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SISTEMA INFORMATIVO

Sobre el sentido de las ofrendas en la Iglesia Católica

Jue, 30/07/2020 - 06:00 editorCEC1

Tags: estipendio limosnas monseñor gabriel villa arzobispo de tunja feligreses

Por: Mons. Gabriel Ángel Villa Vahos - En los últimos días han aparecido en algunos medios variadas informaciones sobre los estipendios y ofrendas en la Iglesia, debido a la publicación de unas orientaciones dadas desde El Vaticano, por la Congregación para el Clero, referente a la renovación pastoral de las parroquias titulada “La conversión pastoral de la comunidad parroquial al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia” (29 de junio de 2020).

El documento en mención contiene 124 números, y muchos medios se han quedado con lo que se expresa en el numeral 118, sacado de contexto y en el que no se dice, como algunos han interpretado, que se prohíbe el estipendio para la celebración de la Misa. El número referido quiere, ante todo, llamar la atención para evitar abusos e invitar a los fieles para que se sensibilicen y contribuyan voluntariamente a las necesidades de la parroquia, indicando incluso que “con el estipendio por la Santa Misa, los fieles contribuyen al bien de la Iglesia y participan de su solicitud por sustentar a sus ministros y actividades” (118). Enfatiza además que es “bueno que (los fieles) aprendan espontáneamente a responsabilizarse, de modo especial  en aquellos países donde el estipendio por la Santa Misa sigue siendo la única fuente de sustento para los sacerdotes y también de recursos para la evangelización” (119).  Es conveniente leer los números 118 a 120 en su conjunto. El estipendio que se ofrece por los sacramentos no debe indicar de ningún modo que se haga negocio con ellos, debe entenderse siempre como una ofrenda que se da y que  responde a los tres propósitos que debe cumplir,  según lo indica el Código de Derecho Canónico: “Sostener el culto divino, sustentar honestamente al Clero y demás ministros, y hacer las obras de apostolado sagrado y de caridad, sobre todo con los necesitados” (Canon 1254 §2).

Los Sacramentos no se venden en la Iglesia. Si eso ocurre se cae en el pecado de simonía que, como lo describe el Catecismo de la Iglesia Católica, en el numeral 2121, se trata de "la compra o venta de cosas espirituales. A Simón el mago, que quiso comprar el poder espiritual del que vio dotado a los apóstoles, Pedro le responde: 'Vaya tu dinero a la perdición y tú con él, pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero' (Hch 8, 20). Así se ajustaba a las palabras de Jesús: 'Gratis lo recibieron, den gratis' (Mt 10, 8). Es imposible apropiarse de los bienes espirituales y de comportarse respecto a ellos como un poseedor o un dueño, pues tienen su fuente en Dios. Sólo es posible recibirlos gratuitamente de Él.

Por otra parte, la Palabra de Dios indica también que Jesús al enviar a la misión a sus apóstoles les dice que se vayan desprovistos de todo ya que "El obrero merece su sustento" (Mateo 10, 10) y San Pablo afirma en 1 Corintios 9, 13-14: "¿No saben ustedes que los ministros del culto viven del culto, y que aquellos que sirven al altar participan del altar? De la misma manera, el Señor ordenó a los que anuncian el Evangelio que vivan del Evangelio". Y en los consejos que da Pablo a Timoteo le señala: "Los presbíteros que ejercen su cargo debidamente merecen un doble reconocimiento, sobre todo, los que dedican todo su esfuerzo a la predicación y a la enseñanza. Porque dice la Escritura: No pondrás bozal al buey que trilla, y también: El obrero tiene derecho a su salario" (1 Timoteo 5, 17-18).

Precisamente por ello, el Código de Derecho Canónico trata el tema de los estipendios en los cánones 945 a 958. Por ejemplo, el 945 dice: "Según el uso aprobado de la Iglesia, todo sacerdote que celebra o concelebra la Misa puede recibir una ofrenda, para que la aplique por una determinada intención". Pero también pone en guardia: "Fuera de las ofrendas determinadas por la autoridad competente, el ministro no debe pedir nada por la administración de los sacramentos, y ha de procurar siempre que los necesitados no queden privados de la ayuda de los sacramentos por razón de su pobreza" (canon 848). Y También: "En materia de ofrendas de Misas, evítese hasta la más pequeña apariencia de negociación o comercio” (Canon 947).

De modo que la ofrenda que el feligrés presenta cuando recibe un sacramento no debe ser considerada como una paga ni como un negocio, sino como una manera de solidarizarse con la Iglesia, a través de la cual recibe la gracia sacramental. Por eso se deja en claro que si, por alguna circunstancia, una persona debido a su pobreza no puede presentar la ofrenda, no por ello se le debe negar el sacramento. Otra consideración es que muchas veces la gente del común piensa que el estipendio completo pasa a ser del sacerdote celebrante, ignorando que los obispos de cada diócesis señalan mediante decreto la asignación de una ofrenda cuando se celebra un sacramento y también su distribución: una parte para el fondo parroquial (para pagar desde los empleados cuando los hay: secretaria, sacristán). Además servicios públicos de agua, energía, aseo, teléfono, seguros, ornamentos, vasos sagrados, hasta las hostias, el vino, las flores, incienso, etc.); otra parte para la Curia Diocesana a través del denominado "Arancel" que se convierte en un fondo para la administración de los bienes de la Iglesia, la ayuda a parroquias pobres y para el ejercicio de la caridad por parte del Obispo. Finalmente, una parte para el sacerdote, para su sustento.

De modo que cuando el Papa Francisco y la Congregación para el Clero se han pronunciado sobre este tema, se refieren, no tanto a que se prohíba la ofrenda, sino que pone en alerta para evitar los abusos. Estoy seguro de que la Congregación para el Clero no quiere negar el sustento digno al culto, a los ministros del altar y a las obras de beneficencia y de pastoral a nivel parroquial y diocesano sino que advierte contra cualquier injusticia al respecto. Ese tema debe hacernos pensar a los ministros, en un examen pastoral sobre el modo como administramos los sacramentos y la manera como presentamos la necesidad de que el Pueblo de Dios ayude en el sostenimiento de la Iglesia. Lamentablemente, es cierto que muchas veces podemos ser presa de la tentación y del pecado  de avaricia y codicia que debe ser motivo de revisión y conversón.

Para entender aún mejor este  tema tan sensible nos servirá saber que en el caso de Europa, la financiación de la Iglesia se da a través de dos posibilidades: Una financiación directa, o sea cuando el Estado respalda económicamente desde su presupuesto a las religiones de mayor arraigo social. Otra posibilidad es una financiación indirecta, donde el Estado ejerce una especie de mediación para recaudar el "impuesto eclesiástico" y destinarlo después a la religión que haya sido elegida por el contribuyente. En Europa, los fieles que se identifican con un credo pueden expresar en la planilla de impuestos del Estado su deseo de contribuir con su Iglesia, al marcar la respectiva casilla,  el Estado direcciona este dinero a las respectivas Iglesias. Es el caso de Alemania, Italia, Gran Bretaña, Irlanda y Chipre, de este modo, en Europa los sacerdotes tienen un salario ya estipulado gracias a los recaudos fiscales y las parroquias tienen un rubro para su sostenimiento. Por ello, cuando un feligrés pide que se celebre la Eucaristía por una intención, acostumbran en Europa dar una ofrenda libre, no estipulada en ninguna lista o decreto.

Muy distinta a la europea es la situación de los países de América Latina, África y otros sectores del mundo, donde encontramos muchas veces parroquias en las que el sacerdote no alcanza ni siquiera a pagar con la colecta las cosas más elementales:  servicios públicos, la seguridad social (salud y pensión) y los gastos más urgentes de la parroquia. En ocasiones los fieles no escatiman gastos para festejar la celebración de los sacramentos  como simples actos sociales, pero sí critican y protestan si hay que dar una ofrenda para la Parroquia y el ministro.

Desde que la ofrenda sea justa, es decir, acorde al arancel diocesano, el feligrés no debería escandalizarse. Esta situación también nos llama a otra iniciativa y es la transparencia en la administración de los bienes y  visibilizar aún más las inversiones que se hacen con el fondo parroquial: lo ya indicado por el Derecho Canónico y el sostenimiento de alguna fundación de caridad, los arreglos materiales del templo y la casa cural, la adquisición de paramentos litúrgicos, la financiación de iniciativas pastorales, el material de difusión litúrgico, etc. de modo que puedan apreciar en qué se invierte el dinero que generosamente aportan.

Que la Virgen María, siempre atenta a hacer la voluntad de Dios y confiada a su Providencia, interceda por todos.

+ Gabriel Ángel Villa Vahos
Arzobispo de Tunja

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Mar 15 Nov 2022

En todo y por todo, demos gracias a Dios

Por: Luis Fernando Rodríguez Velásquez - El creyente en Cristo tiene motivos de sobra para agradecer a Dios, porque a pesar de lo que somos, nos sigue amando y cuidando. Y no nos ha dejado solos. El Padre del cielo nos envía a su Hijo, para hacer extensiva y cercana su misericordia. Y su Hijo, Jesús, nos prometió y envió a todos el Espíritu Consolador, segura compañía en nuestro caminar. Y el mismo Jesús, nos dejó a María, su madre, constituyéndola como nuestra madre y protectora. Pero todavía hay más. Para asegurarse de que entendiéramos que sus palabras se cumplían, en especial aquellas que dijo a sus discípulos antes de subir al cielo de que estaría con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, instituyó Jesús en la última cena el sacerdocio, y nos dejó en los apóstoles y sus sucesores, su presencia sacerdotal, su actuar como víctima y sacrificio vital y renovador, su testimonio de la presencia divina por lo que lo sentimos mediador de todo bien. No deja ser maravilloso poder constatar que la Iglesia toda, ha podido también dar fe de que la oración que pide el Señor que hagamos al Dueño de la mies, para que nos dé obreros en la mies, es una realidad innegable. En los más 100 años de existencia, nuestra Arquidiócesis de Cali, sus comunidades parroquiales e instituciones, aun con limitaciones, han podido constatar la presencia permanente de sacerdotes, pastores eximios que han dado lo mejor de cada uno para que seamos lo que somos, una Iglesia particular viva y llena de esperanza. En todo y por todo, demos gracias a Dios. Damos gracias al Todopoderoso por su benevolencia para con nosotros. Al disponerse a terminar su servicio episcopal como Arzobispo metropolitano de Cali, Mons. Darío de Jesús Monsalve Mejía, -como bien lo expresa en su Editorial- damos gracias a Dios por su vida, por sus obras, por su testimonio de amor eclesial, por su compromiso por el respeto de la dignidad humana, la reconciliación y la paz y el cuidado de la casa común. Seguro que han sido numerosos, por no decir miles, los que en estos 12 años, recibieron de manos de Mons. Darío el sacramento de la confirmación, o fueron ordenados diáconos, presbíteros y obispos, o pudieron recibir también de sus manos el Cuerpo de Cristo en la Hostia consagrada. ¡Cuántos mensajes, homilías, llamados y celebraciones eucarísticas tuvo a bien presidir y celebrar por el pueblo de Dios que peregrina en la Arquidiócesis! ¡Cuántas obras de misericordia pudo llevar a cabo por si mismo o animando a los colaboradores diocesanos y sus obras a realizarlas en favor de los pobres y necesitados! Qué bueno que en estos días se intensifique la oración de acción de gracias por Mons. Darío. Los invito para que ante Jesús Eucaristía, lo tengan siempre presente. Recuerden esos momentos de especiales, públicos o privados, por los que estamos llamados a dar gracias y elevar los brazos al cielo para bendecir a Dios por la obra de Mons. Darío entre nosotros. La madre del cielo, a quien a toda hora Monseñor Darío invoca, lo proteja en su nuevo camino ministerial. Dios lo bendiga siempre. Gracias, gracias Mons. Darío. +Luis Fernando Rodríguez Velásquez Arzobispo coadjutor de Cali

Vie 11 Nov 2022

La VI Jornada Mundial de los Pobres

Por: Padre Rafael Castillo Torres - El próximo domingo 13 de noviembre, XXXIII domingo del tiempo ordinario, celebramos la VI Jornada mundial de los pobres. Esta celebración tuvo su impulso y animación cuando, en el cierre del año de la misericordia el 13 de noviembre del año 2016, en la Basílica de San Pedro, el Papa Francisco celebró el jubileo dedicado a las personas marginadas. En su homilía de ese día y con la naturalidad que le es propia, el Papa nos dijo: “quisiera que hoy fuera la Jornada de los Pobres”. Esta sexta jornada está animada por la invitación del Santo Padre, tomada del apóstol Pablo, a tener la mirada fija en Jesús, el cual «siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza» (2 Co 8,9). El Papa nos está haciendo un llamado a desencadenar en nuestras Iglesias particulares un movimiento de evangelización que en primera instancia salga al encuentro de los pobres, hasta reventarnos por ellos: “Frente a los pobres no se hace retórica, sino que se ponen manos a la obra y se practica la fe involucrándose directamente, sin delegar en nadie. A veces, en cambio, puede prevalecer una forma de relajación, lo que conduce a comportamientos incoherentes, como la indiferencia hacia los pobres. Sucede también que algunos cristianos, por un excesivo apego al dinero, se empantanan en el mal uso de los bienes y del patrimonio. Son situaciones que manifiestan una fe débil y una esperanza endeble y miope”. ( # 7 del Mensaje del Santo Padre). Esta celebración con su exhortación llega justamente cuando en la Nación colombiana las palabras de orden son inequidad, pobreza, hambre, exclusión, marginalidad, confinamiento, violencia, creciente deterioro ambiental, muerte, desempleo y corrupción. Tenemos una gran oportunidad a la luz del mensaje del Papa Francisco: pasar de las reflexiones cargadas de buenas teorías a la sensibilidad frente al sufrimiento de los débiles. Para Jesús los pobres fueron sus preferidos y los primeros en atraer su atención. Viene bien preguntarnos en esta Jornada: ¿Son los pobres para nosotros… lo que fueron para Jesús? Muy seguramente la gran mayoría responderá que sí y que están de parte de ellos. Ello da pie para que nos hagamos otra pregunta: ¿Qué lugar ocupan los pobres en nuestra vida y en la vida de nuestras comunidades?. En la Iglesia, y es bueno reconocerlo, contamos con personas, organismos, instituciones, congregaciones religiosas, voluntarios donantes de su tiempo libre y misioneros heroicos a quienes los anima el mismo Espíritu que animaba a Jesús en Galilea en su misión por calmar el sufrimiento que había en el corazón del pobre. Hombres y mujeres que en las calles y en zonas no fáciles, dedican su vida entera y hasta la arriesgan por defender la dignidad y los derechos de los más pobres. Pero como quiera que todo esto acontece en una de las naciones más inequitativas de la tierra, bien vale la pena seguir preguntándonos: ¿Cuál es la actitud generalizada entre nosotros frente a los que menos tienen y más sufren? ¿Por qué no vemos ningún problema especial cuando sólo se trata de aportar una ayuda o de entregar un donativo? ¿Qué ha sucedido en nosotros para que las ofrendas o donaciones que entregamos nos tranquilicen y nos permitan seguir viviendo con buena conciencia? ¿Por qué los pobres nos inquietan tanto cuando nos obligan a plantearnos qué nivel de vida nos podemos permitir, cuando está suficientemente claro que en Colombia se viola diariamente el derecho humano a la alimentación? En Colombia, hoy, después de dos años de pandemia, lo más visible es el hambre y la miseria, porque lo que permanece en el alma de la pobreza, es la indignidad. El aproximarnos desde el Secretariado Nacional de Pastoral Social/ Cáritas Colombiana y hacerlo juntamente con las pastorales sociales de las jurisdicciones y desde la cooperación fraterna con nuestras Cáritas hermanas que sirven en Colombia, nos permite constatar que en nuestra Nación el que es pobre carece de los derechos que tenemos los demás; no merece el respeto que merecería cualquier persona normal y representan muy poco para los intereses de quienes han manejado esta Nación desde sus inconfesables instintos de poder. Por eso, encontrarlos en la calle, genera desazón, precisamente porque su sola presencia quita la máscara a nuestros grandes discursos teóricos sobre la pobreza y pone al descubierto nuestras mezquindades. ¿Qué buenos criterios, a la luz del llamado del Papa Francisco, pueden ayudarnos, hoy, a enfrentar el desafío humanitario que estamos viviendo frente a una pobreza que es purgatorio y una miseria que es infierno?. Lo primero es no poner nuestras acciones al servicio de un proselitismo denigrante. Sobre el particular San Juan Crisóstomo fue muy claro: “¡Basta con la necesidad para que el pobre sea digno! No damos limosna al buen comportamiento, sino al hombre. No nos compadecemos de la virtud, sino de la desgracia. Y eso para que también nosotros alcancemos de Dios abundante misericordia, nosotros que somos tan indignos de su benignidad”. Lo segundo es procurar que nuestras tareas y acciones en contextos humanitarios como los de hoy, jamás deben poner “sordina” al clamor de los pobres. Nuestra atención integral debe, necesariamente, ir acompañada de la denuncia pública de las injusticias que ellos están viviendo y de la reivindicación de sus derechos. Servicio asistencial y denuncia profética son inseparables. Por último, es urgente que las tareas humanitarias no fomenten la pereza en los destinatarios últimos de nuestra acción caritativa. En Colombia la “mendicidad” y la “indigencia”, en algunos casos, se han convertido en prósperos negocios. Permítanme citar a Noël du Fail quien en su obra Propos Rustiques, muestra como el pícaro Tailleboudin, en su dialogo con un campesino le dice: “Yo ganaré en un solo día, acompañando a un ciego o a un lisiado, o ulcerándome las piernas con ciertas hierbas y acudiendo a la puerta de una Iglesia, lo que tú, cargando leña, te ganarías en todo el año”. Recordemos igualmente a Sancho Panza cuando fue, por escasos días, gobernador de la Isla Barataria y tuvo el feliz acierto de “crear un alguacil de pobres, no para que los persiguiera, sino para que examinara si lo eran; porque – decía- a la sombra de la manquedad fingida y de la llaga falsa andan los brazos ladrones y la salud borracha”. Ojalá en estos contextos podamos canalizar siempre nuestras ayudas, a través de organizaciones de la Iglesia, de la sociedad civil e instituciones dignas de credibilidad y confianza teniendo muy presente lo que nos dice el Papa al final de su mensaje: “Que esta VI Jornada Mundial de los Pobres se convierta en una oportunidad de gracia, para hacer un examen de conciencia personal y comunitario, y preguntarnos si la pobreza de Jesucristo es nuestra fiel compañera de vida”. Padre Rafael Castillo Torres Director del Secretariado Nacional de Pastoral Social / Cáritas Colombia

Dom 6 Nov 2022

Antecedentes de la Carta Apostólica Desiderio Desideravi

El 29 de junio del año 2022 el papa Francisco regaló a la Iglesia un texto dedicado a la liturgia. Se trata de la Carta Apostólica Desiderio Desideravi[1], sobre la formación litúrgica del Pueblo de Dios, que desarrolla los resultados de la plenaria de febrero de 2019 del Dicasterio del Culto Divino y sigue al motu proprio Traditionis Custodes, reafirmando la importancia de la comunión eclesial en torno al rito surgido de la reforma litúrgica postconciliar. La Carta Apostólica es el punto de llegada de un proceso que tuvo sus orígenes en la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, a raíz del desacato del arzobispo de Dakar (Senegal), Monseñor Marcel Lefebvre (+ 1991) de los acuerdos aprobados por los padres conciliares y férreo defensor de la vieja ortodoxia, idea que lo impulsó a fundar, en 1968, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Suspendido a divinis en 1976 por el Vaticano, Monseñor Lefevre, continuó ordenando sacerdotes y obispos partidarios de su ideario, por lo que fue excomulgado definitivamente en 1988, por el papa Juan Pablo II. 1. Quattuor Abhinc Annus Juan Pablo II, deseando ayudar a este grupo y demás partidarios del rito de la misa anterior a la reforma, concedió el indulto Quattuor Abhinc Annus[2], en forma de instrucción publicada por la Congregación del Culto Divino, el 3 de octubre de 1984. La instrucción llega cuatro años después de una consulta de la Santa Sede a los obispos “sobre el modo en el cual los presbíteros y los fieles en sus diócesis, adoptaron el Misal promulgado por el papa Pablo VI; las dificultades sobrevinientes a la aplicación de la reforma litúrgica, y las resistencias que hubiere que superar”[3] . Para hacer uso de este indulto, se debía guardar las siguientes condiciones: “debe constar sin ambigüedades que tales sacerdotes y fieles no tienen parte con los que dudan de la legitimidad y rectitud doctrinal del Misal Romano promulgado por el Romano Pontífice Pablo VI en 1970”; “esa celebración sólo será útil para los grupos que la pidieron; en las iglesias y oratorios que el Obispo diocesano señalare (no así en templos parroquiales, a no ser que el Obispo lo conceda para casos extraordinarios)”; “en los días y condiciones que el mismo Obispo estableciera por costumbre o por una eventualidad, deberán celebrar siguiendo el Misal del año 1962 y en latín; no deberán mezclar los ritos y los textos de ambos Misales”; “cada Obispo reportará a esta Congregación sobre las concesiones que otorgue, y al culminarse el año de la concesión del presente indulto, dará cuenta de los resultados obtenidos con su aplicación”[4]. 2. Carta Apostólica Ecclesia Dei Más adelante, el Pontífice, como signo de la solicitud del Padre común para con todos sus hijos, expidió la Carta Apostólica Ecclesia Dei[5], dada en forma de motu proprio, el 2 de julio de 1988, y constituyó la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, “con la tarea de colaborar con los obispos, con los dicasterios de la Curia Romana y con los ambientes interesados, para facilitar la plena comunión eclesial de los sacerdotes, seminaristas, comunidades, religiosos o religiosas, que hasta ahora estaban ligados de distintas formas a la Fraternidad fundada por el arzobispo Lefebvre y que deseen permanecer unidos al Sucesor de Pedro en la Iglesia católica, conservando sus tradiciones espirituales y litúrgicas”[6]. En su escrito, además, el Papa, exhortó a los obispos a utilizar amplia y generosamente esta facultad en favor de los fieles que lo solicitasen. 3. Carta Apostólica Summorum Pontificum y Carta Con grande fiducia En la misma línea de solicitud pastoral, el papa Benedicto XVI, el 7 de julio de 2007, publicó la Carta Apostólica Summorum Pontificum[7], dada en forma de motu proprio, y amplió y actualizó la indicación general del motu proprio Ecclesia Dei, sobre la posibilidad de utilizar el Missale Romanum de 1962, con normas más precisas y detalladas. En dicha carta, el Papa, estableció la distinción entre dos formas del mismo rito romano: una forma llamada “ordinaria”, que se refiere a los textos litúrgicos del Misal Romano revisados siguiendo las indicaciones del Concilio Vaticano II, y una forma denominada “extraordinaria”, que corresponde a la liturgia que regía antes del aggiornamento litúrgico. En la carta a los obispos que acompaña al motu proprio[8], Benedicto XVI precisaba muy bien que su decisión de hacer coexistir los dos misales no tenía solamente por objeto satisfacer el deseo de ciertos grupos de fieles adherentes a las formas litúrgicas anteriores al Concilio Vaticano II, sino también permitir el mutuo enriquecimiento de las dos formas del mismo rito romano, es decir, no sólo hacer posible su coexistencia pacífica sino también posibilitar su perfeccionamiento, subrayando los mejores elementos que los caracterizan. A propósito de esto escribía que “las dos formas de uso del rito romano pueden enriquecerse recíprocamente: se podrá y se deberá incluir en el antiguo misal a los nuevos santos y algunos de los nuevos prefacios [... ]. En la celebración de la Misa según el misal de Pablo VI se podrá manifestar, de un modo más enérgico que lo que se ha hecho hasta el presente, esa sacralidad que atrae a numerosas personas hacia la forma antigua del rito romano”[9]. Por tanto, las condiciones para el uso del misal de 1962 establecidas en los documentos anteriores Quattuor abhinc annis y Ecclesia Dei, fueron sustituidas por las siguientes: En las misas celebradas sin pueblo, “todo sacerdote católico de rito latino, tanto secular como religioso (idóneo y sin impedimento jurídico), puede utilizar tanto el Misal Romano editado por el beato Papa Juan XXIII en 1962 como el Misal Romano promulgado por el Papa Pablo VI en 1970, en cualquier día, exceptuado el Triduo Sacro…, no necesita permiso alguno” (art. 2); “las comunidades de los Institutos de vida consagrada y de las Sociedades de vida apostólica, tanto de derecho pontificio como diocesano; los fieles que lo pidan voluntariamente”; puede tener lugar en día ferial; los domingos y las festividades” (art. 3); “el párroco,, puede conceder la licencia para usar el ritual precedente en la administración de los sacramentos del Bautismo, del Matrimonio, de la Penitencia y de la Unción de Enfermos, si lo requiere el bien de las almas” (art. 5, 3; 9, 1 ); “a los ordinarios se concede la facultad de celebrar el sacramento de la Confirmación usando el precedente Pontifical Romano” (art. 9, 2); “el ordinario del lugar, si lo considera oportuno, puede erigir una parroquia personal según la norma del canon 518 para las celebraciones con la forma antigua del rito romano” (art. 10)[10]. 4. Carta Apostólica Ecclesiae unitatem En este camino de acercamiento de la Santa Sede a la Fraternidad San Pío X, el Pontífice, publicó la Carta Apostólica en forma de motu proprio Ecclesiae unitatem[11], el 2 de julio de 2009, en la que reformó la estructura de la Comisión Ecclesia Dei, uniéndola de manera estrecha a la Congregación para la doctrina de la fe y retiró “la pena de excomunión a los cuatro obispos ordenados sin mandato pontificio por el arzobispo Lefebvre en 1988: Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson y Alfonso de Galarreta”[12]. Con esa decisión, el Pontífice, “quiso suprimir un impedimento que podía impedir la apertura de una puerta al diálogo e invitar así a los obispos y a la Fraternidad San Pío X a volver al camino de la comunión plena con la Iglesia”[13]. La renuncia del papa Benedicto XVI, el 28 de febrero de 2013, y los vientos de reforma del nuevo pontífice, el papa Francisco, suscitaron resistencia en algunos sectores de la Iglesia. En Colombia, el rostro visible de ésta resistencia fue el catedrático José Galat Noumer (+2019), presidente de la Universidad “La Gran Colombia”, quien cuestionó la legitimidad del papa Francisco en varias ocasiones por su canal de televisión Teleamiga, por lo que la Conferencia Episcopal consideró que Teleamiga no podría ser considerado un canal católico y pidió a sacerdotes, religiosos y laicos a retirar el apoyo a ese canal, el 25 de julio del año 2017[14]. 5 Carta apostólica sobre la Comisión Pontificia Ecclesia Dei Con la misma intencionalidad pastoral y de comunión eclesial de sus predecesores, el Papa Francisco, suprimió la Comisión pontificia Ecclesia Dei, el 19 de enero de 2019, y pasó sus tareas a la Congregación para la Doctrina de la Fe, considerando que en la actualidad han cambiado las condiciones que llevaron al santo Pontífice Juan Pablo II al establecimiento de dicha Comisión[15]. Luego, a los dos años siguientes, y después de una consulta amplia al episcopado, el Pontífice, promulgó la Carta Apostólica Traditionis Custodes, sobre el uso de la liturgia romana antes de la reforma de 1970, el 16 de julio de 2021[16], y cerró el camino a la “forma extraordinaria” de la misa. Los resultados lamentaron que una cosa hecha para ayudar pastoralmente a quienes habían vivido una experiencia anterior, se fuera transformando en ideología. Es entonces, cuando el Papa, reconoce la necesidad de normas claras para quienes no habían vivido esa experiencia y buscan los ritos tridentinos por moda, por mero gusto, sin saber latín y por tanto sin saber lo que están orando[17]. Sin embargo, el Papa, no prohibió la celebración de la Misa tridentina, sino que dispuso que cada obispo la supervise y apruebe. 6. Carta Apostólica Traditionis Custodes En esa Carta, el Pontífice, estableció que: “los libros litúrgicos promulgados por los santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, en conformidad con los decretos del Concilio Vaticano II, son la única expresión de la lex orandi del Rito Romano” (art. 1); “al obispo diocesano, le corresponde la regulación de las celebraciones litúrgicas en su propia diócesis. Por tanto, es de su exclusiva competencia autorizar el uso del Missale Romanum de 1962 en la diócesis, siguiendo las orientaciones de la Sede Apostólica” (art. 2); “los presbíteros ordenados después de la publicación del presente Motu proprio, que quieran celebrar con el Missale Romanum de 1962, deberán presentar una solicitud formal al obispo diocesano, que consultará a la Sede Apostólica antes de conceder la autorización” (art. 4)[18]. Esta situación de personas que no tienen muy claro qué están orando o el sentido de determinados ritos fue la motivación del Pontífice para urgir una formación litúrgica seria y vital, en su Carta Apostólica Desiderio Desideravi[19]. ¿Cómo se manifiesta el fenómeno del tradicionalismo en su Iglesia particular? P. Jairo de Jesús Ramírez Ramírez Director del Departamento de Liturgia del SPEC [1] Francisco. Desiderio Desideravi, sobre la formación litúrgica del pueblo de Dios (29/06/2022). Madrid: BAC-documentos, 2022. [2] Sagrada Congregación para el Culto Divino. “Indulto para usar el Misal Romano de 1962”. En: Acta Apostolicae Sedis (AAS), 76 (1984), pp. 1088-1089. [3] Ibíd. [4] Ibíd. [5] Juan Pablo II. Carta Apostolica “Ecclesia Dei” en forma de motu proprio (2 de julio de 1988). En: AAS 80 [1988] 1498; cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 10 de julio de 1988, p. 24). [6] Ibíd. [7] Benedicto XVI. Carta Apostólica Summorum Pontificum (7 de julio de 2007). En: AAS 99 [2007], pp. 777-781. [8] Benedicto XVI. Carta Con grande fiducia (7 de julio de 2007), en AAS, 99 (2007), pp. 795-799. [9] Ibíd. [10] Ibíd. [11] Benedicto XVI. Carta Apostólica en forma de motu proprio Ecclesiae Unitatem (2 de julio de 2009). [12] Ibíd. [13] Ibíd. [14] Cfr. Conferencia Episcopal de Colombia. Comunicado n. 002 (25 de julio de 2017). En: https://www.cec.org.co/sites/default/files/2017%20ComTeleamiga.pdf, consultado el 19 de octubre de 2022. [15] Cfr. Francisco. Carta apostólica en forma de motu sobre la comisión pontificia “Ecclesia Dei”, (17 de enero de 2019). [16] Francisco. Carta Apostólica Traditionis Custodes, sobre el uso de la liturgia romana antes de la reforma de 1970 (16 de julio de 2002). [17] Cfr. Tadeo Albarracín. Antecedentes de la Carta Desiderio Desideravi, en: https://elcatolicismo.com.co/iglesia-hoy/formacion/los-antecedentes-de-la-carta-apostolica-desiderio-desideravi, consultado el 1 de octubre de 2022. [18] Ibid. [19] Francisco. Desiderio Desideravi, Op., cit.

Mié 2 Nov 2022

“Aprender a despedirse” (Papa Francisco)

Por: Mons. Darío de Jesús Monsalve Mejía – Una Carta Apostólica en forma de “Motu Proprio”, dada a la Iglesia por el Papa Francisco el 12 de febrero de 2018, con el titular indicado para este artículo editorial, iluminado por la lectura de Los Hechos de Los Apóstoles (20,17-27), me permite también iluminar mi inminente paso de arzobispo titular a emérito de Cali. Pido excusas a todos los que lean o escuchen, por valerme de esta página en La Voz Católica para algo tan íntimo y personal, valiéndome de las palabras del Santo Padre: “La conclusión de un oficio eclesial debe ser considerada parte integrante del mismo servicio, en cuanto requiere una nueva forma de disponibilidad”. Movido por estos sentimientos anuncié desde fines del año 2021 que éste año de 2022 sería, entre todos los programas indicados, “un año de transición hacia un nuevo ministerio arzobispal en la arquidiócesis”. Y así lo hemos vivido, cuando en Pascua fue publicado el nombramiento del Arzobispo Coadjutor, con derecho a sucesión, quien tomó posesión canónica de dicha designación y nombramiento el 14 de mayo. En este mes de noviembre, serán ya seis meses de esta generosa y noble transición del otrora Obispo Auxiliar, Monseñor Luis Fernando Rodriguez Velasquez, hacia el pleno ejercicio como arzobispo titular de Cali. De cara al remate e inicio de año, le he pedido a Monseñor Luis Fernando asumir todas mis funciones y estoy, igualmente, solicitando al Santo Padre el Papa Francisco la aceptación de mi renuncia, a tenor de los cánones del Derecho. “Quien se dispone a presentar la renuncia necesita prepararse adecuadamente ante Dios, despojándose de los deseos de poder y de la pretensión de ser indispensable. Esto permitirá atravesar con paz y confianza tal momento, que de otra forma podría ser doloroso y conflictivo. Al mismo tiempo, quien asume en la verdad esta necesidad de despedirse, debe discernir en la oración como vivir la etapa que está por iniciar, elaborando un nuevo proyecto de vida, marcado, en lo que sea posible, por la austeridad, humildad, oración de intercesión, tiempo dedicado a la lectura y disponibilidad para ofrecer servicios pastorales sencillos”. Desde el 1o. de Agosto de 2010 hasta ahora, he gozado de la acogida, la fraternidad episcopal y del presbiterio, la inclusión en el corazón, en la oración y en la afectuosa vida de familia de Dios, que religiosos y fieles, en parroquias e instituciones, me han testimoniado con intensidad. He visto la acción del Señor en todos y a través de quienes compartimos el ministerio apostólico en su servicio: obispos, presbíteros y diáconos. En la Arquidiócesis, en la Provincia Eclesiástica y en la Región, he vivido y compartido el sentido y la misión de la Iglesia. Con los más pobres y los sectores involucrados como víctimas, actores o soporte de tandiversos conflictos, se han consolidado vínculos de compromiso por la convivencia pacífica y por la búsqueda de oportunidades incluyentes sin injusticia ni violencia. La vida humana como proyecto de amor a fondo, desde el Amor Incontenible de Dios, en los diversos estados de vida cristiana, la he constatado en las parejas de cónyuges y en la revalidación del sacramento de la comunión y misión con Cristo Jesús, en la Eucaristía, en el amor célibe y esponsal de sacerdotes y vida consagrada y en el matrimonial y familiar de los casados. He visto testimonios admirables de entrega y sacrificio por los demás y por los más pobres y oprimidos. He compartido la solicitud pastoral por las poblaciones afro descendientes, por la población recluida en cárceles, por las gentes campesinas e indígenas, por migrantes, desalojados y desplazados. Serán siempre un desafío y un clamor de justicia para la consciencia de feligreses, consagrados y pastores. He sido testigo del abnegado y fructífero servicio de educadores, colaboradores de las Casas Episcopales y de la Curia, delegados y Vicarios episcopales, servidores laicos, monasterios, congregaciones, sociedades apostólicas, pequeñas comunidades y asociaciones laicales. Nuestros niños, adolescentes y jóvenes, las mujeres, los adultos mayores, los universitarios y la academia, los empresarios y políticos, los comunicadores sociales, son sectores humanos e institucionales específicos, a los que reconozco poca cercanía personal y pastoral en estos años. Las autoridades civiles y de las demás ramas de lo público, me han merecido siempre el respeto y aprecio y, si bien no son destinatarios distinguidos por mi atención pastoral, hemos gozado de su apertura y cooperación con la Iglesia de Cali, en bien de las poblaciones más necesitadas de acceso a la comida, el cuidado, la salud, la educación y las mesas de paz. Desde Meléndez, bajo un alero acogedor, que reúne los ruidos de la calle y el trinar de las aves, y desde la Curia arquidiocesana en el centro de Cali, pude seguir día a día, durante esta docena de años, el vivir eclesial de la arquidiócesis, de la ciudad y región, así como acompañar algunos procesos de paz nacional, compartiéndolos, frecuentemente, con la diplomacia y comunidad internacional. “Aprender a despedirse”, como lo indica el Papa Francisco, no es vivir una ruptura sino ejercitarse en la voluntad de Dios y en las virtudes existenciales, en la gratitud, la humildad, el desprendimiento y la continuidad de la llama que aún sirve y deberá consumirse hasta desaparecer en la Luz que la enciende. A todos, tres palabras: Gracias, Perdón y Esperanza. Los “tiempos difíciles” que vivimos juntos desde la pandemia y la protesta social, no los seduzcan, por ninguna razón, al desespero de lo maléfico, lo violento, lo engañoso, lo que nos divide. Es hora de sumarnos y multiplicar el amor y el pan, de cuidar la “casa común” y la familia, de trabajar unidos por el mañana mejor, por la paz y las oportunidades para todos. Los bendigo con Jesús, con María y con la Iglesia Católica. Los bendiga Dios a todos con su Misericordia y su Providencia. + Darío de Jesús Monsalve Mejía Arzobispo de Cali