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Para orar, meditar y vivir
Tags: evangelio del día Mons Omar Mejía Iglesia domingo
Para orar, meditar y vivir
¿Me amas más que éstos?
Santa Teresita, inquieta por santificarse en la iglesia, se hacía continuamente la siguiente pregunta: ¿En la iglesia cuál es mi vocación? Después de mucho leer y meditar, se encontró con los capítulos 12 y 13 de la primera carta de San Pablo a los Corintios y de allí extrajo la siguiente conclusión: “En la iglesia, mi vocación es el amor”. Y desde aquélla hora la santa repetía continuamente: “¡Oh, Jesús!, para amarte no tengo nada más que el hoy”. El amor verdadero se vive en el presente, en el hoy de Dios, de lo contrario es una mera ilusión.
“Me voy a pescar” es la expresión que Pedro lanza a los otros discípulos y dicen ellos: “Vamos también nosotros contigo”. Vuelven al oficio de antes, regresan a su pasado y lo hacen bajo el liderazgo de Pedro, pero con unos criterios meramente humanos. El amor que Jesús les había manifestado durante su ministerio público, llegaron a pensar que era un amera ilusión, un amor pasajero, un amor al estilo humano. Por eso, volvieron al oficio de antes e intentaron pescar durante toda la noche y al amanecer no habían cogido nada. Por más que bregaron no lograron pescar absolutamente nada. Es que la vida sin el Señor es vacía y sin sentido. Se necesitan las luces del Maestro y Señor. En realidad la vida sin Jesús no tiene orientación, no tiene un norte bien definido.
“Jesús se presentó en la orilla” y hace una pregunta: “Muchachos, ¿tenéis pescado?”. Los discípulos fueron sinceros y reconocieron que no tenían absolutamente nada que compartir con el “desconocido” que los interrogaba. Sin embargo, cuando él los invita a lanzar las redes, que luego sacaron llenas de peces, son obedientes y es allí precisamente, cuando descubren que es el Señor. La obediencia a la Palabra de Jesús multiplica el bien y da resultados asombrosos. Con la obediencia se descubre que el Señor nunca se ha ido, que siempre ha estado con sus discípulos, aún en los momentos más críticos de su existencia Jesús está con sus discípulos no solamente en los momentos buenos y alegres de la vida, sino también a la hora de la dificultad. También lo estará en medio de sus persecuciones y de la muerte. Jesús estará siempre allí. Dios está siempre con nosotros, aunque muchas veces no lo percibamos.
Viene ahora una escena preciosísima que vale la pena resaltar: Jesús invita a sus discípulos a compartir una comida. Los discípulos aportan los peces, pero Jesús mismo ya ha preparado la hoguera. “Ven unas brasas con un pescado puesto, encima y pan”. Jesús les calienta el alma, les da de comer, les alimenta el espíritu. Jesús rehace la amistad con sus discípulos, les demuestra que su amistad es eterna, les da prueba fehaciente se su fidelidad y amor eterno.
Allí sentados en la cena, se gesta un silencio constructivo, un silencio palabra, en el cual los discípulos no se atreven a decir nada, porque sabían que era el Señor. Frente a Dios es mejor callar que locamente hablar. A Dios solo se le ama y se le contempla en el silencio. Los discípulos entienden que no se trata del silencio amargo del escandalo de la cruz, sino del silencio que reconoce una presencia viva, que acoge la identidad del Maestro, que satisface la interpelación del corazón. Ahora que Jesús ha resucitado, Jesús rescata a sus discípulos de la noche de una ausencia que nunca ha sido tal y atrae a su comunidad a una comunión más profunda con Él. En este comer juntos, Jesús es para ellos, más que nunca “el pan que da la vida” plena y resucitada (6,35). “Yo soy el Pan de Vida”. “Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10,10).
Decía Santa Teresa: “Dios siempre habla en el silencio”. Para escuchar a Dios es necesario hacer silencio. En el silencio nos abrimos a la acción misericordiosa de Dios. El silencio nos propicia un ambiente favorable para conocernos a nosotros mismos y reconocer al otro. En la soledad nos encontramos con nuestras grandezas y miserias. En el silencio descubrimos el amor infinito de Dios, su misericordia. En este ambiente de silencio, se da precisamente la última escena del evangelio que proclamamos, miremos:
1.Hay una triple pregunta: ¿Me amas? Con la triple pregunta, Jesús le da a Pedro la posibilidad de enmendar su triple negación durante la pasión. Dios nos da a todos siempre una segunda oportunidad. Incluso nos da una tercera, una cuarta y hasta infinitas posibilidades. El Señor no lo borra a uno de su corazón con el primer error. Con el Señor siempre hay una nueva oportunidad, con Él nada está perdido. ¿Será que nosotros somos así con los demás? Somos resentidos, vengativos…, precisamente, porque vivimos sin Dios. Odiamos y con ese sentimiento ocupamos nuestro corazón y no le damos cabida al Señor. Trabajamos mucho, hacemos muchas cosas, pero sin la fuerza divina y por eso hacemos demasiado poco y nos cansamos mucho.
2.Quien ama perdona. Si aprendiéramos la lección contenida en esto que Jesús hizo por Pedro, si nos interesáramos por devolverle nuestra confianza a alguien que se ha equivocado, que nos ha hecho algo feo, que nos ha traicionado, que no se hizo sentir cuando más lo necesitábamos, nuestra convivencia familiar y comunitaria sería más feliz. Si perdonáramos más, viviríamos más y mejor, viviríamos alegres y bien dispuestos para amar incluso a los enemigos.
3. Hay una triple confesión que termina con un acto de confianza absoluta: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero”. El diálogo entre Jesús y Pedro tiene que ver con la vida de cada uno de nosotros. San Agustín dice: “Interrogando a Pedro, Jesús también nos interrogaba a cada uno de nosotros”. La pregunta: “¿Me amas?” se dirige a todo discípulo. El cristianismo no es un conjunto de doctrinas y prácticas; es una realidad mucho más íntima y profunda. Es una relación de amistad con la persona de Jesús.
4.Quien ama sirve. Pongámosle cuidado también a esto: Jesús pide que el amor por Él se concrete en el servicio a los demás. Amar consiste en servir. “¿Me amas?, entonces apacienta mis ovejas”. ¿Amas a tu esposo(a)?, entonces ocúpate de él (ella). ¿Amas a los hermanos de tu comunidad de fe?, entonces pongase a servirles. ¿Amas a tu hijo?, y entonces, ¿por qué lo abandonas? Nuestro amor por Jesús no se debe quedar en un hecho intimista y sentimental, se debe expresar en el servicio a los otros, en el hacerle el bien al prójimo. La Madre Teresa de Calcuta solía decir: “El fruto del amor es el servicio y el fruto del servicio es la paz”.
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"Agua pasó por aquí, cate que no te vi"
Mié 14 Oct 2026
Con María en el mes de las misiones
Lun 5 Oct 2026
Lun 5 Oct 2026
Vayan y enséñenles a cumplir todo lo que les he mandado
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Avanzamos en el Proceso Evangelizador de nuestra Diócesis de Cúcuta, celebrando 70 años de misión en esta región de frontera y 40 años del Seminario Mayor San José y lo vivimos en este mes misionero con el lema pastoral: “vayan y hagan discípulos anunciando el Evangelio”; cumpliendo con el mandato misionero del Señor: “vayan y hagan discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñeles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y estén seguros que yo estaré con ustedes día tras días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19 - 20). Tenemos la certeza que la vocación de la Iglesia es llevar el Evangelio a todos, porque “evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda” (EN 14), misión que está desde el principio y permanecerá hasta el final de los tiempos.En nuestra Diócesis de Cúcuta estamos en estado permanente de misión, dispuestos a proclamar por todas partes a Jesucristo nuestro salvador. La visita pastoral de los párrocos y agentes de pastoral a cada uno de los sectores, es el cumplimiento fiel del trabajo misionero en el que estamos todos comprometidos, porque “todos nosotros como discípulos de Jesús y misioneros, queremos y debemos proclamar el Evangelio, que es Cristo mismo. Anunciamos a nuestros pueblos que Dios nos ama, que su exis¬tencia no es una amenaza para el hombre, que está cerca con el poder salvador y liberador de su reino, que nos acompaña en la tribu¬lación, que alienta incesantemente nuestra esperanza en medio de todas las pruebas. Los cristianos somos portadores de buenas noticias para la humanidad y no profetas de desventuras” (DA 30).Vivimos en nuestra región y ciudad momentos de dificultad y confusión a causa de la violencia que nos agobia y amenaza con destruirnos, fruto de una sociedad que vive sin Dios. Sin embargo, frente a ese panorama desolador, el cristiano que es un discípulo misionero de Jesucristo, conserva la esperanza y la transmite a los demás. Es la esperanza en Jesucristo que no defrauda, “sabiendo que la tribulación engendra paciencia, la paciencia virtud probada; la virtud probada esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rom 5, 3 - 5). Esa es nuestra certeza y por eso nos mantenemos en pie en medio de las dificultades, porque el amor de Dios permanece en nosotros.Para dar esperanza en momentos difíciles tenemos la presencia del Espíritu Santo que con sus dones nos ilumina para ir a todos y enseñar todo lo que Jesús nos ha mandado: “a partir de Pentecostés, la Iglesia experimenta de inmediato fecundas irrupciones del Espíritu, vitalidad divina que se expresa en diversos dones y carismas y variados oficios que edifican a la Iglesia y sirven a la evangelización. El Espíritu en la Iglesia forja misioneros decididos y valientes como Pedro (Cf. Hch 4, 13) y Pablo (Cf. Hch 13, 9), señala los lugares que deben ser evangelizados y elige a quienes deben hacerlo (Cf. Hch 13, 2)” (DA 150). Esto, para que se cumpla el mandato misionero de ir por todas partes a transmitir la persona de nuestro Señor Jesucris¬to, en medio de dificul¬tades, persecuciones y pruebas.El misionero del Señor es un enamorado del Evangelio, cuya vida está cimentada en Jesucristo, teniendo la certeza que nos da el mismo Jesús “sepan que yo estoy con ustedes día tras día hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Tenemos la seguridad puesta en Dios y por eso salimos a anunciar el Evangelio para decirle al mundo, a los violentos y a quienes hacen daño que nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios; tal como lo enseña San Pablo: “pero en todo esto salimos más que vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom 8, 37 - 39). Por lo tanto, nada podrá detener el fervor evangelizador que llevamos dentro, para ir por todas partes a transmitir el mensaje de Jesucristo.De esta manera entendemos que la evangelización no se hace con poderes humanos, sino con la sabiduría que viene de Dios, que es un don del Espíritu Santo, que hace que habite en nuestro corazón la gracia y que tengamos fervor interior para transmitirla porque “si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús” (EG 120), que es lo que enseñamos a otros, poniendo por obra todo lo que Jesús nos ha mandado.Para un mundo sin Dios la misión de todos nosotros los bautizados se hace más necesaria y urgente, porque la humanidad sin Dios, pierde toda esperanza, “el hombre necesita a Dios, de lo contrario queda sin esperanza” (Spe Salvi 23). Que este mes misionero que estamos viviendo, sea un momento especial de gracia para conocer y amar más a Jesucristo y darlo a conocer a nuestros hermanos, incluyendo a aquellos que no lo conocen o lo rechazan abiertamente. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, nos alcancen de nuestro Señor Jesucristo el fervor misionero para cumplir con el mandato de ir por todas partes a hacer discípulos misioneros del Señor.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Vie 25 Sep 2026
La migración, una realidad que nos sigue interpelando
Por Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar - El próximo 27 de septiembre la Iglesia nos invita a celebrar la 112 Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, con el lema “Incluso uno solo de estos pequeños”, enfocado en la protección de los niños, niñas y adolescentes migrantes. Con motivo de esta Jornada es pertinente recordar que el año pasado del 2 al 4 de septiembre, se realizó en Riohacha, la XV Cumbre del Foro Mundial sobre Migración y Desarrollo. Este foro dejó algunas conclusiones entre las que se destacan: la articulación multilateral y política como una herramienta fundamental e indispensable para enfrentar los desafíos de la movilidad humana. Se acordó que la voz de los territorios receptores, las organizaciones sociales y la diáspora debe estar estrictamente en el centro del diseño de las políticas públicas y la toma de decisiones globales.También, el foro reconoció formalmente a las poblaciones jóvenes y a quienes ejercen labores de cuidado como pilares esenciales para generar procesos de cambio, integración sostenible y dignificación humana. Pidió que la migración no se enfrente como una problemática o crisis, sino como una oportunidad para innovar, ampliar libertades y potenciar el bienestar de las sociedades bajo un marco irrestricto de derechos humanos. Adicionalmente, delegaciones de alto nivel como la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) enfatizaron la urgencia de fortalecer la regularización migratoria y la movilidad laboral como los mecanismos idóneos para garantizar una migración ordenada y segura que disminuyan las brechas de desigualdad global. Las directrices dadas por el Presidente de la República Abelardo De La Espriella, desde Barranquilla el 24 de agosto, en cuanto a migración, con el principio: “primeros los colombianos”, aparentemente marca un giro frente a las administraciones anteriores, de manera especial, en cuanto a la política de deportación inmediata de irregulares, priorizando a los vinculados en la comisión de delitos, crímenes o actividades económicas ilícitas.Estas disposiciones, referente al fenómeno migratorio, nos invitan a repasar la enseñanza de la Iglesia, en cuanto a la migración. Para los cristianos, llamados a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos del mundo, la migración es un “kairós”, un tiempo de gracia, y, por consiguiente, el migrante un “lugar teológico” donde acontece la acción de Dios; así, el fenómeno migratorio se convierte en un desafío y en una prioridad pastoral para la Iglesia, pues quien emigra no es sólo una mera estadística, ni un mero dato sociológico o político, sino que es una realidad que lleva a desentrañar el plan de Dios en la historia. Sin lugar a dudas, la actitud de la Iglesia debe ser la del buen samaritano que acoge, protege, consuela, acompaña, promueve, integra, anuncia. Si, los cristianos no podemos ser sordos y ciegos ante esta crisis humanitaria.Nos dijo el Papa Francisco: “No se trata sólo de migrantes… Los migrantes, y especialmente aquellos más vulnerables, nos ayudan a leer los signos de los tiempos. A través de ellos, el Señor nos llama a convertirnos, a liberarnos de los exclusivismos, de la indiferencia y de la cultura del descarte. A través de ellos, el Señor nos invita a reapropiarnos de nuestra vida cristiana en su totalidad y a contribuir, cada uno según su propia vocación, en la construcción de un mundo que responda al plan de Dios”.Si, no es una cuestión de cifras ni de estadísticas, afirma el Papa León XIV. El Evangelio nos invita a no hacer cálculos: incluso uno solo. Cada niño, cada ser humano, posee una dignidad infinita”.En consecuencia, frente al fenómeno migratorio, es importante que la legislación actual colombiana sobre migración y movilidad humana, como también la doctrina social de la Iglesia, con sus instituciones, proteja al migrante, promueva el respeto y el derecho a la movilidad humana; acoja al forastero superando todo nacionalismo cerrado y violento, frenando cualquier viso de xenofobia; acompañe a los migrantes para evitar la trata de personas, la violencia de género, la explotación laboral y sexual de niñas, niños y adolescentes; brinden oportunidades para integrar la persona y la familia a la sociedad de acogida; promuevan rutas seguras de tránsito, ordenadas, informadas, reguladas, y ofrezcan mecanismos para la regularización.Por supuesto, que quien venga con el propósito de delinquir, debe recibir el rigor de la ley.+Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar, C.Ss.R.Obispo de la Diócesis de Riohacha
Jue 24 Sep 2026
Por el cuidado del agua
Por Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar - El fenómeno de El Niño que estamos padeciendo, el acaparamiento ilegal del líquido precioso por parte de personas inescrupulosas, el despilfarro del mismo, la muerte de personas y animales por la sequía que se padece, la privatización de este recurso hídrico convertido en mercancía, y regulado a través de las leyes del mercado, me lleva a evocar las palabras del Papa Francisco en la Encíclica Laudato si: “El acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico fundamental y universal porque determina la sobrevivencia de las personas”.Según informes especializados de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), presentados en agosto de 2025, de los 8.000 millones de personas que habitamos el mundo, 2.100 millones todavía no disponen de acceso seguro al agua potable (un poco más de un cuarto de la población mundial). Según datos de la misma OMS y UNICEF, miles de millones de personas continúan sin servicios de saneamiento gestionados de forma segura o sin instalaciones adecuadas para la higiene. En cuanto respecta al departamento de La Guajira, no contamos con cifras fidedignas que muestren la realidad que padecemos. No obstante, estoy seguro, la mayoría de la población de la Península sufrimos por falta de agua y calidad de la misma. Una situación que va más allá de las cifras, afecta directamente a la dignidad y a la vida de millones de seres humanos. "Nadie puede vivir sin agua, y nadie debería morir por su falta”, expresó Cristóbal Fones, SJ, director internacional de la Red Mundial de Oración del Papa. Ante el fenómeno de El Niño algunas administraciones municipales y departamentales, según cuentan los noticieros, están urgiendo a los usuarios del agua mayor responsabilidad en su uso, so pena de tener que sufrir restricciones en el consumo, como racionamiento y apagones del fluido eléctrico, como los ya conocidos en los años 92 y 93. Amén del incremento de tarifas al sobrepasar el consumo básico. Sí, es que nos debemos responsabilizar a la hora de consumir el líquido que nos permite seguir viviendo. El agua no conoce fronteras. Su cuidado exige, por ello una responsabilidad compartida.Al respecto, el Papa León XIV, en continuidad con el magisterio de sus antecesores, llama a la conciencia para que se cuide este bien natural. Así en el contexto de la Jornada Mundial de Oración para el Cuidado de la Creación, instituida por el Papa Francisco en el 2015, nos invita, este año, del 1 de septiembre al 4 de octubre, al concluir la fiesta de los 800 años del tránsito de San Francisco, a orar y a custodiar este recurso esencial con gratitud, justicia y responsabilidad. Sí, además de orar, debemos adoptar gestos concretos que puedan contribuir al cuidado de este bien común: vivir con mayor sobriedad, evitar el derroche, reparar las fugas, no contaminar los ríos y las fuentes de agua y consumir de manera responsable.Según el Papa Francisco “este mundo tiene una gran deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable". + Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar, C.Ss.R.Obispo de la Diócesis de Riohacha
Jue 10 Sep 2026
Recibir la vida como un don de Dios (Mt 2, 1-12)
Por Mons. Ramón Alberto Rolón Güepsa - Vivimos en un tiempo en el que comprometerse puede dar miedo. Deseamos conservar nuestra libertad, organizar nuestros proyectos y mantener cierto control sobre el futuro. Todo ello es legítimo, pero la vida también nos invita a confiar, abrirnos al otro y descubrir que amar implica entrega.El evangelista Mateo presenta a los Magos, quienes ven una estrella, abandonan sus seguridades y emprenden un camino sin conocer todos sus detalles. Llegan hasta Jerusalén, encuentran al Niño con María, su madre, se postran ante Él y ofrecen sus dones. Después, regresan por otro camino.Su itinerario expresa una dinámica esencial de la vida cristiana: recibir, salir de nosotros mismos, buscar, encontrar, ofrecer y dejarnos transformar.La vida recibida se convierte en una llamadaNadie se ha dado la vida a sí mismo. Todos la hemos recibido y, desde la fe, reconocemos que es un don de Dios. Por eso, quien recibe amor aprende a amar; quien recibe cuidado aprende a cuidar; quien recibe oportunidades puede ofrecerlas a los demás.La existencia se vuelve fecunda cuando lo recibido no queda encerrado en nosotros, sino que se transforma en servicio. Esta fecundidad puede expresarse en la maternidad y la paternidad, pero también en el sacerdocio, la vida consagrada, la educación, la profesión, la solidaridad o el cuidado de quienes necesitan apoyo.Los Magos representan ese movimiento: ven una señal, salen de su tierra, buscan y se dejan conducir hacia un encuentro que transforma su vida.Perder el miedo al compromisoA veces queremos tenerlo todo asegurado antes de dar un paso: casa, trabajo estable, recursos suficientes y la certeza de que nada saldrá mal. Pero la vida nunca ofrece garantías absolutas.Quien se casa no conoce todos los detalles del futuro; quien recibe un hijo tampoco sabe qué camino recorrerá esa nueva persona. Los Magos tampoco conocían cada detalle, pero se pusieron en marcha.Comprometerse no significa tener todas las respuestas, sino estar dispuesto a caminar, discernir, aprender y confiar. La responsabilidad ayuda a avanzar; la confianza evita que el miedo tenga la última palabra.Un hijo: un don que transforma la vidaUn hijo no puede reducirse a una cifra económica. Es cierto que implica gastos, responsabilidades, cambios, tiempo y paciencia, pero ninguna de estas exigencias agota el significado de una nueva vida.Un hijo trae una historia que comienza, una dignidad propia y posibilidades que todavía no conocemos. La maternidad y la paternidad pueden convertirse en una profunda escuela de amor: enseñan a esperar, compartir, cuidar, perseverar y descubrir capacidades de entrega antes ocultas.Mateo nos muestra a los Magos ante el Niño con María, su madre: no ante una idea abstracta, sino ante una vida concreta, vulnerable y digna de ser acogida.Por eso, hablar de un hijo como una “inversión” solo puede entenderse en sentido humano y espiritual: invertir amor, tiempo, esperanza, educación y futuro. No significa esperar una devolución, porque el amor verdadero no funciona como una transacción.Responsabilidad y confianzaEs natural que una pareja considere sus condiciones económicas antes de recibir un hijo. La responsabilidad forma parte del amor: hay que pensar en vivienda, alimentación, educación y salud.Pero no deberíamos quedarnos únicamente con la pregunta: «¿Cuánto cuesta un hijo?» También podemos preguntarnos: «¿Qué valor tiene la vida que estamos llamados a recibir?»Ambas preguntas son importantes: una mira los recursos y la otra, a la persona. La fe no invita a actuar irresponsablemente, sino a discernir con prudencia, generosidad y confianza, reconociendo que la vida no puede reducirse a una operación matemática.Ofrecer nuestros donesCuando llegan ante Jesús, los Magos abren sus cofres y ofrecen sus dones. Esta escena nos lleva a preguntarnos: ¿qué tengo para ofrecer?Tal vez tiempo, experiencia y capacidad para escuchar, enseñar, acompañar, cuidar o transmitir esperanza.La vida se vuelve fecunda cuando nuestros dones se ponen al servicio de los demás. Así, “la mejor inversión” adquiere un sentido distinto: invertir en una vida significa amar, educar, acompañar y ayudar a crecer.Una familia construye futuro cuando transmite valores y fe, escucha, corrige, perdona y enseña a levantarse después de una caída.Una nueva generación es una esperanzaCada niño que nace representa una posibilidad nueva. Desde el comienzo posee una dignidad propia y puede abrir una historia diferente.Acoger una vida tiene también una dimensión social. En las familias, los niños aprenden a confiar, compartir, perdonar, respetar y amar. Por eso, si queremos una sociedad más humana, debemos cuidar a las familias mediante educación, vivienda, trabajo digno, atención sanitaria y redes de apoyo.Acoger la vida significa también crear las condiciones para que pueda crecer con dignidad.No se trata de juzgar, sino de acompañar. Hay parejas que desean tener hijos y no pueden; existen dificultades económicas, experiencias dolorosas y circunstancias que requieren un discernimiento atento. También hay personas que viven otras formas de entrega y fecundidad.No se trata de señalar, sino de preguntarnos: ¿Está mi vida abierta al amor? ¿Estoy dispuesto a entregar algo de mí para que otros puedan crecer? ¿Hay espacio para recibir el don que Dios quiera confiarme?La Iglesia está llamada a escuchar, acompañar y ayudar a discernir. La apertura al don no puede imponerse desde fuera: debe nacer de un discernimiento sincero, responsable y respetuoso con la historia de cada persona y familia, en actitud de fe.Abrir la puerta al futuroDespués de encontrarse con el Niño Jesús, los Magos regresaron por otro camino. Quien se encuentra verdaderamente con un don ya no vuelve igual.También nosotros estamos llamados a perder el miedo a amar, a comprometernos y a hacer espacio para los demás. Algunas de las cosas más hermosas de la vida no estaban en nuestros planes: una amistad, una vocación, una misión, un hijo, una oportunidad de servir o la decisión de optar por otro camino.Más que preguntarnos únicamente cuánto tendremos que dar o sacrificar, podemos preguntarnos cuánto podremos llegar a amar.Los Magos vieron la estrella, se pusieron en camino, encontraron al Niño, ofrecieron sus dones y regresaron transformados. También nosotros podemos recorrer ese camino: recibir con gratitud, discernir con responsabilidad, amar con generosidad y entregar la vida para que otros puedan crecer.La verdadera riqueza quizá no consista en conservarlo todo, sino en tener el valor de abrir el corazón para darlo todo.Padre Santo, dador de toda vida, enséñanos a recibirla como un don tuyoy a ofrecer nuestros talentos al servicio de los demás.Bendice a nuestras familias, acompaña a quienes sufren por no tener hijosy concede a cada hombre y mujer descubrir su vocación al amor fecundo.Haznos también fecundos en la fe, la esperanza y la caridad.Amén.+Ramón Alberto Rolón GüepsaObispo de Diócesis de ChiquinquiráMiembro de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia