SISTEMA INFORMATIVO
El llamado para cuidar de las personas y para prevenir la violencia sexual
Tags: protección de Menores hogar seguro lineamentos prevención violencia sexual iglesia católica monseñor luis manuel alí ilva yiriam hoyos conferencia episcopal
Oficina para el Buen Trato de la Arquidiócesis de Bogotá. Nuestra Iglesia, un hogar seguro. Lineamientos para la prevención de la violencia sexual contra niños, niñas, adolescentes y personas vulnerables en ambientes eclesiales, 2021. PPC, pp. 106.
Monseñor Luis Manuel Alí Herrera, Obispo Auxiliar de Bogotá y Director de la Oficina de Buen Trato de la Arquidiócesis de esta ciudad, comienza la Presentación de esta novísima obra recordando las palabras del Papa Francisco en la Carta dirigida a los presidentes de las conferencias episcopales y a los superiores de los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica acerca de la Comisión Pontificia para la Protección de Menores (2 de febrero de 2015): “Cada padre de familia que encomienda a la Iglesia sus hijos para iniciarse en su vida de fe o recibir una formación integral debe tener la plena seguridad de que el ambiente eclesial en que se encuentre es un ‘hogar seguro’” (p. 3). Esa convicción y ese llamado se ha convertido en prioridad pastoral para la Iglesia de Bogotá, que desde 2013, determinó como uno de los ejes transversales de toda acción evangélica la protección de los menores de edad. Y, en 2018, al servicio de esa prioridad, implementó la Oficina del Buen Trato (OBT), que, en febrero de 2019, dio a conocer la Ruta de acompañamiento en presuntos casos de violencia sexual contra niñas, niños, adolescentes y adultos en estado de vulnerabilidad. Ahora, en esa misma vía, da a conocer estos Lineamientos, que son una herramienta para hacer de Nuestra Iglesia, un hogar seguro. De ahí que, cuando en esta reseña, remita a los Lineamientos es porque entiendo que su formulación y puesta en marcha es una vía para que Nuestra Iglesia sea un hogar seguro.
Se trata de un libro de ciento seis páginas, estructurado en una Introducción, cinco capítulos, unas conclusiones, así como unas muy amplias referencias bibliográficas. El objetivo de estos Lineamientos es, precisamente, presentar las estrategias principales para prevenir la violencia sexual contra niños, adolescentes y personas vulnerables en los ambientes eclesiales de la Arquidiócesis de Bogotá. La obra da cuenta, en la Introducción, de la amplia actividad evangelizadora que se realiza en esta ciudad a través de 288 parroquias, 19 colegios que juntamente con la Fundación Universitaria Monserrate integran el Sistema Educativo de la Iglesia en la capital de Colombia (SEAB), así como en diversas fundaciones, en los seminarios mayores y en las instituciones católicas que prestan su servicio para el bien de la dignidad humana. Del mismo modo, resalta que “todo el cuerpo eclesial es responsable de todo tipo de daño” (p. 5) contra los niños, las niñas y los adolescentes. Para los Lineamientos, la prevención es “una tarea planeada y sistemática orientada a la detección de los factores de riesgo de violencia sexual en los ambientes eclesiales y a la implementación de las medidas necesarias para evitar su aparición” (pp. 5-6). Ahora bien, esa prevención exige un trabajo permanente para alcanzar una cultura de la prevención, que exige tiempo y esfuerzo. En igual forma, el libro precisa que prevenir es decidir cómo se configuran los ambientes eclesiales donde los niños y las personas vulnerables desarrollan gran parte de su proyecto de vida. La prevención, así se afirma, “es una empresa de vidas: las conocidas y las que están por llegar; una empresa que encuentra su impulso motivacional en aquella caridad que añora respetar la dignidad de toda persona humana y promover su bienestar; una empresa que, por esta razón de bien, puede encontrar en la ética del cuidado sus orientaciones principales” (p. 6). En este sentido, Lineamientos comprende tanto una dimensión conceptual como metodológica; pero, en igual forma, un marco ético especialmente significativo.
El primer capítulo, bajo el título “La Iglesia y la violencia sexual”, el más corto de toda la obra, con seis páginas, presenta los principales aprendizajes de la herida abierta, dolorosa y compleja de los abusos sexuales cometidos por clérigos, que no ha dejado de sangrar, según palabras del Papa Francisco, y que ha llevado a la pérdida de credibilidad y de confianza en la Iglesia. Nueve son los principales aprendizajes que se resaltan a partir del más reciente magisterio Pontificio: (i) el reconocimiento del dolor de las víctimas y la cercanía solidaria con ellas; (ii) la petición de perdón por el comportamiento de los ministros y consagrados; (iii) la necesidad de conocer mejor la naturaleza y gravedad del problema; (iv) el reconocimiento de los daños causados a la misión de la Iglesia en el mundo; (v) la reafirmación del rechazo total ante cualquier tipo de violencia; (vi) la necesidad de constatar el bien que se sigue haciendo; (vii) el discernimiento sobre los caminos de curación, conversión, reparación y prevención; (viii) el reconocimiento de la necesidad de una conversión en la forma de comprender y ejercer el poder y (ix) la necesaria renovación de los procedimientos canónicos y de acompañamiento. El enunciado de cada uno de estos aprendizajes daría para la publicación de nuevas obras y para resaltar la novedad del magisterio pontificio sobre la dolorosa situación de la violencia sexual en ambientes eclesiales. Es de esperar que la Oficina de Buen Trato continúe su labor de dar a conocer ese magisterio.
El segundo capítulo, “Generalidades sobre la violencia sexual para el abordaje preventivo”, con diecisiete páginas, adopta la definición que el Comité de los Derechos del Niño, interpretando el artículo 19.1 de la Convención sobre los Derechos del Niño (1989), da sobre la violencia: “toda forma de perjuicio o abuso físico o mental, descuido o trato negligente, malos tratos o explotación, incluido el abuso sexual” (Observación General N° 13 de 2011, relativa al derecho del niño de no ser objeto de ninguna forma de violencia). Por su parte, para la Organización Mundial de la Salud (OMS), también se cita, la violencia es el resultado de la acción recíproca y compleja de factores individuales, relacionales, sociales, culturales y ambientales. Posteriormente, el libro intenta una aproximación a la magnitud del problema en Colombia, con base en documentos oficiales, tales como la Encuesta de violencia contra niños, niñas y adolescentes (2019) y la Encuesta nacional de demografía y salud (2015). La pretensión de este capítulo es más bien de carácter descriptivo, porque su finalidad no es analizar ni detenerse en las preocupantes estadísticas y cifras, sino explicar porque razón resulta más técnico hablar de la violencia sexual que del abuso sexual, ya que éste, el abuso, es una forma de aquélla, la violencia.
El estudio de la violencia se hace a partir de llamado “modelo ecológico”, que se desarrolla en el capítulo cuarto del mismo libro, y adopta la siguiente estructura: (i) los factores de riesgo: sociales, familiares y personales de los niños; (ii) las consecuencias de la violencia sexual: a corto plazo y a largo plazo, que son presentadas a través de unas muy completas tablas que incluyen la sintomatología física, emocional y conductual, así como los problemas emocionales, de relación de conducta, de adaptación social, funcionales, sexuales, de revictimización y de transmisión intergeneracional; (iii) la revictimización en distintos escenarios; (iv) las características del agresor sexual: fijadas en niños, niñas o adolescentes, regresivas o situacionales y (v) hacia la prevención de la violencia sexual.
El capítulo tercero, “Marco jurídico y canónico”, aborda en doce páginas y a manera de síntesis esta compleja temática. Merece resaltarse el acápite relativo a la vulnerabilidad como condición presente en todas las personas, pero que se incrementa en algunas poblaciones o grupos de personas como los niños. Se trata de sujetos de especial protección constitucional, también habría que decir convencional, que se encuentran expuestos a riesgos que pueden lesionar sus derechos fundamentales o demandan un esfuerzo adicional para su preferente protección, justificada, entre otras razones, en la exclusión, la pobreza, la iniquidad y la violencia. En este sentido, la vulnerabilidad guarda estrecha relación con el principio-derecho de igualdad.
Las normas del ordenamiento colombiano que se mencionan son, ante todo, la Ley 1098 de 2006 (Código de la Infancia y la Adolescencia), que, en su artículo 18, define el “maltrato infantil” como “toda forma de perjuicio, castigo, humillación o abuso físico o psicológico, descuido, omisión o trato negligente, malos tratos o explotación sexual, incluidos los actos sexuales abusivos y la violación y en general toda forma de violencia o agresión sobre el niño, la niña o el adolescente por parte de sus padres, representantes legales o cualquier otra persona”. En igual forma, cita la Ley 1146 de 2007, sobre prevención de la violencia sexual, que define esta clase de violencia, en su artículo 2°, como “todo acto o comportamiento de tipo sexual ejercido sobre un niño, niña o adolescente, utilizando la fuerza o cualquier forma de coerción física, psicológica o emocional, aprovechando las condiciones de indefensión, de desigualdad y las relaciones de poder existentes entre víctima y agresor”. Del mismo modo, incluye una gráfica sobre la tipificación de los delitos contra la libertad, la integridad y la formación sexuales, según la Ley 599 de 2000 o Código Penal. Describe las normas sobre la obligatoriedad de la denuncia contra los delitos sexuales, la edad del consentimiento sexual, establecida en la legislación colombiana a partir de los catorce años de edad, así como los derechos de las víctimas, que son presentados con base en la normativa vigente: Ley 360 de 1997 (modifica algunas normas del Código Penal de 1980), Ley 1146 de 2007 (prevención de la violencia sexual), Ley 1257 de 2008 (sensibilización, prevención y sanción de la violencia contra las mujeres) y Ley 1719 de 2014 (acceso a a la justicia de las víctimas de la violencia sexual en el marco del conflicto armado en Colombia). También da cuenta de la Ley 1620 de 2012 (sobre el bullying en los ambientes educativos), del Acto Legislativo de 2020 (modifica el artículo 34 constitucional que permite condenar a cadena perpetua a violadores y homicidas de niños) y de la Ley 2081 de 2021 (imprescriptibilidad de la acción penal en delitos sexuales cometidos contra menores de edad).
En relación con las normas canónicas, Lineamientos parte de la tesis de que la Iglesia, fiel a los preceptos evangélicos, ha cuidado con especial solicitud a sus miembros más débiles. Menciona de manera muy sucinta la manera como el Código de Derecho Canónico (1983) tipifica los delitos contra el sexto mandamiento del Decálogo cometidos por clérigos, así como el Motu proprio Sacramentorum sanctitatis tutela (30 de abril de 2001) y las modificaciones que, el 21 de mayo de 2010, la Santa Sede aprobó a esta legislación especial en materia de abusos sexuales cometidos por clérigos. Del mismo modo, da cuenta de los documentos más recientes de la Iglesia en esta temática: Como una madre amorosa (4 de junio de 2016), Vos estis lux mundi (7 de mayo de 2019), las Rescripta ex Audientia sobre el levantamiento del secreto pontificio y el aumento de la edad para el delito de pedopornografía a los 18 años (3 y 6 de diciembre de 2019), así como el Vademécum de la Congregación para la Doctrina de la Fe (16 de julio de 2020).
A mi juicio, este capítulo podría haber sido desarrollado más ampliamente, no sólo desde una perspectiva normativa, sino sobre todo desde la perspectiva del Derecho Internacional de los Derechos Humanos. Soy consciente de que la finalidad del libro no es la de detenerse en cuestiones jurídicas, sino de brindar un panorama de la legislación existente en Colombia. Sin embargo, estimo que bien habría valido la pena hacer un mayor énfasis en un enfoque de derechos humanos, que, según los Lineamientos, es un criterio para el análisis, el diseño, la implementación y la evaluación de las acciones preventivas de la violencia sexual.
El capítulo cuarto, bajo el título “La prevención de la violencia sexual en la Arquidiócesis de Bogotá”, también con doce páginas, está dividido en cinco ítems. El primero, describe el marco teórico, a partir de la perspectiva ecológico-sistémica, propuesta por Urie Bronfenbrenner, llamada también teoría de los sistemas ecológicos o teoría del desarrollo, en el entendido de que el desarrollo cognitivo, moral y relacional de una persona está en continua interacción con los sistemas o ambientes donde transcurre su ciclo vital. Estos sistemas son: (i) el microsistema, configurado por las relaciones al interior de las instituciones o grupos que impactan de manera más directa en el desarrollo de la persona; (ii) el mesosistema o interacción entre dos o más ambientes en los que la persona participa activamente; (iii) el exosistema o entornos o fuerzas que influyen en los subsistemas; (iv) el macrosistema o condiciones sociales, estructurales y culturales que determinan los rasgos de las instituciones. Además de estos sistemas, destaca uno transversal, el cronosistema, porque los eventos internos o externos se suceden en un determinado ambiente y constituyen un factor de transformación de los dinamismos relacionales.
La segunda temática es la de la teoría ecológica y los sistemas de pretensión, en la que se afirma que, desde ese marco teórico, el fenómeno social se entiende holísticamente y así “los ambientes, ya sea[n] personales, institucionales o culturales, lejos de estar limitados por un statu quo invariable, son susceptibles de transiciones ecológicas en las que se modifican los elementos o variables que los componen” (p. 50). La prevención de la violencia sexual encuentra en ese marco teórico su fundamento, porque la erradicación de una situación dañina al interior de un ambiente pasa por impedir o contener los factores de riesgos. Elemento importante de la prevención es, precisamente, la de identificar esos factores de riesgo y determinar cuáles son las modificaciones necesarias para que ese factor o factores puedan ser eliminados o transformados.
Pues bien, a partir de ese marco teórico y de esa perspectiva ecológica, Lineamientos adopta la tipificación que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha hecho de la prevención como (i) primaria, dirigida a evitar la violencia sexual y a reducir su incidencia, es decir, “antes de que suceda” (ii) secundaria, mitigar los efectos de la violencia sexual e impedir que la situación se agrave, esto es, “antes de que empeore” y (iii) terciaria, orientada a mitigar la violencia sexual y a evitar su repetición, o sea, “antes de que sea demasiado tarde”. Estas dos últimas formas de prevención son responsabilidad de todos.
La tercera temática, más novedosa que las dos anteriores, es la prevención en los ambientes eclesiales de la Arquidiócesis de Bogotá. Para Lineamientos, ambiente eclesial es “el conjunto de relaciones que surgen de la interacción entre los miembros de una determinada comunidad de personas que profesan su fe religiosa. Estos conforman un entorno físico, social y cultural que favorece el desarrollo humano integral, la vivencia personal de la fe y el sentido de pertenencia a una comunidad cristiana y a la Iglesia universal” (p. 53). La prevención de la violencia sexual compromete y responsabiliza, en primer término, “a quienes sostienen, colaboran y detentan responsabilidad en los distintos ambientes eclesiales de la Arquidiócesis de Bogotá” (ibídem); pero, en igual forma, reclama la actuación de todos los fieles de esta Iglesia particular, en especial, para que tengan en cuenta: (i) que la violencia sexual es un problema que afecta a todos; (ii) que la violencia sexual se puede combatir; (iii) que la prevención es el mejor medio para combatir la violencia sexual; (iv) que la generación de entornos seguros es la mejor forma de combatir la violencia sexual y (v) que la creación de ambientes y entornos eclesiales es una obra mancomunada.
El marco ético: la ética del cuidado es la cuarta temática del también capítulo cuarto, porque no basta, esa es la tesis central, una fundamentación teórica, sino que es necesario “delinear una opción ética que permita conocer el espíritu y horizonte actitudinal en el que habrá de tomar forma y realizarse cualquier estrategia de tipo preventivo” (p. 55). Un primer componente, pero no el único, es adecuar el comportamiento a la normatividad, pero se requiere algo más. En efecto, Lineamientos afirma, con razón, que la fidelidad a la norma resulta poco eficaz si no se sustenta en convicciones sólidas sobre el significado de la vida humana y la dignidad de la persona. Una y otra, la norma y la convicción, han de examinarse en el tipo y en la calidad de las relaciones de las personas involucradas en los diversos sistemas. Pues bien, la exigencia ética nace de la preocupación recíproca de los unos por los otros que caracteriza la ética del cuidado, basada en una concepción antropológica que privilegia la fragilidad y la vulnerabilidad como condición humana que contrasta con una concepción del hombre, centrada en un ser autosuficiente, autónomo y con la que se pretende defender un individualismo a ultranza. También recuerda que el Papa Francisco, desde una perspectiva, de “ecología integral”, ha exhortado, en su Carta encíclica, Laudato si (2015), para que se alimente “una cultura del cuidado”, porque “siempre es posible volver a desarrollar la capacidad de salir de sí hacia el otro, no interesa cuidar algo para los demás, no hay capacidad de ponerse límites para evitar el sufrimiento o el deterioro de lo que nos rodea. La actitud básica de autotrascenderse, rompiendo la conciencia aislada y la autorreferencialidad, es la raíz que hace posible todo cuidado de los demás y del medio ambiente, y que hace brotar la reacción moral de considerar el impacto que provoca cada acción y cada decisión personal fuera de uno mismo. Cuando somos capaces de superar el individualismo, realmente se puede desarrollar un estilo de vida alternativo y se vuelve posible un cambio importante en la sociedad” (p. 56).
La quinta temática es, precisamente, la “Ética del cuidado y prevención”. Para Lineamientos, la prevención es una de las tareas específicas de esta Ética del cuidado y a partir de ella delinea unas actitudes que deberían forman parte del estilo de vida de las personas y de las comunidades que se preocupan por cuidar los entornos eclesiales. Esas actitudes son: (i) el cuidado de sí: cada quién, es decir, cada persona, debe reconocer y aceptar su propia fragilidad, pero aceptar, en igual forma, que cuidándose puede ayudar a cuidar a los demás. Lo dice Pablo: “¡Mire cada cuál como construye!” (1 Cor 3, 10); (ii) la hospitalidad: acoger al otro, a la persona vulnerable, es decir, al necesitado. En palabras de Jesús: “Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños” (Mt 18, 10); (iii) la atención y la responsabilidad: estar atento a las necesidades del entorno y dar respuesta a ellas. También dice Jesús: “¿teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís?” (Mc 8, 18); (iv) la benevolencia: tener genuino interés por la vida del frágil. Proteger y promover el bien integral del necesitado. De nuevo dice Jesús: “tomó nuestras flaquezas y cargó nuestras enfermedades” (Mt 8, 17); (v) la competencia: capacitarse, preparase, delegar el cuidado, si es el caso, a personas capacitadas. El Evangelio, en la parábola del buen samaritano (Lc 10, 30-35), llama la atención sobre ese hombre compasivo que supo delegar el cuidado de la víctima, conservando la preocupación por ella y, finalmente, (vi) la receptividad: retroalimentarse del cuidado brindado. También el Evangelio narra cómo un centurión fue capaz de cambiar el modo como Jesús quería asistir a su criado enfermo (Mt 8, 5-13). La actitud preventiva es, por tanto, medio fundamental para no sólo reducir los casos de violencia sexual, sino para consolidar una cultura del buen trato. Es de esperar que la Oficina del Buen Trato de la Arquidiócesis de Bogotá desarrolle más ampliamente esta ética del cuidado como presupuesto de la acción preventiva. El acápite que sobre esta temática ha incluido en la obra reseñada es sugestivo e invita a una reflexión no meramente técnica ni instrumental, porque va más allá de las herramientas, los Lineamientos, al estar centrados en la persona, hacen un llamado, a la vez, a una ética de la responsabilidad. La prevención requiere de la ética.
El último capítulo de Lineamientos, bajo el título “Estrategias preventivas”, el más extenso de la obra, con veintinueve páginas, es el más novedoso y el que, a mi juicio, está llamado a servir de inspiración para la labor de prevención de la violencia sexual en otras diócesis no sólo de Colombia, sino también de otros países de América Latina.
El capítulo inicia definiendo las estrategias preventivas como “el conjunto de acciones correctamente planificadas que serán asumidas por todos los estamentos de la Arquidiócesis de Bogotá con el fin de prevenir cualquier forma de violencia y en particular la violencia sexual en los ambientes eclesiales” (p. 62). Posteriormente, se detiene en los enfoques, que entiende como “una guía para el análisis, el diseño, la implementación y evaluación de las acciones preventivas” (ibídem). Esos enfoques son: (i) el enfoque de derechos humanos: deben ser promovidos y respetados, manteniendo un diálogo razonable con las formulaciones que de ellos haga el derecho internacional y el derecho colombiano; (ii) el enfoque de género: supone un discernimiento en relación con las interpretaciones sobre la atribución de roles relativos a la diferencia sexual entre el varón y la mujer; (iii) el enfoque de resiliencia: crecer como persona, incluso ante las dificultades y superar las situaciones adversas y negativas en las que pueda encontrarse; (iv) el enfoque diferencial: distinguir, sin que ello implique una discriminación negativa, las diversas poblaciones o grupos humanos, identificados, entre otros, por factores de edad, raza, etnia, género, ciclo vital, condiciones socioeconómicas, territoriales, de salud, rol social o político; (v) el enfoque espiritual: comprender y configurar la vida desde valores superiores, que trascienden el terreno de lo meramente fáctico o material; (vi) el enfoque de familia: la persona se desarrolla en el microsistema familiar, lugar de la socialización primaria, del aprendizaje moral y de la conformación de la identidad personal y (vi) el enfoque de las nuevas tecnologías: los desarrollos y las transformaciones tecnológicas son especialmente significativos en todos los niveles del sistema social.
Lineamientos adopta como principios de la prevención los siguientes: (i) la corresponsabilidad: la prevención es un deber legal y moral; (ii) la participación: todos los actores de los ambientes eclesiales han de tener abiertos espacios para hacer parte del diseño, la implementación y la evaluación de la acción preventiva; (iii) la transversalidad: incorporar distintas ópticas en la prevención de la violencia sexual; (iv) la gestión responsable y transparente: las acciones preventivas deben hacerse en el marco del ordenamiento jurídico estatal y canónico; y (v) la flexibilidad y el dinamismo: flexible porque la prevención debe ser acogida atendiendo las condiciones de cada uno de los fieles de la Iglesia particular y dinámica porque el estilo de vida ha de ser no ocasional, sino habitual. En síntesis, en los entornos eclesiales, “todos puedan sentirse acogidos, seguros y profundamente libres; que ellos estén liberados de cualquier tipo de amenaza, discriminación o violencia; que en ellos y sus miembros pueda ser depositada la plena confianza. El mejor signo de la asunción de este dinamismo orientado al cuidado del otro será que, en nuestros ambientes eclesiales, los más pequeños, indefensos y frágiles encuentran protección, amor y promoción de su dignidad” (p. 66).
A continuación, Lineamientos se detiene en algunas definiciones de términos, tales como: animadores de evangelización, ambientes eclesiales, cultura del buen trato, instituciones eclesiales, ministros ordenados, organismos eclesiales, prevención primaria, prevención secundaria y prevención terciaria.
Prosigue el capítulo resaltando como actores de la prevención de la violencia en ambientes eclesiales, a los siguientes destinatarios: (i) los ministros ordenados, (ii) los animadores de la evangelización, (iii) los fieles, entre, ellos los padres de familia y (iv) los niños, las niñas, los adolescentes, así como las personas vulnerables. Quizás, habría sido necesaria la inclusión de otros destinatarios: religiosas, religiosos y laicos.
A renglón seguido, Lineamientos da cuenta de la Oficina para el Buen Trato (OBT) y de su misión primordial: “dinamizar las políticas de cultura del buen trato a través de líneas de acción de prevención y de atención psicosocial[,] fundamentadas en la ética del cuidado a fin de evitar la violencia sexual contra niñas, niños, adolescentes y personas vulnerables en ambientes eclesiales de la Arquidiócesis de Bogotá” (p. 68). Objetivos de esta Oficina son, entre otros, los siguientes: (i) animar y acompañar la implementación y la evaluación de las estrategias preventivas; (ii) proponer protocolos y guías de buenas prácticas para la prevención de la violencia sexual; (iii) apoyar programas en materia de educación afectivo-sexual; (iv) asesorar la implementación de acciones preventivas y protocolos en los distintos niveles de la estructura organizativa de la Arquidiócesis; (v) evaluar el impacto y proponer ajustes a los lineamientos de prevención y (vi) brindar la atención psicosocial en los casos de violencia sexual contra los menores de edad.
Uno de los más importantes aportes de Lineamientos es el relativo a las acciones preventivas con la finalidad de promover prácticas culturales y relaciones ecuánimes para prevenir toda forma de violencia. Dentro de las líneas de acción preventiva, la obra reseñada distingue tres clases de estrategias: (i) la informativa, encaminada a visibilizar el fenómeno y a dimensionar su gravedad; (ii) la formativa, ordenada a la aprehensión y a la aplicación de un conjunto de conocimientos soportados sobre unos principios, que direccionan la vida de las personas en sus relaciones consigo mismos y con las demás y (iii) la normativa, orientada a la aplicación de la normativa estatal y canónica de prevención de la violencia sexual y de la promoción de los derechos fundamentales.
En la estrategia informativa, la acción principal es sensibilizar sobre el fenómeno de la violencia sexual, los destinatarios principales son los responsables de los ambientes eclesiales, los animadores de esos ambientes, los fieles y los beneficiarios de las obras, así como la sociedad civil. Excluye, a mi juicio sin razón, a los niños y a las personas vulnerables, que también deben ser destinatarios de esta acción. En la estrategia formativa las acciones son: educar para el amor, formar en prevención de la violencia sexual y de los entornos protectores, formar en primeros auxilios psicológicos y en la autoprotección. En la estrategia normativa, las acciones son implementar las buenas prácticas y los protocolos específicos. En todas estas estrategias y acciones se requiere un seguimiento y control. Lineamientos se detiene en cada una de estas acciones y a través de tablas, muy bien logradas, específicas las temáticas y los destinatarios de cada una de ellas.
La obra prosigue con la inclusión de una Guía de prácticas seguras, estructurada en siete ítems: (i) los límites relacionales sanos y flexibles; (ii) el compromiso institucional; (iii) el cuidado personal; (iv) asegurar el consentimiento de los padres de familia y de los representantes legales de los menores de edad; (v) garantizar la seguridad durante viajes o actividades que impliquen estadía de las personas sujetas a especial protección; (vi) el uso responsable de las Tecnologías de la Información (TIC’s) y las (vii) conductas prohibidas en general y en relación con esas nuevas tecnologías. Es de resaltar la importancia de estas prácticas y el sentido propositivo con el que han sido redactadas.
Para adoptar y proponer esas estrategias y acciones, Lineamientos propone una metodología y unos criterios que tengan en cuenta la “anamnesis” como un ejercicio de memoria para evaluar el “estado de salud” general del ambiente en cuestión, los escenarios, los actores y las interacciones entre los diversos sistemas.
El capítulo quinto concluye con la necesidad del seguimiento y de la evaluación, entendido como un proceso transversal que se diseña simultáneamente con las estrategias de prevención. El diseño de esa evaluación debe incluir, al menos: (i) indicadores de gestión y de resultados e instrumentos de acuerdo con los objetivos propuestos y (ii) metodologías e instrumentos de recolección y sistematización de información, de instrumentos de evaluación y de cronogramas para presentar informes de gestión y resultados.
Lineamientos finaliza con unas conclusiones generales, en las que la Oficina de Buen Trato reitera que “el fomento de una actitud preventiva constituye un medio fundamental, tanto para reducir significativamente los casos de violencia sexual contra los niños, niñas, adolescentes y personas vulnerables, como para consolidar entre nosotros una cultura del buen trato que nos permita a todos sentirnos hermanos y avanzar juntos en la construcción del Reino instaurado por Cristo Jesús” (p. 91).
En definitiva, estamos en presencia de una obra bien pensada y estructurada, que invita a ser leída pausada y reflexivamente, no porque su contenido sea denso, sino porque su misma pretensión es que todos, como fieles de la Iglesia, contribuyamos a implementar la cultura del buen trato, cimentada en la ética del cuidado. Se trata de un libro que aúna la reflexión teórica con la práctica y eso se agradece cuando hay tanto por hacer para prevenir la violencia sexual. Precisamente por esto, Lineamientos es un texto no sólo para ser leído, sino, ante todo, para servir como un instrumento eficaz en el llamado al compromiso de cada fiel y de las autoridades eclesiales en el cuidado de los niños y de las personas vulnerables y en la prevención de la violencia sexual. En este sentido, es medio para asumir la responsabilidad de prevenir esa o cualquier clase de violencia en todos los ambientes sociales, no solo en los ambientes eclesiales, sino en todos aquellos en los que se encuentren niños, niñas, adolescentes y personas en situación de vulnerabilidad.
Aconsejo de manera especial, la lectura de los apartados correspondientes a la Ética del cuidado, incluidos en el capítulo cuarto, que brindan el marco ético de la prevención, así como el último capítulo, es decir del quinto. No está por demás reconocer que es un libro bien escrito y con unas muy útiles gráficas que sintetizan las ideas presentadas en algunos de los capítulos. Es de destacar que la edición de la obra se encuentra muy bien cuidada, eso siempre es de agradecer.
Finalmente, hay que reconocer a la Oficina de Buen Trato de la Arquidiócesis de Bogotá y a su director, monseñor Luis Manuel Alí Herrera, la significativa referencia a esos rostros concretos, que han generado experiencias de fe, entre otros, los rostros de las víctimas de la violencia sexual en ambientes eclesiales y que, en más de una oportunidad, han arrancado lágrimas y han propiciado sentimientos de dolor, que no han dejado, sin embargo, de propiciar la fraternidad, la solidaridad, la justicia y la reconciliación. Hago mías las palabras de las conclusiones de esta obra e invito al lector que tenga presentes a las víctimas de tanto dolor y que, al leer y aplicar estos Lineamientos, también pueda decir: “Sus sufrimientos nos han conmovido, pero también nos han hecho comprender la necesidad de comprometernos con mayor empeño, como verdaderos instrumentos de prevención y promotores de una cultura del buen trato, de tal manera que la vida de nuestra Iglesia sea más coherente con el evangelio que anunciamos” (p. 92).
Éste es el llamado: ser coherentes como personas, como ciudadanos, pero también como fieles de la Iglesia Católica para prevenir la violencia sexual contra niños y personas vulnerables en ambientes eclesiales y hacer de Nuestra Iglesia, un hogar seguro. Es hora de responder a ese llamado, porque todos, sin distingo alguno, tenemos alguna responsabilidad para que Nuestra Iglesia, sea, en verdad, un hogar seguro.
Bogotá, D.C., junio 12 de 2021.
Ilva Myriam Hoyos Castañeda
Presidenta del Consejo Nacional de Protección de Menores y
Personas Vulnerables Conferencia Episcopal de Colombia
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Lun 14 Sep 2026
Entre goles, fraternidad y misión: Medellín cerró la XI Copa de la Fe con cuatro equipos campeones
La XI Copa de la Fe reunió en Medellín a más de 900 sacerdotes de Colombia, Venezuela, Ecuador, México y Costa Rica en un encuentro que combinó competencia deportiva, fraternidad sacerdotal y una jornada pastoral en 29 parroquias de la Arquidiócesis de Medellín.La XI Copa de la Fe llegó a su final en Medellín dejando una particularidad en su historia: cuatro finales y cuatro campeones, en una edición que volvió a mostrar que el fútbol puede ser también un espacio para fortalecer la fraternidad sacerdotal, el encuentro con las comunidades y la misión evangelizadora.Durante cinco días, sacerdotes de diferentes regiones de Colombia y de Venezuela, Ecuador, México y Costa Rica compartieron alrededor del deporte, acompañados por sus comunidades y por varios obispos que estuvieron presentes junto a los equipos de sus jurisdicciones.Cuatro copas, cuatro campeonesLa competencia se desarrolló en cuatro categorías que pusieron en el centro valores asociados a la experiencia de la Copa de la Fe:La Copa de Juego Limpio fue para la Diócesis de San Cristóbal, Venezuela, que disputó la final frente a la Diócesis de Cúcuta. La Copa de la Paz y la Reconciliación quedó en manos de la Arquidiócesis de Guadalajara, México, luego de enfrentar en la final a la Diócesis de Sonsón-Rionegro. Por su parte, la Diócesis de Garzón se quedó con la Copa de la Fraternidad, tras disputar la final ante la Arquidiócesis de Cartagena, mientras que la Arquidiócesis de Nueva Pamplona conquistó la Copa de la Esperanza, frente a la Diócesis de Pasto.Las finales de Juego Limpio y Paz y Reconciliación tuvieron como escenario el Estadio Atanasio Girardot, uno de los espacios deportivos más representativos de Medellín.De las canchas a la misiónUno de los momentos centrales de esta edición tuvo lugar durante el segundo día del torneo, cuando los sacerdotes dejaron por unas horas las canchas para ponerse en modo misión y encontrarse con las comunidades de la Arquidiócesis de Medellín.En total, 29 parroquias de las cuatro vicarías episcopales de zona abrieron sus puertas para recibir a los sacerdotes participantes. Allí celebraron la Eucaristía, administraron el sacramento de la Reconciliación y compartieron con familias, grupos parroquiales y personas de las comunidades.También realizaron visitas a enfermos y conocieron de cerca distintas realidades de la vida parroquial. La jornada permitió vivir una dimensión del ministerio sacerdotal que va más allá de la competencia: estar cerca de las personas, escuchar, compartir y caminar junto a las comunidades.Agentes pastorales de la Arquidiócesis de Medellín acompañaron el desarrollo de esta jornada y apoyaron la organización y logística del torneo, haciendo posible el encuentro entre las delegaciones y las comunidades locales.Una experiencia de fraternidadLa Copa de la Fe también permitió fortalecer los vínculos entre sacerdotes de distintas jurisdicciones. En esta edición, algunas Iglesias particulares se unieron para conformar un solo equipo, como ocurrió con la Diócesis de Yopal y la Arquidiócesis de Florencia; la diócesis de Ocaña y El Banco; la Diócesis de Málaga y la Arquidiócesis de Bucaramanga; así como las diócesis de Girardota, Caldas y Quibdó.A las jornadas deportivas se sumó además el acompañamiento de los fieles, quienes llegaron desde diferentes regiones para respaldar a sus sacerdotes desde las tribunas. Su presencia se convirtió en otra expresión de comunión eclesial alrededor de un encuentro que buscó integrar a sacerdotes, comunidades y familias.La experiencia también quiso abrir una oportunidad para que los espectadores conocieran de una manera cercana la vida y el servicio de los sacerdotes y, a partir de ese encuentro, pudiera surgir en algunos jóvenes la inquietud por la vocación sacerdotal.Los obispos acompañaron a sus equiposAunque la participación de los sacerdotes fue el centro de la competencia, varios obispos acompañaron a las delegaciones de sus jurisdicciones durante el torneo.Entre ellos estuvieron los anfitriones, monseñor Ricardo Tobón Restrepo, arzobispo de Medellín, y monseñor José Mauricio Vélez García, obispo auxiliar de Medellín, quienes recibieron y acompañaron a las diferentes delegaciones.También estuvieron presentes monseñor Edgar Aristizábal Quintero, obispo de Duitama-Sogamoso; monseñor Rubén Darío Jaramillo Montoya, obispo de Montería; monseñor Dimas Antonio Acuña Jiménez, obispo de El Banco; monseñor José Alberto Ossa Soto, arzobispo de Nueva Pamplona; monseñor Hugo Torres Marín, arzobispo de Medellín; y monseñor Juan Manuel Toro Vallejo, obispo de Gigardota, entre otros pastores que acompañaron a sus sacerdotes.La XI Copa de la Fe cerró así una nueva edición en la que el resultado deportivo fue solo una parte de la experiencia. En Medellín, las canchas, las parroquias y las comunidades se convirtieron en escenarios de fraternidad, comunión y misión, mostrando que el deporte también puede abrir caminos para el encuentro y la evangelización.
Vie 11 Sep 2026
Del contenido a la conversación: nuevos desafíos para la comunicación de la Iglesia Católica en Colombia
Cerca de 80 comunicadores, periodistas, productores audiovisuales y delegados de las comunicaciones de diócesis, arquidiócesis, vicariatos apostólicos y equipos de Pastoral Social participaron en un encuentro nacional orientado a fortalecer una comunicación más articulada, estratégica y cercana a las realidades de los territorios. Obispos de la Comisión Episcopal de Comunicaciones acompañaron el espacio.La comunicación de la Iglesia Católica en Colombia enfrenta desafíos que va más allá de producir contenidos y ampliar su presencia en plataformas digitales: comprender mejor las conversaciones que ya están ocurriendo en la sociedad, escuchar las realidades de los territorios y encontrar maneras de participar en ellas desde su identidad y misión.Esta fue una de las principales reflexiones que dejó el Encuentro Nacional de Comunicadores de la Iglesia Católica colombiana 2026, realizado del 3 al 6 de agosto en La Ceja, Antioquia. Fue convocado por la Conferencia Episcopal de Colombia, a través de su Departamento de Comunicaciones y Tecnologías, y por el Secretariado Nacional de Pastoral Social-Cáritas Colombiana, lo que permitió, por primera vez, reunir en un mismo espacio a comunicadores de las jurisdicciones eclesiásticas y de las pastorales sociales, con el propósito de fortalecer la articulación, la unidad y la coherencia de la comunicación de la Iglesia en Colombia.La experiencia buscó, además, fortalecer diferentes dimensiones del servicio comunicativo: la comunicación pastoral e institucional, las estrategias digitales y el trabajo con enfoque comunitario, de desarrollo y de cambio social.El encuentro fue acompañado por los obispos que integran la Comisión Episcopal de Comunicaciones: monseñor Juan Carlos Cárdenas Toro, obispo de Pasto y presidente de la Comisión; monseñor Dimas Antonio Acuña Jiménez, obispo de El Banco; y monseñor Ovidio Giraldo Velásquez, obispo de Barrancabermeja. También contó con la participación de docentes de la Fundación Universitaria Católica del Norte, institución de la Diócesis de Santa Rosa de Osos, que apoyó los espacios de formación.Escuchar antes de comunicarUno de los ejes del encuentro fue la necesidad de comprender que el escenario actual de la comunicación está marcado por una "competencia" permanente por la atención.WhatsApp, Instagram, TikTok, las noticias, la inteligencia artificial, las conversaciones familiares y las múltiples plataformas digitales forman parte de un ecosistema en el que las personas reciben y comparten información de manera constante.Para Luis Fernando Sierra Escobar, docente de la Fundación Universitaria Católica del Norte, ponente del encuentro, el desafío no consiste simplemente en competir con otros actores, sino en reconocer que la Iglesia participa en un entorno en el que existen miles de conversaciones simultáneas.Desde esta perspectiva, planteó que una estrategia de comunicación no debería comenzar con una parrilla de contenidos, sino con una lectura del territorio y de las personas: ¿qué preocupa?, ¿qué esperan?, ¿qué duele? y ¿qué buscan?“Las personas ya están conversando. ¿Estamos entrando en esas conversaciones?”, fue uno de los interrogantes planteados durante su exposición.El docente destacó, además, la importancia de identificar los distintos públicos de las instituciones eclesiales y comprender qué temas les interesan, qué necesidades tienen y cuáles son los canales más pertinentes para establecer con ellos una comunicación bidireccional.“No es simplemente hablar por hablar, sino empezar a generar una conversación de acuerdo a los temas que nuestras comunidades están padeciendo, están sufriendo”, explicó Sierra.Su propuesta invitó a pasar de una comunicación centrada exclusivamente en la emisión de mensajes a otra que incorpore procesos de escucha, comprensión, respuesta, conexión y acción, poniendo a las personas en el centro.En este sentido, también subrayó que la opinión pública no se construye únicamente en los medios de comunicación. Los hechos son contados, compartidos en redes, comentados en espacios cotidianos y conversados en comunidades y grupos de mensajería, hasta adquirir una dimensión pública. Por eso, señaló, influir no significa controlar la conversación, sino participar en ella.De informar a generar encuentro e incidenciaEsta perspectiva estuvo directamente relacionada con una de las principales conclusiones del encuentro: la necesidad de pasar de una comunicación orientada únicamente a informar a una comunicación capaz de generar encuentro, diálogo e incidencia.El obispo de El Banco y miembro de la Comisión Episcopal de Comunicaciones, monseñor Dimas Antonio Acuña Jiménez, destacó precisamente este aprendizaje.“La comunicación no debe limitarse a transmitir información. Su verdadero propósito es crear relaciones, fomentar el diálogo y motivar acciones que transformen la realidad”.Para el prelado, esta mirada plantea una pregunta que debe interpelar a los equipos de comunicación de la Iglesia: si las narrativas que producen están realmente entrando en diálogo con la realidad del país y si, antes de comunicar, están escuchando lo que ocurre en los territorios.“Escuchando es cómo nosotros podemos entrar en la realidad para poder transformarla”, afirmó.En esa misma línea, monseñor Juan Carlos Cárdenas Toro, obispo de Pasto y presidente de la Comisión Episcopal de Comunicaciones, señaló que el encuentro permitió comprender la comunicación como una misión compartida y no como una tarea fragmentada entre diferentes áreas de la Iglesia.Para el obispo, reunir por primera vez a quienes trabajan en las comunicaciones de las diócesis con quienes desarrollan esta labor desde la Pastoral Social permitió mirar conjuntamente el desafío comunicativo de la Iglesia.La comunicación, afirmó, debe ayudar a construir narrativas humanas, capaces de conectar con los sentimientos, las angustias y las esperanzas de las personas, y permitir que sean ellas mismas quienes expresen su fe y su realidad.Comunicar la misión, más allá de las actividadesOtro de los planteamientos centrales estuvo relacionado con la manera en que la comunicación contribuye a representar públicamente la misión de la Iglesia.Durante el encuentro, Lida Astrid Losada Castro, coordinadora de Comunicaciones de la Conferencia Episcopal de Colombia, propuso cinco conversiones (transformaciones) institucionales para fortalecer los servicios de comunicaciones: pasar de documentar procesos a participar en su construcción; de comunicar actividades a representar la misión de la Iglesia; de informar a generar encuentro e incidencia; de tener estructuras de comunicación a consolidar verdaderos Servicios de Comunicaciones; y de trabajar como instituciones aisladas a construir una inteligencia comunicativa en red.Una de las preguntas planteadas fue: ¿qué Iglesia descubre una persona cuando conoce a la institución únicamente a través de sus canales de comunicación? La respuesta, explicó, no depende solamente de lo que se publica, sino también de lo que se decide no contar.Las celebraciones, fiestas patronales, ordenaciones, peregrinaciones y demás acontecimientos de la vida eclesial forman parte esencial de la comunicación. Sin embargo, la representación de la Iglesia puede ampliarse para evidenciar también su presencia junto a comunidades afectadas por la violencia, procesos de reconciliación, atención a migrantes y víctimas, formación de líderes, educación, cuidado de la casa común, participación ciudadana y otras expresiones de su misión.De ahí la invitación a pasar de comunicar acontecimientos a comunicar procesos, de cubrir eventos a narrar transformaciones y de publicar agendas a ayudar a comprender las realidades humanas que están detrás de esas acciones.En esta tarea adquiere especial relevancia el periodismo institucional y el fortalecimiento de las páginas web de las jurisdicciones eclesiásticas como espacios de profundidad, contexto, memoria y credibilidad.Historias con rostro y territorioLa necesidad de poner en el centro las historias y realidades de las personas fue compartida también por los participantes. Para Katia Carbal, delegada de Comunicaciones de la Arquidiócesis de Cartagena, el encuentro permitió reconocer el papel de los comunicadores como portavoces de las realidades que viven las comunidades en los territorios, pero también como actores llamados a contribuir a su transformación.“Nosotros también tenemos que ser esos puentes que acerquen”, señaló, al referirse a la necesidad de llevar la conversación hacia las comunidades rurales, los ríos, los mares y las montañas donde la Iglesia acompaña distintas realidades.La comunicadora insistió, además, en la importancia de contar historias que permitan conocer los procesos de acompañamiento de la Iglesia y ponerles nombre y rostro a quienes hacen parte de ellos. La comunicación, afirmó, no debería limitarse a responder a las dinámicas de los algoritmos, sino contribuir a acercar, evangelizar, acompañar, consolar, comprender y transformar.Para Gloria Londoño Monroy, docente de Comunicación Digital de la Fundación Universitaria Católica del Norte, esto implica que la comunicación estratégica debe partir de una lectura profunda de los contextos y de las necesidades de las comunidades. No basta, explicó, con conocer los canales que utiliza una población. Es necesario comprender sus condiciones sociales, psicológicas, culturales y tecnológicas, así como las causas y manifestaciones de las realidades que enfrenta.También llamó la atención sobre la necesidad de evaluar la comunicación por sus efectos transformadores y no únicamente por indicadores cuantitativos como el alcance o las interacciones digitales.En determinados contextos, añadió, la mejor estrategia de comunicación puede no ser una red social o una página web, sino un medio físico o analógico adaptado a las condiciones de una comunidad. La comunicación digital, en esta perspectiva, está al servicio de una comunicación integral, social y humana.Una comunicación que acompaña la construcción pastoralLas reflexiones también plantearon la necesidad de que los equipos de comunicación participen en los procesos institucionales y pastorales desde su origen, y no únicamente cuando llega el momento de producir una pieza, registrar una actividad o publicar una noticia.Monseñor Ovidio Giraldo Velásquez, obispo de Barrancabermeja y miembro de la Comisión Episcopal de Comunicaciones, destacó que la comunicación debe ser transversal y estar presente en los diferentes espacios de la vida eclesial.“Evangelizar es comunicar, es contar, es compartir experiencia, es hacer partícipes a otros del gozo y la alegría del Evangelio”, expresó.Para el obispo, los equipos de comunicación deben participar en la construcción de los procesos pastorales para aportar desde su experiencia a la comprensión, desarrollo y comunicación de esas iniciativas, y no limitarse a replicarlas una vez terminadas.Esta perspectiva fue también planteada durante la presentación de Lida Losada, quien señaló que cuando la comunicación participa desde el inicio puede aportar a la lectura del contexto, identificar riesgos y oportunidades, formular objetivos comunicativos y pensar qué conversaciones puede abrir una iniciativa.Hacia una inteligencia comunicativa en redLa articulación fue, precisamente, otro de los grandes desafíos identificados durante el encuentro. Para Luis Fernando Sierra, la información y las experiencias que se generan en las diferentes jurisdicciones no deberían permanecer aisladas. Una experiencia desarrollada en una diócesis puede ofrecer aprendizajes a otra y contribuir a responder desafíos similares en distintos territorios. De ahí su llamado a fortalecer la circulación de información entre las diócesis, arquidiócesis, pastorales y las instancias nacionales.“Las diferentes pastorales, las diferentes arquidiócesis, diócesis se quedan con la información y no llega para que se pueda repartir a nivel nacional”, señaló, destacando la necesidad de construir mecanismos permanentes de intercambio.Esta idea converge con la propuesta de construir una inteligencia comunicativa en red, planteada durante el encuentro como una de las transformaciones necesarias para fortalecer la comunicación de la Iglesia en Colombia.Más que compartir únicamente publicaciones, trabajar en red implica compartir aprendizajes, metodologías, fuentes, datos, narrativas, vocerías, experiencias y buenas prácticas. La finalidad es que las capacidades construidas en un territorio puedan fortalecer a otros.En palabras de monseñor Ovidio Giraldo, avanzar en esta dirección permitiría fortalecer las redes, competencias, capacidades y recursos de los equipos de comunicación, y contribuir a visibilizar de manera más amplia la obra misionera, pastoral y evangelizadora de la Iglesia en Colombia.“La riqueza de la Iglesia colombiana no está concentrada en Bogotá. Está distribuida por todo el país. Nuestra tarea debe ser ayudar a que esa riqueza circule”, se planteó durante el encuentro.Una comunicación al servicio de la misiónPara los participantes, el encuentro representó también una oportunidad para reconocer los avances que ya se vienen dando en los equipos de comunicación de las jurisdicciones eclesiásticas.El padre Jaime Marenco Martínez, delegado de Comunicaciones de la Arquidiócesis de Barranquilla, destacó el crecimiento de los equipos diocesanos, la incorporación de profesionales laicos y sacerdotes con formación en comunicación y una mayor integración de los planes de comunicaciones con los planes globales de las diócesis y arquidiócesis.A su juicio, estos avances han permitido desarrollar contenidos más estructurados sin perder la identidad y los criterios propios de la comunicación eclesial.Para Alejandra Campos Albarán, líder de Comunicaciones del Secretariado de Pastoral Social-Cáritas Barranquilla, uno de los aprendizajes más importantes fue la necesidad de no quedar atrapados únicamente en las exigencias del día a día.“Tenemos que enfocarnos realmente en lo estratégico y en aquellas historias que nos van a generar cambios reales en la comunicación”, afirmó.Por su parte, Jorge Enrique Muñoz Uceda, asesor de Comunicaciones de la Pastoral Social de la Diócesis de Socorro y San Gil, resaltó el valor de conocer experiencias y relatos de diferentes regiones del país y de reconocer el aporte que la Pastoral Social puede hacer a la comunicación de las diócesis.Andrés Flórez Guerra, delegado de Comunicaciones de la Diócesis de Duitama-Sogamoso, señaló como uno de los retos la necesidad de que la Iglesia vuelva a ocupar espacios de periodismo y conversación pública, participando en debates y conversaciones que contribuyan a construir paz, unidad y sinodalidad en Colombia.Más que una agenda de formación, el Encuentro Nacional de Comunicadores planteó así una perspectiva para el servicio de comunicaciones de la Iglesia en Colombia: una comunicación que no se limite a informar lo que la Iglesia hace, sino que ayude a comprender su misión, acerque las realidades de los territorios, genere diálogo con la sociedad y ponga en circulación las experiencias que pueden contribuir al bien común.Como síntesis de esta perspectiva, quedó una pregunta para los equipos de comunicación de las diferentes jurisdicciones: ¿qué mirada queremos ayudar a transformar, qué conversación queremos contribuir a construir y qué rostros e historias necesitamos hacer visibles?Vea a continuación los principales momentos y testimonios más relevantes del encuentro:
Jue 10 Sep 2026
Lo que el terremoto dejó al descubierto en Colombia: misiones de la Iglesia revelan riesgos y necesidades que persisten
Mientras Colombia habla de reconstrucción un mes después del terremoto, en distintos territorios del Chocó familias continúan habitando viviendas en riesgo de colapso, declaradas no habitables o de uso restringido. Algunas permanecen allí porque no cuentan con una alternativa de alojamiento; otras enfrentan condiciones precarias en espacios temporales. A esto se suman las dificultades para hacer llegar ayuda a comunidades apartadas y la incertidumbre sobre cómo recuperar las viviendas, los cultivos y otras fuentes de sustento afectadas por el terremoto.Esta realidad fue identificada durante el recorrido de la misión territorial “Con Colombia, hasta el último rincón” por las diócesis de Quibdó e Istmina-Tadó, pero también aparece, con características particulares, en otros de los territorios visitados.El terremoto de magnitud 7,4 ocurrido el 10 de agosto no solo dejó daños materiales. Al llegar a las comunidades, las misiones encontraron necesidades directamente relacionadas con el sismo y, al mismo tiempo, condiciones sociales, económicas, geográficas y de seguridad que ya estaban presentes y que ahora pueden dificultar aún más los procesos de recuperación.Cuando reconstruir significa mucho más que levantar una viviendaEl 19 de agosto, nueve días después del terremoto, equipos de la Conferencia Episcopal de Colombia y del Secretariado Nacional de Pastoral Social-Cáritas Colombiana se desplazaron a los territorios afectados. Las misiones, que se desarrollaron en diez jurisdicciones eclesiásticas del Valle del Cauca, Eje Cafetero y Chocó, permitieron recolectar información primaria sobre las condiciones de las comunidades y establecer prioridades para la respuesta inmediata, a mediano y a largo plazo.La sistematización identificó afectaciones en viviendas, infraestructura parroquial, medios de vida y servicios comunitarios, pero también riesgos y necesidades asociados a protección, salud mental, alojamiento, agua, saneamiento, seguridad alimentaria y recuperación económica.El trabajo territorial permitió constatar que, superados los primeros días de la emergencia, permanecen necesidades que requieren atención y acompañamiento sostenido. En varios de los territorios visitados, las familias enfrentan dificultades para recuperar sus viviendas, restablecer sus fuentes de ingreso y acceder de manera adecuada a servicios esenciales.La recuperación de las viviendas sigue siendo una prioridadEn las zonas visitadas, los daños en las viviendas constituyen una de las principales preocupaciones. En la Diócesis de Cartago, por ejemplo, entre el 70% y el 80% de los hogares de las dos comunidades priorizadas presentaban afectaciones. Allí se identificó la necesidad de materiales de construcción, orientación técnica para la reparación y reconstrucción, apoyo para el arrendamiento y kits para alojamiento de emergencia.En Buenaventura, la misión encontró 130 viviendas destruidas únicamente en las comunidades visitadas, mientras que a nivel de la diócesis se reportaban 954 viviendas destruidas y 9.194 afectadas. Entre las prioridades identificadas está la creación de un banco de materiales que contribuya a la recuperación habitacional y comunitaria, especialmente en zonas rurales y periféricas, así como soluciones frente al hacinamiento en alojamientos temporales.La recuperación, sin embargo, no se limita a reconstruir paredes y techos.Agua, alimentación y medios de vida: reconstruir las condiciones para volver a empezarEn distintos territorios, las misiones identificaron dificultades para garantizar el acceso a agua segura y restablecer sistemas afectados por el terremoto. En la Diócesis de Buenaventura, por ejemplo, se planteó la reparación y reposición de tanques de recolección de agua lluvia y el fortalecimiento de las condiciones de saneamiento e higiene en alojamientos temporales.La alimentación también continúa siendo una preocupación, especialmente en comunidades rurales y de difícil acceso. En varios municipios, las estructuras pastorales locales han servido como puntos de acopio y distribución de ayudas, mientras se realizan diagnósticos para identificar a las familias con mayores necesidades.A esto se suma la afectación de los medios de vida. La pérdida o deterioro de viviendas, cultivos, actividades productivas y otras fuentes de ingreso dificulta que las familias recuperen su autonomía económica. Por ello, las evaluaciones territoriales señalan la importancia de acompañar no solo la atención inmediata, sino también los procesos de recuperación de los medios de subsistencia.El impacto también es emocional y socialUno de los elementos que atraviesa los reportes de las misiones es el impacto psicológico y emocional provocado por el terremoto. La pérdida de viviendas, la separación familiar, la incertidumbre y las condiciones precarias de alojamiento han generado nuevas necesidades de acompañamiento psicosocial.En la Arquidiócesis de Ibagué, el reporte identifica la ausencia de atención psicosocial profesional en algunas comunidades pese a las manifestaciones de angustia de la población. También advierte sobre el desgaste físico y emocional de sacerdotes y agentes pastorales que permanecen acompañando a las comunidades afectadas.En territorios de diócesis como Quibdó y Buenaventura, las necesidades de protección adquieren además particular relevancia. Las evaluaciones identificaron riesgos para niños, niñas y adolescentes, dificultades de acceso a servicios y asistencia, así como situaciones relacionadas con violencia basada en género, separación familiar y riesgos de reclutamiento y utilización de menores por grupos armados.Una recuperación que requiere continuidadLas misiones permitieron recoger la voz de comunidades, párrocos, agentes pastorales, organizaciones sociales, autoridades locales y otros actores presentes en los territorios. En diferentes lugares, las pastorales sociales locales han contribuido a identificar familias afectadas, canalizar ayudas, habilitar centros de acopio y articular esfuerzos con instituciones y organizaciones.Este ejercicio de escucha y evaluación permite reconocer, un mes después del terremoto, que la emergencia no termina cuando disminuye la atención mediática. Para muchas familias comienza una etapa más prolongada: reconstruir sus viviendas, recuperar sus medios de vida, restablecer servicios esenciales y afrontar las consecuencias emocionales y sociales que dejó el sismo.Por eso, los hallazgos de estas misiones se convierten también en una hoja de ruta para mantener la atención sobre las comunidades y orientar los esfuerzos de acompañamiento y recuperación de acuerdo con las necesidades particulares de cada territorio.En el marco de la iniciativa “Con Colombia, hasta el último rincón”, la Conferencia Episcopal de Colombia y el Secretariado Nacional de Pastoral Social-Cáritas Colombiana mantienen su llamado a acompañar a las comunidades afectadas y a sumar esfuerzos para que la respuesta llegue también a quienes enfrentan mayores dificultades de acceso y requieren apoyo para reconstruir sus hogares, sus medios de vida y sus comunidades. En este sentido, se mantienen activos los siguientes canales nacionales de recaudo desde la Iglesia Católica:-Banco de Bogotá - cuenta de ahorros: 081789224 | Bre-B: 0092651552-Bancolombia - cuenta de ahorros: 82900024657 | Bre-B: 0092879108Titular: Secretariado Nacional de Pastoral Social - Cáritas ColombianaNIT: 860.039.273-3Donación en línea: donar.caritascolombiana.orgVea a continuación el informe audiovisual:
Mar 8 Sep 2026
Obispos de Colombia reflexionan sobre los retos y oportunidades de la inteligencia artificial en la misión de la Iglesia
Entre el 2 y el 4 de septiembre, 65 obispos de Colombia participaron en el curso anual de formación permanente para el episcopado, organizado por la Presidencia de la Conferencia Episcopal de Colombia. En esta oportunidad, el encuentro estuvo centrado en la inteligencia artificial, su uso y aplicación en la administración y en la gestión pastoral de la Iglesia.Tuvo como propósito favorecer un espacio de formación y discernimiento integral sobre esta tecnología, abordando sus fundamentos epistemológicos, sus alcances antropológicos y sus desafíos ético-teológicos, con miras a identificar posibilidades concretas para su utilización al servicio de la misión de la Iglesia.A través de ponencias, conversatorios, talleres y mesas temáticas, los obispos se acercaron a la historia y los aspectos generales de la inteligencia artificial, así como a sus implicaciones para la dignidad humana, las relaciones sociales, la ética, la comprensión de la inteligencia y la praxis pastoral.Entre los especialistas que acompañaron el proceso estuvieron Juan Manuel Vicaría Delgado, director del Centro de Inteligencia Artificial para la Alta Dirección de INALDE Business School de la Universidad de La Sabana; el padre Euclides de Jesús Eslava Gómez, director de la Maestría en Teología de la Universidad de La Sabana. También acompañó el curso el padre Fidel Oñoro Consuegra, CJM.En las mesas temáticas, Wilmar Roldán, Santiago Sierra, Reinaldo Bernal y Alfonso Flórez, profesores de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana, bajo la orientación de la decana Edith González Bernal, ofrecieron perspectivas sobre la dignidad humana y las relaciones sociales, la algorética, los fundamentos epistemológicos de la inteligencia y las posibilidades de la inteligencia artificial para la praxis pastoral y la creación de pensamiento.La agenda incluyó también la presentación de la encíclica Magnífica humanitas, una demostración del Asistente CEC 2026 GPT ante situaciones de responsabilidad episcopal, un conversatorio sobre inteligencia artificial y pastoral y un taller teórico-práctico sobre inteligencia artificial generativa para la pastoral, orientado por el Mg. Wilson Libardo Beltrán Chitiva.Una herramienta al servicio de la misiónPara los obispos participantes, uno de los principales aprendizajes de estas jornadas fue la necesidad de conocer y comprender una realidad tecnológica que ya hace parte de la vida cotidiana, pero que plantea nuevos desafíos para la Iglesia.El cardenal Luis José Rueda Aparicio, arzobispo de Bogotá y primado de Colombia, destacó que la formación permitió reconocer la necesidad de seguir incursionando en el conocimiento de la inteligencia artificial para poner sus posibilidades al servicio de la misión evangelizadora.“La inteligencia artificial hay que acogerla, hay que acompañarla, es decir, pastorear estos escenarios. Pero además hay que aprovecharla y ponerla al servicio de la misión”.Desde su perspectiva, estas herramientas pueden contribuir a optimizar el tiempo y el trabajo, organizar información y establecer vínculos entre diferentes procesos y entidades. Sin embargo, subrayó que su utilización debe mantener en el centro a la persona humana y su dignidad.En este sentido, señaló tres aspectos fundamentales: comprender al ser humano como camino y proceso permanente; recuperar la importancia del corazón y de la sabiduría, más allá de la simple acumulación de datos; y preservar la dimensión comunitaria de la vida humana.“Estamos hechos para vivir nuestro camino y nuestro corazón, nuestra conciencia en comunidad, en fraternidad”.Formarse para formarEl arzobispo de Barranquilla, monseñor Pablo Emiro Salas, resaltó que la inteligencia artificial constituye una realidad que la Iglesia está llamada a asumir y comprender, no solamente por su impacto en la sociedad, sino también por las posibilidades que ofrece para la evangelización. Señaló también el desafío de que los obispos no solo se formen personalmente, sino que puedan contribuir posteriormente a la formación de sacerdotes y fieles en el uso de estas nuevas tecnologías para el servicio pastoral.“Desde esa realidad de ser pastores, servidores de la comunidad, podemos entonces usar todas también las bondades que tiene la inteligencia artificial para poder servir mejor a las personas que se nos han confiado”.Al mismo tiempo, monseñor Salas subrayó la importancia de abordar las implicaciones éticas de estas tecnologías. Advirtió que, por importantes que sean, las herramientas de inteligencia artificial no pueden reemplazar la presencia del Espíritu Santo ni la relación personal y afectiva entre las personas.“Son ayudas y tenemos que aceptarlas, tenemos que acogerlas y tenemos que implementarlas sin que ellas terminen por deshumanizar nuestra relación de personas y nuestros vínculos”.Una oportunidad para la catequesis y la acción socialPara monseñor Omar de Jesús Mejía, arzobispo de Florencia, la formación permitió reconocer en la inteligencia artificial una herramienta que puede contribuir al cumplimiento de la misión evangelizadora de la Iglesia, siempre que sea acompañada por una adecuada formación y discernimiento.El prelado destacó la necesidad de formar a los presbiterios y a los fieles, al tiempo que planteó posibilidades concretas para aprovechar estas herramientas en la catequesis, la enseñanza y la acción social.“¿Cómo podemos ponerla en práctica? Primero, interesándonos por formarnos, formar nuestros presbiterio, formar nuestros fieles. Y segundo, tratar de, a través de la inteligencia artificial, hacer mucho más práctica nuestra catequesis, nuestras enseñanzas y nuestra acción social”.Una formación que continúaAdemás de los contenidos académicos y técnicos, las jornadas de formación permanente fueron también un espacio de encuentro entre los obispos. El cardenal Rueda Aparicio destacó que la oración y el diálogo fraterno hacen parte esencial de estos espacios y señaló que, durante el encuentro, los pastores también pudieron compartir sobre la situación del país, particularmente sobre el contexto posterior al terremoto y sus consecuencias en el ámbito social y comunitario.El desafío planteado al cierre de la formación es, por tanto, continuar profundizando y desarrollando procesos de autoformación que permitan a la Iglesia comprender los escenarios que abre la inteligencia artificial y discernir cómo incorporarla de manera responsable.La formación dejó así una perspectiva compartida: la inteligencia artificial puede ser una herramienta valiosa para la Iglesia, siempre que permanezca al servicio de la persona, de la comunidad y de la misión evangelizadora, sin sustituir aquello que es esencialmente humano.En palabras del Cardenal: “Bienvenida la inteligencia artificial y bienvenida la posibilidad de aprovecharla para la evangelización”.Vea a continuación las principales reflexiones: