SISTEMA INFORMATIVO
El derecho humano al agua bajo amenaza
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Por: Mons. Fernando Chica Arellano - A finales del año 2020 el agua comenzó a cotizar en el mercado de futuros de Wall Street como el petróleo, el oro o cualquier otra mercancía. En realidad, no cotiza el agua en sí misma, sino sus derechos de uso. Y la compraventa no se refiere al uso en el momento actual, sino para el futuro, buscando así garantizar (para el comprador) el acceso al agua en un plazo determinado, por ejemplo, ante períodos de sequía.
Basta esta somera explicación para darse cuenta de que esta decisión introduce un bien básico, como es el agua, en el mundo de los mercados bursátiles, abiertos a corporaciones financieras, que nada tienen que ver con la gerencia y el uso del agua. Aunque se intenta justificar la medida afirmando que puede mejorar la tutela, el consumo y la conservación de un recurso escaso, lo cierto es que se plantean numerosas dudas, bastantes sospechas y algunas amenazas, en la medida en que esta dinámica abre las puertas a la acción de los especuladores. Conviene, pues, que consideremos esta cuestión, analizándola con cierto detenimiento e iluminándola desde la Doctrina Social de la Iglesia.
Sin agua no hay vida
Digamos, de entrada, que el agua está en el epicentro del desarrollo sostenible y es trascendental para el progreso socioeconómico, la energía y la producción de alimentos, los ecosistemas saludables, y la supervivencia misma de los seres humanos y otras especies animales y vegetales. El agua también forma parte esencial de la adaptación al cambio climático, y es el vínculo crucial entre la sociedad y el medioambiente.
Por eso, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia dice que “el uso del agua y de los servicios conexos debe ser orientado a la satisfacción de las necesidades de todos y, sobre todo, de las personas que viven en pobreza. Un limitado acceso al agua potable incide sobre el bienestar de un enorme número de personas y es, las más de las veces, causa de enfermedades, sufrimientos, conflictos, pobreza y, además, de muerte” (n. 484). En consecuencia, “el agua, por su propia naturaleza, no puede ser tratada como una simple mercancía más; su uso debe ser racional y solidario. Su distribución entra, tradicionalmente, entre las responsabilidades de entes públicos, porque el agua ha sido siempre considerada como un bien público, característica que debe ser mantenida si la gestión es confiada al sector privado” (n. 485).
Siendo este precioso elemento imprescindible para la vida, lamentablemente, hoy su exigüidad afecta al 40% de la población mundial y más de 2.000 millones de personas no tienen acceso a servicios de agua potable gestionados de forma segura. Los expertos consideran que para el año 2025 la escasez de agua podría afectar a dos tercios de los habitantes del planeta y según la ONU más de 700 millones de personas en el mundo podrían verse forzadas a desplazarse debido a la penuria de agua de aquí a 2030.
La bolsa y la vida
Habiendo recordado así la importancia del agua, digamos una palabra acerca de la economía financiera. En el año 2018 la Congregación para la Doctrina de la Fe y el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral publicaron, conjuntamente, el documento Oeconomicae et Pecuniariae Quaestiones. Consideraciones para un discernimiento ético sobre algunos aspectos del actual sistema económico y financiero. En su número 5 leemos: “La reciente crisis financiera era una oportunidad para desarrollar una nueva economía más atenta a los principios éticos y a la nueva regulación de la actividad financiera, neutralizando los aspectos depredadores y especulativos y dando valor al servicio a la economía real”. A pesar de algunos intentos, “parece volver a estar en auge un egoísmo miope y limitado a corto plazo, el cual, prescindiendo del bien común, excluye de su horizonte la preocupación, no sólo de crear, sino también de difundir riqueza y eliminar las desigualdades, hoy tan pronunciadas”.
Un poco más adelante, el mismo documento añade: “La finalidad especulativa, especialmente en el campo económico financiero, amenaza hoy con suplantar a todos los otros objetivos principales en los que se concreta la libertad humana” (n. 17). El caso de la cotización del agua en el mercado financiero de futuros muestra que las advertencias arriba indicadas no estaban alejadas de la realidad.
Más recientemente, en 2020, el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral publicó el documento “Aqua fons vitae”. Orientaciones sobre el Agua, símbolo del grito del pobre y del grito de la Tierra. Allí, citando un texto previo del Pontificio Consejo ‘Justicia y Paz’, critica “una concepción excesivamente mercantil del agua que corre el riesgo de considerarla equivocadamente como una mercancía más, planificando incluso inversiones económicas de acuerdo con el criterio de la ganancia por la ganancia” (n. 29). Y continúa: “Hay que reconocer que cualquier intento de reflejar el valor económico del agua mediante un sistema de mercado o por medio de un costo no es suficiente para obtener el derecho universal de beber agua potable” (n. 30). Después, tras citar a San Juan Pablo II, Aqua fons vitae recuerda que “el pensamiento social católico siempre ha hecho hincapié en el hecho que la defensa y la preservación de ciertos bienes comunes, como los entornos naturales y humanos, no se puede dejar en manos solamente de las fuerzas del mercado, ya que tocan las necesidades humanas fundamentales que escapan a la lógica pura del mercado” (n. 31).
La ONU y el agua
Por su importancia vital para el ser humano, el Derecho al Agua fue reconocido en la ONU como derecho humano en 1977. En el año 2002, la Observación General número 15 de la ONU dejó bien claro que “el agua debe ser tratada como un bien social y cultural, y no fundamentalmente como un bien económico” y añade que “el agua es un recurso natural limitado y un bien público fundamental para la vida y la salud” (1) . Este recurso, por tanto, no es una mercancía que pueda ser privatizada, comercializada o dejada a la total gestión de intereses particulares. En 2015 la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible reconoció que el agua es esencial para el progreso de las personas y los pueblos, indicándolo de forma explícita en el Objetivo n. 6 que contempla: “Garantizar la disponibilidad de agua y su gestión sostenible y el saneamiento para todos”.
Tres años más tarde, la Asamblea General de la ONU aprobó la “Declaración universal sobre los derechos de los campesinos”, negociada previamente por el Consejo de Derechos Humanos. En ella se advierte sin ambigüedades: “Los Estados protegerán el derecho al agua de los campesinos y otras personas que viven en las zonas rurales frente a los actos de terceros que puedan socavarlo” (art. 21.5). El Relator especial de la ONU sobre el Derecho al agua y el saneamiento, Pedro Arrojo Agudo, que define poéticamente el agua como “el alma azul de la vida en este nuestro mundo”, considera que con ese primordial recurso natural en el mercado de futuros “el riesgo es que los grandes actores de la agricultura y la industria y los servicios a gran escala sean los únicos que puedan comprarla, marginando e impactando a los sectores vulnerables de la economía, como campesinos a pequeña escala” (2).
Posición de la Santa Sede
El Papa Francisco, en Laudato Si’, ya nos alerta sobre el problema que supone la escasez del agua, así como acerca de los peligros de su mercantilización y control de parte de unos pocos. En el n. 28 de esa encíclica, el Santo Padre considera el agua dulce “indispensable para la vida humana y para sustentar los ecosistemas terrestres y acuáticos”, así como para “sectores sanitarios, agropecuarios e industriales” y reconoce que hoy “en muchos lugares la demanda supera a la oferta sostenible, con graves consecuencias a corto y largo término”. En un número posterior, Su Santidad previene de “la tendencia a privatizar este recurso escaso, convertido en mercancía que se regula por las leyes del mercado”, mientras que “en realidad, el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos” (LS n. 30).
Finalmente, en LS n. 31 lanza la voz de alarma sobre “la posibilidad de sufrir una escasez aguda de agua… si no se actúa con urgencia” y considera que “los impactos ambientales podrían afectar a miles de millones de personas, pero es previsible que el control del agua por parte de grandes empresas mundiales se convierta en una de las principales fuentes de conflictos de este siglo”.
En su reciente encíclica Fratelli tutti, el Obispo de Roma ha vuelto sobre el argumento de forma nítida, exhortando a “pensar y actuar en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos” (n. 116). Desde esos principios se puede concluir que “el desarrollo no debe orientarse a la acumulación creciente de unos pocos, sino que tiene que asegurar los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, incluidos los derechos de las Naciones y de los pueblos. El derecho de algunos a la libertad de empresa o de mercado no puede estar por encima de los derechos de los pueblos, ni de la dignidad de los pobres, ni tampoco del respeto al medio ambiente, puesto que quien se apropia algo es solo para administrarlo en bien de todos” (FT n. 122).
Por el bien de todos, especialmente de los pobres
Algunos defienden la inclusión del agua en el mercado de futuros argumentando que así se consigue mayor eficiencia en el uso del recurso. Esto es una falacia, ya que lo que realmente se logra es abrir la posibilidad de que esté disponible al mejor postor, condenando por defecto a las personas y los territorios que no tengan los recursos económicos suficientes.
Para el Relator especial de la ONU sobre el Derecho al agua y el saneamiento, Pedro Arrojo, los mercados de futuro son “espacios propicios para promover estrategias financieras especulativas sobre recursos vitales, como es el caso del agua, la energía o la alimentación, generando oportunidades de negocio sobre la base de graves afecciones a los más vulnerables y a las generaciones futuras” y añade que “el agua ya está bajo una amenaza extrema por una población en crecimiento, una demanda creciente y una contaminación grave de la agricultura y la industria minera en el contexto del impacto cada vez mayor del cambio climático. Me preocupa mucho que el agua ahora se trate como el oro, el petróleo y otros productos básicos que se negocian en el mercado de futuros de Wall Street” (3).
De hecho, la especulación con los alimentos en el mercado de futuros de Chicago fue la causa determinante de la crisis alimentaria de 2008, crisis que incrementó en un 20% el número de hambrientos en el mundo. En pocos meses el precio del trigo en el mercado internacional se quintuplicó, mientras el maíz y el arroz duplicaban su precio y en tres años los precios de los alimentos subieron de media el 80%. Como consecuencia de ello, el número de hambrientos creció en 250 millones, lo que provocó revueltas callejeras en más de 60 países y la caída de diversos gobiernos.
Fue una clara ilustración de que la especulación bursátil con recursos vitales como el agua y los alimentos pone en peligro la Seguridad Mundial. Pero más importante que todo es que esta decisión no aguantaría jamás la mirada a los ojos de nuestros hermanos pobres, sedientos, hambrientos, desvalidos…
Escuchar el grito y alzar la voz
Para los cristianos, el agua y los demás recursos naturales limitados del planeta son dones divinos que no pueden ser tratados como meras mercancías, ni se debe especular con ellos. Hemos de aprender a escuchar el grito de los empobrecidos que, como Jesús en la cruz, claman diciendo: “Tengo sed” (Jn 19, 28). Siglos antes, Dios había hecho esta promesa por boca del profeta Isaías: “¡Atención, sedientos!, acudid por agua, también los que no tenéis dinero” (Is 55, 1). Y, haciéndose eco de esta buena noticia, el Señor Jesús afirmó con rotundidad: “Si alguien tiene sed, que venga a mí y beba” (Jn 7, 37). Esto lo dijo, solemnemente, en el templo de Jerusalén.
Hoy el templo del mundo está siendo profanado y transformado en un gran mercado de valores, donde todo se negocia y comercializa: el alimento, el agua, los bosques, el aire, la biodiversidad, los sentimientos, las ideas, nuestros órganos vitales, la vida misma. A todo se le asigna un precio y es objeto de tráfico, de especulación. Si se reflexiona atentamente, los elementos mencionados anteriormente no son simples productos adquiribles o meros artículos desechables. No se trata de mercancías, de piezas descartables, sino de bienes vitales y sagrados a los que no se les puede asignar un precio porque su valor es incalculable. Son dádivas divinas, revestidas de dignidad inviolable. Son dones del Creador, salidos de sus manos para satisfacer las necesidades de todas sus criaturas y no pueden ser apropiados, ni vendidos para saciar la avaricia de unos pocos.
Ha llegado la hora de salir al encuentro de los marginados para colmar sus carencias más perentorias antes de que el mercantilismo bursátil termine destruyendo la dignidad, los valores y la vida de los indigentes y postergados. Lo que realmente se requiere está en las antípodas del mercado de futuros. Necesitamos un gran debate mundial sobre el futuro del agua que culmine en el desarrollo de un instrumento jurídico vinculante que ampare el derecho al agua para todos, en particular para los menesterosos, los marginados, las regiones desfavorecidas u olvidadas de nuestro mundo.
Desde 1993, por decisión de Naciones Unidas, cada 22 de marzo se conmemora el Día Mundial del Agua. Esta jornada nos ofrece una gran oportunidad para iniciar este proceso. La pandemia mundial ha subrayado todavía más el inmenso valor de este elemento tan decisivo para la preservación del planeta y la supervivencia humana y de otras especies. En la actual coyuntura una de las cosas que se ha puesto de relieve mayormente es que el agua es un factor sustancial para frenar el coronavirus, así como muchas otras enfermedades infecciosas. Sin embargo, esta cruel crisis sanitaria ha evidenciado aún más la gran desigualdad existente en el acceso y disfrute de este valioso recurso.
Los pobres no pueden esperar. Imploran con su clamor que este bien vital no se mercantilice, que no se despilfarre, que no se contamine y que se comparta y use de manera sustentable, equitativa y solidaria. Ellos nos invitan asimismo a pensar no solo en el hoy, sino, sobre todo, en el mañana, que ha de ser luminoso y justo para todos y no únicamente para unos pocos. Valoremos el agua realmente. El agua es vida y la vida no se puede tasar, comercializar o banalizar convirtiéndola en un trivial producto financiero.
Mons. Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA
Notas a pie de página
1. El texto se puede consultar en: https://agua.org.mx/biblioteca/observacion-general-15-onu-derecho-al-agua-2002/#:~:text=El%20agua%20es%20un%20recurso,realizaci%C3%B3n%20de%20otros%20derechos%20humanos
2. El texto se puede consultar en: http://www.oacnudh.org/agua-mercado-de-futuros-atrae-a-inversionistas-y-desafia-los-derechos-humanos-basicos-experto-de-la-onu/
3. El texto puede encontrarse en: https://news.un.org/es/story/2020/12/148543
"Agua pasó por aquí, cate que no te vi"
Mié 14 Oct 2026
Con María en el mes de las misiones
Lun 5 Oct 2026
Lun 5 Oct 2026
Vayan y enséñenles a cumplir todo lo que les he mandado
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Avanzamos en el Proceso Evangelizador de nuestra Diócesis de Cúcuta, celebrando 70 años de misión en esta región de frontera y 40 años del Seminario Mayor San José y lo vivimos en este mes misionero con el lema pastoral: “vayan y hagan discípulos anunciando el Evangelio”; cumpliendo con el mandato misionero del Señor: “vayan y hagan discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñeles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y estén seguros que yo estaré con ustedes día tras días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19 - 20). Tenemos la certeza que la vocación de la Iglesia es llevar el Evangelio a todos, porque “evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda” (EN 14), misión que está desde el principio y permanecerá hasta el final de los tiempos.En nuestra Diócesis de Cúcuta estamos en estado permanente de misión, dispuestos a proclamar por todas partes a Jesucristo nuestro salvador. La visita pastoral de los párrocos y agentes de pastoral a cada uno de los sectores, es el cumplimiento fiel del trabajo misionero en el que estamos todos comprometidos, porque “todos nosotros como discípulos de Jesús y misioneros, queremos y debemos proclamar el Evangelio, que es Cristo mismo. Anunciamos a nuestros pueblos que Dios nos ama, que su exis¬tencia no es una amenaza para el hombre, que está cerca con el poder salvador y liberador de su reino, que nos acompaña en la tribu¬lación, que alienta incesantemente nuestra esperanza en medio de todas las pruebas. Los cristianos somos portadores de buenas noticias para la humanidad y no profetas de desventuras” (DA 30).Vivimos en nuestra región y ciudad momentos de dificultad y confusión a causa de la violencia que nos agobia y amenaza con destruirnos, fruto de una sociedad que vive sin Dios. Sin embargo, frente a ese panorama desolador, el cristiano que es un discípulo misionero de Jesucristo, conserva la esperanza y la transmite a los demás. Es la esperanza en Jesucristo que no defrauda, “sabiendo que la tribulación engendra paciencia, la paciencia virtud probada; la virtud probada esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom 5, 3 - 5). Esa es nuestra certeza y por eso nos mantenemos en pie en medio de las dificultades, porque el amor de Dios permanece en nosotros.Para dar esperanza en momentos difíciles tenemos la presencia del Espíritu Santo que con sus dones nos ilumina para ir a todos y enseñar todo lo que Jesús nos ha mandado: “a partir de Pentecostés, la Iglesia experimenta de inmediato fecundas irrupciones del Espíritu, vitalidad divina que se expresa en diversos dones y carismas y variados oficios que edifican a la Iglesia y sirven a la evangelización. El Espíritu en la Iglesia forja misioneros decididos y valientes como Pedro (Cf. Hch 4, 13) y Pablo (Cf. Hch 13, 9), señala los lugares que deben ser evangelizados y elige a quienes deben hacerlo (Cf. Hch 13, 2)” (DA 150). Esto, para que se cumpla el mandato misionero de ir por todas partes a transmitir la persona de nuestro Señor Jesucris¬to, en medio de dificul¬tades, persecuciones y pruebas.El misionero del Señor es un enamorado del Evangelio, cuya vida está cimentada en Jesucristo, teniendo la certeza que nos da el mismo Jesús “sepan que yo estoy con ustedes día tras día hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Tenemos la seguridad puesta en Dios y por eso salimos a anunciar el Evangelio para decirle al mundo, a los violentos y a quienes hacen daño que nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios; tal como lo enseña San Pablo: “pero en todo esto salimos más que vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom 8, 37 - 39). Por lo tanto, nada podrá detener el fervor evangelizador que llevamos dentro, para ir por todas partes a transmitir el mensaje de Jesucristo.De esta manera entendemos que la evangelización no se hace con poderes humanos, sino con la sabiduría que viene de Dios, que es un don del Espíritu Santo, que hace que habite en nuestro corazón la gracia y que tengamos fervor interior para transmitirla porque “si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús” (EG 120), que es lo que enseñamos a otros, poniendo por obra todo lo que Jesús nos ha mandado.Para un mundo sin Dios la misión de todos nosotros los bautizados se hace más necesaria y urgente, porque la humanidad sin Dios, pierde toda esperanza, “el hombre necesita a Dios, de lo contrario queda sin esperanza” (Spe Salvi 23). Que este mes misionero que estamos viviendo, sea un momento especial de gracia para conocer y amar más a Jesucristo y darlo a conocer a nuestros hermanos, incluyendo a aquellos que no lo conocen o lo rechazan abiertamente. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, nos alcancen de nuestro Señor Jesucristo el fervor misionero para cumplir con el mandato de ir por todas partes a hacer discípulos misioneros del Señor.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Vie 25 Sep 2026
La migración, una realidad que nos sigue interpelando
Por Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar - El próximo 27 de septiembre la Iglesia nos invita a celebrar la 112 Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, con el lema “Incluso uno solo de estos pequeños”, enfocado en la protección de los niños, niñas y adolescentes migrantes. Con motivo de esta Jornada es pertinente recordar que el año pasado del 2 al 4 de septiembre, se realizó en Riohacha, la XV Cumbre del Foro Mundial sobre Migración y Desarrollo. Este foro dejó algunas conclusiones entre las que se destacan: la articulación multilateral y política como una herramienta fundamental e indispensable para enfrentar los desafíos de la movilidad humana. Se acordó que la voz de los territorios receptores, las organizaciones sociales y la diáspora debe estar estrictamente en el centro del diseño de las políticas públicas y la toma de decisiones globales.También, el foro reconoció formalmente a las poblaciones jóvenes y a quienes ejercen labores de cuidado como pilares esenciales para generar procesos de cambio, integración sostenible y dignificación humana. Pidió que la migración no se enfrente como una problemática o crisis, sino como una oportunidad para innovar, ampliar libertades y potenciar el bienestar de las sociedades bajo un marco irrestricto de derechos humanos. Adicionalmente, delegaciones de alto nivel como la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) enfatizaron la urgencia de fortalecer la regularización migratoria y la movilidad laboral como los mecanismos idóneos para garantizar una migración ordenada y segura que disminuyan las brechas de desigualdad global. Las directrices dadas por el Presidente de la República Abelardo De La Espriella, desde Barranquilla el 24 de agosto, en cuanto a migración, con el principio: “primeros los colombianos”, aparentemente marca un giro frente a las administraciones anteriores, de manera especial, en cuanto a la política de deportación inmediata de irregulares, priorizando a los vinculados en la comisión de delitos, crímenes o actividades económicas ilícitas.Estas disposiciones, referente al fenómeno migratorio, nos invitan a repasar la enseñanza de la Iglesia, en cuanto a la migración. Para los cristianos, llamados a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos del mundo, la migración es un “kairós”, un tiempo de gracia, y, por consiguiente, el migrante un “lugar teológico” donde acontece la acción de Dios; así, el fenómeno migratorio se convierte en un desafío y en una prioridad pastoral para la Iglesia, pues quien emigra no es sólo una mera estadística, ni un mero dato sociológico o político, sino que es una realidad que lleva a desentrañar el plan de Dios en la historia. Sin lugar a dudas, la actitud de la Iglesia debe ser la del buen samaritano que acoge, protege, consuela, acompaña, promueve, integra, anuncia. Si, los cristianos no podemos ser sordos y ciegos ante esta crisis humanitaria.Nos dijo el Papa Francisco: “No se trata sólo de migrantes… Los migrantes, y especialmente aquellos más vulnerables, nos ayudan a leer los signos de los tiempos. A través de ellos, el Señor nos llama a convertirnos, a liberarnos de los exclusivismos, de la indiferencia y de la cultura del descarte. A través de ellos, el Señor nos invita a reapropiarnos de nuestra vida cristiana en su totalidad y a contribuir, cada uno según su propia vocación, en la construcción de un mundo que responda al plan de Dios”.Si, no es una cuestión de cifras ni de estadísticas, afirma el Papa León XIV. El Evangelio nos invita a no hacer cálculos: incluso uno solo. Cada niño, cada ser humano, posee una dignidad infinita”.En consecuencia, frente al fenómeno migratorio, es importante que la legislación actual colombiana sobre migración y movilidad humana, como también la doctrina social de la Iglesia, con sus instituciones, proteja al migrante, promueva el respeto y el derecho a la movilidad humana; acoja al forastero superando todo nacionalismo cerrado y violento, frenando cualquier viso de xenofobia; acompañe a los migrantes para evitar la trata de personas, la violencia de género, la explotación laboral y sexual de niñas, niños y adolescentes; brinden oportunidades para integrar la persona y la familia a la sociedad de acogida; promuevan rutas seguras de tránsito, ordenadas, informadas, reguladas, y ofrezcan mecanismos para la regularización.Por supuesto, que quien venga con el propósito de delinquir, debe recibir el rigor de la ley.+Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar, C.Ss.R.Obispo de la Diócesis de Riohacha
Jue 24 Sep 2026
Por el cuidado del agua
Por Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar - El fenómeno de El Niño que estamos padeciendo, el acaparamiento ilegal del líquido precioso por parte de personas inescrupulosas, el despilfarro del mismo, la muerte de personas y animales por la sequía que se padece, la privatización de este recurso hídrico convertido en mercancía, y regulado a través de las leyes del mercado, me lleva a evocar las palabras del Papa Francisco en la Encíclica Laudato si: “El acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico fundamental y universal porque determina la sobrevivencia de las personas”.Según informes especializados de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), presentados en agosto de 2025, de los 8.000 millones de personas que habitamos el mundo, 2.100 millones todavía no disponen de acceso seguro al agua potable (un poco más de un cuarto de la población mundial). Según datos de la misma OMS y UNICEF, miles de millones de personas continúan sin servicios de saneamiento gestionados de forma segura o sin instalaciones adecuadas para la higiene. En cuanto respecta al departamento de La Guajira, no contamos con cifras fidedignas que muestren la realidad que padecemos. No obstante, estoy seguro, la mayoría de la población de la Península sufrimos por falta de agua y calidad de la misma. Una situación que va más allá de las cifras, afecta directamente a la dignidad y a la vida de millones de seres humanos. "Nadie puede vivir sin agua, y nadie debería morir por su falta”, expresó Cristóbal Fones, SJ, director internacional de la Red Mundial de Oración del Papa. Ante el fenómeno de El Niño algunas administraciones municipales y departamentales, según cuentan los noticieros, están urgiendo a los usuarios del agua mayor responsabilidad en su uso, so pena de tener que sufrir restricciones en el consumo, como racionamiento y apagones del fluido eléctrico, como los ya conocidos en los años 92 y 93. Amén del incremento de tarifas al sobrepasar el consumo básico. Sí, es que nos debemos responsabilizar a la hora de consumir el líquido que nos permite seguir viviendo. El agua no conoce fronteras. Su cuidado exige, por ello una responsabilidad compartida.Al respecto, el Papa León XIV, en continuidad con el magisterio de sus antecesores, llama a la conciencia para que se cuide este bien natural. Así en el contexto de la Jornada Mundial de Oración para el Cuidado de la Creación, instituida por el Papa Francisco en el 2015, nos invita, este año, del 1 de septiembre al 4 de octubre, al concluir la fiesta de los 800 años del tránsito de San Francisco, a orar y a custodiar este recurso esencial con gratitud, justicia y responsabilidad. Sí, además de orar, debemos adoptar gestos concretos que puedan contribuir al cuidado de este bien común: vivir con mayor sobriedad, evitar el derroche, reparar las fugas, no contaminar los ríos y las fuentes de agua y consumir de manera responsable.Según el Papa Francisco “este mundo tiene una gran deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable". + Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar, C.Ss.R.Obispo de la Diócesis de Riohacha
Jue 10 Sep 2026
Recibir la vida como un don de Dios (Mt 2, 1-12)
Por Mons. Ramón Alberto Rolón Güepsa - Vivimos en un tiempo en el que comprometerse puede dar miedo. Deseamos conservar nuestra libertad, organizar nuestros proyectos y mantener cierto control sobre el futuro. Todo ello es legítimo, pero la vida también nos invita a confiar, abrirnos al otro y descubrir que amar implica entrega.El evangelista Mateo presenta a los Magos, quienes ven una estrella, abandonan sus seguridades y emprenden un camino sin conocer todos sus detalles. Llegan hasta Jerusalén, encuentran al Niño con María, su madre, se postran ante Él y ofrecen sus dones. Después, regresan por otro camino.Su itinerario expresa una dinámica esencial de la vida cristiana: recibir, salir de nosotros mismos, buscar, encontrar, ofrecer y dejarnos transformar.La vida recibida se convierte en una llamadaNadie se ha dado la vida a sí mismo. Todos la hemos recibido y, desde la fe, reconocemos que es un don de Dios. Por eso, quien recibe amor aprende a amar; quien recibe cuidado aprende a cuidar; quien recibe oportunidades puede ofrecerlas a los demás.La existencia se vuelve fecunda cuando lo recibido no queda encerrado en nosotros, sino que se transforma en servicio. Esta fecundidad puede expresarse en la maternidad y la paternidad, pero también en el sacerdocio, la vida consagrada, la educación, la profesión, la solidaridad o el cuidado de quienes necesitan apoyo.Los Magos representan ese movimiento: ven una señal, salen de su tierra, buscan y se dejan conducir hacia un encuentro que transforma su vida.Perder el miedo al compromisoA veces queremos tenerlo todo asegurado antes de dar un paso: casa, trabajo estable, recursos suficientes y la certeza de que nada saldrá mal. Pero la vida nunca ofrece garantías absolutas.Quien se casa no conoce todos los detalles del futuro; quien recibe un hijo tampoco sabe qué camino recorrerá esa nueva persona. Los Magos tampoco conocían cada detalle, pero se pusieron en marcha.Comprometerse no significa tener todas las respuestas, sino estar dispuesto a caminar, discernir, aprender y confiar. La responsabilidad ayuda a avanzar; la confianza evita que el miedo tenga la última palabra.Un hijo: un don que transforma la vidaUn hijo no puede reducirse a una cifra económica. Es cierto que implica gastos, responsabilidades, cambios, tiempo y paciencia, pero ninguna de estas exigencias agota el significado de una nueva vida.Un hijo trae una historia que comienza, una dignidad propia y posibilidades que todavía no conocemos. La maternidad y la paternidad pueden convertirse en una profunda escuela de amor: enseñan a esperar, compartir, cuidar, perseverar y descubrir capacidades de entrega antes ocultas.Mateo nos muestra a los Magos ante el Niño con María, su madre: no ante una idea abstracta, sino ante una vida concreta, vulnerable y digna de ser acogida.Por eso, hablar de un hijo como una “inversión” solo puede entenderse en sentido humano y espiritual: invertir amor, tiempo, esperanza, educación y futuro. No significa esperar una devolución, porque el amor verdadero no funciona como una transacción.Responsabilidad y confianzaEs natural que una pareja considere sus condiciones económicas antes de recibir un hijo. La responsabilidad forma parte del amor: hay que pensar en vivienda, alimentación, educación y salud.Pero no deberíamos quedarnos únicamente con la pregunta: «¿Cuánto cuesta un hijo?» También podemos preguntarnos: «¿Qué valor tiene la vida que estamos llamados a recibir?»Ambas preguntas son importantes: una mira los recursos y la otra, a la persona. La fe no invita a actuar irresponsablemente, sino a discernir con prudencia, generosidad y confianza, reconociendo que la vida no puede reducirse a una operación matemática.Ofrecer nuestros donesCuando llegan ante Jesús, los Magos abren sus cofres y ofrecen sus dones. Esta escena nos lleva a preguntarnos: ¿qué tengo para ofrecer?Tal vez tiempo, experiencia y capacidad para escuchar, enseñar, acompañar, cuidar o transmitir esperanza.La vida se vuelve fecunda cuando nuestros dones se ponen al servicio de los demás. Así, “la mejor inversión” adquiere un sentido distinto: invertir en una vida significa amar, educar, acompañar y ayudar a crecer.Una familia construye futuro cuando transmite valores y fe, escucha, corrige, perdona y enseña a levantarse después de una caída.Una nueva generación es una esperanzaCada niño que nace representa una posibilidad nueva. Desde el comienzo posee una dignidad propia y puede abrir una historia diferente.Acoger una vida tiene también una dimensión social. En las familias, los niños aprenden a confiar, compartir, perdonar, respetar y amar. Por eso, si queremos una sociedad más humana, debemos cuidar a las familias mediante educación, vivienda, trabajo digno, atención sanitaria y redes de apoyo.Acoger la vida significa también crear las condiciones para que pueda crecer con dignidad.No se trata de juzgar, sino de acompañar. Hay parejas que desean tener hijos y no pueden; existen dificultades económicas, experiencias dolorosas y circunstancias que requieren un discernimiento atento. También hay personas que viven otras formas de entrega y fecundidad.No se trata de señalar, sino de preguntarnos: ¿Está mi vida abierta al amor? ¿Estoy dispuesto a entregar algo de mí para que otros puedan crecer? ¿Hay espacio para recibir el don que Dios quiera confiarme?La Iglesia está llamada a escuchar, acompañar y ayudar a discernir. La apertura al don no puede imponerse desde fuera: debe nacer de un discernimiento sincero, responsable y respetuoso con la historia de cada persona y familia, en actitud de fe.Abrir la puerta al futuroDespués de encontrarse con el Niño Jesús, los Magos regresaron por otro camino. Quien se encuentra verdaderamente con un don ya no vuelve igual.También nosotros estamos llamados a perder el miedo a amar, a comprometernos y a hacer espacio para los demás. Algunas de las cosas más hermosas de la vida no estaban en nuestros planes: una amistad, una vocación, una misión, un hijo, una oportunidad de servir o la decisión de optar por otro camino.Más que preguntarnos únicamente cuánto tendremos que dar o sacrificar, podemos preguntarnos cuánto podremos llegar a amar.Los Magos vieron la estrella, se pusieron en camino, encontraron al Niño, ofrecieron sus dones y regresaron transformados. También nosotros podemos recorrer ese camino: recibir con gratitud, discernir con responsabilidad, amar con generosidad y entregar la vida para que otros puedan crecer.La verdadera riqueza quizá no consista en conservarlo todo, sino en tener el valor de abrir el corazón para darlo todo.Padre Santo, dador de toda vida, enséñanos a recibirla como un don tuyoy a ofrecer nuestros talentos al servicio de los demás.Bendice a nuestras familias, acompaña a quienes sufren por no tener hijosy concede a cada hombre y mujer descubrir su vocación al amor fecundo.Haznos también fecundos en la fe, la esperanza y la caridad.Amén.+Ramón Alberto Rolón GüepsaObispo de Diócesis de ChiquinquiráMiembro de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia