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Amor sin alianza: el silencio que apaga la Iglesia doméstica
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Por Mons. Miguel Fernando González Mariño - Cuando los católicos conviven sin el sacramento del matrimonio, no solo comprometen su vida de gracia: apagan la misión evangelizadora que Dios confía a cada familia.
Un fenómeno que crece en silencio
En las últimas décadas, un fenómeno preocupante se ha instalado con naturalidad en el tejido de muchas comunidades católicas: parejas que se identifican como creyentes, que bautizan a sus hijos, que asisten ocasionalmente a la Misa, pero que nunca han dado el paso de contraer el sacramento del matrimonio. Viven juntas, forman familias, incluso participan en la vida parroquial y sin embargo, su unión permanece, ante los ojos de la Iglesia y ante Dios, en el ámbito de la unión libre.
Las estadísticas confirman lo que la experiencia pastoral ya advertía. En muchos países de América Latina, donde el catolicismo sigue siendo la religión mayoritaria, más de la mitad de las parejas convivientes no han formalizado su unión ni civil ni religiosamente. Entre los jóvenes católicos, la convivencia previa al matrimonio, o en lugar de él, se ha convertido en la norma asumida sin mayor cuestionamiento. La pregunta pastoral urgente no es únicamente moral: es también misionera. ¿Qué ocurre cuando la célula básica de la Iglesia —la familia— no está fundada sobre el sacramento?
El sacramento más que un rito es una realidad nueva
Para comprender la gravedad del problema, es necesario partir de lo que el matrimonio es en la fe católica, y no solo de lo que significa. El Concilio Vaticano II, en la constitución Gaudium et Spes, describió el matrimonio como «la íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el Creador y provista de leyes propias» (GS 48). No se trata de un contrato social ni de una formalidad cultural: es un vínculo ontológico, una nueva realidad que Dios mismo constituye a partir del consentimiento libre de los esposos.
San Juan Pablo II, en su exhortación apostólica Familiaris Consortio (1981) enseñó que «el matrimonio de los bautizados es, en sí mismo, un signo sacramental» (FC 13). Esto implica que, para los bautizados, no existe matrimonio cristiano válido fuera del sacramento. Cuando dos católicos eligen unirse sin él, no simplemente omiten un trámite eclesiástico, sino que renuncian a la gracia específica que Dios les ofrece para vivir su amor de manera sobrenatural, estable y fecunda.
La Sagrada Escritura no contempla el amor entre hombre y mujer como una realidad puramente natural que luego recibe un barniz religioso. Desde el Génesis, la unión conyugal aparece inscrita en el plan creador de Dios: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne» (Gn 2,24). Este texto, citado por Jesús mismo cuando le preguntan sobre el divorcio (Mt 19,5-6), establece que la unión entre varón y mujer tiene un carácter original, exclusivo y permanente que no depende de la decisión humana sino de la voluntad del Creador.
El apóstol Pablo va aún más lejos. En la carta a los Efesios, conecta el amor conyugal con el misterio de la alianza entre Cristo y su Iglesia: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Ef 5,25). Este paralelismo no es una alegoría piadosa: es el fundamento de la sacramentalidad del matrimonio. El amor esponsal humano es, en la economía de la salvación, signo eficaz del amor redentor de Cristo. Cuando una pareja bautizada renuncia al sacramento, no solo pierde una gracia, sino que oscurece un signo que el mundo necesita ver: «Lo que Dios unió, no lo separe el hombre» ( Mt 19,6)
La Teología del Cuerpo de Juan Pablo II enseña preciosamente que el cuerpo humano tiene un significado esponsal, es decir, está hecho para el don de sí mismo en el amor. Desde esta perspectiva, la unión sexual no es un hecho meramente biológico o afectivo: es un lenguaje. El acto conyugal dice, con el cuerpo, algo de carácter absoluto: «me entrego a ti totalmente, para siempre, con exclusividad y apertura a la vida». Cuando este acto se realiza fuera del matrimonio —es decir, sin el compromiso sacramental que le corresponde—, el cuerpo pronuncia palabras que la voluntad desmiente. Es una mentira corporal, una contradicción entre el signo y la realidad. La fornicación no es solo un pecado de los sentidos: es una falsificación del lenguaje del amor.
San Juan Pablo II escribía: «El cuerpo, y solo él, es capaz de hacer visible lo que es invisible: lo espiritual y lo divino. Fue creado para transferir a la realidad visible del mundo el misterio escondido desde la eternidad en Dios, y ser así su signo». Las parejas que conviven sin matrimonio no solo privan de la gracia a su propia relación: privan al mundo de un signo de Dios.
La exhortación apostólica Familiaris Consortio estructura la misión de la familia cristiana en torno a cuatro grandes tareas: formar una comunidad de personas, servir a la vida, participar en el desarrollo de la sociedad, y participar en la vida y misión de la Iglesia (FC 17). Es significativo que estas cuatro dimensiones se presentan como inseparables y como consecuencia del vínculo sacramental. Sin él, la familia puede cumplir algunas funciones naturales, pero queda privada de su capacidad específicamente eclesial.
El documento es explícito respecto a las uniones irregulares. En el número 81, Juan Pablo II distingue diferentes situaciones de los divorciados y convivientes, y señala que «no pueden recibir la Eucaristía» mientras persistan en esa situación, porque su estado de vida contradice objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia que es significada por la Eucaristía. El número 84 precisa que es tarea de la comunidad eclesial acompañar a estas personas «con amor solícito», sin hacerles creer que su situación es conforme con la voluntad de Dios.
La Iglesia doméstica y el apagamiento misionero
La expresión “ecclesia doméstica” designa una realidad teológica muy precisa. Indica que la familia cristiana es, una forma de ser Iglesia, con sus propias funciones, entre ellas el anuncio del Evangelio, oración, servicio y testimonio.
Pero esta realidad eclesial requiere su fundamento sacramental. Una familia no puede ser auténticamente Iglesia doméstica si no está constituida sobre la alianza que Dios mismo sella en el sacramento del matrimonio. La familia fundada sobre la unión libre puede tener afecto, generosidad y aun fe personal de sus miembros; pero le falta la gracia sacramental, el vínculo específico que la hace signo de la alianza de Dios con su pueblo.
Esto tiene consecuencias pastorales concretas. Los hijos que crecen en estas familias reciben —o no reciben— la fe en un ambiente que, por su constitución misma, transmite una visión fragmentada del amor cristiano. Aprenden que el amor puede ser provisional, que el compromiso puede dejarse para después, que Dios no es necesario para fundar una familia. Muchos de esos hijos son quienes hoy, ya adultos, no quieren casarse. El ciclo se cierra: la familia que no vivió el sacramento engendra una generación que no ve razón para recibirlo.
No es difícil ver la relación entre la generalización de las uniones libres y la resistencia creciente al matrimonio entre los jóvenes. Cuando una generación crece viendo que sus padres —o los padres de sus amigos— viven juntos sin casarse, el mensaje implícito es inequívoco: el matrimonio es opcional, innecesario, quizás incluso un riesgo. A esto se suman los mensajes de una cultura que sacraliza la autonomía individual y desconfía de los compromisos permanentes.
El resultado es una generación de jóvenes católicos que, en muchos casos, conocen la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio, pero no la han visto encarnada en una familia concreta, cercana, convincente. El testimonio —o su ausencia— pesa más que la catequesis. Y cuando los modelos familiares que han conocido son parejas en unión libre, el camino al matrimonio sacramental no solo parece innecesario: les parece ajeno. Esta situación no solo daña a quienes la viven, sino que forma una cultura familiar que hace más difícil el matrimonio para las generaciones siguientes. La misión evangelizadora de la familia no es neutra: o transmite la fe en el matrimonio o siembra la indiferencia ante él.
Más allá de la dimensión moral individual objetiva, la unión libre entre católicos comporta también un daño eclesial y misionero. Una pareja que vive en esa situación no puede acceder a los sacramentos —en particular a la Eucaristía y a la Penitencia, sin propósito de enmienda—, lo cual la priva de las fuentes principales de la vida cristiana. Tampoco puede ejercer ciertos ministerios en la comunidad parroquial. Y, sobre todo, no puede dar el testimonio pleno que el mundo necesita: el de un amor que es signo de la fidelidad de Dios.
La Iglesia no condena a las personas que viven en unión libre: las ama y las llama. El Papa Francisco, en su exhortación Amoris Laetitia (2016), insistió en que la pastoral familiar debe ser un camino de acompañamiento, discernimiento e integración, sin reducir el anuncio del Evangelio del matrimonio ni abandonar a las personas en sus situaciones irregulares. Misericordia y verdad no se oponen: la misericordia auténtica conduce hacia la plenitud, no se detiene en la comodidad del momento.
Esto exige a las parroquias, movimientos y comunidades católicas desarrollar propuestas concretas: procesos de acompañamiento de parejas en unión libre que las ayuden a dar el paso al matrimonio; catequesis prematrimonial accesible y profunda; grupos de matrimonios que den testimonio viviente de lo que el sacramento hace posible; y una predicación que no eluda el tema por temor a herir susceptibilidades, sino que lo aborde con la delicadeza y la firmeza del amor pastoral.
El problema de las uniones libres entre católicos es un desafío que toca el corazón de la misión evangelizadora de la Iglesia, porque toca el corazón de la familia. Cuando el sacramento está ausente, la familia pierde su raíz sobrenatural, su plena capacidad de transmitir la fe, su fuerza para ser Iglesia doméstica. Y cuando muchas familias pierden esa capacidad al mismo tiempo, la Iglesia entera queda empobrecida en su capacidad testimonial ante el mundo.
La respuesta no es el juicio sin misericordia, pero tampoco es el silencio pastoral por miedo al conflicto. Es el anuncio valiente y amoroso del Evangelio del matrimonio: la buena noticia de que Dios quiere habitar en el corazón de cada familia, de que el amor humano puede ser redimido y elevado, de que la alianza conyugal es mucho más que un trámite —es el lugar donde dos personas se convierten, juntas, en sacramento del amor de Dios para el mundo.
Mons. Miguel Fernando González Mariño
Obispo de El Espinal
Presidente de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia
Con María en el mes de las misiones
Lun 5 Oct 2026
Vayan y enséñenles a cumplir todo lo que les he mandado
Lun 5 Oct 2026
Vie 25 Sep 2026
La migración, una realidad que nos sigue interpelando
Por Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar - El próximo 27 de septiembre la Iglesia nos invita a celebrar la 112 Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, con el lema “Incluso uno solo de estos pequeños”, enfocado en la protección de los niños, niñas y adolescentes migrantes. Con motivo de esta Jornada es pertinente recordar que el año pasado del 2 al 4 de septiembre, se realizó en Riohacha, la XV Cumbre del Foro Mundial sobre Migración y Desarrollo. Este foro dejó algunas conclusiones entre las que se destacan: la articulación multilateral y política como una herramienta fundamental e indispensable para enfrentar los desafíos de la movilidad humana. Se acordó que la voz de los territorios receptores, las organizaciones sociales y la diáspora debe estar estrictamente en el centro del diseño de las políticas públicas y la toma de decisiones globales.También, el foro reconoció formalmente a las poblaciones jóvenes y a quienes ejercen labores de cuidado como pilares esenciales para generar procesos de cambio, integración sostenible y dignificación humana. Pidió que la migración no se enfrente como una problemática o crisis, sino como una oportunidad para innovar, ampliar libertades y potenciar el bienestar de las sociedades bajo un marco irrestricto de derechos humanos. Adicionalmente, delegaciones de alto nivel como la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) enfatizaron la urgencia de fortalecer la regularización migratoria y la movilidad laboral como los mecanismos idóneos para garantizar una migración ordenada y segura que disminuyan las brechas de desigualdad global. Las directrices dadas por el Presidente de la República Abelardo De La Espriella, desde Barranquilla el 24 de agosto, en cuanto a migración, con el principio: “primeros los colombianos”, aparentemente marca un giro frente a las administraciones anteriores, de manera especial, en cuanto a la política de deportación inmediata de irregulares, priorizando a los vinculados en la comisión de delitos, crímenes o actividades económicas ilícitas.Estas disposiciones, referente al fenómeno migratorio, nos invitan a repasar la enseñanza de la Iglesia, en cuanto a la migración. Para los cristianos, llamados a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos del mundo, la migración es un “kairós”, un tiempo de gracia, y, por consiguiente, el migrante un “lugar teológico” donde acontece la acción de Dios; así, el fenómeno migratorio se convierte en un desafío y en una prioridad pastoral para la Iglesia, pues quien emigra no es sólo una mera estadística, ni un mero dato sociológico o político, sino que es una realidad que lleva a desentrañar el plan de Dios en la historia. Sin lugar a dudas, la actitud de la Iglesia debe ser la del buen samaritano que acoge, protege, consuela, acompaña, promueve, integra, anuncia. Si, los cristianos no podemos ser sordos y ciegos ante esta crisis humanitaria.Nos dijo el Papa Francisco: “No se trata sólo de migrantes… Los migrantes, y especialmente aquellos más vulnerables, nos ayudan a leer los signos de los tiempos. A través de ellos, el Señor nos llama a convertirnos, a liberarnos de los exclusivismos, de la indiferencia y de la cultura del descarte. A través de ellos, el Señor nos invita a reapropiarnos de nuestra vida cristiana en su totalidad y a contribuir, cada uno según su propia vocación, en la construcción de un mundo que responda al plan de Dios”.Si, no es una cuestión de cifras ni de estadísticas, afirma el Papa León XIV. El Evangelio nos invita a no hacer cálculos: incluso uno solo. Cada niño, cada ser humano, posee una dignidad infinita”.En consecuencia, frente al fenómeno migratorio, es importante que la legislación actual colombiana sobre migración y movilidad humana, como también la doctrina social de la Iglesia, con sus instituciones, proteja al migrante, promueva el respeto y el derecho a la movilidad humana; acoja al forastero superando todo nacionalismo cerrado y violento, frenando cualquier viso de xenofobia; acompañe a los migrantes para evitar la trata de personas, la violencia de género, la explotación laboral y sexual de niñas, niños y adolescentes; brinden oportunidades para integrar la persona y la familia a la sociedad de acogida; promuevan rutas seguras de tránsito, ordenadas, informadas, reguladas, y ofrezcan mecanismos para la regularización.Por supuesto, que quien venga con el propósito de delinquir, debe recibir el rigor de la ley.+Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar, C.Ss.R.Obispo de la Diócesis de Riohacha
Jue 24 Sep 2026
Por el cuidado del agua
Por Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar - El fenómeno de El Niño que estamos padeciendo, el acaparamiento ilegal del líquido precioso por parte de personas inescrupulosas, el despilfarro del mismo, la muerte de personas y animales por la sequía que se padece, la privatización de este recurso hídrico convertido en mercancía, y regulado a través de las leyes del mercado, me lleva a evocar las palabras del Papa Francisco en la Encíclica Laudato si: “El acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico fundamental y universal porque determina la sobrevivencia de las personas”.Según informes especializados de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), presentados en agosto de 2025, de los 8.000 millones de personas que habitamos el mundo, 2.100 millones todavía no disponen de acceso seguro al agua potable (un poco más de un cuarto de la población mundial). Según datos de la misma OMS y UNICEF, miles de millones de personas continúan sin servicios de saneamiento gestionados de forma segura o sin instalaciones adecuadas para la higiene. En cuanto respecta al departamento de La Guajira, no contamos con cifras fidedignas que muestren la realidad que padecemos. No obstante, estoy seguro, la mayoría de la población de la Península sufrimos por falta de agua y calidad de la misma. Una situación que va más allá de las cifras, afecta directamente a la dignidad y a la vida de millones de seres humanos. "Nadie puede vivir sin agua, y nadie debería morir por su falta”, expresó Cristóbal Fones, SJ, director internacional de la Red Mundial de Oración del Papa. Ante el fenómeno de El Niño algunas administraciones municipales y departamentales, según cuentan los noticieros, están urgiendo a los usuarios del agua mayor responsabilidad en su uso, so pena de tener que sufrir restricciones en el consumo, como racionamiento y apagones del fluido eléctrico, como los ya conocidos en los años 92 y 93. Amén del incremento de tarifas al sobrepasar el consumo básico. Sí, es que nos debemos responsabilizar a la hora de consumir el líquido que nos permite seguir viviendo. El agua no conoce fronteras. Su cuidado exige, por ello una responsabilidad compartida.Al respecto, el Papa León XIV, en continuidad con el magisterio de sus antecesores, llama a la conciencia para que se cuide este bien natural. Así en el contexto de la Jornada Mundial de Oración para el Cuidado de la Creación, instituida por el Papa Francisco en el 2015, nos invita, este año, del 1 de septiembre al 4 de octubre, al concluir la fiesta de los 800 años del tránsito de San Francisco, a orar y a custodiar este recurso esencial con gratitud, justicia y responsabilidad. Sí, además de orar, debemos adoptar gestos concretos que puedan contribuir al cuidado de este bien común: vivir con mayor sobriedad, evitar el derroche, reparar las fugas, no contaminar los ríos y las fuentes de agua y consumir de manera responsable.Según el Papa Francisco “este mundo tiene una gran deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable". + Mons. Francisco Antonio Ceballos Escobar, C.Ss.R.Obispo de la Diócesis de Riohacha
Jue 10 Sep 2026
Recibir la vida como un don de Dios (Mt 2, 1-12)
Por Mons. Ramón Alberto Rolón Güepsa - Vivimos en un tiempo en el que comprometerse puede dar miedo. Deseamos conservar nuestra libertad, organizar nuestros proyectos y mantener cierto control sobre el futuro. Todo ello es legítimo, pero la vida también nos invita a confiar, abrirnos al otro y descubrir que amar implica entrega.El evangelista Mateo presenta a los Magos, quienes ven una estrella, abandonan sus seguridades y emprenden un camino sin conocer todos sus detalles. Llegan hasta Jerusalén, encuentran al Niño con María, su madre, se postran ante Él y ofrecen sus dones. Después, regresan por otro camino.Su itinerario expresa una dinámica esencial de la vida cristiana: recibir, salir de nosotros mismos, buscar, encontrar, ofrecer y dejarnos transformar.La vida recibida se convierte en una llamadaNadie se ha dado la vida a sí mismo. Todos la hemos recibido y, desde la fe, reconocemos que es un don de Dios. Por eso, quien recibe amor aprende a amar; quien recibe cuidado aprende a cuidar; quien recibe oportunidades puede ofrecerlas a los demás.La existencia se vuelve fecunda cuando lo recibido no queda encerrado en nosotros, sino que se transforma en servicio. Esta fecundidad puede expresarse en la maternidad y la paternidad, pero también en el sacerdocio, la vida consagrada, la educación, la profesión, la solidaridad o el cuidado de quienes necesitan apoyo.Los Magos representan ese movimiento: ven una señal, salen de su tierra, buscan y se dejan conducir hacia un encuentro que transforma su vida.Perder el miedo al compromisoA veces queremos tenerlo todo asegurado antes de dar un paso: casa, trabajo estable, recursos suficientes y la certeza de que nada saldrá mal. Pero la vida nunca ofrece garantías absolutas.Quien se casa no conoce todos los detalles del futuro; quien recibe un hijo tampoco sabe qué camino recorrerá esa nueva persona. Los Magos tampoco conocían cada detalle, pero se pusieron en marcha.Comprometerse no significa tener todas las respuestas, sino estar dispuesto a caminar, discernir, aprender y confiar. La responsabilidad ayuda a avanzar; la confianza evita que el miedo tenga la última palabra.Un hijo: un don que transforma la vidaUn hijo no puede reducirse a una cifra económica. Es cierto que implica gastos, responsabilidades, cambios, tiempo y paciencia, pero ninguna de estas exigencias agota el significado de una nueva vida.Un hijo trae una historia que comienza, una dignidad propia y posibilidades que todavía no conocemos. La maternidad y la paternidad pueden convertirse en una profunda escuela de amor: enseñan a esperar, compartir, cuidar, perseverar y descubrir capacidades de entrega antes ocultas.Mateo nos muestra a los Magos ante el Niño con María, su madre: no ante una idea abstracta, sino ante una vida concreta, vulnerable y digna de ser acogida.Por eso, hablar de un hijo como una “inversión” solo puede entenderse en sentido humano y espiritual: invertir amor, tiempo, esperanza, educación y futuro. No significa esperar una devolución, porque el amor verdadero no funciona como una transacción.Responsabilidad y confianzaEs natural que una pareja considere sus condiciones económicas antes de recibir un hijo. La responsabilidad forma parte del amor: hay que pensar en vivienda, alimentación, educación y salud.Pero no deberíamos quedarnos únicamente con la pregunta: «¿Cuánto cuesta un hijo?» También podemos preguntarnos: «¿Qué valor tiene la vida que estamos llamados a recibir?»Ambas preguntas son importantes: una mira los recursos y la otra, a la persona. La fe no invita a actuar irresponsablemente, sino a discernir con prudencia, generosidad y confianza, reconociendo que la vida no puede reducirse a una operación matemática.Ofrecer nuestros donesCuando llegan ante Jesús, los Magos abren sus cofres y ofrecen sus dones. Esta escena nos lleva a preguntarnos: ¿qué tengo para ofrecer?Tal vez tiempo, experiencia y capacidad para escuchar, enseñar, acompañar, cuidar o transmitir esperanza.La vida se vuelve fecunda cuando nuestros dones se ponen al servicio de los demás. Así, “la mejor inversión” adquiere un sentido distinto: invertir en una vida significa amar, educar, acompañar y ayudar a crecer.Una familia construye futuro cuando transmite valores y fe, escucha, corrige, perdona y enseña a levantarse después de una caída.Una nueva generación es una esperanzaCada niño que nace representa una posibilidad nueva. Desde el comienzo posee una dignidad propia y puede abrir una historia diferente.Acoger una vida tiene también una dimensión social. En las familias, los niños aprenden a confiar, compartir, perdonar, respetar y amar. Por eso, si queremos una sociedad más humana, debemos cuidar a las familias mediante educación, vivienda, trabajo digno, atención sanitaria y redes de apoyo.Acoger la vida significa también crear las condiciones para que pueda crecer con dignidad.No se trata de juzgar, sino de acompañar. Hay parejas que desean tener hijos y no pueden; existen dificultades económicas, experiencias dolorosas y circunstancias que requieren un discernimiento atento. También hay personas que viven otras formas de entrega y fecundidad.No se trata de señalar, sino de preguntarnos: ¿Está mi vida abierta al amor? ¿Estoy dispuesto a entregar algo de mí para que otros puedan crecer? ¿Hay espacio para recibir el don que Dios quiera confiarme?La Iglesia está llamada a escuchar, acompañar y ayudar a discernir. La apertura al don no puede imponerse desde fuera: debe nacer de un discernimiento sincero, responsable y respetuoso con la historia de cada persona y familia, en actitud de fe.Abrir la puerta al futuroDespués de encontrarse con el Niño Jesús, los Magos regresaron por otro camino. Quien se encuentra verdaderamente con un don ya no vuelve igual.También nosotros estamos llamados a perder el miedo a amar, a comprometernos y a hacer espacio para los demás. Algunas de las cosas más hermosas de la vida no estaban en nuestros planes: una amistad, una vocación, una misión, un hijo, una oportunidad de servir o la decisión de optar por otro camino.Más que preguntarnos únicamente cuánto tendremos que dar o sacrificar, podemos preguntarnos cuánto podremos llegar a amar.Los Magos vieron la estrella, se pusieron en camino, encontraron al Niño, ofrecieron sus dones y regresaron transformados. También nosotros podemos recorrer ese camino: recibir con gratitud, discernir con responsabilidad, amar con generosidad y entregar la vida para que otros puedan crecer.La verdadera riqueza quizá no consista en conservarlo todo, sino en tener el valor de abrir el corazón para darlo todo.Padre Santo, dador de toda vida, enséñanos a recibirla como un don tuyoy a ofrecer nuestros talentos al servicio de los demás.Bendice a nuestras familias, acompaña a quienes sufren por no tener hijosy concede a cada hombre y mujer descubrir su vocación al amor fecundo.Haznos también fecundos en la fe, la esperanza y la caridad.Amén.+Ramón Alberto Rolón GüepsaObispo de Diócesis de ChiquinquiráMiembro de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia
Mar 8 Sep 2026
“El Dios de la paz estará con ustedes” (Filp 4, 9)
Mons. José Libardo Garcés Monsalve - El desarrollo del Proceso Evangelizador de nuestra Diócesis de Cúcuta para este mes de septiembre, en el marco de los 70 años de vida diocesana, tiene como lema: “vayan y hagan discípulos, trabajando por la paz”, con el momento significativo de la jornada de oración por la paz, que tiene como objetivo seguir fortaleciendo el trabajo pastoral en el perdón y la reconciliación que nos conducen a tener la paz como don de Dios y no solamente una paz como la quiere el mundo: “la paz les dejo, mi paz les doy. Una paz que el mundo no les puede dar” (Jn 14, 27). La paz que viene de Dios le ha costado a nuestro Señor Jesucristo la entrega de la propia vida en la cruz, hasta derramar la última gota de su sangre. Es una paz que tiene el costo del perdón entregado por Jesucristo en la cruz para toda la humanidad, es un regalo de Dios.Nuestra patria, nuestra región y ciudad atraviesan situaciones de violencia que producen división y muerte, ahogando las esperanzas de muchas personas. Frente a esta realidad dolorosa, cuando aceptamos a Jesucristo en la vida personal y familiar, brota del interior el deseo de trabajar y construir la paz. Confiemos en el Señor que es nuestra paz y nos devuelve la esperanza: “que nada los angustie; al contrario, en cualquier situación presenten sus deseos a Dios orando, suplicando y dando gracias. Y la paz de Dios que supera cualquier razonamiento, protegerá sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús” (Filp 4, 6 - 7).Trabajar por la paz es la certeza que en nuestra vida interior reina la virtud, la limpieza de corazón y que estamos dispuestos al perdón de las ofensas, cuando alguien nos maltrata y persigue. No hay que dejarse envenenar el corazón con odios, resentimientos, rencores, polarizaciones y venganzas, que matan el alma acaban con la unidad y comunión. Aún en el seno de las familias, mantengámonos firmes en la gracia de Dios: “hermanos, tengan en cuenta todo lo que hay de verdadero, de noble, de justo, de limpio, de amable, de elogiable, de virtuoso y de recomendable. Practiquen asimismo lo que han aprendido y recibido, lo que han oído y visto en mí. Y el Dios de la paz estará con ustedes” (Filp 4, 8 - 9).Cuando nos encontrábamos perdidos por el pecado y en el abismo de la muerte, Dios Padre ha enviado a Jesucristo, que ha puesto su morada entre nosotros para devolvernos la paz perdida por el mal cometido y conducirnos al lugar de la verdadera paz. Esta misión la ha cumplido Jesús desde la cruz, cuando nos otorgó el perdón misericordioso: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34), dejándonos en total limpieza de corazón, dispuestos desde el interior a ver a Dios en cada hermano, para un día contemplarlo cara a cara: “dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). Esto, será posible siendo en esta tierra artesanos de la paz, en cada encuentro con nuestro prójimo: “dichosos los que construyen la paz, porque Dios los llamará sus hijos” (Mt 5, 9).Somos llamados por el Señor bienaventurados al realizar en cada instante un trabajo incansable en la construcción de la paz; esto significa tener paz en el corazón, para transmitirla a nuestro entorno, sobre todo a quienes están en división y conflicto o están alejados de Dios. Un bautizado que tiene las cosas ordenadas en su vida, que está limpio en su corazón, es capaz de dejar entrar a su vida las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, que lo ponen en perfecta comunión con Dios, con limpieza de corazón, cosechando en su vida interior el perdón y la reconciliación que siembran paz en ambientes de odio. La limpieza de corazón permite el acercamiento al otro como el buen samaritano que limpia las heridas de odio, resentimiento, rencor y venganza que hay en el corazón del prójimo, para llevarlo hasta Dios a que cuide de Él y sane sus heridas.Este mes de septiembre dedicado a orar más intensamente por la paz, estamos invitados a sembrar en nuestro corazón la esperanza de hacerla realidad en nuestra vida personal y familiar, para transmitirla a nuestro entorno. Pongámonos en salida misionera a ser sembradores de paz. Paremos la violencia que se genera en nuestro corazón. No devolvamos mal por mal, ante un mal devolvamos un bien, amemos a nuestros enemigos. Tal como nos lo ha enseñado Jesús: “han oído que se dijo: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen. Así serán dignos hijos de su Padre del cielo, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5, 43-45).Al cumplir con el mandato misionero que nos ha dejado el Señor: “vayan y hagan discípulos, trabajando por la paz”, construyamos ambientes nuevos, transformados por Cristo, con la certeza que el Dios de la paz estará siempre con nosotros (Cf. Filp 4, 9), nunca nos abandona, siempre nos cuida y nos protege. Imploramos la protección y amparo de la Santísima Virgen María, Reina de la paz y del Glorioso Patriarca San José, para que nos alcancen del Señor el don de paz para cada uno de nosotros, nuestra familia y nuestro entorno. “La paz esté con ustedes” (Jn 20, 19).En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta