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Fidelidad a Jesucristo y a la Iglesia - II parte
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Por: Monseñor José Libardo Garcés Monsalve - Para asumir este reto, convoco a todos los sacerdotes de la Diócesis y también a los religiosos que hacen presencia, que por la gracia de la Ordenación, han recibido la participación del sacerdocio único de Cristo, a renovar su ministerio venciendo toda tentación de superficialidad o de rutina, que llevan a la instalación, para que fortalecidos por el Espíritu Santo, en comunión con Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, con el Papa Francisco, conmigo como su Obispo y servidor, sintamos juntos el gozo de decirle al Señor que queremos servirlo y seguir instaurando su Reino, buscando cada día ser verdaderos discípulos misioneros por la búsqueda permanente de la unidad.
Esta unidad es guía segura y eficaz para la acción pastoral, que se traduce en una auténtica fraternidad sacerdotal, fruto maduro de la caridad que estamos llamados a vivir entre todos, para hacer creíble al mundo el anuncio que hacemos, cumpliendo el deseo de Jesús en su oración al Padre: “que todos sean uno, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21), recordando que la fraternidad sacerdotal no es lo que recibo de mis hermanos sacerdotes, sino lo que yo hago por cada uno de ellos.
Jesucristo es el Buen Pastor que conoce las ovejas y ofrece su vida por ellas y quiere congregarse a todos en un solo rebaño bajo un solo pastor (Jn 10). Estamos llamados a ser imagen viva de Jesucristo cabeza y pastor de la Iglesia, así como a procurar reflejar en nosotros, aquella perfección que brilla en el Hijo de Dios. Por eso, debemos ser coherentes con el ministerio recibido, parecernos a Jesús y significar para nuestros fieles su condición de cabeza, pastor y esposo de la Iglesia, amando la verdad, viviendo la justicia, la unidad, el perdón, la reconciliación y la paz. (Cf. PDV 25).
Un presbítero así, por su testimonio de vida, por su fidelidad, por su alegría, por la coherencia entre fe y vida, por su fraternidad sacerdotal, hará que los jóvenes descubran el llamado que el Señor les hace a la santidad y sientan el deseo de responderle. Espero y pido que en cada parroquia se establezca una pastoral juvenil viva que ofrezca a los jóvenes la posibilidad de constituir comunidades juveniles para que en ellos se tengan verdaderos procesos de iniciación cristiana y crecimiento espiritual que, ojalá en muchas ocasiones, permitan a muchos de ellos sentir el llamado al sacerdocio o a la vida consagrada, para que emprendan luego el camino de su formación sacerdotal y religiosa, y así seguir contando con muchas vocaciones de calidad, como lo hemos tenido hasta el momento. En este sentido debemos redoblar los esfuerzos por una pastoral vocacional sólida y sistemática que nos ayude a formar a los jóvenes que nos llegan, para que sigamos teniendo sacerdotes, religiosos, religiosas y también matrimonios, muy comprometidos con la misión y la iniciación cristiana.
La experiencia de ser Iglesia Católica, comunidad de creyentes, se hace presente en el encuentro con la Palabra de Dios en la Iglesia Particular y desde la Diócesis, en cada una de las parroquias y en las familias cristianas. La tarea es ir construyendo el Reino de Dios, con la acción misionera y catequética que nos permita crecer en la fe, esperanza y caridad y tener compromiso pastoral para la evangelización en nuestra Diócesis. Dedicaremos particular esfuerzo a seguir construyendo la familia como comunidad de amor, Iglesia doméstica, conscientes de que ella es uno de los bienes más preciosos de la humanidad y de la Iglesia. Vamos a fortalecer nuestras familias desde la oración, desde el Rosario diario en familia, familia que reza unida, permanece unida. La Santísima Virgen María nos dará para nuestras familias el regalo de la fidelidad, del perdón, la reconciliación y la paz, virtudes que tendrán que reflejarse en la comunidad y en la sociedad donde vivimos.
La familia santificada mediante el sacramento del matrimonio, permite por la gracia recibida en este, que Dios permanezca en los esposos a lo largo de toda su vida. De ahí, nuestro deber de implementar una fuerte pastoral familiar en todas las parroquias. Se trata de promover y rescatar los valores familiares de acuerdo con la enseñanza de la Palabra de Dios y del Magisterio de la Iglesia, acompañando a cada familia cristiana en su misión fundamental de ser transmisora de la fe y primera escuela de formación de los discípulos misioneros de Nuestro Señor Jesucristo.
Otro desafío pastoral no menos importante que los otros, es el compromiso real con los pobres, desde el ejercicio de la caridad. La Diócesis de Cúcuta tiene vocación para la caridad, como fruto maduro de una vida cristiana, que se va fortaleciendo desde la vivencia del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. Estamos dispuestos a entregarnos con lo que somos y tenemos, para aliviar la pobreza y la miseria de los hermanos que viven marginados y en continuo sufrimiento; sobre todo acompañar a los migrantes y a tantos niños y jóvenes que están viviendo debajo de los puentes, consumidos en la drogadicción. A ellos les tenemos que dar en primer lugar el pan de la Palabra, pues, de todos es sabido que la primera obra de caridad que hemos de hacer a nuestros hermanos necesitados será mostrarles el camino de la fe, la esperanza y el amor, para que reciban a Jesucristo en sus vidas. Así nos lo enseñó San Juan Pablo II cuando dijo: “el anuncio de Jesucristo es el primer acto de caridad hacia el hombre, más allá de cualquier gesto de generosa solidaridad” (Mensaje para las migraciones, 2001), con el compromiso claro y efectivo de seguir compartiendo el pan material y ayudar desde el Evangelio a sanar tantas heridas, adicciones y conflictos que se viven en nuestro medio, para llegar a tener la paz que el Señor nos quiere dejar como regalo supremo que viene de lo alto.
Proponemos una acción pastoral de cercanía y dignificación desde la caridad cristiana, pues Jesús garantiza que quienes realizan esta labor, recibirán una gran recompensa: “Vengan benditos de mi Padre a heredar el Reino de los cielos” (Mt 25, 34). La opción por los más pobres no es una mera invitación, es una exigencia concreta que el Señor nos hace. Es por el camino de la caridad como tendremos acceso a la bienaventuranza del Reino.
Entre todos vamos a continuar el tejido de la Historia de la Salvación en nuestra historia personal, familiar y diocesana. Nos necesitamos mutuamente para continuar con los retos que nos plantea hoy la pastoral en cada una de nuestras parroquias. Hagamos de nuestras parroquias, verdaderas comunidades de fe, en donde brille el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. No nos falte la oración por estas intenciones y todos en comunión, en camino sinodal, escuchando al Espíritu Santo, podremos ser fieles a Jesucristo y a la Iglesia en la misión que se nos ha confiado.
Continuemos, hermanos, esta solemne celebración eucarística y pongamos en el altar toda esta tarea que nos disponemos a continuar, para que sea el mismo Señor quien la bendiga y fortalezca.
Pongo en manos de la Santísima Virgen María y del glorioso Patriarca san José, nuestro patrono, este camino sinodal que hoy emprendemos apoyados por la gracia de Dios. Me consagro a la Virgen y consagro, como pastor de la grey a todos los que el Señor me ha encomendado. Que cada día, con María y como María, seamos más dóciles a la Palabra de Dios y más capaces de vivir en fidelidad nuestra misión. El glorioso Patriarca San José y todos los Santos nos acompañen. Amén.
+ José Libardo Garcés Monsalve
Obispo de la Diócesis de Cúcuta
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Después del terremoto
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Mar 18 Ago 2026
Amor sin alianza: el silencio que apaga la Iglesia doméstica
Por Mons. Miguel Fernando González Mariño - Cuando los católicos conviven sin el sacramento del matrimonio, no solo comprometen su vida de gracia: apagan la misión evangelizadora que Dios confía a cada familia.Un fenómeno que crece en silencioEn las últimas décadas, un fenómeno preocupante se ha instalado con naturalidad en el tejido de muchas comunidades católicas: parejas que se identifican como creyentes, que bautizan a sus hijos, que asisten ocasionalmente a la Misa, pero que nunca han dado el paso de contraer el sacramento del matrimonio. Viven juntas, forman familias, incluso participan en la vida parroquial y sin embargo, su unión permanece, ante los ojos de la Iglesia y ante Dios, en el ámbito de la unión libre.Las estadísticas confirman lo que la experiencia pastoral ya advertía. En muchos países de América Latina, donde el catolicismo sigue siendo la religión mayoritaria, más de la mitad de las parejas convivientes no han formalizado su unión ni civil ni religiosamente. Entre los jóvenes católicos, la convivencia previa al matrimonio, o en lugar de él, se ha convertido en la norma asumida sin mayor cuestionamiento. La pregunta pastoral urgente no es únicamente moral: es también misionera. ¿Qué ocurre cuando la célula básica de la Iglesia —la familia— no está fundada sobre el sacramento?El sacramento más que un rito es una realidad nuevaPara comprender la gravedad del problema, es necesario partir de lo que el matrimonio es en la fe católica, y no solo de lo que significa. El Concilio Vaticano II, en la constitución Gaudium et Spes, describió el matrimonio como «la íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el Creador y provista de leyes propias» (GS 48). No se trata de un contrato social ni de una formalidad cultural: es un vínculo ontológico, una nueva realidad que Dios mismo constituye a partir del consentimiento libre de los esposos.San Juan Pablo II, en su exhortación apostólica Familiaris Consortio (1981) enseñó que «el matrimonio de los bautizados es, en sí mismo, un signo sacramental» (FC 13). Esto implica que, para los bautizados, no existe matrimonio cristiano válido fuera del sacramento. Cuando dos católicos eligen unirse sin él, no simplemente omiten un trámite eclesiástico, sino que renuncian a la gracia específica que Dios les ofrece para vivir su amor de manera sobrenatural, estable y fecunda.La Sagrada Escritura no contempla el amor entre hombre y mujer como una realidad puramente natural que luego recibe un barniz religioso. Desde el Génesis, la unión conyugal aparece inscrita en el plan creador de Dios: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne» (Gn 2,24). Este texto, citado por Jesús mismo cuando le preguntan sobre el divorcio (Mt 19,5-6), establece que la unión entre varón y mujer tiene un carácter original, exclusivo y permanente que no depende de la decisión humana sino de la voluntad del Creador.El apóstol Pablo va aún más lejos. En la carta a los Efesios, conecta el amor conyugal con el misterio de la alianza entre Cristo y su Iglesia: «Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella» (Ef 5,25). Este paralelismo no es una alegoría piadosa: es el fundamento de la sacramentalidad del matrimonio. El amor esponsal humano es, en la economía de la salvación, signo eficaz del amor redentor de Cristo. Cuando una pareja bautizada renuncia al sacramento, no solo pierde una gracia, sino que oscurece un signo que el mundo necesita ver: «Lo que Dios unió, no lo separe el hombre» ( Mt 19,6)La Teología del Cuerpo de Juan Pablo II enseña preciosamente que el cuerpo humano tiene un significado esponsal, es decir, está hecho para el don de sí mismo en el amor. Desde esta perspectiva, la unión sexual no es un hecho meramente biológico o afectivo: es un lenguaje. El acto conyugal dice, con el cuerpo, algo de carácter absoluto: «me entrego a ti totalmente, para siempre, con exclusividad y apertura a la vida». Cuando este acto se realiza fuera del matrimonio —es decir, sin el compromiso sacramental que le corresponde—, el cuerpo pronuncia palabras que la voluntad desmiente. Es una mentira corporal, una contradicción entre el signo y la realidad. La fornicación no es solo un pecado de los sentidos: es una falsificación del lenguaje del amor.San Juan Pablo II escribía: «El cuerpo, y solo él, es capaz de hacer visible lo que es invisible: lo espiritual y lo divino. Fue creado para transferir a la realidad visible del mundo el misterio escondido desde la eternidad en Dios, y ser así su signo». Las parejas que conviven sin matrimonio no solo privan de la gracia a su propia relación: privan al mundo de un signo de Dios.La exhortación apostólica Familiaris Consortio estructura la misión de la familia cristiana en torno a cuatro grandes tareas: formar una comunidad de personas, servir a la vida, participar en el desarrollo de la sociedad, y participar en la vida y misión de la Iglesia (FC 17). Es significativo que estas cuatro dimensiones se presentan como inseparables y como consecuencia del vínculo sacramental. Sin él, la familia puede cumplir algunas funciones naturales, pero queda privada de su capacidad específicamente eclesial.El documento es explícito respecto a las uniones irregulares. En el número 81, Juan Pablo II distingue diferentes situaciones de los divorciados y convivientes, y señala que «no pueden recibir la Eucaristía» mientras persistan en esa situación, porque su estado de vida contradice objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia que es significada por la Eucaristía. El número 84 precisa que es tarea de la comunidad eclesial acompañar a estas personas «con amor solícito», sin hacerles creer que su situación es conforme con la voluntad de Dios.La Iglesia doméstica y el apagamiento misioneroLa expresión “ecclesia doméstica” designa una realidad teológica muy precisa. Indica que la familia cristiana es, una forma de ser Iglesia, con sus propias funciones, entre ellas el anuncio del Evangelio, oración, servicio y testimonio.Pero esta realidad eclesial requiere su fundamento sacramental. Una familia no puede ser auténticamente Iglesia doméstica si no está constituida sobre la alianza que Dios mismo sella en el sacramento del matrimonio. La familia fundada sobre la unión libre puede tener afecto, generosidad y aun fe personal de sus miembros; pero le falta la gracia sacramental, el vínculo específico que la hace signo de la alianza de Dios con su pueblo.Esto tiene consecuencias pastorales concretas. Los hijos que crecen en estas familias reciben —o no reciben— la fe en un ambiente que, por su constitución misma, transmite una visión fragmentada del amor cristiano. Aprenden que el amor puede ser provisional, que el compromiso puede dejarse para después, que Dios no es necesario para fundar una familia. Muchos de esos hijos son quienes hoy, ya adultos, no quieren casarse. El ciclo se cierra: la familia que no vivió el sacramento engendra una generación que no ve razón para recibirlo.No es difícil ver la relación entre la generalización de las uniones libres y la resistencia creciente al matrimonio entre los jóvenes. Cuando una generación crece viendo que sus padres —o los padres de sus amigos— viven juntos sin casarse, el mensaje implícito es inequívoco: el matrimonio es opcional, innecesario, quizás incluso un riesgo. A esto se suman los mensajes de una cultura que sacraliza la autonomía individual y desconfía de los compromisos permanentes.El resultado es una generación de jóvenes católicos que, en muchos casos, conocen la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio, pero no la han visto encarnada en una familia concreta, cercana, convincente. El testimonio —o su ausencia— pesa más que la catequesis. Y cuando los modelos familiares que han conocido son parejas en unión libre, el camino al matrimonio sacramental no solo parece innecesario: les parece ajeno. Esta situación no solo daña a quienes la viven, sino que forma una cultura familiar que hace más difícil el matrimonio para las generaciones siguientes. La misión evangelizadora de la familia no es neutra: o transmite la fe en el matrimonio o siembra la indiferencia ante él.Más allá de la dimensión moral individual objetiva, la unión libre entre católicos comporta también un daño eclesial y misionero. Una pareja que vive en esa situación no puede acceder a los sacramentos —en particular a la Eucaristía y a la Penitencia, sin propósito de enmienda—, lo cual la priva de las fuentes principales de la vida cristiana. Tampoco puede ejercer ciertos ministerios en la comunidad parroquial. Y, sobre todo, no puede dar el testimonio pleno que el mundo necesita: el de un amor que es signo de la fidelidad de Dios.La Iglesia no condena a las personas que viven en unión libre: las ama y las llama. El Papa Francisco, en su exhortación Amoris Laetitia (2016), insistió en que la pastoral familiar debe ser un camino de acompañamiento, discernimiento e integración, sin reducir el anuncio del Evangelio del matrimonio ni abandonar a las personas en sus situaciones irregulares. Misericordia y verdad no se oponen: la misericordia auténtica conduce hacia la plenitud, no se detiene en la comodidad del momento.Esto exige a las parroquias, movimientos y comunidades católicas desarrollar propuestas concretas: procesos de acompañamiento de parejas en unión libre que las ayuden a dar el paso al matrimonio; catequesis prematrimonial accesible y profunda; grupos de matrimonios que den testimonio viviente de lo que el sacramento hace posible; y una predicación que no eluda el tema por temor a herir susceptibilidades, sino que lo aborde con la delicadeza y la firmeza del amor pastoral.El problema de las uniones libres entre católicos es un desafío que toca el corazón de la misión evangelizadora de la Iglesia, porque toca el corazón de la familia. Cuando el sacramento está ausente, la familia pierde su raíz sobrenatural, su plena capacidad de transmitir la fe, su fuerza para ser Iglesia doméstica. Y cuando muchas familias pierden esa capacidad al mismo tiempo, la Iglesia entera queda empobrecida en su capacidad testimonial ante el mundo.La respuesta no es el juicio sin misericordia, pero tampoco es el silencio pastoral por miedo al conflicto. Es el anuncio valiente y amoroso del Evangelio del matrimonio: la buena noticia de que Dios quiere habitar en el corazón de cada familia, de que el amor humano puede ser redimido y elevado, de que la alianza conyugal es mucho más que un trámite —es el lugar donde dos personas se convierten, juntas, en sacramento del amor de Dios para el mundo.Mons. Miguel Fernando González MariñoObispo de El EspinalPresidente de la Comisión Episcopal de Matrimonio y Familia
Mar 18 Ago 2026
La tierra nos está sacudiendo
Por Mons. Ricardo Tobón Restrepo - Primero en Venezuela, después en Colombia, luego en Indonesia y en España; así hemos vivido recientemente varios terremotos, producidos por las fuerzas propias de la naturaleza, que han generado catástrofes en algunas localidades. Cada cierto tiempo suceden estos lamentables acontecimientos, que frecuentemente se miran desde interpretaciones religiosas desacertadas o desde predicciones sensacionalistas, cuando deberían afrontarse de un modo objetivo, que nos deje profundas lecciones y nos lleve a mejorar significativamente nuestra vida y nuestra sociedad.En efecto, no debemos dejar que un terremoto mueva sólo la tierra, sino que también sacuda nuestras posiciones y nuestro modo de vida. Tenemos que ir más allá de remediar los problemas creados por la tragedia, para hacer de ella, para todos y no sólo para los más directamente afectados, un acontecimiento aleccionador que nos sitúe en la realidad y sea un potencial educativo. De lo contario, todo se puede quedar en el sensacionalismo de la noticia y dar lugar finalmente al egoísmo, al pánico, a la mentira y a la corrupción que aprovecha frecuentemente las circunstancias.El terremoto vivido en Colombia nos debe llevar a reflexionar sobre el sentido de la vida. La experiencia de nuestra fragilidad nos muestra que el hombre no es dueño de nada, ni de sus bienes, ni de sus casas, ni de sus proyectos, ni de su vida. Somos pequeños, débiles, vulnerables; para nosotros nada está seguro y garantizado. Cuando todo se mueve y amenaza, cuando tenemos que correr y escondernos, cuando es preciso huir aunque estemos desnudos para protegernos, cuando perdemos personas y bienes, es preciso analizar en qué gastamos el tiempo y las fuerzas, qué es lo que realmente vale y permanece.Urge, entonces, entender el valor de nuestra vida, percibir el proyecto que somos, optar por una jerarquía de valores. Todavía estamos aquí, tenemos vida y podemos orientar nuestra existencia hacia principios y proyectos que le den una razón de ser y una válida proyección social. Podemos, particularmente, situarnos en el plan de Dios, tener una experiencia profunda de su amor, construir comunidad y asumir con responsabilidad y creatividad nuestra misión. Mientras tenemos tiempo, podemos caminar en la luz, es decir, en la bondad, la verdad y el amor (cf Jn 12,35).Este terremoto nos debe despertar a la solidaridad. La solidaridad no puede ser una simple ayuda para tranquilizar la conciencia, para mantener el control social o para paliar la responsabilidad de la justicia. Ayudar es dar lo que uno puede para aliviar el sufrimiento ajeno y eso está bien; pero, la solidaridad es hacer propio el sufrimiento del otro; es compartir el dolor por los muertos, por los que quedan sin vivienda y los que se hunden en la angustia. Las víctimas no son sólo objeto de ayuda, sino de amor en cuanto son signos de una realidad misteriosa de la que Dios ha participado en la crucifixión de su Hijo.Admirable todo el movimiento de ayuda que ha suscitado esta tragedia; pero la verdadera solidaridad implica un mutuo intercambio, se da y se recibe; el que da ofrece lo mejor de sí mismo y también recibe, el anhelo de vivir y el sentirse miembro de una misma familia humana. Esta experiencia de solidaridad, que no puede estar sólo en las catástrofes sino en cada momento que requiere nuestra común cooperación, nos debe motivar a la unidad nacional. Los colombianos no podemos continuar divididos, polarizados y enfrentados; esto significaría mantenernos en la desventura de una permanente destrucción.Este terremoto debe ayudarnos a construir un camino de esperanza. Mientras tengamos vida es posible la esperanza y si morimos también para los cristianos se abre un horizonte de esperanza. La esperanza ante una situación difícil nos invita a todos a reconstruirnos; a no quedarnos estancados o volver a lo antiguo, sino a dar un paso hacia adelante en la valoración de la vida, en la acogida fraterna a los demás, en el propósito común de hacer un mundo mejor. Sólo una sociedad que se reconstruye y se crea permanentemente, goza la fiesta de la vida y camina hacia una “nueva tierra” (cf Ap 21,1).La tierra nos está sacudiendo para que salgamos del sueño, la rutina y el egoísmo; para que entendamos la bondad de vivir y la posibilidad de crear la familia humana. La tierra puede temblar, pero nosotros debemos estar firmes: caminando con sabiduría y libertad, amando a todos y construyendo una sociedad justa, poniendo nuestra vida, como Jesús, en las manos del Padre (cf Lc 23,46). Cuando la tierra tiembla es preciso mirar al cielo y acogernos al proyecto y al amor de Dios, que siempre permanecen y siempre nos liberan del miedo, el individualismo, la inestabilidad, la muerte y el absurdo.+Ricardo Tobón RestrepoArzobispo de Medellín
Jue 30 Jul 2026
Defendiendo la vida desde la familia
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Avanzamos en el desarrollo del Proceso Evangelizador en la Diócesis de Cúcuta con el lema: vayan y hagan discípulos defendiendo la vida, celebrando 70 años de vida diocesana, transmitiendo el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, que es Evangelio de la vida. El primer espacio y ambiente para proteger, defender y custodiar la vida es la familia; con la certeza que Jesucristo nuestra esperanza, ilumina y unifica la vida familiar y con la gracia que derrama cada día sobre los hogares la custodia. Sabiendo que “el bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia” (Amoris Laetitia 31).Frente a todas las dificultades por las que pasa la familia en el momento actual, la llamada que nos hace Dios en su Palabra es a edificar la vida del hogar sobre Jesucristo, roca firme que sostiene el hogar; para recibir de Él la fuerza de afrontar los desafíos y tareas en la misión que ha recibido de Dios de custodiar y defender la vida humana. Al respecto Aparecida nos dice: “el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, también posee una altísima dignidad que no podemos pisotear y que estamos llamados a respetar y a promover. La vida es regalo gratuito de Dios, don y tarea que debemos cuidar desde la concepción, en todas sus etapas, y hasta la muerte natural, sin relativismos” (DA 464). Esta fuerza se encuentra únicamente en Dios que regala su gracia y bendición a cada familia para cumplir con su misión.Esta enseñanza del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia nos ayuda a ratificar la doctrina sobre la familia y la defensa de la vida, para responder a las ideologías que presentan el aborto, la eutanasia y demás atentados contra la vida y la dignidad de la persona humana, como norma de comportamiento. Frente a esto, tenemos que fortalecer la familia que protege la vida como regalo gratuito de Dios. En ese sentido, Aparecida afirma: “la familia cristiana está fundada en el sacramento del matrimonio entre un varón y una mujer, signo del amor de Dios por la humanidad y de la entrega de Cristo por su esposa, la Iglesia. Desde esta alianza de amor, se despliegan la paternidad y la maternidad, la filiación y la fraternidad, y el compromiso de dos por una sociedad mejor” (DA 433); esto nos permite construir persona y sociedad desde los valores del Evangelio de Jesucristo.La familia que edifica su vida sobre la roca firme de Jesucristo recibirá la fuerza diaria para cumplir su misión y se convierte en luz que ilumina el camino de otras familias, que se ven desanimadas en continuar con la lucha diaria, porque “la familia cristiana, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo de la alianza pascual de Cristo, mediante la constante irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón. La familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del Reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada” (Familiaris Consortio 52), incluyendo el testimonio cristiano al abrazar la cruz del Señor y contemplarla en medio de las dificultades que se viven en cada hogar y los desafíos que tiene que afrontar del mundo actual que quiere desestabilizar las familias.Para afrontar los retos diarios, sabemos que no estamos solos, Jesucristo va con nosotros en la barca de nuestra vida y además tenemos la protección y amparo de la Santísima Virgen María, que nos enseña a estar junto a la cruz del Señor, a veces con dolor, pero de pie y con esperanza en Jesús que no defrauda, porque “los dolores y las angustias se experimentan en comunión con la cruz del Señor, y el abrazo con Él permite sobrellevar los peores momentos. En los días amargos de la familia hay unión con Jesús abandonado que puede evitar una ruptura. Las familias alcanzan poco a poco, con la gracia del Espíritu Santo, su santidad a través de la vida matrimonial, participando también en el misterio de la cruz de Cristo, que transforma las dificultades y sufrimientos en una ofrenda de amor” (AL 317); con el auxilio de la gracia de Dios que se nos ofrece en los sacramen¬tos, sobre todo en la Confesión y la Eucaristía, que fortalecen y alimentan la vida familiar.Con la certeza que Jesucristo ilumina y unifica la vida familiar, continuamos en el Proceso Evangelizador que hemos venido realizando durante todos estos años de historia diocesana, abiertos a la gracia de Dios y al don que viene de lo alto que nos fortalece, alienta, nos llena de esperanza, porque “Dios ama nuestras familias, a pesar de tantas heridas y divisiones. La presencia invocada de Cristo a través de la oración en familia nos ayuda a superar los problemas, a sanar las heridas y abre caminos de esperanza” (DA 119); con la garantía que no estamos solos en la vida familiar, ya que la gracia de Dios y la compañía de la Iglesia, nos ayudan a fortalecer los vínculos de comunión familiar.Las familias tienen la compañía de la Iglesia en cada una de las parroquias, desde donde se ora por las necesidades familiares, por los miembros del hogar que estén pasando situaciones difíciles, pidiendo la gracia de la caridad y del amor conyugal, dando gracias a Dios todos los días por la vida y todo lo que acontece en la familia. Pongamos la vida personal y familiar bajo la protección y amparo de la Santísima Virgen María, en todas las circunstancias de la existencia, aún en los momentos de cruz. Que el Glorioso Patriarca San José, unido a la Madre del cielo, nos alcancen de Nuestro Señor Jesucristo la fortaleza en la fe, la esperanza y la caridad, para vivir en el hogar iluminados y unificados por Él, para que construyamos familias perdonadas, reconciliadas y en paz.En unión de oraciones,reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta
Mar 14 Jul 2026
La Eucaristía: centro de la vida eclesial
Por Mons. José Libardo Garcés Monsalve - Caminamos juntos en la celebración de los 70 años de nuestra Diócesis de Cúcuta, sostenidos por la gracia de Dios y fortalecidos por la Eucaristía; el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha alimentado en esta historia de fe, esperanza y caridad y nos ha ayudado a construir esta Iglesia Particular, porque “del Misterio Pascual nace la Iglesia. Precisamente por eso la Eucaristía, que es el sacramento por excelencia del Misterio Pascual, está en el centro de la vida eclesial. Se puede observar esto ya desde las primeras imágenes de la Iglesia: acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (Ecclesia de Eucharistia 1).La Iglesia vive de la Eucaristía, recibe del sacramento de nuestra fe la gracia para ser comunidad de creyentes que tiene su meta en la vida eterna. Por eso, también la Eucaristía nos abre el camino a la eternidad: “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6, 54); de tal manera, que la Eucaristía tiene que ocupar un lugar central en nuestra vida cristiana. Así lo enseñó el Concilio Vaticano II cuando afirmó que “la Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana” (LG 11) y “fuente y cima de toda evangelización” (Presbyterorum Ordinis 5), camino evangelizador que estamos recorriendo en nuestra diócesis en salida misionera.Somos conscientes que hoy estamos recogiendo los frutos de la siembra del Evangelio en estos años de historia. Pero tenemos que reconocer que en esa siembra nunca ha faltado la Eucaristía, como el milagro más grande del mundo; por eso, no tenemos que esperar milagros o manifestaciones extraordinarias en nuestra vida de fe, porque en la Eucaristía tenemos al que es todo, a Jesucristo nuestro Señor, tal como nos lo ha enseñado el Concilio: “la Sagrada Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo” (PO 5).El camino de nuestra fe fortalecido con el sacramento de la Eucaristía nos debe llevar a una experiencia profunda de amor, porque la Eucaristía es escuela de caridad, de perdón y reconciliación. Es indispensable en los momentos actuales, cuando la humanidad está desgarrada por odios, violencias, resentimientos, rencores y venganzas, que están destruyendo y dividiendo la vida de las personas, de las familias y de la sociedad, que se percibe desmoronada y abatida por la falta de Dios en el corazón de cada persona que deja entrar toda clase de males. Nuestra ciudad y nuestra región padece muchas divisiones que producen violencia. Frente a este mal que nos agobia, la historia diocesana da razón que la Eucaristía crea la comunidad, la construye día a día y la sostiene por siempre en comunión, “la Eucaristía crea comunión y educa a la comunión” (Ecclesia de Eucharistia 40).Frente a tantas incertidumbres y dificultades que pretenden desanimar a quienes trabajan por el establecimiento del bien y la comunión entre los pueblos, es necesario que brille la esperanza cristiana. Ella, necesariamente tendrá que brotar de la Eucaristía, que cura todas las heridas provocadas por el mal y el pecado que se arraiga en la vida personal y social. Pero también, sana la desesperación en la que podemos caer, frente a tanto mal y violencia en el mundo y en nuestra región, donde la vida humana es pisoteada, destruida y el ser humano es manipulado por todas las formas de mal que quieren arraigarse en la sociedad. Somos curados de la división y del mal, con la Eucaristía, sacramento de la fe y de la comunión, que es forma superior de oración que ilumina la historia personal como historia de salvación, donde Dios está siempre presente y al centro de cada combate humano, cristiano y espiritual.Esta realidad que vivimos en torno a la Eucaristía se lleva a plenitud en la Iglesia y concretamente en la diócesis; como nos dice el Concilio “ninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene su raíz y quicio en la celebración de la Santísima Eucaristía” (LG 11). Realidad que ha profundizado San Juan Pablo II cuando nos ha enseñado que “la Iglesia vive de la Eucaristía” añadiendo además que “esta verdad encierra el núcleo de misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”(Ecclesia de Eucharistia 1).Agradecidos con Dios por los 70 años de vida diocesana, reconozcamos el don de la Eucaristía que nos permite seguir caminando juntos, cumpliendo con el mandato misionero: “vayan y hagan discípulos” fortaleciendo la comunidad eclesial, de la cual la Eucaristía es el centro que nos ayuda a vivir en comunión, participación y misión. Que la Santísima Virgen María y el Glorioso Patriarca San José, nos alcancen del Señor todas las gracias y bendiciones necesarias, para reconocerlo en la Sagrada Eucaristía, que es el sacramento de nuestra fe, que nos relaciona íntimamente con la Iglesia y con cada creyente que comulga el día del Señor en gracia de Dios.En unión de oraciones, reciban mi bendición.+José Libardo Garcés MonsalveObispo de la Diócesis de Cúcuta