La vejez

¿Por qué tenerle temor a la vejez?  En sí misma no debe producir ni temor, ni desprecio, ni otro sentimiento negativo

Por: Mons. Gonzalo Restrepo -  La vejez es una etapa de la vida, a la cual no todas las personas tienen el privilegio de llegar. Sí, la vejez es un privilegio, siempre y cuando sepamos llegar a ella y la sepamos afrontar con alegría, con realismo y con entrega.  

¿Por qué tenerle temor a la vejez?  En sí misma no debe producir ni temor, ni desprecio, ni otro sentimiento negativo. Si con la vejez llegan las enfermedades y las debilidades humanas se hacen más fuertes, entonces lo temible y no deseable, es la enfermedad. Pero ésta siempre, en todas las edades, produce temor y quisiéramos que no nos llegara.

Es cierto, la vejez trae desgastes físicos y psicológicos. Eso es lo natural en el proceso biológico de todos los seres. Nos vamos gastando y vamos mermando en nuestras capacidades. Esto lo tenemos que aceptar y tenemos que afrontarlo con realismo y serenidad, pero no por ello despreciar la vejez.

Si miramos la vejez como una etapa de madurez humana, en la cual se concentra la experiencia y se llega como a una cima en la existencia, entonces la podremos valorar diferentemente. La vejez es una etapa de una gran riqueza espiritual y sapiencial.

No hay cosa más enriquecedora que hablar con un anciano. Ellos, pueden dedicar el tiempo a lo que la mayoría de las personas no pueden.  Pueden reflexionar y meditar, pueden orar y rezar, pueden leer e imaginar, pueden poetizar y analizar. Los ancianos tienen una riqueza interior insondable.

Ellos pueden mirar toda su experiencia desde arriba y por eso, la miran con paciencia, con sosiego y serenidad.  Ellos, no tienen los afanes que la mayoría de las personas tenemos.  Su serenidad, su claridad y objetividad en la visión de la vida, les permite ganarse el título de “consejeros” y, muchas veces de “profetas” o “sabios”.

No puede uno estar más seguro para dejarse aconsejar que ir donde un anciano. Su mirada penetrante y serena, su corazón libre y entregado, su sentido de entrega y de donación, su ternura y su comprensión, les hace ser de los seres más queridos por nosotros. Aprovechemos la presencia de nuestros ancianos.  Su existencia es un don de Dios para quienes seguimos viviendo y necesitamos de los consejos sabios, de las miradas serenas y de la ternura de quienes han llegando en su vida a una etapa que se asemeja y se acerca demasiado a la niñez.

Entre el niño y el anciano la diferencia son los años, pero a los dos los une un corazón sencillo, espontáneo y limpio. Sólo que la experiencia del anciano hace que le aventaje al niño en sabiduría. Aunque, en muchas ocasiones, la sabiduría de los niños es la que nos hace falta en muchos de los momentos de nuestra experiencia.

De niños y ancianos debiéramos tener mucho en nuestra vida.  Estaríamos encontrando los mejores caminos y nos evitaríamos muchas dificultades que entorpecen nuestra existencia.

+ Gonzalo Restrepo Restrepo
Arzobispo de Manizales

Posted by editorCEC2

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