En la Eucaristía se comunica el amor del Señor por nosotros

Primera lectura:   Dt 8,2-3.14b-16a
Salmo: 147,12-13.14-15.19-20 (R. cf. Lc 1,53)
Segunda lectura: 1Co 10,16-17
Evangelio: Jn 6,51-58


Introducción
La fiesta nace con la finalidad de proclamar la fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Presencia permanente y substancial más allá de la Misa y que es digna de ser adorada en la exposición solemne y en las procesiones con el Santísimo, que desde su origen comenzaron a celebrarse y que han llegado a ser verdaderos monumentos de la piedad católica. Este es el día de la Eucaristía en sí misma, ocasión para creer y adorar, pero también para conocer mejor este misterio a partir de las oraciones y de los textos bíblicos propios de esta celebración.

Es grandemente admirable que Cristo haya querido hacerse presente en su Iglesia de esta singular manera. Puesto que Cristo iba a dejar a los suyos bajo su forma visible, quiso darnos su presencia sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz por muestra salvación, quiso que tuviéramos el memorial del amor con que nos había amado "hasta el fin" (Jn 13,1), hasta el don de su vida. En efecto, en su presencia eucarística permanece misteriosamente en medio de nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros (cf Ga 2,20), y se queda bajo los signos que expresan y comunican este amor:

«La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración» (Juan Pablo II, Carta Dominicae Cenae, 3)

«La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, "no se conoce por los sentidos, dice santo Tomás, sino sólo por la fe, la cual se apoya en la autoridad de Dios". Por ello, comentando el texto de san Lucas 22, 19: "Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros", san Cirilo declara: "No te preguntes si esto es verdad, sino acoge más bien con fe las palabras del Salvador, porque Él, que es la Verdad, no miente"» (MF 18; cf. Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae 3, q. 75, a. 1; San Cirilo de Alejandría, Commentarius in Lucam 22, 19).

  1. Lectio: ¿Qué dice la Sagrada Escritura?

El sacramento del pan es prefigurado en el maná del desierto, alimento providencial para el camino. En la primera lectura, el maná es entendido, no sólo como el remedio del hambre real que los israelitas padecieron en el desierto, sino como la expresión de una fidelidad permanente de Dios. Es un signo de que Dios no se desdice nunca de sus promesas. El maná pasará a ser un signo-promesa para la época central de la salvación. Cada vez que el pueblo lo recoge y se alimenta de él, debe experimentar la presencia solícita de su Dios y la apertura a un futuro más esplendoroso.

El Salmo de este día es un himno que nos propone un canto de acción de gracias por la paz y la prosperidad de Jerusalén, y, sobre todo, por haberle dado el Señor la Ley por la que se distingue de todas las naciones, y que es prueba de la predilección divina por Israel.

Pablo nos exhorta a vivir la «comunión»; comunión entendida como intimidad, unión. Su efecto principal es la unión íntima con Jesucristo, como han subrayado los Santos Padres: «¿Qué es en realidad el pan? El Cuerpo de Cristo. ¿Que se hacen los que comulgan? Cuerpo de Cristo» (S. Juan Crisóstomo, In 1 Corinthios 24, ad loc.). Las palabras de Pablo nos enseñan la verdad fundamental sobre la Eucaristía: La presencia real de Jesucristo, cuando afirma que es la comunión del Cuerpo y la Sangre del Señor. «En este divino sacrificio, que en la Misa se realiza, se contiene e incruentamente se inmola aquel mismo Cristo que una sola vez se ofreció Él mismo cruentamente en el altar de la Cruz (cfr. Hb 9,27) (...) Una sola y la misma es, en efecto, la víctima, y el que ahora se ofrece por el ministerio de los sacerdotes, es el mismo que entonces se ofreció a sí mismo en la cruz, siendo sólo distinta la manera de ofrecerse» (Conc. de Trento, De SS. Missae sacrificio, cap. 2).

El evangelio de esta fiesta nos presenta el célebre discurso de Jesús sobre el Pan de Vida. Jesús se presenta como el pan bajado del cielo, pero, a diferencia del maná que también bajó del cielo, el que Jesús ofrece no vale para quitar el hambre fugaz y momentánea, sino un hambre más honda: del corazón. Jesús viene como el Pan definitivo que el Padre envía, para saciar el hambre más profunda y decisiva: el hambre de vivir y de ser feliz. Su Persona viva es el Pan que el Padre da. Comer este Pan que sacia todas las hambres significa adherirse a Jesús, entrar en comunión de vida con Él, compartiendo su destino y su afán, ser discípulo, vivir con Él y seguirle.

  1. Meditatio: ¿Qué me dice la Sagrada Escritura y que me sugiere para decirle a la comunidad?

El pan de vida es el pan eucarístico, es decir, la carne, el Cuerpo de Jesús. Así la Eucaristía nos remite a la encarnación de la Palabra de Dios, Cristo Jesús, y al sacrificio de su vida en la cruz. Ambos extremos, que encierran su existencia en la tierra, constituyen el misterio de abajamiento y auto humillación del Hijo de Dios. Cristo, a pesar de su condición divina, se rebajó a sí mismo y tomó la condición de esclavo, sometiéndose a la muerte de cruz por obediencia al plan del Padre, que era la salvación del hombre pecador a quien, no obstante, Dios ama. Por eso, Dios lo exaltó sobre todo lo que existe, glorificándole en su resurrección como Señor de la creación entera.

La Eucaristía es el memorial de la Cena del Señor, la nueva pascua que expresa la nueva alianza. Una alianza nueva requiere y crea un nuevo culto; es decir, una relación de Dios con la humanidad, y del hombre con Él por medio del Cuerpo sacrificado y de la Sangre de Cristo derramada como sacrificio por amor y salvación de los hombres, convocados por Dios a su familia y asamblea que es la Iglesia.

En la Eucaristía se comunica el amor del Señor por nosotros: un amor tan grande que nos nutre de sí mismo; un amor gratuito, siempre a disposición de toda persona hambrienta y necesitada de regenerar las propias fuerzas. Vivir la experiencia de la fe significa dejarse alimentar por el Señor y construir la propia existencia no sobre los bienes materiales, sino sobre la realidad que no perece: los dones de Dios, su Palabra y su Cuerpo.

La Eucaristía es el centro de toda la vida cristiana. A través de ella nos vamos consolidando como comunidad fraterna, porque comulgamos juntamente con otros. Recibimos el Cuerpo eucarístico de Cristo, para que vayamos siendo cada vez más claramente el Cuerpo eclesial del mismo Cristo. Como dijo Pablo a los cristianos de Corinto: «Siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan". "Somos" (un cuerpo, una comunidad) porque "participarnos». Así, la Eucaristía nos va constituyendo como comunidad.

La Eucaristía no sólo nos llena de consuelo y nos comunica la vida del Resucitado. También, nos une a Cristo: ¡Somos su cuerpo!, por lo tanto, nos une a nuestros hermanos. Él siempre estuvo en medio de la comunidad dándose a los demás; Él es quien en la Cruz se entrega por todos, y, ahora en el sacramento de la Eucaristía, se sigue dando y nos llama a nosotros también a darnos. Si comemos "el Cuerpo entregado por ustedes", en nuestra vida debemos ser cada vez más claramente signos suyos y constructores de fraternidad. No podemos separar nuestro "sí" a Cristo del "sí" al hermano.

La misión de la Iglesia continúa la de Cristo. Por tanto, la Iglesia recibe la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión, perpetuando en la Eucaristía el sacrificio de la cruz y comulgando el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Así, la Eucaristía es la fuente y, al mismo tiempo, la cumbre de toda la Evangelización, puesto que su objetivo es la comunión de los hombres en Cristo y, en ÉL, con el Padre y con el Espíritu Santo.

Hoy debiera ser un día para salir a las calles y hacer un tributo público a nuestro Señor, para adorarlo y caminar con Él. Pero la situación de emergencia sanitaria que afecta al mundo, nos lo impide. Sin embargo, no estamos impedidos por esta pandemia para asumir nuestra condición de adoradores desde la intimidad de nuestro corazón, quedándonos en casa. Ante todo, nosotros somos un pueblo que adora a Dios. Adoramos a Dios que es amor, que en Jesucristo se entregó a sí mismo por nosotros, se entregó en la cruz para expiar nuestros pecados y, por el poder de este amor, resucitó de la muerte y vive en su Iglesia. Nosotros no tenemos otro Dios fuera de este.

  1. Oratio y Contemplatio: ¿Qué suplicamos al Señor para vivir con mayor compromiso la misión? ¿Cómo reflejo en la vida este encuentro con Cristo?

Hagamos nuestras estas palabras de santo Tomás de Aquino, ante Jesús Sacramentado:
«Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte».

Mientras adoramos con todo nuestro ser su presencia real en la Eucaristía, presentemos cada hombre y mujer de nuestra gran familia humana, con todas sus intenciones y necesidades, especialmente aquellos más necesitados de su Misericordia, para que en el transcurso de su vida se abran a su amor y dejándose encontrar por Él en la Eucaristía, transformen su vida y las nuestras, en la medida que nos va uniendo a Él en un solo Cuerpo.

¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar!

 

Posted by editorCEC1