SISTEMA INFORMATIVO
Frente a la trata de personas, el trato fraterno y solidario
Por: Ilva Myriam Hoyos Castañeda, Consejo Latinoamericano CEPROME.
Intervención en el Webinar sobre “La Iglesia Iberoamericana contra la Trata: un crimen contra la humanidad”, realizado el 21 de agosto de 2020 por el Centro de Investigación y Formación Interdisciplinar para la protección del Menor (CEPROME), adscrito a la Universidad Pontificia de México, en alianza con el Centre for Child Protection de la Pontificia Universidad Gregoriana, el Consejo Episcopal Latinoamaricano ( CELAM) y la Confederación Latinoamericana de Religiosos (CLAR).
La enseñanza de la actual pandemia
No resulta fácil entretejer las paradojas de este tiempo de derechos, a la vez, tiempo de pandemias.
Derechos proclamados solemnemente en constituciones y convenciones, pero todavía en camino para ser garantizados de manera efectiva. Pandemias reducidas no sólo a la del Coronavirus, sino a todas las situaciones endémicas que hacen de la sociedad actual una sociedad enferma.
El virus del 2020 nos ha colocado frente a situaciones dolorosas, generadoras de miedo, zozobra e incertidumbre. Pero también, nos ha invitado a repensar el lugar que ocupamos en el mundo, a indagarnos sobre la presencia del otro en nuestras vidas y de manera más radical a cuestionarnos respecto del modo de vivir nuestra fe. La actual pandemia ha causado muchos males, pero, en cierto sentido, ha sido una epifanía, una manifestación visible de bienes considerados invisibles. Además, ha dejado mirar y escuchar su voz profética.
No hemos sabido reconocer, sin embargo, esas otras pandemias o no hemos querido reaccionar de la misma manera como lo hemos hecho frente al virus que nos ha golpeado a todos indistintamente.
Hay pandemias de pandemias y cada una de ellas tiene su propio sello.
La pandemia de la esclavitud de los seres humanos
Hablemos de una sola de esas pandemias sociales, conocida como “trata de personas”. Intentemos aproximarnos a esa realidad, al parecer, distante, lejana, desconocida y ajena a nuestra propia experiencia personal.
Admitamos que la palabra “trata” genera equívocos y resulta necesario desvelar su sentido originario. Viene del verbo “tractare” y significa “tirar” o “arrastrar”. Tiene de suyo un carácter peyorativo enriquecido por el sentido histórico otorgado: se tiran o se arrastan las cosas, aquellas susceptibles de ser descartadas. Literalmente trata es “arrastrar” a los seres humanos para comerciar con ellos y usarlos como objeto de compra o de venta, considerarlos mercancía, explotarlos ejerciendo los atributos del derecho de propiedad, es decir, actos de dominio como señor y dueño.
Dominar a otro no tiene otro calificativo que esclavitud. Éste es el drama de la trata de personas: esclavizar seres humanos y fomentar la cultura del descarte.
La expresión usada, hasta hace menos de un siglo, para significar el tráfico de mujeres europeas hacia Asia o África sometidas a explotación sexual fue “trata de blancas”. A pesar de los esfuerzos de la comunidad internacional por eliminarla, dado su carácter discriminatorio, todavía sigue utilizándose. La trata no tiene color: no es blanca, ni negra. Tampoco se identifica con un sexo ni tiene exclusividad en uno o dos continentes; es personal y, por tanto, afecta a toda la familia humana.
El fenómeno de la trata se nutre de esa condición tan propia de los seres humanos, expresión de nuestra libertad, de movilizarnos o trasladarnos de un lugar a otro. Nos movilizamos porque somos libres. Los traficantes de seres humanos buscan obtener el consentimiento de las víctimas mediante engaños y artimañas, el cual, de llegar a darse, está viciado porque sin libertad no hay consentimiento alguno. Ahí está el quid de la trata: ilusionar engañando. Comprar sueños y deseos, cautivar para silenciar voluntades. Impedir al ser humano tener morada propia y transformar a una persona en un bien de consumo.
Para producir el fenómeno de la esclavitud, los tratantes o traficantes de ilusiones de vida construyen redes generando un entramado de vasos comunicantes a través de los cuales cazan, pescan, capturan, sujetan y marcan a sus “siervos útiles”. Frente a los vejámenes o maltratos ocasionados no hay escrúpulo ni arrepentimiento alguno, tampoco derecho oponible. La lógica de la trata se acrecienta encadenando almas y multiplicando el mal. Su lógica del dominio sigue al pie de la letra las reglas de la lógica del mal.
En cada una de sus fases, manipula, intimida, violenta o elimina, si el “esclavo” deja de ser útil. En (i) la captación, atrae a la persona con la finalidad de adueñarse de su identidad y dominar su voluntad para fines de explotación; en (ii) el traslado mueve a una persona de un sitio a otro y le desarraiga de su entorno de origen, crianza o habitación. Corta todos los vínculos afectivos para evitar el contacto de la víctima con la familia o amistades o redes sociales de apoyo; y en (iii) la explotación obtiene beneficios económicos o placenteros a través de la participación forzada de la víctima, por ejemplo, en actos de prostitución, servidumbre sexual o laboral, incluidos los de pornografía y producción de materiales pornográficos.
Conocidas son sus técnicas: engañar, acallar, silenciar, seducir, aislar no sólo a las víctimas, porque los tratantes de manera sutil han ido logrando el silencio social, la indiferencia, la permisividad, la tolerancia, la apatía y todas aquellas formas perversas que han terminado por negar la esclavitud del siglo XXI, a pesar de que exista mendicidad forzada, matrimonio servil, tráfico de órganos, adopciones ilegales, turismo y explotación sexuales, pornografía y ciberacoso. Si, un conjunto de servidumbre, estructurado en las reglas de un mercado sediento de placer y deseoso de acumular riquezas y de extender el dominio de unos seres humanos sobre otros. Este fenómeno ha fortalecido la delincuencia transnacional organizada que compite a nivel nivel mundial con las drogas y las armas.
El sometimiento de las personas, el dominio sobre ellas implica un proceso complejo, propiciado en situaciones, tales como, la desesperación por falta de oportunidades, los deseos de encontrar un mundo mejor, las desventuras por las experiencias familiares y la vergüenza ocasionada por las debilidades humanas. La trata se alimenta de legítimas ilusiones de hombres y mujeres: querer una vida mejor, esperar un futuro distinto, soñar en un mundo de posibilidades. También se nutre de ese desenfrenado consumo, promovido por los mass media, que nos vende la idea de un estilo de vida que no corresponde a la realidad y nos convoca, sin importar la legitimidad de los medios, a buscarlo y alcanzarlo. Los sistemas judiciales tienen, en igual forma, responsabilidad en el
acrecentamiento del fenómeno de la trata, porque ante las deficiencias en la tipificación del conjunto de acciones que configuran este delito, han construido un sistema impune y han impedido castigar a los tratatantes y a las mafias que los soportan y han terminado, de manera kakfiana, castigando a las víctimas.
Cualesquiera que sean las razones que pretendan aducirse es reprochable el actuar de los nuevos traficantes: despojar a hombres y mujeres de su humanidad, borrar su subjetividad, obnubilar su memoria, despojar su corporeidad, anular su voluntad, cortar sueños y arrebatar sus derechos naturales, inalienables y sagrados.
La pandemia del “egoísmo indiferente”
El Papa Francisco ha denunciado ese “atroz flagelo”, calificado por él mismo como “trágico fenómeno”, “plaga aberrante”, “herida en el cuerpo de la sociedad contemporánea”, “llaga en la carne de Cristo”, “crimen contra la humanidad” y “una de las heridas más dolorosas de nuestro tiempo”. Ha reconocido, y lo ha hecho ante la comunidad internacional, que enfrentar a las redes de tratantes sobrepasa las competencias de una nación y hace necesaria una movilización de dimensión comparable a ese fenómeno.
Además, Francisco no ha perdido oportunidad para hablar sin tapujos, evitando distracciones y eufemismos. Ha denunciado que la causa principal de la trata no está en los traficantes de la carne humana, sino en el egoísmo sin escrúpulos y en la indiferencia hipócrita de habitantes del mundo que disfrutan de los beneficios y servicios de esa cadena completa de explotación e indignidad.
Frente a esa dura y dolorosa realidad es iluso pensar que acciones individuales o grupales son suficientes para intervenir en todas las fases de la nueva servidumbre de los seres humanos y que incluso las Orientaciones Pastorales sobre la Trata de Personas, elaboradas por la Sección Migrantes y Refugiados de la Santa Sede, aprobadas por Francisco y dadas a conocer en 2019, resuelven el reto de los católicos frente a un virus peor que el mismo Covid 19: “el egoísmo indiferente”. Ésta es la pandemia de las pandemias, propiciadora de una complicidad cómoda y muda, que enmascara no sólo nuestros rostros, sino nuestras conciencias.
Son necesarias declaraciones, convenciones y leyes que tipifiquen el crimen de la trata de personas como delito de lesa humanidad a través de las cuales se tipifiquen de mejor forma sus diversos elementos constitutivos, así como las acciones preventivas para erradicarla haciendo uso, entre otros medios, de campañas o programas de capacitación, formación o sensibilización, fundamentadas en derechos humanos y en el destímulo de la demanda. Sin embargo, no podemos quedarnos con documentos bien intencionados, pero deficientes frente al reto de generar un cambio de paradigma, una transformación social y una conversión personal.
El antídoto ante la pandemia de la trata: las relaciones fraternas y solidarias
Pero, entonces, ¿Qué debemos hacer los católicos? ¿Cuáles son los desafíos de nuestro actuar?
Una aclaración previa. La Iglesia no es experta en la prevención, atención e intervención de la trata de personas. Tampoco lo es en la adopción y en el seguimiento de políticas específicas para hacer frente a esta pandemia. Esas no son sus tareas. Si es su misión brindar una mirada esperanzadora desde la fe, proclamar el Reino de Dios, que es de sanación y salvación, de justicia y paz.
A partir de esa mirada es legítimo alzar la voz para gritar: ¡Basta ya del dedo inquisidor que acusa a otro de ser traficante de seres humanos! ¡Basta ya de esconder nuestro rostro haciendo uso de la nueva máscara y dejar de mirar los rostros heridos de las víctimas de los traficantes de esclavos!
El grito “basta ya de la trata de personas” encuentra eco en los versos del profeta Isaías: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz, que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!” (Is 5, 20).
Repetir una y otra vez “basta” puede resultar siendo una acción sinsentido si cada uno de nosotros deja pasar la oportunidad de responder a esa pregunta bíblica que resuena de manera novedosa:
“¿Dónde está tu hermano?”. Recordemos la indolente y provocadora respuesta de Caín ante la pregunta del mismo Dios por la muerte de Abel: “No sé. ¿Acaso, soy yo guardián de mi hermano?”
Esa pregunta y esa respuesta fratricidas nos ponen en una encrucijada: queremos o pretendemos ser apóstoles de la prevención pero no vivimos en nuestra cotidianidad la vocación originaria de ser hijos de un mismo Padre y, en consecuencia, no podemos reconocernos en nuestra condición de hermanos. Seamos sinceros, si no aceptamos vivir de acuerdo a esa doble condición, la de hijos y la de hermanos, no podemos recuperar la humanidad del otro. Ni comprenderlo ni sanarlo ni amarlo. Tampoco nacer de nuevo.
Insistiré, a título de ejemplo, en cuatro desafíos, no exclusivos ni excluyentes, para ser apóstoles de la prevención. Sí, pero, serlo de manera coherente.
1. Es imperativo rescatar el principio cristiano de la fraternidad, recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948). Estos son sus términos: “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros” (artículo 1º). Ese comportamiento o nuevo trato es posible –siguen siendo palabras de la Declaración– porque “la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana” (primer considerando). Es hora, por tanto, de promover en red un nuevo trato digno entre los hombres, es decir, fraterno y solidario.
2. En medio de esta pandemia, otro de los desafíos que debemos enfrentar es recuperar el sentido trascendente de la dignidad creatural y filial, excluyente de la dialéctica del amo y del esclavo. La voz de todos los miembros de la Iglesia debe hacerse sentir con la finalidad de renovar la conciencia de que cada ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Imagen al haber salido de las manos de su Creador y estar llamado a la comunidad con Él. Semejanza por la cercanía originaria a su Dios, pero que crece o decrece con el tiempo, según estemos en mayor armonía con Él. La dignidad como don y tarea espera la respuesta humana. También la respuesta de los miembros de la Iglesia.
3. La trata de personas no tiene la última palabra. Otro desafío es asumir con valor nuestra condición profética para denunciar y erradicar la trata. Es momento de ser conscientes de que debemos ser guardianes de nuestro hermano o hermana y de mirar en el rostro dolido de cada otro a ese prójimo, mi próximo, que más que recibir quiere dar: donar su dolor y “darse a sí mismo”.
Si el antídoto de los antídotos, la inmunidad última, la vacuna deseada y esperada para defendernos del virus de la esclavitud de este siglo XXI, es el amor fraterno; acojamos y hagamos vida las palabras de San Juan de la Cruz: “Adonde no hay amor, pon amor, y sacarás amor”.
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A las puertas del Mundial de Fútbol, el papa León XIV invita a orar y vivir el deporte como escuela de fraternidad
"Que el deporte sea un instrumento de paz, encuentro y diálogo entre culturas y naciones". Con esta intención, el papa León XIV invita a la Iglesia universal a unirse durante junio de 2026 a una jornada de oración y compromiso por los valores del deporte, destacando su capacidad para construir fraternidad, promover la inclusión y fortalecer la cultura del encuentro.La propuesta hace parte de la iniciativa internacional "Reza con el Papa", promovida por la Red Mundial de Oración del Papa, que cada mes convoca a los fieles a rezar por uno de los grandes desafíos de la humanidad y de la misión de la Iglesia.Mucho más que competenciaEn su mensaje para este mes, el Santo Padre presenta el deporte como una realidad profundamente humana y social, capaz de unir personas, pueblos y culturas más allá de las diferencias."El deporte sea siempre escuela de fraternidad y no de rivalidad vacía; espacio de encuentro y no de exclusión; camino de paz y no de violencia", pide el papa León XIV en la oración que acompaña esta intención.El Papa destaca que la práctica deportiva enseña valores fundamentales para la vida en sociedad: el respeto por el otro, el trabajo en equipo, la solidaridad, la disciplina, la capacidad de superar límites personales y la aceptación serena tanto de la victoria como de la derrota.La reflexión cobra especial relevancia en un contexto mundial marcado por polarizaciones, conflictos armados, discursos de odio y crecientes formas de exclusión social.Un lenguaje universal que une pueblosLa intención de junio coincide además con la proximidad de importantes competencias deportivas internacionales, escenarios donde millones de personas de distintas culturas comparten emociones, aspiraciones y experiencias comunes.Para León XIV, el deporte posee una fuerza singular: convertirse en un lenguaje universal capaz de tender puentes donde existen divisiones.No es una preocupación nueva en su pontificado. Durante el Jubileo del Deporte celebrado en Roma en 2025, el Papa afirmó que "el deporte es un camino para construir la paz, porque es una escuela de respeto y lealtad, que hace crecer la cultura del encuentro y la fraternidad".Posteriormente, al dirigirse a atletas olímpicos y paralímpicos, insistió en que el deporte puede convertirse en un auténtico espacio de encuentro entre personas y naciones, invitando a los deportistas a "competir sin odiarse, ganar sin humillar y perder sin perderse".Una respuesta al individualismoLa propuesta del Santo Padre también plantea una reflexión sobre los desafíos culturales contemporáneos.Según ha señalado en distintas intervenciones, el deporte ayuda a contrarrestar las dinámicas de aislamiento e individualismo que afectan a muchas sociedades actuales. Especialmente cuando se practica en equipo, enseña la importancia de la colaboración, la confianza mutua y la búsqueda de objetivos comunes.En este sentido, la intención de junio resalta que nadie crece solo y que, tanto en la vida como en el deporte, el desarrollo personal está estrechamente ligado a la capacidad de caminar junto a otros.Un llamado a la inclusiónLa Red Mundial de Oración del Papa subraya además la importancia de garantizar que los beneficios del deporte lleguen a todos, especialmente a niños, jóvenes y personas que viven situaciones de vulnerabilidad.La Iglesia reconoce el valor de las iniciativas deportivas que favorecen la inclusión social, fortalecen procesos educativos, promueven la reconciliación y ofrecen oportunidades de desarrollo humano integral.De manera particular, el Papa ha alentado a instituciones, organizaciones sociales, comunidades educativas y religiosas a trabajar para que los sectores más excluidos tengan acceso a espacios deportivos dignos y formativos.La oración del Papa León XIVSeñor de la vida,te damos gracias por el don del deporte,por quienes glorifican a Dios con el ejercicio de sus cuerpos,por las amistades que nacen en la canchay la alegría de jugar en equipo.Tú nos enseñas que en la vida, como en el juego,nadie se salva solo.Necesitamos del otro para crecer,para aprender a respetar, superar límites,y celebrar juntos los logros alcanzados.Te pedimos que el deporte sea siempreescuela de fraternidad y no de rivalidad vacía,espacio de encuentro y no de exclusión,camino de paz y no de violencia.Haz que quienes practican, entrenan o animandescubran en el deporte un lenguaje universalque acerca culturas, une pueblos,y siembra respeto, solidaridad y superación personal.Señor Jesús,que cada deporte sea parábola de una vida vivida contigo,colaborando con esfuerzo y alegría,viviendo con humildad en la derrotay gratitud en la victoria que nos ofreces en tu resurrección.Que nunca falte en nosotros tu Espíritu,que nos hace un solo equipo, unido contigopara construir comunión y fraternidad en la historia.Amén.Vea a continuación el Video del Papa:
Lun 1 Jun 2026
La Arquidiócesis de Barranquilla celebró dos legados de formación y misión: 60 años del Seminario Juan XXIII y 40 años de la visita de san Juan Pablo II
La Iglesia que peregrina en la región Caribe colombiana celebró los 60 años de existencia del Seminario Regional de la Costa Atlántica Juan XXIII, una institución que ha contribuido decisivamente a la formación de cientos de sacerdotes y al fortalecimiento de la misión evangelizadora en el norte del país.La conmemoración oficial tuvo lugar el pasado 26 de mayo en la Catedral Metropolitana María Reina de Barranquilla, mediante una solemne Eucaristía presidida por monseñor Pablo Salas Anteliz, arzobispo de Barranquilla, acompañado por los obispos de las provincias eclesiásticas de Cartagena y Barranquilla, sacerdotes, seminaristas, religiosos, religiosas, laicos y benefactores de esta casa de formación.La celebración estuvo marcada por un doble motivo de acción de gracias: los seis decenios de servicio del Seminario Regional Juan XXIII y los 40 años de la histórica visita de san Juan Pablo II a Barranquilla, acontecimiento que sigue vivo en la memoria eclesial de la región.Una obra que ha sostenido la misión evangelizadora del Caribe colombianoDesde la bendición de su primera piedra, el 24 de agosto de 1963, por iniciativa de monseñor Germán Villa Gaviria y los obispos de la entonces Provincia Eclesiástica de Cartagena, el Seminario Juan XXIII se consolidó como un proyecto de comunión eclesial al servicio de la formación de los futuros sacerdotes de la Costa Atlántica.Durante la celebración, monseñor Francisco Múnera Correa, arzobispo de Cartagena y presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, destacó el aporte de esta institución a la vida pastoral de la región:“Damos gloria y alabanzas al sacerdocio de Jesucristo y damos gracias por cada sacerdote que ha sido formado en esa casa porque ha ayudado a sostener la tarea misionera y evangelizadora de toda nuestra región Caribe”.Por su parte, el padre William Acosta Peralta, rector del Seminario, expresó su gratitud por quienes han acompañado y sostenido esta obra a lo largo de seis décadas: obispos, formadores, sacerdotes, benefactores y comunidades eclesiales que han contribuido a su desarrollo, conservación y fortalecimiento.Mirar el futuro con esperanza y responsabilidadMás que una mirada al pasado, el aniversario se convirtió en una oportunidad para reflexionar sobre los retos actuales de la formación sacerdotal.En su homilía, monseñor Pablo Salas subrayó que esta conmemoración se enmarca en el camino de preparación hacia el centenario de la Arquidiócesis de Barranquilla, que se celebrará en 2032. En este contexto, señaló que la prioridad no es únicamente la renovación de la infraestructura del Seminario, sino también el fortalecimiento integral de los procesos formativos.El Arzobispo insistió en la necesidad de promover una formación más humana, comunitaria y cercana a la realidad contemporánea, que favorezca la madurez espiritual, intelectual y afectiva de los candidatos al sacerdocio. Asimismo, recordó que la Iglesia universal viene impulsando una reflexión profunda sobre la formación en los seminarios, inspirada en los principios de sinodalidad, comunión y cercanía con el Pueblo de Dios.“Los desafíos son enormes. Por lo tanto, esta celebración se constituye para nosotros en una providencial oportunidad para mirar más allá y seguir configurando nuestro Seminario según el querer de Dios y las necesidades de la Iglesia”, afirmó el prelado.En esa misma línea, destacó la importancia de formar sacerdotes con una profunda vida espiritual, capaces de vivir el ministerio desde el servicio, la cercanía y la alegría evangélica, respondiendo a los desafíos pastorales de nuestro tiempo.San Juan Pablo II: una memoria que sigue inspirando al Caribe colombianoLa Eucaristía también conmemoró los 40 años de la visita apostólica de san Juan Pablo II a Barranquilla, realizada en julio de 1986 y recordada como uno de los acontecimientos eclesiales más significativos para la región Caribe.Durante la celebración se expuso una reliquia de primer grado del santo pontífice, junto con la estola que utilizó durante su visita a la ciudad. Además, estuvo presente monseñor Víctor Antonio Tamayo Betancourt, obispo auxiliar emérito de Barranquilla, quien tuvo la responsabilidad de coordinar la visita papal hace cuatro décadas.Uno de los momentos más emotivos fue la coronación de la imagen de María Auxiliadora que san Juan Pablo II había coronado en 1986 ante miles de fieles reunidos en la actual Plaza de la Paz Juan Pablo II. El gesto evocó la profunda huella espiritual que dejó el Pontífice en la Iglesia colombiana.Al recordar aquella visita, monseñor Pablo Salas señaló que la bendición impartida por el Santo Padre continúa siendo implorada para Colombia, sus jurisdicciones eclesiásticas y sus seminarios, especialmente en un momento histórico que exige renovar la esperanza, fortalecer la comunión e impulsar una evangelización cada vez más cercana a las personas y sus realidades.Un legado que continúaLa jornada concluyó con la bendición de la nueva entrada del Seminario Regional Juan XXIII y un encuentro fraterno entre obispos, sacerdotes, seminaristas, familias y benefactores.Sesenta años después de su fundación, el Seminario Regional de la Costa Atlántica Juan XXIII continúa siendo signo de la comunión entre las Iglesias particulares del Caribe colombiano y una expresión concreta del compromiso de la Iglesia con la formación de pastores según el corazón de Cristo, llamados a servir con alegría, cercanía y espíritu misionero al Pueblo de Dios.Vea la nota audiovisual de la celebración:Conozca la historia completa del Seminario Regional de la Costa Atlántica Juan XXIII:
Jue 28 Mayo 2026
El Congreso Nacional de Liturgia proyectó la construcción del cancionero litúrgico para la Iglesia en Colombia
La Iglesia católica en Colombia dio un nuevo paso en el fortalecimiento de su vida litúrgica con la realización del Congreso Nacional de Liturgia 2026, convocado por la Conferencia Episcopal de Colombia a través de su Comisión Episcopal de Liturgia y el Departamento de Liturgia del Secretariado Permanente del Episcopado Colombiano.Del 19 al 21 de mayo, más de 270 personas provenientes de las 78 jurisdicciones eclesiásticas del país —entre obispos, sacerdotes, delegados episcopales de liturgia, directores de ministerios de canto litúrgico, músicos, religiosos y laicos— se reunieron para reflexionar sobre uno de los aspectos centrales de la vida de la Iglesia: la celebración del misterio de la fe a través de la liturgia y el canto sagrado.El Congreso tuvo como propósito avanzar hacia la construcción de un cancionero litúrgico nacional, una iniciativa que busca fortalecer criterios comunes para el canto litúrgico en Colombia y ayudar a que las celebraciones expresen cada vez más la riqueza espiritual, teológica y comunitaria de la liturgia católica.“Fue un espacio de reflexión y de formación para nuestra Iglesia colombiana que tiene que ver, particularmente, con algo que es nuclear de la vida de la Iglesia: el celebrar el misterio del Señor”, afirmó monseñor José Saúl Grisales Grisales, obispo de Ipiales y presidente de la Comisión Episcopal de Liturgia.Un Congreso para reflexionar sobre el presente y el futuro del canto litúrgicoLa agenda académica incluyó ponencias, paneles y conversatorios sobre composición litúrgica, espiritualidad del músico católico, ministerio del canto, participación de la asamblea, iniciación cristiana, canto gregoriano e inculturación de la música sagrada.El invitado internacional del encuentro fue monseñor Marco Frisina, reconocido compositor de canto litúrgico y director del coro de la Diócesis de Roma, maestro de capilla de la Catedral de Roma y rector de la Basílica de Santa Cecilia en Trastevere, cuya presencia marcó profundamente la reflexión pastoral y musical del Congreso.Al cierre del encuentro, monseñor Frisina valoró especialmente la riqueza musical y el entusiasmo pastoral que encontró en las comunidades colombianas vinculadas al ministerio litúrgico.“Han sido unos días bellísimos al encontrar la realidad colombiana que gira en torno a la animación musical litúrgica”.El sacerdote italiano aseguró además que Colombia posee una identidad musical que representa una oportunidad significativa para seguir fortaleciendo la vida celebrativa de la Iglesia:“Creo que Colombia tiene por sí misma una vocación musical que debe cultivar”.Monsñor Frisina destacó especialmente el compromiso de jóvenes, sacerdotes y músicos que sirven en las parroquias y, bajo la perspectiva del cancionero nacional, animó a consolidar procesos que permitan que la música litúrgica siga ayudando al pueblo de Dios a vivir más profundamente la oración y la fe.El canto litúrgico como parte esencial de la celebraciónUno de los énfasis más fuertes del Congreso fue comprender que el canto litúrgico no es un elemento decorativo dentro de la celebración, sino parte integral de la acción litúrgica de la Iglesia.“El canto litúrgico no es algo que se añade, sino una manera de celebrar nuestra alegría de que el Señor nos comunica vida cuando nos encontramos con Él en la liturgia”, explicó monseñor José Saúl Grisales.Desde esa perspectiva, el encuentro permitió identificar importantes desafíos pastorales que hoy representan también oportunidades de renovación y formación para las comunidades católicas del país: fortalecer los procesos de formación litúrgica y musical, promover una participación más activa de las asambleas y profundizar en la identidad espiritual y ministerial de quienes sirven a través de la música.Un documento base trabajado durante el Congreso insiste precisamente en la necesidad de impulsar procesos permanentes de formación litúrgica para sacerdotes, seminaristas, músicos y fieles laicos, así como en recuperar el valor del canto sagrado como expresión auténtica de la fe celebrada.Hacia la construcción de un cancionero litúrgico nacionalEl padre Jairo de Jesús Ramírez Ramírez, director del Departamento de Liturgia, explicó que el trabajo adelantado durante estos días constituye el punto de partida de un proceso eclesial más amplio:“Con todo este material que hemos intentado recoger fruto de las grandes ponencias y de los diálogos y momentos de escucha, vamos a comenzar entonces a confeccionar el cancionero litúrgico para entregarlo a todos los directores de canto litúrgico del país, a los sacerdotes y a los señores obispos”.El sacerdote aclaró además que el proceso deberá continuar posteriormente en la Asamblea Plenaria del Episcopado Colombiano y en el Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.Formación y espiritualidad para el servicio del canto litúrgicoOtra de las reflexiones centrales del Congreso estuvo relacionada con la comprensión del músico litúrgico como un verdadero ministro al servicio de la oración y de la comunidad.“El músico debe comprender que es un ministerio al que está llamado, igual de importante a los otros ministerios”, afirmó Cristina Lopera, licenciada en música y estudiante de Teología de la Universidad Pontificia Bolivariana.La participante destacó también que estos espacios permiten integrar la formación musical con la dimensión espiritual, pastoral y teológica del servicio litúrgico.En la misma línea, el padre Juan David Muriel, doctor en liturgia, docente de la Universidad Pontificia Bolivariana en la Arquidiócesis de Medellín, recordó que el canto litúrgico tiene una profunda dimensión evangelizadora y comunitaria:“Si el canto litúrgico permite la plegaria, permite la unidad y fomenta la santidad, es un canto para hacer parte de la estructura misma de nuestra celebración”.El padre Muriel señaló que uno de los grandes desafíos es seguir fortaleciendo procesos formativos que ayuden a las comunidades a comprender mejor el sentido de la música dentro de la liturgia y a consolidar una mayor participación de toda la asamblea celebrante.Una Iglesia que busca celebrar con belleza, participación y comuniónEl Congreso también dejó planteada la necesidad de recuperar el valor de la “misa cantada” y de seguir promoviendo celebraciones vivas, participativas y profundamente arraigadas en la espiritualidad litúrgica de la Iglesia.“Qué bueno que nosotros hiciésemos conciencia y realidad de cantar la misa para Dios, porque solamente puede cantar un corazón enamorado”, expresó el padre Etilio Aldana Lozano, delegado episcopal de Liturgia en la Diócesis de El Espinal, refiriéndose a una reflexión compartida por el padre Juan David Muriel durante el congreso.Al cierre del encuentro, los participantes coincidieron en que el Congreso no solo permitió reflexionar sobre música y liturgia, sino fortalecer la experiencia de comunión y sinodalidad entre las Iglesias particulares del país.Tras este encuentro, la Iglesia colombiana reafirma su compromiso con una liturgia viva, seria, sencilla y hermosa, donde el canto siga siendo camino de oración, evangelización, participación y encuentro con Cristo.Vea a continuación el informe audiovisual del evento:
Mié 27 Mayo 2026
Obispos colombianos piden a candidatos presidenciales cuidar la institucionalidad, respetar los resultados electorales y contribuir a la paz
La Conferencia Episcopal de Colombia pide a los candidatos y candidatas a la Presidencia y Vicepresidencia de la República favorecer “un clima nacional de serenidad y paz” antes y después de las elecciones del próximo 31 de mayo, así como manifestar explícitamente su respeto al orden institucional y a los resultados que arrojen los comicios.En un mensaje firmado por la Comunidad de Presidencia el episcopado colombiano, los obispos advierten que la responsabilidad de quienes aspiran a conducir el país “es altísima, crucial y delicada”, especialmente en el actual contexto nacional.Por ello, insisten en que hoy “resulta prioritario contribuir a disponer los ánimos de la población para promover la convivencia pacífica y evitar toda forma de violencia entre los colombianos”.“Artesanos y arquitectos” de la pazLos obispos subrayan que, en este momento decisivo para la nación, se espera de los líderes políticos una actitud comprometida con la reconciliación y el bien común. Citando al Papa Francisco, el mensaje recuerda que de los candidatos “se espera, de manera especial, que sean ‘artesanos’ y ‘arquitectos’ de la paz”.Uno de los llamados centrales del comunicado está relacionado con el fortalecimiento de la confianza democrática. En ese sentido, los prelados afirman que será “motivo de confianza y esperanza para el país contar con la manifestación explícita de todos ustedes sobre el respeto al orden institucional y a los resultados que arrojen los comicios electorales”.“Abandonar la lógica del odio, la venganza y el miedo”Los obispos también exhortan a los distintos actores políticos y sociales a evitar discursos y actitudes que profundicen la polarización y la confrontación.“Tenemos la oportunidad de abandonar, por el bien de todos los colombianos, la lógica del odio, la venganza, el miedo, la violencia y la muerte”, expresa el mensaje.Además, la Conferencia Episcopal de Colombia plantea la necesidad de fortalecer los caminos del encuentro y del diálogo, incluso en medio de las diferencias políticas e ideológicas. Retomando una expresión del Papa Francisco en Christus Vivit, el comunicado exhorta a “tejer ‘el puente humano’, reconocer los puntos de encuentro y proyectar el país mejor que necesitamos, soñamos y anhelamos”.Una invitación a la reconciliación y al bien comúnEn el mensaje se insiste que Colombia puede avanzar hacia escenarios de mayor unidad y reconciliación si prevalece el respeto por la dignidad humana, la vida y el bien común.En ese sentido, los obispos afirman que, pese a las “graves contradicciones, desigualdades e injusticias” que afectan al país, los colombianos son capaces de “acercarnos, reconocernos, escucharnos, dialogar, reconciliarnos y unirnos en torno a un proyecto común de país”.Una oración por los líderes políticos y por ColombiaEl pronunciamiento concluye con una oración por quienes participan en la contienda electoral y por el futuro de Colombia. Allí, los prelados piden a Dios que ilumine y fortalezca a los candidatos, y elevan una súplica inspirada en palabras expresadas por el Papa León XIV en su primera encíclica, recientemente publicada, Magnifica Humanitas:"Padre de Nuestro Señor Jesucristo, dirige tu mirada bondadosa sobre estos hermanos y hermanas que aspiran a servir al pueblo colombiano desde la Presidencia y la Vicepresidencia de la República; que tu Espíritu descienda sobre ellos, los guíe, fortalezca e ilumine y que todos desarmemos nuestras actitudes y palabras para contribuir a desarmar nuestra tierra colombiana (cf. Papa León XIV, Magnifica Humanitas, 214)."Vea a continuación la lectura del comunicado por parte del Presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia: