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GERARDO VALENCIA CANO, el más discutido y admirado obispo de Colombia en su momento
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Al celebrar este 21 de enero, 2022, los 50 años de la partida a la Casa del Padre de Mons. Gerardo Valencia Cano, la Conferencia Episcopal de Colombia se une a los pueblos indígenas de nuestro país y al pueblo de Buenaventura y de la Costa Pacífica, en homenaje y reconocimiento a quien fuera su pastor abnegado. Como miembro de la Congregación de los Misioneros de Yarumal, en 1949, a la edad de 32 años, fue nombrado Prefecto Apostólico de Mitú, Prefectura que cubría los actuales departamentos de Vaupés, Guaviare y Guainía, donde dejó una huella imborrable por su trabajo apostólico, que sintetizó en el bello poema y canto de su inspiración poética:
“¡Vaupés, Vaupés, tierra brava de la selva y del raudal!
¡Vaupés, Vaupés, en tus aguas se oye el toque de un clarín!
Vaupés, Vaupés, no te busquen los que no saben luchar,
que a tus selvas se entra siempre con coraje
Y a tus ríos con bravura
Y a tu corazón con fe”. (…) [1]
En 1953 fue designado por la Santa Sede como Vicario Apostólico del recién creado Vicariato Apostólico de Buenaventura, donde inició un incansable trabajo misionero que trascendió las fronteras de su jurisdicción hacia todo el litoral Pacífico colombiano, con influencia en todo el país. Mons. Valencia fue uno de los más reconocidos obispos de Colombia en su tiempo por su búsqueda de un nuevo estilo de Iglesia que viviera y proclamara auténticamente el Evangelio de Jesús, adelantándose más de 50 años a la propuesta del papa Francisco de una Iglesia en SALIDA. El “Hermano Gerardo”, como fue reconocido por su pueblo, nos dejó un legado misionero de auténtico cristiano de a pie, como sacerdote y pastor comprometido con su grey, y de obispo de su tiempo que buscó aplicar el Concilio Vaticano II en la Iglesia latinoamericana, a través del Departamento de Misiones del CELAM, como su primer presidente.
Monseñor Valencia Cano, Vicario Apostólico de Buenaventura de 1953 a 1972, murió en el accidente del avión HK 661 de Satena que volaba de Medellín a Istmina y se estrelló en el Cerro de San Nicolás, en la región del Citará, jurisdicción del municipio de Ciudad Bolívar, al suroeste del departamento de Antioquia. Su muerte conmocionó a su querido pueblo de Buenaventura y del litoral pacífico que le rindió un sentido homenaje el 7 de febrero, 17 días después del accidente; cuando su cuerpo fuera rescatado de la selva inhóspita por la comisión terrestre liderada por el sacerdote Ricardo Saldarriaga, párroco de la parroquia San Bernardo de los Farallones, de Ciudad Bolívar.
“Todos somos un solo Pueblo” [2]
Cincuenta años después, su memoria sigue aún más viva y fecunda, como nos lo confirma Monseñor Rubén Darío Jaramillo M., actual obispo de la diócesis de Buenaventura: “El 21 de enero de 1972 parte hacia el Cielo Mons. Gerardo Valencia Cano, obispo de Buenaventura, coronando así una obra maravillosa que, en 19 años, como Vicario Apostólico de Buenaventura, realizó innumerables obras en esta región del Pacífico Colombiano, en Colombia y en América Latina. Hemos querido designar esta gran fiesta con el nombre: “TODOS SOMOS UN SOLO PUEBLO”, resumiendo así la vida y obra, la memoria y pensamiento de Gerardo Valencia Cano, el Hermano Mayor, el obispo de los pobres. “Todos somos un solo pueblo”, solía decirlo en sus alocuciones en Radio Buenaventura en su programa diario “Muy Buenos Días”. GVC está vivo, está resucitado, y cada día toma más fuerza su pensamiento, su amor a sus comunidades, primero en el Vaupés y luego en Buenaventura. En palabras de la poetisa Lucrecia Panchano digo: “Fue nuestro gran monseñor G. Valencia Cano quien, en todo hombre, su hermano reconoció con amor”. Es para nosotros, yo como obispo de Buenaventura, Rubén Darío Jaramillo Montoya, poder celebrar la vida y obra de un hombre grande, de un obispo que supo ver en el otro el rostro de Dios y entregarse por Él como profeta, como sacerdote y como obispo, pero ante todo como hermano, “hermano del Tucano”, decía en el Vaupés, y aquí “hermano del negro, del indígena, del mestizo”, que defendió las poblaciones de los potentados que querían destruir a los humildes, a los “negritos”, como decía él. Que Dios en el Cielo lo corone y a nosotros nos inspire en estos cincuenta años que estamos celebrando, poder imitar su legado de entrega absoluta por los demás; dejar a un lado tantas complicaciones como llevamos nosotros y ser humildes y sencillos como él vivió. En el Cielo hay fiesta porque hay un hombre grande. En la tierra, en Buenaventura, ya no lloramos a Gerardo; ya lo invocamos para que siga acompañando la lucha del Pueblo de Buenaventura en su liberación total, en su dignificación. Dios bendiga nuestro Puerto y que, desde el Cielo, Gerardo nos envíe su bendición”[3]. Desde la Comisión Episcopal de Misiones y del Centro de Animación Misionera de la CEC y el área de Etnias nos unimos a Mons. Rubén Darío para apoyar a su diócesis y a la Iglesia colombiana en el proceso de beatificación que se inicia.
¿Cómo se entendió a sí mismo el Hermano Gerardo?
El esfuerzo por plasmar en su “Diario” sus vivencias del día a día en su actividad apostólica nos dejan una prueba de su íntimo deseo de identificarse más y más con el proyecto de Jesús. Escribía en 1969, a poco más de un año de su partida:
“Yo quisiera salir gritando: soy un sacerdote misionero que quiere vivir a los 52 años de edad y hasta la muerte, su sacerdocio como el día de su ordenación”.
(…)
“Comprendí que "para conocer a Dios es necesario conocer al hombre y que es necesario amar al hombre para poder amar a Dios", como lo recordaba Pablo VI al finalizar el Concilio”.
(…)
“Comprendí que la vocación de "evangelizar a los pobres" lleva consigo el deber de denunciar las injusticias y las hipocresías de quienes echan pesadas cargas sobre los hombros de los demás y ellos no las tocan ni con un dedo”.
(…)
“¿Y el "aggiornamento"? Para mí, aggiornarse el sacerdote es sentir como Cristo el dolor de las muchedumbres marginadas y la rebelión de esa juventud aprisionada dentro de unas estructuras que deberían estar en continua revisión, según las exigencias de los tiempos y los impulsos del Espíritu” [4]
El talante de su personalidad y de su pensamiento social lo podemos medir en sus mismas palabras; en un discurso pronunciado en 1971, expresaba:
“Hermanos, os habla un porteño que ha sufrido durante diecinueve (19) años la dureza de la estiva sobre los hombros encorvados de sus hermanos con hambre de libertad; (…) Os habla un hombre que ha llorado con el indio la desaparición de su raza y ha llorado con el negro el desprecio de las otras; (…) Os habla un hombre que, habiendo recibido de Cristo su mandato de amor, ve con angustia que el egoísmo de los que algo tienen, clava sus garras implacables sobre las frentes de los desposeídos”. (…) “Hermanos, os habla un hermano, un hermano vuestro Latinoamericano, nacido en las montañas de Los Andes, quemado por el sol de nuestros valles, herido en las espinas de la selva, conocedor del Amazonas y del Plata. Os habla mi experiencia de la tierra, la angustia de libertad, la sed insoportable de que todos tengamos una sola Patria” [5]
Entre muchas opiniones sobre el Hermano Gerardo, destaco el siguiente escrito del poeta nadaista Gonzalo Arango, quien fue su amigo y quien tuvo la ocasión de caminar con Mons. Valencia en una correría por San Francisco del Naya. En el periódico El Tiempo en 1971 nos dejó el poeta esta reseña del obispo de Buenaventura: “Monseñor Valencia no es el lobo de Golconda, pero tampoco el caperucita roja de la religión. Evidentemente no es el capellán del statu quo. Sencillo como la coliflor, flaco, bajito, con un motorcito pegado al alma, con una autoridad que no emana del poder sino de su bondad. Así es él. Silencioso y activo, incansable y meditador. Un peón de Cristo a quien le sobra tiempo para la poesía”.
Su biógrafo, Gerardo Jaramillo lo define como un profeta: “Gerardo era un profeta: sintió que tenía una misión que cumplir, sintió que Dios le había encomendado una misión y, aunque a veces había sentido deseos de huir, siempre permaneció asido a la cruz, uncido a la tarea que el Señor le encomendó”[6].
"Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados!", gritó Jesús en el sermón de las Bienaventuranzas, grito que actualizó el Hermano Gerardo durante su actividad misionera, y en numerosos escritos y discursos, como lo testimonia Monseñor Raúl Zambrano Camader, su colega en el episcopado: “De los negros opinó que son el símbolo de todo el pueblo iberoamericano. La clave de la liberación debemos buscarla en nuestro mismo continente. América Latina es tierra propicia para la unidad, pues sus gentes son una síntesis de todas las razas del mundo. En Quibdó pronunció un corto discurso y decía Mons. Valencia: “El indio de América y el negro más auténtico tiene en su alma y en su historia la clave verdadera de las reformas sociales; lo han tomado de su casto contacto con la naturaleza, lejos de lo artificial que ha provocado en el hombre su tentación de ser Dios” [7]
A buena hora el obispo de Buenaventura, Monseñor Rubén Darío Jaramillo, nos invita a estar en sintonía como Iglesia colombiana, desde el pueblo fiel del litoral Pacífico y de las minorías étnicas de Colombia, para unirnos en oración y acción por la causa de Beatificación de este testigo fiel de nuestra Iglesia local. En el contexto de la SINODALIDAD que vivimos como Iglesia universal el papa Francisco nos está mostrando el camino a seguir en este siglo XXI. Gerardo Valencia, en actitudes proféticas similares al papa Francisco, fue un visionario en su tiempo y nos dejó un derrotero de humanismo cristiano con una actitud misionera en salida, al encuentro de tantos hermanos y hermanas, víctimas de la marginalidad en nuestro país.
En una anotación de un libro de lectura de Mons. Valencia se encontró este escrito de su puño y letra: "Señor, cuando yo muera, ¿qué será de mí? Déjame perderme bajo la tierra como una pepa dura, de la memoria de todos, mientras que Tú plasmas de nuevo al viejo Adán, y reviente como una estrella sobre el nuevo mundo" [8]
Gracias Hermano Gerardo por quedarte entre nosotros animando nuestra Iglesia colombiana.
P. Omer Giraldo R. MXY
Centro de Animación Misionera Conferencia Episcopal de Colombia CEC
Director del Área de ETNIAS
Director Director del El Instituto Misionero de Antropología - IMA
[1] MONSEÑOR VALENCIA. Homenaje póstumo a la memoria de Monseñor Gerardo Valencia Cano, MXY. Publicación dirigida por P. Gerardo Jaramillo G. MXY y varios colaboradores. Editorial Librería Stella. Bogotá. Página 27.
[2] Expresión de Monseñor Valencia en sus alocuciones radiales en Radio Buenaventura
[3] Mons. RUBEN DARÍO JARAMILLO. Mensaje con ocasión de la celebración de los 50 años de la muerte de Mons. Gerardo Valencia Cano.
[4] Monseñor Valencia. Op. Cit. Pag. 38-41
[5] Monseñor Valencia Op. Cit. Pag. 54-56
[6] Gerardo Jaramillo Gonzalez. El Obispo de los Pobres. Una biografía de Monseñor Gerardo Valencia Cano. Seminario de Misiones Extranjeras de Yarumal. Edit. Carpgraphics. MEDELLIN. Agosto 2008.
[7] Zambrano Camader, Mons. Raúl. “El pensamiento social de Mons. Valencia”. En Monseñor Valencia. Op. Cit. Pág. 76.
[8] Monseñor Valencia. De Gerardo Jaramillo González. Op. Cit. Pag. 195
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Defendiendo la vida desde la familia
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Avanzamos en el desarrollo del Proceso Evangelizador en la Diócesis de Cúcuta con el lema: vayan y hagan discípulos defendiendo la vida, celebrando 70 años de vida diocesana, transmitiendo el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, que es Evangelio de la vida. El primer espacio y ambiente para proteger, defender y custodiar la vida es la familia; con la certeza que Jesucristo nuestra esperanza, ilumina y unifica la vida familiar y con la gracia que derrama cada día sobre los hogares la custodia. Sabiendo que “el bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia” (Amoris Laetitia 31).Frente a todas las dificultades por las que pasa la familia en el momento actual, la llamada que nos hace Dios en su Palabra es a edificar la vida del hogar sobre Jesucristo, roca firme que sostiene el hogar; para recibir de Él la fuerza de afrontar los desafíos y tareas en la misión que ha recibido de Dios de custodiar y defender la vida humana. Al respecto Aparecida nos dice: “el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, también posee una altísima dignidad que no podemos pisotear y que estamos llamados a respetar y a promover. La vida es regalo gratuito de Dios, don y tarea que debemos cuidar desde la concepción, en todas sus etapas, y hasta la muerte natural, sin relativismos” (DA 464). Esta fuerza se encuentra únicamente en Dios que regala su gracia y bendición a cada familia para cumplir con su misión.Esta enseñanza del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia nos ayuda a ratificar la doctrina sobre la familia y la defensa de la vida, para responder a las ideologías que presentan el aborto, la eutanasia y demás atentados contra la vida y la dignidad de la persona humana, como norma de comportamiento. Frente a esto, tenemos que fortalecer la familia que protege la vida como regalo gratuito de Dios. En ese sentido, Aparecida afirma: “la familia cristiana está fundada en el sacramento del matrimonio entre un varón y una mujer, signo del amor de Dios por la humanidad y de la entrega de Cristo por su esposa, la Iglesia. Desde esta alianza de amor, se despliegan la paternidad y la maternidad, la filiación y la fraternidad, y el compromiso de dos por una sociedad mejor” (DA 433); esto nos permite construir persona y sociedad desde los valores del Evangelio de Jesucristo.La familia que edifica su vida sobre la roca firme de Jesucristo recibirá la fuerza diaria para cumplir su misión y se convierte en luz que ilumina el camino de otras familias, que se ven desanimadas en continuar con la lucha diaria, porque “la familia cristiana, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo de la alianza pascual de Cristo, mediante la constante irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón. La familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del Reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada” (Familiaris Consortio 52), incluyendo el testimonio cristiano al abrazar la cruz del Señor y contemplarla en medio de las dificultades que se viven en cada hogar y los desafíos que tiene que afrontar del mundo actual que quiere desestabilizar las familias.Para afrontar los retos diarios, sabemos que no estamos solos, Jesucristo va con nosotros en la barca de nuestra vida y además tenemos la protección y amparo de la Santísima Virgen María, que nos enseña a estar junto a la cruz del Señor, a veces con dolor, pero de pie y con esperanza en Jesús que no defrauda, porque “los dolores y las angustias se experimentan en comunión con la cruz del Señor, y el abrazo con Él permite sobrellevar los peores momentos. En los días amargos de la familia hay unión con Jesús abandonado que puede evitar una ruptura. Las familias alcanzan poco a poco, con la gracia del Espíritu Santo, su santidad a través de la vida matrimonial, participando también en el misterio de la cruz de Cristo, que transforma las dificultades y sufrimientos en una ofrenda de amor” (AL 317); con el auxilio de la gracia de Dios que se nos ofrece en los sacramen¬tos, sobre todo en la Confesión y la Eucaristía, que fortalecen y alimentan la vida familiar.Con la certeza que Jesucristo ilumina y unifica la vida familiar, continuamos en el Proceso Evangelizador que hemos venido realizando durante todos estos años de historia diocesana, abiertos a la gracia de Dios y al don que viene de lo alto que nos fortalece, alienta, nos llena de esperanza, porque “Dios ama nuestras familias, a pesar de tantas heridas y divisiones. La presencia invocada de Cristo a través de la oración en familia nos ayuda a superar los problemas, a sanar las heridas y abre caminos de esperanza” (DA 119); con la garantía que no estamos solos en la vida familiar, ya que la gracia de Dios y la compañía de la Iglesia, nos ayudan a fortalecer los vínculos de comunión familiar.Las familias tienen la compañía de la Iglesia en cada una de las parroquias, desde donde se ora por las necesidades familiares, por los miembros del hogar que estén pasando situaciones difíciles, pidiendo la gracia de la caridad y del amor conyugal, dando gracias a Dios todos los días por la vida y todo lo que acontece en la familia. Pongamos la vida personal y familiar bajo la protección y amparo de la Santísima Virgen María, en todas las circunstancias de la existencia, aún en los momentos de cruz. Que el Glorioso Patriarca San José, unido a la Madre del cielo, nos alcancen de Nuestro Señor Jesucristo la fortaleza en la fe, la esperanza y la caridad, para vivir en el hogar iluminados y unificados por Él, para que construyamos familias perdonadas, reconciliadas y en paz.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Mar 14 Jul 2026
La Eucaristía: centro de la vida eclesial
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Caminamos juntos en la celebración de los 70 años de nuestra Diócesis de Cúcuta, sostenidos por la gracia de Dios y fortalecidos por la Eucaristía; el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha alimentado en esta historia de fe, esperanza y caridad y nos ha ayudado a construir esta Iglesia Particular, porque “del Misterio Pascual nace la Iglesia. Precisamente por eso la Eucaristía, que es el sacramento por excelencia del Misterio Pascual, está en el centro de la vida eclesial. Se puede observar esto ya desde las primeras imágenes de la Iglesia: acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (Ecclesia de Eucharistia 1).La Iglesia vive de la Eucaristía, recibe del sacramento de nuestra fe la gracia para ser comunidad de creyentes que tiene su meta en la vida eterna. Por eso, también la Eucaristía nos abre el camino a la eternidad: “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6, 54); de tal manera, que la Eucaristía tiene que ocupar un lugar central en nuestra vida cristiana. Así lo enseñó el Concilio Vaticano II cuando afirmó que “la Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana” (LG 11) y “fuente y cima de toda evangelización” (Presbyterorum Ordinis 5), camino evangelizador que estamos recorriendo en nuestra diócesis en salida misionera.Somos conscientes que hoy estamos recogiendo los frutos de la siembra del Evangelio en estos años de historia. Pero tenemos que reconocer que en esa siembra nunca ha faltado la Eucaristía, como el milagro más grande del mundo; por eso, no tenemos que esperar milagros o manifestaciones extraordinarias en nuestra vida de fe, porque en la Eucaristía tenemos al que es todo, a Jesucristo nuestro Señor, tal como nos lo ha enseñado el Concilio: “la Sagrada Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo” (PO 5).El camino de nuestra fe fortalecido con el sacramento de la Eucaristía nos debe llevar a una experiencia profunda de amor, porque la Eucaristía es escuela de caridad, de perdón y reconciliación. Es indispensable en los momentos actuales, cuando la humanidad está desgarrada por odios, violencias, resentimientos, rencores y venganzas, que están destruyendo y dividiendo la vida de las personas, de las familias y de la sociedad, que se percibe desmoronada y abatida por la falta de Dios en el corazón de cada persona que deja entrar toda clase de males. Nuestra ciudad y nuestra región padece muchas divisiones que producen violencia. Frente a este mal que nos agobia, la historia diocesana da razón que la Eucaristía crea la comunidad, la construye día a día y la sostiene por siempre en comunión, “la Eucaristía crea comunión y educa a la comunión” (Ecclesia de Eucharistia 40).Frente a tantas incertidumbres y dificultades que pretenden desanimar a quienes trabajan por el establecimiento del bien y la comunión entre los pueblos, es necesario que brille la esperanza cristiana. Ella, necesariamente tendrá que brotar de la Eucaristía, que cura todas las heridas provocadas por el mal y el pecado que se arraiga en la vida personal y social. Pero también, sana la desesperación en la que podemos caer, frente a tanto mal y violencia en el mundo y en nuestra región, donde la vida humana es pisoteada, destruida y el ser humano es manipulado por todas las formas de mal que quieren arraigarse en la sociedad. Somos curados de la división y del mal, con la Eucaristía, sacramento de la fe y de la comunión, que es forma superior de oración que ilumina la historia personal como historia de salvación, donde Dios está siempre presente y al centro de cada combate humano, cristiano y espiritual.Esta realidad que vivimos en torno a la Eucaristía se lleva a plenitud en la Iglesia y concretamente en la diócesis; como nos dice el Concilio “ninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene su raíz y quicio en la celebración de la Santísima Eucaristía” (LG 11). Realidad que ha profundizado San Juan Pablo II cuando nos ha enseñado que “la Iglesia vive de la Eucaristía” añadiendo además que “esta verdad encierra el núcleo de misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”(Ecclesia de Eucharistia 1).Agradecidos con Dios por los 70 años de vida diocesana, reconozcamos el don de la Eucaristía que nos permite seguir caminando juntos, cumpliendo con el mandato misionero: “vayan y hagan discípulos” fortaleciendo la comunidad eclesial, de la cual la Eucaristía es el centro que nos ayuda a vivir en comunión, participación y misión. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, nos alcancen del Señor todas las gracias y bendiciones necesarias, para reconocerlo en la Sagrada Eucaristía, que es el sacramento de nuestra fe, que nos relaciona íntimamente con la Iglesia y con cada creyente que comulga el día del Señor en gracia de Dios.En unión de oraciones, reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Vie 3 Jul 2026
El sacramento del matrimonio, una buena noticia
Por Mons. Héctor Cubillos Peña - Hoy, en diferentes contextos, el matrimonio está considerado como una institución llamada a desaparecer. Se piensa como una realidad que va contra la dignidad de la persona humana y su autorrealización, en él la mujer recibe toda clase de ataques que anulan su identidad y la mantiene en una dependencia esclavizante.Esta situación entra en conflicto con el proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia manifestado en Jesucristo que la Iglesia, fiel a su misión, defiende y promueve como institución humana y como realidad de salvación. El matrimonio no es una propuesta engañosa ni obsoleta; no es una ilusión ni algo que va en contra de la dignidad de la persona y sus derechos. Se trata de una realidad posible que realiza el amor y la felicidad que contribuye positivamente al bien de la sociedad. Pero el matrimonio, además, ha sido elevado a la categoría de sacramento.En la vida de la Iglesia hay siete sacramentos instituidos por Dios, que son los canales por los cuales llega a los hombres el amor y la acción salvadora de Dios. No son invención de sus ministros y no pueden ser suprimidos ni alterados en su esencia. Todo lo que Dios quiere entregar a la humanidad para su bien y su realización lo comunica por los sacramentos. Los sacramentos salvan, transforman, cambian, embellecen, fortalecen y llenan de alegría y nueva vida. Son un don de la misericordia y llenan de alegría y nueva vida. Son un don de la misericordia y del poder divinos. Nuestro Dios es un Dios no que destruye, sino que salva y perfecciona.La vida de Dios, que es verdadera e invisible, llega a los hombres a través de realidades visibles de este mundo. El agua del bautismo, al derramarla sobre la cabeza del niño con las palabras del sacerdote hacen real la acción de Dios que verdaderamente purifica, da la vida divina y convierte en hijo de Dios al que la recibe.El matrimonio es uno de esos sacramentos, es decir, por el amor libre y consciente de una pareja que decide llevar una vida de unidad, de ayuda mutua de pareja para siempre y en exclusiva para buscar alcanzar el bien y la felicidad contribuyendo a la transmisión y cultivo de la vida de sus hijos, el matrimonio queda establecido como un reflejo del amor de Jesús y a la manera del amor de Jesús.Sin embargo, todos los seres humanos tenemos en nuestro interior una fuerza que quiere obstaculizar y destruir no solo el mismo amor humano, sino también que la vida de pareja no refleje el amor de Dios. El corazón humano es frágil y débil. De ahí la realidad cotidiana de matrimonios destruidos, separados, heridos como de hecho se han presentado siempre.El matrimonio es uno de esos sacramentos; es decir, el amor entre un hombre y una mujer por la acción de Dios, está llamado a ser una imagen, un reflejo del amor de Jesús por los suyos. Todo en la vida de unos esposos ha de ser una realidad que muestre ese amor de Dios. Y, de otra parte, es una gracia que hace posible esa realidad. Al ser una gracia viene a fortalecer la vida matrimonial de amor exclusivo y permanente para que no vaya a fracasar ni a destruirse. El sacramento salva el amor conyugal.Lo anterior es así, porque aparece en la Palabra de Dios, el Creador al llamar a la existencia a la primera pareja y luego Jesús afirmaron: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1, 27; Marcos 10, 6-7). Toda la vida de una pareja; sus relaciones y su convivencia han de mostrar esa semejanza con Dios y su amor. San Pablo al referirse al matrimonio dice que este está referido al amor de Jesús, el esposo con su esposa que es la Iglesia (Cfr. Efesios 5,32). Toda la enseñanza de Jesús y sus relaciones con las gentes son el camino de la felicidad y la santidad. Ese amor es el que debe habitar en el corazón, la mente, las palabras, los deseos, la sexualidad, el cariño, la unidad y la comunión. Dice la escritura: “Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa, y los dos serán una sola carne” (Mateo 19, 5). Dos personas, dos existencias, dos proyectos de vida que están llamados a ser uno en esta vida, por cuanto en el cielo ya no habrá matrimonio, sino que todos estarán integrados en el amor perfecto de Dios.Sin embargo, el amor de los esposos no se encuentra encerrado en ellos mismos, ha de estar abierto a la vida familiar; la familia ha sido llamada “Iglesia doméstica”, es decir, una comunidad de padres e hijos en donde se ha de vivir en la presencia y compañía de Dios y en donde sus miembros han de reproducir el amor de Jesús por los discípulos. La familia es el santuario del amor y de la vida por cuanto el amor se prolonga en la comunicación de la vida a los hijos. La gracia y ayuda de Dios que comunica el sacramento del matrimonio permanece en la familia que ha de brillar por el amor que hacen visible para los demás y que es eficaz en todos los momentos de alegría y sufrimiento. La gracia del sacramento hace posible el diálogo, el perdón, la tolerancia y la ayuda entre todos.Pero, esa gracia de Dios no llega al matrimonio ni a la familia de manera automática ni mágica; es necesaria la apertura y la acogida de cada uno. Esto será posible en la medida en que en pareja y en familia se haga oración, se escuche la Palabra de Dios, se reciba el perdón de los pecados y se acuda al alimento de la Eucaristía. Es así, como se recibe la acción poderosa y de amor de Dios. Unos esposos en y con su familia se convierten en pruebas y testimonios palpables de que sí es posible y es camino de felicidad el matrimonio sacramental, que es en verdad una Buena Noticia.+Héctor Cubillos PeñaObispo de la Diócesis de ZipaquiráMiembro de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia
Mié 1 Jul 2026
Llamados a ser santos y a participar en el ministerio de Cristo
Por Mons. Luis Fernando Rodríguez Velásquez - Con ocasión de la jornada para la santificación sacerdotal, el papa León XIV escribió, en el marco de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, un profundo mensaje en el cual reitera el llamado a los ministros ordenados a ser santos. Dice así, entre otras cosas:“Dios nos invita a participar de su misma santidad. Cuando nos llama a ser santos porque Él es santo, nos indica el camino a seguir: dejarnos modelar según su Corazón. Y para nosotros, queridos hermanos, esta llamada es particularmente radical. El Señor prometió: «Les daré pastores según mi corazón, que los apacentarán con ciencia y prudencia» (Jer. 3,15). La santidad que se nos pide es un abandono confiado: dejarnos transformar por su Santo Espíritu.Sin embargo, precisamente aquí surge la gran paradoja de nuestra vida sacerdotal: estamos llamados a participar de la misma santidad de Dios, pero llevamos este tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co 4,7), somos limitados e imperfectos, a menudo estamos marcados por debilidades y cansancios, a veces por heridas. ¿Cómo puede un corazón humano, tan vulnerable, responder a una llamada tan alta? El sacerdote vive esta tensión, pero sabe dónde encontrar paz: en el costado abierto del Señor Jesús”.En muchas jurisdicciones eclesiásticas, en los meses de junio y julio se llevan a cabo los retiros espirituales para los ministros ordenados, presbíteros y diáconos. En Cali se realizan cuatro tandas, tres para los presbíteros y una para los diáconos permanentes.Es por esto que he considerado muy pertinente proponer esta reflexión, pues el llamado que nos hace el Papa es siempre actual, y diríamos, urgente. La humanidad que reviste a los ministros ordenados a veces los lleva a perder el norte de su ser y de su misión. Ya lo anotaba el Papa que “somos limitados e imperfectos, a menudo estamos marcados por debilidades y cansancios, a veces por heridas”.Este tomar conciencia de la realidad que envuelve a los sacerdotes y diáconos, es un punto de partida para seguir consolidando lo que desde el seminario se nos decía: la importancia del autocuidado. Aquí es necesario que los presbíteros y diáconos tengan las herramientas espirituales y humanas para saber hacer frente a las dificultades y desafíos que vayan encontrando. Anoto algunas: la dirección espiritual, la oración personal y comunitaria, la vida fraterna, la frecuente celebración del sacramento de la reconciliación, la vivencia plena y confiada del sacramento de la eucaristía, una afable y confiada relación con la Virgen María, sanas amistades, descanso, ejercicio físico y vida familiar sincera.El Papa Francisco nos hablaba de unas cercanías como medios para proteger a los sacerdotes y ayudarles a crecer en su vida de santidad: cercanía a Dios, al obispo, a los hermanos sacramentales y al pueblo santo de Dios.Simplemente invito a quienes van a participar en los retiros espirituales 2026, a vivirlos con entusiasmo y a ver en ellos ese kairós, ese tiempo de gracia para fortalecer lo que está bien en el ministerio, a revisar y mejorar lo está débil, y a dar el paso a una auténtica conversión si se está desviando el camino. Para ello: no tengan miedo a reconocerse limitados y necesitados de la ayuda del Señor que actúa a través del obispo.A los fieles en general dirijo también un llamado: oren por sus sacerdotes y servidores en la Iglesia. Ellos los necesitan hoy más que nunca, con su comprensión, su exigencia y mano extendida. Valoren la entrega de sus sacerdotes a sus comunidades, en la mayoría de los casos sacrificada. En el silencio ellos llevan sobre sus hombros sus penas y dolores. Necesitan, pues, el aliento de sus fieles más que las críticas destructivas a veces infundadas.En estos días en que muchos de los párrocos estarán ausentes de sus parroquias para hacer los retiros, únanse en oración ante el Sagrario y téngalos muy presentes. En los retiros ellos llevan también sus plegarias al altar.De nuevo retomo el llamado final del Papa León en su mensaje para la santificación sacerdotal:“Queridos sacerdotes, renueven cada día su “aquí estoy” ante el Corazón traspasado de Cristo. Entréguense totalmente a Él, para que puedan amar a su pueblo con el mismo amor con el que Él lo ama. Y recuerden con alegría, como le gustaba repetir al santo Cura de Ars, que «el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús» (cf. Benedicto XVI, Carta para la convocación del Año Sacerdotal [16 junio 2009]: AAS 101 [2009], 569). Este amor es prenda y garantía de que nada de nosotros se perderá, si todo lo nuestro lo entregamos y ofrecemos. Les encomiendo a todos y a cada uno a la Virgen María, Madre de los sacerdotes. Ella, que conservó en su corazón el misterio del Hijo, nos enseñe a conservar y a hacer latir en nosotros el Corazón de Cristo, Salvador del mundo”.+Luis Fernando Rodríguez VelásquezArzobispo de Cali