SISTEMA INFORMATIVO
Frente a la trata de personas, el trato fraterno y solidario
Por: Ilva Myriam Hoyos Castañeda, Consejo Latinoamericano CEPROME.
Intervención en el Webinar sobre “La Iglesia Iberoamericana contra la Trata: un crimen contra la humanidad”, realizado el 21 de agosto de 2020 por el Centro de Investigación y Formación Interdisciplinar para la protección del Menor (CEPROME), adscrito a la Universidad Pontificia de México, en alianza con el Centre for Child Protection de la Pontificia Universidad Gregoriana, el Consejo Episcopal Latinoamaricano ( CELAM) y la Confederación Latinoamericana de Religiosos (CLAR).
La enseñanza de la actual pandemia
No resulta fácil entretejer las paradojas de este tiempo de derechos, a la vez, tiempo de pandemias.
Derechos proclamados solemnemente en constituciones y convenciones, pero todavía en camino para ser garantizados de manera efectiva. Pandemias reducidas no sólo a la del Coronavirus, sino a todas las situaciones endémicas que hacen de la sociedad actual una sociedad enferma.
El virus del 2020 nos ha colocado frente a situaciones dolorosas, generadoras de miedo, zozobra e incertidumbre. Pero también, nos ha invitado a repensar el lugar que ocupamos en el mundo, a indagarnos sobre la presencia del otro en nuestras vidas y de manera más radical a cuestionarnos respecto del modo de vivir nuestra fe. La actual pandemia ha causado muchos males, pero, en cierto sentido, ha sido una epifanía, una manifestación visible de bienes considerados invisibles. Además, ha dejado mirar y escuchar su voz profética.
No hemos sabido reconocer, sin embargo, esas otras pandemias o no hemos querido reaccionar de la misma manera como lo hemos hecho frente al virus que nos ha golpeado a todos indistintamente.
Hay pandemias de pandemias y cada una de ellas tiene su propio sello.
La pandemia de la esclavitud de los seres humanos
Hablemos de una sola de esas pandemias sociales, conocida como “trata de personas”. Intentemos aproximarnos a esa realidad, al parecer, distante, lejana, desconocida y ajena a nuestra propia experiencia personal.
Admitamos que la palabra “trata” genera equívocos y resulta necesario desvelar su sentido originario. Viene del verbo “tractare” y significa “tirar” o “arrastrar”. Tiene de suyo un carácter peyorativo enriquecido por el sentido histórico otorgado: se tiran o se arrastan las cosas, aquellas susceptibles de ser descartadas. Literalmente trata es “arrastrar” a los seres humanos para comerciar con ellos y usarlos como objeto de compra o de venta, considerarlos mercancía, explotarlos ejerciendo los atributos del derecho de propiedad, es decir, actos de dominio como señor y dueño.
Dominar a otro no tiene otro calificativo que esclavitud. Éste es el drama de la trata de personas: esclavizar seres humanos y fomentar la cultura del descarte.
La expresión usada, hasta hace menos de un siglo, para significar el tráfico de mujeres europeas hacia Asia o África sometidas a explotación sexual fue “trata de blancas”. A pesar de los esfuerzos de la comunidad internacional por eliminarla, dado su carácter discriminatorio, todavía sigue utilizándose. La trata no tiene color: no es blanca, ni negra. Tampoco se identifica con un sexo ni tiene exclusividad en uno o dos continentes; es personal y, por tanto, afecta a toda la familia humana.
El fenómeno de la trata se nutre de esa condición tan propia de los seres humanos, expresión de nuestra libertad, de movilizarnos o trasladarnos de un lugar a otro. Nos movilizamos porque somos libres. Los traficantes de seres humanos buscan obtener el consentimiento de las víctimas mediante engaños y artimañas, el cual, de llegar a darse, está viciado porque sin libertad no hay consentimiento alguno. Ahí está el quid de la trata: ilusionar engañando. Comprar sueños y deseos, cautivar para silenciar voluntades. Impedir al ser humano tener morada propia y transformar a una persona en un bien de consumo.
Para producir el fenómeno de la esclavitud, los tratantes o traficantes de ilusiones de vida construyen redes generando un entramado de vasos comunicantes a través de los cuales cazan, pescan, capturan, sujetan y marcan a sus “siervos útiles”. Frente a los vejámenes o maltratos ocasionados no hay escrúpulo ni arrepentimiento alguno, tampoco derecho oponible. La lógica de la trata se acrecienta encadenando almas y multiplicando el mal. Su lógica del dominio sigue al pie de la letra las reglas de la lógica del mal.
En cada una de sus fases, manipula, intimida, violenta o elimina, si el “esclavo” deja de ser útil. En (i) la captación, atrae a la persona con la finalidad de adueñarse de su identidad y dominar su voluntad para fines de explotación; en (ii) el traslado mueve a una persona de un sitio a otro y le desarraiga de su entorno de origen, crianza o habitación. Corta todos los vínculos afectivos para evitar el contacto de la víctima con la familia o amistades o redes sociales de apoyo; y en (iii) la explotación obtiene beneficios económicos o placenteros a través de la participación forzada de la víctima, por ejemplo, en actos de prostitución, servidumbre sexual o laboral, incluidos los de pornografía y producción de materiales pornográficos.
Conocidas son sus técnicas: engañar, acallar, silenciar, seducir, aislar no sólo a las víctimas, porque los tratantes de manera sutil han ido logrando el silencio social, la indiferencia, la permisividad, la tolerancia, la apatía y todas aquellas formas perversas que han terminado por negar la esclavitud del siglo XXI, a pesar de que exista mendicidad forzada, matrimonio servil, tráfico de órganos, adopciones ilegales, turismo y explotación sexuales, pornografía y ciberacoso. Si, un conjunto de servidumbre, estructurado en las reglas de un mercado sediento de placer y deseoso de acumular riquezas y de extender el dominio de unos seres humanos sobre otros. Este fenómeno ha fortalecido la delincuencia transnacional organizada que compite a nivel nivel mundial con las drogas y las armas.
El sometimiento de las personas, el dominio sobre ellas implica un proceso complejo, propiciado en situaciones, tales como, la desesperación por falta de oportunidades, los deseos de encontrar un mundo mejor, las desventuras por las experiencias familiares y la vergüenza ocasionada por las debilidades humanas. La trata se alimenta de legítimas ilusiones de hombres y mujeres: querer una vida mejor, esperar un futuro distinto, soñar en un mundo de posibilidades. También se nutre de ese desenfrenado consumo, promovido por los mass media, que nos vende la idea de un estilo de vida que no corresponde a la realidad y nos convoca, sin importar la legitimidad de los medios, a buscarlo y alcanzarlo. Los sistemas judiciales tienen, en igual forma, responsabilidad en el
acrecentamiento del fenómeno de la trata, porque ante las deficiencias en la tipificación del conjunto de acciones que configuran este delito, han construido un sistema impune y han impedido castigar a los tratatantes y a las mafias que los soportan y han terminado, de manera kakfiana, castigando a las víctimas.
Cualesquiera que sean las razones que pretendan aducirse es reprochable el actuar de los nuevos traficantes: despojar a hombres y mujeres de su humanidad, borrar su subjetividad, obnubilar su memoria, despojar su corporeidad, anular su voluntad, cortar sueños y arrebatar sus derechos naturales, inalienables y sagrados.
La pandemia del “egoísmo indiferente”
El Papa Francisco ha denunciado ese “atroz flagelo”, calificado por él mismo como “trágico fenómeno”, “plaga aberrante”, “herida en el cuerpo de la sociedad contemporánea”, “llaga en la carne de Cristo”, “crimen contra la humanidad” y “una de las heridas más dolorosas de nuestro tiempo”. Ha reconocido, y lo ha hecho ante la comunidad internacional, que enfrentar a las redes de tratantes sobrepasa las competencias de una nación y hace necesaria una movilización de dimensión comparable a ese fenómeno.
Además, Francisco no ha perdido oportunidad para hablar sin tapujos, evitando distracciones y eufemismos. Ha denunciado que la causa principal de la trata no está en los traficantes de la carne humana, sino en el egoísmo sin escrúpulos y en la indiferencia hipócrita de habitantes del mundo que disfrutan de los beneficios y servicios de esa cadena completa de explotación e indignidad.
Frente a esa dura y dolorosa realidad es iluso pensar que acciones individuales o grupales son suficientes para intervenir en todas las fases de la nueva servidumbre de los seres humanos y que incluso las Orientaciones Pastorales sobre la Trata de Personas, elaboradas por la Sección Migrantes y Refugiados de la Santa Sede, aprobadas por Francisco y dadas a conocer en 2019, resuelven el reto de los católicos frente a un virus peor que el mismo Covid 19: “el egoísmo indiferente”. Ésta es la pandemia de las pandemias, propiciadora de una complicidad cómoda y muda, que enmascara no sólo nuestros rostros, sino nuestras conciencias.
Son necesarias declaraciones, convenciones y leyes que tipifiquen el crimen de la trata de personas como delito de lesa humanidad a través de las cuales se tipifiquen de mejor forma sus diversos elementos constitutivos, así como las acciones preventivas para erradicarla haciendo uso, entre otros medios, de campañas o programas de capacitación, formación o sensibilización, fundamentadas en derechos humanos y en el destímulo de la demanda. Sin embargo, no podemos quedarnos con documentos bien intencionados, pero deficientes frente al reto de generar un cambio de paradigma, una transformación social y una conversión personal.
El antídoto ante la pandemia de la trata: las relaciones fraternas y solidarias
Pero, entonces, ¿Qué debemos hacer los católicos? ¿Cuáles son los desafíos de nuestro actuar?
Una aclaración previa. La Iglesia no es experta en la prevención, atención e intervención de la trata de personas. Tampoco lo es en la adopción y en el seguimiento de políticas específicas para hacer frente a esta pandemia. Esas no son sus tareas. Si es su misión brindar una mirada esperanzadora desde la fe, proclamar el Reino de Dios, que es de sanación y salvación, de justicia y paz.
A partir de esa mirada es legítimo alzar la voz para gritar: ¡Basta ya del dedo inquisidor que acusa a otro de ser traficante de seres humanos! ¡Basta ya de esconder nuestro rostro haciendo uso de la nueva máscara y dejar de mirar los rostros heridos de las víctimas de los traficantes de esclavos!
El grito “basta ya de la trata de personas” encuentra eco en los versos del profeta Isaías: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz, que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!” (Is 5, 20).
Repetir una y otra vez “basta” puede resultar siendo una acción sinsentido si cada uno de nosotros deja pasar la oportunidad de responder a esa pregunta bíblica que resuena de manera novedosa:
“¿Dónde está tu hermano?”. Recordemos la indolente y provocadora respuesta de Caín ante la pregunta del mismo Dios por la muerte de Abel: “No sé. ¿Acaso, soy yo guardián de mi hermano?”
Esa pregunta y esa respuesta fratricidas nos ponen en una encrucijada: queremos o pretendemos ser apóstoles de la prevención pero no vivimos en nuestra cotidianidad la vocación originaria de ser hijos de un mismo Padre y, en consecuencia, no podemos reconocernos en nuestra condición de hermanos. Seamos sinceros, si no aceptamos vivir de acuerdo a esa doble condición, la de hijos y la de hermanos, no podemos recuperar la humanidad del otro. Ni comprenderlo ni sanarlo ni amarlo. Tampoco nacer de nuevo.
Insistiré, a título de ejemplo, en cuatro desafíos, no exclusivos ni excluyentes, para ser apóstoles de la prevención. Sí, pero, serlo de manera coherente.
1. Es imperativo rescatar el principio cristiano de la fraternidad, recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948). Estos son sus términos: “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros” (artículo 1º). Ese comportamiento o nuevo trato es posible –siguen siendo palabras de la Declaración– porque “la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana” (primer considerando). Es hora, por tanto, de promover en red un nuevo trato digno entre los hombres, es decir, fraterno y solidario.
2. En medio de esta pandemia, otro de los desafíos que debemos enfrentar es recuperar el sentido trascendente de la dignidad creatural y filial, excluyente de la dialéctica del amo y del esclavo. La voz de todos los miembros de la Iglesia debe hacerse sentir con la finalidad de renovar la conciencia de que cada ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Imagen al haber salido de las manos de su Creador y estar llamado a la comunidad con Él. Semejanza por la cercanía originaria a su Dios, pero que crece o decrece con el tiempo, según estemos en mayor armonía con Él. La dignidad como don y tarea espera la respuesta humana. También la respuesta de los miembros de la Iglesia.
3. La trata de personas no tiene la última palabra. Otro desafío es asumir con valor nuestra condición profética para denunciar y erradicar la trata. Es momento de ser conscientes de que debemos ser guardianes de nuestro hermano o hermana y de mirar en el rostro dolido de cada otro a ese prójimo, mi próximo, que más que recibir quiere dar: donar su dolor y “darse a sí mismo”.
Si el antídoto de los antídotos, la inmunidad última, la vacuna deseada y esperada para defendernos del virus de la esclavitud de este siglo XXI, es el amor fraterno; acojamos y hagamos vida las palabras de San Juan de la Cruz: “Adonde no hay amor, pon amor, y sacarás amor”.
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¿Cómo seguir transmitiendo la fe en este cambio de época? Claves del documento “Venite ad Me”, del Dicasterio para la Doctrina de la Fe
El 22 de octubre de 2026, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, con la aprobación del Santo Padre, dio a conocer el documento Venite ad Me, que ofrece algunas consideraciones para seguir transmitiendo la fe en una sociedad cada vez más secularizada.La reflexión parte de una pregunta fundamental para la misión evangelizadora de la Iglesia: ¿cómo anunciar a Jesucristo y favorecer la transmisión de la fe cuando esta ya no puede darse por supuesta como parte de la herencia cultural y de la vida familiar?¿Se ha debilitado la transmisión de la fe en la familia?En alguna ocasión, el papa Benedicto XVI afirmó: “Cuando, en la percepción de muchos, la fe católica ya no es patrimonio común de la sociedad (…), difícilmente podrá llegar al corazón mediante simples discursos o exhortaciones morales, y menos aún a través de referencias genéricas a los valores cristianos. La apelación valiente e íntegra a los principios es esencial e indispensable; sin embargo, la simple enunciación del mensaje no llega hasta lo más profundo del corazón de la persona, no toca su libertad ni transforma su vida. Lo que fascina es, sobre todo, el encuentro con personas creyentes que, mediante su fe, atraen hacia la gracia de Cristo y dan testimonio de Él”.Estas palabras, pronunciadas por Benedicto XVI el 13 de mayo de 2010, en Fátima, ofrecen una clave para comprender la preocupación que atraviesa el documento Venite ad Me: la necesidad de renovar la evangelización y recuperar la centralidad del encuentro personal con Jesucristo.En efecto, el documento constata una crisis en la transmisión generacional de la fe, especialmente en las sociedades de antigua tradición cristiana. En muchos contextos, ya no es posible dar por supuesta la transmisión de la fe en el ámbito familiar. Esta realidad invita a fortalecer el acompañamiento pastoral y a buscar nuevas formas de anunciar a Jesucristo, sin dejar de reconocer la importancia insustituible de la familia en la educación cristiana.Como recuerda la exhortación apostólica Evangelii gaudium, del papa Francisco, “Tampoco podemos ignorar que en las últimas décadas se ha producido una ruptura en la transmisión generacional de la fe cristiana en el pueblo católico”. El documento señala, además, que muchas personas se sienten desencantadas y dejan de identificarse con la tradición católica, mientras aumenta el número de padres que no bautizan a sus hijos ni les enseñan a rezar.No se trata, por tanto, de afirmar que la familia haya dejado de ser un lugar de transmisión de la fe, sino de reconocer que esta tarea ya no puede darse por descontada y que necesita ser acompañada, fortalecida y renovada.Al centro está de nuevo el primer anuncio: el kerigmaLa preocupación por renovar la transmisión de la fe ya estaba presente en el magisterio del papa Francisco, quien solicitó al Dicasterio para la Doctrina de la Fe una reflexión sobre esta cuestión. Posteriormente, el papa León XIV retomó esta urgencia en su discurso a los obispos italianos, en junio de 2025, al insistir en la necesidad de poner a Jesucristo en el centro del anuncio y de la existencia cristiana.En aquella ocasión, el Santo Padre señaló la importancia de ayudar a las personas a vivir una relación personal con Cristo para descubrir la alegría del Evangelio. En un contexto de gran fragmentación, insistió en la necesidad de volver a los fundamentos de la fe, al kerigma, como primer compromiso que impulsa todos los demás.En esta misma perspectiva, Venite ad Me propone volver al kerigma, es decir, al anuncio de lo esencial de la fe. Se trata de reconocer que las referencias a los valores morales y las exhortaciones a los principios cristianos, aun siendo importantes, no pueden dar por supuesto aquello que es previo y fundamental: el encuentro con Cristo.Para transmitir la fe hoy no basta con enseñar un conjunto de contenidos doctrinales o de informaciones religiosas, como podía suceder hace varias décadas, cuando el Evangelio se “respiraba” cotidianamente en la familia y en la sociedad.Volver al kerigma significa poner en el centro el anuncio de que Dios nos ama, que Jesucristo entregó su vida por nuestra salvación, resucitó y permanece vivo y presente en medio de nosotros. No se trata de restar importancia a la formación doctrinal, sino de reconocer que esta debe estar vinculada con el encuentro personal con Cristo y con una experiencia de fe capaz de transformar la vida.¿Cuáles son las consideraciones para seguir transmitiendo la fe?El documento invita a reconocer los espacios y las experiencias que hacen posible el encuentro con Cristo y favorecen una transmisión viva de la fe.En primer lugar, destaca la importancia de la familia y de la comunidad eclesial. Como señala el número 30, mientras la Iglesia está llamada a comunicar y hacer resplandecer la luz de Cristo, “la familia constituye el primer y más esencial lugar de transmisión de la fe”.Este desafío exige acompañar a las familias y ayudarles a descubrir que la transmisión de la fe no se reduce a comunicar conocimientos religiosos. También supone enseñar a orar, compartir la vida cristiana, celebrar la fe y dar testimonio de ella mediante las decisiones cotidianas y el servicio a los demás.De igual manera, resulta fundamental el testimonio de las personas que han experimentado el encuentro con Cristo o han redescubierto una relación viva con Él. Sus experiencias pueden convertirse en una invitación para que otros se acerquen a la fe y descubran la presencia de Dios en sus propias vidas.Por eso, la transmisión de la fe no puede depender únicamente de discursos, actividades formativas o estrategias de comunicación. Necesita comunidades acogedoras en las que el anuncio del Evangelio se haga visible mediante relaciones fraternas, el acompañamiento personal, la celebración de los sacramentos y el compromiso con quienes más sufren.La tarea evangelizadora implica, en definitiva, crear condiciones para que las personas puedan encontrarse con Jesucristo, profundizar en su relación con Él y descubrir cómo la fe ilumina sus decisiones, sus relaciones y su compromiso con los demás.El aporte de la Conferencia Episcopal de ColombiaEl documento recoge testimonios personales y eclesiales que permiten comprender los desafíos de la transmisión de la fe en distintos contextos culturales. Para su elaboración, numerosas conferencias episcopales enviaron materiales y experiencias que contribuyen a enriquecer la reflexión.En Colombia, como en otros lugares, los abuelos desempeñan un papel significativo al suplir, en algunos casos, las carencias de la catequesis en el hogar, junto con el acompañamiento de las parroquias. En otros contextos, las condiciones culturales pueden influir incluso en el momento en que las familias solicitan el Bautismo para sus hijos, como se señala en el caso de algunas comunidades de la Amazonía peruana.Estas experiencias muestran que la transmisión de la fe ya no puede considerarse un proceso automático. La realidad de cada comunidad exige discernir cómo anunciar el Evangelio, acompañar a las familias y favorecer experiencias significativas de encuentro con Cristo.Entre los testimonios recogidos en el documento también se encuentra una experiencia procedente de Colombia que ilustra la fuerza transformadora del anuncio cristiano. Se trata de una persona que, después de atravesar situaciones de drogadicción, delincuencia y desamparo, encontró un camino de conversión gracias al acompañamiento de una fundación cristiana. La oración del rosario, la lectio divina y la Eucaristía fueron elementos importantes en su proceso de transformación. Posteriormente, esta persona llegó a convertirse en misionera y comenzó a acompañar a otros jóvenes.Este testimonio permite reconocer que la transmisión de la fe no se limita a la infancia ni termina con la catequesis sacramental. El encuentro con Cristo puede abrir nuevos horizontes en distintas etapas de la vida, especialmente cuando está acompañado por una comunidad que acoge, escucha y ayuda a reconstruir la esperanza.La experiencia colombiana pone así de relieve dos desafíos complementarios: fortalecer la transmisión de la fe en el ámbito familiar y comunitario, y promover procesos de evangelización capaces de acompañar a quienes buscan un sentido para su vida, atraviesan situaciones difíciles o desean reencontrarse con Dios.Signos de esperanza para una nueva etapa evangelizadoraLa situación actual de la Iglesia no debe conducir a la desesperanza. Por el contrario, el cambio de época puede convertirse en una oportunidad para una adhesión a la fe más consciente, libre y convencida.Los obispos de Bélgica destacan que esta situación permite a las personas elegir conscientemente profundizar en su fe. En una perspectiva semejante, los obispos de Chile señalan que la fe ya no puede presuponerse como una herencia cultural estable ni como una adhesión espontánea a un universo simbólico compartido. Se presenta, más bien, como una propuesta que debe ser acogida libremente y acompañada mediante procesos que tengan sentido para la vida.En este contexto, resulta especialmente esperanzador el aumento de conversiones y retornos a la Iglesia, particularmente entre jóvenes y adultos jóvenes. Francia constituye un ejemplo notable: en 2026, el número de adultos bautizados creció un 28 % respecto al año anterior y superó en más de tres veces la cifra registrada en 2016. La mayoría de quienes solicitan el Bautismo tiene menos de 40 años, y aproximadamente la mitad está entre los 18 y los 25 años.Entre las motivaciones para acercarse a la fe se encuentran las crisis personales, como el duelo o la enfermedad; las experiencias espirituales y de belleza, y el encuentro con otros creyentes, tanto presencialmente como a través de las redes sociales.Estos signos invitan a reconocer que, incluso en sociedades marcadas por la secularización, siguen existiendo búsquedas espirituales y oportunidades para anunciar el Evangelio. La respuesta de la Iglesia está llamada a integrar el anuncio explícito de Jesucristo, el testimonio de vida, el acompañamiento y el compromiso con los demás, sin reducir la misión a una estrategia de conservación institucional.Volver a Cristo para renovar la transmisión de la feEl documento Venite ad Me invita, en definitiva, a iniciar una nueva etapa evangelizadora, como ya lo había pedido el papa Francisco en Evangelii gaudium y ha reiterado el papa León XIV.La misión de la Iglesia no puede reducirse a conservar lo recibido ni a transmitir contenidos de manera aislada: está llamada a anunciar a Jesucristo, propiciar el encuentro con Él y dar testimonio de una fe que transforma la vida.En este cambio de época, el desafío no consiste solamente en encontrar nuevas formas de comunicar el Evangelio, sino en hacer visible, mediante familias acompañadas y comunidades acogedoras y misioneras, la alegría de haber encontrado a Cristo.Volver al kerigma es, por tanto, volver al corazón de la fe y de la misión de la Iglesia: anunciar a Jesucristo para que cada persona pueda encontrarse con Él, acoger libremente su amor y descubrir la esperanza que nace del Evangelio.
Vie 23 Oct 2026
Comunicado de la Diócesis de Ipiales: llamado urgente a los actores armados para que respeten la vida, la dignidad y los bienes de las comunidades
La Iglesia en Ipiales, representada por monseñor José Saúl Grisales Grisales, hace nuevamente un llamado a los actores armados para que respeten el Derecho Internacional Humanitario y protejan la vida, la dignidad y los bienes de las comunidades afectadas por el conflicto armado. Se trata de poblaciones que han sufrido heridas, han perdido sus hogares y se han visto obligadas a desplazarse ante las amenazas contra su vida y su tranquilidad.En su comunicado, monseñor Grisales retoma las palabras del papa León XIV: “Exhorto a todos a rechazar cualquier forma de violencia y optar decididamente por el camino de la paz” (Audiencia general, 29 de abril de 2026).La Iglesia que camina en los territorios colombianos reitera su disposición de acompañar a las víctimas y a las comunidades, escuchando sus necesidades y trabajando por la construcción de la paz. Asimismo, hace un llamado a las instituciones y organizaciones humanitarias para que unan esfuerzos y garanticen a las familias afectadas una atención oportuna y digna, así como el respeto efectivo de los derechos humanos.Este pronunciamiento expresa la preocupación de la Iglesia por la persistencia de la violencia en nuestros territorios y, especialmente, por el sufrimiento de quienes padecen las consecuencias de las confrontaciones armadas. Ante esta realidad, la Iglesia continúa anunciando la paz de Cristo resucitado, esa “paz humilde y perseverante” de la que nos habla el papa León XIV.Fiel a su misión de ser experta en humanidad, la Iglesia seguirá acompañando a las comunidades que sufren y alzando su voz en defensa de la vida, la dignidad humana y el derecho de todos a vivir en paz.Descargue aquí el comunicado completo de la Diócesis de Ipiales.
Lun 19 Oct 2026
Presidente del episcopado colombiano llama a fortalecer la pastoral familiar tras encuentro en el Vaticano
Al concluir en el Vaticano el encuentro internacional sobre la exhortación apostólica del papa Francisco, monseñor Francisco Javier Múnera Correa destacó el protagonismo evangelizador de las familias y la necesidad de acompañarlas en sus distintas realidades. El papa León XIV invitó a compartir los frutos de esta reflexión con las Iglesias locales.La necesidad de renovar el compromiso evangelizador con las familias, fortalecer el acompañamiento pastoral y reconocer su protagonismo en la vida de la Iglesia fueron algunos de los principales énfasis del encuentro internacional «Diez años después de Amoris Laetitia: proclamando el Evangelio con las familias hoy», que concluyó el 14 de octubre en el Vaticano con la participación de monseñor Francisco Javier Múnera Correa, I.M.C., arzobispo de Cartagena y presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia.Al término de las jornadas, desarrolladas del 7 al 14 de octubre por convocatoria de la Santa Sede, el prelado colombiano señaló que este aniversario constituye una oportunidad para profundizar en la riqueza doctrinal y pastoral de Amoris Laetitia, exhortación apostólica publicada por el papa Francisco en 2016, como fruto de los dos Sínodos de los Obispos sobre la Familia realizados en 2014 y 2015.«Tal vez la primera invitación que necesitamos todos es volver a conocerla, profundizar la riqueza doctrinal y pastoral que ella nos ofrece», expresó monseñor Múnera en un mensaje grabado desde Roma el día de la clausura del encuentro.Las familias, protagonistas de la evangelizaciónUno de los énfasis del presidente del episcopado colombiano fue el papel de las propias familias en la transmisión de la fe y en el acompañamiento a otros hogares. Destacó que aquellas que viven su vocación evangelizadora pueden convertirse en referentes para los nuevos matrimonios y, al mismo tiempo, brindar apoyo concreto a quienes atraviesan dificultades.«Las familias evangelizadoras son, por una parte, faro para ayudar a los nuevos matrimonios, a las nuevas familias. Pero también se necesita esa lámpara concreta, cercana, que apoya, que acompaña a las familias en dificultades, a las familias heridas», afirmó.Esta perspectiva estuvo en sintonía con las reflexiones del encuentro, en el que se abordaron las transformaciones sociales, culturales y económicas que inciden en la vida familiar, así como la necesidad de acompañar las fragilidades de los hogares y ofrecer respuestas pastorales acordes con sus circunstancias.Entre los asuntos destacados estuvo la importancia de brindar ayuda espiritual y concreta ante situaciones de violencia y maltrato en el hogar, con especial atención a la protección de los niños y las personas vulnerables. También se insistió en la necesidad de promover espacios de escucha y apoyo que permitan a las familias buscar ayuda sin estigmatización.Ante estos desafíos, monseñor Múnera hizo un llamado a fortalecer la articulación pastoral y la participación de las comunidades eclesiales. «Es una invitación para que podamos construir pastorales más articuladas, más sinodales, más centradas en la acción evangelizadora de la familia», señaló.Papa León XIV: compartir los frutos del encuentro con las Iglesias localesAl concluir las jornadas, el papa León XIV envió un mensaje a los participantes, en el que agradeció las oraciones, el trabajo realizado y el intercambio de experiencias, así como los testimonios de las familias que compartieron sus alegrías, dificultades y esperanzas.El Santo Padre anunció que leerá los resultados de las deliberaciones y ofrecerá sus reflexiones posteriormente. Entretanto, invitó a los participantes a compartir lo vivido y aprendido con sus respectivas conferencias episcopales y diócesis, y a continuar anunciando el Evangelio con las familias, inspirados en la riqueza de Amoris Laetitia.En particular, expresó su deseo de que las familias sigan participando activamente en la vida y la misión de las Iglesias locales, contribuyendo también al discernimiento de los caminos pastorales por seguir.El mensaje pontificio refuerza una de las orientaciones centrales de las jornadas: las familias no son únicamente destinatarias de la acción pastoral, sino participantes activas en la evangelización y en la construcción de comunidades eclesiales más cercanas a las realidades de las personas.La familia, escuela de humanidad y solidaridadEn su balance, el presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia destacó el aporte de la familia al cuidado y la protección de la vida, la formación humana y el surgimiento de las vocaciones. También la describió como una escuela de solidaridad, cuyo valor trasciende el ámbito doméstico y repercute en la vida comunitaria.Por ello, agradeció a los movimientos, asociaciones, comunidades parroquiales, obispos, matrimonios y familias que asumen la tarea de acompañar y sostener a otros hogares. De manera especial, reconoció el testimonio de quienes proponen a las nuevas generaciones la belleza del matrimonio y la vida familiar.«Las familias son y están llamadas a ser protagonistas de la acción misionera y evangelizadora para con todas las familias, en todas sus situaciones concretas, apoyarlas y sostenerlas», concluyó monseñor Múnera.El encuentro culminó con la presentación y discusión de un documento de síntesis que recoge las principales reflexiones de las jornadas. Entre sus ejes se encuentran los cambios que afrontan las familias en el mundo contemporáneo, la fragilidad, el acompañamiento pastoral y la necesidad de encontrar respuestas a los nuevos interrogantes que surgen en una sociedad en transformación.Vea a continuación el mensaje conclusivo del presidente del episcopado colombiano:
Vie 16 Oct 2026
Jonathan Acuña, IMC: un sacerdote colombiano al servicio de las comunidades del desierto de Kenia
El sacerdote Jonathan Acuña salió del Tolima para anunciar el Evangelio en el norte de Kenia. En la misión de Loiyangalani, donde comunidades indígenas afrontan dificultades de acceso al agua, alimentos y educación, su vocación se expresa en el acompañamiento pastoral, la formación de niños y jóvenes y el trabajo por el desarrollo humano integral. Su historia hace parte de la misión de la Iglesia que en 2026 conmemora cien años de la Jornada Mundial de las Misiones.Cuando el padre Jonathan Acuña salió de Chaparral, Tolima, para servir como misionero en África, llevaba consigo un sueño que había nacido en su infancia: ser sacerdote y anunciar el Evangelio en tierras lejanas. Hoy, después de más de tres años en Kenia, esa aspiración tiene un rostro concreto: las comunidades indígenas que acompaña en Loiyangalani, una localidad del norte del país africano donde la misión se desarrolla entre el desierto, las montañas y las orillas del lago Turkana.Después de estudiar en el Seminario Menor San Joaquín, de la Arquidiócesis de Ibagué, inició su formación sacerdotal, pero decidió hacer una pausa y estudiar psicología en la Universidad de Ibagué. Trabajó como docente y psicólogo, experiencias que le permitieron acercarse a otras realidades humanas. Sin embargo, con el tiempo sintió que debía retomar su vocación para experimentar la plenitud.Volvió entonces a su formación religiosa: estudió Filosofía en Bogotá, realizó su noviciado en Argentina, cursó Teología en la Pontificia Universidad Javeriana y se formó en espiritualidad y en el carisma de los Misioneros de la Consolata en Roma. Fue ordenado sacerdote en su municipio natal y recibió su destinación misionera a Kenia.Antes de llegar a Loiyangalani, vivió aproximadamente un año y medio en Nairobi, donde aprendió inglés y desarrolló labores pastorales. Allí también acompañó a la Fundación Maisha, que trabaja con niñas y adolescentes sobrevivientes de violencia sexual que decidieron continuar con sus embarazos. Después vino el traslado al norte del país, una región que le exigió adaptarse a otras lenguas, tradiciones y condiciones de vida.Una misión en medio del desiertoLoiyangalani, cuyo nombre significa «lugar de muchos árboles» en lengua samburu, es un oasis en el desierto de Chalbi, junto al lago Turkana. Allí conviven pueblos como los Samburu, Turkana y El Molo, entre otros, con formas de vida vinculadas al pastoreo, la pesca y la elaboración de artesanías.La misión católica llegó a este territorio en 1965, con el sacerdote italiano Michele Stallone, de los Misioneros de la Consolata, quien fue enviado a evangelizar al pueblo El Molo a petición del obispo de la Diócesis de Marsabit. Más de seis décadas después, la labor pastoral abarca más de doce poblados dispersos entre el desierto, las montañas y las islas del lago.Largas distancias hacen parte de los desafíos cotidianos de esta misión. Desde Nairobi, llegar a Loiyangalani puede tomar alrededor de dos días en transporte público. Para visitar algunas comunidades, los misioneros recorren durante horas caminos sin pavimentar y, en ocasiones, deben cruzar el lago. Cada desplazamiento permite encontrarse con las familias, celebrar los sacramentos, visitar a personas enfermas y adultos mayores y acompañar la vida de las comunidades cristianas.En algunos poblados, el acceso a agua potable, electricidad y alimentos es limitado. Las familias dependen de actividades como la pesca y el pastoreo de cabras, camellos y vacas; las mujeres también elaboran artesanías con hojas de palma. En ciertos lugares, la falta de agua segura representa un desafío adicional, pues el lago Turkana no constituye una fuente de agua potable sin tratamiento.Para el padre Jonathan, la experiencia más difícil ha sido encontrarse con personas que no siempre tienen garantizada la alimentación. Según relata, una frase que escucha con frecuencia de niños y adultos mayores es: «Tengo hambre, padre, tengo hambre». Presenciar las consecuencias de la desnutrición, explica, transforma la manera de comprender la misión y las necesidades de quienes acompaña.Sin embargo, esta realidad no agota la historia de las comunidades. En ellas también encuentra solidaridad, capacidad de organización, riqueza cultural y deseos de aprender. La misión, afirma, implica no solo anunciar el Evangelio, sino escuchar, compartir y caminar junto a las personas.Evangelización que abre oportunidadesJunto a las celebraciones litúrgicas y el acompañamiento pastoral, los Misioneros de la Consolata junto a otras comunidades religiosas, desarrollan iniciativas de educación, salud y formación. Su propósito es responder a necesidades concretas sin separar la promoción humana de la evangelización.La misión cuenta con un centro médico y dos jardines infantiles: uno en el desierto y otro en la montaña. También impulsa un proyecto educativo para niños pastores en el desierto y una escuela para mujeres pastoras en la montaña, donde adultas, madres y pastores pueden acceder a aprendizajes básicos, entre ellos el suajili y las matemáticas.Una de las iniciativas más visibles es el Oratorio Papa Francisco, creado en agosto de 2025. Cada domingo reúne alrededor de 400 niños y jóvenes, y durante las vacaciones escolares puede superar los mil participantes. Mediante la catequesis, el deporte, el arte, la música, la danza y el teatro, el oratorio ofrece un espacio de encuentro, formación y desarrollo de talentos.La misión busca, además, que las nuevas generaciones participen activamente en la vida de sus comunidades. La Escuela de Liderazgo Misionero forma a niños, adolescentes, jóvenes y adultos para involucrarse en los procesos pastorales, mientras que el Fondo Educativo Consolata apoya actualmente a seis jóvenes en sus estudios universitarios.Para quienes viven en poblados apartados, continuar una carrera supone afrontar gastos de transporte, alojamiento y manutención que sus familias difícilmente pueden cubrir. Por eso, el acompañamiento educativo busca abrir caminos para que los jóvenes amplíen sus oportunidades y, en el futuro, puedan contribuir al bienestar de sus comunidades.El encuentro entre culturas también es misiónEn Loiyangalani, la evangelización se desarrolla en un contexto de diversidad cultural y religiosa. Las comunidades católicas comparten el territorio con musulmanes y con cristianos de otras confesiones. Esta realidad hace del diálogo intercultural, ecuménico e interreligioso una parte cotidiana de la labor pastoral.El padre Jonathan destaca que las diferencias no impiden encontrar propósitos comunes. En su experiencia, la solidaridad puede expresarse también entre personas de distintas tradiciones religiosas, por ejemplo, en el apoyo a actividades dirigidas a niños y jóvenes.Además, la misión no busca que las comunidades sean receptoras pasivas de iniciativas externas. La formación de líderes locales y el fortalecimiento de los procesos comunitarios apuntan a que sus propios integrantes asuman responsabilidades en la evangelización y en la construcción de respuestas a sus necesidades.Esa manera de comprender la misión se conecta con el lema propuesto por el papa León XIV para la Hermanas Teresitas, congregación de origen tanzano: «Uno en Cristo, unidos en la misión», en el año en que la Iglesia conmemora el centenario de esta celebración.Un sueño que ahora mira hacia las comunidadesLa experiencia del padre Jonathan forma parte de una presencia colombiana más amplia en África. En Kenia sirven 16 misioneros colombianos —entre seminaristas, laicos, religiosas y sacerdotes de distintas congregaciones—, además de monseñor Rodrigo Mejía Saldarriaga, obispo jesuita. Sus vocaciones y carismas se despliegan en diferentes lugares y responden a realidades diversas.En el desierto de Chalbi, la misión se construye tanto en la celebración de los sacramentos como en las visitas a poblados apartados, las aulas, las actividades deportivas y el acompañamiento a las familias. La historia del padre Jonathan Acuña muestra cómo una vocación nacida en Colombia encuentra su camino en otra cultura y cómo, en el encuentro con las comunidades, anunciar el Evangelio también significa escuchar, aprender y trabajar por una vida más digna.Vea a continuación el especial audiovisual: