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SISTEMA INFORMATIVO

De la Doctrina a la vida

Mié, 27/06/2018 - 11:40 editorCEC1

Tags: democracia magisterio iglesia gobernantes Monseñor Juan Carlos Cárdenas

Por: Mons. Juan Carlos Cárdenas Toro - La democracia en el magisterio de la Iglesia. Los colombianos acabamos de elegir un nuevo presidente para los próximos 4 años. Así que es oportuno dar una mirada a lo que la Iglesia nos enseña acerca de la democracia: sus valores y potencialidades, al igual que los riesgos de los que hay que cuidarse. Viene bien, a gobernantes y gobernados considerar la enseñanza de la Iglesia al respecto.

Valores y potencialidades de la democracia
En la Encíclica Centesimus annus, san Juan Pablo II afirma que «la Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes» (Op. cit., n. 46). Así, el sistema democrático es un auténtico potencial cuando se desenvuelve en medio del correcto balance entre unos elegidos que asumen con responsabilidad el voto de confianza de los ciudadanos, y los electores que ejercen su derecho con libertad, responsabilidad y pensando en el bien común y los intereses superiores de la patria.

De igual manera, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia recuerda que los valores que han de inspirar la democracia son: la dignidad de la persona, el respeto de los derechos humanos, la asunción del “bien común” como fin y criterio regulador de vida la política (CDSI, n. 407). Esto significa que un sistema democrático debe poner como en el centro a la persona considerada en su individualidad así como en su naturaleza comunitaria; todas las actividades ejercidas en este marco, se deben ordenar a la promoción de la persona humana.

Existe, además una estructura que se vuelve garantía de solidez para la democracia: la división de los poderes del Estado: ejecutivo, legislativo y judicial. A este respecto en la mencionada Encíclica de san Juan Pablo II, se dice que «es preferible que un poder esté equilibrado por otros poderes y otras esferas de competencia, que lo mantengan en su justo límite. Es éste el principio del “Estado de derecho”, en el cual es soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los hombres». Ha de ser un esfuerzo de los líderes hacer todo por mantener este sano equilibrio e independencia entre los poderes públicos.

En tercer lugar, quienes son puestos a la cabeza de los organismos públicos deben cultivar el espíritu de servicio en el cumplimiento de las funciones que el pueblo les confía; este espíritu se alimenta con las virtudes de la «paciencia, modestia, moderación, caridad, generosidad», así, el servidor público tendrá siempre en mente el bien común, antes que el propio prestigio o el logro de ventajas personales (Cf. CDSI, n. 410). Es que el papel de quien trabaja en la administración pública debe ser específicamente de ayuda solícita al ciudadano.

Finalmente, en lo que concierne a los ciudadanos, la democracia auténtica debe garantizar que estos conozcan los mecanismos de participación que les son legítimos y que se les permita ejercerlos cuando así se requiera. Uno de estos mecanismos es el de la información. «Es impensable la participación sin el conocimiento de los problemas de la comunidad política, de los datos de hecho y de las varias propuestas de solución (CDSI, n. 414).

Riesgos que amenazan la auténtica democracia
El relativismo ético — sostiene contundentemente el CDSI —, es uno de los mayores riesgos para las democracias actuales, dado que induce a considerar que no existen criterios objetivos y universales para sustentar la correcta jerarquía de los valores. Además, citando a san Juan Pablo II, advierte que «una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia» (Cf. CDSI, n. 407).

En el cambio de época en el que nos encontramos, una de las primeras cosas que hace crisis es la escala de los valores sobre los cuales se edifica la sociedad. Es necesario que la democracia — con el concurso de todos los ciudadanos — apropie los mínimos y máximos éticos a partir de los cuales se debe regir, teniendo en cuenta las raíces profundas que han sostenido la historia de una nación.

No se puede olvidar que la democracia no es un fin sino un instrumento, que debe reflejar los valores éticos y morales de los ciudadanos a los que sirve.

En segunda instancia, el riesgo de la cooptación de los poderes públicos, y la concentración de estos en intereses particulares o por parte de lo que Francisco llama “colonización ideológica”, pone en claro peligro la salud de la democracia, que claramente puede desembocar en totalitarismos. «Los organismos representativos deben estar sometidos a un efectivo control por parte del cuerpo social»; y este es posible a través de mecanismos como las elecciones libres, las consultas populares, las veedurías públicas, la rendición pública de cuentas (Cf. CDSI, n. 409).

Por último, la Enseñanza Social de la Iglesia confirma que la corrupción política es una grave deformación del sistema democrático, pues traiciona «los principios de la moral y las normas de la justicia social», dejando seriamente comprometido el correcto funcionamiento del Estado. La relación negativa entre gobernantes y gobernantes, la desconfianza y falta de credibilidad hacia las autoridades y las instituciones públicas, así como el creciente menosprecio de los ciudadanos por la política, son efectos muy serios que terminan por socavar la estabilidad del sistema democrático.

Considerando esto último, es urgente difundir y cultivar en la ciudadanía en todos los niveles, los antídotos contra el veneno de la corrupción: honestidad, transparencia, responsabilidad, lealtad, generosidad, tolerancia, entre otros muchos más.

+ Juan Carlos Cárdenas Toro
Obispo Auxiliar de Cali

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Vie 18 Nov 2022

Santidad y alegría

Por Mons. Libardo Ramírez Gómez - Diversas las frases que proclaman la confortante realidad que la mayor alegría en esta vida, y en el más allá, está en vivir en la senda de la santidad. Bien se ha dicho que “la única grande tristeza es la de no ser santos”, y, que “lejos de Dios, triste infierno”, pero “cerca de Dios, dulce paraíso”. Hemos celebrado, en este noviembre, la “fiesta de todos los Santos”, cada una de cuyas existencias es de inmensa alegría. Hemos proclamado la preciosa página evangélica de “Las Bienaventuranzas”, precedida, cada una de ellas, con la palabra latina “Beato”, cuya legítima traducción es: “felices”. Eso son los santos del cielo: “eternamente felices”. Habrá personas masoquistas que buscan el dolor por el dolor, otras personas que hasta piden dolor y penas a Dios, pero son actitudes realmente no normales, pues basta ofrecer a Dios el dolor, no solo con aceptación sino con alegría, y es este el camino y fruto de la santidad. Tenemos qué agradecer al Papa actual, Francisco, quien ha iluminado tantos temas a la luz de la fe, y quien a lo largo de su pontificado ha venido insistiendo en alegría de la santidad. Siguiendo al Vaticano II, que nos regaló esa admirable Constitución Titulada “Alegría y Esperanza”, ha escrito tres Exhortaciones con ese acento, como son: “La alegría del Evangelio” (2013). “La alegría del amor" (2016), con énfasis en su vivencia en la familia, institución fundamental de la sociedad, y “Alegraos y Regocijaos” (2018), siendo esta última un iluminado sendero de “santidad en el momento actual”. Esta última, “Alegraos y Regocijaos”, es Constitución que nos lleva de la mano a esto de incrementar nuestro gozo, y encontrar una santidad sencilla, insistente ante todo en vivir en forma extraordinaria momentos ordinarios, al estilo de una Santa Teresita de Lisieux o de un S. Juan XXIII. Es una respuesta sencilla y permanente al amor a Dios, realizando, así, camino propio, personal e irrepetible. Es denotar que habrá superación de fallas y flaquezas humanas, sin desaliento al caer en ellas, porque el Padre bueno nos da la mano a través de las gracias del Espíritu Santo, exigiendo, eso sí propósito firme de no recaer en ellas. Esa sencilla realización no es un facilismo o conformismo con la mediocridad, pues sigue vigente lo proclamado por el Maestro, que ese avance en el Reino de Dios, “padece violencia”, es decir gran esfuerzo o “parresia”, y, son “los violentos los que lo conquistan” (Mt. 11,12). No se trata de una existencia “aguada y licuada”, sino siguiendo la Carta Magna de lasBienaventuranzas, “gran protocolo” del juicio final, “carnet de identidad del cristiano”: “Yo soy el camino la verdad y la vida” (Jn. 14,6). “El que cree en mí no morirá para siempre” (Jn. 21,27). “Todo lo que hagan, háganlo en el nombre del Señor Jesús” (Col. 3, 17). “Jesús pasó por el mundo haciendo el bien” (Hech. 10,38). “Este es el camino de los confiados, el destino de los hombres satisfechos" (Sal. 40,14). Vivir todo esto con sencillez, fidelidad y esperanza, es alegría infinita en la tierra y en el cielo. ¡Experimentémoslo! Mons. Libardo Ramírez Gómez Obispo emérito de Garzón Email: [email protected]

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Mar 15 Nov 2022

En todo y por todo, demos gracias a Dios

Por: Luis Fernando Rodríguez Velásquez - El creyente en Cristo tiene motivos de sobra para agradecer a Dios, porque a pesar de lo que somos, nos sigue amando y cuidando. Y no nos ha dejado solos. El Padre del cielo nos envía a su Hijo, para hacer extensiva y cercana su misericordia. Y su Hijo, Jesús, nos prometió y envió a todos el Espíritu Consolador, segura compañía en nuestro caminar. Y el mismo Jesús, nos dejó a María, su madre, constituyéndola como nuestra madre y protectora. Pero todavía hay más. Para asegurarse de que entendiéramos que sus palabras se cumplían, en especial aquellas que dijo a sus discípulos antes de subir al cielo de que estaría con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, instituyó Jesús en la última cena el sacerdocio, y nos dejó en los apóstoles y sus sucesores, su presencia sacerdotal, su actuar como víctima y sacrificio vital y renovador, su testimonio de la presencia divina por lo que lo sentimos mediador de todo bien. No deja ser maravilloso poder constatar que la Iglesia toda, ha podido también dar fe de que la oración que pide el Señor que hagamos al Dueño de la mies, para que nos dé obreros en la mies, es una realidad innegable. En los más 100 años de existencia, nuestra Arquidiócesis de Cali, sus comunidades parroquiales e instituciones, aun con limitaciones, han podido constatar la presencia permanente de sacerdotes, pastores eximios que han dado lo mejor de cada uno para que seamos lo que somos, una Iglesia particular viva y llena de esperanza. En todo y por todo, demos gracias a Dios. Damos gracias al Todopoderoso por su benevolencia para con nosotros. Al disponerse a terminar su servicio episcopal como Arzobispo metropolitano de Cali, Mons. Darío de Jesús Monsalve Mejía, -como bien lo expresa en su Editorial- damos gracias a Dios por su vida, por sus obras, por su testimonio de amor eclesial, por su compromiso por el respeto de la dignidad humana, la reconciliación y la paz y el cuidado de la casa común. Seguro que han sido numerosos, por no decir miles, los que en estos 12 años, recibieron de manos de Mons. Darío el sacramento de la confirmación, o fueron ordenados diáconos, presbíteros y obispos, o pudieron recibir también de sus manos el Cuerpo de Cristo en la Hostia consagrada. ¡Cuántos mensajes, homilías, llamados y celebraciones eucarísticas tuvo a bien presidir y celebrar por el pueblo de Dios que peregrina en la Arquidiócesis! ¡Cuántas obras de misericordia pudo llevar a cabo por si mismo o animando a los colaboradores diocesanos y sus obras a realizarlas en favor de los pobres y necesitados! Qué bueno que en estos días se intensifique la oración de acción de gracias por Mons. Darío. Los invito para que ante Jesús Eucaristía, lo tengan siempre presente. Recuerden esos momentos de especiales, públicos o privados, por los que estamos llamados a dar gracias y elevar los brazos al cielo para bendecir a Dios por la obra de Mons. Darío entre nosotros. La madre del cielo, a quien a toda hora Monseñor Darío invoca, lo proteja en su nuevo camino ministerial. Dios lo bendiga siempre. Gracias, gracias Mons. Darío. +Luis Fernando Rodríguez Velásquez Arzobispo coadjutor de Cali

Vie 11 Nov 2022

La VI Jornada Mundial de los Pobres

Por: Padre Rafael Castillo Torres - El próximo domingo 13 de noviembre, XXXIII domingo del tiempo ordinario, celebramos la VI Jornada mundial de los pobres. Esta celebración tuvo su impulso y animación cuando, en el cierre del año de la misericordia el 13 de noviembre del año 2016, en la Basílica de San Pedro, el Papa Francisco celebró el jubileo dedicado a las personas marginadas. En su homilía de ese día y con la naturalidad que le es propia, el Papa nos dijo: “quisiera que hoy fuera la Jornada de los Pobres”. Esta sexta jornada está animada por la invitación del Santo Padre, tomada del apóstol Pablo, a tener la mirada fija en Jesús, el cual «siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza» (2 Co 8,9). El Papa nos está haciendo un llamado a desencadenar en nuestras Iglesias particulares un movimiento de evangelización que en primera instancia salga al encuentro de los pobres, hasta reventarnos por ellos: “Frente a los pobres no se hace retórica, sino que se ponen manos a la obra y se practica la fe involucrándose directamente, sin delegar en nadie. A veces, en cambio, puede prevalecer una forma de relajación, lo que conduce a comportamientos incoherentes, como la indiferencia hacia los pobres. Sucede también que algunos cristianos, por un excesivo apego al dinero, se empantanan en el mal uso de los bienes y del patrimonio. Son situaciones que manifiestan una fe débil y una esperanza endeble y miope”. ( # 7 del Mensaje del Santo Padre). Esta celebración con su exhortación llega justamente cuando en la Nación colombiana las palabras de orden son inequidad, pobreza, hambre, exclusión, marginalidad, confinamiento, violencia, creciente deterioro ambiental, muerte, desempleo y corrupción. Tenemos una gran oportunidad a la luz del mensaje del Papa Francisco: pasar de las reflexiones cargadas de buenas teorías a la sensibilidad frente al sufrimiento de los débiles. Para Jesús los pobres fueron sus preferidos y los primeros en atraer su atención. Viene bien preguntarnos en esta Jornada: ¿Son los pobres para nosotros… lo que fueron para Jesús? Muy seguramente la gran mayoría responderá que sí y que están de parte de ellos. Ello da pie para que nos hagamos otra pregunta: ¿Qué lugar ocupan los pobres en nuestra vida y en la vida de nuestras comunidades?. En la Iglesia, y es bueno reconocerlo, contamos con personas, organismos, instituciones, congregaciones religiosas, voluntarios donantes de su tiempo libre y misioneros heroicos a quienes los anima el mismo Espíritu que animaba a Jesús en Galilea en su misión por calmar el sufrimiento que había en el corazón del pobre. Hombres y mujeres que en las calles y en zonas no fáciles, dedican su vida entera y hasta la arriesgan por defender la dignidad y los derechos de los más pobres. Pero como quiera que todo esto acontece en una de las naciones más inequitativas de la tierra, bien vale la pena seguir preguntándonos: ¿Cuál es la actitud generalizada entre nosotros frente a los que menos tienen y más sufren? ¿Por qué no vemos ningún problema especial cuando sólo se trata de aportar una ayuda o de entregar un donativo? ¿Qué ha sucedido en nosotros para que las ofrendas o donaciones que entregamos nos tranquilicen y nos permitan seguir viviendo con buena conciencia? ¿Por qué los pobres nos inquietan tanto cuando nos obligan a plantearnos qué nivel de vida nos podemos permitir, cuando está suficientemente claro que en Colombia se viola diariamente el derecho humano a la alimentación? En Colombia, hoy, después de dos años de pandemia, lo más visible es el hambre y la miseria, porque lo que permanece en el alma de la pobreza, es la indignidad. El aproximarnos desde el Secretariado Nacional de Pastoral Social/ Cáritas Colombiana y hacerlo juntamente con las pastorales sociales de las jurisdicciones y desde la cooperación fraterna con nuestras Cáritas hermanas que sirven en Colombia, nos permite constatar que en nuestra Nación el que es pobre carece de los derechos que tenemos los demás; no merece el respeto que merecería cualquier persona normal y representan muy poco para los intereses de quienes han manejado esta Nación desde sus inconfesables instintos de poder. Por eso, encontrarlos en la calle, genera desazón, precisamente porque su sola presencia quita la máscara a nuestros grandes discursos teóricos sobre la pobreza y pone al descubierto nuestras mezquindades. ¿Qué buenos criterios, a la luz del llamado del Papa Francisco, pueden ayudarnos, hoy, a enfrentar el desafío humanitario que estamos viviendo frente a una pobreza que es purgatorio y una miseria que es infierno?. Lo primero es no poner nuestras acciones al servicio de un proselitismo denigrante. Sobre el particular San Juan Crisóstomo fue muy claro: “¡Basta con la necesidad para que el pobre sea digno! No damos limosna al buen comportamiento, sino al hombre. No nos compadecemos de la virtud, sino de la desgracia. Y eso para que también nosotros alcancemos de Dios abundante misericordia, nosotros que somos tan indignos de su benignidad”. Lo segundo es procurar que nuestras tareas y acciones en contextos humanitarios como los de hoy, jamás deben poner “sordina” al clamor de los pobres. Nuestra atención integral debe, necesariamente, ir acompañada de la denuncia pública de las injusticias que ellos están viviendo y de la reivindicación de sus derechos. Servicio asistencial y denuncia profética son inseparables. Por último, es urgente que las tareas humanitarias no fomenten la pereza en los destinatarios últimos de nuestra acción caritativa. En Colombia la “mendicidad” y la “indigencia”, en algunos casos, se han convertido en prósperos negocios. Permítanme citar a Noël du Fail quien en su obra Propos Rustiques, muestra como el pícaro Tailleboudin, en su dialogo con un campesino le dice: “Yo ganaré en un solo día, acompañando a un ciego o a un lisiado, o ulcerándome las piernas con ciertas hierbas y acudiendo a la puerta de una Iglesia, lo que tú, cargando leña, te ganarías en todo el año”. Recordemos igualmente a Sancho Panza cuando fue, por escasos días, gobernador de la Isla Barataria y tuvo el feliz acierto de “crear un alguacil de pobres, no para que los persiguiera, sino para que examinara si lo eran; porque – decía- a la sombra de la manquedad fingida y de la llaga falsa andan los brazos ladrones y la salud borracha”. Ojalá en estos contextos podamos canalizar siempre nuestras ayudas, a través de organizaciones de la Iglesia, de la sociedad civil e instituciones dignas de credibilidad y confianza teniendo muy presente lo que nos dice el Papa al final de su mensaje: “Que esta VI Jornada Mundial de los Pobres se convierta en una oportunidad de gracia, para hacer un examen de conciencia personal y comunitario, y preguntarnos si la pobreza de Jesucristo es nuestra fiel compañera de vida”. Padre Rafael Castillo Torres Director del Secretariado Nacional de Pastoral Social / Cáritas Colombia

Dom 6 Nov 2022

Antecedentes de la Carta Apostólica Desiderio Desideravi

El 29 de junio del año 2022 el papa Francisco regaló a la Iglesia un texto dedicado a la liturgia. Se trata de la Carta Apostólica Desiderio Desideravi[1], sobre la formación litúrgica del Pueblo de Dios, que desarrolla los resultados de la plenaria de febrero de 2019 del Dicasterio del Culto Divino y sigue al motu proprio Traditionis Custodes, reafirmando la importancia de la comunión eclesial en torno al rito surgido de la reforma litúrgica postconciliar. La Carta Apostólica es el punto de llegada de un proceso que tuvo sus orígenes en la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, a raíz del desacato del arzobispo de Dakar (Senegal), Monseñor Marcel Lefebvre (+ 1991) de los acuerdos aprobados por los padres conciliares y férreo defensor de la vieja ortodoxia, idea que lo impulsó a fundar, en 1968, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Suspendido a divinis en 1976 por el Vaticano, Monseñor Lefevre, continuó ordenando sacerdotes y obispos partidarios de su ideario, por lo que fue excomulgado definitivamente en 1988, por el papa Juan Pablo II. 1. Quattuor Abhinc Annus Juan Pablo II, deseando ayudar a este grupo y demás partidarios del rito de la misa anterior a la reforma, concedió el indulto Quattuor Abhinc Annus[2], en forma de instrucción publicada por la Congregación del Culto Divino, el 3 de octubre de 1984. La instrucción llega cuatro años después de una consulta de la Santa Sede a los obispos “sobre el modo en el cual los presbíteros y los fieles en sus diócesis, adoptaron el Misal promulgado por el papa Pablo VI; las dificultades sobrevinientes a la aplicación de la reforma litúrgica, y las resistencias que hubiere que superar”[3] . Para hacer uso de este indulto, se debía guardar las siguientes condiciones: “debe constar sin ambigüedades que tales sacerdotes y fieles no tienen parte con los que dudan de la legitimidad y rectitud doctrinal del Misal Romano promulgado por el Romano Pontífice Pablo VI en 1970”; “esa celebración sólo será útil para los grupos que la pidieron; en las iglesias y oratorios que el Obispo diocesano señalare (no así en templos parroquiales, a no ser que el Obispo lo conceda para casos extraordinarios)”; “en los días y condiciones que el mismo Obispo estableciera por costumbre o por una eventualidad, deberán celebrar siguiendo el Misal del año 1962 y en latín; no deberán mezclar los ritos y los textos de ambos Misales”; “cada Obispo reportará a esta Congregación sobre las concesiones que otorgue, y al culminarse el año de la concesión del presente indulto, dará cuenta de los resultados obtenidos con su aplicación”[4]. 2. Carta Apostólica Ecclesia Dei Más adelante, el Pontífice, como signo de la solicitud del Padre común para con todos sus hijos, expidió la Carta Apostólica Ecclesia Dei[5], dada en forma de motu proprio, el 2 de julio de 1988, y constituyó la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, “con la tarea de colaborar con los obispos, con los dicasterios de la Curia Romana y con los ambientes interesados, para facilitar la plena comunión eclesial de los sacerdotes, seminaristas, comunidades, religiosos o religiosas, que hasta ahora estaban ligados de distintas formas a la Fraternidad fundada por el arzobispo Lefebvre y que deseen permanecer unidos al Sucesor de Pedro en la Iglesia católica, conservando sus tradiciones espirituales y litúrgicas”[6]. En su escrito, además, el Papa, exhortó a los obispos a utilizar amplia y generosamente esta facultad en favor de los fieles que lo solicitasen. 3. Carta Apostólica Summorum Pontificum y Carta Con grande fiducia En la misma línea de solicitud pastoral, el papa Benedicto XVI, el 7 de julio de 2007, publicó la Carta Apostólica Summorum Pontificum[7], dada en forma de motu proprio, y amplió y actualizó la indicación general del motu proprio Ecclesia Dei, sobre la posibilidad de utilizar el Missale Romanum de 1962, con normas más precisas y detalladas. En dicha carta, el Papa, estableció la distinción entre dos formas del mismo rito romano: una forma llamada “ordinaria”, que se refiere a los textos litúrgicos del Misal Romano revisados siguiendo las indicaciones del Concilio Vaticano II, y una forma denominada “extraordinaria”, que corresponde a la liturgia que regía antes del aggiornamento litúrgico. En la carta a los obispos que acompaña al motu proprio[8], Benedicto XVI precisaba muy bien que su decisión de hacer coexistir los dos misales no tenía solamente por objeto satisfacer el deseo de ciertos grupos de fieles adherentes a las formas litúrgicas anteriores al Concilio Vaticano II, sino también permitir el mutuo enriquecimiento de las dos formas del mismo rito romano, es decir, no sólo hacer posible su coexistencia pacífica sino también posibilitar su perfeccionamiento, subrayando los mejores elementos que los caracterizan. A propósito de esto escribía que “las dos formas de uso del rito romano pueden enriquecerse recíprocamente: se podrá y se deberá incluir en el antiguo misal a los nuevos santos y algunos de los nuevos prefacios [... ]. En la celebración de la Misa según el misal de Pablo VI se podrá manifestar, de un modo más enérgico que lo que se ha hecho hasta el presente, esa sacralidad que atrae a numerosas personas hacia la forma antigua del rito romano”[9]. Por tanto, las condiciones para el uso del misal de 1962 establecidas en los documentos anteriores Quattuor abhinc annis y Ecclesia Dei, fueron sustituidas por las siguientes: En las misas celebradas sin pueblo, “todo sacerdote católico de rito latino, tanto secular como religioso (idóneo y sin impedimento jurídico), puede utilizar tanto el Misal Romano editado por el beato Papa Juan XXIII en 1962 como el Misal Romano promulgado por el Papa Pablo VI en 1970, en cualquier día, exceptuado el Triduo Sacro…, no necesita permiso alguno” (art. 2); “las comunidades de los Institutos de vida consagrada y de las Sociedades de vida apostólica, tanto de derecho pontificio como diocesano; los fieles que lo pidan voluntariamente”; puede tener lugar en día ferial; los domingos y las festividades” (art. 3); “el párroco,, puede conceder la licencia para usar el ritual precedente en la administración de los sacramentos del Bautismo, del Matrimonio, de la Penitencia y de la Unción de Enfermos, si lo requiere el bien de las almas” (art. 5, 3; 9, 1 ); “a los ordinarios se concede la facultad de celebrar el sacramento de la Confirmación usando el precedente Pontifical Romano” (art. 9, 2); “el ordinario del lugar, si lo considera oportuno, puede erigir una parroquia personal según la norma del canon 518 para las celebraciones con la forma antigua del rito romano” (art. 10)[10]. 4. Carta Apostólica Ecclesiae unitatem En este camino de acercamiento de la Santa Sede a la Fraternidad San Pío X, el Pontífice, publicó la Carta Apostólica en forma de motu proprio Ecclesiae unitatem[11], el 2 de julio de 2009, en la que reformó la estructura de la Comisión Ecclesia Dei, uniéndola de manera estrecha a la Congregación para la doctrina de la fe y retiró “la pena de excomunión a los cuatro obispos ordenados sin mandato pontificio por el arzobispo Lefebvre en 1988: Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson y Alfonso de Galarreta”[12]. Con esa decisión, el Pontífice, “quiso suprimir un impedimento que podía impedir la apertura de una puerta al diálogo e invitar así a los obispos y a la Fraternidad San Pío X a volver al camino de la comunión plena con la Iglesia”[13]. La renuncia del papa Benedicto XVI, el 28 de febrero de 2013, y los vientos de reforma del nuevo pontífice, el papa Francisco, suscitaron resistencia en algunos sectores de la Iglesia. En Colombia, el rostro visible de ésta resistencia fue el catedrático José Galat Noumer (+2019), presidente de la Universidad “La Gran Colombia”, quien cuestionó la legitimidad del papa Francisco en varias ocasiones por su canal de televisión Teleamiga, por lo que la Conferencia Episcopal consideró que Teleamiga no podría ser considerado un canal católico y pidió a sacerdotes, religiosos y laicos a retirar el apoyo a ese canal, el 25 de julio del año 2017[14]. 5 Carta apostólica sobre la Comisión Pontificia Ecclesia Dei Con la misma intencionalidad pastoral y de comunión eclesial de sus predecesores, el Papa Francisco, suprimió la Comisión pontificia Ecclesia Dei, el 19 de enero de 2019, y pasó sus tareas a la Congregación para la Doctrina de la Fe, considerando que en la actualidad han cambiado las condiciones que llevaron al santo Pontífice Juan Pablo II al establecimiento de dicha Comisión[15]. Luego, a los dos años siguientes, y después de una consulta amplia al episcopado, el Pontífice, promulgó la Carta Apostólica Traditionis Custodes, sobre el uso de la liturgia romana antes de la reforma de 1970, el 16 de julio de 2021[16], y cerró el camino a la “forma extraordinaria” de la misa. Los resultados lamentaron que una cosa hecha para ayudar pastoralmente a quienes habían vivido una experiencia anterior, se fuera transformando en ideología. Es entonces, cuando el Papa, reconoce la necesidad de normas claras para quienes no habían vivido esa experiencia y buscan los ritos tridentinos por moda, por mero gusto, sin saber latín y por tanto sin saber lo que están orando[17]. Sin embargo, el Papa, no prohibió la celebración de la Misa tridentina, sino que dispuso que cada obispo la supervise y apruebe. 6. Carta Apostólica Traditionis Custodes En esa Carta, el Pontífice, estableció que: “los libros litúrgicos promulgados por los santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, en conformidad con los decretos del Concilio Vaticano II, son la única expresión de la lex orandi del Rito Romano” (art. 1); “al obispo diocesano, le corresponde la regulación de las celebraciones litúrgicas en su propia diócesis. Por tanto, es de su exclusiva competencia autorizar el uso del Missale Romanum de 1962 en la diócesis, siguiendo las orientaciones de la Sede Apostólica” (art. 2); “los presbíteros ordenados después de la publicación del presente Motu proprio, que quieran celebrar con el Missale Romanum de 1962, deberán presentar una solicitud formal al obispo diocesano, que consultará a la Sede Apostólica antes de conceder la autorización” (art. 4)[18]. Esta situación de personas que no tienen muy claro qué están orando o el sentido de determinados ritos fue la motivación del Pontífice para urgir una formación litúrgica seria y vital, en su Carta Apostólica Desiderio Desideravi[19]. ¿Cómo se manifiesta el fenómeno del tradicionalismo en su Iglesia particular? P. Jairo de Jesús Ramírez Ramírez Director del Departamento de Liturgia del SPEC [1] Francisco. Desiderio Desideravi, sobre la formación litúrgica del pueblo de Dios (29/06/2022). Madrid: BAC-documentos, 2022. [2] Sagrada Congregación para el Culto Divino. “Indulto para usar el Misal Romano de 1962”. En: Acta Apostolicae Sedis (AAS), 76 (1984), pp. 1088-1089. [3] Ibíd. [4] Ibíd. [5] Juan Pablo II. Carta Apostolica “Ecclesia Dei” en forma de motu proprio (2 de julio de 1988). En: AAS 80 [1988] 1498; cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 10 de julio de 1988, p. 24). [6] Ibíd. [7] Benedicto XVI. Carta Apostólica Summorum Pontificum (7 de julio de 2007). En: AAS 99 [2007], pp. 777-781. [8] Benedicto XVI. Carta Con grande fiducia (7 de julio de 2007), en AAS, 99 (2007), pp. 795-799. [9] Ibíd. [10] Ibíd. [11] Benedicto XVI. Carta Apostólica en forma de motu proprio Ecclesiae Unitatem (2 de julio de 2009). [12] Ibíd. [13] Ibíd. [14] Cfr. Conferencia Episcopal de Colombia. Comunicado n. 002 (25 de julio de 2017). En: https://www.cec.org.co/sites/default/files/2017%20ComTeleamiga.pdf, consultado el 19 de octubre de 2022. [15] Cfr. Francisco. Carta apostólica en forma de motu sobre la comisión pontificia “Ecclesia Dei”, (17 de enero de 2019). [16] Francisco. Carta Apostólica Traditionis Custodes, sobre el uso de la liturgia romana antes de la reforma de 1970 (16 de julio de 2002). [17] Cfr. Tadeo Albarracín. Antecedentes de la Carta Desiderio Desideravi, en: https://elcatolicismo.com.co/iglesia-hoy/formacion/los-antecedentes-de-la-carta-apostolica-desiderio-desideravi, consultado el 1 de octubre de 2022. [18] Ibid. [19] Francisco. Desiderio Desideravi, Op., cit.