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La Conferencia Episcopal de Colombia presenta el Sermón de las Siete Palabras con reflexiones y llamados de siete arzobispos del país
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En el contexto de este Viernes Santo 2024, siete de los doce arzobispos de Colombia comparten sus reflexiones sobre las últimas siete frases pronunciadas por Jesús en la cruz. En esta ocasión, inspirados en lo narrado por los evangelistas, los pastores de Bogotá, Medellín, Popayán, Tunja, Cali, Barranquilla y Manizales llaman la atención de todos los fieles católicos, sobre varios de los desafíos personales y colectivos que se tienen en el país.
Temas clave como el perdón, la centralidad de las víctimas, la búsqueda de la paz, el aborto, la eutanasia, el cuidado de la casa común, la corrupción, los desafíos sociales, el consumismo y materialismo desbordado, así como el rol de los jóvenes en la construcción del país, aparecen en estas meditaciones.
Vea a continuación las reflexiones y llamados del Sermón de las Siete Palabras en formato de video:
Lea a continuación las reflexiones y llamados del Sermón de las Siete Palabras en formato de texto:
Primera palabra: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23,34)
Reflexión del cardenal Luis José Rueda Aparicio, arzobispo de Bogotá y presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia
El sufrimiento de Jesús en la Cruz, es sufrimiento por realizar su misión, es sufrimiento tejido con hilos de amor al Padre y a la humanidad de todos los tiempos.
Es maravilloso constatar la manera cómo Jesús se dirige a Dios, lo nombra con calidez, lo nombra con confianza, lo nombra con cercanía; le habla desde el corazón, lo llama “Abbá” Padre.
Ha comenzado la escena de la ejecución de un hombre condenado a la pena de muerte, ese hombre se llama Jesús de Nazaret y verdaderamente es el Hijo de Dios.
El evangelista Lucas nos narra que conducían a dos delincuentes con Jesús, es decir, que llevan al hijo del Dios misericordioso mezclado con la miseria humana, así ha vivido el Salvador de la humanidad, ha tomado nuestra condición humana (Fil 2), Él es la luz en medio de las tinieblas (Jn 8, 12), el amor en medio del odio (Mt 5, 44), la verdad en medio del engaño (Jn 8, 31), el trigo en medio de la cizaña (Mt 13, 25).
Aquí resuenan hoy las palabras del Concilio Vaticano II, recordándonos que cuando el ser humano examina con sinceridad su corazón, comprueba en sí mismo la inclinación al mal, y comprende a la luz de la Palabra Revelada, que dentro de sí hay un permanente combate, y una mezcla de opuestos, porque descubre la sublime llamada de Dios que le confiere sentido y dignidad, y simultáneamente su herida, su llaga dolorosa la miseria profunda que el hombre experimenta dentro de sí, y que le impide lograr su propia plenitud:
“Es esto lo que explica la división íntima del hombre. Toda la vida humana, la individual y la colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas” (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes No. 13).
En el momento de la crucifixión, cuando la muerte se acerca con agresividad, Jesús pronuncia una palabra y está dirigida al Padre; porque ni siquiera la amenaza de la muerte le puede arrancar el amor al Padre. A Jesús lo pueden obligar a sentir niveles inhumanos de dolor físico, le pueden arrebatar la vida de peregrino y misionero, pero no le pueden negar el diálogo profundo con el Abbá (Mc 1, 35 / Mt 26, 39). Y precisamente allí está la causa de su condena, lo han tratado como a un blasfemo (Jn 10, 33).
La oración de Jesús en este momento es de manera contundente una oración de perdón. Una súplica de perdón que supera el dolor, que está libre de odio y de rencor, que no deja lugar a la venganza, ni al reclamo. Es una súplica de perdón dirigida al Padre, porque Jesús sabe bien que el Padre es compasivo y misericordioso (Salmo 102).
La oración de Jesús en la cruz es una oración en salida misericordiosa, es una oración de intercesión por los ofensores. Preguntémonos: ¿Tenemos la capacidad de orar por quienes nos hacen el mal, por quienes nos persiguen o nos calumnian?
La verdadera dignidad del hombre se manifiesta ahora, en forma de perdón, en forma de paz ofrecida allí, donde la simple lógica humana indicaría un camino salvaje, de guerra y destrucción.
El perdón de Jesús desde la cruz no es una estrategia contra la violencia, tampoco es una negociación, el perdón de Jesús es un poderoso acto divino de liberación por amor, y así, Jesús en la cruz ratifica que es el Hijo de Dios. Si fuera una simple estrategia para ganar algo a cambio, sería un perdón con intereses personales, pero, de verdad, estamos ante un grito profético de perdón gratuito, el perdón de Jesús no busca su propio beneficio, sino que es un verdadero don gratuito, para quien no lo merece, no lo valora y, por lo tanto, no está dispuesto a agradecerlo. El perdón es una iniciativa y expresión de gratuidad y de grandeza de espíritu que, solo se logra cuando sintonizamos con la gratuidad del obrar de Dios.
Solo la cultura del perdón logra romper en Colombia con los eslabones de la violencia y de la guerra. Así nuestra iniciativa para perdonar fluye de sabernos perdonados por Dios Padre, y avanza cuando descubrimos a nuestro lado, en lo cotidiano de la vida los rostros y las voces del perdón, perdonar no es de ingenuos, ni de débiles, perdonar es de sabios con la sabiduría de la Cruz y de los fuertes, con la fortaleza de Jesús crucificado (1Cor 1, 22 – 25). Esto puede ser hoy un escándalo o una necedad, pero en realidad es la verdadera semilla de una sociedad renovada y en paz. ¡Arriesguémonos a perdonar!
La verdadera paz y la verdadera reconciliación de Colombia, se fundamentan allí en la conciencia de hombres y mujeres que están libres de la reacción tóxica del rencor y de la venganza, que migran de la lógica del desquite y se dejan conducir por el Espíritu Santo: ¡Son personas valientes que llenan de esperanza la vida de las familias y de la sociedad! ¡Son personas valientes que saben que el perdón solo es posible cuando nos hemos sentido perdonados por Dios! ¡Son personas valientes, serenas, llenas de sabiduría que llevan a las familias y a la sociedad colombiana a la madurez humana en Jesucristo el hombre nuevo!
Señor Jesús:
Mira a Colombia y libéranos del odio,
libéranos del resentimiento,
libéranos de la venganza,
danos un nuevo corazón, un corazón semejante al tuyo y enséñanos a perdonar,
para que la humanidad pueda vivir en paz. Amén.
Segunda palabra: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc.23,43)
Reflexión de monseñor Ricardo Tobón Restrepo, arzobispo de Medellín
Jesús está clavado en la cruz entre dos malhechores, se burlan de él los soldados, lo han abandonado los discípulos, la multitud que lo rodeaba ahora lo mira desde lejos, el que había sido aclamado por sus palabras y sus milagros aparece en la más triste impotencia. Sobre la cruz está escrito: “Este es el rey de los judíos”. Es un rey de burlas, que no se defiende y a quien ninguno defiende. El Padre no realiza ninguna intervención en favor del Hijo en quien tiene todas sus complacencias.
Sin embargo, uno de los dos malhechores, que vive el mismo sufrimiento atroz y que necesita ayuda se confía en él, su compañero injustamente condenado. Le nace la fe y reconoce en Jesús el Mesías esperado. Sólo la fe puede hacer ver que en tal estado de debilidad y de humillación, de despojo y de muerte, está escondido un misterio de gracia y una fuente de salvación.
Esta fe lleva a quien llamamos el “buen ladrón” a descubrir en Jesús un verdadero rey, un rey paciente que sufre injustamente el abandono y la ingratitud de aquellos que él no se avergüenza de llamar hermanos. Por esta fe, tuvo el coraje, en medio de las blasfemias y las burlas, de llamarlo por su nombre, de reconocerlo como su salvador y de dirigirle una humilde súplica: “Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu reino”. Así, obtuvo la gracia de escuchar estas palabras: “Hoy estará conmigo en el paraíso”.
En nuestro tiempo, amplios sectores de la sociedad no tienen esa fe y esa esperanza; les parece que no necesitan el reino que Jesús ofrece; pretenden construir su paraíso solo en la tierra. Un paraíso edificado a partir de la economía y la tecnología, cuyos pilares han sido la acumulación de capital, la competitividad, el confort y la banalidad. Esto ha producido el fenómeno que estamos viendo en el mundo entero: un pequeño grupo de personas que acumulan todas las riquezas y con sus negocios determinan en su favor la orientación de la política, de la educación y de la comunicación.
En general, estos proyectos contaminan la vida de la sociedad y, generando una gran desigualdad, reducen a la pobreza a tantas personas, cuya estrechez de vida los mantiene en el límite de lo soportable. El consumismo nos ha manejado a todos y todos hemos colaborado. Se ha puesto el énfasis en lo económico y no en lo social. Esto va propiciando que crezca en amplios sectores un gran malestar. Es la consecuencia de una visión de la vida que borra los valores fundamentales y nos despoja del sentido de trascendencia. Este sistema nos está asfixiando, nos entretiene con espectáculos, nos atrofia la inteligencia y la afectividad, no nos da tiempo para ser humanos.
Si bien esta crisis es peligrosa porque nos desestabiliza, es también una oportunidad para realizar algo nuevo y mejor. Ahí debe intervenir la sabiduría y la responsabilidad de todos; hay que dejar tantas cosas que no necesitamos, hay que promover una auténtica justicia social, hay que volver a lo esencial de la vida que da paz interior y genera amor a las personas que nos rodean, hay que reaccionar con una verdadera vida espiritual, hay que descubrir y realizar hoy el plan de Dios sobre nosotros.
Aunque estemos crucificados, si en Cristo hemos encontrado una razón para vivir y para morir, si en Cristo hemos superado el odio y la agresividad, si en Cristo hemos vencido el miedo y la soledad, si en Cristo hemos matado el egoísmo para darnos a los demás, si en Cristo hemos encontrado una comunidad de hermanos, si en Cristo hemos experimentado la misericordia del corazón paterno de Dios, ya estamos en el paraíso.
Esta experiencia de encontrar la vida verdadera en Cristo debe llevarnos, en primer lugar, a un compromiso serio por construir una tierra nueva donde habite la justicia, donde haya oportunidades de salud, de educación, de empleo, de convivencia en la libertad y de vida con dignidad para todos.
La esperanza del cielo no puede desentendernos de la responsabilidad de instaurar la justicia social en el mundo, de lograr que haya equidad para todos y de hacer que cada persona humana sea valorada y respetada en sus derechos fundamentales. Es necesario acabar con dos lacras: la insensibilidad social y la corrupción que impiden que todos trabajemos con honestidad y responsabilidad por el bien común. Pero, de otra parte, el compromiso con las realidades terrenas no puede ensombrecernos la esperanza de la vida eterna en Dios.
A fuerza de buscar calidad de vida en esta tierra podemos olvidar que nuestro destino trascendente es el que da el justo valor a todas las fatigas e ilusiones de nuestra existencia. Tener presente el más allá no es una alienación, sino una perspectiva que nos ubica y orienta. Tenemos que cuidarnos de llamar paraíso la riqueza que seduce, el poder que envanece, el placer que promete y no da la felicidad, las realidades de esta vida que llegan y luego se deshacen.
El verdadero paraíso es Dios. Él es nuestro auténtico futuro. Hacia Él tienen que dirigirse todos los anhelos de nuestro inquieto corazón. En Él tiene que terminar nuestro itinerario hecho de penas, de alegrías, de trabajo diario, de arrepentimientos, de lágrimas y de esperanza. Solo en él podrá encontrar al final sosiego y plenitud nuestra aventura humana. Cuando borramos a Dios del horizonte personal o social, llegan en cadena todos los males.
Pidamos, entonces, que Jesús a quien acompañamos hoy en su agonía esté con nosotros para llevar una vida de fe y compromiso y nos acompañe también en la hora de nuestra muerte para prometernos: “En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso”.
Tercera palabra: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 26-27)
Reflexión de monseñor Omar Alberto Sánchez Cubillos, arzobispo de Popayán y vicepresidente de la Conferencia Episcopal de Colombia
Ante todo, esforcémonos por no matizar la escena escandalosa de la cruz. El totalmente justo ha sido condenado a muerte y ahora cuelga de ella como castigo. La imagen de la cruz es dramática. No tiene nada de sutil. Es simplemente cruel. Repugnancia debe ser la palabra que describa el drama de esta forma de castigo para Cristo y de cualquier cruz de hoy que revela las atrocidades contra el ser humano.
Esta escena de un crucificado agonizante que deja un testamento en sus últimas palabras no nos debe parecer natural. No podemos normalizar este drama, así sea en un marco de fe sólida, al punto que la podamos volver una escena necesaria y sin escándalo. ¿Y quién mejor podría darnos este tono de realidad, de comprensión exacta de un profundo e inconmensurable dolor, si no justamente una mujer?
La mujer nos da el registro preciso del dolor, porque tiene el valor de no disfrazar lo que padece. A la mujer le es más propio dejar ver y poner en evidencia su drama y su dolor. De las últimas palabras de Jesús, ciertamente no podía dejar de estar una referencia directa a la mujer. La verdadera, infaltable en una escena como esta.
Y de la mujer. ¿La madre? Sí, la madre que sabe a fondo cuánto vale la vida de quien ama. La vida del hijo sacrificado, injusta y desproporcionadamente víctima en sentido pleno. María está totalmente presente y llamada por Dios en el vértice de la salvación del hombre a una misión que supera quizá su comprensión. Aquí, donde el bien parece haber fracasado del todo en profunda soledad.
En este marco de crueldad con su hijo bueno nace quizá una misión que no es fácil de comprender. Aquí está muriendo el hijo, pero también está naciendo algo nuevo que supera toda expectativa. “Mujer, ahí tienes a tu hijo, hijo, ahí tienes a tu madre”. Es la agotada palabra de Jesús para su madre. Esta palabra no parece ser solo la expresión caritativa de un hijo frente a una madre que lo pierde todo.
Advirtamos que estas palabras de Jesús para su madre y el discípulo amado no pretenden simplemente consolar a dos víctimas entre sí, amortiguar su dolor y su soledad. No es un simple gesto humanitario de proveer la madre en el dolor y la indigencia de casa y compañía. Este no parece ser el sentido último de esta palabra. En esta palabra hay mucho más.
Es necesario entender que es una misión la que se le otorga a María como madre. El tono es de un verdadero envío de Jesús que trasciende el ímpetu del dolor sin evadirlo. María es enviada como testigo y víctima, de modo que este dolor tenga utilidad salvífica. En el marco de la voluntad de Dios, Dios mismo llama a María a una misión desde el dolor, para que en ella ninguna víctima injusta quede condenada a una básica resignación.
Es una misión sin límites la que Jesús le entrega a María como madre. Está claro que aquí no se describe solo un acto de fe, de piedad filial de Jesús hacia su madre, sino una verdadera revelación de su fecunda maternidad espiritual. María se convierte en la madre no solo del discípulo amado, sino también de todos aquellos a quienes Él representa, es decir, del conjunto de los creyentes y de modo superior, de quien más sufre.
La Iglesia, que se funda por la fe en la Palabra de Dios. Es la Iglesia que nace al pie de la Cruz. María es Madre de la vida de Jesucristo, extendiendo esta maternidad como misión a todo discípulo a quien Jesús ama y se llama mujer porque realiza la misión del nuevo pueblo de Dios que con frecuencia en la Biblia se ha señalado como mujer y pueblo.
María queda así constituida en la mujer bíblica, que da a luz con dolor al Mesías y desde Jesús en la cruz se convierte en madre universal del género humano. Igual para el discípulo de Jesús, el que amaba. Nace una nueva función desde las palabras agonizantes del Señor. Con ello se significa que el discípulo está en el marco de la irradiación del amor de Jesucristo, lo que le transforma en amigo de Jesús.
Ciertamente, se trata de una persona concreta que asume en pleno un carácter representativo. Así, ese discípulo somos todos los cristianos amigos amados de Jesús. El Señor no solo nos entrega a una madre, a cada discípulo del camino, sino que le entrega una madre al dolor injusto, una madre para afrontar con sentido el sufrimiento a partir de Dios mismo. Esa madre que nos enseña a dejarle las respuestas definitivas a Dios. María es, por ello maestra de esperanza.
En esta tercera palabra tenemos la oportunidad de entender que desde el dolor se puede asumir una misión que afronte y enfrente al dolor mismo. Las víctimas están invitadas a partir de María, a asumir una misión para el mundo. Desde la maternidad de María es posible afrontar y transformar el dolor sin destruirse y denunciarlo para contenerlo.
Podemos decir que dos miradas entrecruzan en esta escena del Crucificado y su madre y el discípulo amado. La mirada de Jesús doliente hacia su madre y la de María madre y el discípulo a Jesús. Las dos miradas tienen el sentimiento de la compasión. Por el otro, pero también las dos miradas tienen implícita una misión. La misión del Señor de entregar todo por nuestra salvación, es decir, el sentido redentor de su muerte y la visión de María y de su discípulo para abrir un camino a quienes, desde esta realidad de sufrimiento y dolor, necesitan un faro de luz.
En últimas, el dolor desgarra, pero no necesariamente paraliza. Y definitivamente el dolor, en todos los casos, transforma siempre en la dirección del misterio de Cristo.
Estemos ciertos que no hay ninguna víctima que no esté en el corazón de Dios y de María. Madre sin respuesta. En Colombia hemos acumulado demasiado. Sufrimos. Y sentimos el dolor humano. Víctimas y victimarios estamos atrapados en un pasado y en un presente de inhumanos hechos.
Tenemos que enfrentar esa verdad, asumir esa realidad y escandalizarnos por nuestra capacidad de mal. El camino nunca serán normalizar el horror, maquillar lo impresentable, ignorar toda forma de sufrimiento y dolor y borrar sin vergüenza este drama en el pasado estemos ciertos que los males de Colombia que hemos vivido, de muerte, de hambre, de injusticia, tienen un lugar en el corazón de Dios y de María.
María Madre es hoy nuestro referente. Ella nos enseña a pasar del máximo dolor a la máxima visión del poder, del ímpetu, del mal, a la respuesta de Cristo sobre ella, de nuestra frágil condición como poder para hacer mal al poder y la fuerza renovadora de Dios.
Recordemos siempre que tenemos la cruz de Cristo y su victoria sobre ella para desmentir el poder definitivo del mal y de la muerte en nuestra historia personal y colectiva. María, Madre, ruega por nosotros.
Cuarta palabra: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” (Mt. 27,46)
Reflexión de monseñor Gabriel Ángel Villa Vahos, arzobispo de Tunja
Esta frase la encontramos en el salmo 22 que en diversas ocasiones los israelitas oraban en la asamblea, en el templo de Dios cuando se vieron en peligro y parecía que Dios los había abandonado. Los israelitas sintieron angustia cuando estuvieron esclavos más de 40 años en Egipto, sintieron que Dios los había abandonado cuando se vieron hambrientas y sedientos en pleno desierto, se sintieron humillados y abandonados cuando fueron desplazados a Babilonia, expresando a Dios que estaban sin profetas, sin sacerdotes, vagando sin sentido por el país como el pueblo más pequeño de toda la tierra.
En el momento más doloroso de su existencia, desde lo alto de la Cruz, lacerado y sangrando, en medio del sufrimiento, de la agonía de muerte, de la soledad y el abandono, Jesús que conocía muy bien todo el Antiguo Testamento hace suyas las palabras del salmo 22: “Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado” súplica, que más que un reclamo, es una oración confiada a su Padre.
Cuántas veces, al no encontrar explicación de por qué nos pasan tantas cosas malas, pensamos en último término, que Dios es el culpable de nuestras desdichas, que no nos escucha, que nos quiere castigar, que nos ha abandonado. Mediante esta palabra Jesús expresa el dolor inmenso en la cruz, sin fuerzas, abandonado de todos. Es el momento en el que Dios Padre nos presenta a Jesús, hecho hombre, condenado a muerte como un malhechor, que carga con el peso de nuestros pecados.
¿Quién no tiene momentos de noche oscura, de soledad, de inseguridad, de incertidumbre? Momentos en que parece que se cierran los caminos, momentos en que parece que las decisiones son equivocadas. ¿Quién no se pregunta tal vez por un instante quizá fugaz pero punzante, dónde está Dios ahora? La duda no es inhumana. El reto está en no ceder, en no creer que todo ha sido una mentira. El desafío es no abandonar, no rendirse en esos momentos. Y en cambio perseverar, buscar respuestas, no desfallecer.
En esta cuarta palabra se hace manifiesta la solidaridad de Jesús con todas aquellas personas que hoy viven grandes sufrimientos, pruebas y angustias; es el grito de quienes sufren a causa de una dolorosa enfermedad, de los que pierden a un ser querido a causa de la guerra y el desamor, de los que mueren de hambre y de sed, de los que no tienen un techo y les toca dormir debajo de un puente, de los que no tienen abrigo, de los que son condenados injustamente, de los niños que son maltratados, explotados y abusados, de todo ser humano que sufre en soledad, de quien se siente abandonado y lanza su grito de dolor al cielo preguntando “¿Por qué..?” Esa pregunta pide una respuesta, una explicación, una luz que de la capacidad de comprender el sentido de lo que es la vida humana.
En los momentos de lágrimas y dolor, el ser humano puede sentir que Dios está lejos, que se ha ido, que Dios no puede, que castiga, que no se preocupa de los problemas y sufrimientos de sus hijos. Son cada día más numerosos los que se plantean o los que acometen con nueva penetración las cuestiones más fundamentales. ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que a pesar de tantos progresos hechos subsisten todavía? ¿Qué hay después de esta vida? Cree la Iglesia que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se halla en su Señor y Maestro.
Ante los problemas que sufrimos en Colombia, ante las situaciones de nuestras ciudades, ante los casos de inseguridad, de los atentados, ante la zozobra que viven los habitantes de varias regiones del país, algunos parecen decir, Dios nos ha abandonado. Sería mejor admitir que somos nosotros los que en muchas oportunidades nos hemos olvidado de Dios, los que nos hemos alejado de su amor.
Hoy tendría Él que decirnos, Colombia, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué siendo una nación tan bendecida, con tantos recursos naturales, persisten la pobreza e inequidad? ¿Por qué has cambiado los sanos cultivos que alimentan a tus hijos por cultivos que enferman el cerebro y el alma? ¿Por qué siguen quitando la vida si les he mandado no matarás? ¿Por qué los robos?
Y ¿a qué se deben las situaciones de muerte? A que nos hemos olvidado de Dios. Cuando Dios no entra en la vida de las personas todo es posible. En Dios encontramos el sentido y significado del respeto por la persona humana, el significado y valor de la vida, del trabajo honrado, de la verdad. No será posible la pretendida paz, mientras no aceptemos y vivamos estos valores. Mientras primen los intereses particulares que conducen a la corrupción, mientras persistan los egoísmos y campeen el desprecio por el valor de la persona, ni aún las leyes humanas más perfectas, los códigos mejor formulados, o las sanciones más onerosas, podrán crear una sociedad justa y pacífica. Necesitamos la luz superior, el temor de Dios para poder retomar el rumbo.
¡Qué doloroso es el abandono y la ingratitud! Señor, te pedimos por tantas personas que sufren la soledad, la enfermedad y que como tú gritan, Dio mío, Dios mío ¿Por qué me has abandonado?
Gracias Señor por seguir acompañando nuestra Patria, a pesar de tantas infidelidades, de tanto abandono. Gracias porque en nuestros pueblos y ciudades hay personas que cuidan de los enfermos, atienden a los pobres y encarcelados. Gracias porque hay también muchos que no te abandonan ni abandonan a sus hermanos con gestos de amor y misericordia. Gracias por tantos voluntarios, por tantos religiosos y religiosas que no abandonan a los niños desamparados, a los ancianos, a los enfermos, a los pobres. Gracias en fin por tantas personas generosas que son tus manos extendidas para ayudar y levantar. Amén.
Quinta palabra: “¡Tengo sed!” (Jn 19, 28)
Reflexión de monseñor Luis Fernando Rodríguez Velásquez, arzobispo de Cali
El fenómeno del niño ha hecho que muchas personas tengan sed. Los acueductos se han ido secando. Las represas disminuyeron su nivel. Regiones como La Guajira, Bolívar, Atlántico, Córdoba y otras en las zonas centrales de Colombia se han visto afectadas por la falta de agua. La misma naturaleza ha sufrido la consecuencia del calentamiento global y de las altas temperaturas con las que más forestales y la disminución de los pastos para el ganado y la agricultura.
Esto, aparte de los problemas de salubridad entre las personas de todas las edades en estas regiones, especialmente ha hecho que los servicios públicos se hayan encarecido y, por tanto, la canasta familiar se ha hecho inalcanzable para muchos. Hay sed física en buena parte de nuestro país y junto con la sed hay hambre. Como bien lo sabemos, crece el número de personas que no pueden tener las comidas en el día.
¿Si parto de esta realidad humana que hemos vivido dura e inclemente, cómo no imaginar la sed que sentía el crucificado que, por la pérdida de sangre, la sed se agudizaba? Jesús exclamó: ¡Tengo sed! Es cierto que debía sentir angustia y su cuerpo no le respondía. Pero su grito fue también un grito de auxilio en favor nuestro, parecido al: “Padre Perdónalos...”
En el corazón de Dios está latente una angustia. Hay un vacío. Dios ve cómo su pueblo se aleja de Él. Como todos aquellos que experimentaron la vida nueva, liberados de la esclavitud, seguían añorando la estancia en Egipto con vehemencia. Ojalá hubiéramos muerto por mano del Señor en el país de Egipto, cuando nos sentábamos en torno a la olla de carne y comíamos hasta saciarnos.
Decían los israelitas por esa añoranza estaban dejando a un lado al verdadero Dios, peor aún, lo estaban ahora crucificando. Hoy nos puede estar pasando lo mismo. ¿Muchos dicen que creen en Dios, que tienen sed de Dios, pero dónde lo están buscando? Muchos dicen ser creyentes y religiosos, pero solo buscan un Dios personal subjetivo que se acomoda a sus apetencias y gustos.
Es una fe que no acepta sus mandamientos, que rechaza la Iglesia. Incluso, algunos dicen ser católicos, pero rechazan al Papa, otros dicen ser católicos y apoyan toda iniciativa para difundir el aborto, la eutanasia y otras atrocidades contra la vida y la dignidad humana. Otros buscan un Dios que les resuelva solo sus necesidades materiales o solo les haga milagros.
El Dios de Jesucristo, en el que hemos sido bautizados y en el que creemos, es mucho más que todo esto. Pero a la par de esta sed no podemos negar que en el ser humano de ayer y de hoy hay una perenne sed de felicidad. ¿El ser humano busca en todo momento su realización, pero a qué costo? La felicidad que ofrece el mundo está haciendo que la humanidad entre en una crisis antropológica casi extrema.
La violencia, la pérdida de valores, la falta de respeto del otro y de la diferencia, el no cuidar la vida en todas las etapas de su desarrollo. Los estados de ánimo depresivos en aumento. La destrucción de la casa común, etc., son solo una muestra de que algo no está funcionando y que la sed de felicidad se quiere. En términos en palabras del profeta Jeremías: “en cisternas rotas”. Pero muchas veces acabamos cada vez más decepcionados y sedientos, porque en el mejor de los casos lo que encontramos es solo agua estancada y amarga.
Quien cae en las adicciones es porque cree haber encontrado en los vicios la respuesta a sus múltiples cuestionamientos. Y lo que hace es solo beber agua amarga. En esta quinta palabra, el Maestro Supremo, Cristo Jesús, nos está diciendo que su sed no es solo de agua, sino de nosotros mismos, nos quiere rescatar.
Las palabras del salmo nos lo dan a entender: “mi alma está sedienta de ti, mi carne tiene ansia de ti como tierra reseca, agostada, sin agua”. Dios es un Dios fiel. No puede negarse a sí mismo y su nombre es amor. Nos ama tanto que su dolor, al ver que le damos la espalda, es mayor que su crucifixión.
Qué bueno que tomáramos conciencia de lo que significa creer y cómo la verdadera fe en el auténtico Dios y Señor nos permite vivir armoniosamente. Busquemos a Dios, ansiemos su presencia. Que el deseo de encontrarlo nos impulse a buscarlo de la mejor manera. Para ello está su Evangelio y para ello están los sacramentos, en especial la Eucaristía. Por eso el soldado que traspasó el Corazón de Jesús vio que de él brotaron sangre y agua. Si queremos saciar la sed de Dios, acerquémonos a la fuente de agua viva, que es el Corazón traspasado de Cristo, y bebamos la sangre eucarística y el agua espiritual.
Oremos para que el Espíritu suscite y mantenga viva en nosotros y en nuestros corazones la sed del agua viva. La nostalgia del Dios verdadero. Nuestra sed calma. La sed de Cristo.
Nuestra sed da sentido a su sacrificio. Nuestra sed de Dios nos hace mirar el futuro con ilusión, porque es un futuro que ponemos en las manos de Dios, que sabemos nos ama porque, como lo hemos dicho, Él es amor. La otra sed, la de la esperanza. En estos momentos de tanta incertidumbre, también la colma Jesús con su promesa de cielo.
Mirando al Crucificado, le pido que no solo sacie la sed y el hambre que tantos padecen, sino también que sacie en nosotros la sed de amor, la sed de esperanza, la sed de perdón, la sed de felicidad, la sed de paz, la sed de libertad. Y para lograrlo, bebamos el agua viva del Espíritu, y con nuestra sed mojemos los labios amorosos del amor clavado en la cruz por nosotros. Amén.
Sexta palabra: “Todo está consumado” (Jn 19, 30)
Reflexión de monseñor Pablo Emiro Salas Anteliz, arzobispo de Barranquilla
De Jesús, dicen los hechos de los Apóstoles, que “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal”. En efecto, los evangelios nos dicen, que recorría las comarcas de Judea y Galilea predicando en las Sinagogas, predicación que acompañaba con impresionantes y diversas formas de milagros. Quienes lo escuchaban, decían “ninguno ha hablado como Él” y también “este enseña con autoridad, no como los escribas y fariseos”. Atraía a los pecadores y sus palabras eran acogidas con generosidad por publicanos y prostitutas. Su criterio de valor siempre fue la persona y la defensa de su dignidad. Nunca permitió que la ley estuviera por encima del hombre y de sus apremiantes necesidades. En pocas palabras, Jesús asumió su vida con seriedad. Jesús no banalizó su existencia. La vivió con intensa pasión en favor de todos los hombres y especialmente de los pobres.
Con las características anteriormente descritas, Jesús enfrentó la misión que el Padre le había encomendado. “Yo tengo una misión que cumplir”, le mandó a decir a Herodes, cuando por curiosidad quería verlo. La intimidad profunda con su Padre, vivida en la obediencia y la Oración, le permitieron, beber el cáliz de la pasión y la muerte en la Cruz. No se quiso privar de ninguna precariedad presente en el hombre, menos la del pecado. Lo asumió todo para redimirlo todo.
Finalmente, y con suficientes argumentos, puede decir en la Cruz, “todo está consumado”. No queda más por hacer. Todo cuanto era necesario, se ha hecho. El evangelista San Juan recoge muy bien esta plenitud de la entrega de Jesús, al decir: “Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo”. Así es. Cuando se habla de Cristo, se habla de amor hasta el extremo. Amor que da la vida, que levanta, que perdona y reconcilia, que restablece en todo hombre la dignidad más profunda de hijos de Dios.
Sí. Todo está consumado para bien, porque lo que se ha hecho, se ha hecho con amor hasta el extremo. En Cristo, nada está consumado para el mal. Ahora, se pueden hacer realidad sus palabras: “Si el grano de trigo, no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho fruto”. Es ahora, entonces, con su muerte, donde se hace fecunda, la vida y la salvación para todos los hombres.
La figura de Cristo, contemplada desde el “amor hasta el extremo”, interpela hoy la superficialidad con la que muchos asumimos nuestra vida y nuestras responsabilidades. Es increíble la falta de compromiso y seriedad con la que tantas personas enfrentan la vida y sus concretas responsabilidades. La superficialidad y el facilismo campea en todas partes, en todos los ámbitos de la sociedad y también de la Iglesia. Nadie se quiere comprometer con nada. Queremos un país mejor, una vida mejor, unas relaciones más fraternas y respetuosas entre los colombianos, pero nadie se mueve, nadie se compromete, nadie aporta para el bien, nadie quiere dar el primer paso. Somos expertos en la crítica mal sana, los comentarios indebidos, los juicios temerarios y de una intolerancia que no admite la diferencia.
Los facilismos y el descompromiso, han invadido todos los ámbitos de la vida familiar, personal y social. Nos gusta la vida fácil y cómoda del sofá. Pero en esta mentalidad de banalizar la existencia hay algo mucho más terrible que hace carrera en muchos colombianos: es la actitud de quienes todas sus energías, las dedican para planificar el mal, para asesinar, robar, mentir, secuestrar, desaparecer, destrozar al otro, acabar con la familia y con la vida de nuestros niños y adolescentes.
Queridos colombianos: miremos a Jesús, en él, recobremos las fuerzas para seguir, para caminar, para dar el primer paso, no nos cansemos de hacer el bien…No nos pongamos en la fila de los que hacen el mal. Con nuestra vida y siguiendo el ejemplo de Jesús, contrastemos con la mentalidad facilista, corrupta y descomprometida de tantos en esta sociedad, que solo viven para sus intereses egoístas.
Hay un salmo que dice que el hombre sin Dios, renuncia a ser sensato y a obrar el bien, porque falsamente cree, que su culpa no será descubierta ni aborrecida. Y así de manera engañosa, muchos perseveran en mal.
Hermanos colombianos: quiero, a la luz de esta sexta palabra, animar, fortalecer, llenar de esperanza a tantos hombres y mujeres buenos, comprometidos, que también los hay por todas partes en este país y que, siguiendo el modelo de Jesús, sirven con generosidad y aportan en la construcción del país que soñamos. Una palabra de ánimo a los buenos servidores públicos que muy a pesar del ambiente corrupto que se respira, permanecen impolutos, haciendo lo que corresponde, a papá y a mamá que aún en medio de profundas dificultades de todo tipo, le siguen apostando a la familia, aman su familia, la cuidan, la defiende, están al lado de sus hijos y son ellos, sus hijos, la única y mayor razón de sus vidas. Cómo no animar y llamar a la perseverancia a todos aquellos colombianos que no se rinden en el trabajo por tener un país más justo, fraterno, con oportunidades para todos y garante de nuestros derechos y dignidad. Sigan así. No están solos. El Señor los acompaña.
Cómo no pensar también en tantos jóvenes, buenos y sanos, que en estos días harán Pascua con Jesús. Ellos, están llenos de sueños y esperanzas y son el activo más importante de este país y de la Iglesia. Qué responsabilidad tan grande tenemos con nuestros jóvenes. Cómo seguir ignorándolos, envenenándolos con propuestas indecentes y vicios cada vez más al alcance de sus manos. Queridos jóvenes, cuídense ustedes, porque en este país los jóvenes importan poco, valoren sus vidas y hagan realidad sus sueños y esperanzas. Jesús los enamore con su Gracia y con su ejemplo de vida hasta el extremo. Ustedes están en el corazón del Papa Francisco, en el corazón de la Iglesia, en el corazón de los colombianos de bien. Que la figura de Jesús destruido, pero pleno, nos anime y sostenga en esta tarea, así sea.
Séptima palabra:
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”
(Lucas 23,46)
Reflexión de monseñor José Miguel Gómez Rodríguez, arzobispo de Manizales
Esta última palabra de nuestro Señor Jesucristo fue pronunciada como un grito, según lo enseña el Evangelio de San Lucas en el capítulo 23, versículo 46, pues gritando como el Señor puso en manos del Padre su Espíritu.
En el Evangelio de San Juan, de una manera semejante, no igual, dice describiendo la muerte de Jesús que, inclinando la cabeza, entregó su espíritu.
En el caso de San Lucas, en el caso de esta palabra, vamos a referirla al salmo que nuestro Señor Jesucristo citó, como lo haría cualquier judío piadoso del momento cuando está sintiéndose perseguido. Es el Salmo 31, en el versículo seis, esa misma frase, por supuesto, sin la mención del Padre, está puesta en boca de todo orante.
Todo el que quiera orar con el Salmo 31 encontrará, para su propio provecho, una oración confiada en la que, en un momento privilegiado de la oración, se hace un abandono total y se le dice a Dios: “En tus manos encomiendo mi espíritu”. Es muy importante que recordemos que cuando se habla de espíritu no se habla de algo etéreo ni de solo el alma, sino que “mi espíritu” es mi persona.
Se quiere decir con esta expresión: “Me pongo en tus manos, me pongo totalmente en tus manos”. Volviendo la mirada sobre el salmo, salta a la vista que esta es la oración de una persona que siente que cree en Dios, que trata de hacer las cosas bien y que, sin embargo, está perseguido y lastimado por todos lados. Hay muchas cosas que no entiende y, sobre todo, muchas injusticias que se cometen contra él.
Por supuesto que, como cualquier ser humano que se siente tentado, podría rebelarse y decir: “Por mis propios medios me busco yo la justicia”, pero no lo hace. Él reflexiona, recapacita y se da cuenta de que no es con sus propias manos como va a resolver las cosas. En cambio, tiene a alguien, tiene un amigo, porque al final del salmo llama a Dios amigo de los que le son fieles.
Tiene uno en el cielo que le da su amistad y que con ella le garantiza que las cosas terminarán siendo de la manera como convienen en labios de nuestro Señor Jesucristo. Este salmo adquiere dimensiones insospechadas, porque Él es aquel sobre quien, en este momento, en el momento de la cruz, recae todo el peso de la criminalidad humana, todo el peso del desorden de la humanidad.
Porque Él quiere hacerse cargo de eso para presentarse al Padre como sacrificio por todo y para decir que se abra la puerta, que es demasiado, es enorme el peso. La primera palabra. ¿Por qué me has abandonado? Nos indica cuán grande puede llegar a sentirse el peso del pecado de la humanidad entera y, sin embargo, ahora, con sentimiento de que Dios es el que arregla todo, siendo el Dios con el Padre.
Él es la Palabra de Dios encarnada. Entonces encomienda su ser, encomienda su misión y sabe que en la muerte y después de la muerte, la palabra del Padre resonará, resonará, por supuesto, como resurrección, y a nosotros nos abrirá caminos extraordinarios de vida nueva. Pero lo que nos corresponde ahora, meditando siete palabras, es darnos cuenta de que también nosotros necesitamos de este mensaje.
Vivimos, en efecto, en tiempos en que es fácil sentir la crisis, la crisis que nos golpea por todos lados. Vivimos tiempos muy difíciles en los que la experiencia de la mayoría de la gente es que todo está más caro y todo está más inseguro. Vivimos tiempos en los que la situación hace que muchas personas piensen, incluso en ya no luchar más.
Pero precisamente ahora esta oración de Jesús y esta súplica confiada que cada uno de nosotros puede hacer, es la respuesta. También nosotros tenemos que aprender a decir: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” y sentirlo, porque en la realidad en la que vivimos nos muestra una situación en la que se perdió el respeto por las autoridades y las instituciones, y algunos quieren sembrar anarquía, que convienen solo a un proyecto político.
Se ha perdido el valor de la vida que es reconocida constitucionalmente. Sin embargo, no es sostenido por la legislación, la justicia y hasta muchas instancias de gobierno. Al contrario, aumentan las amenazas y las extorsiones, los malos tratos, los insultos, homicidios y, secuestros están a la orden del día. Aparece aborto y eutanasia sin siquiera mediar un pensamiento sobre lo que es la vida. Borrachera y drogadicción que lastiman la vida propia.
El valor del cuerpo y de la integridad personal se vendió al placer y al comercio del placer que tanto dinero produce. Hedonismo y adulterio, impureza sexual de todo tipo, pornografía sin control y muchas otras aberraciones. El valor de la honestidad se relativiza al extremo. Ya no valen palabra. Los negocios se hacen solamente pretendiendo el lucro y se pierde toda facilidad para hacer las cosas con confianza unos con otros.
La verdad, que es un valor supremo, también entró en el relativismo y nos mentimos unos a otros y aceptamos mentiras que son institucionales solamente porque se refuerzan con estrategias de comunicación que viralizan falsas noticias y falsos contenidos.
Pero qué es más fácil: hacer esta lista de problemática social que tenemos o decir que tenemos que retornar a los mandamientos de Dios, porque lo que acabo de mencionar no es sino el repaso de lo que ocurre en Colombia, porque Colombia se alejó de los mandamientos de Dios.
El mandamiento de “honrar a padre y madre”, y por supuesto, la autoridad y la institución. El quinto mandamiento: “no matar”, sin disculpas, ya sea porque no ha nacido, o porque está muy viejo, ya sea porque es contrario a mi proyecto político o porque no me pagó el rescate. No matar el sexto, no cometer actos impuros ni siquiera en la mente. Y sabemos que el placer sexual ha sido reservado por Dios nuestro Señor, que lo creó con infinito optimismo para el matrimonio.
El séptimo mandamiento, que defiende la honestidad, no hurtar, “no robar” y que se vive a veces con tan mal gusto en tantas circunstancias, nos permitiría construir un nuevo país si todos cumpliéramos con nuestros deberes puntualmente: deberes de justicia, deberes para con la sociedad, deberes para con los prójimos. El octavo mandamiento sobre la mentira, o mejor dicho, sobre la verdad, nos ayudaría tanto a que pudiéramos confiar unos en otros, en nuestras palabras.
En fin, qué es más fácil: enumerar la problemática social colombiana o mostrarle a Colombia que se apartó de Dios, porque estas siete palabras tienen que concluir definitivamente en un propósito de cada uno por volver a Dios, volver a escuchar su Palabra, entender que en sus mandamientos está la verdadera sabiduría, porque es el contenido de su voluntad, de lo que Él espera de nosotros y definitivamente confiar totalmente en Dios.
Las soluciones no son inmediatas, no están ni siquiera muchas de ellas al alcance de nuestras manos, porque tienen que ver con la libertad humana torcida por el pecado. La solución está en Dios, y si todos volvemos a Dios y Colombia se abre, comenzará la renovación que todos esperamos. Por eso, digámosle con Cristo: “Padre, en tus manos ponemos nuestro país, nos ponemos nosotros mismos y ponemos todo aquello que nos preocupa”.
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¿Cómo seguir transmitiendo la fe en este cambio de época? Claves del documento “Venite ad Me”, del Dicasterio para la Doctrina de la Fe
El 22 de octubre de 2026, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, con la aprobación del Santo Padre, dio a conocer el documento Venite ad Me, que ofrece algunas consideraciones para seguir transmitiendo la fe en una sociedad cada vez más secularizada.La reflexión parte de una pregunta fundamental para la misión evangelizadora de la Iglesia: ¿cómo anunciar a Jesucristo y favorecer la transmisión de la fe cuando esta ya no puede darse por supuesta como parte de la herencia cultural y de la vida familiar?¿Se ha debilitado la transmisión de la fe en la familia?En alguna ocasión, el papa Benedicto XVI afirmó: “Cuando, en la percepción de muchos, la fe católica ya no es patrimonio común de la sociedad (…), difícilmente podrá llegar al corazón mediante simples discursos o exhortaciones morales, y menos aún a través de referencias genéricas a los valores cristianos. La apelación valiente e íntegra a los principios es esencial e indispensable; sin embargo, la simple enunciación del mensaje no llega hasta lo más profundo del corazón de la persona, no toca su libertad ni transforma su vida. Lo que fascina es, sobre todo, el encuentro con personas creyentes que, mediante su fe, atraen hacia la gracia de Cristo y dan testimonio de Él”.Estas palabras, pronunciadas por Benedicto XVI el 13 de mayo de 2010, en Fátima, ofrecen una clave para comprender la preocupación que atraviesa el documento Venite ad Me: la necesidad de renovar la evangelización y recuperar la centralidad del encuentro personal con Jesucristo.En efecto, el documento constata una crisis en la transmisión generacional de la fe, especialmente en las sociedades de antigua tradición cristiana. En muchos contextos, ya no es posible dar por supuesta la transmisión de la fe en el ámbito familiar. Esta realidad invita a fortalecer el acompañamiento pastoral y a buscar nuevas formas de anunciar a Jesucristo, sin dejar de reconocer la importancia insustituible de la familia en la educación cristiana.Como recuerda la exhortación apostólica Evangelii gaudium, del papa Francisco, “Tampoco podemos ignorar que en las últimas décadas se ha producido una ruptura en la transmisión generacional de la fe cristiana en el pueblo católico”. El documento señala, además, que muchas personas se sienten desencantadas y dejan de identificarse con la tradición católica, mientras aumenta el número de padres que no bautizan a sus hijos ni les enseñan a rezar.No se trata, por tanto, de afirmar que la familia haya dejado de ser un lugar de transmisión de la fe, sino de reconocer que esta tarea ya no puede darse por descontada y que necesita ser acompañada, fortalecida y renovada.Al centro está de nuevo el primer anuncio: el kerigmaLa preocupación por renovar la transmisión de la fe ya estaba presente en el magisterio del papa Francisco, quien solicitó al Dicasterio para la Doctrina de la Fe una reflexión sobre esta cuestión. Posteriormente, el papa León XIV retomó esta urgencia en su discurso a los obispos italianos, en junio de 2025, al insistir en la necesidad de poner a Jesucristo en el centro del anuncio y de la existencia cristiana.En aquella ocasión, el Santo Padre señaló la importancia de ayudar a las personas a vivir una relación personal con Cristo para descubrir la alegría del Evangelio. En un contexto de gran fragmentación, insistió en la necesidad de volver a los fundamentos de la fe, al kerigma, como primer compromiso que impulsa todos los demás.En esta misma perspectiva, Venite ad Me propone volver al kerigma, es decir, al anuncio de lo esencial de la fe. Se trata de reconocer que las referencias a los valores morales y las exhortaciones a los principios cristianos, aun siendo importantes, no pueden dar por supuesto aquello que es previo y fundamental: el encuentro con Cristo.Para transmitir la fe hoy no basta con enseñar un conjunto de contenidos doctrinales o de informaciones religiosas, como podía suceder hace varias décadas, cuando el Evangelio se “respiraba” cotidianamente en la familia y en la sociedad.Volver al kerigma significa poner en el centro el anuncio de que Dios nos ama, que Jesucristo entregó su vida por nuestra salvación, resucitó y permanece vivo y presente en medio de nosotros. No se trata de restar importancia a la formación doctrinal, sino de reconocer que esta debe estar vinculada con el encuentro personal con Cristo y con una experiencia de fe capaz de transformar la vida.¿Cuáles son las consideraciones para seguir transmitiendo la fe?El documento invita a reconocer los espacios y las experiencias que hacen posible el encuentro con Cristo y favorecen una transmisión viva de la fe.En primer lugar, destaca la importancia de la familia y de la comunidad eclesial. Como señala el número 30, mientras la Iglesia está llamada a comunicar y hacer resplandecer la luz de Cristo, “la familia constituye el primer y más esencial lugar de transmisión de la fe”.Este desafío exige acompañar a las familias y ayudarles a descubrir que la transmisión de la fe no se reduce a comunicar conocimientos religiosos. También supone enseñar a orar, compartir la vida cristiana, celebrar la fe y dar testimonio de ella mediante las decisiones cotidianas y el servicio a los demás.De igual manera, resulta fundamental el testimonio de las personas que han experimentado el encuentro con Cristo o han redescubierto una relación viva con Él. Sus experiencias pueden convertirse en una invitación para que otros se acerquen a la fe y descubran la presencia de Dios en sus propias vidas.Por eso, la transmisión de la fe no puede depender únicamente de discursos, actividades formativas o estrategias de comunicación. Necesita comunidades acogedoras en las que el anuncio del Evangelio se haga visible mediante relaciones fraternas, el acompañamiento personal, la celebración de los sacramentos y el compromiso con quienes más sufren.La tarea evangelizadora implica, en definitiva, crear condiciones para que las personas puedan encontrarse con Jesucristo, profundizar en su relación con Él y descubrir cómo la fe ilumina sus decisiones, sus relaciones y su compromiso con los demás.El aporte de la Conferencia Episcopal de ColombiaEl documento recoge testimonios personales y eclesiales que permiten comprender los desafíos de la transmisión de la fe en distintos contextos culturales. Para su elaboración, numerosas conferencias episcopales enviaron materiales y experiencias que contribuyen a enriquecer la reflexión.En Colombia, como en otros lugares, los abuelos desempeñan un papel significativo al suplir, en algunos casos, las carencias de la catequesis en el hogar, junto con el acompañamiento de las parroquias. En otros contextos, las condiciones culturales pueden influir incluso en el momento en que las familias solicitan el Bautismo para sus hijos, como se señala en el caso de algunas comunidades de la Amazonía peruana.Estas experiencias muestran que la transmisión de la fe ya no puede considerarse un proceso automático. La realidad de cada comunidad exige discernir cómo anunciar el Evangelio, acompañar a las familias y favorecer experiencias significativas de encuentro con Cristo.Entre los testimonios recogidos en el documento también se encuentra una experiencia procedente de Colombia que ilustra la fuerza transformadora del anuncio cristiano. Se trata de una persona que, después de atravesar situaciones de drogadicción, delincuencia y desamparo, encontró un camino de conversión gracias al acompañamiento de una fundación cristiana. La oración del rosario, la lectio divina y la Eucaristía fueron elementos importantes en su proceso de transformación. Posteriormente, esta persona llegó a convertirse en misionera y comenzó a acompañar a otros jóvenes.Este testimonio permite reconocer que la transmisión de la fe no se limita a la infancia ni termina con la catequesis sacramental. El encuentro con Cristo puede abrir nuevos horizontes en distintas etapas de la vida, especialmente cuando está acompañado por una comunidad que acoge, escucha y ayuda a reconstruir la esperanza.La experiencia colombiana pone así de relieve dos desafíos complementarios: fortalecer la transmisión de la fe en el ámbito familiar y comunitario, y promover procesos de evangelización capaces de acompañar a quienes buscan un sentido para su vida, atraviesan situaciones difíciles o desean reencontrarse con Dios.Signos de esperanza para una nueva etapa evangelizadoraLa situación actual de la Iglesia no debe conducir a la desesperanza. Por el contrario, el cambio de época puede convertirse en una oportunidad para una adhesión a la fe más consciente, libre y convencida.Los obispos de Bélgica destacan que esta situación permite a las personas elegir conscientemente profundizar en su fe. En una perspectiva semejante, los obispos de Chile señalan que la fe ya no puede presuponerse como una herencia cultural estable ni como una adhesión espontánea a un universo simbólico compartido. Se presenta, más bien, como una propuesta que debe ser acogida libremente y acompañada mediante procesos que tengan sentido para la vida.En este contexto, resulta especialmente esperanzador el aumento de conversiones y retornos a la Iglesia, particularmente entre jóvenes y adultos jóvenes. Francia constituye un ejemplo notable: en 2026, el número de adultos bautizados creció un 28 % respecto al año anterior y superó en más de tres veces la cifra registrada en 2016. La mayoría de quienes solicitan el Bautismo tiene menos de 40 años, y aproximadamente la mitad está entre los 18 y los 25 años.Entre las motivaciones para acercarse a la fe se encuentran las crisis personales, como el duelo o la enfermedad; las experiencias espirituales y de belleza, y el encuentro con otros creyentes, tanto presencialmente como a través de las redes sociales.Estos signos invitan a reconocer que, incluso en sociedades marcadas por la secularización, siguen existiendo búsquedas espirituales y oportunidades para anunciar el Evangelio. La respuesta de la Iglesia está llamada a integrar el anuncio explícito de Jesucristo, el testimonio de vida, el acompañamiento y el compromiso con los demás, sin reducir la misión a una estrategia de conservación institucional.Volver a Cristo para renovar la transmisión de la feEl documento Venite ad Me invita, en definitiva, a iniciar una nueva etapa evangelizadora, como ya lo había pedido el papa Francisco en Evangelii gaudium y ha reiterado el papa León XIV.La misión de la Iglesia no puede reducirse a conservar lo recibido ni a transmitir contenidos de manera aislada: está llamada a anunciar a Jesucristo, propiciar el encuentro con Él y dar testimonio de una fe que transforma la vida.En este cambio de época, el desafío no consiste solamente en encontrar nuevas formas de comunicar el Evangelio, sino en hacer visible, mediante familias acompañadas y comunidades acogedoras y misioneras, la alegría de haber encontrado a Cristo.Volver al kerigma es, por tanto, volver al corazón de la fe y de la misión de la Iglesia: anunciar a Jesucristo para que cada persona pueda encontrarse con Él, acoger libremente su amor y descubrir la esperanza que nace del Evangelio.
Vie 23 Oct 2026
Comunicado de la Diócesis de Ipiales: llamado urgente a los actores armados para que respeten la vida, la dignidad y los bienes de las comunidades
La Iglesia en Ipiales, representada por monseñor José Saúl Grisales Grisales, hace nuevamente un llamado a los actores armados para que respeten el Derecho Internacional Humanitario y protejan la vida, la dignidad y los bienes de las comunidades afectadas por el conflicto armado. Se trata de poblaciones que han sufrido heridas, han perdido sus hogares y se han visto obligadas a desplazarse ante las amenazas contra su vida y su tranquilidad.En su comunicado, monseñor Grisales retoma las palabras del papa León XIV: “Exhorto a todos a rechazar cualquier forma de violencia y optar decididamente por el camino de la paz” (Audiencia general, 29 de abril de 2026).La Iglesia que camina en los territorios colombianos reitera su disposición de acompañar a las víctimas y a las comunidades, escuchando sus necesidades y trabajando por la construcción de la paz. Asimismo, hace un llamado a las instituciones y organizaciones humanitarias para que unan esfuerzos y garanticen a las familias afectadas una atención oportuna y digna, así como el respeto efectivo de los derechos humanos.Este pronunciamiento expresa la preocupación de la Iglesia por la persistencia de la violencia en nuestros territorios y, especialmente, por el sufrimiento de quienes padecen las consecuencias de las confrontaciones armadas. Ante esta realidad, la Iglesia continúa anunciando la paz de Cristo resucitado, esa “paz humilde y perseverante” de la que nos habla el papa León XIV.Fiel a su misión de ser experta en humanidad, la Iglesia seguirá acompañando a las comunidades que sufren y alzando su voz en defensa de la vida, la dignidad humana y el derecho de todos a vivir en paz.Descargue aquí el comunicado completo de la Diócesis de Ipiales.
Lun 19 Oct 2026
Presidente del episcopado colombiano llama a fortalecer la pastoral familiar tras encuentro en el Vaticano
Al concluir en el Vaticano el encuentro internacional sobre la exhortación apostólica del papa Francisco, monseñor Francisco Javier Múnera Correa destacó el protagonismo evangelizador de las familias y la necesidad de acompañarlas en sus distintas realidades. El papa León XIV invitó a compartir los frutos de esta reflexión con las Iglesias locales.La necesidad de renovar el compromiso evangelizador con las familias, fortalecer el acompañamiento pastoral y reconocer su protagonismo en la vida de la Iglesia fueron algunos de los principales énfasis del encuentro internacional «Diez años después de Amoris Laetitia: proclamando el Evangelio con las familias hoy», que concluyó el 14 de octubre en el Vaticano con la participación de monseñor Francisco Javier Múnera Correa, I.M.C., arzobispo de Cartagena y presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia.Al término de las jornadas, desarrolladas del 7 al 14 de octubre por convocatoria de la Santa Sede, el prelado colombiano señaló que este aniversario constituye una oportunidad para profundizar en la riqueza doctrinal y pastoral de Amoris Laetitia, exhortación apostólica publicada por el papa Francisco en 2016, como fruto de los dos Sínodos de los Obispos sobre la Familia realizados en 2014 y 2015.«Tal vez la primera invitación que necesitamos todos es volver a conocerla, profundizar la riqueza doctrinal y pastoral que ella nos ofrece», expresó monseñor Múnera en un mensaje grabado desde Roma el día de la clausura del encuentro.Las familias, protagonistas de la evangelizaciónUno de los énfasis del presidente del episcopado colombiano fue el papel de las propias familias en la transmisión de la fe y en el acompañamiento a otros hogares. Destacó que aquellas que viven su vocación evangelizadora pueden convertirse en referentes para los nuevos matrimonios y, al mismo tiempo, brindar apoyo concreto a quienes atraviesan dificultades.«Las familias evangelizadoras son, por una parte, faro para ayudar a los nuevos matrimonios, a las nuevas familias. Pero también se necesita esa lámpara concreta, cercana, que apoya, que acompaña a las familias en dificultades, a las familias heridas», afirmó.Esta perspectiva estuvo en sintonía con las reflexiones del encuentro, en el que se abordaron las transformaciones sociales, culturales y económicas que inciden en la vida familiar, así como la necesidad de acompañar las fragilidades de los hogares y ofrecer respuestas pastorales acordes con sus circunstancias.Entre los asuntos destacados estuvo la importancia de brindar ayuda espiritual y concreta ante situaciones de violencia y maltrato en el hogar, con especial atención a la protección de los niños y las personas vulnerables. También se insistió en la necesidad de promover espacios de escucha y apoyo que permitan a las familias buscar ayuda sin estigmatización.Ante estos desafíos, monseñor Múnera hizo un llamado a fortalecer la articulación pastoral y la participación de las comunidades eclesiales. «Es una invitación para que podamos construir pastorales más articuladas, más sinodales, más centradas en la acción evangelizadora de la familia», señaló.Papa León XIV: compartir los frutos del encuentro con las Iglesias localesAl concluir las jornadas, el papa León XIV envió un mensaje a los participantes, en el que agradeció las oraciones, el trabajo realizado y el intercambio de experiencias, así como los testimonios de las familias que compartieron sus alegrías, dificultades y esperanzas.El Santo Padre anunció que leerá los resultados de las deliberaciones y ofrecerá sus reflexiones posteriormente. Entretanto, invitó a los participantes a compartir lo vivido y aprendido con sus respectivas conferencias episcopales y diócesis, y a continuar anunciando el Evangelio con las familias, inspirados en la riqueza de Amoris Laetitia.En particular, expresó su deseo de que las familias sigan participando activamente en la vida y la misión de las Iglesias locales, contribuyendo también al discernimiento de los caminos pastorales por seguir.El mensaje pontificio refuerza una de las orientaciones centrales de las jornadas: las familias no son únicamente destinatarias de la acción pastoral, sino participantes activas en la evangelización y en la construcción de comunidades eclesiales más cercanas a las realidades de las personas.La familia, escuela de humanidad y solidaridadEn su balance, el presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia destacó el aporte de la familia al cuidado y la protección de la vida, la formación humana y el surgimiento de las vocaciones. También la describió como una escuela de solidaridad, cuyo valor trasciende el ámbito doméstico y repercute en la vida comunitaria.Por ello, agradeció a los movimientos, asociaciones, comunidades parroquiales, obispos, matrimonios y familias que asumen la tarea de acompañar y sostener a otros hogares. De manera especial, reconoció el testimonio de quienes proponen a las nuevas generaciones la belleza del matrimonio y la vida familiar.«Las familias son y están llamadas a ser protagonistas de la acción misionera y evangelizadora para con todas las familias, en todas sus situaciones concretas, apoyarlas y sostenerlas», concluyó monseñor Múnera.El encuentro culminó con la presentación y discusión de un documento de síntesis que recoge las principales reflexiones de las jornadas. Entre sus ejes se encuentran los cambios que afrontan las familias en el mundo contemporáneo, la fragilidad, el acompañamiento pastoral y la necesidad de encontrar respuestas a los nuevos interrogantes que surgen en una sociedad en transformación.Vea a continuación el mensaje conclusivo del presidente del episcopado colombiano:
Vie 16 Oct 2026
Jonathan Acuña, IMC: un sacerdote colombiano al servicio de las comunidades del desierto de Kenia
El sacerdote Jonathan Acuña salió del Tolima para anunciar el Evangelio en el norte de Kenia. En la misión de Loiyangalani, donde comunidades indígenas afrontan dificultades de acceso al agua, alimentos y educación, su vocación se expresa en el acompañamiento pastoral, la formación de niños y jóvenes y el trabajo por el desarrollo humano integral. Su historia hace parte de la misión de la Iglesia que en 2026 conmemora cien años de la Jornada Mundial de las Misiones.Cuando el padre Jonathan Acuña salió de Chaparral, Tolima, para servir como misionero en África, llevaba consigo un sueño que había nacido en su infancia: ser sacerdote y anunciar el Evangelio en tierras lejanas. Hoy, después de más de tres años en Kenia, esa aspiración tiene un rostro concreto: las comunidades indígenas que acompaña en Loiyangalani, una localidad del norte del país africano donde la misión se desarrolla entre el desierto, las montañas y las orillas del lago Turkana.Después de estudiar en el Seminario Menor San Joaquín, de la Arquidiócesis de Ibagué, inició su formación sacerdotal, pero decidió hacer una pausa y estudiar psicología en la Universidad de Ibagué. Trabajó como docente y psicólogo, experiencias que le permitieron acercarse a otras realidades humanas. Sin embargo, con el tiempo sintió que debía retomar su vocación para experimentar la plenitud.Volvió entonces a su formación religiosa: estudió Filosofía en Bogotá, realizó su noviciado en Argentina, cursó Teología en la Pontificia Universidad Javeriana y se formó en espiritualidad y en el carisma de los Misioneros de la Consolata en Roma. Fue ordenado sacerdote en su municipio natal y recibió su destinación misionera a Kenia.Antes de llegar a Loiyangalani, vivió aproximadamente un año y medio en Nairobi, donde aprendió inglés y desarrolló labores pastorales. Allí también acompañó a la Fundación Maisha, que trabaja con niñas y adolescentes sobrevivientes de violencia sexual que decidieron continuar con sus embarazos. Después vino el traslado al norte del país, una región que le exigió adaptarse a otras lenguas, tradiciones y condiciones de vida.Una misión en medio del desiertoLoiyangalani, cuyo nombre significa «lugar de muchos árboles» en lengua samburu, es un oasis en el desierto de Chalbi, junto al lago Turkana. Allí conviven pueblos como los Samburu, Turkana y El Molo, entre otros, con formas de vida vinculadas al pastoreo, la pesca y la elaboración de artesanías.La misión católica llegó a este territorio en 1965, con el sacerdote italiano Michele Stallone, de los Misioneros de la Consolata, quien fue enviado a evangelizar al pueblo El Molo a petición del obispo de la Diócesis de Marsabit. Más de seis décadas después, la labor pastoral abarca más de doce poblados dispersos entre el desierto, las montañas y las islas del lago.Largas distancias hacen parte de los desafíos cotidianos de esta misión. Desde Nairobi, llegar a Loiyangalani puede tomar alrededor de dos días en transporte público. Para visitar algunas comunidades, los misioneros recorren durante horas caminos sin pavimentar y, en ocasiones, deben cruzar el lago. Cada desplazamiento permite encontrarse con las familias, celebrar los sacramentos, visitar a personas enfermas y adultos mayores y acompañar la vida de las comunidades cristianas.En algunos poblados, el acceso a agua potable, electricidad y alimentos es limitado. Las familias dependen de actividades como la pesca y el pastoreo de cabras, camellos y vacas; las mujeres también elaboran artesanías con hojas de palma. En ciertos lugares, la falta de agua segura representa un desafío adicional, pues el lago Turkana no constituye una fuente de agua potable sin tratamiento.Para el padre Jonathan, la experiencia más difícil ha sido encontrarse con personas que no siempre tienen garantizada la alimentación. Según relata, una frase que escucha con frecuencia de niños y adultos mayores es: «Tengo hambre, padre, tengo hambre». Presenciar las consecuencias de la desnutrición, explica, transforma la manera de comprender la misión y las necesidades de quienes acompaña.Sin embargo, esta realidad no agota la historia de las comunidades. En ellas también encuentra solidaridad, capacidad de organización, riqueza cultural y deseos de aprender. La misión, afirma, implica no solo anunciar el Evangelio, sino escuchar, compartir y caminar junto a las personas.Evangelización que abre oportunidadesJunto a las celebraciones litúrgicas y el acompañamiento pastoral, los Misioneros de la Consolata junto a otras comunidades religiosas, desarrollan iniciativas de educación, salud y formación. Su propósito es responder a necesidades concretas sin separar la promoción humana de la evangelización.La misión cuenta con un centro médico y dos jardines infantiles: uno en el desierto y otro en la montaña. También impulsa un proyecto educativo para niños pastores en el desierto y una escuela para mujeres pastoras en la montaña, donde adultas, madres y pastores pueden acceder a aprendizajes básicos, entre ellos el suajili y las matemáticas.Una de las iniciativas más visibles es el Oratorio Papa Francisco, creado en agosto de 2025. Cada domingo reúne alrededor de 400 niños y jóvenes, y durante las vacaciones escolares puede superar los mil participantes. Mediante la catequesis, el deporte, el arte, la música, la danza y el teatro, el oratorio ofrece un espacio de encuentro, formación y desarrollo de talentos.La misión busca, además, que las nuevas generaciones participen activamente en la vida de sus comunidades. La Escuela de Liderazgo Misionero forma a niños, adolescentes, jóvenes y adultos para involucrarse en los procesos pastorales, mientras que el Fondo Educativo Consolata apoya actualmente a seis jóvenes en sus estudios universitarios.Para quienes viven en poblados apartados, continuar una carrera supone afrontar gastos de transporte, alojamiento y manutención que sus familias difícilmente pueden cubrir. Por eso, el acompañamiento educativo busca abrir caminos para que los jóvenes amplíen sus oportunidades y, en el futuro, puedan contribuir al bienestar de sus comunidades.El encuentro entre culturas también es misiónEn Loiyangalani, la evangelización se desarrolla en un contexto de diversidad cultural y religiosa. Las comunidades católicas comparten el territorio con musulmanes y con cristianos de otras confesiones. Esta realidad hace del diálogo intercultural, ecuménico e interreligioso una parte cotidiana de la labor pastoral.El padre Jonathan destaca que las diferencias no impiden encontrar propósitos comunes. En su experiencia, la solidaridad puede expresarse también entre personas de distintas tradiciones religiosas, por ejemplo, en el apoyo a actividades dirigidas a niños y jóvenes.Además, la misión no busca que las comunidades sean receptoras pasivas de iniciativas externas. La formación de líderes locales y el fortalecimiento de los procesos comunitarios apuntan a que sus propios integrantes asuman responsabilidades en la evangelización y en la construcción de respuestas a sus necesidades.Esa manera de comprender la misión se conecta con el lema propuesto por el papa León XIV para la Hermanas Teresitas, congregación de origen tanzano: «Uno en Cristo, unidos en la misión», en el año en que la Iglesia conmemora el centenario de esta celebración.Un sueño que ahora mira hacia las comunidadesLa experiencia del padre Jonathan forma parte de una presencia colombiana más amplia en África. En Kenia sirven 16 misioneros colombianos —entre seminaristas, laicos, religiosas y sacerdotes de distintas congregaciones—, además de monseñor Rodrigo Mejía Saldarriaga, obispo jesuita. Sus vocaciones y carismas se despliegan en diferentes lugares y responden a realidades diversas.En el desierto de Chalbi, la misión se construye tanto en la celebración de los sacramentos como en las visitas a poblados apartados, las aulas, las actividades deportivas y el acompañamiento a las familias. La historia del padre Jonathan Acuña muestra cómo una vocación nacida en Colombia encuentra su camino en otra cultura y cómo, en el encuentro con las comunidades, anunciar el Evangelio también significa escuchar, aprender y trabajar por una vida más digna.Vea a continuación el especial audiovisual: