intenciones para la oración de los fieles y diversos recursos pastorales para facilitar su celebración en parroquias, diócesis y comunidades.Una invitación a vivir la cercaníaEn las orientaciones, el Dicasterio subraya que esta sexta edición quiere destacar especialmente la dimensión de la proximidad, animando a las comunidades cristianas a salir al encuentro de quienes atraviesan la vejez en condiciones de aislamiento."La Jornada sea para todos —y especialmente para los más jóvenes— una ocasión concreta para acercarse a sus abuelos, a los mayores de sus propias familias y, sobre todo, a aquellos que no tienen a nadie que los acompañe", expresa el documento pastoral.La Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores busca consolidarse así como una oportunidad para reconocer a los adultos mayores como guardianes de la memoria, testigos de la fe y maestros de vida, fortaleciendo una cultura del encuentro, la gratitud y el cuidado frente a la creciente realidad de la soledad y el descarte.
Mar 21 Jul 2026
Iglesia en Colombia inicia la Semana del Reconocimiento de la Fertilidad con una invitación a redescubrir el don de la vida
Del 21 al 25 de julio, la Iglesia Católica en Colombia celebra la Semana del Reconocimiento de la Fertilidad 2026, una iniciativa promovida por el Departamento de Promoción y Defensa de la Vida de la Conferencia Episcopal de Colombia (CEC) que busca generar espacios de formación, reflexión y oración para redescubrir la fertilidad humana como un don de Dios y promover una comprensión integral de los Métodos de Reconocimiento de la Fertilidad.La propuesta está dirigida a diócesis, parroquias, movimientos, agentes de pastoral y familias de todo el país. Para favorecer su participación, la Conferencia Episcopal de Colombia ha puesto a disposición un subsidio pastoral con orientaciones para la celebración de cada jornada, que incluye objetivos, actividades, recursos formativos, signos litúrgicos y una celebración eucarística conclusiva, de manera que las comunidades puedan desarrollar esta iniciativa de acuerdo con su realidad pastoral.Una propuesta para comprender la fertilidad desde una visión integralEl subsidio presenta esta semana como un camino para reconocer la fertilidad no solo desde su dimensión biológica, sino también como una realidad profundamente humana y espiritual, inscrita en la naturaleza del hombre y de la mujer.Inspirada en la encíclica Humanae Vitae, la iniciativa propone acercarse a los Métodos de Reconocimiento de la Fertilidad no únicamente como herramientas para conocer el ciclo femenino, sino como una verdadera escuela de amor, diálogo, corresponsabilidad y apertura a la vida. Asimismo, plantea una mirada que integra ciencia, antropología, espiritualidad y pastoral familiar, reafirmando la dignidad de la persona, el valor del matrimonio y la belleza del proyecto de Dios sobre la familia.En este contexto, la Semana tiene como objetivo promover una comprensión integral de los Métodos de Reconocimiento de la Fertilidad desde las perspectivas científica, antropológica y pastoral, favoreciendo una cultura del amor, la corresponsabilidad conyugal y la apertura responsable al don de la vida.Cinco días para formar, dialogar y orarLa programación se desarrollará a través de contenidos digitales, espacios de formación y momentos de oración.La jornada de apertura, este 21 de julio, está dedicada al tema "Reconocimiento de la fertilidad y los jóvenes". A través de dos videos difundidos en redes sociales se buscará aclarar qué son y qué no son los Métodos de Reconocimiento de la Fertilidad, desmontando mitos y falsas creencias para presentarlos como una propuesta científica, ética y humana al servicio del amor conyugal.El 22 de julio, a las 7:00 p.m., se realizará el webinar "Humanae Vitae: antropología y tecnología", transmitido por las redes sociales de la Conferencia Episcopal de Colombia. Participarán como ponentes la hermana María Constanza Ferreira Luna (Hermana Paloma), especialista en Ciencias del Matrimonio y la Familia, y el ginecólogo mexicano Víctor Manuel Topete Camarena, consultor del Modelo Creighton y la Naprotecnología. El encuentro abordará la visión cristiana de la sexualidad humana, la actual crisis de natalidad y el aporte de los Métodos de Reconocimiento de la Fertilidad al respeto por la dignidad de la persona y al fortalecimiento del amor conyugal.La reflexión continuará el 23 de julio con una jornada dedicada a la corresponsabilidad del hombre en el cuidado de la fertilidad, resaltando el Método Sintotérmico como una herramienta que fortalece la comunicación, el respeto mutuo y el discernimiento de la pareja.El 24 de julio, las actividades estarán orientadas a presentar los métodos Billings y Creighton, destacando sus fundamentos científicos y pastorales como alternativas respetuosas de la dignidad humana y abiertas al don de la vida.La Semana concluirá el 25 de julio con una Eucaristía por el don de la vida y la fecundidad del matrimonio, en la que se dará gracias por el matrimonio y la fertilidad humana, se orará por los matrimonios que esperan un hijo, por quienes experimentan el dolor de la infertilidad y por todas las familias llamadas a ser fecundas en el amor, la fe y la esperanza. La celebración tendrá como lema "Familias fecundas en el amor, peregrinas de esperanza".Una invitación para toda la Iglesia en ColombiaLa Conferencia Episcopal de Colombia invita a las jurisdicciones eclesiásticas, parroquias, movimientos y comunidades a unirse a esta Semana del Reconocimiento de la Fertilidad, aprovechando los recursos contenidos en el subsidio pastoral preparado para esta ocasión.Con esta iniciativa, la Iglesia busca seguir promoviendo una cultura de la vida que fortalezca a las familias, fomente relaciones basadas en el diálogo y la corresponsabilidad, y ayude a reconocer la fertilidad humana como un don que, vivido desde el amor y la fe, se convierte también en un camino de esperanza para la sociedad.
Mié 15 Jul 2026
"Colombia necesita sacerdotes con estilo sinodal": CXXI Asamblea deja llamado a fortalecer la formación sacerdotal
Como uno de los principales frutos de la CXXI Asamblea Plenaria del Episcopado Colombiano, los obispos y participantes invitados de los seminarios del país, dirigen una carta a todos los protagonistas de la formación inicial al presbiterado en Colombia en la que llaman a fortalecer la formación de sacerdotes cercanos al Pueblo de Dios, constructores de reconciliación y sembradores de esperanza. El mensaje recoge las principales convicciones surgidas durante este encuentro dedicado a reflexionar sobre la formación sacerdotal desde una perspectiva sinodal y misionera.La CXXI Asamblea Plenaria se llevó a cabo del 6 al 10 de julio en Bogotá bajo el lema "La formación inicial al presbiterado en perspectiva sinodal misionera". Durante esos días, más de 90 obispos compartieron espacios de oración, estudio y discernimiento con rectores y formadores de seminarios, seminaristas, religiosos y laicos, en una experiencia sinodal que enriqueció la reflexión sobre el presente y el futuro de la formación sacerdotal en el país.Un llamado a dejarse formar por CristoMás allá de presentar recomendaciones prácticas, la carta invita a comprender la formación sacerdotal como un camino de configuración con Jesucristo Buen Pastor.En ese sentido, los obispos y participantes de la CXXI Asamblea recuerdan a los seminaristas que el centro de todo proceso vocacional no está en las capacidades personales, sino en la acción de Dios:"No tengan miedo de dejarse moldear por Cristo. Permitan que Él transforme su corazón para que puedan amar con su mismo amor y servir con su misma entrega."A partir de esta convicción, los animan a cultivar una profunda vida espiritual, fortalecer la fraternidad, vivir con alegría su vocación y prepararse para ejercer un ministerio marcado por el servicio y la cercanía a las comunidades.El país necesita sacerdotes con estilo sinodalUno de los apartados más significativos de la carta describe el perfil de presbítero que hoy necesita la Iglesia en Colombia. Afirman que los desafíos actuales exigen sacerdotes capaces de caminar junto al Pueblo de Dios, escuchar antes de hablar y anunciar el Evangelio desde una auténtica cercanía con las personas.Como lo expresan en el documento:"Colombia necesita sacerdotes con estilo sinodal; profundamente enamorados de Jesucristo, hombres de comunión, cercanos al pueblo, sensibles al sufrimiento de los pobres, constructores de reconciliación y sembradores de esperanza."Más que una descripción ideal, esta afirmación recoge el horizonte pastoral que inspiró toda la Asamblea y proyecta sus reflexiones hacia la misión evangelizadora de la Iglesia en el país.Un reconocimiento a quienes forman a los futuros sacerdotesEl mensaje dedica también un apartado especial a los rectores y formadores de seminarios, cuyo servicio fue ampliamente valorado durante la Asamblea.Los obispos les agradecen la entrega con la que acompañan el discernimiento de las nuevas generaciones y les recuerdan que la formación se transmite, sobre todo, a través del testimonio cotidiano:"El primer instrumento formativo es el testimonio de la propia vida."Por ello, los animan a continuar ejerciendo esta misión con espíritu de comunión, cercanía y disponibilidad, conscientes de la influencia que tienen en la configuración humana, espiritual y pastoral de los futuros sacerdotes.Una misión compartida por toda la IglesiaLa carta concluye ampliando el horizonte de la reflexión desarrollada durante la Asamblea. La formación inicial al presbiterado, señalan los obispos, no puede entenderse como una tarea exclusiva de los seminarios, sino como una responsabilidad que compromete a toda la comunidad eclesial.En palabras de la carta:"La formación de los futuros sacerdotes es una responsabilidad compartida por toda la Iglesia."Desde esa convicción, invitan a sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos a acompañar estos procesos con su oración, su testimonio y su compromiso, convencidos de que la calidad de la formación sacerdotal repercute directamente en la vida de las comunidades y en la capacidad de la Iglesia para anunciar el Evangelio, fortalecer la comunión y servir con esperanza a Colombia.
Mar 14 Jul 2026
Cuarenta años después, el legado de San Juan Pablo II sigue iluminando el camino de la Iglesia en Colombia
A cuatro décadas de la histórica peregrinación apostólica de San Juan Pablo II, la Conferencia Episcopal de Colombia presenta un especial audiovisual y un reportaje escrito sobre el legado de esta peregrinación que marcó la historia del país, "40 años después: Los Siete Días Blancos de San Juan Pablo II en Colombia". Más que una conmemoración, esta producción invita a redescubrir los gestos, mensajes y enseñanzas que marcaron profundamente la vida de la Iglesia y de la nación, y cuya vigencia continúa iluminando el camino del pueblo colombiano.Una nación herida recibió a un peregrino de esperanzaEra julio de 1986. Colombia atravesaba uno de los momentos más complejos de su historia reciente. La violencia seguía golpeando distintas regiones del país y sembrando incertidumbre entre miles de familias. Al mismo tiempo, la nación aún intentaba sobreponerse a una tragedia que había conmovido al mundo entero. Apenas ocho meses antes, la erupción del volcán Nevado del Ruiz desencadenó una avalancha que sepultó a Armero, cobró la vida de más de veinte mil personas y dejó una herida imborrable en la memoria colectiva de los colombianos.Fue en ese contexto cuando, el 1 de julio de 1986, un peregrino descendió del avión papal y besó el suelo colombiano. No llegaba únicamente el Obispo de Roma ni el Jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano. Llegaba el Pastor de la Iglesia universal para encontrarse con un pueblo creyente que, en medio del dolor y la incertidumbre, seguía aferrado a la esperanza.Desde el primer momento, San Juan Pablo II quiso dejar claro el propósito de su viaje. Al iniciar su peregrinación apostólica expresó que llegaba a Colombia como "mensajero de evangelización", una misión que marcaría cada uno de sus encuentros y que daría sentido a todo su recorrido por el país.Durante siete días visitó Bogotá, Chiquinquirá, Tumaco, Popayán, Cali, Chinchiná, Pereira, Medellín, Armero, Lérida, Bucaramanga, Cartagena y Barranquilla. Fueron jornadas intensas que la historia bautizó como los "Siete Días Blancos", una expresión que sintetiza mucho más que un itinerario. Representa una peregrinación que congregó a millones de colombianos alrededor del Sucesor de Pedro y que convirtió plazas, estadios, templos y carreteras en escenarios de oración, encuentro y renovación espiritual.Sin embargo, el verdadero alcance de aquella visita no puede medirse únicamente por la magnitud de las concentraciones o el número de ciudades recorridas. Su huella permanece porque San Juan Pablo II supo leer la realidad de Colombia desde la fe y responder a ella con un mensaje profundamente evangélico.En cada encuentro, el Papa polaco habló de reconciliación a un país dividido; de esperanza a un pueblo golpeado por el sufrimiento; de dignidad humana allí donde la violencia pretendía imponerse; y de evangelización como el camino para transformar la sociedad desde el corazón del hombre.Aquella fue, ante todo, una visita pastoral. El Papa quiso encontrarse con los distintos rostros de Colombia: jóvenes, familias, campesinos, trabajadores, comunidades indígenas y afrodescendientes, enfermos, privados de la libertad, seminaristas, sacerdotes, religiosos, religiosas y obispos. Nadie quedó fuera de su mirada.Una peregrinación para confirmar la fe de un puebloDesde el inicio de su ministerio petrino, San Juan Pablo II había insistido en que la Iglesia debía salir al encuentro de los hombres y mujeres de cada tiempo para anunciar a Cristo como respuesta a las inquietudes más profundas del ser humano. Ese mismo horizonte marcó su paso por Colombia. No vino únicamente a presidir celebraciones multitudinarias; tampoco a pronunciar discursos protocolarios. Vino a confirmar en la fe a un pueblo profundamente creyente y a fortalecer la misión evangelizadora de una Iglesia llamada a responder a los desafíos de su tiempo.Cada ciudad representó un acento distinto de ese gran mensaje.En Chiquinquirá reafirmó la profunda identidad mariana del pueblo colombiano y renovó su confianza en la intercesión de Nuestra Señora del Rosario, Patrona de Colombia.En los encuentros con los jóvenes los invitó a no dejarse seducir por la violencia ni por el desaliento, sino a descubrir en Cristo el sentido de sus vidas y el compromiso con la construcción de una sociedad nueva.A las familias les recordó su vocación como primera escuela de fe, de reconciliación y de amor, insistiendo en que el hogar cristiano constituye un pilar insustituible para el futuro de la sociedad.A los trabajadores y campesinos les habló de la dignidad del trabajo humano, del valor de la solidaridad y de la necesidad de construir estructuras sociales más justas.A los sacerdotes, religiosos y religiosas, los llamó a vivir con fidelidad la propia vocación y a entregar la vida al servicio del Evangelio.Pero hubo dos momentos que sintetizaron de manera especial el corazón de toda la peregrinación: su visita a Armero y el encuentro con los obispos de Colombia. En ellos quedaron condensados dos grandes rasgos de su pontificado: la cercanía con quienes sufren y la convicción de que la Iglesia está llamada a ser signo de esperanza para los pueblos.Armero: cuando el Papa compartió el dolor de ColombiaLa visita a Armero fue, quizá, uno de los momentos más conmovedores de toda la peregrinación apostólica. No se trató simplemente de una escala más dentro del itinerario. San Juan Pablo II quiso hacerse presente en el lugar donde el sufrimiento de Colombia se había manifestado con mayor crudeza.El 13 de noviembre de 1985, la erupción del Nevado del Ruiz desencadenó una avalancha que sepultó la ciudad y provocó una de las mayores tragedias naturales de la historia del continente. Miles de familias perdieron a sus seres queridos, sus hogares y sus proyectos de vida. Las imágenes de aquella catástrofe dieron la vuelta al mundo y convirtieron el nombre de Armero en símbolo de dolor y desolación.Ocho meses después, el Papa llegó hasta allí; no para ofrecer explicaciones frente al sufrimiento humano, sino para compartirlo. Su presencia fue, ante todo, un gesto profundamente pastoral. Oró ante la cruz, caminó entre quienes todavía lloraban a sus familiares, abrazó a los sobrevivientes y quiso llevar consuelo a una comunidad que intentaba levantarse en medio de las ruinas.En aquella tierra marcada por la tragedia, elevó una oración por las víctimas y dirigió palabras de aliento a quienes continuaban enfrentando las consecuencias de la catástrofe. Invitó a descubrir que, incluso en medio del dolor más profundo, la esperanza cristiana permanece viva porque Dios no abandona a quienes sufren. Más que un discurso, fue una presencia. Más que una ceremonia, fue un abrazo espiritual a toda una nación.Para millones de colombianos, aquel gesto resumió el sentido de la visita apostólica: una Iglesia que no permanece distante ante el sufrimiento de su pueblo, sino que camina junto a él, comparte sus lágrimas y anuncia que el amor de Dios puede abrir caminos de esperanza aun en medio de las pruebas más difíciles.No fue casual que uno de los momentos más recordados de los Siete Días Blancos ocurriera precisamente allí. Armero se convirtió en el lugar donde la cercanía del Sucesor de Pedro hizo visible la cercanía de toda la Iglesia con los que sufrían, una enseñanza que continúa iluminando la misión pastoral de la Iglesia en Colombia cuatro décadas después.Una Iglesia llamada a ser signo de esperanzaEntre los numerosos encuentros que marcaron la peregrinación apostólica de San Juan Pablo II a Colombia, hubo uno que adquirió un significado especial para la vida de la Iglesia: la reunión con los obispos del país. Más allá de un encuentro institucional, fue un momento de comunión eclesial en el que el Sucesor de Pedro habló de pastor a pastores. Conocía los desafíos que enfrentaba la Iglesia colombiana en medio de una realidad marcada por la violencia, las profundas desigualdades sociales y el sufrimiento de miles de personas. Por eso, quiso fortalecer a quienes tenían la misión de conducir al Pueblo de Dios en medio de aquellas circunstancias.Desde el inicio de su intervención, manifestó la alegría de encontrarse con el episcopado colombiano y reconoció el testimonio de una Iglesia con una profunda tradición evangelizadora, llamada a seguir anunciando el Evangelio en una sociedad que experimentaba grandes transformaciones. Al mismo tiempo, los invitó a leer esos desafíos con esperanza, conscientes de que la misión de la Iglesia nace de la fidelidad a Jesucristo y no de las circunstancias históricas.El Papa les recordó que el ministerio episcopal solo puede comprenderse desde la comunión. La unidad entre los obispos, en torno a Cristo y en estrecha comunión con el Sucesor de Pedro, era para él una condición indispensable para que la Iglesia pudiera responder con credibilidad a los desafíos del momento. Aquella comunión no era únicamente un principio organizativo, sino la expresión visible de una Iglesia llamada a ser signo de reconciliación para el mundo.En un país profundamente fragmentado, ese mensaje adquiría una fuerza particular. Mientras la violencia amenazaba con dividir a la sociedad, San Juan Pablo II invitó a los obispos a ser artífices de unidad, promotores del diálogo y servidores de la esperanza, convencido de que la primera contribución de la Iglesia a la construcción de la paz debía nacer del testimonio de su propia comunión.Pero el Pontífice fue más allá. También los exhortó a permanecer cercanos al pueblo que les había sido confiado. Su ministerio, insistió, debía reflejar el estilo del Buen Pastor: un pastor que conoce a su rebaño, comparte sus alegrías y sufrimientos, acompaña a quienes más lo necesitan y anuncia, con valentía, la verdad del Evangelio.Aquella cercanía pastoral no podía quedarse en el ámbito de las palabras. Debía traducirse en una presencia permanente entre las comunidades, en la defensa de la dignidad de toda persona humana y en un compromiso decidido con la evangelización de la cultura, de la familia y de la vida social.San Juan Pablo II también animó al episcopado a fortalecer la acción evangelizadora de la Iglesia en Colombia, convencido de que el anuncio de Jesucristo constituye la respuesta más profunda a las heridas espirituales y sociales de cualquier pueblo. Para el Pontífice, la evangelización no podía reducirse a una actividad pastoral más; era la misión esencial de la Iglesia y el camino para renovar el corazón de las personas y transformar la sociedad desde sus fundamentos.Esa convicción recorrió toda la peregrinación apostólica. En cada ciudad, en cada homilía y en cada encuentro con los distintos sectores de la sociedad, el Papa volvió una y otra vez sobre la necesidad de anunciar a Cristo como fuente de reconciliación, de justicia y de auténtica libertad.Cuatro décadas después, aquellas palabras conservan una sorprendente actualidad. La Iglesia en Colombia continúa desarrollando su misión en un contexto que sigue planteando enormes desafíos pastorales y sociales. Persisten las heridas provocadas por la violencia, las desigualdades, la pobreza y las múltiples formas de exclusión. Al mismo tiempo, emergen nuevas realidades culturales que reclaman una presencia evangelizadora capaz de dialogar con el mundo sin renunciar a la verdad del Evangelio.En ese escenario, el mensaje que San Juan Pablo II dirigió al episcopado colombiano continúa ofreciendo una hoja de ruta. Su invitación a fortalecer la comunión, vivir una auténtica cercanía con el pueblo, anunciar el Evangelio con renovado ardor y hacer de la Iglesia un signo creíble de esperanza mantiene plena vigencia para quienes hoy continúan la misión de anunciar a Jesucristo en Colombia.Un legado que sigue caminando con ColombiaSi algo caracterizó la peregrinación apostólica de San Juan Pablo II fue su capacidad para leer la realidad del país desde la esperanza cristiana. Nunca ignoró las dificultades que atravesaba Colombia. Por el contrario, las miró de frente. Reconoció el dolor provocado por la violencia, la pobreza, las injusticias y las tragedias que golpeaban a miles de familias. Sin embargo, nunca permitió que esas realidades tuvieran la última palabra.Su mensaje fue siempre una invitación a mirar más allá del sufrimiento inmediato para descubrir la fuerza transformadora del Evangelio. Por eso, habló insistentemente de reconciliación cuando el país parecía atrapado en la confrontación; de dignidad humana cuando tantas vidas eran vulneradas; de solidaridad cuando miles de personas sufrían las consecuencias del abandono; y de esperanza cuando el desaliento amenazaba con imponerse.Esa es, precisamente, la razón por la que los Siete Días Blancos siguen ocupando un lugar privilegiado en la memoria de la Iglesia y de Colombia. No fueron únicamente siete días de multitudinarias celebraciones. Fueron siete días en los que el Evangelio resonó con fuerza en medio de una nación que necesitaba volver a creer que era posible construir un futuro distinto.Cuarenta años después, ese llamado permanece vigente. Las circunstancias históricas han cambiado, pero el desafío continúa siendo el mismo: hacer de la Iglesia una presencia cercana a quienes sufren, una comunidad que anuncia con alegría la Buena Nueva y una servidora incansable de la reconciliación, la justicia y la paz.Con el propósito de contribuir a esa memoria agradecida y de acercar a las nuevas generaciones a uno de los acontecimientos más significativos de la historia reciente de la Iglesia en Colombia, la Conferencia Episcopal presenta el especial audiovisual "40 años después: Los Siete Días Blancos de San Juan Pablo II en Colombia. El legado de una peregrinación que marcó la historia del país".A través de imágenes históricas, registros originales y los propios mensajes pronunciados por San Juan Pablo II durante su recorrido por el país, esta producción propone redescubrir una peregrinación que no pertenece únicamente al pasado. Su legado continúa iluminando el presente y alentando el compromiso de la Iglesia con la evangelización, la reconciliación y la esperanza.Vea el especial a continuación: