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Cuarenta años después, el legado de San Juan Pablo II sigue iluminando el camino de la Iglesia en Colombia
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A cuatro décadas de la histórica peregrinación apostólica de San Juan Pablo II, la Conferencia Episcopal de Colombia presenta un especial audiovisual y un reportaje escrito sobre el legado de esta peregrinación que marcó la historia del país, "40 años después: Los Siete Días Blancos de San Juan Pablo II en Colombia". Más que una conmemoración, esta producción invita a redescubrir los gestos, mensajes y enseñanzas que marcaron profundamente la vida de la Iglesia y de la nación, y cuya vigencia continúa iluminando el camino del pueblo colombiano.
Una nación herida recibió a un peregrino de esperanza
Era julio de 1986. Colombia atravesaba uno de los momentos más complejos de su historia reciente. La violencia seguía golpeando distintas regiones del país y sembrando incertidumbre entre miles de familias. Al mismo tiempo, la nación aún intentaba sobreponerse a una tragedia que había conmovido al mundo entero. Apenas ocho meses antes, la erupción del volcán Nevado del Ruiz desencadenó una avalancha que sepultó a Armero, cobró la vida de más de veinte mil personas y dejó una herida imborrable en la memoria colectiva de los colombianos.
Fue en ese contexto cuando, el 1 de julio de 1986, un peregrino descendió del avión papal y besó el suelo colombiano. No llegaba únicamente el Obispo de Roma ni el Jefe del Estado de la Ciudad del Vaticano. Llegaba el Pastor de la Iglesia universal para encontrarse con un pueblo creyente que, en medio del dolor y la incertidumbre, seguía aferrado a la esperanza.
Desde el primer momento, San Juan Pablo II quiso dejar claro el propósito de su viaje. Al iniciar su peregrinación apostólica expresó que llegaba a Colombia como "mensajero de evangelización", una misión que marcaría cada uno de sus encuentros y que daría sentido a todo su recorrido por el país.
Durante siete días visitó Bogotá, Chiquinquirá, Tumaco, Popayán, Cali, Chinchiná, Pereira, Medellín, Armero, Lérida, Bucaramanga, Cartagena y Barranquilla. Fueron jornadas intensas que la historia bautizó como los "Siete Días Blancos", una expresión que sintetiza mucho más que un itinerario. Representa una peregrinación que congregó a millones de colombianos alrededor del Sucesor de Pedro y que convirtió plazas, estadios, templos y carreteras en escenarios de oración, encuentro y renovación espiritual.
Sin embargo, el verdadero alcance de aquella visita no puede medirse únicamente por la magnitud de las concentraciones o el número de ciudades recorridas. Su huella permanece porque San Juan Pablo II supo leer la realidad de Colombia desde la fe y responder a ella con un mensaje profundamente evangélico.
En cada encuentro, el Papa polaco habló de reconciliación a un país dividido; de esperanza a un pueblo golpeado por el sufrimiento; de dignidad humana allí donde la violencia pretendía imponerse; y de evangelización como el camino para transformar la sociedad desde el corazón del hombre.
Aquella fue, ante todo, una visita pastoral. El Papa quiso encontrarse con los distintos rostros de Colombia: jóvenes, familias, campesinos, trabajadores, comunidades indígenas y afrodescendientes, enfermos, privados de la libertad, seminaristas, sacerdotes, religiosos, religiosas y obispos. Nadie quedó fuera de su mirada.
Una peregrinación para confirmar la fe de un pueblo
Desde el inicio de su ministerio petrino, San Juan Pablo II había insistido en que la Iglesia debía salir al encuentro de los hombres y mujeres de cada tiempo para anunciar a Cristo como respuesta a las inquietudes más profundas del ser humano. Ese mismo horizonte marcó su paso por Colombia. No vino únicamente a presidir celebraciones multitudinarias; tampoco a pronunciar discursos protocolarios. Vino a confirmar en la fe a un pueblo profundamente creyente y a fortalecer la misión evangelizadora de una Iglesia llamada a responder a los desafíos de su tiempo.
Cada ciudad representó un acento distinto de ese gran mensaje.
En Chiquinquirá reafirmó la profunda identidad mariana del pueblo colombiano y renovó su confianza en la intercesión de Nuestra Señora del Rosario, Patrona de Colombia.
En los encuentros con los jóvenes los invitó a no dejarse seducir por la violencia ni por el desaliento, sino a descubrir en Cristo el sentido de sus vidas y el compromiso con la construcción de una sociedad nueva.
A las familias les recordó su vocación como primera escuela de fe, de reconciliación y de amor, insistiendo en que el hogar cristiano constituye un pilar insustituible para el futuro de la sociedad.
A los trabajadores y campesinos les habló de la dignidad del trabajo humano, del valor de la solidaridad y de la necesidad de construir estructuras sociales más justas.
A los sacerdotes, religiosos y religiosas, los llamó a vivir con fidelidad la propia vocación y a entregar la vida al servicio del Evangelio.
Pero hubo dos momentos que sintetizaron de manera especial el corazón de toda la peregrinación: su visita a Armero y el encuentro con los obispos de Colombia. En ellos quedaron condensados dos grandes rasgos de su pontificado: la cercanía con quienes sufren y la convicción de que la Iglesia está llamada a ser signo de esperanza para los pueblos.
Armero: cuando el Papa compartió el dolor de Colombia
La visita a Armero fue, quizá, uno de los momentos más conmovedores de toda la peregrinación apostólica. No se trató simplemente de una escala más dentro del itinerario. San Juan Pablo II quiso hacerse presente en el lugar donde el sufrimiento de Colombia se había manifestado con mayor crudeza.
El 13 de noviembre de 1985, la erupción del Nevado del Ruiz desencadenó una avalancha que sepultó la ciudad y provocó una de las mayores tragedias naturales de la historia del continente. Miles de familias perdieron a sus seres queridos, sus hogares y sus proyectos de vida. Las imágenes de aquella catástrofe dieron la vuelta al mundo y convirtieron el nombre de Armero en símbolo de dolor y desolación.
Ocho meses después, el Papa llegó hasta allí; no para ofrecer explicaciones frente al sufrimiento humano, sino para compartirlo. Su presencia fue, ante todo, un gesto profundamente pastoral. Oró ante la cruz, caminó entre quienes todavía lloraban a sus familiares, abrazó a los sobrevivientes y quiso llevar consuelo a una comunidad que intentaba levantarse en medio de las ruinas.
En aquella tierra marcada por la tragedia, elevó una oración por las víctimas y dirigió palabras de aliento a quienes continuaban enfrentando las consecuencias de la catástrofe. Invitó a descubrir que, incluso en medio del dolor más profundo, la esperanza cristiana permanece viva porque Dios no abandona a quienes sufren. Más que un discurso, fue una presencia. Más que una ceremonia, fue un abrazo espiritual a toda una nación.
Para millones de colombianos, aquel gesto resumió el sentido de la visita apostólica: una Iglesia que no permanece distante ante el sufrimiento de su pueblo, sino que camina junto a él, comparte sus lágrimas y anuncia que el amor de Dios puede abrir caminos de esperanza aun en medio de las pruebas más difíciles.
No fue casual que uno de los momentos más recordados de los Siete Días Blancos ocurriera precisamente allí. Armero se convirtió en el lugar donde la cercanía del Sucesor de Pedro hizo visible la cercanía de toda la Iglesia con los que sufrían, una enseñanza que continúa iluminando la misión pastoral de la Iglesia en Colombia cuatro décadas después.
Una Iglesia llamada a ser signo de esperanza
Entre los numerosos encuentros que marcaron la peregrinación apostólica de San Juan Pablo II a Colombia, hubo uno que adquirió un significado especial para la vida de la Iglesia: la reunión con los obispos del país. Más allá de un encuentro institucional, fue un momento de comunión eclesial en el que el Sucesor de Pedro habló de pastor a pastores. Conocía los desafíos que enfrentaba la Iglesia colombiana en medio de una realidad marcada por la violencia, las profundas desigualdades sociales y el sufrimiento de miles de personas. Por eso, quiso fortalecer a quienes tenían la misión de conducir al Pueblo de Dios en medio de aquellas circunstancias.
Desde el inicio de su intervención, manifestó la alegría de encontrarse con el episcopado colombiano y reconoció el testimonio de una Iglesia con una profunda tradición evangelizadora, llamada a seguir anunciando el Evangelio en una sociedad que experimentaba grandes transformaciones. Al mismo tiempo, los invitó a leer esos desafíos con esperanza, conscientes de que la misión de la Iglesia nace de la fidelidad a Jesucristo y no de las circunstancias históricas.
El Papa les recordó que el ministerio episcopal solo puede comprenderse desde la comunión. La unidad entre los obispos, en torno a Cristo y en estrecha comunión con el Sucesor de Pedro, era para él una condición indispensable para que la Iglesia pudiera responder con credibilidad a los desafíos del momento. Aquella comunión no era únicamente un principio organizativo, sino la expresión visible de una Iglesia llamada a ser signo de reconciliación para el mundo.
En un país profundamente fragmentado, ese mensaje adquiría una fuerza particular. Mientras la violencia amenazaba con dividir a la sociedad, San Juan Pablo II invitó a los obispos a ser artífices de unidad, promotores del diálogo y servidores de la esperanza, convencido de que la primera contribución de la Iglesia a la construcción de la paz debía nacer del testimonio de su propia comunión.
Pero el Pontífice fue más allá. También los exhortó a permanecer cercanos al pueblo que les había sido confiado. Su ministerio, insistió, debía reflejar el estilo del Buen Pastor: un pastor que conoce a su rebaño, comparte sus alegrías y sufrimientos, acompaña a quienes más lo necesitan y anuncia, con valentía, la verdad del Evangelio.
Aquella cercanía pastoral no podía quedarse en el ámbito de las palabras. Debía traducirse en una presencia permanente entre las comunidades, en la defensa de la dignidad de toda persona humana y en un compromiso decidido con la evangelización de la cultura, de la familia y de la vida social.
San Juan Pablo II también animó al episcopado a fortalecer la acción evangelizadora de la Iglesia en Colombia, convencido de que el anuncio de Jesucristo constituye la respuesta más profunda a las heridas espirituales y sociales de cualquier pueblo. Para el Pontífice, la evangelización no podía reducirse a una actividad pastoral más; era la misión esencial de la Iglesia y el camino para renovar el corazón de las personas y transformar la sociedad desde sus fundamentos.
Esa convicción recorrió toda la peregrinación apostólica. En cada ciudad, en cada homilía y en cada encuentro con los distintos sectores de la sociedad, el Papa volvió una y otra vez sobre la necesidad de anunciar a Cristo como fuente de reconciliación, de justicia y de auténtica libertad.
Cuatro décadas después, aquellas palabras conservan una sorprendente actualidad. La Iglesia en Colombia continúa desarrollando su misión en un contexto que sigue planteando enormes desafíos pastorales y sociales. Persisten las heridas provocadas por la violencia, las desigualdades, la pobreza y las múltiples formas de exclusión. Al mismo tiempo, emergen nuevas realidades culturales que reclaman una presencia evangelizadora capaz de dialogar con el mundo sin renunciar a la verdad del Evangelio.
En ese escenario, el mensaje que San Juan Pablo II dirigió al episcopado colombiano continúa ofreciendo una hoja de ruta. Su invitación a fortalecer la comunión, vivir una auténtica cercanía con el pueblo, anunciar el Evangelio con renovado ardor y hacer de la Iglesia un signo creíble de esperanza mantiene plena vigencia para quienes hoy continúan la misión de anunciar a Jesucristo en Colombia.
Un legado que sigue caminando con Colombia
Si algo caracterizó la peregrinación apostólica de San Juan Pablo II fue su capacidad para leer la realidad del país desde la esperanza cristiana. Nunca ignoró las dificultades que atravesaba Colombia. Por el contrario, las miró de frente. Reconoció el dolor provocado por la violencia, la pobreza, las injusticias y las tragedias que golpeaban a miles de familias. Sin embargo, nunca permitió que esas realidades tuvieran la última palabra.
Su mensaje fue siempre una invitación a mirar más allá del sufrimiento inmediato para descubrir la fuerza transformadora del Evangelio. Por eso, habló insistentemente de reconciliación cuando el país parecía atrapado en la confrontación; de dignidad humana cuando tantas vidas eran vulneradas; de solidaridad cuando miles de personas sufrían las consecuencias del abandono; y de esperanza cuando el desaliento amenazaba con imponerse.
Esa es, precisamente, la razón por la que los Siete Días Blancos siguen ocupando un lugar privilegiado en la memoria de la Iglesia y de Colombia. No fueron únicamente siete días de multitudinarias celebraciones. Fueron siete días en los que el Evangelio resonó con fuerza en medio de una nación que necesitaba volver a creer que era posible construir un futuro distinto.
Cuarenta años después, ese llamado permanece vigente. Las circunstancias históricas han cambiado, pero el desafío continúa siendo el mismo: hacer de la Iglesia una presencia cercana a quienes sufren, una comunidad que anuncia con alegría la Buena Nueva y una servidora incansable de la reconciliación, la justicia y la paz.
Con el propósito de contribuir a esa memoria agradecida y de acercar a las nuevas generaciones a uno de los acontecimientos más significativos de la historia reciente de la Iglesia en Colombia, la Conferencia Episcopal presenta el especial audiovisual "40 años después: Los Siete Días Blancos de San Juan Pablo II en Colombia. El legado de una peregrinación que marcó la historia del país".
A través de imágenes históricas, registros originales y los propios mensajes pronunciados por San Juan Pablo II durante su recorrido por el país, esta producción propone redescubrir una peregrinación que no pertenece únicamente al pasado. Su legado continúa iluminando el presente y alentando el compromiso de la Iglesia con la evangelización, la reconciliación y la esperanza.
Vea el especial a continuación:
"Agua pasó por aquí, cate que no te vi"
Mié 14 Oct 2026
Con María en el mes de las misiones
Lun 5 Oct 2026
Jue 8 Oct 2026
Obispos eméritos de Colombia analizaron los desafíos de la inteligencia artificial a la luz de Magnifica Humanitas
Durante el encuentro anual, 18 obispos eméritos profundizaron en la encíclica Magnífica Humanitas, del papa León XIV, y compartieron reflexiones sobre la dignidad humana, la misión evangelizadora y las realidades que interpelan a la Iglesia en Colombia.Del 5 al 6 de octubre, 18 obispos eméritos de Colombia se reunieron en la sede de la Conferencia Episcopal de Colombia (CEC), en Bogotá, para reflexionar sobre los desafíos actuales de la Iglesia y compartir aportes desde su experiencia pastoral.Uno de los ejes centrales del encuentro fue el estudio de la encíclica Magnífica Humanitas, del papa León XIV, con especial atención a los interrogantes éticos y humanos que plantea el desarrollo de la inteligencia artificial y sus implicaciones para la misión evangelizadora de la Iglesia.El cardenal Jorge Enrique Jiménez Carvajal, arzobispo emérito de Cartagena, destacó la importancia de comprender estas transformaciones y discernir cómo aprovechar las posibilidades de la tecnología para anunciar el Evangelio, sin perder de vista el valor de la inteligencia humana y las capacidades que hacen posible la comunicación, el perdón y el amor.«El trabajo nuestro es anunciar la Buena Noticia de Jesucristo», señaló el cardenal, al explicar que los medios tecnológicos pueden contribuir a esta misión, pero también suscitan preguntas sobre el lugar de la persona humana en una sociedad cada vez más mediada por algoritmos y máquinas.Por su parte, monseñor Iván Marín López, arzobispo emérito de Popayán, invitó a leer y estudiar la encíclica, subrayando que la dignidad humana debe orientar el uso de los avances tecnológicos. También recordó la importancia de la doctrina social de la Iglesia y sus principios en ámbitos como el trabajo, la familia y la educación.En este contexto, monseñor Marín expresó la necesidad de promover criterios claros para el uso de la inteligencia artificial en los entornos educativos, de manera que los estudiantes puedan aprovechar estas herramientas sin perder su capacidad de pensar críticamente ni quedar expuestos a la manipulación.Una reflexión que parte de la experiencia pastoralEl encuentro también permitió compartir experiencias y reflexiones sobre distintas situaciones eclesiales y sociales que interpelan a la Iglesia, así como dialogar sobre los desafíos de la evangelización y el servicio pastoral en el país.La jornada fue coordinada por el cardenal Jorge Enrique Jiménez Carvajal y monseñor Iván Marín López, con el acompañamiento de la Presidencia de la CEC y del Departamento de Animación de la Comunión y la Sinodalidad.Al explicar el sentido de esta reunión, monseñor Marín destacó los vínculos espirituales, afectivos y pastorales que unen a los obispos eméritos, así como su interés por mantenerse al tanto de la vida de la Iglesia, estudiar los documentos del Papa y de la Conferencia Episcopal y continuar aportando desde sus posibilidades.El cardenal Jiménez, por su parte, describió esta etapa como una oportunidad para recordar el camino recorrido y renovar el sentido del servicio a las comunidades, especialmente a las personas necesitadas de orientación y esperanza.Un servicio pastoral que continúaAunque han concluido su responsabilidad directa en el gobierno de una diócesis, muchos obispos eméritos mantienen una participación activa en la vida de la Iglesia: acompañan procesos pastorales, orientan retiros espirituales, ofrecen conferencias y apoyan a comunidades en sus lugares de residencia.Actualmente, la Iglesia en Colombia cuenta con 49 obispos eméritos. El encuentro, que se realiza anualmente en la sede de la CEC, busca ofrecerles un espacio de reflexión conjunta y recoger sus aportes para la misión pastoral de la Iglesia en el país.La reunión concluyó con el propósito de seguir poniendo la experiencia, el conocimiento y la vida de oración de los obispos eméritos al servicio de la Iglesia, en comunión con sus pastores y con los desafíos de la evangelización en el contexto actual.
Mié 7 Oct 2026
Presidente del Episcopado Colombiano participa en encuentro sobre las familias convocado por el papa León XIV en el Vaticano
Monseñor Francisco Javier Múnera Correa, arzobispo de Cartagena y presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, participa en este encuentro convocado por el papa León XIV, que reúne del 7 al 14 de octubre a presidentes de Conferencias Episcopales, representantes de las Iglesias Católicas Orientales, parejas, familias y expertos.El papa León XIV inauguró este miércoles 7 de octubre, en la Sala Pablo VI del Vaticano, el encuentro “Diez años después de Amoris laetitia: anunciar el Evangelio con las familias de hoy”, convocado con motivo del décimo aniversario de la exhortación apostólica del papa Francisco sobre el amor en la familia.En esta cita participa monseñor Francisco Javier Múnera Correa, arzobispo de Cartagena y presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, junto con representantes de las Conferencias Episcopales de distintos países, de las Iglesias Católicas Orientales, parejas, familias y expertos.El encuentro se desarrolla hasta el 14 de octubre como un espacio de escucha, diálogo y discernimiento pastoral sobre las transformaciones que viven las familias y sobre las respuestas que la Iglesia está llamada a ofrecer ante estos nuevos escenarios. La iniciativa busca recoger las experiencias de las Iglesias locales durante los últimos diez años y reconocer caminos que permitan anunciar el Evangelio a las familias y con las familias.Durante la apertura, el papa León XIV invitó a los participantes a escuchar atentamente la experiencia concreta de las familias y a dejarse interpelar por sus realidades, especialmente por aquellas marcadas por la fragilidad, pero también por la esperanza y la capacidad de resiliencia. “Sin duda, tenemos mucho que aprender de las familias”, señaló el Pontífice, al plantear la necesidad de discernir cómo las experiencias actuales pueden orientar la acción pastoral de la Iglesia.El Papa puso especial atención en las nuevas generaciones y en las circunstancias que inciden en sus decisiones sobre el amor, el matrimonio y la vida familiar. Entre ellas mencionó la inseguridad económica, la migración, la violencia, la soledad y otras formas de fragilidad emocional, que pueden afectar las posibilidades que los jóvenes imaginan para su futuro.En este contexto, León XIV llamó a preguntarse qué buscan las personas en medio de los cambios culturales, qué revelan sus alegrías, esperanzas, tristezas y preocupaciones, y en qué medida el lenguaje y las prácticas pastorales de la Iglesia logran acompañarlas y abrir caminos.Cinco ejes para el discernimiento pastoralEl itinerario temático propuesto para el encuentro está estructurado en cinco núcleos de reflexión, que parten de la experiencia concreta de las familias y de la acción de las Iglesias locales.El primero aborda “Las familias de hoy: realidad, belleza y desafíos”, con el propósito de discernir los signos de los tiempos a partir de sus experiencias y del compromiso pastoral de la Iglesia. El segundo se concentra en los jóvenes y el descubrimiento de la vocación matrimonial, buscando identificar formas de acompañarlos en el reconocimiento del valor del matrimonio.El tercer eje propone profundizar en la vida matrimonial, particularmente en los primeros años, como un periodo decisivo para consolidar el vínculo y afrontar los cambios propios del comienzo de la vida familiar. El cuarto está dedicado a las familias que atraviesan situaciones de dificultad, con especial atención al acompañamiento de quienes viven experiencias de sufrimiento, abandono, separación, divorcio, pobreza o violencia.Finalmente, el quinto eje plantea a las familias cristianas como sujetos de la misión de la Iglesia, reconociendo su aporte a la transmisión de la fe, al acompañamiento de otras familias y a la vida de las comunidades cristianas y de la sociedad.Estos temas serán abordados mediante testimonios, meditaciones, presentaciones, conversaciones, trabajos en grupo y momentos de oración, en un ambiente de discreción y confidencialidad.Una mirada pastoral hacia los próximos añosSegún ha explicado el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida encuentro no constituye una nueva Asamblea del Sínodo de los Obispos ni busca elaborar un documento que sustituya a Amoris laetitia. Las reflexiones serán recogidas posteriormente en un informe elaborado por una comisión, que será discutido por la Asamblea y entregado al Santo Padre.A diez años de la exhortación apostólica, el propósito es reconocer lo que las Iglesias locales han aprendido en el acompañamiento a las familias y discernir nuevos caminos pastorales frente a realidades como las guerras, las migraciones, las crisis sanitarias, la soledad y otras situaciones que han transformado la vida familiar.
Mar 6 Oct 2026
Convenio entre la Diócesis de Santa Marta y UNIMAGDALENA abre agenda de cooperación para el territorio
El convenio, liderado por monseñor José Mario Bacci Trespalacios, abre una agenda de cooperación en formación académica, investigación, patrimonio, innovación y proyección social, con impacto en el territorio.La Diócesis de Santa Marta y la Universidad del Magdalena (UNIMAGDALENA) establecieron un convenio marco de cooperación académica que articula las capacidades de ambas instituciones para desarrollar acciones de formación, investigación, preservación del patrimonio, innovación y proyección social al servicio de las comunidades del territorio.La iniciativa, suscrita por el rector de UNIMAGDALENA, Pablo Vera Salazar, y el obispo de Santa Marta, monseñor José Mario Bacci Trespalacios, refleja la voluntad de la Diócesis de fortalecer su capacidad de servicio mediante la articulación con una institución de educación superior de la región. El convenio tendrá vigencia hasta el 31 de diciembre de 2028.Más que una alianza centrada exclusivamente en actividades académicas, el acuerdo plantea una agenda de trabajo que vincula las necesidades institucionales y territoriales de la Diócesis con el conocimiento y las capacidades profesionales, científicas y tecnológicas de la Universidad del Magdalena.Una apuesta de la Diócesis por fortalecer su servicio al territorioEl convenio contempla la vinculación de estudiantes a escenarios reales de aprendizaje mediante prácticas, pasantías y proyectos académicos, así como espacios de acompañamiento y mentoría, trabajos de grado y proyectos interdisciplinarios relacionados con las necesidades de la Diócesis.De acuerdo con el documento suscrito, la iniciativa también permitirá formular proyectos conjuntos de investigación, participar en convocatorias de financiación y sistematizar experiencias institucionales como insumo para procesos académicos e investigativos.Para monseñor José Mario Bacci Trespalacios, esta articulación representa una oportunidad para potenciar las capacidades de servicio de la Diócesis en todo su territorio, aprovechando la diversidad de programas y la formación profesional que ofrece UNIMAGDALENA.Esta perspectiva pone de manifiesto un rasgo central de la iniciativa: la Diócesis no se limita a recibir los beneficios de la cooperación académica, sino que pone a disposición su experiencia, sus espacios, sus necesidades institucionales y su presencia en el territorio para generar procesos formativos y proyectos con impacto social.El propio convenio reconoce a la Diócesis de Santa Marta como una institución con una importante presencia histórica, social y cultural en el territorio, vinculada a la construcción de tejido social, la promoción de valores y el acompañamiento a comunidades.El patrimonio de la Iglesia, al servicio de la memoria y la investigaciónUno de los componentes de mayor alcance del convenio es la gestión y preservación del patrimonio histórico y documental que custodia la Diócesis de Santa Marta.El acuerdo reconoce el valor de este acervo para la memoria institucional, cultural y territorial, y plantea desarrollar procesos de identificación, valoración, organización, conservación, investigación y puesta en valor de los documentos históricos. También contempla estrategias pedagógicas y culturales para favorecer su apropiación social y la generación de contenidos que permitan difundir este patrimonio.En este campo, la cooperación abre posibilidades para que el patrimonio que la Iglesia ha custodiado a lo largo del tiempo pueda ser estudiado y aprovechado desde distintas disciplinas, contribuyendo a una comprensión más amplia de la historia y la identidad del territorio.La Diócesis ha manifestado, además, su interés en avanzar en la profesionalización del trabajo relacionado con su archivo para poner este patrimonio a disposición de la comunidad científica. Esta disposición encuentra en el Programa de Historia y Patrimonio de UNIMAGDALENA una capacidad académica específica para la investigación histórica, la gestión patrimonial y el manejo de fuentes documentales.Formación e innovación para responder a necesidades concretasEl convenio también incorpora una dimensión de innovación y transformación digital. Las partes podrán impulsar procesos de digitalización, organización y acceso a la información, especialmente para la preservación del patrimonio documental, así como desarrollar plataformas y soluciones tecnológicas para facilitar la consulta y difusión de contenidos históricos y culturales.A esto se suma la posibilidad de que estudiantes y profesionales desarrollen experiencias de aprendizaje en contextos reales, vinculadas con las necesidades de la Diócesis y con los objetivos de formación establecidos por la Universidad.De esta manera, la cooperación busca generar un intercambio de capacidades en doble vía: mientras los estudiantes encuentran nuevos escenarios para fortalecer su formación y compromiso social, la Diócesis puede incorporar conocimientos y herramientas que contribuyan al fortalecimiento de sus procesos institucionales y pastorales.La alianza también abre la posibilidad de desarrollar iniciativas relacionadas con el bienestar y el trabajo comunitario, como procesos de alfabetización, fortalecimiento de competencias, orientación vocacional, promoción de la salud y acompañamiento integral, según las líneas de trabajo que posteriormente se concreten mediante instrumentos específicos.Una Iglesia que articula capacidades para servirLa iniciativa de la Diócesis de Santa Marta se inscribe en una perspectiva de cooperación que busca poner distintas capacidades al servicio de las personas y de las comunidades. En este caso, la articulación con UNIMAGDALENA permite conectar la experiencia y presencia territorial de la Iglesia con el conocimiento académico, científico y tecnológico de una universidad pública de la región.El convenio establece así una hoja de ruta para pasar del diálogo institucional a proyectos concretos de formación, investigación, preservación de la memoria, innovación y acción social. Las partes acordaron desarrollar estas líneas de manera conjunta, sin excluir otras posibilidades de cooperación que permitan alcanzar el objeto del acuerdo.
Mar 6 Oct 2026
Iglesias de Colombia y Ecuador avanzan hacia una agenda común para consolidar la pastoral fronteriza
El Segundo Encuentro Binacional de Pastoral Fronteriza se desarrolla del 5 al 8 de octubre en Tumaco, con la participación de obispos y agentes pastorales de ambos países. El encuentro da continuidad al proceso de articulación retomado en abril en Tulcán, donde representantes de las Iglesias, organizaciones sociales, autoridades, academia y cooperación analizaron los desafíos de seguridad y las nuevas dinámicas de violencia en la frontera colombo-ecuatoriana.La Iglesia Católica de Colombia y Ecuador inició en Tumaco (Nariño) el Segundo Encuentro Binacional de Pastoral Fronteriza, un espacio de trabajo que busca fortalecer la respuesta eclesial ante las realidades que viven las comunidades en los territorios de frontera.Por Colombia participan monseñor Franklin Misael Betancourt, obispo de Tumaco; monseñor José Saúl Grisales Grisales, obispo de Ipiales; y monseñor Juan Carlos Cárdenas Toro, obispo de Pasto. Por Ecuador participa monseñor Carlos Yepes Naranjo, obispo de Tulcán. También acompañan el encuentro monseñor Juan Carlos Barreto, presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social; el padre Diego Meza, director del Secretariado Nacional de Pastoral Social-Cáritas Colombiana; y el equipo de Cáritas Ecuador.Tras la llegada de los participantes el 5 de octubre, este martes inició la agenda de trabajo con una revisión del camino recorrido y una lectura compartida de las dinámicas actuales de la frontera. En esta primera etapa participan 43 representantes de las jurisdicciones y equipos de pastoral social de ambos países.La jornada contempla el análisis de las coincidencias, tensiones y vacíos presentes en los territorios, así como un trabajo por nodos territoriales para identificar situaciones que requieren una respuesta conjunta. El propósito es pasar de la lectura de la realidad a la definición de prioridades binacionales y líneas de acción.Una agenda para los próximos añosEl encuentro busca avanzar en la consolidación de la Pastoral Fronteriza Colombia–Ecuador mediante la definición de prioridades, líneas de trabajo y mecanismos de articulación. Entre los resultados esperados está establecer una agenda común frente a situaciones que, por su carácter binacional, no pueden ser abordadas de manera aislada por una sola jurisdicción.Las líneas de acción que se definan deberán orientar el trabajo conjunto durante los próximos dos o tres años. Asimismo, los participantes buscarán acordar una estructura mínima de articulación, sus responsabilidades y mecanismos de funcionamiento, o alternativas que permitan garantizar la continuidad del proceso.Este proceso tiene como antecedente el Primer Encuentro Binacional de Pastorales Sociales de Colombia y Ecuador, realizado en Ipiales en julio de 2017, que permitió, especialmente, intercambiar experiencias sobre movilidad humana y abordar el seguimiento al proceso de paz. Desde entonces, las Iglesias de ambos países han mantenido espacios de diálogo y coordinación permanente frente a los desafíos de estos territorios.Además, este encuentro da continuidad al proceso retomado en el mes de abril en Tulcán, donde se analizaron los desafíos que enfrenta la frontera ante las nuevas dinámicas de violencia, las economías ilícitas y las afectaciones a las comunidades.El trabajo de este Segundo Ecuentro Binacional continuará el 7 y 8 de octubre con la construcción de una propuesta de fortalecimiento de la Pastoral Fronteriza tras los acuerdos del primer día de la Asamblea. Esta fase será dinamizada por la organización católica alemana de cooperación internacional para el desarrollo AGIAMONDO y el Secretariado Nacional de Pastoral Social-Cáritas Colombiana.Rueda de prensaLa jornada de este 6 de octubre contempla, además, una rueda de prensa a las 4:30 p.m., que será transmitida a través de la página de facebook de la Diócesis de Tumaco. En ella, se socializarán los primeros resultados y llamados del encuentro. Participarán representantes de las jurisdicciones de Tumaco e Ipiales y del Secretariado Nacional de Pastoral Social-Cáritas Colombiana.