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Presidente CEC: “Del corazón nuevo nacerán nuevos sistemas, nuevas instituciones…”
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Este viernes, 11 de junio, en una ceremonia eucarística presidida por monseñor Óscar Urbina Ortega, arzobispo de Villavicencio y presidente del episcopado colombiano, se consagró una vez más las familias católicas y la nación al Sagrado Corazón de Jesús.
La solemne celebración, transmitida en directo por los canales RCN, Caracol, Cristovisión, Teleamiga y Tele Vid, tuvo lugar en la Catedral Primada de Colombia, en Bogotá, con presencia de fieles y atendiendo los protocolos de bioseguridad.
Concelebraron con monseñor Urbina: el cardenal Rubén Salazar; el nuncio apostólico del papa Francisco en Colombia, monseñor Luis Mariano Montemayor; los arzobispos Luis José Rueda (Bogotá), Ricardo Tobón (Medellín), Omar Sánchez (Popayán) y Gabriel Villa (Tunja); los obispos Francisco Nieto (Engativá), Ramón Rolón (Montería), Juan Vicente Córdoba (Fontibón), Víctor Ochoa (Obispado Castrense); los obispos auxiliares de Bogotá: Luis Manuel Alí, Pedro Salamanca y Germán Medina (electo). También concelebraron sacerdotes de la Nunciatura Apostólica, de la Conferencia Episcopal de Colombia, y los vicarios episcopales y otros sacerdotes de la Arquidiócesis de Bogotá.
Mensaje del presidente de la CEC
Durante su homilía, monseñor Urbina afirmó que con el corazón de Cristo se busca llegar a todos los rincones de la geografía colombiana, buscando ser un espacio de protección para la vida y haciendo sensibles los grandes valores de la bondad, la verdad, la fraternidad, la justicia y la reconciliación que brota de la persona.
“Mirando el corazón maravilloso de Dios, todos tenemos un camino para ser constructores de Colombia consagrada al Corazón de Cristo (…) Del corazón nuevo nacerán nuevos sistemas, nuevas instituciones, nuevos caminos. Un corazón nuevo garantiza una visión nueva, libertad profunda, sentido de la justicia y el respeto de los derechos humanos, la solidaridad con los más desprotegidos y descartados, y la confianza que brota de reconocernos hermanos y hermanas”.
Aportes a un desarrollo integral
El prelado mencionó que todos somos responsables de aportar a un desarrollo integral sostenible, para ello, dijo, “aunque no es un camino fácil, ni existe una fórmula mágica”, es importante superar los conflictos, las divisiones, las violencias, las injusticias y las inequidades.
“Todos somos responsables de esa inmensa tarea, los dirigentes del país, las diversas organizaciones, la educación en sus diversas etapas, que no debe ser una educación para un país ideal sino real. Nosotros los creyentes que participamos de los diversos espacios de la vida familiar, cultural, social, económica y política siendo fermento de paz (...) Solo un corazón nuevo a imagen del Corazón de Cristo, lleno de amor y misericordia, nos comprometerá con toda nuestra fuerza en la construcción fraterna de una nación nueva y en paz”.
Estamos llamados a ser artesanos de la paz
El prelado recordó que la paz procede de Dios y es un llamado que él hace para que todos seamos artesanos de la paz. Advirtiendo que esta responsabilidad recae en la familia “como espacio insustituible para aprender el abecedario de la paz”; en la escuela, “que tiene la tarea de ayudar a formar el corazón”, y en la sociedad en “sus diversas expresiones sociales, culturales, comunicacionales, económicas y políticas”.
“La paz, entonces, queridas y queridos colombianos, es una tarea confiada a nosotros como personas y estará siempre en construcción, es frágil, difícil, por ello todos la buscamos, todos estamos invitados a generar una mentalidad pública, una conciencia de todos que la haga deseable y posible (…) El Señor no dejará de escuchar, entonces, como nos lo dice el grito de hijas e hijos: ‘Señor dadnos la paz, Señor dadnos tu paz’. Renovar este año 2021 la Consagración al amor de Cristo simbolizado en su Corazón, es y queremos que siga siendo un signo de esperanza”.
Los niños, jóvenes y adolescentes están en el corazón de Dios
Al referirse a este público, monseñor Urbina observó que el futuro de la sociedad depende de las opciones audaces y fundamentales que se tomen con los niños, jóvenes y adolescentes. Advirtió que ellos serán los responsables de la familia y la vida de la nación en un mañana.
“Hoy precisamente los vemos deseosos de colaborar para sanar nuestra sociedad herida y débil. Ellos aportarán soluciones nuevas a los problemas viejos. Si ellos abren espacios en su corazón a Dios no serán más instrumentos de división, de guerra y de violencia (…) Los valores que les ayudemos a descubrir y a cultivar acompañarán sus decisiones que afectan no solo su vida personal, sino las políticas y estrategias necesarias para construir la vida social agobiada y doliente de nuestra sociedad”.
Afirmó que el mundo de justicia y paz que se añora construir con los jóvenes, no puede “ser creado solo con palabras, ni impuesto por fuerzas externas”, y, agregó: “debe ser fruto del trabajo de todos, que implica ejercerlo con respeto profundo a la dignidad de cada persona y el rescate de la cultura del encuentro”.
Significativa participación de los jóvenes
Finalizada su homilía, monseñor Urbina introdujo la renovación de la consagración del país y de las familias católicas, recordando que: “El 22 de junio de 1902, al superar la Guerra de los Mil Días, se consagró por primera vez la República de Colombia al Sagrado Corazón de Jesús. Desde aquel día ha venido creciendo en el pueblo colombiano la confianza en el auxilio inefable de Nuestro Señor Jesucristo”.
Fue un momento conmovedor, pues catorce jóvenes, representando cada uno a una provincia eclesiástica del país, oraron al Sagrado Corazón de Jesús. Ante este signo el arzobispo Óscar dijo: “A ti, Sagrado Corazón, inflamado en el Amor que nos salva, dirigimos hoy, en la voz de los jóvenes, nuestra súplica incesante y confiada en nombre de todas las comunidades eclesiales de la Nación”.
Compartimos estas oraciones para que no cesen las plegarias por la paz, la reconciliación, la justicia y la paz, en Colombia.
Oh, Sangre Preciosa de Jesús, lava el pecado social de nuestro pueblo.
La Provincia eclesiástica de Bogotá, conformada por la arquidiócesis de Bogotá; las diócesis de Zipaquirá, Facatativá, Girardot, Soacha, Fontibón y Engativá; el obispado castrense de Colombia y el Exarcado Maronita en Colombia, necesitan de ti, para poder ser en medio del egoísmo, la violencia y la corrupción, testimonio de fraternidad y de compromiso social honesto y solidario.
Oh, Cristo, siervo doliente del Señor, compadécete del pueblo que a ti clama.
La Provincia eclesiástica de Cartagena, conformada por la arquidiócesis de Cartagena; las diócesis de Magangué, Montelíbano, Montería y Sincelejo, y el vicariato apostólico de San Andrés y Providencia, confían en tu mediación ante el Padre eterno; que tus padecimientos por nuestros pecados nos consigan comunidades comprometidas con los más pobres y desfavorecidos, para que los colombianos podamos escribir juntos historias de amor y perdón que nos hablen de vida y esperanza.
Santo Corazón de Cristo, atravesado de dolor, confiamos a ti el sufrimiento de nuestro pueblo.
La Provincia eclesiástica de Popayán, conformada por la arquidiócesis de Popayán; las diócesis de Ipiales, Pasto y Tumaco; y los vicariatos apostólicos de Guapi y Tierradentro, unen sus padecimientos a los tuyos en la cruz; que tu dolorosa pasión transforme nuestra indiferencia ante el hermano que sufre y nos conceda ser artesanos de paz.
Ardorosa llama del Corazón de Cristo, inflama en tu amor al pueblo colombiano.
La Provincia eclesiástica de Medellín, conformada por la arquidiócesis de Medellín y las diócesis de Caldas, Girardota, Jericó y Sonsón–Rionegro, buscan amarse unos a otros como tú nos has amado; infunde tu amor divino en nuestros corazones haciéndonos misericordiosos como tú eres misericordioso, para que en nuestra patria “el amor y la verdad se encuentren, la justicia y la paz se abracen”
Sagrado Corazón coronado de espinas, ten misericordia de este tu pueblo.
La Provincia eclesiástica de Manizales, conformada por la arquidiócesis de Manizales y las diócesis de Armenia, La Dorada–Guaduas y Pereira, buscan tu amparo y protección; recompensa con tu copiosa bendición a todos aquellos que trabajan por la paz y la concordia, para que podamos mirar y caminar juntos hacia adelante con fe, valentía y esperanza.
Corazón divino traspasado por la lanza, surtidor de los santos sacramentos para nuestro pueblo.
La Provincia eclesiástica de Nueva Pamplona, conformada por la arquidiócesis de Nueva Pamplona y las diócesis de Arauca, Cúcuta, Ocaña y Tibú, queremos recibirte siempre en tu Cuerpo y en tu Sangre preciosos y, así, ser testigos de tu amor en medio de un pueblo que clama salvación y justicia, para romper, desde el perdón y la reconciliación concreta, el ciclo de violencia que ha imperado en nuestra patria.
Oh, Santas Llagas de Cristo, acoge a nuestro pueblo que sufre.
La Provincia eclesiástica de Tunja, conformada por la arquidiócesis de Tunja; las diócesis de Chiquinquirá, Duitama–Sogamoso, Garagoa y Yopal, y el vicariato apostólico de Trinidad, necesitan de tu amparo y protección; haz que todos los esfuerzos por promover la reconciliación, la justicia y la paz, se vean recompensados con prosperidad y armonía social.
Abismo insondable de misericordia, el pueblo colombiano clama justicia y verdad.
La Provincia eclesiástica de Cali, conformada por la arquidiócesis de Cali y las diócesis de Buenaventura, Buga, Cartago y Palmira, suplican tu amparo; concede a tu pueblo que ha sufrido los embates de la corrupción y la violencia, verse transformado por la verdadera reparación y sanación de las heridas del alma y del cuerpo, para que, junto a ti, Señor, aprendamos la fuerza del perdón y la grandeza del amor.
Oh, Cristo, coronado de espinas, el pueblo colombiano consagrado a ti se siente atormentado por la enfermedad y la despreocupación social.
La Provincia eclesiástica de Barranquilla, conformada por la arquidiócesis de Barranquilla y las diócesis de El Banco, Riohacha, Santa Marta y Valledupar, suplican a tu bondad que el dolor de tu agonía en la cruz nos valga la salud de cuerpo y alma, y nos enseñe a transformar el dolor en fuente de vida y resurrección.
Santo Corazón de perfecta fidelidad, este, tu pueblo, tropieza y se quiere levantar.
La Provincia eclesiástica de Bucaramanga, conformada por la arquidiócesis de Bucaramanga y las diócesis de Barrancabermeja, Málaga–Soatá, Socorro y San Gil y Vélez, confiamos en ti, que eres eternamente fiel y nos sostendrás con tu poderoso brazo ante nuestra fragilidad y pobreza, para descubrir que sólo el amor libera y construye.
Sagrado vaso de inefable perfección, apiádate del pueblo colombiano que se rinde en el error de los afanes del mundo.
La Provincia eclesiástica de Ibagué, conformada por la arquidiócesis de Ibagué y las diócesis de El Espinal, Líbano–Honda, Garzón y Neiva, suplican de tu sabiduría la capacidad para construir sociedades inspiradas en la promoción de todos los ciudadanos, en la búsqueda de la igualdad y en la integración de los más débiles y vulnerables.
Oh, Santo Cristo Negro de Bojayá, compadécete de nuestro pueblo colombiano que sufre bajo el peso de la violencia armada fratricida.
La Provincia eclesiástica de Santa Fe de Antioquia, conformada por la arquidiócesis de Santa Fe de Antioquia y las diócesis de Apartadó, Istmina–Tadó, Quibdó y Santa Rosa de Osos, claman tu misericordia; haz que todo esfuerzo por conseguir la paz sea recompensado con comunidades comprometidas con el progreso y la justicia, y, así, “seamos tus pies para salir al encuentro del hermano necesitado, tus brazos para abrazar al que ha perdido su dignidad, y tus manos para bendecir y consolar al que llora en soledad”.
Oh, Sagrado Corazón de Jesús, acepta nuestra súplica ferviente, confiamos en tu protección y amparo.
La Provincia eclesiástica de Villavicencio, conformada por la arquidiócesis de Villavicencio; las diócesis de Granada y San José del Guaviare, y los vicariatos apostólicos de Puerto Carreño y Puerto Gaitán, necesitan convertirse a ti para comprometerse con la justicia social y el bien común, logrando así construir juntos el futuro y crecer en esperanza.
Eterno amor de Cristo, delicia de todos los santos, nuestro país clama por nuevos santos, héroes en las virtudes.
La Provincia eclesiástica de Florencia, conformada por la arquidiócesis de Florencia; las diócesis de Mocoa–Sibundoy y San Vicente del Caguán; y los vicariatos apostólicos de Inírida, Leticia, Mitú y Puerto Leguízamo – Solano, te ruegan por nuevas vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa; nuestro país urge de santos misioneros que permanezcan en Cristo para vivir en alegría y dar testimonio de un amor que atraiga a todos hacia ti.
VIDEO: Arquidiócesis de Bogotá
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¿Cómo seguir transmitiendo la fe en este cambio de época? Claves del documento “Venite ad Me”, del Dicasterio para la Doctrina de la Fe
El 22 de octubre de 2026, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, con la aprobación del Santo Padre, dio a conocer el documento Venite ad Me, que ofrece algunas consideraciones para seguir transmitiendo la fe en una sociedad cada vez más secularizada.La reflexión parte de una pregunta fundamental para la misión evangelizadora de la Iglesia: ¿cómo anunciar a Jesucristo y favorecer la transmisión de la fe cuando esta ya no puede darse por supuesta como parte de la herencia cultural y de la vida familiar?¿Se ha debilitado la transmisión de la fe en la familia?En alguna ocasión, el papa Benedicto XVI afirmó: “Cuando, en la percepción de muchos, la fe católica ya no es patrimonio común de la sociedad (…), difícilmente podrá llegar al corazón mediante simples discursos o exhortaciones morales, y menos aún a través de referencias genéricas a los valores cristianos. La apelación valiente e íntegra a los principios es esencial e indispensable; sin embargo, la simple enunciación del mensaje no llega hasta lo más profundo del corazón de la persona, no toca su libertad ni transforma su vida. Lo que fascina es, sobre todo, el encuentro con personas creyentes que, mediante su fe, atraen hacia la gracia de Cristo y dan testimonio de Él”.Estas palabras, pronunciadas por Benedicto XVI el 13 de mayo de 2010, en Fátima, ofrecen una clave para comprender la preocupación que atraviesa el documento Venite ad Me: la necesidad de renovar la evangelización y recuperar la centralidad del encuentro personal con Jesucristo.En efecto, el documento constata una crisis en la transmisión generacional de la fe, especialmente en las sociedades de antigua tradición cristiana. En muchos contextos, ya no es posible dar por supuesta la transmisión de la fe en el ámbito familiar. Esta realidad invita a fortalecer el acompañamiento pastoral y a buscar nuevas formas de anunciar a Jesucristo, sin dejar de reconocer la importancia insustituible de la familia en la educación cristiana.Como recuerda la exhortación apostólica Evangelii gaudium, del papa Francisco, “Tampoco podemos ignorar que en las últimas décadas se ha producido una ruptura en la transmisión generacional de la fe cristiana en el pueblo católico”. El documento señala, además, que muchas personas se sienten desencantadas y dejan de identificarse con la tradición católica, mientras aumenta el número de padres que no bautizan a sus hijos ni les enseñan a rezar.No se trata, por tanto, de afirmar que la familia haya dejado de ser un lugar de transmisión de la fe, sino de reconocer que esta tarea ya no puede darse por descontada y que necesita ser acompañada, fortalecida y renovada.Al centro está de nuevo el primer anuncio: el kerigmaLa preocupación por renovar la transmisión de la fe ya estaba presente en el magisterio del papa Francisco, quien solicitó al Dicasterio para la Doctrina de la Fe una reflexión sobre esta cuestión. Posteriormente, el papa León XIV retomó esta urgencia en su discurso a los obispos italianos, en junio de 2025, al insistir en la necesidad de poner a Jesucristo en el centro del anuncio y de la existencia cristiana.En aquella ocasión, el Santo Padre señaló la importancia de ayudar a las personas a vivir una relación personal con Cristo para descubrir la alegría del Evangelio. En un contexto de gran fragmentación, insistió en la necesidad de volver a los fundamentos de la fe, al kerigma, como primer compromiso que impulsa todos los demás.En esta misma perspectiva, Venite ad Me propone volver al kerigma, es decir, al anuncio de lo esencial de la fe. Se trata de reconocer que las referencias a los valores morales y las exhortaciones a los principios cristianos, aun siendo importantes, no pueden dar por supuesto aquello que es previo y fundamental: el encuentro con Cristo.Para transmitir la fe hoy no basta con enseñar un conjunto de contenidos doctrinales o de informaciones religiosas, como podía suceder hace varias décadas, cuando el Evangelio se “respiraba” cotidianamente en la familia y en la sociedad.Volver al kerigma significa poner en el centro el anuncio de que Dios nos ama, que Jesucristo entregó su vida por nuestra salvación, resucitó y permanece vivo y presente en medio de nosotros. No se trata de restar importancia a la formación doctrinal, sino de reconocer que esta debe estar vinculada con el encuentro personal con Cristo y con una experiencia de fe capaz de transformar la vida.¿Cuáles son las consideraciones para seguir transmitiendo la fe?El documento invita a reconocer los espacios y las experiencias que hacen posible el encuentro con Cristo y favorecen una transmisión viva de la fe.En primer lugar, destaca la importancia de la familia y de la comunidad eclesial. Como señala el número 30, mientras la Iglesia está llamada a comunicar y hacer resplandecer la luz de Cristo, “la familia constituye el primer y más esencial lugar de transmisión de la fe”.Este desafío exige acompañar a las familias y ayudarles a descubrir que la transmisión de la fe no se reduce a comunicar conocimientos religiosos. También supone enseñar a orar, compartir la vida cristiana, celebrar la fe y dar testimonio de ella mediante las decisiones cotidianas y el servicio a los demás.De igual manera, resulta fundamental el testimonio de las personas que han experimentado el encuentro con Cristo o han redescubierto una relación viva con Él. Sus experiencias pueden convertirse en una invitación para que otros se acerquen a la fe y descubran la presencia de Dios en sus propias vidas.Por eso, la transmisión de la fe no puede depender únicamente de discursos, actividades formativas o estrategias de comunicación. Necesita comunidades acogedoras en las que el anuncio del Evangelio se haga visible mediante relaciones fraternas, el acompañamiento personal, la celebración de los sacramentos y el compromiso con quienes más sufren.La tarea evangelizadora implica, en definitiva, crear condiciones para que las personas puedan encontrarse con Jesucristo, profundizar en su relación con Él y descubrir cómo la fe ilumina sus decisiones, sus relaciones y su compromiso con los demás.El aporte de la Conferencia Episcopal de ColombiaEl documento recoge testimonios personales y eclesiales que permiten comprender los desafíos de la transmisión de la fe en distintos contextos culturales. Para su elaboración, numerosas conferencias episcopales enviaron materiales y experiencias que contribuyen a enriquecer la reflexión.En Colombia, como en otros lugares, los abuelos desempeñan un papel significativo al suplir, en algunos casos, las carencias de la catequesis en el hogar, junto con el acompañamiento de las parroquias. En otros contextos, las condiciones culturales pueden influir incluso en el momento en que las familias solicitan el Bautismo para sus hijos, como se señala en el caso de algunas comunidades de la Amazonía peruana.Estas experiencias muestran que la transmisión de la fe ya no puede considerarse un proceso automático. La realidad de cada comunidad exige discernir cómo anunciar el Evangelio, acompañar a las familias y favorecer experiencias significativas de encuentro con Cristo.Entre los testimonios recogidos en el documento también se encuentra una experiencia procedente de Colombia que ilustra la fuerza transformadora del anuncio cristiano. Se trata de una persona que, después de atravesar situaciones de drogadicción, delincuencia y desamparo, encontró un camino de conversión gracias al acompañamiento de una fundación cristiana. La oración del rosario, la lectio divina y la Eucaristía fueron elementos importantes en su proceso de transformación. Posteriormente, esta persona llegó a convertirse en misionera y comenzó a acompañar a otros jóvenes.Este testimonio permite reconocer que la transmisión de la fe no se limita a la infancia ni termina con la catequesis sacramental. El encuentro con Cristo puede abrir nuevos horizontes en distintas etapas de la vida, especialmente cuando está acompañado por una comunidad que acoge, escucha y ayuda a reconstruir la esperanza.La experiencia colombiana pone así de relieve dos desafíos complementarios: fortalecer la transmisión de la fe en el ámbito familiar y comunitario, y promover procesos de evangelización capaces de acompañar a quienes buscan un sentido para su vida, atraviesan situaciones difíciles o desean reencontrarse con Dios.Signos de esperanza para una nueva etapa evangelizadoraLa situación actual de la Iglesia no debe conducir a la desesperanza. Por el contrario, el cambio de época puede convertirse en una oportunidad para una adhesión a la fe más consciente, libre y convencida.Los obispos de Bélgica destacan que esta situación permite a las personas elegir conscientemente profundizar en su fe. En una perspectiva semejante, los obispos de Chile señalan que la fe ya no puede presuponerse como una herencia cultural estable ni como una adhesión espontánea a un universo simbólico compartido. Se presenta, más bien, como una propuesta que debe ser acogida libremente y acompañada mediante procesos que tengan sentido para la vida.En este contexto, resulta especialmente esperanzador el aumento de conversiones y retornos a la Iglesia, particularmente entre jóvenes y adultos jóvenes. Francia constituye un ejemplo notable: en 2026, el número de adultos bautizados creció un 28 % respecto al año anterior y superó en más de tres veces la cifra registrada en 2016. La mayoría de quienes solicitan el Bautismo tiene menos de 40 años, y aproximadamente la mitad está entre los 18 y los 25 años.Entre las motivaciones para acercarse a la fe se encuentran las crisis personales, como el duelo o la enfermedad; las experiencias espirituales y de belleza, y el encuentro con otros creyentes, tanto presencialmente como a través de las redes sociales.Estos signos invitan a reconocer que, incluso en sociedades marcadas por la secularización, siguen existiendo búsquedas espirituales y oportunidades para anunciar el Evangelio. La respuesta de la Iglesia está llamada a integrar el anuncio explícito de Jesucristo, el testimonio de vida, el acompañamiento y el compromiso con los demás, sin reducir la misión a una estrategia de conservación institucional.Volver a Cristo para renovar la transmisión de la feEl documento Venite ad Me invita, en definitiva, a iniciar una nueva etapa evangelizadora, como ya lo había pedido el papa Francisco en Evangelii gaudium y ha reiterado el papa León XIV.La misión de la Iglesia no puede reducirse a conservar lo recibido ni a transmitir contenidos de manera aislada: está llamada a anunciar a Jesucristo, propiciar el encuentro con Él y dar testimonio de una fe que transforma la vida.En este cambio de época, el desafío no consiste solamente en encontrar nuevas formas de comunicar el Evangelio, sino en hacer visible, mediante familias acompañadas y comunidades acogedoras y misioneras, la alegría de haber encontrado a Cristo.Volver al kerigma es, por tanto, volver al corazón de la fe y de la misión de la Iglesia: anunciar a Jesucristo para que cada persona pueda encontrarse con Él, acoger libremente su amor y descubrir la esperanza que nace del Evangelio.
Vie 23 Oct 2026
Comunicado de la Diócesis de Ipiales: llamado urgente a los actores armados para que respeten la vida, la dignidad y los bienes de las comunidades
La Iglesia en Ipiales, representada por monseñor José Saúl Grisales Grisales, hace nuevamente un llamado a los actores armados para que respeten el Derecho Internacional Humanitario y protejan la vida, la dignidad y los bienes de las comunidades afectadas por el conflicto armado. Se trata de poblaciones que han sufrido heridas, han perdido sus hogares y se han visto obligadas a desplazarse ante las amenazas contra su vida y su tranquilidad.En su comunicado, monseñor Grisales retoma las palabras del papa León XIV: “Exhorto a todos a rechazar cualquier forma de violencia y optar decididamente por el camino de la paz” (Audiencia general, 29 de abril de 2026).La Iglesia que camina en los territorios colombianos reitera su disposición de acompañar a las víctimas y a las comunidades, escuchando sus necesidades y trabajando por la construcción de la paz. Asimismo, hace un llamado a las instituciones y organizaciones humanitarias para que unan esfuerzos y garanticen a las familias afectadas una atención oportuna y digna, así como el respeto efectivo de los derechos humanos.Este pronunciamiento expresa la preocupación de la Iglesia por la persistencia de la violencia en nuestros territorios y, especialmente, por el sufrimiento de quienes padecen las consecuencias de las confrontaciones armadas. Ante esta realidad, la Iglesia continúa anunciando la paz de Cristo resucitado, esa “paz humilde y perseverante” de la que nos habla el papa León XIV.Fiel a su misión de ser experta en humanidad, la Iglesia seguirá acompañando a las comunidades que sufren y alzando su voz en defensa de la vida, la dignidad humana y el derecho de todos a vivir en paz.Descargue aquí el comunicado completo de la Diócesis de Ipiales.
Lun 19 Oct 2026
Presidente del episcopado colombiano llama a fortalecer la pastoral familiar tras encuentro en el Vaticano
Al concluir en el Vaticano el encuentro internacional sobre la exhortación apostólica del papa Francisco, monseñor Francisco Javier Múnera Correa destacó el protagonismo evangelizador de las familias y la necesidad de acompañarlas en sus distintas realidades. El papa León XIV invitó a compartir los frutos de esta reflexión con las Iglesias locales.La necesidad de renovar el compromiso evangelizador con las familias, fortalecer el acompañamiento pastoral y reconocer su protagonismo en la vida de la Iglesia fueron algunos de los principales énfasis del encuentro internacional «Diez años después de Amoris Laetitia: proclamando el Evangelio con las familias hoy», que concluyó el 14 de octubre en el Vaticano con la participación de monseñor Francisco Javier Múnera Correa, I.M.C., arzobispo de Cartagena y presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia.Al término de las jornadas, desarrolladas del 7 al 14 de octubre por convocatoria de la Santa Sede, el prelado colombiano señaló que este aniversario constituye una oportunidad para profundizar en la riqueza doctrinal y pastoral de Amoris Laetitia, exhortación apostólica publicada por el papa Francisco en 2016, como fruto de los dos Sínodos de los Obispos sobre la Familia realizados en 2014 y 2015.«Tal vez la primera invitación que necesitamos todos es volver a conocerla, profundizar la riqueza doctrinal y pastoral que ella nos ofrece», expresó monseñor Múnera en un mensaje grabado desde Roma el día de la clausura del encuentro.Las familias, protagonistas de la evangelizaciónUno de los énfasis del presidente del episcopado colombiano fue el papel de las propias familias en la transmisión de la fe y en el acompañamiento a otros hogares. Destacó que aquellas que viven su vocación evangelizadora pueden convertirse en referentes para los nuevos matrimonios y, al mismo tiempo, brindar apoyo concreto a quienes atraviesan dificultades.«Las familias evangelizadoras son, por una parte, faro para ayudar a los nuevos matrimonios, a las nuevas familias. Pero también se necesita esa lámpara concreta, cercana, que apoya, que acompaña a las familias en dificultades, a las familias heridas», afirmó.Esta perspectiva estuvo en sintonía con las reflexiones del encuentro, en el que se abordaron las transformaciones sociales, culturales y económicas que inciden en la vida familiar, así como la necesidad de acompañar las fragilidades de los hogares y ofrecer respuestas pastorales acordes con sus circunstancias.Entre los asuntos destacados estuvo la importancia de brindar ayuda espiritual y concreta ante situaciones de violencia y maltrato en el hogar, con especial atención a la protección de los niños y las personas vulnerables. También se insistió en la necesidad de promover espacios de escucha y apoyo que permitan a las familias buscar ayuda sin estigmatización.Ante estos desafíos, monseñor Múnera hizo un llamado a fortalecer la articulación pastoral y la participación de las comunidades eclesiales. «Es una invitación para que podamos construir pastorales más articuladas, más sinodales, más centradas en la acción evangelizadora de la familia», señaló.Papa León XIV: compartir los frutos del encuentro con las Iglesias localesAl concluir las jornadas, el papa León XIV envió un mensaje a los participantes, en el que agradeció las oraciones, el trabajo realizado y el intercambio de experiencias, así como los testimonios de las familias que compartieron sus alegrías, dificultades y esperanzas.El Santo Padre anunció que leerá los resultados de las deliberaciones y ofrecerá sus reflexiones posteriormente. Entretanto, invitó a los participantes a compartir lo vivido y aprendido con sus respectivas conferencias episcopales y diócesis, y a continuar anunciando el Evangelio con las familias, inspirados en la riqueza de Amoris Laetitia.En particular, expresó su deseo de que las familias sigan participando activamente en la vida y la misión de las Iglesias locales, contribuyendo también al discernimiento de los caminos pastorales por seguir.El mensaje pontificio refuerza una de las orientaciones centrales de las jornadas: las familias no son únicamente destinatarias de la acción pastoral, sino participantes activas en la evangelización y en la construcción de comunidades eclesiales más cercanas a las realidades de las personas.La familia, escuela de humanidad y solidaridadEn su balance, el presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia destacó el aporte de la familia al cuidado y la protección de la vida, la formación humana y el surgimiento de las vocaciones. También la describió como una escuela de solidaridad, cuyo valor trasciende el ámbito doméstico y repercute en la vida comunitaria.Por ello, agradeció a los movimientos, asociaciones, comunidades parroquiales, obispos, matrimonios y familias que asumen la tarea de acompañar y sostener a otros hogares. De manera especial, reconoció el testimonio de quienes proponen a las nuevas generaciones la belleza del matrimonio y la vida familiar.«Las familias son y están llamadas a ser protagonistas de la acción misionera y evangelizadora para con todas las familias, en todas sus situaciones concretas, apoyarlas y sostenerlas», concluyó monseñor Múnera.El encuentro culminó con la presentación y discusión de un documento de síntesis que recoge las principales reflexiones de las jornadas. Entre sus ejes se encuentran los cambios que afrontan las familias en el mundo contemporáneo, la fragilidad, el acompañamiento pastoral y la necesidad de encontrar respuestas a los nuevos interrogantes que surgen en una sociedad en transformación.Vea a continuación el mensaje conclusivo del presidente del episcopado colombiano:
Vie 16 Oct 2026
Jonathan Acuña, IMC: un sacerdote colombiano al servicio de las comunidades del desierto de Kenia
El sacerdote Jonathan Acuña salió del Tolima para anunciar el Evangelio en el norte de Kenia. En la misión de Loiyangalani, donde comunidades indígenas afrontan dificultades de acceso al agua, alimentos y educación, su vocación se expresa en el acompañamiento pastoral, la formación de niños y jóvenes y el trabajo por el desarrollo humano integral. Su historia hace parte de la misión de la Iglesia que en 2026 conmemora cien años de la Jornada Mundial de las Misiones.Cuando el padre Jonathan Acuña salió de Chaparral, Tolima, para servir como misionero en África, llevaba consigo un sueño que había nacido en su infancia: ser sacerdote y anunciar el Evangelio en tierras lejanas. Hoy, después de más de tres años en Kenia, esa aspiración tiene un rostro concreto: las comunidades indígenas que acompaña en Loiyangalani, una localidad del norte del país africano donde la misión se desarrolla entre el desierto, las montañas y las orillas del lago Turkana.Después de estudiar en el Seminario Menor San Joaquín, de la Arquidiócesis de Ibagué, inició su formación sacerdotal, pero decidió hacer una pausa y estudiar psicología en la Universidad de Ibagué. Trabajó como docente y psicólogo, experiencias que le permitieron acercarse a otras realidades humanas. Sin embargo, con el tiempo sintió que debía retomar su vocación para experimentar la plenitud.Volvió entonces a su formación religiosa: estudió Filosofía en Bogotá, realizó su noviciado en Argentina, cursó Teología en la Pontificia Universidad Javeriana y se formó en espiritualidad y en el carisma de los Misioneros de la Consolata en Roma. Fue ordenado sacerdote en su municipio natal y recibió su destinación misionera a Kenia.Antes de llegar a Loiyangalani, vivió aproximadamente un año y medio en Nairobi, donde aprendió inglés y desarrolló labores pastorales. Allí también acompañó a la Fundación Maisha, que trabaja con niñas y adolescentes sobrevivientes de violencia sexual que decidieron continuar con sus embarazos. Después vino el traslado al norte del país, una región que le exigió adaptarse a otras lenguas, tradiciones y condiciones de vida.Una misión en medio del desiertoLoiyangalani, cuyo nombre significa «lugar de muchos árboles» en lengua samburu, es un oasis en el desierto de Chalbi, junto al lago Turkana. Allí conviven pueblos como los Samburu, Turkana y El Molo, entre otros, con formas de vida vinculadas al pastoreo, la pesca y la elaboración de artesanías.La misión católica llegó a este territorio en 1965, con el sacerdote italiano Michele Stallone, de los Misioneros de la Consolata, quien fue enviado a evangelizar al pueblo El Molo a petición del obispo de la Diócesis de Marsabit. Más de seis décadas después, la labor pastoral abarca más de doce poblados dispersos entre el desierto, las montañas y las islas del lago.Largas distancias hacen parte de los desafíos cotidianos de esta misión. Desde Nairobi, llegar a Loiyangalani puede tomar alrededor de dos días en transporte público. Para visitar algunas comunidades, los misioneros recorren durante horas caminos sin pavimentar y, en ocasiones, deben cruzar el lago. Cada desplazamiento permite encontrarse con las familias, celebrar los sacramentos, visitar a personas enfermas y adultos mayores y acompañar la vida de las comunidades cristianas.En algunos poblados, el acceso a agua potable, electricidad y alimentos es limitado. Las familias dependen de actividades como la pesca y el pastoreo de cabras, camellos y vacas; las mujeres también elaboran artesanías con hojas de palma. En ciertos lugares, la falta de agua segura representa un desafío adicional, pues el lago Turkana no constituye una fuente de agua potable sin tratamiento.Para el padre Jonathan, la experiencia más difícil ha sido encontrarse con personas que no siempre tienen garantizada la alimentación. Según relata, una frase que escucha con frecuencia de niños y adultos mayores es: «Tengo hambre, padre, tengo hambre». Presenciar las consecuencias de la desnutrición, explica, transforma la manera de comprender la misión y las necesidades de quienes acompaña.Sin embargo, esta realidad no agota la historia de las comunidades. En ellas también encuentra solidaridad, capacidad de organización, riqueza cultural y deseos de aprender. La misión, afirma, implica no solo anunciar el Evangelio, sino escuchar, compartir y caminar junto a las personas.Evangelización que abre oportunidadesJunto a las celebraciones litúrgicas y el acompañamiento pastoral, los Misioneros de la Consolata junto a otras comunidades religiosas, desarrollan iniciativas de educación, salud y formación. Su propósito es responder a necesidades concretas sin separar la promoción humana de la evangelización.La misión cuenta con un centro médico y dos jardines infantiles: uno en el desierto y otro en la montaña. También impulsa un proyecto educativo para niños pastores en el desierto y una escuela para mujeres pastoras en la montaña, donde adultas, madres y pastores pueden acceder a aprendizajes básicos, entre ellos el suajili y las matemáticas.Una de las iniciativas más visibles es el Oratorio Papa Francisco, creado en agosto de 2025. Cada domingo reúne alrededor de 400 niños y jóvenes, y durante las vacaciones escolares puede superar los mil participantes. Mediante la catequesis, el deporte, el arte, la música, la danza y el teatro, el oratorio ofrece un espacio de encuentro, formación y desarrollo de talentos.La misión busca, además, que las nuevas generaciones participen activamente en la vida de sus comunidades. La Escuela de Liderazgo Misionero forma a niños, adolescentes, jóvenes y adultos para involucrarse en los procesos pastorales, mientras que el Fondo Educativo Consolata apoya actualmente a seis jóvenes en sus estudios universitarios.Para quienes viven en poblados apartados, continuar una carrera supone afrontar gastos de transporte, alojamiento y manutención que sus familias difícilmente pueden cubrir. Por eso, el acompañamiento educativo busca abrir caminos para que los jóvenes amplíen sus oportunidades y, en el futuro, puedan contribuir al bienestar de sus comunidades.El encuentro entre culturas también es misiónEn Loiyangalani, la evangelización se desarrolla en un contexto de diversidad cultural y religiosa. Las comunidades católicas comparten el territorio con musulmanes y con cristianos de otras confesiones. Esta realidad hace del diálogo intercultural, ecuménico e interreligioso una parte cotidiana de la labor pastoral.El padre Jonathan destaca que las diferencias no impiden encontrar propósitos comunes. En su experiencia, la solidaridad puede expresarse también entre personas de distintas tradiciones religiosas, por ejemplo, en el apoyo a actividades dirigidas a niños y jóvenes.Además, la misión no busca que las comunidades sean receptoras pasivas de iniciativas externas. La formación de líderes locales y el fortalecimiento de los procesos comunitarios apuntan a que sus propios integrantes asuman responsabilidades en la evangelización y en la construcción de respuestas a sus necesidades.Esa manera de comprender la misión se conecta con el lema propuesto por el papa León XIV para la Hermanas Teresitas, congregación de origen tanzano: «Uno en Cristo, unidos en la misión», en el año en que la Iglesia conmemora el centenario de esta celebración.Un sueño que ahora mira hacia las comunidadesLa experiencia del padre Jonathan forma parte de una presencia colombiana más amplia en África. En Kenia sirven 16 misioneros colombianos —entre seminaristas, laicos, religiosas y sacerdotes de distintas congregaciones—, además de monseñor Rodrigo Mejía Saldarriaga, obispo jesuita. Sus vocaciones y carismas se despliegan en diferentes lugares y responden a realidades diversas.En el desierto de Chalbi, la misión se construye tanto en la celebración de los sacramentos como en las visitas a poblados apartados, las aulas, las actividades deportivas y el acompañamiento a las familias. La historia del padre Jonathan Acuña muestra cómo una vocación nacida en Colombia encuentra su camino en otra cultura y cómo, en el encuentro con las comunidades, anunciar el Evangelio también significa escuchar, aprender y trabajar por una vida más digna.Vea a continuación el especial audiovisual: