SISTEMA INFORMATIVO
EL ARS CELEBRANDI COMO PRINCIPIO RENOVADOR DE LA CELEBRACIÓN LITÚRGICA. DIAGNÓSTICO Y PROPUESTA FORMATIVA PARA LA DIÓCESIS DE SONSÓN–RIONEGRO (COLOMBIA)
Tags: ARS CELEBRANDI iglesia católica colombiana celebración litúrgica diocesis sonson rionegro
Por: Jairo de Jesús Ramírez Ramírez -
Resumen
El artículo presenta los resultados de una investigación teológico-pastoral que se pregunta cómo puede el ars celebrandi convertirse en principio renovador de la celebración litúrgica en una Iglesia particular. Siguiendo el método ver–juzgar–actuar, asumido como contemplar y escuchar, iluminar y discernir, y orientar e impulsar, el estudio articula tres momentos. Primero, un diagnóstico de la práctica celebrativa de la Diócesis de Sonsón–Rionegro (Colombia), basado en la memoria documental diocesana, en un ejercicio de escucha eclesial con cerca de setecientos agentes de pastoral y en la observación directa de celebraciones parroquiales; de él se derivan ocho desafíos pastorales. Segundo, una fundamentación teológica del ars celebrandi a partir de Sacrosanctum Concilium, el magisterio posconciliar y la teología litúrgica contemporánea, que permite comprenderlo como principio teológico-pastoral y no como técnica celebrativa. Tercero, la propuesta de una Escuela Diocesana de Pastoral Litúrgica como mediación formativa. El artículo sostiene que el ars celebrandi se convierte en principio renovador cuando deja de ser una noción implícita y se transforma en objeto de formación sistemática.
Palabras clave: ars celebrandi; formación litúrgica; actuosa participatio; Sacrosanctum Concilium; pastoral litúrgica; Iglesia particular.
1. Introducción
La reforma litúrgica del Concilio Vaticano II puso en el centro de la vida eclesial la participación «plena, consciente y activa» de los fieles en la celebración (SC 14). Más de sesenta años después de la promulgación de Sacrosanctum Concilium, el magisterio no ha dejado de señalar que la recepción de ese ideal depende, en buena medida, de la formación litúrgica del Pueblo de Dios. La Iglesia dispone hoy de una riqueza extraordinaria de documentos, estudios y propuestas formativas; sin embargo, ese conocimiento no siempre alcanza la vida concreta de las comunidades.
En ese contexto, la noción de ars celebrandi ha adquirido un relieve particular. Presente de modo implícito en la tradición litúrgica de la Iglesia, recibe una formulación explícita en la exhortación apostólica Sacramentum Caritatis de Benedicto XVI, según la cual el ars celebrandi «proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud» (SCa 38), y es retomada por el papa Francisco en la carta apostólica Desiderio desideravi, que lo sitúa más allá tanto de la mera observancia de las rúbricas como de la creatividad arbitraria (Dd 48–49). Recientemente, León XIV ha acentuado estas orientaciones, insistiendo en la dimensión mistagógica de la liturgia y en la responsabilidad de las instancias diocesanas de pastoral litúrgica (León XIV 2025).
Desde antes de su incorporación al magisterio, el concepto ha suscitado una amplia reflexión teológica. La XXXI Jornada de la Asociación Española de Profesores de Liturgia (Pamplona, 2006) le dedicó sus trabajos (AEPL 2008). En ese marco, Pedro Farnés Scherer lo leyó desde la teología de las rúbricas (Farnés Scherer 2008), Juan Javier Flores como creatividad en la fidelidad (Flores 2008), y Carlos Martínez de Tejada y Ángel Fontcuberta Díaz desde la belleza como elemento constitutivo de la celebración (Martínez de Tejada 2008; Fontcuberta Díaz 2008). Félix María Arocena lo describe como la «llave maestra» para la participación plena en el misterio de la liturgia (Arocena 2006, 89). Maurizio Barba lo vincula a la presidencia litúrgica (Barba 2016), mientras Juan José Silvestre y Aurelio García Macías subrayan su carácter mistagógico (Silvestre 2016; García Macías s. f.). Albert Malcolm Ranjith y Robert Sarah ofrecen una lectura centrada en la hermenéutica de la continuidad y en la sacralidad del rito (Ranjith 2008; Sarah 2016). En el contexto latinoamericano y colombiano, Leonardo J. Rodríguez Jiménez, Juan David Muriel Mejía y Ferney Alonso Castañeda Marín lo proponen como proceso formativo sensible a las realidades de las Iglesias locales (Rodríguez Jiménez 2011; Muriel Mejía 2018; Castañeda Marín 2022).
Esa reflexión, sin embargo, se ha desarrollado sobre todo en un plano general. No se encuentran propuestas que presenten el ars celebrandi como principio de renovación de la celebración litúrgica en una Iglesia particular, con su historia, sus fortalezas, sus fragilidades y su propia manera de celebrar. Este artículo quiere contribuir a llenar ese vacío. Presenta los resultados de una investigación doctoral situada en la Diócesis de Sonsón–Rionegro, en el oriente antioqueño (Colombia), y responde a la siguiente pregunta: ¿cómo se convierte el ars celebrandi en principio renovador de la celebración litúrgica en una Iglesia particular?
La investigación parte de una convicción: la liturgia no se renueva solamente mediante documentos, normas o cambios estructurales, sino cuando una comunidad aprende a celebrar el Misterio de Cristo con verdad, dignidad, participación y belleza. La hipótesis que se sostiene es que el ars celebrandi se convierte en principio renovador precisamente cuando deja de ser una noción implícita y se transforma en objeto de formación sistemática.
El artículo se organiza en cinco partes. Tras exponer la metodología (apartado 2), presenta el diagnóstico de la práctica celebrativa diocesana y los ocho desafíos pastorales que de él se derivan (apartado 3). Luego ofrece la fundamentación teológica del ars celebrandi y su relación con la presidencia litúrgica (apartado 4). A continuación, describe la propuesta formativa de una Escuela Diocesana de Pastoral Litúrgica (apartado 5). Finalmente, discute la correspondencia entre diagnóstico y propuesta, los límites del estudio y sus proyecciones (apartados 6 y 7).
2. Metodología
Se trata de una investigación cualitativa, teológico-pastoral y hermenéutica, que integra análisis documental, observación de la praxis y discernimiento eclesial. Sigue el método ver–juzgar–actuar, de amplia tradición en la teología pastoral latinoamericana desde Medellín (CELAM 1968), reformulado como contemplar y escuchar, iluminar y discernir, y orientar e impulsar. Esta reformulación encuentra fundamento en el documento conclusivo de la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe, que reconoce cómo las acciones del método, relacionadas circularmente, han recibido nuevos acentos: la escucha de las voces del Espíritu, el discernimiento a la luz del Evangelio y el «desborde creativo» que abre nuevos caminos pastorales (CELAM 2021, 28).
2.1. Delimitación del contexto
El horizonte inicial de la investigación era el ars celebrandi en general. Las observaciones de los evaluadores del proyecto llevaron a delimitar el contexto eclesial y a incorporar un trabajo de campo. Esta delimitación resultó decisiva: permitió pasar de una reflexión general a la pregunta por lo que significa este principio en una Iglesia concreta.
La Diócesis de Sonsón fue erigida por Pío XII mediante la bula In Apostolici Muneris, el 18 de marzo de 1957 (Pío XII 1957). En 1968, Pablo VI concedió al templo de San Nicolás el Magno, en Rionegro, el título de concatedral mediante la bula Quamquam Apostoli, de donde procede la denominación conjunta de Sonsón–Rionegro (Pablo VI 1968). Según el Plan Pastoral 2026–2030, la diócesis está conformada por 75 parroquias en 21 municipios del oriente antioqueño, con una población aproximada de 728.580 habitantes; cuenta con 495 presbíteros incardinados —371 en el territorio diocesano y 124 en otras Iglesias particulares y territorios de misión—, 97 seminaristas en formación inicial, 16 diáconos permanentes y 406 religiosos y religiosas pertenecientes a 63 comunidades (Diócesis de Sonsón–Rionegro 2025, 27, 33).
2.2. Fuentes documentales
Para reconstruir la memoria celebrativa de la diócesis se analizaron cinco conjuntos de fuentes:
1. el Boletín Diocesano, publicado desde 1957 y que en 1971 pasó a llamarse Vida Diocesana, testigo de la preocupación constante de los obispos por la celebración litúrgica;
2. dos publicaciones conmemorativas: Diócesis de Sonsón–Rionegro. 40 años de historia (Toro Rodríguez 1997) y Huellas de una Iglesia (Aristizábal 2007), escritas con ocasión de los cuarenta y cincuenta años de la diócesis;
3. los Planes Diocesanos de Pastoral, sistemáticos desde 1995, junto con el Informe Pastoral 2011–2016, hasta el Plan Pastoral 2026–2030;
4. el Directorio de Pastoral Sacramental, promulgado en 2022 (Diócesis de Sonsón–Rionegro 2022);
5. la producción pastoral de los obispos, en particular la de Alfonso Uribe Jaramillo sobre el sacerdocio y la renovación carismática (Córdoba 2018) y los dos volúmenes del magisterio episcopal de Ricardo Tobón Restrepo (Tobón Restrepo 2010).
2.3. Trabajo de campo
A la memoria documental se sumaron dos instrumentos de campo, aplicados a lo largo de 2025 y sistematizados en un documento de uso interno.
El ejercicio de escucha eclesial consultó a cerca de setecientas personas —sacerdotes, diáconos permanentes, seminaristas, religiosos y religiosas, ministros extraordinarios de la comunión, sacristanes y otros laicos— en diversos encuentros del calendario diocesano. El instrumento retomó selectivamente tres categorías del análisis FODA (fortalezas, debilidades y desafíos), sin aplicar la herramienta en su forma completa, y se dinamizó mediante dos preguntas orientadoras: ¿qué significa para usted celebrar la liturgia? y ¿cómo percibe la celebración litúrgica en su parroquia? Las respuestas se sistematizaron y categorizaron según los componentes de la celebración —asamblea, ministros, Palabra de Dios, acciones y símbolos, canto, espacio y tiempo—, con un enfoque orientado al discernimiento más que a la medición estadística.
La observación directa se realizó en el marco de las visitas pastorales del obispo a las parroquias —en particular mediante la estrategia diocesana «Vamos a visitar a los hermanos»— y de jornadas pastorales con acólitos, ministros extraordinarios de la comunión, proclamadores de la Palabra, coros y comunidades eclesiales. Incluyó celebraciones eucarísticas dominicales, sacramentos de iniciación cristiana, matrimonios, exequias y celebraciones del año litúrgico. Fue intencionalmente cualitativa y no exhaustiva, y se guio por seis criterios: la asamblea celebrante, los ministros y su modo de presidir, la proclamación de la Palabra, las acciones y los signos rituales, el canto litúrgico y el espacio celebrativo. Estos criterios no se aplicaron como lista de control técnico, sino como claves hermenéuticas para leer la celebración en su conjunto.
2.4. Fundamentación teológica
El segundo momento es de carácter hermenéutico-teológico. Se apoya en la Constitución Sacrosanctum Concilium como fuente primera y fundante, en el Catecismo de la Iglesia Católica, en el magisterio de Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y León XIV, en documentos de la Santa Sede y del episcopado latinoamericano, y en la teología litúrgica contemporánea sobre la celebración y el ars celebrandi.
3. Resultados: una celebración viva que necesita ser formada
3.1. Una tradición celebrativa
La historia de la diócesis muestra una preocupación constante por la celebración litúrgica. Alberto Uribe Urdaneta impulsó la predicación y el cuidado de la celebración mediante guiones homiléticos y jornadas de estudio. Alfredo Rubio Díaz introdujo con prudencia las reformas conciliares, creó las comisiones de Liturgia, Arte Sacro y Música Sacra y promovió el estudio de Sacrosanctum Concilium. Alfonso Uribe Jaramillo impregnó la acción litúrgica de su amor por el sacerdocio de Cristo y de la renovación en el Espíritu. Flavio Calle Zapata impulsó la pastoral planificada y creó la Delegación de Liturgia. Ricardo Tobón Restrepo insistió en una celebración seria, sencilla y hermosa, en el canto conforme al espíritu de la liturgia y en la calidad homilética. Fidel León Cadavid Marín promulgó el Directorio de Pastoral Sacramental.
3.2. Fortalezas
La celebración litúrgica constituye un rasgo identitario profundo de la diócesis. La escucha eclesial muestra una valoración profundamente positiva de la liturgia como lugar de encuentro con Cristo: aun sin un lenguaje teológico elaborado, los fieles la experimentan como momento fontal que renueva la vida y como centro irrenunciable de la vida cristiana dominical, expresión del sensus fidei del Pueblo de Dios (Comisión Teológica Internacional 2014). La observación directa confirma una alta frecuencia celebrativa y una participación significativa, especialmente en la Eucaristía dominical, las solemnidades y las celebraciones sacramentales, así como experiencias celebrativas preparadas, solemnes y bellas, con uso fiel de los libros litúrgicos. La liturgia ha sido, para muchas generaciones de esta Iglesia particular, una verdadera hoguera encendida en medio de la casa de Dios: un fuego en el que se han calentado familias y comunidades enteras. A ello se suma una notable fecundidad vocacional.
Por eso, el problema de investigación no parte de una ausencia de vida litúrgica, sino de la necesidad de cuidar, profundizar y formar la vida litúrgica que ya existe.
3.3. Fragilidades
Los planes pastorales registran, de manera reiterada, tensiones en la vida litúrgica. El Plan 1995–2000 reconocía la necesidad de «dar un mayor sentido litúrgico y unidad a las celebraciones» (Diócesis de Sonsón–Rionegro 1994, 71). El de 2001–2005 señalaba «una deficiente educación en la fe» (Diócesis de Sonsón–Rionegro 2000, 54). El de 2006–2010 diagnosticaba «una liturgia rutinizada, con participación muy pasiva» (Diócesis de Sonsón–Rionegro 2005, 5). El de 2011–2015 afirmaba que «nuestras celebraciones se tornan, en ocasiones, rutinarias; la gente no participa como debiera y muchos no comprenden el valor y significado de los ritos» (Diócesis de Sonsón–Rionegro 2010, 78). Y el Informe Pastoral 2011–2016 reconocía que «la pastoral litúrgica no alcanzó las metas» (Diócesis de Sonsón–Rionegro 2016, 253). Resulta además revelador que el Plan Pastoral 2026–2030, pese a su riqueza sinodal, mencione la liturgia una sola vez, para fundamentar la centralidad de la Eucaristía (Diócesis de Sonsón–Rionegro 2025, 81).
El trabajo de campo confirma y precisa estas percepciones. La escucha señala la falta de formación litúrgica de ministros y fieles, la improvisación, celebraciones poco expresivas, homilías moralizantes o normativas más que formativas, cantos inapropiados —sobre todo en matrimonios y exequias—, el afán de protagonismo de algunos ministros laicos, la escasez de silencio y de servidores, y la diversidad de criterios entre parroquias. La observación directa constata la introducción de textos ajenos a los libros litúrgicos, modificaciones arbitrarias de la estructura celebrativa, presidencias con exceso de intervenciones verbales que fragmentan el ritmo, homilías poco preparadas, cantos que no corresponden al tiempo litúrgico ni al rito, un ritmo acelerado con escasos espacios de silencio, gestos poco expresivos, libros litúrgicos desactualizados y ornamentos que no favorecen la dignidad del signo.
Entre ambos instrumentos se da una convergencia sustancial: los mismos ámbitos críticos señalados en la escucha —presidencia, uso de los libros, homilía, música y coherencia simbólica— aparecen descritos en la observación. Las dificultades del ars celebrandi no son, por tanto, meramente perceptivas, sino constatables en la práctica. Y no proceden, en general, de una voluntad de transgresión, sino de una formación litúrgica insuficiente y fragmentaria.
La diócesis cuenta con un marco normativo valioso en su Directorio de Pastoral Sacramental, que reclama «seriedad, unidad y fidelidad ritual» (Diócesis de Sonsón–Rionegro 2022, 30). Pero el diagnóstico muestra que la norma, por sí sola, no forma sujetos capaces de celebrar. Es necesario que la norma se convierta en conocimiento, el conocimiento en criterio, el criterio en hábito y el hábito en una verdadera cultura celebrativa. La lectura transversal de los datos pone de manifiesto un problema estructural: la diócesis no dispone de un proceso formativo orgánico y permanente que permita comprender, vivir e implementar el ars celebrandi.
3.4. Ocho desafíos pastorales
Del análisis se desprenden ocho desafíos pastorales:
1. profundizar la comprensión teológica de la liturgia, frente a su reducción a un acto funcional, devocional o social;
2. reconocer y educar al sujeto celebrante como asamblea eclesial, frente a la pasividad y la delegación excesiva en el ministro ordenado;
3. reafirmar la sacramentalidad de la celebración litúrgica, debilitada por la improvisación y la alteración arbitraria del rito;
4. impulsar una formación para la liturgia y desde la liturgia, frente a una formación fragmentaria u ocasional;
5. reintegrar el año litúrgico como eje estructurante de la acción evangelizadora;
6. cuidar el dinamismo celebrativo y el lenguaje simbólico;
7. promover la actuosa participatio desde el ars celebrandi;
8. formar el sentido eclesial de la celebración, frente a la diversidad de criterios y los protagonismos indebidos.
Estos desafíos constituyen el puente entre el diagnóstico y la propuesta: se convierten en criterio para el diseño de la mediación formativa que se presenta en el apartado 5.
4. Fundamentación teológica del ars celebrandi
4.1. La liturgia en la historia de la salvación
La liturgia se sitúa en la historia de la salvación y tiene su centro en el misterio pascual de Cristo. Sacrosanctum Concilium presenta la obra redentora de Cristo como cumplimiento del designio divino preparado en la Antigua Alianza y realizado plenamente en el misterio pascual (SC 5). El Catecismo profundiza esta misma verdad: Cristo continúa haciendo presente su misterio pascual en la liturgia (CCE 1085).
Por eso, celebrar no significa simplemente realizar correctamente una serie de acciones religiosas, sino entrar sacramentalmente en el Misterio.
4.2. La celebración como acción ritual de la Iglesia
Jean Corbón describe la celebración como «un momento fontal en que el Río de la Vida renueva, hace crecer y vivifica los árboles de Vida» (Corbón 2009, 120). Félix María Arocena la comprende como «la acción ritual que realiza la Iglesia cuando conmemora el Sacrificio pascual de Cristo, en su de una vez por todas histórico (éphapax), para hacerlo sacramentalmente presente en el cada vez litúrgico (hosákis), en el cada vez de una celebración en provecho de la asamblea» (Arocena 2006, 67).
Desde esta perspectiva, la celebración es obediencia al mandato del Señor: «Hagan esto en conmemoración mía» (Lc 22,19). Para que el Misterio acontezca sacramentalmente concurren tres dimensiones inseparables: anámnesis, epíclesis y doxología. La anámnesis —categoría de raíz bíblica (zikkaron), recuperada por Odo Casel (Casel 2001)— no es un recuerdo psicológico, sino la actualización sacramental del acontecimiento pascual de Cristo en el hoy de la celebración (CCE 1104), en la que el éphapax histórico se hace presente en el hosákis de cada celebración (Arocena 2006, 70). Esta categoría fue una de las aportaciones más sobresalientes de la teología del siglo XX y hoy está presente en todas las Plegarias Eucarísticas del Misal Romano.
4.3. Rito, símbolo, asamblea y tiempo
La celebración posee además una matriz simbólica. Si la celebración es la acción que pone en acto la liturgia, el rito es la acción que pone en acto la celebración. Para Arocena, el rito hace relación a regla, orden y ritmo, y se despliega mediante una gama de códigos comunicativos —la palabra, el gesto, el canto, el silencio, las vestiduras, la luz, los aromas— que involucran todos los sentidos (Arocena 2006, 112). El rito no es un obstáculo para la participación, sino la forma concreta mediante la cual la Iglesia custodia y comunica el Misterio. En palabras de Francisco, «el rito es en sí mismo una norma, y la norma nunca es un fin en sí misma, sino que siempre está al servicio de la realidad superior que quiere custodiar» (Dd 48).
Por medio de los ritos y las oraciones —per ritus et preces— los fieles pueden leer por dentro el misterio de la fe (SC 48). Aquí aparece la sacramentalidad de la liturgia: lo visible remite a lo invisible sin confundirse con él. El símbolo, observa Arocena, no solo ofrece una clave de lectura de la realidad creada, sino que es una vía muy apta para conducirnos al misterio de Dios (Arocena 2008, 9–21).
También aparece el sujeto de la celebración: la asamblea litúrgica. La asamblea no es una suma de individuos reunidos para asistir a un acto religioso, sino la Iglesia que celebra: un cuerpo diferenciado y jerarquizado, una comunidad sacerdotalmente constituida. El sacerdote que preside actúa in persona Christi et in nomine Ecclesiae, pero no sustituye a la asamblea. Como enseña el Catecismo, toda la asamblea es liturgo, cada cual según su función, en la unidad del Espíritu que actúa en todos (CCE 1144). Por eso la actuosa participatio no puede reducirse a hacer cosas: es una condición teológica del Pueblo de Dios bautizado.
El tiempo participa de esta misma dinámica. El año litúrgico constituye una verdadera mediación sacramental del misterio pascual y permite recorrer, celebración tras celebración, el itinerario entero de la salvación (SC 102). Al mismo tiempo, la celebración tiene una dimensión escatológica: anticipa la liturgia celestial y orienta la existencia cristiana hacia su cumplimiento último (SC 8).
Finalmente, la celebración no termina cuando concluye el rito: configura la vida. Es lo que llamamos espiritualidad litúrgica, la existencia cristiana que bebe de la liturgia como de su fuente y se deja modelar por ella. La recuperación de la unidad entre liturgia y vida fue una de las grandes aportaciones del Movimiento Litúrgico y encuentra su expresión magisterial en la afirmación conciliar según la cual la liturgia es «la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC 10).
4.4. La naturaleza del ars celebrandi
El ars celebrandi no se agota en una definición. Benedicto XVI lo presenta como fruto de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud (SCa 38). Francisco lo vincula a la comprensión del misterio que se celebra, capaz de conjugar fidelidad a la forma ritual con la expresión del significado simbólico y de la belleza de los ritos (Dd 48–49). Los autores estudiados acentúan la presidencia, la participación, la estética, la fidelidad ritual o la sabiduría litúrgica de la Iglesia. Para Arocena es «la llave maestra para la participación plena en el misterio de la liturgia» (Arocena 2006, 89); para Flores, la liturgia es el ars artium, en el que confluyen todas las artes al servicio de la glorificación de Dios (Flores 2008, 74); Castañeda Marín lo relaciona con la fidelidad a la sabiduría litúrgica de la Iglesia (Castañeda Marín 2022). En la formación del clero en Colombia, el autor de este artículo lo ha presentado como la «forma seria, sencilla y hermosa de realizar la celebración litúrgica».
Etimológicamente, ars —en griego téchne— remite a la virtud y la habilidad para hacer algo bien; santo Tomás lo define como recta ratio factibilium (Summa Theologiae I-II, q. 57). Ello confiere al ars celebrandi una orientación antropológica, sin desvincularlo de su referencia esencial al misterio. Ranjith advierte precisamente del riesgo de interpretarlo en un sentido puramente humanista, que minimice la dimensión de lo divino en favor de lo meramente funcional o expresivo (Ranjith 2008). En este diálogo conviene escuchar la lectura de Ranjith, secretario de la Congregación para el Culto Divino durante el pontificado de Benedicto XVI, y de Robert Sarah, prefecto de la misma Congregación entre 2014 y 2021, centrada en la hermenéutica de la continuidad y en la sacralidad del rito (Ranjith 2008; Sarah 2016). La investigación privilegia la lectura pastoral-participativa de la reforma del Vaticano II, pero lo hace en diálogo con esa otra lectura y no en oposición automática a ella.
partir de este diálogo entre las fuentes, se propone comprender el ars celebrandi como un principio teológico-pastoral que expresa la verdad del misterio celebrado y orienta la praxis celebrativa de la Iglesia hacia una participación consciente, activa y fructuosa de los fieles. No es una técnica celebrativa ni un conjunto de habilidades externas; tampoco es creatividad arbitraria ni mera observancia formal de las rúbricas. Es una actitud que compromete al conjunto de los bautizados (Dd 51) y que integra misterio, rito, asamblea, participación, espiritualidad, formación y vida. En este sentido, se revela como clave hermenéutica de la reforma litúrgica: permite leerla no en clave de ruptura ni de mera adaptación funcional, sino como profundización en la naturaleza misma de la liturgia.
4.5. Nueve dimensiones del ars celebrandi
La investigación explicita nueve dimensiones del ars celebrandi, cada una de las cuales responde a alguno de los desafíos diagnosticados:
1. Teológica: el ars celebrandi se funda en el misterio pascual y restituye a la celebración su espesor doctrinal frente a su reducción funcional.
2. Eclesial: la liturgia es acción pública de la Iglesia y no un acto privado; esta dimensión restituye la centralidad de la asamblea frente a la diversidad de criterios y los protagonismos.
3. Sacramental: la liturgia actúa mediante signos eficaces; el cuidado de la forma ritual custodia la transparencia del signo frente a gestos rutinarios y poco expresivos.
4. Pastoral: busca la participación activa, consciente y fructuosa y sitúa la celebración como fuente que alimenta la pastoral de conjunto.
5. Espiritual: celebrar bien exige fe, escucha y adoración en ministros y asamblea, de modo que la liturgia configure la vida del creyente.
6. Sinodal: la celebración convoca carismas y ministerios en un único acto ordenado y exige preparación compartida y corresponsabilidad.
7. Formativa y académica: requiere comprender la teología, la historia, los libros y el lenguaje de la liturgia; fundamenta directamente la propuesta formativa.
8. Estética: la belleza no es un adorno, sino manifestación de la gloria de Dios, frente a la pobreza simbólica y la banalización de los signos.
9. Normativa: la fidelidad a las normas custodia la autenticidad de la celebración y la comunión eclesial frente a la improvisación.
Estas dimensiones muestran que el ars celebrandi no pertenece exclusivamente al sacerdote que preside: compromete a toda la comunidad celebrante. León XIV, al concluir su ciclo de catequesis sobre Sacrosanctum Concilium, sintetizó este equilibrio al distinguir entre lo inmutable y lo variable en la liturgia, al afirmar que la participación de los fieles no puede ser pasiva y al pedir una liturgia fiel a las normas y de noble sencillez (León XIV 2026).
4.6. Ars celebrandi y presidencia litúrgica
Aunque el arte de celebrar concierne a toda la asamblea, el modo de presidir del ministro ordenado resulta decisivo para custodiar la integridad teológica del rito. La investigación lo articula en siete claves. La presidencia es, ante todo, servicio al misterio y a la asamblea, no protagonismo del ministro. Exige humildad y conciencia penitencial. Supone comprender y respetar el dinamismo propio de la celebración. Reclama el cuidado de los distintos elementos rituales. Pide vivir y expresar un estilo sinodal. Se sostiene en la vida espiritual del ministro. Y exige conocimiento y respeto de los libros litúrgicos. La presidencia, en definitiva, no consiste en ocupar el centro de la celebración, sino en hacer posible que Cristo permanezca en el centro.
5. Propuesta: la Escuela Diocesana de Pastoral Litúrgica
5.1. Una mediación formativa
El tercer momento de la investigación debía responder a una pregunta práctica: ¿cómo puede todo lo anterior convertirse en un principio efectivamente renovador? La respuesta es la propuesta de una Escuela Diocesana de Pastoral Litúrgica (EDPL). No se trata de añadir una nueva estructura pastoral por sí misma, sino de crear una mediación formativa capaz de hacer que el ars celebrandi pase de ser una noción conocida por algunos especialistas a convertirse en un criterio incorporado a la vida celebrativa de la comunidad.
5.2. La formación litúrgica en el magisterio
Esta conclusión se encuentra en continuidad con una preocupación constante del magisterio. Ya Mediator Dei, de Pío XII (1947), reclamaba la formación del clero en la inteligencia de los ritos sagrados, y el Concilio Vaticano II vinculó la formación litúrgica con la participación plena de los fieles (SC 14–19Juan Pablo II, en Vicesimus Quintus Annus (1988), la señaló como la tarea más urgente y de largo alcance.
El papa Francisco ha vuelto sobre ello en dos momentos. En febrero de 2014, en el mensaje enviado al cardenal Antonio Cañizares con ocasión del simposio por los cincuenta años de Sacrosanctum Concilium, afirmó que «aún queda mucho por hacer» para una correcta y completa asimilación de la Constitución, y precisó que se refería a una iniciación y formación litúrgica sólida y orgánica de los fieles laicos, del clero y de las personas consagradas (Francisco 2014). Ocho años más tarde dedicó a este asunto la carta apostólica Desiderio desideravi, sobre la formación litúrgica del Pueblo de Dios, donde afirma: «necesitamos una formación litúrgica seria y vital» (Dd 31). El propio Directorio diocesano recoge esta afirmación y pide articular «la formación para la liturgia y la formación desde la liturgia» (Diócesis de Sonsón–Rionegro 2022, 14).
La carencia identificada en la diócesis no constituye, por tanto, un fenómeno aislado: es la expresión local de una tarea que la Iglesia universal reconoce desde hace décadas.
5.3. Identidad y estructura
La Escuela se propone como una institución de la diócesis, vinculada orgánicamente a la Vicaría de Pastoral y abierta a otras jurisdicciones eclesiásticas de la región. Se concibe como mediación de la responsabilidad del obispo, principal dispensador de los misterios de Dios en la Iglesia particular (SC 41), y como instancia sinodal, con procesos de escucha, discernimiento comunitario y rendición de cuentas.
Se erigiría mediante decreto episcopal, en ejercicio de la potestad que el Código de Derecho Canónico reconoce al obispo diocesano para regir la Iglesia particular (CIC c. 391 § 1). El decreto determinaría su naturaleza pastoral y formativa, su dependencia orgánica, su finalidad, sus competencias y su régimen económico básico. Esta formalización le daría estabilidad jurídica, aseguraría su continuidad más allá de los cambios circunstanciales y evitaría que dependa del entusiasmo inicial.
La dirección sería confiada por el obispo, mediante decreto, a una persona con formación sólida en teología litúrgica —preferentemente con doctorado en Sagrada Liturgia— y con competencias comprobadas en el ars celebrandi. La acompañarían un Consejo Académico de tres a cinco miembros, con funciones consultivas y programáticas, y un secretario académico. La formación se organizaría en cinco áreas: fundamentos teológicos de la liturgia; la celebración litúrgica; el universo simbólico de la liturgia; el ars celebrandi; y la ministerialidad laical.
5.4. Itinerario formativo
El itinerario responde a tres principios —integralidad, progresividad y unidad teológico-pastoral— y se desarrolla en cuatro niveles semestrales, equivalentes a dos años académicos:
1. Nivel I. Fundamentos teológicos de la liturgia, centrado en el Misterio Pascual, la sacramentalidad y la naturaleza eclesial de la liturgia.
2. Nivel II. Ars celebrandi y praxis ritual, que estudia la naturaleza y los rasgos de la celebración —su estructura teológica, el rito, el sujeto, el espacio y el tiempo— y desarrolla competencias de presidencia, proclamación de la Palabra, lenguaje simbólico y uso de los libros litúrgicos.
3. Nivel III. Mistagogía y proyección pastoral, que articula la matriz simbólica, la espiritualidad litúrgica y la evangelización.
4. Nivel IV. Ministerios bautismales, orientado al discernimiento vocacional y a la maduración comunitaria.
Para los presbíteros en ejercicio se prevé una modalidad de actualización, distinta en ritmo y exigencia, que reconoce su experiencia pastoral, se concentra en los contenidos del Nivel II por su incidencia directa en la presidencia y se integra en espacios ya existentes del calendario diocesano. Cada nivel integra formación teológica, espiritual, ritual y mistagógica, con competencias específicas, estrategias pedagógicas mistagógicas y una evaluación que no se reduce a lo académico, sino que discierne la maduración celebrativa. La modalidad puede ser presencial, semipresencial o virtual complementaria; la certificación sería diocesana, con la posibilidad de convalidar créditos en la Universidad Católica de Oriente o en la Universidad Pontificia Bolivariana. La implementación se prevé en cuatro fases —preparatoria, fundacional, piloto y de consolidación— y contempla los recursos humanos, económicos y logísticos necesarios.
6. Discusión
6.1. Correspondencia entre diagnóstico y propuesta
La hipótesis de la investigación se verifica en la correspondencia entre el diagnóstico y el diseño curricular:
1. Ante la falta de comprensión teológica de la liturgia, el Nivel I ofrece una fundamentación centrada en el Misterio Pascual, la sacramentalidad y la eclesiología litúrgica.
2. Frente a la débil conciencia de la asamblea como sujeto celebrante, la participación pasiva y la improvisación que rompe la unidad sacramental, el Nivel II desarrolla competencias celebrativas y la fidelidad a la forma ritual de la Iglesia.
3. Ante la pobre integración del año litúrgico y la fragmentación de los procesos formativos, el Nivel III articula liturgia, espiritualidad y evangelización mediante una pedagogía mistagógica.
4. Frente a la débil conciencia eclesial de la liturgia y la insuficiente estructuración de la ministerialidad, el Nivel IV configura un espacio de discernimiento vocacional y maduración comunitaria.
5. La pobreza del lenguaje simbólico se atiende de modo transversal, mediante la formación en signos, símbolos, espacio litúrgico y música sacra, y la necesidad de una formación para la liturgia y desde la liturgia se responde con el carácter orgánico y progresivo de todo el itinerario.
La propuesta pastoral, por tanto, no está yuxtapuesta al diagnóstico: nace de él y responde a él. Ese vínculo entre realidad, teología y propuesta es el que permite sostener la tesis central del estudio.
6.2. Aporte
El aporte de la investigación es doble. En el plano teológico, ofrece una comprensión del ars celebrandi como principio teológico-pastoral articulado en nueve dimensiones, que supera su reducción a técnica de presidencia o a cumplimiento de rúbricas. En el plano pastoral, ofrece una propuesta original —no la aplicación mecánica de un modelo existente— nacida del diagnóstico de una Iglesia particular y fundamentada en la teología del ars celebrandi. La revisión bibliográfica no ha encontrado propuestas anteriores que presenten el ars celebrandi como principio de renovación de la celebración en una Iglesia particular mediante una estructura formativa estable.
6.3. Límites y proyecciones
El estudio tiene límites que conviene reconocer. Es una investigación situada en la realidad concreta de la Diócesis de Sonsón–Rionegro y no pretende formular una teoría general del ars celebrandi válida para toda la Iglesia. El trabajo de campo, recogido en 2025, es de carácter cualitativo y no estadístico. La propuesta de la Escuela está formulada y fundamentada, pero todavía no ha sido implementada ni evaluada empíricamente. Su continuidad dependerá, además, de contar con personas debidamente capacitadas y de superar las resistencias iniciales que puede encontrar toda estructura formativa nueva; por ello se propone una implementación progresiva y mecanismos explícitos de rendición de cuentas, como el informe semestral del director al obispo.
Quedan abiertas dos cuestiones para investigaciones posteriores: cómo evaluar, a mediano plazo, el impacto formativo de la Escuela en la calidad celebrativa parroquial, y cómo articular esta propuesta diocesana con procesos de formación litúrgica en el ámbito provincial, regional o nacional.
7. Conclusiones
La liturgia no es una actividad más de la Iglesia: es el lugar en el que Cristo reúne a su Iglesia, hace presente sacramentalmente su Pascua y comunica la gracia de la salvación. Por eso, formar para la liturgia no es una tarea secundaria; formar para la liturgia es formar para entrar en el Misterio.
La investigación muestra que el ars celebrandi puede renovar la celebración litúrgica de una Iglesia particular cuando se convierte en una cultura aprendida, asumida y vivida por la comunidad eclesial. Para ello no basta la norma: se requiere una mediación formativa sistemática que traduzca la norma en conocimiento, el conocimiento en criterio, el criterio en hábito y el hábito en cultura celebrativa.
Hacer del ars celebrandi un principio renovador significa ayudar a las comunidades a pasar de una participación simplemente habitual a una participación consciente, activa y fructuosa; de una celebración improvisada a una celebración comprendida; de una ejecución ritual a una verdadera experiencia del Misterio. La Escuela Diocesana de Pastoral Litúrgica quiere ser esa mediación: un espacio donde la Iglesia aprenda a comprender lo que celebra, a celebrar lo que cree y a vivir aquello que celebra.
Siglas
CCE: Catecismo de la Iglesia Católica.
CIC: Código de Derecho Canónico.
Dd: Francisco, carta apostólica Desiderio desideravi (2022).
SC: Concilio Vaticano II, constitución Sacrosanctum Concilium (1963).
SCa: Benedicto XVI, exhortación apostólica postsinodal Sacramentum Caritatis (2007).
VQA: Juan Pablo II, carta apostólica Vicesimus Quintus Annus (1988).
Referencias
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CELAM. 2021. Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe. Documento conclusivo. Bogotá: CELAM.
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Francisco. 2022. Desiderio desideravi. Carta apostólica sobre la formación litúrgica del Pueblo de Dios. Bogotá: San Pablo.
Juan Pablo II. 1988. Vicesimus Quintus Annus. Carta apostólica, 4 de diciembre.
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Pío XII. 1957. «Bula In Apostolici Muneris». Acta Apostolicae Sedis 49: 715.
Fuentes diocesanas
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Estudios
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Hacer memoria no es hacer un informe: León XIV propone releer, escuchar y discernir juntos
Por D.P. Bernardo Vanegas Luque - Detenerse, mirar lo vivido, reconocer los frutos y las dificultades y preguntarse juntos qué nos está mostrando el Espíritu. León XIV ofrece algunas claves que ayudan a comprender qué significa evaluar pastoralmente en una Iglesia sinodal.Durante la Asamblea Diocesana de Roma, celebrada el 18 de septiembre, el papa León XIV invitó a la comunidad diocesana a comenzar su nuevo camino pastoral haciendo un ejercicio que puede parecer sencillo, pero que tiene una profunda dimensión sinodal: detenerse para releer juntos lo vivido.La propuesta del Papa no consiste en añadir nuevas actividades. Por el contrario, invitó a “hacer menos y hacerlo mejor”, comenzando por una evaluación compartida de la vida pastoral.Evaluar, desde esta perspectiva, no significa simplemente contar actividades, elaborar estadísticas o presentar informes. Significa preguntarse juntos qué ha dado fruto, qué dificultades se han encontrado, qué necesita ser revisado y qué caminos puede estar mostrando el Espíritu a la comunidad.Releer juntos lo vividoLeón XIV propuso que esta evaluación no sea realizada solamente por quienes tienen responsabilidades pastorales. Toda la comunidad está llamada a participar y, cuando sea posible, también conviene escuchar a quienes habitualmente permanecen alejados de la vida eclesial.El Papa sugirió mirar la acción pastoral desde preguntas muy concretas: ¿ayuda a las personas a encontrarse con Cristo?, ¿genera comunidad, acogida y corresponsabilidad?, ¿permite a la Iglesia estar realmente presente y servir en la realidad concreta en la que vive?Son preguntas que cambian la manera de evaluar. El centro deja de estar únicamente en cuánto hicimos y pasa a estar en qué frutos está produciendo aquello que hacemos.Escuchar antes de responder, discernir antes de decidirEsta manera de proceder requiere también una forma diferente de relacionarnos.León XIV invitó especialmente a los pastores a escuchar antes de responder y a discernir antes de decidir, reconociendo los dones y responsabilidades de los distintos miembros del Pueblo de Dios.La sinodalidad aparece así no como una actividad adicional en la agenda pastoral, sino como una manera de vivir la misión: escuchando, discerniendo y caminando juntos.Una clave para nuestro camino hacia 2027Estas palabras pueden ayudarnos a comprender el sentido de una de las próximas etapas del camino sinodal que recorrerán las Iglesias locales en Colombia: Hacer memoria.Hacer memoria no consiste simplemente en reconstruir cronológicamente lo realizado ni en preparar un informe sobre las actividades desarrolladas.Significa volver sobre el camino recorrido para reconocer, a la luz del Espíritu, dónde hemos experimentado frutos de comunión, participación y misión; qué dificultades hemos encontrado; qué hemos aprendido y qué llamadas descubrimos para continuar caminando.Por eso, cuando una comunidad hace memoria en clave sinodal no pregunta solamente: “¿Qué hicimos?”.También se atreve a preguntar:“¿Qué hemos aprendido caminando juntos y hacia dónde sentimos que el Espíritu nos invita ahora a caminar?”Esa diferencia puede transformar un informe sobre el pasado en un verdadero ejercicio de discernimiento para el futuro.Fuente: Vatican News, «León XIV invita a la diócesis de Roma “a hacer menos y mejor”», 18 de septiembre de 2026. Intervención del papa León XIV durante la Asamblea Diocesana de Roma. (Leer la publicación click aquí)
Vie 18 Sep 2026
La amistad, tesoro evangélico y sostén del Ministerio Sacerdotal
La Sagrada Escritura habla de la amistad con una profundidad sorprendente. El libro del Eclesiástico es, sin duda, su gran tratado. Es el primero de una serie de textos dedicados al tema (cf. Eclo 6,5-17; 12,8-12; 22,19-26; 37,1-6). Ningún otro autor bíblico trata tan ampliamente sobre ella como Ben Sira:"Un amigo fiel es un refugio seguro, y quien lo encuentra ha encontrado un tesoro. Un amigo fiel no tiene precio y su valor es incalculable"(Eclo 6,14-15).¿Por qué tanto valor? Porque el verdadero "amigo ama en toda ocasión" (Prov 17,17). La Biblia nos da el paradigma en David y Jonatán: una amistad nacida de un brote espontáneo (1 Sam 18,1-4), probada en la adversidad (1 Sam 19-20), fiel hasta la muerte (2 Sam 1,25-26) y custodiada en la memoria del corazón (2 Sam 9,1; 21,7).La verdadera amistad, nos recuerda el mismo Sirácida, se alimenta del temor de Dios (cf. Sir 6,16-17). Y es que el modelo y la fuente de toda amistad es la que Dios mismo ha querido sellar con el hombre: con Abrahán, llamado "amigo de Dios" (Is 41,8; cf. Gn 18,17; St 2,23), con Moisés, con quien hablaba "cara a cara, como habla un hombre con su amigo" (Ex 33,11), y con los profetas, sus confidentes (cf. Am 3,7).Al enviar a su Hijo al mundo, Dios se mostró definitivamente "amigo de los hombres" (cf. Tit 3,4). En los Evangelios, el vocablo griego filía y el verbo agapaô expresan ese querer profundo. Pero es en el Evangelio de Juan donde la amistad alcanza su plenitud teológica (Jn 15,12-17). Insertado en la alegoría de la vid y los sarmientos, Jesús revela el paso decisivo: "Ya no os llamo siervos... a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15,15).Para Juan, la amistad tiene una medida: el amor que entrega la vida. "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13). Cristo ha superado esta prueba por nosotros, y su amistad se hace salvación. De ahí nace el mandamiento nuevo: "que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros" (Jn 13,34).LA AMISTAD EN LA VIDA DEL SACERDOTESi esto es verdad para todo cristiano, lo es de modo particular para el sacerdote. El presbítero ha sido configurado con Cristo Amigo. El sacerdote no puede vivir su ministerio en la soledad afectiva o en el aislamiento. Sin amigos, el presbiterio se vuelve funcional y el corazón se enfría. Necesitamos tres círculos de amistad:1. La amistad con Cristo, que es la primera y fundamental. Es la que se cultiva en la oración y en la Eucaristía diaria. Sin esta amistad, las demás se vuelven dependencia.2. La amistad sacerdotal, la fraternidad sacramental. El Concilio Vaticano II nos recuerda que formamos un verdadero presbiterio, una fraternidad (cf. Presbyterorum Ordinis, 8). La amistad entre sacerdotes no es opcional, es custodia del ministerio. Un hermano sacerdote que corrige, que anima, que reza por el otro, es un verdadero refugio seguro. ¡Cuántos peligros, cuántas tentaciones contra el celibato, contra la tristeza, contra el activismo, se evitan con un buen amigo sacerdote!3. La amistad con el Pueblo de Dios, vivida con madurez y caridad pastoral. El sacerdote es padre y pastor, pero también puede y debe tener amigos laicos que le enseñen a ser humano, a ser hijo, a ser hermano. Una amistad que no es clericalismo ni confusión de roles, sino testimonio de que la caridad pastoral también es amistad ofrecida.En tiempos de crisis vocacional y de tantas heridas por la soledad, redescubrir la amistad como virtud sacerdotal es urgente. Un sacerdote sin amigos es un sacerdote en peligro. Un sacerdote con amigos fieles, en cambio, tiene un tesoro que sostiene su fidelidad y hace creíble su predicación, porque demuestra que el Evangelio sí es capaz de generar hermanos y amigos hasta dar la vida.P. JOSÉ ANTONIO DÍAZ HERNÉNDEZDiócesis de Santa Marta
Jue 10 Sep 2026
De la escucha a las estructuras: nuevas propuestas para una Iglesia sinodal
Por D.P. Bernardo Vanegas Luque - La sinodalidad no termina cuando acaba una reunión. El verdadero desafío comienza cuando lo escuchado transforma nuestra manera de participar, decidir y vivir como Iglesia.La Secretaría General del Sínodo dio a conocer nuevos informes de los Grupos de Estudio 6 y 7, que profundizan en dos ámbitos concretos de la vida de la Iglesia: las relaciones entre obispos, vida consagrada, asociaciones y movimientos eclesiales, y la manera de vivir las visitas ad limina de los obispos a Roma.Aunque se trata de propuestas que continúan su proceso de estudio y discernimiento y no de nuevas normas para la Iglesia, los documentos permiten observar una cuestión fundamental de la actual fase de implementación del Sínodo: ¿cómo llevar la experiencia de escucha, participación y discernimiento vivida durante el proceso sinodal a las relaciones, estructuras y prácticas habituales de la Iglesia?Una sinodalidad que llega a la vida cotidianaDurante los últimos años, millones de personas participaron en encuentros, consultas, asambleas y espacios de conversación en el Espíritu. Sin embargo, el camino sinodal no termina con la realización de estos encuentros.La fase de implementación invita a preguntarnos qué está cambiando en nuestra manera de ser Iglesia.Uno de los informes propone avanzar hacia una verdadera “conversión relacional”: una transformación de las relaciones entre obispos, vida consagrada, asociaciones, movimientos y nuevas comunidades basada en la confianza, la escucha recíproca y el intercambio de dones.Esta conversión no se refiere únicamente a las actitudes personales. También puede encontrar expresión en los lenguajes que utilizamos, los espacios de encuentro, los procesos de formación y las estructuras mediante las cuales participamos en la vida y misión de la Iglesia.Entre las propuestas estudiadas aparecen encuentros periódicos, procesos de formación compartidos, protocolos de colaboración, una participación más significativa de los distintos sujetos eclesiales en organismos de discernimiento y decisión, y mecanismos que favorezcan la transparencia y la rendición de cuentas.Corresponsables, pero no todos de la misma maneraUna expresión ayuda especialmente a comprender este horizonte: “corresponsabilidad diferenciada”.La sinodalidad no significa que todos deban realizar las mismas funciones ni que desaparezcan las diferencias entre vocaciones, carismas, ministerios y responsabilidades.Obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y fieles laicos participan de maneras diferentes en la vida de la Iglesia, pero todos están llamados, desde su propia vocación, a contribuir a una misma misión.Por eso, corresponsabilidad no significa simplemente distribuir tareas. Significa reconocernos mutuamente como miembros del Pueblo de Dios que han recibido dones distintos y que están llamados a ponerlos al servicio de la misión.También las estructuras pueden aprender a escucharEl segundo informe, dedicado a las visitas ad limina, ofrece otro ejemplo significativo. Estas visitas son realizadas periódicamente por los obispos a Roma y expresan de manera particular la comunión de las Iglesias locales con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia universal.Entre las propuestas estudiadas aparece la posibilidad de que su preparación involucre más ampliamente a la Iglesia local, de manera que no se limite a la elaboración de informes, sino que pueda convertirse también en una oportunidad para escuchar, evaluar y discernir el camino recorrido.La propuesta invita incluso a observar qué transformaciones se están produciendo en las estructuras diocesanas, en los procesos de toma de decisiones y en las relaciones entre los distintos miembros del Pueblo de Dios.De esta manera aparece una idea sencilla pero profunda: la sinodalidad no consiste solamente en crear nuevos espacios de escucha. También invita a que nuestras estructuras habituales aprendan a escuchar, discernir y favorecer la participación.¿Qué significa esto para los laicos?Para los fieles laicos, estas reflexiones tienen consecuencias muy concretas. Una Iglesia más sinodal no significa simplemente tener más oportunidades para expresar una opinión. Desde el Bautismo, cada fiel participa de la vida y misión de la Iglesia y está llamado a poner sus capacidades, experiencia, conocimiento y dones al servicio de la comunidad.Esto supone poder escuchar y ser escuchado, participar en los procesos de discernimiento que correspondan, colaborar responsablemente en la misión y contribuir, según la propia vocación y responsabilidad, a la vida de la comunidad.Consejos pastorales y económicos, equipos parroquiales y diocesanos, movimientos, pequeñas comunidades, procesos de evangelización y otras instancias de participación pueden convertirse en verdaderas escuelas de sinodalidad cuando no funcionan solamente para distribuir tareas, sino también para escuchar, discernir y caminar juntos.Pero la corresponsabilidad tiene dos direcciones. Una Iglesia sinodal necesita pastores dispuestos a escuchar y favorecer una participación auténtica. Al mismo tiempo, necesita laicos dispuestos a formarse, escuchar a los demás, asumir responsabilidades, discernir en comunidad y poner sus propios dones al servicio de la misión.La participación sinodal, por tanto, no consiste únicamente en preguntar: “¿me escuchan?”, sino también: “¿cómo estoy contribuyendo a la misión que compartimos?”.Una pregunta para nuestras comunidadesLa fase de implementación del Sínodo ofrece una oportunidad para mirar con sencillez nuestra propia realidad. En nuestras parroquias, comunidades y jurisdicciones eclesiásticas podemos preguntarnos:¿Los diferentes miembros de la comunidad son solamente destinatarios de las actividades pastorales o encuentran también espacios adecuados para participar, según su vocación y responsabilidad, en el discernimiento, realización y evaluación de la misión?No existe una única respuesta ni un modelo idéntico para todas las Iglesias locales. Cada comunidad deberá discernir sus propios caminos.Lo importante es comprender que la sinodalidad no termina cuando finaliza una asamblea o una conversación en el Espíritu. Poco a poco está llamada a convertirse en una manera habitual de relacionarnos, discernir, participar y asumir juntos la misión.Ese es uno de los grandes desafíos de la etapa que ahora recorre la Iglesia: pasar de haber vivido experiencias sinodales a aprender, cada vez más, a ser una Iglesia sinodal.Fuentes:Secretaría General del Sínodo: propuestas de los Grupos 6 y 7: https://www.synod.va/es/news/acuerdos-obligatorios-con-los-institutos-religiosos-delegaciones.htmlVatican News en español:https://www.vaticannews.va/es/vaticano/news/2026-09/sinodo-publicados-informes-relaciones-obispos-vida-consagrada.htmlBernardo Vanegas LuqueDiácono PermanenteDirector Dpto. Animación de la Comunión y la Sinodalidad
Mar 1 Sep 2026
Nos llama, nos mueve y nos une: caminar con las familias para sembrar la paz
P. Nelson Ortiz Rozo - En un entorno social marcado por las heridas de la violencia, la polarización y los desastres naturales, muchas familias experimentan cansancio, incertidumbre y frustración. Frente a esta realidad, la acción evangelizadora que la Iglesia realiza con la familia emerge como una fuerza indispensable, capaz de abrazar la fragilidad de los hogares y animarlos a ser sembradores de paz. Por lo tanto, reconocer a la familia como un lugar privilegiado donde se cultivan valores, hábitos y patrones de convivencia permite entender su profunda y decisiva influencia en el desarrollo de la sociedad. La familia no es solo el primer espacio de socialización, sino también la primera escuela donde se aprende a amar, a dialogar, a respetar la diferencia y a resolver los conflictos. Esta labor eclesial nace del corazón de una Iglesia que desea caminar al ritmo de la historia humana mostrando que el tejido social sana en la medida que fortalecemos los vínculos familiares.Esta llamada se hace aún más viva y urgente al sintonizarnos con la iniciativa de la Semana por la Paz que este año nos convoca bajo el lema: ¡la paz nos llama, nos mueve y nos une! Es especialmente en el seno del hogar donde este lema se convierte en vida, pues la familia es el primer escenario donde esa fuerza que nos mueve y nos une debe ser cultivada y custodiada.En primer lugar, la acción evangelizadora de la Iglesia cuida y sirve a la paz respondiendo a la voz de “la paz nos llama”, ofreciendo espacios de acogida, escucha y sanación para el fortalecimiento del vinculo conyugal, filial y fraternal. Sabemos bien que el clima de agresión exterior con frecuencia se filtra al interior de las casas, lastimando las relaciones entre los esposos, el trato de los padres hacia los hijos e instalando la rivalidad en indiferencia entre los hermanos. Por eso la Iglesia sale al encuentro con la pedagogía del cuidado para caminar al lado de cada hogar en su realidad concreta, compartiendo sus alegrías y aliviando sus dolores. Como nos enseñaba san Juan Pablo II: “La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y comunidad de personas, encuentra en el amor la fuente y el estímulo incesante para acoger, respetar y promover a cada uno de sus miembros en la altísima dignidad de personas, esto es, de imágenes vivientes de Dios” (F. C., 22). Así cuando los miembros de una familia aprenden a acoger y promover la dignidad del otro en su vida diaria, sanando los conflictos internos mediante la caridad cristiana, ese hogar se convierte de manera natural en una sembradora de paz.En segundo lugar, este caminar compartido “nos mueve” a actuar, en el que la Iglesia acompaña con la pedagogía del perdón y la reconciliación cotidiana en la convivencia familiar. Frente a una sociedad que propone el descarte de los que piensan diferente, el Evangelio vivido en el hogar nos mueve a descubrir que el diálogo sincero y el discernimiento comunitario son los verdaderos caminos del Espíritu. El papa Francisco no alienta en este aprendizaje: “Cuando hemos sido ofendidos o desilusionados, el perdón es posible y deseable, pero nadie dice que sea fácil” (A.L., 106). La acción evangelizadora acompaña con paciencia estos procesos del corazón, mostrando a los padres y a los hermanos que las diferencias no se destruyen con la violencia, sino que se abrazan en la comunión. Con este propósito, la pastoral familiar de la Iglesia en Colombia impulsa múltiples iniciativas, tales como talleres de perdón y reconciliación, retiros espirituales y asesoría personalizada en los centros de escucha y orientación familiar. A esto se suman los encuentros de la Semana de la Familia que esté año, los cuales ofrecen herramientas de resolución pacífica de conflictos orientadas a “desarmar el corazón” y consolidar entornos de convivencia fraterna.Finalmente, el dinamismo de este caminar juntos es el lazo que “nos une” en corresponsabilidad, impulsando a la familia a salir de sí misma para ofrecerse generosamente a la comunidad. De este modo, “ensancha la tienda” del corazón y derriba los muros del egoísmo para vivir una fraternidad más allá del hogar. Al respecto, el papa León XIV, en su encíclica Magnifica Humanistas, recuerda que la familia, fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer, es un bien social primario y la célula fundamental e insustituible de la sociedad (nn. 165-167). Así al tejer redes de comunión donde caminan juntas y viven el servicio pastoral, las familias dejan atrás la soledad y el desamparo para descubrirse unidas en una misión común: ser testimonio de fraternidad, hospitalidad, solidaridad y servicio comunitario.La acción evangelizadora que la Iglesia realiza con la familia nos demuestra que la paz social es inseparable de la paz familiar; la primera no es posible sin la segunda, pues brota y se nutre directamente de ella. Al sanar los vínculos internos, educar en el perdón y motivar a los hogares hacia el servicio comunitario, la Iglesia recuerda al mundo que la reconciliación de la sociedad se realiza desde la vivencia cotidiana del amor en el hogar. Por eso, ¡la paz familiar nos llama, nos mueve y nos une!P. Nelson Ortiz RozoDepartamento de Matrimonio y FamiliaConferencia Episcopal de Colombia